On the Cross_ A Romance of the Passion Play at Oberammergau Wilhelmine von Hillern 63098 downloads.pdf

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El libro electrónico de Project Gutenberg: Sobre la cruz: Una novela sobre la obra teatral de la Pasión en Oberammergau
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Título: Sobre la cruz: Una novela sobre la obra teatral de la Pasión en Oberammergau

Autora: Wilhelmine von Hillern

Traductora: Mary J. Safford

Fecha de publicación: 15 de julio de 2011 [Libro electrónico n.º 36725]

Idioma: Inglés

Otra información y formatos: www.gutenberg.org/ebooks/36725

Agradecimientos: Producido por Charles Bowen, a partir de escaneos de páginas proporcionados por el Web Archive

*** INICIO DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG: Sobre la cruz: Una novela sobre la obra teatral de la Pasión en Oberammergau ***

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Nota del transcriptor:

1. Fuente de escaneo de la página:
http://www.archive.org/details/oncrossaromance00saffgoog

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“Maldita sea la hora en que te levanté del polvo para tenerte a mi lado.”—Página 339.

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EN LA CRUZ

Un romance de la obra de la Pasión en Oberammergau

DE

Wilhelmine von Hillern
Y

Mary J. Safford

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DREXEL BIDDLE, EDITOR
FILADelfIA

Copyright, 1902

DE

ANTHONY J. DREXEL BIDDLE.

IMPRESORA DE DREXEL BIDDLE, FILADelfIA, E. U. A.

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A

SEÑOR JOHANNES DIEMER,

EL RECONOCIDO INTÉRPRETE DEL PRÓLOGO EN
LAS OBRES Sobre la Pasión
DE LA ÚLTIMA DÉCADA, VERDADERO HIJO DE AMMERGAU,
EN CUYA PERSONA SENCILLA RESIDE EL ALMA SERENA Y PROFUNDA
DEL ARTISTA, EL AMIGO LEAL Y COMPASIVO,
EN CUYO HOGAR PACÍFICO ENCONTRÉ LA CALMA
Y EL AMBIENTE NECESARIOS PARA COMPLETAR
ESTE TRABAJO; AHORA SE DEDICA,
CON GRATITUD Y RESPETO, POR

LA AUTORA.

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ÍNDICE.

Introducción.

CAPÍTULO I.

Un fantasma.

CAPÍTULO II.

El viejo Ammergau.

CAPÍTULO III.

El joven Ammergau.

CAPÍTULO IV.

Expulsado de la obra.

CAPÍTULO V.

Peregrinos modernos.

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CAPÍTULO VI.

La víspera de la obra.

CAPÍTULO VII.

La obra de pasión.

CAPÍTULO VIII.

Freyer.

CAPÍTULO IX.

Señales y maravillas.

CAPÍTULO X.

Temprano en la mañana.

CAPÍTULO XI.

María y Magdalena.

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CAPÍTULO XII.

Antorchas nupciales.

CAPÍTULO XIII.

Exiliados del Edén.

CAPÍTULO XIV.

Pieta.

CAPÍTULO XV.

El canto del gallo.

CAPÍTULO XVI.

Prisioneros.

CAPÍTULO XVII.

Huyendo de la cruz.

CAPÍTULO XVIII.

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El matrimonio.

CAPÍTULO XIX.

Al lado de la cama del niño.

CAPÍTULO XX.

Conflictos.

CAPÍTULO XXI.

Inexplicable.

CAPÍTULO XXII.

Estrellas fugaces.

CAPÍTULO XXIII.

Noli me tangere.

CAPÍTULO XXIV.

Intentos de rescate.

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CAPÍTULO XXV.

Amanece el día.

CAPÍTULO XXVI.

El último apoyo.

CAPÍTULO XXVII.

Entre la pobreza y la desgracia.

CAPÍTULO XXVIII.

Despedida.

CAPÍTULO XXIX.

En la casa desierta.

CAPÍTULO XXX.

El “Wiesherrle”.

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CAPÍTULO XXXI.

El regreso a casa.

CAPÍTULO XXXII.

Hacia el pueblo.

CAPÍTULO XXXIII.

Recibidos de nuevo.

CAPÍTULO XXXIV.

En la tumba de Daisenberger.

CAPÍTULO XXXV.

La palabra clave.

CAPÍTULO XXXVI.

Recuerdos.

CAPÍTULO XXXVII.

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La medida está llena.

CAPÍTULO XXXVIII.

De camino a la cruz.

CAPÍTULO XXXIX.

Estaciones de dolor.

CAPÍTULO XL.

Cerca de la meta.

CONCLUSIÓN.

De la ilusión a la verdad.

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INTRODUCCIÓN.
Fue en el Jardín de Getsemaní donde el Hijo de Dios resucitado se mostró, como un simple jardinero, al pecador arrepentido. El milagro se ha convertido en una tradición piadosa. Sucedió hace mucho, mucho tiempo, y desde entonces ningún ojo lo ha vuelto a ver. Incluso cuando el Señor resucitado caminaba entre los hombres y mujeres de su época, solo aquellos que lo deseaban podían verlo.

Pero aquellos que desean verlo, ahora lo ven; y aquellos que desean buscarlo, ahora lo encuentran.

El Jardín de Getsemaní ha desaparecido: el sol ardiente del Oriente lo ha marchitado. Todas las cosas están sujetas al cambio. La superficie de la tierra cambia, y donde antes crecía el olivo verde y el cedro extendía su techo frondoso sobre la cabeza del Redentor y del Arrepentido, ahora no hay nada más que hojas secas y marchitas.

Pero el Jardín florece una vez más en un valle fresco y sombreado entre las montañas alemanas. El Getsemaní moderno lleva el nombre de Oberammergau. Así como el sol sigue su curso de este a oeste, así también la salvación que vino del Oriente ha recorrido la tierra hasta llegar al Occidente. Allí, en las venas de naciones jóvenes y vigorosas, siguen fluyendo corrientes vivas que riegan las semillas de la fe, de las cuales se nutre el milagro; y el pino montano raquítico que brotó de las rocas duras de la montaña de Ettal se transforma en una palmera, y el pobre habitante del pequeño pueblo de montaña se convierte en Dios. Es cambio, y sin embargo, constancia en medio del cambio.

El mundo y su historia también cambian con el paso de los siglos. El acontecimiento ante el cual la raza humana se postró, tal como lo hicieron los guardias cuando Cristo resucitado rompió las puertas del sepulcro, gradualmente pasó a un olvido parcial. El estruendo con el que se rasgó en dos el velo del templo se perdió en la distancia brumosa; el cielo se cerró para siempre detrás del Señor ascendido, las estrellas siguieron sus antiguos caminos con regularidad inalterada; las revelaciones quedaron en silencio. Los hombres se frotaron los ojos, como si despertaran de un sueño, y comenzaron a discutir qué parte era verdad y qué ilusión.

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La lucha duró siglos. Una tradición derrocó a otra, una creencia desplazó a otra. Con la espada en mano y el sonido de la trompeta del Día del Juicio, la Ecclesia Militans estableció los dogmas y impuso la unidad en la fe. Pero la paz no duró mucho bajo el dominio de la iglesia. La Reforma volvió a dividir al mundo cristiano; comenzó la Guerra de los Treinta Años, el conflicto religioso más terrible que la tierra haya conocido. En la furia de la batalla, los combatientes olvidaron la causa de la guerra. Entre los ríos de sangre, las nubes de humo que se elevaban de las ciudades y pueblos en llamas, las ruinas de los altares destrozados, la cruz, el símbolo sagrado por el cual se libraba la batalla, desapareció. Cuando fue levantada de nuevo, ya no era más que un emblema de guerra, y no un símbolo de paz.

Existe un único lugar en la tierra donde, ajeno al tumulto del mundo, protegido tras las imponentes y hostiles paredes de una alta montaña, la idea del cristianismo se ha conservado en toda su simplicidad y pureza: Oberammergau. Así como Dios permitió que el Salvador del Mundo naciera en un pesebre, entre pastores pobres, parece haber extendido Su mano protectora sobre este rincón apartado y reservado a esos pobres montañeses la tarea de repetir ese milagro. Oculto tras la empinada montaña de Ettal había un monasterio donde, desde tiempos antiguos, se fomentaban con esmero las bellas artes.

Uno de los monjes estaba profundamente apenado porque, en el mundo exterior, el iconoclasmo estaba destruyendo rudamente las formas antiguas y, por miedo ciego, incluso rechazaba las obras de arte religioso como “romanas”. Como no se toleraba ninguna imagen sagrada, el Salvador y sus santos debían desaparecer por completo de la vista de los hombres. Entonces, en su angustia, tuvo la inspiración de que una obra teatral sagrada, interpretada por seres vivos, podría tener un efecto más poderoso que las palabras o los símbolos. Así se decidió en el monasterio representar tal obra.

Los jóvenes de la zona, que desde hacía tiempo habían sido educados por los monjes eruditos para apreciar la belleza, pronto fueron entrenados para interpretar leyendas y poemas bíblicos. Con cada vez mayor habilidad, ganaron más confianza, hasta que finalmente su celo sagrado los llevó a mostrar a la humanidad al propio Redentor, al Señor del mundo, en Su propia forma física, diciéndole a la humanidad errante: “He aquí cómo era y así será para siempre”.

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Y mientras en las iglesias se arrancaban pinturas y reliquias de las paredes y se destruían los crucifijos, se representó por primera vez la obra de la Pasión, en el año 1634 d.C., al aire libre, en el cementerio de Oberammergau; este lugar, debido a sus solemnes asociaciones, fue considerado el sitio adecuado para esta obra sagrada. La imagen deshonrada del amor, manchada por sangre y llamas, volvió a erguirse en toda su belleza pura; ¡viva, respirando! Las heridas causadas hace más de mil años se abrieron de nuevo, nuevas gotas de sangre brotaron de la frente desgarrada por su diadema de espinas; una vez más, las palabras “Permaneced en Mi amor” salieron de los labios pálidos del Cordero de Dios. Lo que el puritanismo había destruido en su forma muerta renació en una forma viva. Pero, en medio de la confusión y el estruendo de la batalla, de los furiosos gritos de odio, nadie escuchó esa voz suave proveniente del rincón lejano más allá de las montañas.

El mensaje de paz se desvaneció; el Crucificado derramó Su sangre sin que nadie lo viera.

Pasaron los años; la miseria de la gente aumentaba constantemente, las tierras eran devastadas y las filas de los combatientes se reducían.

Finalmente, los guerreros comenzaron a paralizarse; la tormenta furiosa amainó y el miedo pálido miró fijamente a los enemigos que por fin habían recobrado el sentido. La plaga, esa terrible Esfinge egipcia, atraída por el olor a corrupción que emanaba de la larga guerra, se extendió por la tierra. Aquellos a quienes miraba con sus ojos negros y ardientes perecieron bajo ella, como la hierba quemada cuando el simún barre el desierto.

Cayó el silencio, el silencio de la tumba; porque dondequiera que merodee este espectro, la muerte lo sigue.

El miedo reconcilió a los enemigos y les hizo olvidar su rencor para unirse contra el enemigo común: la cruel e invencible plaga. Miraron a su alrededor en busca de ayuda y una vez más se volvieron hacia aquello por lo cual tanto tiempo habían discutido. Entonces, en medio del silencio mortal de los campos estériles, las casas vacías, las iglesias despojadas y la tierra desolada, finalmente escucharon la pequeña campana detrás de la montaña de Ettal, que cada década convocaba al mundo cristiano para la obra de la Pasión; ese era el voto hecho por los campesinos de Ammergau para evitar la plaga y la ira divina. Una vez más, el siempre paciente Salvador extendió Sus brazos, exclamando: “Venid a Mí”.

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“¡Todos ustedes que están cansados y cargados de pesadas cargas!”. Y así lo hicieron: se arrojaron a Sus pies, aquellos terrestres agotados y perseguidos, manchados de polvo y sangre. Él los consoló y les devolvió las fuerzas, mientras ellos volvían a reconocerlo y comprendían el significado de Su sacrificio.

Aquellos que Lo vieron de esa manera y recibieron esa revelación la anunciaron a otros, quienes acudieron allí desde lejos y de cerca, hasta que el pequeño patio de la iglesia de Oberammergau se volvió demasiado estrecho para albergar a tanta gente; los campos abiertos se convirtieron en un teatro sagrado donde podían reunirse los peregrinos que anhelaban ver el rostro del Redentor.

Y, curiosamente, todos aquellos que participaron en esa obra sagrada parecían estar consagrados; la plaga pasó de largo por ellos, y solo Ammergau quedó a salvo.

Así, la semilla piadosa creció lentamente, a menudo con períodos de estancamiento, pero el ojo atento puede seguir su desarrollo a través de la historia.

Finalmente, la paz llegó al mundo. Soplaron aire más puro. La hiena egipcia, saciada, abandonó los campos devastados; nueva vida brotó de las tumbas, y esta nueva vida no conocía los dolores ni sufrimientos de la antigua. De la brutalidad y corrupción de la larga guerra, la nueva generación anhelaba modales más refinados, cultura y los placeres de la vida. Pero, como suele ocurrir después de tales períodos de privación y calamidades, un extremo seguía al otro. El deseo de modales y educación más refinados condujo a la hipercultura; el amor por los placeres se convirtió en epicureísmo y lujo; la gracia se transformó en coquetería, y la alegría en frivolidad. Luego llegó la llamada era de la galantería. El espadín sustituyó a la espada; el chaleco de encaje reemplazó a la chaqueta de cuero; el humo de las batallas dio paso a las nubes de pólvora dispersadas por cabezas que se movían en todas direcciones.

Pastores y pastoras enmascarados bailaban sobre las tumbas de una generación anterior; se creó una nueva Arcadia, imitando a los animales, poblada por criaturas que se tambaleaban sobre sus tacones altos. En lugar de las representaciones medievales de mártires y santos demacrados, aparecieron dioses y cupidos desnudos, al estilo de Watteau y su escuela. La gracia sustituyó a la majestad. En lugar de la ley moral, los hombres seguían un código basado en la conveniencia; todo era permisible siempre y cuando no violara sus reglas. Así surgió una generación de personas en busca de placeres sin reflexionar.

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que encerraba en sí una plaga moral que, en contraste con la “Muerte Negra”, podría llamarse la “Muerte Rosada”, ya que imprimía en las mejillas de todos aquellos a quienes atacaba un rubor febril que los debilitaba más lentamente, pero con la misma certeza.

Y a través de esta época de maquillaje, bailes y saltos, con el clic de sus zapatos de tacón alto, el susurro de sus faldas acampanadas, sus miradas amorosas y sus pechos palpitantes, la figura casta del Hombre de Dolores, con una terrible solemnidad en su frente pálida, volvía una y otra vez al escenario de Ammergau; quienquiera que lo viera dejaba caer la copa de placer que sostenía, mientras la risa se extinguía en sus labios.

De nuevo, la historia y el juicio del mundo avanzaron. La “Muerte Rosada” había descompuesto y envenenado todos los jugos saludables de la sociedad, y corrompido el propio corazón de la raza humana: la moralidad, la fe y la filosofía, todo aquello que hace a los hombres dignos de serlo, había perecido gradualmente, sin que nadie se diera cuenta, en el torbellino de la insensatez. El brillo superficial y la civilización absurda ya no eran suficientes para ocultar al animal que existe en la naturaleza humana. Esta se despojó de todo velo y apareció en toda su desnudez. Estalló el diluvio moderno: la Revolución Francesa. El asesinato, la anarquía y el delirio febril se extendieron por la tierra en todas las formas de horror.

De nuevo hubo un cambio, una transformación hacia las profundidades más bajas de la corrupción. La gracia cedió paso a la brutalidad, la belleza a la fealdad, lo divino al cinismo. Los altares fueron derribados, la religión fue renegada, la tierra tembló bajo el peso de las tradiciones destruidas.

Pero desde el caos de la multitud, que se destrozaba ferozmente entre sí, desde el humo y las emanaciones de esta conflagración mundial, allá, en el Jardín Germano de Getsemaní, surgió victoriosamente, como un Fénix de sus cenizas, el Dios rechazado y negado; y el sol inmaculado de Ammergau tejió un halo de gloria alrededor de la figura sublime que colgaba alta en la cruz.

Fue una victoria silenciosa, de la cual la multitud frenética no tenía conocimiento; pues solo veían al enemigo que se enfrentaba a ellos, no a aquel que luchaba arriba. Este último ya había sido vencido hacía tiempo; había sido destronado, y eso zanjaba el asunto. La gente, en su soberanía, puede deponer y erigir dioses a voluntad.

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Cuando son destronados, ya no existen; son arrojados al Tártaro. Y como los hombres no pueden vivir sin un dios, crean un ídolo.

El país gemía bajo el paso de hierro del Emperador, y, sin quererlo ni saberlo, este se convirtió en el vengador del Dios en cuyo lugar se encontraba. Pues, así como la Guerra de los Treinta Años terminó bajo el azote de la peste, y la era de la alegría y la galantería bajo el látigo de la Revolución, la Revolución cedió ante el tercer azote: el ídolo creado por sí mismos.

Él, el hombre de labios apretados y ceño sombrío por la reflexión, gobernó sobre los elementos desencadenados, se convirtió en señor de la anarquía y dictó leyes al universo. Pero con su dedo de hierro rasgó las venas de la humanidad para marcar en ella la marca de la esclavitud. El mundo sangraba por miles de heridas, y en cada una marcó el nombre “Napoleón”.

Luego, pálido como la luna que flota en el cielo cuando el resplandor del sol poniente brilla en el horizonte, el soberano del mundo, en todo su esplendor sangriento, se enfrentó a la sombra pálida del Crucificado, también vestido con un manto real, aún húmedo con la sangre que Él mismo había derramado voluntariamente. Se miraron en silencio… pero el usurpador palideció.

Finalmente, en el momento en que se imaginaba más parecido a Él, Dios arrojó al dios rival a la más profunda miseria y desgracia. El enemigo del mundo fue vencido, y el odio popular, tan tiempo reprimido, finalmente liberado de aquella restricción insoportable, vertió sobre la solitaria tumba en Santa Elena su espuma de maldiciones y reproches. Entonces, el conquistador de Oberammergau extendió sus brazos en señal de perdón, diciéndole también: “De cierto te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Ahora comenzó una época de paz, el siglo del pensamiento. Tras los grandes esfuerzos de la guerra de liberación, siguió una tregua en la vida política, y las naciones la aprovecharon para compensar lo que habían perdido en el desarrollo de la civilización durante el período de conflictos políticos. Una ola de ideas inundó el mundo. Todo talento, regocijándose por la actividad mental que tanto tiempo había permanecido dormida, se despertó. Hubo competencia y conflicto por los premios en todos los campos. La generación emergente, consciente de sus nuevos poderes, se atrevió a emprender una empresa tras otra, y con cada una se volvía más audaz.

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Al aumentar la producción, también creció el poder de asimilación. Todo lo grandioso creado en otros siglos fue incorporado al círculo de su propia nación, como si acabara de ser descubierto. Aquello por lo cual las mentes iluminadas de tiempos pasados habían luchado en vano, habían esforzado sus fuerzas y derramado sangre, ahora florecía en abundantes cosechas; y el siglo erigió monumentos a aquellos que habían sido juzgados erróneamente y los adornó con guirnaldas cosechadas de las semillas que ellos mismos habían sembrado entre lágrimas.

Lo que Galvani y Salomon de Cäus, mal comprendidos e ignorados, habían planeado, ahora realizaba su paso triunfal por la tierra en forma de una locomotora humeante o de un mensajero de luz relampagueante, portador de ideas.

El siglo que produjo a Schiller y a Goethe comprendió primero a Shakespeare; Sófocles y Eurípides surgieron de las tumbas donde yacían desde hacía más de mil años. La arqueología sacó a la luz del mundo enterrado de Homero. Un Canova, un Thorwaldsen, un Cornelius, Kaulbach y todos los grandes maestros del Renacimiento de nuestra época tomaron los pinceles y cincel de Fidias, Miguel Ángel, Rafael y Rubens, que tanto tiempo habían permanecido inactivos. Lo que Aristóteles había enseñado a miles, y Winckelmann y Lessing cien años antes —el conocimiento de las leyes del arte, la apreciación de lo bello— ya no era un mero capital inerte en manos de los eruditos, sino que circulaba por las venas palpitantes de una civilización en pleno desarrollo; exigía y obtenía el objetivo más elevado.

El círculo entre la antigua y la nueva civilización se ha cerrado; todo abismo ha sido superado. Existe una acción alternativa de fuerzas antiguas y nuevas, un trabajo conjunto de todas las naciones y épocas, como si ya no existiera división alguna entre tiempo y espacio, como si solo existiera un arte eterno, una ciencia eterna. La humanidad ascendente ha pisoteado la materia, conquistado la ciencia, hecho útiles las manufacturas y transformado el arte.

Pero esta luz que tan repentinamente ha iluminado el mundo también proyecta sus sombras. El progreso en el arte y la ciencia madura el juicio, pero el juicio se convierte en crítica y la crítica en negación. El dualismo que impregna toda creación —el poder creativo y el destructivo, el principio de afirmación y de negación— no puede ser excluido ni ahora, y debe continuar la antigua contienda que aún no ha tenido final. El análisis crítico se opone a la fe.

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El materialismo lucha contra el idealismo, el pesimismo se enfrenta al optimismo. La raza humana ha alcanzado el límite más extremo del conocimiento, pero esto no la satisface en su carrera victoriosa; desea romper esas barreras y descubrir al Dios oculto detrás de ellas. Incluso el corazón de un Dios no debe escapar al bisturí que nada puede resistir. Pero la barrera es impenetrable. Y uno de los bandos, cansado del trabajo infructuoso, retira a quienes anhelan avanzar. “Volved a la materia, de donde venís. ¿Qué buscáis? La ciencia ha alcanzado el objetivo más alto: ha descubierto el protoplasma del cual provienen todos los organismos. ¿Cuál es el Creador de los tiempos modernos? Una función fisiológica-química-vital dentro de la sustancia de una célula. ¿Vais a rezarle a esto, a sufrir por esto, vosotros, necios?”

Otros rechazan con disgusto esta interpretación cínica de los resultados científicos y se lanzan en brazos de la belleza, buscando en ella la divinidad; otros aún esperan, luchando entre la tierra y el cielo, con la vaga esperanza de estar cerca del objetivo.

Es una lucha tremenda, como si la tierra fuera a estallar bajo la enorme presión de fuerzas irreconciliables que exigen espacio.

Entonces, en medio del calor de las aulas, entre la multitud de estudiantes de arte y ciencia, surge una voz olvidada desde los días de nuestra infancia. Los ojos ansiosos se vuelven de repente de los maestros y de las mesas de disección, de las visiones brillantes del arte y del mundo material, hacia el escenario de Oberammergau y la obra teatral de la Pasión.

Allí está esa figura sencilla, con la corona de espinas y la mirada triste y llena de interrogantes. Y, de común acuerdo, sus corazones se apresuran a encontrarse con Él. Así como el hijo que se ha enriquecido en tierras extranjeras, después de haber disfrutado de todo, anhela regresar a la pobreza de su hogar y cae arrepentido a los pies de su padre abandonado, así también la raza humana, en medio de esta embriaguez de conocimiento y placer, se postra sollozante ante la pálida flor del cristianismo y extiende anhelante sus brazos hacia la tosca cruz de madera sobre la cual florece.

Ese poderoso pensador, Max Müller, dice en su estudio comparativo de las religiones: [1] “¿Cuándo sentimos las bendiciones de nuestro país de manera más profunda y auténtica que cuando regresamos del extranjero? Lo mismo ocurre con respecto a…”

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“Religión”. Ese hecho es evidente aquí. Es una verdad indiscutible que, en el preciso momento en que el arte y la ciencia han alcanzado sus más altos niveles de desarrollo, la obra teatral de la Pasión de Oberammergau goza de un grado de aprecio nunca antes visto; que, en esta época crucial, de década en década, la gente acude en multitudes cada vez mayores a verla. No solo los incultos e ignorantes, sino también los más cultos: artistas y eruditos, estadistas y monarcas. El pobre pueblo ya no tiene espacio para albergar a todos sus visitantes; resulta realmente sorprendente ver cómo una marea humana llega la víspera del inicio de la obra, abrumando y inundando todo. Y luego es maravilloso observar cuán tranquilo está por la mañana, cuando la gente entra en la sala desnuda llamada teatro; parece como si todo se calmara, como si todas las tormentas, tanto internas como externas, fueran sofocadas bajo la influencia de esas palabras sencillas, que ahora tienen más de dos mil años. Es maravilloso ver cómo la gente contiene la respiración para escuchar ese drama sencillo durante siete largas horas, sin prestar atención al tiempo, que supera con creces el límite que nuestros nervios, fácilmente fatigables, están acostumbrados a soportar.

¿Qué es lo que hace que los más elevados y los más humildes, los más ricos y los más pobres, príncipes y campesinos, estén dispuestos a dormir sobre un lecho de paja, sin quejarse, si no hay cama disponible? ¿Por qué los más mimados soportan hambre y sed, el calor y el frío más intensos, mientras que los más tímidos emprenden sin miedo el arduo viaje a través de las montañas de Ettal? ¿Es simplemente curiosidad lo que lleva a un grupo de pobres talladores de madera, campesinos y leñadores a repetir bajo el cielo abierto, expuestos al sol y a la lluvia, en un alemán peor que el que se enseña en la escuela, esa misma historia ya contada miles de veces, como dicen los enemigos de la obra de la Pasión? ¿Acaso eso haría que la gente viniera cada diez años desde la mitad del mundo habitado, de cerca y de lejos, del sur y del norte, de las montañas y los valles, de los palacios y las cabañas, por tierra y por mar? Ciertamente no. ¿Entonces qué es? ¿Un milagro?

Quien ha visto la obra de la Pasión la comprende, pero es difícil explicar su misterio a quienes no la han visto.

La divinidad permanece oculta a nuestra visión terrenal e inalcanzable, como la estatua velada de Sais. Cualquier intento de levantar ese velo por la fuerza es terriblemente castigado.

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¿Qué ganan esos socinianos y adorantes modernos que, con una piedad fingida, buscan sacar al descubierto el misterio y convertir a Dios en un ser humano, para adorar a esa miserable marioneta? Incluso si Lo vieran cara a cara, seguirían viendo solo a sí mismos, y Él gritaría: “Vosotros sois como el espíritu que podéis comprender, no a Mí”.

¿Y qué ganan los panteístas que convierten al hombre en Dios, para abrazar en Él lo inalcanzable? Tarde o temprano percibirán que han confundido los efectos con la causa, y la forma con la esencia. El odio y la decepción serán su destino, como es el destino de todos aquellos que no tienen más que seres humanos.

Pero aquellos para quienes lo visible es solo el símbolo de lo invisible, lo cual les enseña a partir del efecto a conocer la causa, pasarán, con una corrección lógica infalible, de la forma a la esencia, de la ilusión a la verdad.

Esa es la maravilla del Getsemaní moderno, que este libro relatará.

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CAPÍTULO I.
UN FANTASMA

Solemne y majestuosa contra el cielo del atardecer se alza la Kofel, el hito y baluarte protector de Oberammergau, sosteniendo en lo alto su cruz solitaria, como una mano amenazante levantada para enfrentar al enemigo que se acerca con el símbolo de la victoria.

Se avecina el crepúsculo, y la sombra oscura del poderoso protector se extiende por todo el valle tranquilo. La tenue luz del atardecer proyecta una luz pálida sobre la sencilla cruz que ha estado en la cima de la montaña durante siglos; se renueva con frecuencia, pero siempre mantiene el mismo tamaño, de modo que puede ser vista desde lejos por las multitudes que suben desde el valle, mirando anhelantes más allá de las montañas escarpadas e inhóspitas hacia el destino de esa ardua peregrinación.

Es viernes. Una larga fila de carruajes serpentea como una enorme serpiente por la montaña de Ettal. Entre la multitud, dos landós especialmente hermosos llaman la atención. El primero es tirado por cuatro caballos con arneses costosos adornados con una corona, los cuales se mueven graciosamente mientras avanzan lentamente, como si la subida a la montaña de Ettal fuera solo un pasatiempo para animales de su raza. En el carruaje, que es abierto, viajan una dama y un caballero, pálidos, apáticos, sin interés en su entorno ni, aparentemente, el uno en el otro. El segundo carruaje contiene a una doncella, a un sirviente masculino y, en el pescante, al mensajero, con su actitud pomposa y oficial que proclama al mundo que la familia a la que tiene el honor de servir y en cuyo nombre paga los precios más altos es una familia aristocrática. La dueña de este elegante carruaje, a pesar de sus ojos bajos y su aire casi sin vida, es una mujer de tal belleza extraordinaria que se nota incluso entre toda la confusión de velos y mantos. Pelo rubio, tan suave como la seda, se agrupa en ringleras alrededor de su frente, difundiendo un brillo cálido sobre un rostro blanco como una rosa de té; intelectual, pero al mismo tiempo maravillosamente tierno y sensual en sus rasgos. De repente, como si tuviera curiosidad por penetrar en esos párpados caídos y ver los ojos que ocultaban…

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El sol irrumpe por una grieta en las nubes, creando un puente dorado de rayos que va de una montaña a otra. Ahora se levantan los párpados para devolver el saludo, revelando ojos oscuros y brillantes de un color misterioso, que cambian a cada instante mientras siguen los rayos resplandecientes que se deslizan por el acantilado. Luego algo brilla desde una cueva semicubierta y los haces de luz se detienen un momento sobre un rostro pálido. Es una imagen de Cristo tallada en madera, que, con la mano levantada, da la bienvenida a los recién llegados. Pero aquellos que ahora llegan no entienden su lenguaje, y el saludo queda sin respuesta.

Los rayos del sol continúan deslizándose, como si dijeran: “Si este no es el Cristo que buscan, quizás sí lo sea”. Y ahora… se detienen. En una cima escarpada, iluminada por un halo de luz, se ergue una figura, medio oculta por las ramas verdes, que mira con calma y superioridad a la multitud variopinta y ansiosa abajo. Se ha quitado el sombrero y, acalorado por la caminata rápida, se seca el sudor de la frente. Largas mechas negras, partidas en medio, caen sobre un rostro grave y majestuoso, con barba negra y ojos negros, extrañamente tristes y perspicaces. El cabello, agitado por el viento, queda atrapado por una rama espinosa que se balancea sobre la frente prematuramente surcada de arrugas. Las puntas afiladas brillan de rojo bajo la luz resplandeciente del atardecer, como si estuvieran teñidas de sangre, proveniente de la cabeza que descansa soñadoramente contra el tronco. Un temblor recorre el cuerpo de la mujer abajo; de repente se sienta erguida, como si hubiera despertado de un sueño. Los rayos errantes que buscaban sus ojos también dirigen su mirada hacia los del hombre solitario arriba, y en este puente dorado dos miradas brillantes se encuentran. Como dos peatones que no pueden evitarse en un camino estrecho, se miran y se detienen. Se aferran el uno al otro; uno debe ceder, pues ninguno quiere dejar pasar al otro.

Luego el rayo de sol palidece, el puente desaparece y la aparición se esfuma en las sombras del bosque.

“¿Lo viste?”, preguntó la dama a su compañera, quien también había mirado hacia el acantilado.

“¿Qué debería haber visto?”

“Eso… eso…”, vaciló, sin saber qué palabras elegir. Iba a decir “ese hombre allá arriba”, pero la frase era demasiado prosaica.

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Ella no puede encontrar a nadie más y dice simplemente: “¡Él, allá arriba!”. Su compañero, al mirar hacia el cielo, niega con la cabeza.

“¡Él, allá arriba! De verdad creo, condesa, que el aire de Ammergau está comenzando a afectarla. Al parecer ya tiene alucinaciones religiosas… o, en el lenguaje de esta tierra sagrada, visiones celestiales”.

La condesa se recuesta en silencio en su rincón; la expresión fría e indiferente vuelve a sus labios, que acababan de sonreír de forma tan encantadora. “Pero, ¿qué viste? Al menos dímelo, ya que yo no tengo la suerte de tener tales visiones”, añade su compañero con amable ironía. “¿O fue algo demasiado sublime como para ser comunicado a una mundana vulgar como yo?”

“Sí”, responde ella secamente, cubriéndose los ojos con la mano, como si quisiera bloquear el resplandor del atardecer para recordar mejor la visión. Luego permanece en silencio.

La noche cae poco a poco; el cortejo de caballos ha llegado al pueblo. Ahora animan a los animales a trotar y los conductores convierten esa ocasión solemne en un alboroto ruidoso. Los vehículos se sacuden terriblemente en los baches; el crujido de los látigos, el estruendo de las ruedas, los gritos de los niños y las aves asustadas, los ladridos de los perros, todo se mezcla en un estruendo confuso. Y como si faltara algo para completar ese escenario, una ráfaga de viento sopla por el pueblo, llevándose las nubes en masas amenazantes.

“Esto es todo lo que nos faltaba: ¡lluvia también!”, murmuró el caballero. “¿Debo cerrar la carroza?”

“No”, respondió la condesa, abriendo su paraguas. “¿Quién lo hubiera pensado? Hace diez minutos aún brillaba el sol”.

“Sí, el clima cambia rápidamente en las montañas. Vi cómo se formaba la tormenta. Mientras usted admiraba a algún leñador digno de admiración allá arriba como si fuera una aparición celestial, yo observaba la tormenta que se acercaba”. Atrae hacia sí y hacia la dama la alfombra de viaje, que se había deslizado. “Pase lo que pase, estoy resignado; cuando estemos en Roma, debemos seguir las costumbres romanas. ¿Quién no estaría dispuesto a pasar por fuego y agua por…?”

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“¿Usted, condesa?” Intenta tomarle la mano, pero no logra encontrarla entre los chales y mantones. Se muerde los labios con rabia; esperaba que la mano que buscaba se uniera agradecida a la suya como recompensa por una expresión de lealtad tan grácil. Grandes gotas de lluvia le golpeaban el rostro.

“Ni siquiera un apretón de manos a cambio de este viaje infernal hasta este agujero de campesinos”, murmura.

Los carruajes pasan rugiendo junto a la iglesia; las flores y cruces en las tumbas del tranquilo patio de la iglesia tiemblan con el movimiento del suelo. Las lámparas de la casa parroquial ya están encendidas; el sacerdote se asoma a la ventana y observa en silencio ese espectáculo familiar. “Pobres viajeros… ¡Atrapados en una tormenta así!”

Un carruaje tras otro gira por una calle o se detiene frente a una casa. Solo la condesa y su compañero aún no han llegado a su destino. Mientras tanto, ya está completamente oscuro. El conductor debe detenerse para cerrar el carruaje y encender la linterna, pues la lluvia y la oscuridad son tan intensas que los viajeros están calados hasta los huesos. Un viento helado, que siempre acompaña a las tormentas en la montaña, les golpea el rostro hasta el punto de que apenas pueden mantener los ojos abiertos. El sirviente, incapaz de ver en la oscuridad, hace malabarismos para cerrar el carruaje; los bolsos caen sobre los ocupantes. El conductor apenas puede controlar a los caballos, que se asustan por la multitud que busca alojamiento. No conoce bien el lugar y, mientras lucha por dominar a los caballos, pregunta por el camino en frases entrecortadas desde la parte delantera del carruaje; solo logra entender a medias las respuestas, que suenan indistintas debido al bullicio. Mientras tanto, los demás sirvientes han llegado. La condesa ordena al mensajero que continúe con el segundo carruaje y ocupe las habitaciones reservadas. El hombre, pensando que será fácil encontrar el camino en un lugar tan pequeño, sigue adelante. La condesa apenas puede controlar su mal humor.

“Un viaje horrible: los caballos se sobrecalientaron al subir la montaña, y ahora esta tormenta. Además, las lámparas no funcionan; el viento las apaga constantemente. Tenías razón, príncipe; deberíamos haber contratado a alguien…” No termina la frase, porque el haz de luz de una de las lámparas del carruaje, que acaba de encenderse con dificultad, ilumina una figura que pasa rápidamente; esa figura parece increíblemente alta en medio de la oscuridad.

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Un destello incierto. Largas trenzas negras, empapadas de humedad, son arrastradas por el viento desde debajo de su sombrero de ala ancha. Evidentemente, la tormenta lo ha sorprendido sin paraguas y se apresura a regresar a casa: no de forma tímida ni precipitada, como quien da importancia crucial a unas pocas gotas de lluvia, sino más bien como alguien que no desea ser abordado. La condesa no puede ver su rostro, ya ha pasado, pero distingue los contornos de la figura esbelta y imponente vestida de oscuro, observando de reojo su paso notablemente ágil, y sin querer exclama en voz alta: “¡Ahí va otra vez!”. Siguiendo un impulso repentino, llama al sirviente: “Rápido, pregúntale al caballero de allí cómo llegar a la casa de Andreas Gross, adonde vamos”.

El sirviente sigue unos pasos a la figura que se aleja y grita: “¡Eh, usted!”. El desconocido se detiene un momento, gira ligeramente la cabeza y, como si esa llamada brusca no pudiera dirigirse a él, continúa caminando con orgullo sin mirar atrás ni una segunda vez.

El sirviente regresa tímidamente. Una sensación de vergüenza abruma a la condesa, como si hubiera cometido el error de ordenarle que se dirigiera a una persona de alto rango que viajaba incógnito.

“El caballero no quiso escucharme”, dice el sirviente disculpándose, muy avergonzado. “Muy bien”, responde su señora, contenta de que la oscuridad oculte sus rubores. Un relámpago surge en el cielo y un trueno repentino asusta a los caballos. “Continúen”, ordena la condesa; el sirviente sube al pescante y el carruaje avanza. Unos metros más adelante, la figura oscura aparece de nuevo junto al vehículo, caminando con calma entre truenos y relámpagos, y solo gira ligeramente la cabeza hacia los caballos encabritados.

El carruaje pasa velozmente; la condesa se recuesta en silencio sobre los cojines, sin mostrar ningún deseo de mirar hacia afuera.

“Dígame, condesa Madeleine”, pregunta el caballero a quien acaba de llamar “príncipe”, “¿qué es lo que la preocupa hoy?”

La condesa ríe. “Vaya, ¡con qué solemnidad plantea la pregunta! ¿Qué podría preocuparme?”

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“No puedo entenderte”, continuó el príncipe. “Me tratas con frialdad y te entusiasmas ante una visión de la imaginación que ya provoca en ti este grito: ‘¡Ahí está otra vez!’ No puedo evitar pensar en cuán incierta es la gracia de una dama cuya imaginación se enciende tan fácilmente”.

“Esto es encantador”, intentó bromear la condesa. “Mi príncipe celoso… de un fantasma?”

“Eso es precisamente. Si un fantasma puede provocar tales cambios en la temperatura de tu corazón hacia mí, ¿qué lugar podrían ocupar mis esperanzas?”

“Querido príncipe, sabes que, con o sin fantasma, jamás podré responder a esta pregunta que Su Alteza tiene la bondad de hacerme con frecuencia”.

“Creo, condesa, que siempre hay algo entre nosotros. Persigues algún ideal desconocido que no encuentras en mí, el realista, quien no tiene nada que ofrecerte salvo hechos prosaicos: su mano, su principado y un afecto para el cual, lamentablemente, carece de frases poéticas”.

“Exageras, príncipe, y te estás volviendo severo. Hay algo de verdad en ello: siempre soy honesta. Sin embargo, como sabes, tú eres el más favorecido de todos mis pretendientes. Aun así, es cierto que existe un rival desconocido que compite contigo. Ese rival no es más que el hombre de mi imaginación… pero en el mundo no hay nadie como mi ideal, así que no tienes nada que temer”.

“¿Qué ideal exiges, condesa, que nadie pueda alcanzar?”

“Ah… uno muy sencillo, pero ustedes, de naturaleza convencional, nunca lo entenderán. Es la simplicidad del Paraíso perdido al que nunca podrán regresar. Por naturaleza, soy amante del ideal; soy entusiasta y necesito entusiasmo. Pero me llamas visionaria cuando estoy completamente seria. Anhelo un esposo que crea en mi ideal; no quiero a alguien ante quien tenga que ocultarlo para evitar burlas, y así no poder ser fiel a mi verdadero yo. Aquel a quien busca mi alma debe ser al mismo tiempo hombre y niño: un hombre en carácter y un niño en el corazón. Pero, ¿dónde encontrar en nuestra vida moderna a tal persona? ¿Dónde está la dulzura sin debilidad?”

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¿Sentimentalismo? ¿Dónde hay entusiasmo sin una vaguedad fantástica, donde hay sencillez de corazón sin estrechez de espíritu? Quien posee un carácter viril y un intelecto fuerte no puede eludir las exigencias que imponen la ciencia y la política, y esto restaba importancia a la vida emocional, fomentaba el desarrollo del pensamiento concreto y hacía a los hombres realistas y críticos. Pero de todos aquellos que padecen estos defectos de nuestra época, usted es el mejor, príncipe”, añade ella, sonriendo.

“Eso es un consuelo pobre”, murmura el príncipe. “Es algo extraño tener un rival invisible; ¿quién garantiza que no aparecerá alguien que cumpla con esa descripción?”

“Esa es la razón por la cual aún no le he dado mi consentimiento”, responde la condesa, seriamente.

Su compañero suspira profundamente, no responde, pero mira fijamente la tormenta furiosa. Después de un rato dice, en voz baja: “Si no te amara tan profundamente, condesa Madeleine...”

“Entonces no habría aguantado tanto tiempo conmigo, ¿verdad?”, pregunta la condesa, extendiendo su mano como si suplicara perdón.

Esa expresión, a medias inconsciente, de amistad desarma al hombre irritado. Se inclina sobre la delicada manita y la eleva tiernamente hasta sus labios.

“¡Ella aún tiene que ser mía!”, dice en voz baja, como consuelo, como todos aquellos cuyas esperanzas son dudosas. “Incluso me atreveré a luchar contra un fantasma”.

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CAPÍTULO II.
EL VIEJO AMMERGAU

Por fin, tras un largo recorrido y muchas indagaciones, se alcanzó el destino. El carruaje, agotado y gravemente dañado, se detuvo con dos ruedas en un zanja llena de agua de lluvia, cuyo desbordamiento inundó el camino que conducía a la casa. El mensajero y la criada parecían haberse perdido también, ya que el segundo carruaje no estaba allí. La gente salió apresuradamente por la puerta baja, protegiendo con las manos las pequeñas velas que parpadeaban. La condesa retrocedió. ¡Qué rostros tan extraños tenían esos campesinos! Un anciano con un rostro terriblemente demacrado, cabello gris largo, barba judía puntiaguda, nariz afilada y ojos brillantes. Y dos mujeres mayores: una baja y gorda, con ojos prominentes y cabello negro rizado; la otra, alta y delgada, de aspecto extraño, con cabello negro enredado, nariz aguileña y ojos negros relucientes.

En las sombras misteriosas que proyectaban las luces temblorosas sobre esos rostros bien definidos, todo el grupo parecía, sorprendentemente, un grupo de gitanos.

“¡Oh! ¿Son estos habitantes de Ammergau?”, susurró la condesa con tono decepcionado.

“¿Vive aquí Gross, el tallista de madera?”, preguntó el príncipe.

“Sí”, fue la respuesta. “Gross, el cantero. ¿Ha reservado habitaciones aquí?”

“Escribimos desde Tegernsee pidiendo alojamiento. La condesa von Wildenau”, respondió el príncipe.

“¡Ah, sí! ¡Todo está listo! La dama se quedará con nosotros; el carruaje y los sirvientes pueden ir a la antigua posada. Tengo el honor de desearle buenas noches”, dijo el anciano. “Lamento que haya tenido un clima tan malo. Pero aquí llueve mucho”.

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El príncipe desembarcó; el agua salpicó alto bajo sus pies.

—¡Oh, Sephi, trae una tabla, rápido! ¡La condesa no puede salir de aquí! —gritó el anciano, expresando con urgencia su preocupación por la incomodidad que amenazaba a la dama.

Sephi, la mujer alta y delgada, arrastró una tabla desde el jardín, mientras un perro tuerto comenzó a ladrar furiosamente.

Se colocó la tabla en el suelo, pero enseguida se hundió bajo el agua, y la condesa tuvo que vadear la corriente. Al bajar, sintió como si fuera a chocar su cabeza contra el borde del techo inclinado: la casa era muy baja. Las pinturas al fresco, oscurecidas por los años, parecían estirarse y retorcerse en formas distorsionadas bajo la luz parpadeante. El lugar le parecía cada vez más tétrico a la condesa.

—¿Debo llevarla al otro lado? —preguntó el príncipe.

—¡Oh, no! —respondió ella con reproche, mientras su pequeño pie buscaba el fondo de la piscina. El agua helada cubrió su delicado zapato hasta el tobillo. Estaba llena de expectativa y de un estado de ánimo poético, pero la realidad prosaica le dio un golpe en la cara. Temblaba mientras caminaba en silencio por el agua.

—Pase, sus habitaciones están listas —dijo el anciano con entusiasmo.

Pasaron por una cocina llena de miles de moscas, hacia un apartamento que antes se utilizaba como taller y ahora se había convertido en salón. Dos niños dormían en un sofá viejo y roto. En una esquina había sacos de paja, preparados para hacer camas; los dueños de la casa consideraban normal que no tuvieran camas durante la Pasión. Una lámpara de queroseno humeante colgaba del techo de madera oscuro y carcomido, difundiendo más humo que luz. La habitación era tan baja que la condesa apenas podía mantenerse de pie, y además el techo se había hundido; en esa atmósfera tenue y llena de humo, las vigas amenazaban con caer en cualquier momento.

Una sensación de asfixia oprimía a la recién llegada. Estaba completamente agotada, con frío y nerviosa hasta el punto de querer llorar. Sus dientes blancos castañeteaban. Temblaba de frío e incomodidad. Su anfitrión abrió una puerta baja…

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Se abrió la puerta a una habitación pequeña que contenía dos camas, una mesa, un armario oscuro de estilo antiguo y dos sillas.

—Ahí está —exclamó con gran satisfacción—, esa es su habitación. Ahora puede descansar, y si necesita algo, solo tiene que llamar y una de mis hijas vendrá a atenderlo.

—Sí, buen hombre, pero ¿dónde voy a alojarme? —preguntó el príncipe.

—Oh… entonces ustedes no pertenecen al mismo grupo. En ese caso, la condesa debe dormir con otra dama, y el caballero aquí arriba.

Señaló una pequeña escalera en la esquina que, según la costumbre en las antiguas casas de campesinos, conducía desde una habitación, a través de una trampilla, hasta otra justo encima.

—Pero no puedo dormir allí; eso causaría molestias a la dama —dijo el príncipe—. ¿No tiene otras habitaciones?

—Sí, claro; pero están reservadas para mañana —respondió Andreas Gross, mientras las dos hermanas se quedaban allí, mirando sin poder hacer nada.

—Entonces, démeme esas habitaciones y envíe a los demás lejos.

—¡Oh! No puedo hacer eso, señor. Están prometidas.

—¡Por Dios! ¡Le pagaré el doble, diez veces más!

—Pues, señor, aunque me pagara veinte veces más, no podría hacerlo; ¡no debo romper mi promesa! —dijo el anciano con firmeza amable.

—Ah —pensó el príncipe—, quiere estafarme… Pero yo solucionaré esto. Condesa, discúlpeme unos minutos mientras busco otro alojamiento.

—Por el amor de Dios, intente encontrar uno también para mí. ¡Prefiero pasar la noche en el carruaje antes que quedarme aquí! —respondió la condesa en francés.

—Sí, es horrible… pero no será difícil encontrar algo mejor. ¡Adiós! —respondió él en el mismo idioma.

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“No me dejes sola con estas personas por mucho tiempo. Vuelve pronto; tengo miedo”, añadió, todavía usando el francés.

“¿De verdad?”, respondió el príncipe, riendo; pero un destello de placer brilló en sus ojos.

Mientras tanto, la niñita que dormía en el sofá se había despertado y ahora entraba en la habitación.

La condesa pidió a todos que se retiraran para poder descansar, y los campesinos se marcharon modestamente. Pero cuando intentó cerrar la puerta, esta no tenía ni cerradura ni pestillo, solo un pequeño gancho de alambre que encajaba en un anillo suelto.

“¡Oh!”, exclamó, sorprendida. “No puedo cerrarla”.

“No tienes por qué preocuparte”, respondió el anciano con calma, “nosotros dormimos en la habitación de al lado”. Pero la presencia de aquellas personas extrañas, cuando no podía cerrar la puerta, era exactamente lo que temía la condesa.

Introdujo el miserable gancho de alambre en su enganche y se sentó en una de las camas, que no tenían colchón: solo saco.

Cubriéndose el rostro con las manos, dejó que brotaran lágrimas de indignación. Todavía llevaba puesto el sombrero y la capa, que no se había atrevido a quitarse, por un vago presentimiento de estar rodeada de peligros de los cuales podría tener que huir en cualquier momento. En una situación así, sin duda era más seguro no quitarse la ropa. Si ocurría lo peor, se quedaría así toda la noche. Irse a dormir en una casa donde el techo podía derrumbarse y donde esas figuras extrañas merodeaban era un riesgo demasiado grande. Junto a la cama en la que estaba sentada la condesa había una puerta, que, entre todo aquel terror, no había notado. Ahora parecía escuchar un ruido de rasguños, como si algo de hierro frotara contra algo. Luego llegaron golpes sordos y un chirrido peculiar. Sonidos horribles e incomprensibles. Ahora un golpe cayó sobre la puerta, cuyo enganche no era mucho mejor que el de las demás. Y luego otro.

“Se han desatado aquí mismos los poderes del infierno”, gritó la condesa, levantándose de un salto. Sus pies fríos y húmedos parecían paralizados, sus sentidos estaban al borde del colapso. Y estaba sola en esa terrible situación. ¿Dónde estaban los sirvientes?

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Tal vez los hubieran llevado por mal camino, robado y asesinado… Mientras tanto, la tormenta afuera rugía con toda su furia.

Hubo otro intento de derribar la puerta, que, tras dos golpes fuertes, comenzó a ceder. La condesa, como en un sueño, corrió hacia el taller y, casi desmayándose, pidió ayuda a las extrañas personas que allí estaban… Un terror contra otro. Con los labios pálidos, les dijo que alguien había entrado en la casa, que algún loco o fugitivo de la justicia intentaba colarse.

“¡Oh! Eso no es nada”, dijo Andreas, con una sonrisa que a la mujer aterrorizada le pareció diabólica. Se dirigió directamente a la puerta; la condesa gritó, la abrió… Y apareció una cabeza. Un rostro grande, tonto y de expresión serena miraba la luz con ojos sorprendidos, mientras exhalaba aire por sus anchas fosas nasales rosadas ante aquel entorno extraño. ¡Era un caballo castaño, un caballo bondadoso y adecuado para tirar de carros, que se encontraba en la habitación contigua a la de la condesa Wildenau!

“Ahí tiene al criminal. Es un caballo salvaje; esa es la causa de los horribles ruidos que escuchó”.

La mujer temblorosa miraba ese rostro equino sereno y tonto como si fuera una visión celestial… Pero, a pesar de su alivio y de cuánto amaba a los caballos, no podía dormir tranquila. Dado que la puerta ya estaba medio destrozada por los cascos enormes del animal, existía la posibilidad de que, durante la noche, atraído por el aroma de las algas marinas que servían de relleno en el colchón, el caballo confundiera el lecho de la condesa con un comedero y la despertara de forma algo brusca con su hocico.

“Oh, arreglaremos eso de inmediato”, dijo Andreas. “Lo ataremos bien para que no pueda liberarse otra vez. El carretero llegará a las cuatro de la mañana; así ya no será molestada más”.

“Después de no haber cerrado los ojos en toda la noche…”, murmuró la condesa, siguiendo al anciano para asegurarse de que atara bien al caballo. Sí, la habitación a la que se accedía desde allí, mediante una puerta sin cerradura ni umbral, era un establo. Varias gallinas asustadas volaron desde el paja… También eso. “Cuando el caballo salga del establo, los gallos comenzarán a cantar. Qué noche tan terrible…”

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“¡Los agotamientos del día!”, dijo el anciano con una superioridad irritante, y añadió:

“Sí, así es como se vive en el campo”.

“No, no me quedaré aquí; prefiero pasar la noche en el carruaje. ¿Cómo pueden las personas vivir en este lugar, aunque sea por un día?”, pensó la condesa.

“¿No quiere algo de comer? ¿Debo pedirle a mi hija que prepare un schmarren?”[2]

“¡Un schmarren! En esa cocina, con esas moscas…”. La condesa sintió asco.

“No, gracias”. Aunque estuviera muerta de hambre, no podía comer nada en ese lugar.

El perro finalmente fue atado, y, al no tener otra cosa que hacer, siguió mordiendo su jaula y chupando el aire, lo cual resultaba terriblemente molesto para los nervios de su vecina del cuarto de al lado. Por fin… ¡oh, alegría, liberación! El segundo carruaje llegó hasta la casa, trayendo consigo a la criada y al mensajero.

“¡Entrad, entrad!”, gritó la condesa desde la ventana. “Que no bajen el equipaje. No me quedaré aquí”.

Las dos criadas entraron con el rostro sonrojado.

“¿Dónde diablos habéis estado tanto tiempo?”, preguntó su señora, con autoridad, contenta de poder desahogar finalmente su mal humor en alguien.

“El conductor se perdió”, balbuceó el mensajero, echando una mirada furtiva a la criada sonrojada. La condesa comprendió la situación de inmediato y recuperó su compostura. El miedo y la timidez, toda su debilidad nerviosa, desaparecieron ante el orgullo de la señora ofendida, quien había tenido que esperar una hora; al final, las criadas entraron con rostros en los que se reflejaba claramente que tal demora era innecesaria.

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Se irguió hasta alcanzar toda su altura; los miedos femeninos quedaron olvidados en el orgullo de una dama de alto rango.

—Corredor, puede marcharse… ¡Ni una palabra más!

—Entonces le ruego a Su Alteza que también me despida —dijo la criada, nerviosa, delatándose así. La condesa le lanzó una mirada despectiva, pero sin vacilar, dijo en voz baja:

—Muy bien. Ambas pueden ir con el mayordomo a recoger su salario. Buenas noches.

Ambas salieron de la habitación pálidas y en silencio. No esperaban ser despedidas, pero conocían el carácter de su señora y sabían que no se permitiría ni una palabra más, que ninguna excusa o súplica serviría de nada. La condesa tampoco estaba de buen humor. Se quedaba allí, sin criada. Por primera vez en su vida tendría que ocuparse ella misma de todo, desempacar todos esos enormes baúles y bolsas. ¿Cómo podría hacerlo? Tenía mucho frío y también estaba muy cansada; además, ni siquiera sabía cuál de las numerosas bolsas contenía zapatos y medias secos. ¿Debía sacarlo todo, cuando tendría que volver a empacarlo ella misma? Por ahora, sin duda debía ir a otra casa, entre gente civilizada, donde pudiera tener criados y no estar tan completamente sola. ¡Oh, si tan solo no hubiera venido a este Ammergau! Era un lugar horrible. Apenas alguien compraría la salvación del mundo a cambio de una velada así. Era terrible estar en esa situación… ¡y sin criada!

Y como las cosas triviales hacen que incluso las mujeres más nobles pierdan el coraje, ya que se trata de cuestiones de nervios y no de carácter, la dama que acababa de enfrentarse a sus criadas con tanta altivez se dejó caer de nuevo en la cama y lloró como una niña.

Alguien llamó suavemente a la puerta del taller. La condesa la abrió, y la hermana baja y robusta entró tímidamente.

—Perdóneme, Su Alteza. Acabamos de saber que ha despedido a su criada y al corredor, así que quería preguntar si mi hermana o yo podríamos serle de alguna ayuda. Quizás podríamos ayudarla a desempacar un poco.

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“Gracias… No deseo pasar la noche aquí y espero que mi compañero traiga noticias de que ha encontrado otro alojamiento. Pagaré lo que sea que pidan, pero es imposible que me quede. Pregúntele a su padre cuánto cobra; daré lo que sea necesario, pero déjenme ir, por favor.”

Se llamó al anciano.

“Por supuesto, condesa, puede estar completamente tranquila al respecto. Si no le gusta quedarse con nosotros, no tiene por qué preocuparse. No tendrá que pagar nada; solo debe darse prisa, o de lo contrario no encontrará alojamiento, ya que ahora es muy difícil conseguirlo.”

“Sí, pero deben recibir alguna compensación. Dígame simplemente cuánto debo dar.”

“Nada, condesa. ¡No recibimos pago por lo que no se come!”, respondió Andreas Gross con tal firmeza que la dama lo miró sorprendida. “La gente de Ammergau no hace negocio alquilando alojamientos; eso lo hacen solo los especuladores extranjeros que quieren ganar mucho dinero en estos tiempos, y, lamentablemente, eso trae a Ammergau la reputación de ser un lugar donde se practica el soborno. Nosotros, los habitantes del pueblo, lo hacemos para que tantos invitados como sea posible asistan a la obra, y nos conformamos si podemos cubrir nuestros gastos. No esperamos nada más.”

De repente, la condesa vio aquel rostro arrugado bajo una luz completamente diferente. Debía haber sido el atardecer el que la había engañado. Ahora le parecía un rostro inteligente y noble; incluso las arrugas, los largos cabellos grises y los ojos claros y penetrantes tenían un aire de dignidad patriarcal. De repente se dio cuenta de que esas personas debían tener, por naturaleza, las características faciales necesarias para sus personajes, sin necesidad de maquillaje; así, los rasgos del pasado quedaban impresos inconscientemente en sus rostros. De la misma manera, entre los actores profesionales, se puede distinguir fácilmente al que interpreta un papel de carácter del que interpreta un papel romántico.

“¿Usted también actúa?”, preguntó con interés.

“Yo interpreto a Datan, el comerciante judío”, dijo orgullosamente. “Llevo sesenta años en esta obra; cuando tenía tres años, me sentaba en el regazo de Eva…”

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“Los cuadros”. La condesa no pudo reprimir una sonrisa y el rostro del anciano Andreas también se iluminó.

La niña, hija de la mujer baja y regordeta, asomó la cabeza por la puerta entreabierta, mirando con ojos brillantes a la encantadora dama.

“¿De quién es esa niña?”, preguntó la condesa, al notar su delicada figura y sus ojos radiantes.

“Es mi nieta, hija de mi hija Anna. Su padre era extranjero. Se fue, dejando a su esposa y a sus dos hijos en la pobreza. Así que los acogí a los tres en mi casa de nuevo”.

La condesa miró la delgada y envejecida figura del anciano, y luego a la madre y a la niña regordetas.

“¿Quién los mantiene?”

“Oh, nos ayudamos unos a otros”, respondió Andreas de forma evasiva. “Todos trabajamos juntos. Mi hijo, el profesor de dibujo, también hace mucho por nosotros. No podríamos arreglárnoslas sin él”. Luego, interrumpiéndose con una mirada sorprendida, como si temiera haber sido escuchado, añadió: “Pero no debería haber dicho eso… se enfadaría mucho si lo supiera”.

“Parece que tiene un poco de miedo de su hijo”, dijo la condesa.

“Sí, sí… es estricto, muy estricto y orgulloso, pero es un buen hijo”.

Los ojos del anciano brillaban de amor y orgullo.

“¿Dónde está?”, preguntó la condesa con ansias.

“Oh, nunca permite que los extraños lo vean si puede evitarlo”.

“¿Él también actúa?”

“No; él organiza los cuadros, y se necesita la habilidad de un mariscal de campo, porque debe dirigir a doscientas o trescientas personas, mantenerlas unidas y ellas le obedecen como si fuera un general”.

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“Debe de ser una persona muy interesante.”

En ese momento se oyeron los pasos del príncipe en la sala de estar.

“¿Puedo entrar?”

“Sí, príncipe.”

Entró, empapado por la lluvia.

“No encontré nada, salvo una pequeña habitación para mí, en una cabaña aún peor que esta. Todas las casas grandes están llenas hasta los topes. ¡El mismo Satanás nos ha traído entre estos campesinos absurdos!”, dijo enfadado en francés.

“No hable así”, respondió la condesa con sinceridad en el mismo idioma. “Ellos son santos”. La niñita susurró a su madre.

“Perdóneme, señor; pero mi hija entiende francés y acaba de decirme que no hay habitación para la dama”, dijo tímidamente la hija de Andreas. “Sé dónde hay una en una casa muy bonita cerca de aquí. Iré lo más rápido que pueda a ver si sigue libre. Si pudiera conseguirla, verá que es mucho mejor que la nuestra”. Se apresuró hacia la puerta.

“¡Detente, mujer!”, gritó el príncipe. “No puedes salir; la lluvia cae a cántaros, y se avecina otra tormenta”.

“Sí, quédate”, exclamó la condesa. “Espera a que pase la tormenta”.

“¡Oh, no! Las habitaciones se están ocupando cada minuto; no podemos perder ni un instante”. Al momento siguiente se echó un chal sobre la cabeza y salió de la casa. Justo cuando pasaba por la ventana baja, un destello intenso de relámpago iluminó la habitación, haciendo que la pequeña figura encorvada se destacara como una silueta. Pronto siguió un trueno.

“La tormenta está pasando justo por encima de nosotros”, dijo el príncipe con preocupación amable. “No deberíamos haberla dejado ir”.

“Oh, no tiene importancia”, dijo el anciano sonriendo. “Ella está contenta de hacerlo”.

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“Cuénteme algo sobre estas personas extrañas”, comenzó el príncipe, pero la condesa le hizo señas de que la niña entendía francés. Él la miró con una expresión cómica, como si quisiera decir: “Estos son ‘nativos’ extraños que dan a sus hijos una educación tan buena”.

La condesa se acercó a la ventana, mirando con inquietud la tormenta furiosa. Un sentimiento de auto reproche invadió su corazón por haber dejado que esa pobre criatura saliera en medio de aquel caos natural. Sobre todo porque esas personas no aceptarían ninguna compensación y, por lo tanto, perderían cualquier beneficio si encontraran otro lugar donde alojarse.

Era una pérdida para ella, y sin embargo mostraba esa alegría forzada.

El pequeño grupo ya había entrado en la sala de estar. La condesa se sentó en el alféizar de la ventana, mientras relámpagos uno tras otro iluminaban el cielo y truenos retumbaban sin cesar. Ya no pensaba en sí misma, sino solo en la pobre mujer que estaba afuera. La niña lloraba en silencio por la exposición de su pobre madre a la tormenta, y se dirigió hacia la puerta para esperarla. El príncipe, temblando, se sentó en el banco junto a la estufa. Gross, al darse cuenta, añadió más leña “para que el caballero pudiera secarse”. Pronto, un fuego brillante comenzó a crepitar en la enorme estufa verde, que servía de soporte principal al techo hundido.

“Por favor, déjeme pagarle la leña”, dijo el príncipe, avergonzado.

El anciano sonrió.

“Ustedes, los gentiles, quieren pagar por todo. Nosotros mismos necesitábamos un fuego”. Con esas palabras, salió de la habitación. La hermana delgada también pensó que era mejor no molestar a los extranjeros y también salió.

“Dígame, condesa”, comenzó el príncipe, apoyándose cómodamente en la estufa caliente, “¿puedo perfumar este ambiente, nada agradable, con un cigarrillo?”

“Por supuesto. Había olvidado que existen cosas como los cigarrillos en el mundo”.

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“Así me parece a mí”, dijo el príncipe, con calma. “Dime, querida amiga: ahora que ya has disfrutado plenamente de todas las emociones de esta situación romántica, ¿qué te parecería una taza de té?”

“¿Té?”, dijo la condesa, mirándolo como si acabara de despertar de un sueño. “¡Té!”

“Sí, té”, insistió el príncipe. “Pobre amiga mía, debes haber vivido una eternidad en estas horas entre estos ‘salvajes’, hasta el punto de haber olvidado ya uno de los mejores productos de la civilización.”

“Té”, repitió la condesa, al darse cuenta entonces de su cansancio. “Eso estaría bien, pero no sé cómo conseguirlo; envié a la criada lejos.”

“Sí, encontré a esa pareja despedida en un estado de total desesperación. Y puedo imaginar que mi adorada Condesa Madeleine —la más mimada y consentida de todos los hijos de la fortuna y del mundo de la moda— no sabe cómo arreglárselas por sí misma. En absoluto lo lamento, porque yo saldré beneficiado. Ahora puedo hacerme pasar por una bondadosa Providencia. ¡Qué suerte para un enamorado, ¿no es cierto? Así que permíteme ocupar el lugar de la criada, en la medida de lo posible. Llevo té conmigo, y mi ayuda de cámara, gracias a Dios, no tuve que enviarlo lejos; está esperando tus órdenes para servirlo.”

“Qué amable eres, príncipe. Pero piensa en esa cocina llena de moscas.”

“Oh, no necesitas preocuparte por eso. Evidentemente no estás acostumbrada a las montañas. Conozco esas moscas: son diferentes a las de la ciudad y tienen una habilidad especial para mantenerse alejadas de la comida. Pruébalo al menos una vez.”

“Sí, pero primero debemos averiguar si puedo conseguir otra habitación”, dijo la condesa, volviendo a sumirse en la desesperanza.

“Mi queridísima Condesa, ¿acaso eso impide que tomemos algo para refrescarnos? No seas tan desanimada”, dijo el príncipe, riendo.

“Oh, es fácil reírse. La situación es bastante trágica, te lo aseguro.”

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“Lo suficientemente trágico como para justificar el esfuerzo de desarrollar cierta grandeza de alma, pero no, a la manera verdaderamente femenina, hasta el punto de perder toda compostura.”

El príncipe sacudió las cenizas de su cigarrillo y se dirigió a la puerta para ordenar al criado que sirviera el té. Cuando regresó, la condesa salió de repente a su encuentro, le extendió la mano y dijo con una sonrisa encantadora:

“Príncipe, hoy está encantador, y yo soy insoportable. Le agradezco la paciencia que ha demostrado.”

“Madeleine”, respondió él, controlando sus emociones, “si no conociera su bondadoso corazón, creería que es una Circe, que disfruta en volver locos a los hombres. De no ser por mi frío y sensato raciocinio, que usted siempre destaca, tomaría por amor ese sentimiento que la hace recibirme con tanta gracia, exponiéndome así a la decepción. Pero la razón demuestra claramente que se trata simplemente de la gratitud de un corazón bondadoso por un servicio insignificante prestado en una situación desagradable. Soy demasiado orgulloso como para tomar en serio lo que acabo de decir en broma: aprovecharme de esta oportunidad.”

La condesa, avergonzada y consternada, retiró su mano. Hablaba ahora el hombre seco, prosaico y vulgar. Si hubiera comprendido cómo aprovecharse de su estado de ánimo, cuando, en su condición de indefensión, él aparecía como un salvador en hora de necesidad, ¡quién sabe qué podría haber pasado! Pero eso era precisamente lo que despreciaba. El experimentado hombre del mundo conocía bien a las mujeres, tanto que sabía perfectamente cuán fácil es ganarse su corazón en un momento de depresión nerviosa, perplejidad desesperada e indefensión. Sin embargo, aunque siempre estaba dispuesto a disfrutar de cualquier situación interesante, quizás precisamente por eso era demasiado orgulloso como para deberle a un accidente de este tipo a la mujer que había elegido como compañera de vida. La condesa lo sintió y se alegró en secreto de que hubiera evitado tanto a ella como a sí mismo una decepción.

“Así son las mujeres”, dijo suavemente, mirándola con una expresión casi compasiva. “Por una situación aparentemente agradable, están dispuestas a vender el derecho de nacimiento de sus sentimientos más sagrados.”

“Esa es una verdad grave y amarga, algo a lo que no estoy acostumbrada a escuchar de sus labios, príncipe. Pero por profundo que sea el abismo del realismo del cual ha extraído esta experiencia, no encontrará confirmación en mí.”

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“Es decir, me castigarás de ahora en adelante con tu frialdad, aunque sabes perfectamente bien que fue la sinceridad de mi afecto por ti lo que motivó mi acción. La condesa, vengarse sería indigno; una mujer como usted no debería caer en la mezquina sensibilidad de la vanidad femenina común.”

“Oh, príncipe, siempre tiene razón. Créame, si llevara mi corazón en la cabeza en lugar de en el pecho, es decir, si pudiéramos amar con la inteligencia, ya habría sido suya desde hace tiempo. Pero, ay, amigo mío, está tan lejos el corazón de la cabeza.”

El príncipe encendió otro cigarrillo. Nadie podía adivinar lo que pasaba por su mente. “¡Tanto peor para mí!”, dijo fríamente, encogiéndose de hombros.

En ese momento, una llamarada llenó la habitación, y el estruendo que siguió sonó como si el techo se hubiera derrumbado y enterrado todo bajo él. La condesa parecía aturdida.

“¡Madre, madre!”, gritó una voz afuera. La gente se reunía en la calle; se oían voces, gritos, pasos apresurados y los sollozos de la niña. El príncipe saltó por la ventana; la condesa recuperó la conciencia… ¿de qué?

“Alguien ha sido alcanzado por un rayo”. Salió rápidamente.

Una figura inconsciente fue llevada adentro y tendida en el banco de la entrada. Era esa criatura bondadosa a quien su capricho había enviado hacia la tormenta… quizá a su muerte. Yacía allí, silenciosa y pálida, con los párpados cerrados; sus manos estaban frías, sus rasgos eran duros y rígidos como los de un cadáver, pero su corazón seguía latiendo debajo de su vestido empapado. La condesa pidió al príncipe que sacara colonia y sales aromáticas de su bolso y aplicó hábilmente esos remedios; el príncipe la ayudó a masajearle las arterias mientras ella trataba de hacerla recuperar la conciencia con esas sustancias aromáticas. Mientras tanto, la otra hermana consolaba a la niña que lloraba. Andreas Gross vertió unas gotas de algún líquido de una botella polvorienta en la boca de la afectada, diciendo en voz baja: “No debe asustarse tanto. Soy algo así como médico; es solo un desmayo grave. El otro caso es peor”.

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“¿Fueron dos las personas afectadas?”, preguntó la condesa, horrorizada.

“Sí, uno de los músicos, el primer violín”.

De repente, una idea cruzó por la mente de la condesa; un sentimiento de pánico se apoderó de ella, como si en Ammergau hubiera alguna persona querida por quien tuviera que temer. Pero no conocía a nadie allí.

“Por favor, tráigame un chal de mi habitación”, le dijo al príncipe. Cuando él se fue, preguntó rápidamente: “Dígame, ¿el músico es alto?”

“Oh, sí”.

“¿Tiene cabello negro y largo?”

“No, es rubio”, respondió el anciano.

La condesa, aliviada, permaneció en silencio. El príncipe regresó. La mujer enferma abrió los ojos y un leve gemido escapó de sus labios.

“Aquí habrá una escena interesante”, pensó el príncipe. “Se puede ganar mucho dinero con una situación así. Mi querida amiga compensará todas las lágrimas con una moneda de oro”.

Después de un rato, la mujer recuperó suficiente conciencia como para darse cuenta de su entorno e intentó levantar los pies del banco. “Oh, condesa, se está esforzando demasiado. Por favor, entre; hace mucho viento aquí”.

“Sí, pero usted debe venir conmigo”, dijo la condesa. “Intente ver si puede usar sus pies”.

Fue en vano; intentó dar un paso, pero sus pies se negaron a obedecerla.

“¡Ay!”, exclamó la condesa, profundamente conmovida. “Está paralítica… y es culpa mía”.

Anna tomó su mano con delicadeza y la llevó a sus labios. “Por favor, no se preocupe tanto, condesa. Todo pasará. Lamento haberle causado esto”.

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“Qué susto tan grande”. Intentó sonreír; en ese momento su rostro feo parecía realmente hermoso, y el tono de su voz, cuyo temblor trataba de ocultar, era tan conmovedor mientras intentaba consolar y calmar la autocrítica de la mujer que había causado esa desgracia, que las lágrimas llenaron los ojos de la condesa.

“Qué sabia es”, dijo el príncipe, maravillado por tanta delicadeza y sensibilidad.

“Vamos”, dijo la condesa, “debemos llevarla a las habitaciones cálidas”.

Andreas Gross, y a una señal del príncipe, el criado llevó a la mujer enferma adentro y la acostó en el banco junto a la estufa. La condesa sostuvo su mano helada, mientras las lágrimas corrían sin cesar por las mejillas de la enferma.

“¿Sientes algún dolor?”, preguntó la dama con ansiedad.

“No, oh, no… Pero no puedo evitar llorar porque la condesa es tan amable conmigo… No siento dolor, de verdad”. Sonrió de nuevo, esa sonrisa conmovedora que busca consolar a los demás.

“Sí, sí”, dijo el anciano, “no necesitas preocuparte; mañana estará bien”.

La niña apoyó cariñosamente su cabeza en el pecho de su madre. Una atmósfera excepcionalmente tranquila reinaba en la habitación; una dignidad modesta caracterizaba la actitud de esos pobres campesinos. El príncipe y la condesa también permanecieron en silencio, sumidos en sus pensamientos. De repente, la mujer enferma se incorporó: “¡Ay, casi olvido lo más importante! La dama puede quedarse en las habitaciones. Dos habitaciones muy bonitas y un servicio excelente. Pero la condesa debe irse de inmediato, tan pronto como termine la lluvia. Solo podrán quedarse una hora. Llegarán más personas a las diez”.

“Gracias”, dijo la condesa con una expresión extraña.

“Oh, no hay necesidad. Solo me alegro de haber conseguido las habitaciones y de que la condesa pueda contar con un servicio adecuado”, respondió la mujer enferma con alegría. “Pronto me mejoraré, y entonces les mostraré el camino”.

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“Le agradezco”, repitió la condesa con sinceridad. “No quiero las habitaciones; me quedaré aquí”.

“¿Qué piensa hacer?”, preguntó el príncipe, sorprendido.

“Sí, me avergüenzo de haber sido tan tonta esta tarde. ¿Me aceptarán ustedes, personas bondadosas, después de haberles causado tanto daño y tanta injusticia?”

“Oh, debe decidir según lo que le parezca mejor. Estaremos encantados de que se quede con nosotros, pero no nos ofendemos si le resultaría más cómodo estar en otro lugar”, dijo el anciano con amabilidad serena.

“Entonces me quedaré”.

“Es una buena decisión, condesa”, dijo el príncipe. “Siempre hace lo correcto”. Hizo señas a Sephi, la hermana delgada, y le susurró unas palabras. Ella desapareció en la habitación de la condesa y regresó al poco rato con zapatos y medias secos, que había encontrado en uno de los bolsos de viaje. El príncipe se acercó a la ventana y se quedó allí de espaldas a la habitación. “Debemos hacer lo mejor que permitan las circunstancias”, dijo con energía. “Ruego a su alteza que permita a esta dama cambiarle los zapatos y las medias. Soy responsable de su salud, no solo ante mí mismo, sino también ante la sociedad”.

La condesa accedió a la propuesta del príncipe, y sus pequeños pies helados se deslizaron cómodamente dentro de las prendas secas que Sephi había calentado junto a la estufa. Ahora se sentía como si estuviera entre seres humanos y, poco a poco, fue sintiéndose más a gusto. Después de que Sephi salió de la habitación, ella se acercó orgullosamente al príncipe con sus zapatillas secas y dijo: “Vamos, príncipe, caminemos de un lado a otro para que nuestra sangre fría pueda circular de nuevo”.

El príncipe le ofreció graciosamente su brazo y la guió de un extremo a otro del largo taller. En ese momento, Madeleine era encantadora, y la expresión de gratitud en su rostro animado la hacía aún más adorable.

“Debo irme”, pensó, “o terminaré cometiendo alguna tontería que arruinará todas mis posibilidades con ella”.

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CAPÍTULO III.
AMMERGAU JÓVEN

El sirviente sirvió el té. El príncipe había pensado en todo, recordaba todo. Incluso había traído galletas inglesas.

Esa pequeña merienda tuvo un efecto muy alentador en los ánimos deprimidos de la condesa. Pero ella llevó la primera taza al enfermo, quien, revivido por ese estímulo inusual, se levantó de inmediato, imaginando que se había producido un milagro, ya que podía caminar de nuevo. La familia Gross salió entonces de la habitación. El príncipe y la condesa bebieron su té en silencio. ¿Qué podían decir cuando el sirviente, que siempre acompañaba a su amo en sus viajes, comprendía todos los idiomas que la condesa hablaba con fluidez?

El príncipe estaba serio y pensativo. Después de beber el té, le besó la mano. “Déjame ir ahora; ambos necesitamos descansar, usted por sus nervios y yo por mis sentimientos. Le deseo una buena noche de sueño.”

“Príncipe, puedo decir que hoy ha sido infinitamente encantador y que ha aumentado mucho mi estima por usted.”

“Me alegra escucharlo, condesa, aunque estoy un poco deprimido al darme cuenta de que debo este favor a una taza de té y a un par de zapatillas secas”, respondió el príncipe con aparente compostura. Luego tomó su sombrero y salió de la habitación.

“¿Y esto es amor?”, pensó la condesa, encogiéndose de hombros. ¿Qué debía hacer? No tenía ningún deseo de dormir. La gente nunca está más dispuesta a charlar después de haber superado dificultades. Había tomado su té, la habían calentado, atendido y cuidado. Por primera vez desde su llegada se sentía cómoda, y ahora tenía que irse a dormir. A las diez de la noche, la hora en que solía ir desde el teatro a algún entretenimiento vespertino.

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El príncipe se había ido y la familia Gross entró para preguntarle si quería algo más.

—No, pero ustedes están listos para irse a dormir, y yo debería regresar a mi habitación, ¿no es así? —respondió la condesa.

Justo en ese momento la puerta se abrió de golpe y apareció una cabeza como la escultura en bronce del busto de un emperador romano. Un rostro que, en verdad, parecía tallado en bronce, ojos agudos como los de un águila, una nariz ligeramente curvada, una ceja imponente y delicadamente modelada, cabello corto peinado hacia arriba, y una expresión de energía amarga, triste, pero irresistible en los labios apretados. En cuanto aquellos ojos rápidos percibieron a la condesa, la cabeza se retiró con la velocidad del rayo. Pero el viejo Gross, orgulloso de su hijo, lo llamó de vuelta.

—Entra, entra y preséntate ante esta dama; la gente no huye así.

El joven, algo molesto, regresó.

—Mi hijo, Ludwig, director de la escuela de dibujo —dijo el viejo Gross.

Los ojos de artista de Ludwig recorrieron a la condesa; ella sintió la mirada del conocedor y supo que él podía apreciar su belleza. ¡Qué placer verse, entre aquella gente sencilla, reflejada de repente en los ojos de un artista y descubrir que esa imagen resultaba hermosa! ¿Cómo era posible que un cristal tan exquisito, que solo puede pulirse en los talleres de la más alta educación y arte, se encontrara en un entorno así? La condesa observaba con creciente asombro aquel rostro impresionante y la postura orgullosa de la cabeza sobre la figura pequeña, compacta, pero de formas clásicas. Desde el primer momento supo que se trataba de un hombre en el verdadero sentido de la palabra, y le extendió la mano como si saludara a un viejo conocido del reino del ideal. Parecía que debía preguntar: “¿Cómo ha llegado aquí?”

Ludwig Gross leyó la pregunta en sus labios. Poseía una visión tal que incluso los pensamientos debían guardarse, de lo contrario él los adivinaría.

—Debo pedirle disculpas por molestarla. Acabo de llegar de una reunión y solo quería ver a mi hermana. Escuché que estaba enferma.

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—Oh, ya me siento bastante bien otra vez —respondió este último.

—Sí —dijo la condesa en un tono algo avergonzado—. ¿Estará molesto por el intruso que ha traído tanta ansiedad y alarma a su casa? Me reprocho haber sido tan tonta como para querer otro alojamiento, pero al principio pensé que el techo se me vendría encima y tuve miedo.

—Oh, lo entiendo perfectamente cuando las personas no están acostumbradas a habitaciones bajas. A mí también me costó acostumbrarme de nuevo cuando regresé de Múnich.

—¿Estuvo en la Academia?

—Sí, condesa.

—¿No quitará su abrigo mojado y se sentará?

—No quisiera molestarla, condesa.

—Pero en absoluto me molestará; venga, hablemos un rato.

Ludwig Gross dejó a un lado su sombrero y abrigo, tomó una silla y se sentó frente a la dama. Justo en ese momento llegó un carruaje. Los desconocidos que habían reservado las habitaciones para el príncipe habían llegado, y la familia salió apresuradamente a recibirlos y ayudarlos. La condesa y Ludwig quedaron solos.

—¿De qué estaban hablando a una hora tan tardía? —preguntó la condesa.

—Doré nos envió esta tarde dos grabados de sus dos cuadros de la Pasión; está interesado en nuestra obra, así que tuvimos que hablar sobre la mejor forma de expresarle nuestro agradecimiento y decidir dónde se colgarán. No hay tiempo para tales consultas durante el día.

—¿Conoce todos los cuadros de Doré?

—Por supuesto, condesa.

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“¿Y le gustas?”

“Lo admiro. No estoy de acuerdo con él en todo, pero es un genio, y el genio tiene derecho al perdón por los defectos que la mediocridad nunca debería atreverse a cometer, y de hecho nunca lo hará.”

“Muy cierto”, respondió la dama.

“Creo”, continuó Ludwig Gross, “que se parece a Hamerling. Hay similitud entre esos dos hombres. Hamerling también nos repele en ocasiones, pero en él, al igual que en Doré, cada línea y cada trazo irradia esa chispa eléctrica que solo pertenece a una verdadera obra de arte.”

Su compañera lo miró con asombro.

“¿Has leído a Hamerling?”

“Por supuesto. ¿Quién no conoce su ‘Ahasveros’?”[3]

“Yo, por ejemplo”, respondió ella con un ligero rubor.

“Oh, condesa, debe leerlo. Hay en él una fuerza, una acritud, la angustia y la ira reprimidas de una naturaleza noble frente a la miseria de la humanidad, que debe impresionar a todo aquel cuya alma haya sido afectada alguna vez por las preguntas de la vida, aunque no sé si eso es aplicable a usted.”

“Más de lo que quizás se supone”, respondió ella, respirando hondo. “Todos somos pesimistas, pero Hamerling debe serlo más de lo que conviene para un poeta.”

“Eso no es del todo correcto”, replicó Ludwig. “Es pesimista en la medida en que eso concuerda con la poesía de nuestra época. ¿Acaso Auerbach no dijo alguna vez: ‘El pesimismo es la tristeza del mundo, que ya no tiene lágrimas’? Eso también se aplica a Hamerling. Su poesía tiene ese sabor amargo que exige una generación que ya ha pasado por la etapa en la que los dulces complacen el paladar y las lágrimas alivian el corazón.”

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“Sus palabras son muy ciertas. Pero, ¿cómo explica usted…? Sería interesante escuchar su opinión: ¿cómo explica, en este clima actual, el atractivo que atrae a tantas personas hacia la representación de la Pasión?”

Ludwig Gross se recostó en su silla; su ceño severo se relajó bajo la influencia positiva de un hermoso pensamiento.

“Un extremo, como es bien sabido, da lugar al otro. El corazón humano siempre anhelará las lágrimas, y por lo tanto, la angustia sin lágrimas del mundo cederá ante un estado de ánimo más suave. Creo que la aflicción por asistir a nuestra sencilla representación es un síntoma de este cambio. La gente viene aquí para aprender a llorar una vez más.”

La condesa apoyó sus manos entrelazadas sobre la mesa y miró fijamente a Ludwig Gross durante largo rato. Toda su naturaleza se llenó de emoción; sus ojos se detuvieron con admiración en aquel hombre humilde, que no parecía tener conciencia alguna de su propia superioridad. “¡Aprender a llorar!”, repitió, asintiendo suavemente. “Sí, quizás todos lo necesitemos. Pero, ¿crees que lo aprenderemos aquí?”

Ludwig Gross la miró sonriendo. “No hará esa pregunta a esta hora, en la tarde del día después de mañana.”

Para ella, él era como un médico que poseía un remedio del cual sabía que no fallaría. Y comenzó a confiar en él como en un médico.

“¿Puedo ser completamente franca?”, preguntó en un tono encantador.

“Le ruego que lo sea, condesa.”

“Me sorprende encontrar a un hombre como usted aquí. No creía que hubiera personas así en el pueblo. Pero estuvo ausente mucho tiempo; probablemente ya no sea un ciudadano representativo de Ammergau, ¿verdad?”

Ludwig Gross levantó la cabeza con orgullo. “Por supuesto que lo soy, condesa. Si alguna vez ha existido un verdadero ciudadano de Ammergau, ese soy yo. Conozca mejor a nosotros, y pronto se convencerá de que todos estamos de acuerdo. Aunque uno pueda haber aprendido más que otro, eso es solo casualidad; el mismo propósito, la misma idea, nos une a todos.”

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“Pero, ¿qué es lo que ata a hombres de tal talento a este pueblo remoto? ¿Está casado?”

La expresión amarga en los labios del artista se acentuó, como si hubiera sido cortada por algún instrumento invisible. “No, condesa; mis circunstancias no me lo permiten. He renunciado a esa felicidad.”

La dama se dio cuenta de que había tocado un punto sensible, pero deseaba explorar esa herida para averiguar si podría curarse. “¿Es su salario tan bajo que no puede mantener a una familia?”

“Si deseo ayudar a mi propia familia, y ese es sin duda mi primer deber, no puedo formar un hogar.”

“¿Cómo es posible eso? ¿Acaso una comunidad tan rica paga tan mal a sus maestros?”

“Hacen lo mejor que pueden, condesa. Han fijado un salario de mil doscientas marcos para mi puesto; eso es todo lo que se puede esperar.”

“Sí, para este lugar. Pero si estuviera en Múnich, obtendría fácilmente el doble o el triple.”

“Incluso cinco veces”, respondió Ludwig, sonriendo. “Recibí ofertas de dos institutos de arte e industria; uno prometía un salario de cuatro mil, y el otro de seis mil marcos al año. Pero eso no importaba cuando se trataba de los deberes más sagrados hacia mi hogar.”

“Pero esos son sacrificios sobrehumanos. ¿Quién puede esperar que se exile aquí y renuncie a todo lo que el mundo exterior le ofrecería en abundancia? Cada uno debe pensar primero en sí mismo.”

“Pues, condesa, Ammergau desaparecería si todos pensaran así.”

“Oh… Que queden aquellos que son adecuados para este lugar, aquellos que ya han aprendido todo y no pueden hacer más. Pero hombres de talento y educación, como usted, que pueden aspirar a algo mejor, pertenecen al exterior.”

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“Por el contrario, condesa, ellos pertenecen aquí”, respondió ansiosamente Ludwig. “¿Qué pasaría con la obra de la Pasión si todos aquellos que han aprendido y pueden hacer algo se marcharan, y solo quedaran los ignorantes y los analfabetos? ¿Cree usted que no hay aquí personas que, según sus ideas, merecerían ‘un destino mejor’? Ya tenemos suficientes de ellos; vaya entre nosotros y vea si alguien se queja. Si lo hiciera, no sería digno del nombre de hijo de Ammergau”. Hizo una pausa; su rostro bronceado se oscureció aún más. “¿Imagina usted”, añadió, “que podríamos representar tal obra, de manera que, hasta cierto punto, satisficiera las exigencias estéticas del gusto moderno, sin contar entre nosotros con hombres de inteligencia y cultura? Ya es bastante malo que la necesidad obligue a muchos talentosos habitantes de Ammergau a buscar fortuna fuera; pero aquel a quien su hogar aún le proporciona aunque sea un poco de pan debe conformarse con eso, y sin pensar en lo que podría haber ganado fuera, dedicar sus fuerzas a los intereses de sus conciudadanos”.

“Eso es un pensamiento grandioso y noble, pero no entiendo por qué habla como si la gente de Ammergau fuera tan pobre. ¿Qué pasa con las enormes sumas obtenidas por la obra de la Pasión?”

Ludwig Gross sonrió amargamente. “Esperaba esa pregunta; viene de todas partes. La obra de la Pasión no enriquece a nadie, porque los pocos cientos de marcos que reciben cada uno de los seiscientos actores no cubren los gastos derivados de todo el trabajo que la gente debe descuidar. Los ingresos se destinan en parte a cubrir los gastos y en parte al beneficio común, para las escuelas y los maestros. Las cantidades principales se pierden en los ríos Leine y Ammer. Los estragos causados por estos ríos malvados requieren recursos que nuestra comunidad nunca podría reunir, salvo con los ingresos de la obra de la Pasión; e incluso esos apenas son suficientes para las necesidades más urgentes”.

“¿Es posible? ¡Esos pequeños ríos!”, exclamó la condesa.

“Inundarían todo Ammergau”, respondió Gross, “si no trabajáramos constantemente para evitarlo. Seríamos un pueblo pobre y débil, agotado por las enfermedades; todo nuestro valle montañoso se convertiría en un pantano desolado. Solo la obra de la Pasión nos salva de la destrucción… El Cristo que una vez dominó las olas”.

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En realidad, es el elemento destructivo el que se interpone entre nosotros y que gradualmente devoraría la tierra y a las personas. Pero, precisamente por esa razón, el individuo ha aprendido aquí, quizás en ningún otro lugar del mundo, a vivir y a sacrificarse por la comunidad. La comunidad se manifiesta para nosotros en la idea de la obra teatral sobre la Pasión. Sabemos que nuestra existencia depende de ella, incluso nuestra vida intelectual, ya que nos protege de la salvajez en la que con tanta facilidad cae un pueblo que lucha constantemente contra la escasez y las necesidades. Nos eleva por encima de la multitud común, otorga incluso al hombre más pobre una dignidad y autorespeto innatos, que nunca le permiten caer en excesos viles.

“Lo entiendo”, respondió la condesa.

“¿Entonces puede sorprenderle que ninguno de nosotros dude en dedicar sus bienes, su vida y toda la fuerza de su alma a esta tarea de salvar nuestro hogar, nuestro hogar pobre y oprimido, siempre obligado a luchar por su propia existencia?”

“¡Qué hombre!”, exclamó involuntariamente la condesa en voz alta. Ludwig Gross cruzó los brazos sobre el pecho, como si quisiera contener los latidos acelerados de su corazón. Todo su ser estaba embargado por las emociones más profundas y nobles. Se levantó y tomó su sombrero, como quien tiene como principio guardar todas las emociones en su propio pecho; y cuando alguna emoción poderosa lo abruma, se esconde para poder ocultar también ese sentimiento.

“No”, gritó la condesa, “no debe dejarme así, usted, hombre de corazón tan noble y raro. Acaba de prestarme el mayor servicio que se puede prestar. Ha hecho que mi corazón salte de alegría al descubrir a un verdadero ser humano. ¡Ah! Es como un bálsamo en este mundo de máscaras convencionales. ¡Deme su mano! Comienzo a entender por qué la Providencia me envió aquí. Debe tratarse realmente de una causa importante que da origen a tales hombres y pone tales fuerzas al servicio de ella.”

Ludwig Gross volvió a estar tranquilo y silencioso frente a ella. “Le agradezco, condesa, en nombre de la causa por la cual vivo y muero”.

“Y, en nombre de esa causa, que no comprendo pero que intuyo vagamente, le ruego que seamos amigos. ¿Lo hará? ¡Tratémoslo con un apretón de manos!”

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Una expresión amable cruzó el rostro severo del hombre, y él tomó con cariño la pequeña mano.

“Con todo mi corazón, condesa.”

Ella sostuvo firmemente esa mano pequeña y delgada de artista, leyendo tristemente en los rasgos serenos de ese rostro noble y severo la historia de sufrimiento y sacrificio grabada en él.

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CAPÍTULO IV.
EXPULSADA DEL TEATRO

La tormenta había cesado su furia; los vientos se calmaron suavemente y se durmieron. Un rostro amable asomó entre las nubes que se disipaban y proyectó su luz suave sobre el agua, que ahora fluía poco a poco. Los arroyos crecidos rodaban como plata fundida: venas frías y brillantes del cuerpo gigantesco de la montaña, cuya corona nevada, regalada por la tempestad, relucía con un brillo plateado bajo los pálidos rayos de la luna. Una brisa fría, que se hacía cada vez más intensa, como el aliento helado de la eternidad, proveniente de los glaciares blancos, entró por la pequeña ventana contra la cual la condesa se apoyaba, sumida en sus pensamientos.

La luna ascendía cada vez más alto; las montañas se volvían cada vez más translúcidas y transformadas, como si ya no fueran masas compactas, sino solo la imagen espiritual de sí mismas, tal como podría haber existido ante la mente divina creadora, antes de que esta les diera forma material.

El pueblo yacía en silencio ante ella, y el silencio reinaba en toda la naturaleza. Sin embargo, para la condesa parecía ser el silencio que precede a una palabra importante y decisiva.

“¿Qué tienes que decirme, Ser Invisible? Sagrado silencio, ¿qué prometes? ¿Llegará el momento en que comprenda tu lenguaje, Espíritu infinito? ¿O solo harás la mitad de tu trabajo en mí: despertar únicamente la sensación de que estás cerca de mí, hablándome, para dejarme morir de anhelo por esa palabra que no he logrado comprender?”

“¡Ay de mí, si así fuera! Pero, ¿por qué has plantado en mi corazón este anhelo, este deseo inexplicable, que nada puede calmar, ni ningún beneficio terrenal, ni el esplendor y grandeza que me has dado, ni el arte y la ciencia con los cuales me has dotado para poder apreciarlos? Avanza, avanza, mi alma sedienta hacia el germen de toda existencia, hacia Ti. ¡Quisiera tanto ver tu rostro, aunque la visión ardiente me consumiera!”

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Fuente de sabiduría, ningún conocimiento puede dármela; fuente de amor, ningún amor puede ocupar Tu lugar. Te he buscado en los templos de la belleza, pero no Te encontré; en las esferas brillantes del pensamiento, también en vano; en el amor de los seres humanos, pero por más que corazones se abrieran ante mí, los rechazaba como basura sin valor, porque Tú no estabas en ellos. ¿Cuándo llegará el momento en que Te aparecerás ante mí en alguna forma noble, adecuada a Tu Majestad, y dirás a la pecadora que su anhelo tímido, por más errores que le hayan llevado, le permitió obtener la gracia de contemplar Tu rostro?

Lágrimas ardientes brillaban a la luz de la luna en los grandes ojos suplicantes de la condesa, y, dominada por un sentimiento inexplicable, se arrodilló junto a la pequeña ventana, extendiendo sus manos unidas con fervor hacia la esfera luminosa que flotaba en su suave belleza y resplandor por encima de las nubes vencidas. La montaña de enfrente se erguía como una figura espectral en la atmósfera iluminada por la luna; era la cima sobre la cual había conducido aquel día, donde había visto aquella maravillosa aparición, aquel hombre cuya mirada reflejaba la tristeza del universo. ¿Qué clase de hombre debía ser aquel cuya mirada, en un solo instante, intimidó a quienquiera que la recibiera, como si algún poder superior le hubiera dirigido una mirada de admiración? ¿Por qué se posó en ella con tal extraño reproche, como si dijera: “Tú también eres hija del mundo, como muchos que vienen aquí, indigna de salvación”? ¿O estaba enojado con ella porque lo había perturbado en sus ensimismamientos? Sin embargo, ¿por qué fijó sus ojos tan intensamente en los de ella, hasta el punto de que ninguno de los dos podía apartarlos del otro? Y todo esto ocurrió en un solo instante… pero un instante digno de ser recordado por toda la eternidad. ¿Quién podría ser? ¿Lo vería de nuevo? Sí, porque en ese encuentro había algo mucho más allá de un simple azar.

Una inquietud incomprensible se apoderó de ella: el deseo de resolver el enigma, de volver a ver aquel rostro, aquel rostro maravilloso cuyo parecido nunca antes había visto.

El caballo pateaba dentro de su cuadra, pero ella no le prestó atención; las delgadas velas se habían consumido y se habían apagado hacía tiempo; el gusano roía la antigua moldura de la pared; el reloj de la torre de la iglesia dio las doce. Un perro aullaba a lo lejos; uno de los niños en el taller se veía perturbado por una pesadilla y gritaba mientras dormía. Normalmente, tales situaciones nocturnas…

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Los sonidos habrían irritado enormemente los nervios de la condesa. Ahora ya no tenía oídos para ellos; ante ella se extendía toda la vasta panorámica de los paisajes montañosos, bañados por la luz de la luna, desnudos como un hermoso cuerpo recién salido de una inundación resplandeciente. La invadió un deseo ardiente de arrojarse al pecho de ese cuerpo noble, para que también ella fuera iluminada por esa luz, sumergida en su brillo húmedo y refrigerada por la atmósfera pura e helada que emanaba de él. Tomó rápidamente su sombrero y su capa y entró silenciosamente en el taller. ¡Qué imagen de pobreza! Las hermanas y la niña yacían en el suelo sobre sacos de paja; el niño dormía en el “sofá”, y el anciano dormitaba sentado erguido en un sillón antiguo, con los pies apoyados en un taburete.

“¡Qué relativo es todo!”, pensó la condesa. “Para estas personas, incluso una cama tan humilde como la mía en esa habitación es un lujo prohibido; sería una extravagancia pecaminosa desearla. Y nosotros, entre nuestras cortinas susurrantes, sobre nuestros cojines de seda, descansando sobre plumas suaves, en habitaciones iluminadas por la luz mágica de las lámparas que derraman una luz rosada sobre los miembros extendidos en cómodo reposo. Mientras tanto, los ángeles de bronce que sostienen el espejo parecen reírse unos a otros, y desde la mesa de tocador, los perfumes embriagadores emiten su dulce veneno, creando un mundo tropical de flores ante los sentidos somnolientos. ¡Mientras que estos lugares de descanso aquí! Sobre el suelo desnudo y la paja, iluminados por el frío resplandor de la luna, que entra por las ventanas sin cortinas y hace temblar inquietamente los párpados de los durmientes. Ni siquiera desnudos, oprimidos por sus ropas ásperas y ajustadas, sus miembros cansados se mueven con incomodidad sobre las camas duras. ¡Y esta atmósfera! Cinco personas en esa habitación pequeña, y el hollín de la lámpara que ha estado humeando toda la noche llenando aún el aire. ¡Qué vida! ¡Qué contrastes! Sin embargo, estas personas están contentas y no se quejan de su duro destino. Incluso desprecian cualquier oportunidad de mejorarlo mediante ganancias legítimas. Ninguno desea más de lo que es habitual y normal. ¡Qué orgullo, qué grandeza de sacrificio personal se requiere! ¿Qué les da este poder?”

El viejo Andreas se despertó y miró con una expresión casi aterrorizada la hermosa figura de la condesa, que estaba de pie, pensativa, entre los durmientes. Levantándose, preguntó qué deseaba ella.

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“¿Vendrá a pasear conmigo, herr Gross?”

El anciano se frotó los ojos para convencerse de que había dormido tanto que el sol entraba en su habitación. Pero no. “Es la luna la que brilla tanto”, dijo a la condesa.

“Pues claro, por eso quiero salir”, repitió ella. El anciano tomó rápidamente su sombrero del cuerno de gamo y se dispuso a acompañarla. “¿No está cansado?”, preguntó ella con vacilación. “No ha estado en la cama”.

“Oh, eso no tiene importancia”, fue su respuesta inmediata. “Durante la Pasión siempre es así”.

La condesa negó con la cabeza; sabía que la gente de allí simplemente decía “la Pasión”, pero no comprendía por qué, durante “la Pasión”, no esperaban ni una cama ni el más mínimo confort, ni por qué, en nombre de “la Pasión”, soportaban sin quejarse y sin rendirse todo tipo de esfuerzos y privaciones. Vio, bajo la luz intensa que llenaba la habitación, los ojos brillantes y agudos del anciano. “No, la gente de Ammergau no conoce el cansancio; su tarea los sostiene”.

La condesa salió de la habitación con él. “¡Ah!”, exclamó involuntariamente de alegría al encontrarse bajo el espléndido resplandor de la luz lunar; respiró con avidez el aire frío y fuerte que, sin embargo, la envolvía suavemente, fortaleciéndola y sosteniéndola como las olas del mar. Y, entre esas nieblas brillantes y flotantes, esa “fosforescencia” de la tierra, esas formas que se disolvían suavemente, la torre de Kofel se erguía solitaria y nítidamente, como un enorme arrecife rocoso; en su cima relucía la cruz de metal, símbolo de Ammergau, que proyectaba sus rayos lejos y ancho, bajo la luz de la luna llena, como la linterna de un faro.

Madeleine von Wildenau extendió los brazos y echó hacia atrás su capa, para que todo su cuerpo pudiera bañarse en ese elemento puro.

“Oh, ¡llevaos toda la polvareda y el lastre terrenales, olas impetuosas! Purificadme con vuestra majestad casta, reina del mundo, aire celestial de las alturas”. ¿Era posible que hasta entonces hubiera podido seguir viviendo?

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¿Habría vivido sin esta felicidad? ¡No, no, no lo habría hecho! “Ammergau, tú eres la tierra que he buscado; tus milagros están comenzando”, exclamó una voz exultante en el alma de la mujer, liberada de repente de las penurias de la desolación.

Sin intercambiar muchas palabras —pues el anciano era muy delicado y percibía lo que ocurría en el alma de la condesa—, caminaron involuntariamente en dirección al Kofel; solo cuando pasaban por la casa de un actor importante en las representaciones de la Pasión, él solía considerar su deber llamar la atención de su compañera hacia ella.

Su camino los llevó junto a una pequeña taberna en ruinas, que tenía solo dos ventanas en la fachada. Allí yacía el procurador romano sobre su lecho de paja, disfrutando del merecido descanso nocturno. Era la casa de Pilato. En ningún lugar había ventanas cerradas con postigos; ¡no había ladrones en Ammergau! La luz de la luna se reflejaba en cada ventana. Giraron hacia la calle principal del pueblo, donde el río Ammer fluía por su ancho y profundo cauce, como una laguna veneciana. Las casas imponentes y situadas de forma pintoresca proyectaban sombras nítidas sobre el agua. Aquí, la antigua y venerable “estrella”, cuyo dueño era uno de los músicos, mostraba su amplio ventanal hacia la calle; más allá, un puente peatonal conducía a la casa de Caifás, un edificio hermoso, ricamente adornado con frescos que representaban escenas de la historia antigua. Más adelante, Judas dormía el sueño de los justos, regocijándose al saber que había traicionado a su señor tantas veces. Al otro lado, María descansaba bajo el frontón ricamente tallado, con el antiguo diseño de la hoja de trébol, símbolo de la Trinidad; justo enfrente, el “grano de leche” se balanceaba en la pared del cementerio.

Una extraña sensación invadió a la condesa mientras estaba entre esos durmientes consagrados. Como el aroma de las flores dormidas se extiende por un jardín por la noche, el espíritu triste de la historia de la Pasión parecía elevarse desde esos humildes lugares de descanso, y la peregrina que recorría el silencioso pueblo se sentía como si caminara por las calles de Jerusalén. Una calle giraba a la izquierda, entre jardines rodeados de vallas y sombreados por altos árboles antiguos. Las sombras de las ramas, agitadas por el viento, parpadeaban y danzaban con gracia mágica. “Ese es el camino hacia la morada de Cristo”, dijo el anciano Gross, en un tono suave y reverente.

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La condesa se estremeció involuntariamente. “Dios mío”, repitió pensativamente, haciendo una pausa. “¿Se puede ver la casa?”

“No, desde aquí no. La casa es como él: no es fácil de encontrar.”

“¿Es tan inaccesible?”, preguntó la condesa, mirando de nuevo la misteriosa calle mientras pasaban.

“Oh, sí”, respondió Andreas. “Es un hombre peculiar. Es difícil acercarse a él. Es amigo de mi hijo, pero apenas tiene contacto con el resto de nosotros.”

“Pero ¿usted se relaciona con él?”

“Muy poco en la vida cotidiana; no va a ningún lado, ni siquiera a la taberna. Pero durante la Pasión me relaciono con él. Siempre lo clavo en la cruz”, añadió el anciano con orgullo. “Nadie más que yo puede hacer eso.”

La condesa escuchaba con gran interés. La breve descripción había despertado su curiosidad al máximo. “¿Cómo lo hace?”, preguntó, para mantenerlo en el mismo tema.

“No puedo explicárselo, pero depende mucho de que todo esté perfectamente bien, porque, ya sabe, el más mínimo error podría costarle la vida.”

“¿Cómo?”

“Bueno, seguramente puede entenderlo. Piense: el hombre debe colgar de la cruz durante veinte minutos. Durante ese tiempo la sangre no puede circular, y siempre corre el riesgo de sufrir un ataque de palpitaciones cardíacas. Un movimiento imprudente al bajar de la cruz, que haga que la sangre regrese demasiado rápido al corazón, podría causarle la muerte.”

“¡Eso es terrible!”, exclamó la condesa, horrorizada. “¿Y él lo sabe?”

“Por supuesto.”

“¡Y aun así lo hace!”

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Allí, Andreas miró a la gran dama con una sonrisa compasiva, como si quisiera decir: “¡Qué poco entiendes, al hacer una pregunta así!”.

Continuaron caminando en silencio. La condesa pensaba: “¿Qué tipo de hombre debe ser este Cristo?”. Mientras reflexionaba e intentaba formarse una idea de él, de repente se le ocurrió que solo había un rostro que podía pertenecer a ese hombre: el rostro que había visto mirándola desde la montaña, como si proviniera de otro mundo. Como un relámpago, ese pensamiento iluminó su alma. “¡Debe de ser él!”

En ese momento, Gross dio la vuelta a una casa sombría con un jardín descuidado y enredado.

“¿Quién vive allí?”, preguntó la condesa, sorprendida, siguiendo al anciano, quien ahora caminaba mucho más rápido.

“Oh”, respondió él con tristeza, “es un lugar triste. Allí hay una chica desdichada que llora y gime toda la noche, de modo que la gente puede oírla desde afuera. Quería ahorrárselo a usted, condesa”.

Ya habían llegado al final del pueblo y seguían caminando, aún a orillas del Ammer, hacia una gran presa sobre la cual el arroyo de la montaña, desbordado por la lluvia, se precipitaba en olas furiosas y espumosas. El rocío brillaba con un blanco deslumbrante bajo los rayos de la luna; las enormes vigas temblaban bajo la presión del agua desbordada, emitiendo un sonido siniestro entre el estruendo, hasta que parecía el lamento de los moribundos en medio del fragor de la batalla. La condesa se estremeció ante la fuerza demoníaca de aquel espectáculo. Alto sobre la caída, una tabla estrecha conectaba una orilla del arroyo con la otra, vibrando constantemente debido al impacto del agua que caía. A Madeleine le daba vueltas la cabeza al pensar en tener que cruzarla. “Las tablas están gimiendo”, dijo, deteniéndose. “¿No suena como una voz humana?”

El anciano escuchó. “¡Por Dios! Parecería que sí”.

“Es una voz humana… Escuche… Alguien está llorando, gimiendo”.

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La presa estaba bañada por la luz plena de la luna; la condesa y su compañera se escondían tras un denso grupo de sauces, para poder ver sin ser vistas.

De repente… ¿qué era eso? El anciano hizo la señal de la cruz.
“Padre celestial, ¡es ella!”

Una figura femenina se deslizaba sobre la tabla. Como el resplandor rojizo de una llama, mezclado con el tono azulado de la luz lunar, una masa de cabello rojo-dorado brillaba alrededor de su cabeza y se agitaba con el viento. Su hermoso rostro era pálido como el de un fantasma; sus ojos estaban fijos, era la encarnación misma de la desesperación. Su prenda superior colgaba en jirones sobre sus hombros suavemente redondeados, y sostenía las manos unidas elevadas, no como quien reza, sino como quien desearía rezar pero no puede. Luego, con la firmeza de quien busca la muerte, caminó hacia el centro de la tabla, donde el agua era más profunda y la caída más pronunciada. Allí se dispuso a dar ese salto fatal. La condesa gritó a voz en cuello y Gross exclamó:

“¡Josefa! ¡Josefa! Que Dios te perdone. ¡Recuerda a tu vieja madre!”

La muchacha lanzó un grito agudo, se cubrió el rostro con ambas manos y se arrojó de bruces sobre la estrecha tabla.

Pero, con la rapidez de un joven, el anciano ya estaba en el puente, levantando a la chica. “¡Qué vergüenza que quieras hacer algo así! Debemos someternos a nuestro destino. Ahora ten cuidado de no dar un paso en falso, o yo, un anciano, tendré que saltar al agua fría para sacarte de allí otra vez, y sabes cuánto sufro de reumatismo”. Habló en tonos bajos y amables, y la condesa admiró en secreto su astucia y ternura. Los observó sin aliento mientras la muchacha, al escuchar esas palabras, trataba de no resbalar para no causarle problemas. Pero ahora, al no querer caer, se movía con pasos inseguros y torpes, cuando antes parecía volar. Sin embargo, Andreas Gross la guió con firmeza y bondad. El corazón de la condesa latía con fuerza hasta que llegaron al final; con gran ansiedad, extendió los brazos hacia ellos desde la distancia. ¡Gracias a Dios, ahí están! La dama tomó a la chica de la mano y la arrastró hasta la orilla, donde esta se dejó caer en silencio, como un animal herido, a sus pies. La condesa cubrió su cuerpo tembloroso con su capa y le dijo unas palabras de consuelo.

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“¿La conoces?”, preguntó al anciano.

“Por supuesto, es Josefa Freyer, de esa casa sombría de allá”.

“Freyer… ¿Una pariente de los Freyer que interpretó a Cristo?”

“Una prima; sí”.

El anciano estaba a punto de ir a la casa de la chica para traer a su madre.

“No, no”, dijo la condesa. “Yo me encargaré de ella. ¿Qué la llevó a tomar tal decisión?”

“Ella fue María Magdalena en la última representación de la Pasión”, susurró el anciano. Al oír esas palabras, la chica levantó la cabeza y estalló en sollozos violentos.

“Hija mía, ¿qué ha pasado?”, preguntó la condesa, mirando con admiración a aquella criatura encantadora, que era una imagen perfecta de la arrepentida Magdalena, tal como cualquier artista podría crearla.

“¿Por qué no interpretas a Magdalena esta vez?”

“¿Acaso no lo sabes?”, preguntó la chica, sorprendida de que aún hubiera alguien ignorante de su desgracia. “No se me permite actuar ahora… Yo… he…” Volvió a estallar en sollozos convulsivos y, abrazando las rodillas de la condesa, gritó: “¡Oh, déjame morir! No puedo soportarlo”.

“Ella cayó en un error”, dijo Gross, en respuesta a la mirada interrogante de la dama. “El invierno pasado nació un niño. Ahora ya no puede actuar, porque solo quienes son puros e irreprochables pueden participar en la representación de la Pasión”.

“¡Oh, qué cruel!”, exclamó la condesa. “Y en una tierra donde las personas están tan cerca de la naturaleza, y en circunstancias en las que las pobres chicas están tan poco protegidas…”

“Sí, somos conscientes de ello… Y Josefa representa una gran pérdida para nosotros en las representaciones teatrales… Pero estas reglas nos han sido transmitidas por nuestros antepasados y deben ser respetadas estrictamente. Sin embargo, la chica se toma esto demasiado a pecho; llora día tras día”.

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y de noche, para que la gente nunca pasara por la casa y evitara escuchar sus lamentos; ahora quiere suicidarse, esa tonta muchacha.

“¡Oh, es muy fácil para ti hablar, es muy fácil para ti hablar!”, exclamaron las chicas con voces temblorosas de pasión. “Primero, prueba una vez qué significa tener al mundo entero apuntándote. Cuando los ingleses y los extranjeros de todos los países del mundo vienen a ver a la famosa Josefa Freyer, que actuó en la última Pasión, y te arrancan casi el alma del cuerpo con sus preguntas sobre por qué ya no actúas en ella. Espera a tener que contarle a cada persona la historia de tu propia desgracia, para que se difunda por todo el mundo y se sepa que tu nombre está marcado dondequiera que la gente hable de la obra de la Pasión. Prueba primero qué significa esconderse en un rincón como una criminal, mientras ellos actúan en la Pasión, presumiendo y comportándose como si fueran santos, mientras miles y miles escuchan devotamente. Ah, solo yo estoy excluida, y sin embargo sé que nadie puede actuar como yo”. Se irguió orgullosamente y echó hacia atrás sus magníficas trenzas tradicionales de Magdalena sobre sus hombros. “Busca una Magdalena como yo… no encontrarás ninguna. Y luego, verse obligada a escuchar a la gente que pasa preguntando: ‘¿Por qué Josefa Freyer no interpreta a Magdalena este año?’ Y luego hay susurros, encogimientos de hombros y risas; alguien dice: ‘Entonces encajaría perfectamente en el papel’. Y cuando la gente pasa por la casa, la señalan… parece que puedo sentirlo a través de las paredes… y murmuran: ‘¡Allí vive la Penitente!’ No, no lo soportaré. Solo esperé a que hubiera una tormenta fuerte para que el agua estuviera lo suficientemente profunda como para ahogarme. Pero incluso en eso me han impedido hacerlo”.

“Josefa”, dijo la condesa, profundamente conmovida, “¿quieres venir conmigo? Lejos de Ammergau, a otro mundo, muy diferente, donde tú y tu desgracia sean desconocidas”.

Josefa miró a la desconocida como si estuviera soñando.

“Creo”, añadió la dama, “que perder a mi criada hoy fue un acto de Providencia en tu favor. ¿Querrás ocupar su lugar?”

“¡Gracias a Dios!”, dijo el viejo Gross. “¡Llegarán días más brillantes para ti, Josefa!”

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Josefa se quedó inmóvil con las manos entrelazadas; las lágrimas corrían por sus mejillas.

“¿Por qué dudas en aceptar mi oferta?”, preguntó la condesa, muy perpleja.

“Oh, no te enojes conmigo… Estoy sinceramente agradecida; pero, ¿qué me importan todas esas cosas si ya no se me permite interpretar a Magdalena?”, exclamó con una angustia indescriptible desde lo más profundo de su alma.

“¡Qué ambición!”, dijo la condesa a Andreas, sorprendida.

“Sí, así son todos aquí: prefieren perder la vida antes que renunciar a un papel en la Pasión”, respondió él en voz baja. “Pero, niña, no podrás seguir interpretando a Magdalena para siempre; en diez años serás demasiado mayor para ello”, le dijo con dulzura a la desesperada Josefa.

“Oh, eso es algo muy distinto… Cuando estamos cubiertos de honores, sabemos que debemos renunciar a ellas… Pero así…” Y nuevamente miró con anhelo las aguas hermosas, profundas y turbulentas, donde sería tan fresco y agradable descansar… Un lugar al que había prometido ir, y ahora no podía cumplir su palabra.

“¿Amas a tu hijo, Josefa?”, preguntó la condesa Wildenau.

“Murió poco después de nacer.”

“¿Amas a tu madre?”

“No, siempre fue cruel y severa conmigo, y ahora ha perdido la razón.”

“¿Amas a tu amante?”, insistió la dama.

“Sí… Pero está muerto. Un cazador furtivo lo mató; era guardabosques.”

“Entonces, ¿no tienes a nadie por quien quieras vivir?”

“¡A nadie!”

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“Entonces ven conmigo y prueba si no puedes amarme lo suficiente como para que valga la pena vivir por mí. ¿Lo harás?”

“Sí, Su Alteza, lo intentaré”, respondió la muchacha, fijando sus grandes ojos en la condesa con una expresión de curiosidad y admiración a la vez. Un hermoso brillo de gratitud y confianza fue transformando gradualmente su rostro marcado por el dolor: “Creo que podría hacer cualquier cosa por usted”.

“Ven conmigo, entonces… ahora mismo, pobre niña. ¡Te salvaré! Tus parientes no se opondrán”.

“Oh, no. Estarán contentos de que me vaya”.

“¿Y tu primo, el… el…?” No sabía por qué dudaba en pronunciar su nombre.

“¿El Christ-Freyer?”, dijo Josefa, terminando la frase. “Oh. Hace un año que no me habla, salvo para decir lo estrictamente necesario. No puede superar el hecho de que haya traído deshonra a su nombre intachable. Eso le ha hecho despreciar la vida aquí; y, de no ser por Cristo, no se quedaría en Ammergau. Es muy severo en esas cosas”.

“¡Tan severo!”, repitió la condesa, pensativa.

El reloj de la torre de la iglesia de Ammergau dio las dos.

“Ya es tarde”, dijo la condesa. “La pobre necesita descanso”. Cubrió a la muchacha con su propio manto.

“Vamos, corazón solitario. Te calentaré”.

Se volvió una vez más para contemplar la belleza de aquella escena maravillosa.

“Noche de milagros, te doy las gracias”.

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CAPÍTULO V.
PILGRIMOS MODERNOS

“¿Qué te parece? La condesa von Wildenau está fundando un orfanato”, dijo el príncipe, al salir de la casa grande y unirse a un grupo de caballeros que esperaban justo afuera, en el pequeño jardín.

La noticia causó sensación; los caballeros, riendo y bromeando, le hicieron montones de preguntas.

“Oh, Mon Dieu, ¿quién puede entender a una mujer? Nuestra diosa está sentada en la sala de los campesinos, con las hijas mayores de la casa, criaturas indescriptibles, ocupada en tareas femeninas”.

“¡Su Alteza! ¡La condesa Wildenau! Oh, eso es una broma cruel”.

“No, por mi honor. Si no hubiera colgado un velo en la ventana, podríamos verla allí sentada. Se ha prestado un delantal de algodón a una de las ‘damas de la casa’, y como, al no tener criada, tuvo que arreglarse el cabello ella misma, hoy lo lleva de un modo extremadamente sencillo y luce”, —besó el aire— “más encantadora que nunca, como una chica de dieciséis años, una auténtica Gretchen. Quien no se haya vuelto loco por ella cuando iba vestida completamente, seguramente lo hará si la ve así”.

“¡Ah! ¡Nosotros también debemos verla! ¡Atacaremos la ventana!”, exclamaron sus compañeros con entusiasmo.

“No, no. Por el amor de Dios, no hagan eso, bajo pena de enfadarla. Príncipe Hohenheim, se lo ruego. Conde Cossigny, no golpee. St. Génois, au nom de Dieu, ella nunca les perdonará”.

“¿Por qué no… siendo amigos tan cercanos como nosotros?”

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“Ya lo he dicho: ¿quién puede confiar en los caprichos de una mujer? Déjenme explicar. Entré, regocijado por la idea de darle tales buenas noticias. Dije: ‘Adivine a quién vi hace un momento en la taquilla, condesa’. La diosa estaba cosiendo”.

Se oyó un grito general de asombro. “Cosiendo”, continuó el príncipe, “por supuesto, sin dedal, porque los que había en la casa no le servían, y no había ninguno entre las pertenencias de Su Alteza. Así que repetí mi pregunta. La respuesta fue un frío ‘¿Cómo voy a saberlo?’; parecía como si en ese momento nada en el mundo pudiera interesarle más que su trabajo. Así que, sin ser preguntado y sin mostrar ningún interés, me vi obligado a seguir con mis noticias. ‘Imagínese, condesa: el príncipe Hohenheim, los condes Cossigny, Wengenrode, St. Génois… ¡Toda Austria, Francia y Baviera han llegado!’ Exclamé lleno de alegría. Esperaba que soltara un suspiro de alivio al pensar en volver a encontrarse con hombres de su mundo, pero no… recibió mis noticias con el ceño fruncido”.

“¡Vaya, vaya!”, exclamó el grupo.

“¡El ceño fruncido! Tuve que insistir. ‘Están afuera, esperando arrodillarse a sus pies’, añadí. Un ceño aún más fruncido. ‘Por favor, mantenga a los caballeros alejados; no veo a nadie, no quiero ver a nadie’, anunció con firmeza. Me atreví tímidamente a preguntar por qué. Estaba cansada, no podía recibir a nadie, no tenía tiempo. Finalmente salió la verdad. ¿Qué cree usted que hizo la condesa ayer?”

“No me atrevo a adivinar”, respondió St. Génois, lanzando una mirada maliciosa al príncipe, a la cual este ignoró altivamente.

“Me mandó marchar a las once y luego se fue de paseo, extasiándose con la luz de la luna junto a su anfitrión, el viejo Gross”.

Estas palabras fueron recibidas con carcajadas generalizadas. “La condesa Wildenau, por falta de acompañante, se vio obligada a pasearse con un viejo cantero”.

“Sí, y aprovechó ese paseo para salvar la vida de una chica desesperada que intentó suicidarse justo en el momento en que la condesa pasaba por allí para rescatar a ese precioso tesoro. Ahora ella está…”

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Sentada allí, está remodelando uno de sus encantadores trajes de sastre para este último capricho suyo. Declara que ama a esa muchacha con la mayor ternura, que nunca se separará de ella; en resumen, está interpretando el papel de la novelera Lady Bountiful y no quiere ser molestada.

“¿Viste a la hermosa huérfana?”

“No; protestó diciendo que sería desagradable para la chica exponerse a miradas curiosas, así que esconde a esta joven muy sensible de ojos profanos en su dormitorio. ¿Qué dices a todo esto, príncipe?”

“Digo”, respondió el príncipe Hohenheim, un caballero anciano de rostro claramente definido y sarcástico, frente calva y una pronunciación baja pero clara, “que una mujer vivaz e imaginativa siempre está influenciada por el entorno en el que se encuentra. Cuando la condesa está en compañía de personas eruditas, se vuelve extremadamente culta; si está en un círculo algo frívolo, como el nuestro, se vuelve… no exactamente frívola, pero llena de ingenio brillante. Y aquí, entre estos devotos entusiastas, Su Alteza desea interpretar el papel de una estilita. Dejémosla hacerlo; no durará mucho. El capricho de una dama nunca debe ser frustrado. Ce que femme veut, Dieu le veut.”

“¿La condesa también ha hecho voto de ayuno?”, preguntó el conde Cossigny de la embajada austriaca, y por eso llamado brevemente ‘Austria’. “¿No podríamos cenar juntos?”

“No; me dijo que por el momento no dejaría sola ni un instante a la querida suicida, y que por eso tenía intención de cenar en casa. Ayer se estremeció solo de pensar en beber una taza de té preparado en esa cocina de bruja, y solo el hecho de que mi ayuda de cámara lo preparara y yo lo bebiera primero delante de ella la indujo, a las diez de la noche de ayer, a aceptar la bebida. Y hoy comerá una cena preparada por las damas de la casa. ¡Debe haber realmente algo peligroso en el aire de Ammergau!”

“¡Para personas del temperamento de la condesa, sí!”, respondió el príncipe Hohenheim con calma, y luego pasó su brazo por el del príncipe.

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En ese momento, susurró en confianza mientras caminaban: “Le aconsejo, príncipe Emil, que se la lleve lo antes posible”.

“Por supuesto, ya están hechos todos los arreglos. Partiremos justo después de la función”.

“Eso es una suerte. Entonces, ¡mañana! ¿Tiene entradas?”

“Oh, sí, y lo que es aún mejor: huesos enteros”.

“Es cierto”, exclamó Austria, “¡qué multitud! Uno podría pensar que Sarah Bernhardt iba a interpretar a la Virgen María”.

“¡Es ridículo! No había visto un espectáculo así desde la Exposición de París”, comentó St. Génois.

“Es peor que en Baden-Baden durante las carreras”, murmuró Wengenrode, enfadado. “Absurdo, ¿qué trae a la gente aquí?”

“Pues nosotros también estamos aquí”, dijo Hohenheim, sonriendo.

“Mon Dieu, hay que verlo al menos una vez, si la gente está por aquí”, observó Cossigny.

“¿Usted también se irá directamente después de la función?”, preguntó el príncipe Emil.

“Por supuesto, ¿qué hay para hacer aquí? Ningún juego, ninguna sociedad de damas… Y piense, el alcalde de Ammergau no permite ni un circo ni ninguna otra actuación ordinaria. Le ofrecieron cuarenta mil marcos al dueño del Circo Rouannet si permitía dar espectáculos durante la representación de la Pasión. Mademoiselle Rouannet me lo contó ella misma. ¿Cree usted que se podría convencer a ese obstinado y terco filisteo? No, no era acorde con la dignidad de la representación de la Pasión. Prefirió rechazar los 40.000 marcos. El Salon Klüber quería instalar un carrusel elegante y ofreció 12.000 marcos por ese privilegio. ¡Dios no lo quiera!”

“Creo que estas personas tienen la manía de la ambición”, dijo Wengenrode.

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“Digamos más bien ‘santidad’”, corrigió el príncipe Hohenheim.

“Sí, todos se consideran las personas sagradas a las que representan. Solo hay que mirar a este arrogante alcalde y al caballero que encarna a Cristo para entender qué imaginan ser estas personas.”

Todos se unieron a la risa que siguió.

“Sí”, dijo Wengenrode, “y el procurador romano, Pilato, que es un portero o mensajero y por eso lleva todo tipo de cargas, hoy subió mi equipaje y dejó caer mi maleta, que contenía varios frascos y cajas frágiles. ‘¡Idiota!’ exclamé, enfadado. Él se enderezó y me miró con una expresión que realmente me avergonzó. ‘Mi nombre es Thomas Rendner, señor. Le pido disculpas por mi torpeza y estoy dispuesto a compensarle por su pérdida, en la medida en que mis medios me lo permitan’”.

“Dime, ¿no es eso una pura alucinación de grandeza?”

Algunos de los caballeros rieron, pero el príncipe Emil y Hohenheim permanecieron en silencio.

“¿A dónde iremos mañana por la noche en Múnich para compensarnos de este aburrimiento?”, preguntó Cossigny.

“Al casino, creo”, dijo el príncipe.

“Bueno, entonces nos encontraremos allí, ¿verdad?”

El grupo estuvo de acuerdo.

“Siempre y cuando la condesa no tenga ningún encargo para nosotros”, observó St. Génois.

“No tendrá ninguno”, dijo el príncipe, “porque o bien la obra causará una impresión absurda que no se esperaba, y entonces ella se avergonzará y no querrá concedernos nuestro triunfo porque lo predijimos, o bien su estado sentimental extraerá de esta farsa un dulce veneno de emoción”.

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¡Y en ese caso seríamos demasiado frívolos para ella! Primero hay que dejarla que “exhale”.

“Muy cierto”, asintió Hohenheim. “Usted es justo el hombre adecuado para lidiar con esta belleza caprichosa, príncipe Emil. ¡Adiós! ¡Que tenga éxito!”

Los caballeros se quitaron los sombreros.

“¡Adiós!”, dijo Cossigny. “Por cierto, tengo una sugerencia. Será mejor impresionar a la condesa mientras está de este humor, mostrando nuestra generosidad; enviemos un telegrama al jardinero de la corte para que convierta todo el palacio en un templo floral para darle la bienvenida a su regreso. Eso despertará en ella una emoción especial si solo encuentra a estos mensajeros mudos de nuestra admiración. Cuando entre y descubra esta sorpresa, y recuerde cómo nos trató de forma tan despreciable esta mañana, su corazón se conmoverá y nos invitará a cenar pasado mañana.”

“Un plan excelente”, exclamaron Wengenrode y St. Génois, entusiasmados. “¿Están de acuerdo sus Altezas?”

“Por supuesto”, respondió Hohenheim, con cortesía formal. “Cuando se trata de galantería, un Hohenheim nunca duda.”

“Ruego que se me permita contribuir también, pero de incógnito. Ella consideraría tal atención por mi parte como algo sentimental, y eso tendría justo el efecto contrario”, respondió el príncipe Emil.

“Como usted desee.”

“¡Vayamos a la oficina de telégrafos!”, exclamó Wengenrode, ansioso.

“Adiós, caballeros.”

“¡Au revoir, príncipe Emil! ¿Volverá al cubil de las leonas?”

“¿Acaso se lo tiene que preguntar?”, inquirió Hohenheim con una sonrisa significativa.

“Entonces, mañana temprano al teatro, y por la noche al casino… ¡No lo olvide!”, gritó Cossigny.

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Los caballeros, riendo y charlando, pasearon por la calle hacia sus alojamientos. El príncipe los observó un momento, se dio la vuelta y regresó con la condesa.

“En realidad no puedo molestarme por ella, si estos compañeros no la satisfacen”, pensó.

“¿Debería querer que se convierta en mi esposa, si lo hicieran? Ciertamente no. Pero, ¿por qué las mujeres no pueden evitar pasar de un extremo al otro? Hohenheim tiene toda la razón: ella no debería quedarse aquí demasiado tiempo, debe irse mañana”.

Llegó a la casa e ingresó al jardín viejo y descuidado, donde enormes árboles frutales retorcidos, que llevaban frutos pequeños y deformes, entrelazaban sus ramas sobre un banco torcido. Allí, entre la hierba alta y las malas hierbas, estaba sentada la condesa, con su hermosa cabeza apoyada en la corteza mohosa del viejo tronco, mirando pensativamente las montañas luminosas que relucían a lo lejos, a través de las ramas enredadas y los arbustos.

Desde el jardín contiguo del escultor Zwink, situado un poco más arriba, una Diana tallada en piedra blanca miraba curiosamente hacia allí, como si quisiera decirle a la dama pensativa, que en ese momento se parecía a una estatua: “¡El arte creará dioses para ti en todas partes!”. Pero la tentación no surtió efecto; parecía que la condesa no había tenido suerte con esos dioses, ya no creía en ellos.

“Bueno, condesa Madeleine, ¿fue la luz y el aire los que te llevaron afuera?”, preguntó el príncipe, acercándose a ella con alegría.

“Oh, no podía soportar quedarme allí más tiempo. Las hijas del señor Gross están terminando el vestido. Cenaremos aquí, príncipe; la comida puede servirse en una mesa cerca de la casa, bajo un cenador de vid de uva silvestre. Podemos arreglárnoslas solos por un día”.

“¡Por un día!”, repitió el príncipe con gran alivio. “Oh, sí, se puede hacer por un día”. Gracias a Dios, ella no tenía intención de quedarse aquí.

“Oh, príncipe, ¡mira cuán hermoso, cuán espléndido es!”.

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“Hermoso, glorioso? Perdóneme, pero no veo nada que justifique el uso de palabras que usted emplea tan raramente. Debe haber reducido sus exigencias si, después de contemplar el maravilloso jardín de Isola Bella y todas las villas italianas, de repente encuentra placer en tallos de col, peras silvestres, escobas y plantas como la colza.”

“¡Mire cómo vuelve a hablar!”, respondió la condesa, molesta por sus palabras. “¿Acaso Spinoza no dice: ‘Todo es hermoso, y cuanto más me sumerjo en la observación de su belleza, mayor es mi placer en la vida’?”

“Ese no ha sido su lema hasta ahora. Por lo general encontraba algo que criticar en cada objeto. Me parece que se ha cansado de lo hermoso y ahora, como cambio, incluso considera feo lo que antes era hermoso.”

“Muy cierto, amigo mío. Estoy satisfecha; nada me encanta, nada me satisface, ni siquiera la escena más hermosa, porque siempre aplico a todo el estándar de la perfección, y nada lo alcanza”. De repente se sacudió, como si quisiera deshacerse de una carga. “Esto no puede continuar; la intolerancia estética que envenenó todo placer debe terminar. Dejaré de lado toda esa carga de análisis crítico e ideas académicas sobre la belleza, y chasquearé los dedos ante los fantasmas de Winckelmann y Lessing. Aquí, en el huerto de la cocina, entre tallos de col y plantas como la colza, perales y ciruelos, bañada por el aire fresco y cristalino de las altas montañas, cuyos glaciares brillan con un resplandor azulado a través de las ramas, en la tranquilidad y soledad, de repente lo encuentro hermoso; hermoso porque soy feliz, porque soy solo un ser humano, libre de toda restricción, sin pensar en nada, sin sentir nada salvo la paz de la naturaleza, el placer de este descanso”.

Apoyó cómodamente los pies en el banco y, con la cabeza echada hacia atrás, miró con expresión de alegría el cielo azul que, tras la lluvia, se extendía sobre la tierra como una campana de cristal.

Este estado de ánimo no gustó del todo al príncipe. Era un hombre exclusivamente mundano. Sus pensamientos estaban regidos por las leyes de la lógica más rigurosa; todo lo que no fuera lógicamente posible no existía para él. Su entusiasmo alcanzaba su punto más alto únicamente al disfrutar de los productos más nobles del arte y la ciencia. No comprendía cómo alguien pudiera cansarse de ellos, ni siquiera por un momento; por un lado, porque su calma…

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Su temperamento no agotaba todo, como el apasionado de la condesa al seguirlo hasta su esencia más profunda, y por eso estaba a salvo de la saciedad; por otro lado, carecía por completo de aprecio por la naturaleza y su grandeza inconsciente. Era un vasallo entrenado por las costumbres, tanto en lo convencional como en cualquier otro ámbito. La condesa, sin embargo, poseía algo de esa doctrina del derecho divino que está dispuesta en todo momento a romper los vínculos de la tradición y los modelos artificiales para obedecer al impulso de la afinidad con la naturaleza soberana. Ese era el límite que él no podía traspasar, y era plenamente consciente de ello, pues tenía uno de esos caracteres orgullosos que desprecian engañarse a sí mismos respecto a sus propias capacidades. Aun así, eso lo llenaba de profunda ansiedad.

“¿En qué estás pensando ahora, príncipe?”, preguntó su compañera, al notar su estado de ánimo sombrío.

“Que no te he visto tan contenta en meses, y sin embargo no puedo comprender la causa de esta satisfacción. Sobre todo cuando recuerdo lo que suele ser necesario para dibujar una sonrisa de placer en tus labios”.

“Dios mío, ¿acaso todo tiene que entenderse?”, exclamó la hermosa mujer, riendo. “¡Ahí está el pedante otra vez! ¿Acaso tenemos que estar siempre bajo el yugo del autocontrol y justificar si lo que sentimos en un momento de felicidad es razonable y aceptable? ¿Acaso tenemos que mirarnos continuamente en el espejo de nuestra autoconciencia, sin nunca poner un velo sobre nuestras almas y permitir que Dios tenga un secreto sin descubrir en ellas?”

El príncipe besó en silencio su mano. Sus ojos ahora expresaban un sentimiento profundo y sincero, y, conmovida, ella colocó su otra mano sobre su cabeza:

“Eres un hombre de corazón noble, príncipe; aunque haya alguna idea inexpresada e incomprensible entre nosotros, conozco tus sentimientos”.

Otra vez la rosa y la espina. ¡Siempre era así! Justo en el momento en que su mano suave y dulce lo tocaba cariñosamente, ella le clavaba un puñal en el corazón. Sí, ese era el constante “malentendido” que existía entre ellos, la espina en cada rosa que ella le ofrecía.

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Las mujeres como estas solo son tolerables cuando realmente aman; cuando un sentimiento poderoso las hace entregarse por completo. Cuando esto no ocurre, son, de forma inconsciente e involuntaria, criaturas maliciosas y peligrosas, que acarician y matan al mismo tiempo.

¡Ay del hombre al que creen amar! Pues con qué frecuencia tales seres se equivocan en sus sentimientos.

Tales ilusiones no destruyen a la mujer, ella a menudo las experimenta, pero sí al hombre que las ha compartido con ella. ¡Ay de aquel que no ha mantenido la calma!

El príncipe estaba de espaldas a la calle, mirando pensativamente a la hermosa mujer de ojos profundos y brillantes. De repente vio cómo ella se sobresaltaba y se sonrojaba. Girando con la velocidad del rayo, siguió la dirección de su mirada, pero no vio nada más que la figura de un hombre de altura inusual, con cabello negro largo, que pasó rápidamente por la esquina y desapareció.

“¿Conoce usted a ese caballero?”

“No”, respondió la condesa con franqueza, “es la persona a quien vi ayer mientras subíamos la montaña”.

“Perdóneme la indiscreción, pero usted se sonrojó”.

“Sí, lo sentí, pero no sé por qué”, respondió ella con una inocencia casi ingenua en la mirada. El príncipe no pudo evitar sonreír.

“Condesa, condesa”, dijo, agitando el dedo hacia ella como si fuera una niña. “Guarde su imaginación; algún día resultará ser una traidora”.

La condesa, como si tuviera una dulce conciencia de culpa, bajó la mano levantada con un movimiento de tal gracia indescriptible que nadie podría haberse mantenido enojado con ella. El príncipe se arrodilló ante ella un instante, no más tiempo del que necesita una brizna de hierba para doblarse ante la brisa y volver a erguirse; luego se puso de pie, algo más pálido que antes, pero perfectamente tranquilo.

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“Entraré y le diré a mi cochero que sirva nuestra cena aquí.”

“Por favor, príncipe”, respondió la dama, mirando distraídamente hacia la calle.

Andreas Gross entró en el jardín. “Todo está arreglado, Su Alteza. He hablado con los parientes y tutor de Josepha, y estarán muy contentos de que usted se haga cargo de ella.”

“¿Todos, incluso Christ-Freyer?”

“Por supuesto, no hay objeciones.”

Ella esperaba algo más y miró al anciano como si esperara algún mensaje adicional, pero él no añadió nada más.

“¿No debería Freyer venir aquí para discutir los detalles conmigo?”, preguntó finalmente, casi tímidamente.

“Pues bien, como ya le dije, él no ve a nadie, y seguramente no vendría a hablar de Josepha, porque se avergüenza de ella. Dice que cualquier cosa que haga usted le será satisfactoria.”

“Muy bien”, respondió la condesa, en un tono algo decepcionado.

“¡Qué tête-à-tête tan cómico!”, exclamó de repente una voz riendo detrás de la valla. La condesa se sobresaltó, pero ya era demasiado tarde para escapar; fue capturada.

Una dama joven y elegantemente vestida, acompañada por dos otras de mayor edad, se acercó rápidamente a ella.

“Querida condesa, ¿por qué se ha escondido aquí, en el rincón más alejado del pueblo? Hemos buscado por todo Ammergau su pista. Su escudo de armas en el carruaje y sus uniformes en la antigua posada la delataron. Sí, sí, cuando uno quiere viajar incógnito, no debe hacerlo con la verdadera elegancia de Wildenau. Nosotras fuimos más cautelosas: vinimos en un vehículo alquilado y sencillo. Pero, ¡qué vida esta! Anoche tuve que dormir sobre paja. ¡Imagínese! ¿Usted tenía cama? ¿Está aquí desde ayer?”

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“¡Vaya, Su Alteza, por favor, respire! ¡Buenos días, baronesa! ¡Buenos días, Su Excelencia!”

La condesa von Wildenau saludó a todas las damas de forma algo distraída, pero muy cordialmente. “¿Tendrá la amabilidad de sentarse en este banco?”

“Oh, usted también debe sentarse aquí.”

“No, no es lo suficientemente grande; ya estoy sentada.”

Se había acomodado en la raíz de un árbol, con el rostro vuelto hacia la calle, en la que parecía estar profundamente interesada. Las damas se acomodaron en el banco, y luego siguió una conversación que ninguna pluma podría describir. Esto, aquello y lo de más allá; cosas sobre las cuales la condesa no había pensado ni un instante, relatos de todo lo que las recién llegadas habían oído sobre la gente de Ammergau, la apariencia del Cristo, a quien ya habían conocido: un hombre guapo, muy guapo, con cabello magnífico y ojos misteriosos… No era la cabeza de Cristo, sino más bien como uno se imaginaría a Fausto u Odín; pero nadie se atrevía a acercársele, era tan retraído. Qué lástima, habría sido muy interesante hablar con él. Se decía que estaba enamorado de una dama noble; era muy posible, no había otra forma de explicar su actitud distante.

La condesa von Wildenau se había vuelto muy silenciosa; sus ojos fijos en la calle tenían en lo profundo una expresión de verdadero sufrimiento.

El príncipe Emil estaba en el umbral, disfrutando maliciosamente de la situación. Era un castigo justo por sus caprichosos antojos: ahora, después de haber rechazado de forma tan insolente ver a sus amigos, se veía obligada a escuchar ese charloteo sin sentido.

Finalmente, sin embargo, tuvo piedad de ella y envió a su ayuda de cámara con la manta y los platos.

“Oh, ¡es hora de la cena!”, exclamaron las damas, y Su Alteza levantó su lorgnette.

“Ah, el ayuda de cámara del príncipe Emil. Así que el fiel Toggenburg está con usted.”

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“¡Por supuesto, señoras!”, dijo una voz desde la puerta, mientras el príncipe avanzaba. “Solo que yo era demasiado tímido para aventurarme en un círculo tan peligroso”.

Un coro de risas lo recibió.

“Sí, sí; ¡el Príncipe de Metten-Barnheim, tímido!”

“Por ahora soy simplemente el representante del mensajero destituido de la condesa Wildenau; intento desempeñar sus funciones con mi habitual dedicación, y hago todo lo posible por evitar el destino de mi predecesor”.

“¿El de ser enviado lejos?”, preguntó la baronesa con cierta malicia.

La condesa Madeleine le lanzó una mirada de reproche amistoso. “¿Cómo puede decir cosas así, príncipe?”

“¡Su sopa se está enfriando!”, exclamó la duquesa.

“¿Dónde cena Su Alteza?”

“En la casa de uno de los cantantes del coro, donde nos alojamos. Un hombre de porte de apóstol, y herrero de oficio. Es extraño: todas estas personas tienen algo de idealista, y además ese cabello largo y hermoso. ¿Aún no ha paseado por el pueblo? Oh, debe hacerlo; es muy curioso: las personas que rodean a los actores en la obra de la Pasión son tipos que no volveremos a ver pronto. Espero con ansias mañana. Espero que nuestros asientos estén cerca. ¡Adiós, querida condesa!”. La duquesa tomó el brazo del príncipe, quien la acompañó hasta la puerta del jardín. “Espero que cuide de que la condesa, bajo la influencia de la Pasión, no entre en un convento al día después de mañana”.

“Su Alteza olvida que soy una hereje incorregible”, rió Madeleine Wildenau, besando a las dos damas de compañía, en su estado de distracción, con una ternura que ellas no supieron cómo interpretar.

El príncipe acompañó a las damas a poca distancia de la casa, mientras Madeleine regresaba con Josefa, como si buscara en la compañía de esa criatura triste y tranquila un descanso del ruidoso parloteo.

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“De verdad, la condesa von Wildenau cuenta con una abundancia excesiva de bendiciones: esta magnífica dote de viuda, los ingresos casi ilimitados provenientes de las propiedades de Wildenau, y además, ¡un montón de pretendientes!”, dijo la baronesa, después de que el príncipe se despidiera para regresar con “su ídolo”.

“Sí, pero perderá esos ingresos si se vuelve a casar”, respondió la duquesa. “El testamento fue redactado así por el conde Wildenau, porque su celos iban más allá de la tumba. Conozco todos los detalles. O bien debe seguir siendo viuda o hacer un matrimonio muy ventajoso; pues una mujer de su temperamento nunca podría adaptarse a circunstancias más modestas”.

“Entonces, ¿no es una buena partido?”, preguntó Su Excelencia.

“Ciertamente que no, porque el testamento está redactado de tal manera que, en el día en que cambie su apellido de Wildenau por otro, las propiedades, junto con todos sus ingresos, pasarán a un ramo colateral de la familia Wildenau, ya que no hay herederos directos. Es suficiente para hacer que uno odie a ese hombre: los primos Wildenau son hombres extravagantes y avaros que ya han derrochado una fortuna. La pobre condesa entonces no tendrá nada, salvo sus pertenencias personales, sus pocos diamantes y los regalos que recibió de su esposo”.

“¿No tiene ninguna fortuna privada?”, preguntó la baronesa, con curiosidad.

“Usted sabe que era princesa de Prankenburg, y las finanzas de esa familia están en muy mal estado. Por eso esa hermosa joven fue sacrificada a los diecisiete años a ese horrible anciano Wildenau, quien a cambio se vio obligado a pagar las deudas de su padre”, explicó la duquesa.

“Oh, ¡así que así están las cosas!”, dijo Su Excelencia, respirando hondo. “¿Lo saben sus diversos admiradores? Sin duda, todos los caballeros creen que es increíblemente rica”.

“Oh, ella no oculta estos hechos”, respondió la duquesa amablemente. “Es sincera, eso hay que reconocerlo, y soportó mucho con su nervioso esposo mayor. Todos sabemos qué clase de persona era; todos le tenían miedo”.

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Él la oprimía y la tiranizaba. ¿De qué le servían toda su riqueza y esplendor? No se debería negarle un poco de felicidad.

“Se quitó cuanto antes el luto de viuda. La gente lo encontró muy sospechoso”, observó la baronesa en un tono nada amistoso.

“Esa es precisamente la razón por la que digo: ella es mejor de lo que su reputación indica, porque desprecia la falsedad y la hipocresía”, respondió la duquesa, guiándolas por un puente estrecho. Las dos damas de compañía, que se quedaban un poco atrás, susurraron: “¡Ella desprecia la falsedad y el engaño! Pero, Su Excelencia, toda su naturaleza es traición. No puede pasar ni un momento sin montar alguna farsa. Con los piadosos es piadosa, con los liberales finge ser liberal; coquetea con todos los partidos para mantener su influencia como exembajadora. No deja de intrigar y conspirar. Ahora vuelve a adoptar una apariencia de inocencia juvenil para hechizar al príncipe Emil. ¿Vieron esa expresión de vergüenza hace un momento, como la de una joven? ¡Es suficiente para enfermar a cualquiera!”

“Sí, miren cómo ha engañado también a ese apuesto y astuto príncipe, heredero de una familia reinante”, lamentó Su Excelencia, que tenía hijas. “Es algo escandaloso; se le ve por todas partes con ella, y sin embargo no hay noticias de ningún compromiso. ¿Qué encuentran los hombres en ella? Captura a todos, jóvenes y viejos, no hay diferencia.”

“Y ya ni siquiera es hermosa. Se ha marchitado, ha perdido toda su frescura; no es más que coquetería”, respondió apresuradamente la baronesa, pues la duquesa se había detenido esperando a que las damas la alcanzaran. Así continuaron caminando hacia el Teatro de la Pasión, donde al día siguiente iban a contemplar al Dios del Amor, por quien habían emprendido este pío peregrinaje.

“Se lo mereció, condesa Madeleine”, dijo el príncipe riendo, mientras se sentaban a la mesa. “Despidió a sus verdaderos amigos y cayó en manos de estos falsos”.

“La duquesa no es falsa”, respondió la condesa con mirada cansada, “es noble en pensamiento y en acción”.

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“Como todos aquellos que se encuentran en una posición en la que no necesitan envidiar a nadie”, dijo el príncipe, apartando con su cuchara algunas pequeñas “islas” de composición dudosa que flotaban en la sopa. “Pero créanme: aparte de estas pocas excepciones, nadie, salvo los hombres, trata con sinceridad a una mujer admirada. Las mujeres comunes no pueden reprimir su envidia. No me gustaría saber qué se dice de nosotros por parte de estos amigos en su camino de regreso”.

“¿Qué importa?”, respondió su compañera, sin probar su sopa.

“Nuestro pobre cuerpo diplomático, que esperaba tanto placer al verte…”, comenzó de nuevo el príncipe. “Casi me atrevería a pedirte un favor, condesa”.

“¿Cuál?”

“Que nos invites a cenar pasado mañana. Los caballeros han decidido vengarse de manera noble ofreciéndote una ovación cuando regreses a Múnich mañana por la noche”.

“De verdad, ¿qué es?”

“No debería revelar el secreto, pero sé que no te gustan las sorpresas. El palacio de Wildenau se transformará en un templo de flores. Ya está todo organizado; será algo inigualable, como sacado de un cuento de hadas”.

El príncipe observaba en secreto la impresión que causaban sus palabras; ¡debía hacer que ella se alejara de ese lugar a toda costa! Aquella figura misteriosa que acababa de hacerle sonrojar las mejillas… Por ella habría sacrificado años de su vida. También había notado —nada escapaba a su agudo ojo y oído— su expresión molesta, casi celosa, cuando las damas hablaban del “crisóstomo de cabellos negros” y de su amor por alguna dama de alta cuna. Debía marcharse de allí antes de que ese capricho se afianzara en ella. Ese valiente artista campesino quizás no se opusiera a la admiración de las damas nobles; un santo del teatro difícilmente resistiría a una condesa de Wildenau si esta decidiera hacer de él objeto de un capricho excéntrico.

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“Es muy conmovedor por parte de los caballeros”, dijo la condesa; “anímense a invitarlos a cenar pasado mañana”.

“Ah, ahí habla mi encantadora amiga; ahora estoy satisfecho contigo. ¿Me permitirás, al final de esta lujosa comida, llevarles la alegre noticia a los caballeros?”

“Hazlo”, respondió ella con indiferencia. “Y cuando hayas entregado la invitación, ¿me harías el favor de telegrafiar a mi mayordomo?”

“Por supuesto”. Empujó hacia atrás el plato con una chuleta insípida y sacó su cuaderno para tomar notas.

“¿Qué debo escribir?”

“Mayordomo Geres, Palacio Wildenau, Múnich. Pasado mañana, lunes, cena a las 6 de la tarde, 12 platos, 15 platos”, dictó la condesa.

“Listo, eso está resuelto. Pero, condesa, doce personas… ¿A quiénes piensa invitar?”

“Cuando devuelva la visita a la duquesa, invitaré a las tres damas; luego, el príncipe Hohenheim y las dos hijas de Su Excelencia sumarán doce”.

“Pero eso será terriblemente agotador para los vecinos de las hijas de Su Excelencia”.

“Sí, pero no hay más remedio; debo darle a esas pobres chicas la oportunidad de hacer fortuna. Con excepción del príncipe Hohenheim, todos ustedes están en el mercado”, dijo sonriendo.

“Nadie podría hablar con tanta orgullo salvo una condesa Wildenau, que sabe que todas las demás mujeres solo sirven como contraste”, respondió el príncipe, besándole la mano con una sonrisa significativa. Ese día estaba extraordinariamente amable; permitió que su mano descansara en la de él, había un matiz de disculpa en su actitud. ¿Disculpa por qué? No tuvo tiempo de reflexionar mucho: se sentía avergonzada por haber descuidado a una amiga de confianza por una quimera, una pesadilla que había adoptado la forma de un hombre de ojos negros y misteriosos.

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Cerraduras flotantes. Las historias de las damas sobre las aventuras amorosas del presunto dueño de esas cerraduras destruyeron el sueño y rompieron el hechizo de la pesadilla.

“Admirable, ocurrió en un momento muy oportuno.”

“Pero, condesa, los caballeros se decepcionarán si las damas también vienen. ¿No sería mucho más agradable sin ellas? Usted es mucho más encantadora y entretenida cuando es la única dama presente en nuestras pequeñas reuniones para fumar.”

“Podemos tener una más tarde. Las damas se irán a las diez. Entonces ustedes pueden quedarse.”

“¿Y quién será el siguiente en irse, cuando usted esté cansada de esta velada? ¿Quién tendrá permiso para quedarse unos minutos más y fumar el último cigarrillo con usted?”, añadió, insinuante. En ese momento se veía muy apuesto.

“Veremos”, respondió la condesa, y por primera vez su voz tembló de emoción más intensa. Su mano seguía en la de él; había olvidado retirarla. De repente, su calor la despertó, y sus ojos azules brillaron sobre ella con una luz tan intensa como el resplandor indiscreto que a veces despierta a un durmiente.

Soltó su mano y, cuando terminó la cena, se levantó de la mesita.

“¿Vendrá conmigo más tarde a visitar a la duquesa?”, preguntó. “Si es así, me vestiré ahora, mientras usted envía la invitación a los caballeros, y podrá regresar después.”

“Como usted quiera”, respondió el príncipe con un tono distinto, ya que no pasó desapercibida la ligera variación en el estado de ánimo de la dama. “Entonces, en media hora. ¡Adiós!”

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CAPÍTULO VI.
LA NOCHE ANTES DE LA OBRA

Josefa estaba en la habitación de la condesa, ocupada con su nuevo vestido. Estaba tranquila y serena; ese deleite por las prendas elegantes que nunca abandona a una mujer, ni siquiera en sus últimos momentos: incluso la campesina más pobre, si aún está consciente, pide un sombrero más bonito cuando el sacerdote viene a administrarle los últimos sacramentos. Ese sentimiento había hecho presa en ella. La condesa se dio cuenta de ello con agrado.

“¿Lo terminarás pronto, Josefa?”

“En una hora, Su Alteza.”

“Muy bien. Volveré por esa hora, y entonces probaremos el vestido.”

“Oh, señora, es un pecado para mí ponerme un vestido tan hermoso; nadie me verá.”

“No aquí, si no lo deseas. Pero mañana por la noche iremos a Múnich, donde comenzarás una nueva vida, sin ninguna mancha sobre tu frente.”

Josefa besó la mano de la condesa; unas lágrimas grandes rodaron sobre el vestido que pronto cubriría a una nueva persona. Luego ayudó a su señora a ponerse un atuendo adecuado para salir, realizando su tarea con habilidad y rapidez. La condesa la miró fijamente durante unos instantes. “Eres un poco como tu primo, Cristo, ¿verdad?”

“¡Así dicen!”

“Supongo que él ve a muchas damas…”

“Todas corren tras él, tanto las de alta condición como las de baja. Y no son solo las extrañas; las chicas del pueblo también están locas por él. Él podría tener a cualquiera…”

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Uno que él quería… Parece que realmente hechizó a las mujeres.

“Oí decir que la razón de su vida recluida era que tenía una relación amorosa con alguna dama noble.”

“¿De veras?”, dijo Josefa con indiferencia. “No sé nada al respecto. No lo creo, aunque él no me lo diría, incluso si fuera cierto. Oh, la gente habla tanto de él que esa es una de las razones del envidia. Pero su vida recluida no se debe a ninguna dama noble. No ha tenido nada que decirle a nadie aquí desde que se negaron a permitirme participar en la obra y murmuraron tanto sobre mí. Aunque él no lo mencione, eso le duele profundamente. Ay, la culpa es mía, y de nadie más.”

La condesa Wildenau, siguiendo un impulso repentino, besó a la chica en la frente: “Adiós, mantén el ánimo, no llores, regocíjate por tu nueva vida; pronto volveré.”

Al marcharse, habló con las hermanas Gross, pidiéndoles que cuidaran especialmente de Josefa.

“Los caballeros están encantados y le envían sus más sinceras muestras de gratitud”, dijo el príncipe.

“¿Entonces vendrán todos?”, preguntó la condesa Wildenau, tomando su brazo.

“Todos, sin ninguna vacilación”, respondió él, notando nuevamente en la actitud de su compañera esa inquietud que antes había despertado su ansiedad. Mientras caminaban juntos por la calle, sus ojos miraban a todas partes.

“Ella está buscando a alguien”, pensó el príncipe.

“Déjeme decirle que estoy fascinada con este Cristo de Ammergau”, exclamó la duquesa cuando se acercaron a la casa del herrero. Estaba sentada en el jardín, que contenía un montón de estiércol bastante grande, un “Saletl”, nombre dado a una casita abierta para el verano, y tres árboles frutales entre los cuales estaban tendidas las cuerdas para colgar la ropa. En la casa había una Virgen María pintada de forma rudimentaria.

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A tamaño natural, con el habitual ramo de flores, mirando con una expresión peculiar el homenaje que se le rendía a su hijo, o al menos, así le pareció a la condesa.

“¿Lo has visto, duquesa? ¡Empezando a sentir celos!”, dijo la condesa con una risa destinada a ser natural, pero que sonó un poco forzada.

Los visitantes entraron en el pabellón; tras un intercambio de saludos, la duquesa les contó a sus invitados que había estado con las damas en la escuela de dibujo, donde conocieron a Freyer. El director de la escuela (el hijo del anfitrión de la condesa von Wildenau) lo presentó a las damas, y él se vio obligado a intercambiar unas palabras con ellas antes de escapar. Eran “bastante salvajes”. Su porte, su dignidad, la cortesía y reserva combinadas en su forma de comportarse, tan modesto y a la vez tan orgulloso, y esos ojos…

El príncipe estaba consumido por los celos.

El herrero golpeaba el hierro afuera, herrando a un caballo cuyo casco era tan torcido que el hierro no encajaba. El rostro del hombre estaba cubierto de sudor negro, pero cuando lo volvió hacia las damas, estas vieron un perfil clásico y ojos suaves y soñadores.

“Parece que tener cabello y ojos hermosos es algo típico entre los campesinos de Ammergau”, dijo el príncipe de manera algo brusca, interrumpiendo a la duquesa. “Miren a ese herrero de allá; si se limpia el hollín, tendremos una estupenda cabeza de Antinoo”.

“Sí, ¿verdad? También es un tipo maravilloso”, respondió la duquesa. “Llamémoslo aquí”.

Se llamó al herrero, quien, secándose la suciedad de la cara con las mangas de su camisa, se acercó con modestia. El príncipe observó con sincera admiración su forma de caminar y su porte, sus rasgos claros e inteligentes, y su figura esbelta y ágil, que no revelaba señales de su duro trabajo, salvo en los tendones y músculos tensos de sus brazos.

“Debo disculparme”, dijo en un excelente alemán; la gente de Ammergau solo usa dialecto cuando hablan entre sí. “Estoy en pleno trabajo…”.

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“Ropa vieja y apenas digna de ser vista.”

“Tiene una voz encantadora. ¿Canta en barítono?”

“Sí, Su Alteza, pero rara vez canto. Desafortunadamente, mi voz está muy dañada por el duro trabajo, y mis dedos se han vuelto demasiado rígidos para tocar el piano, así que no puedo acompañarme yo mismo.”

“¿Toca el piano?”

“Por supuesto, Su Alteza.”

“Dios mío, ¿dónde aprendió?”

“Aquí en el pueblo, Su Alteza. Cada uno de nosotros aprende a tocar algún instrumento; de lo contrario, ¿de dónde sacaríamos una orquesta para la Pasión?”

“¡Imagínese!”, dijo la duquesa en francés, “Un herrero que toca el piano; campesinos que forman una orquesta”. Luego, dirigiéndose a su anfitrión en alemán, añadió: “Supongo que tendrá un coro parroquial”.

“Por supuesto, Su Alteza.”

“¿Y qué misas interpretan?”

“Oh, casi todas las hermosas, algunas de la antigua música eclesiástica ceciliana, otras de maestros posteriores, Händel, Bach, hasta los tiempos más modernos. Hace poco canté el Ave María de Gounod en la iglesia, y este invierno presentaremos Gethsemane de Kempter”.

“¿Es posible?”, dijo la duquesa, “¡Es único! Entonces realmente son todos artistas y no deberían dedicarse a oficios tan duros”.

“Sí, Duquesa, pero debemos vivir. Nuestras esposas e hijos necesitan ser mantenidos. No todos pueden ser talladores de madera; también se necesitan herreros. Si el artesano no es brusco, el oficio no es una deshonra”.

“Pero, con sus ocupaciones, ¿tiene tiempo para ese tipo de trabajo artístico?”

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“Oh, sí, lo hacemos por las noches, después de la cena. Nos reunimos a las siete y media y a menudo practicamos música hasta las doce o incluso la una.”

“Oh, debes estar muy cansada para estudiar hasta tan tarde, después del trabajo del día.”

“Oh, eso no nos perjudica; es nuestra diversión y placer. El arte es lo único que eleva a los hombres por encima de sus preocupaciones diarias. No querría vivir si no lo tuviera, y todos sentimos lo mismo.”

Las damas se miraron entre sí.

“Pero, ¿cuándo duermes? Debes levantarte temprano por la mañana.”

“Oh, nosotros, los de Ammergau, somos inquietos; necesitamos poco sueño. Acostarnos a la una y levantarnos a las cinco nos da suficiente descanso.”

“Bueno, entonces debéis vivir bien, de lo contrario no podríais soportarlo.”

“Sí, vivimos muy bien; tenemos carne todos los domingos”, dijo el herrero con gran satisfacción.

“¡Es conmovedor!”, exclamó la duquesa. “¿Carne una vez a la semana? ¿Y el resto del tiempo?”

“Oh, comemos algo hecho de harina. Mi esposa es una cocinera excelente; ¡fue la cocinera en la casa del conde P.!”, añadió con gran orgullo, lanzando una mirada afectuosa a la pequeña mujer regordeta que sostenía a un niño en brazos, de pie en la puerta de la casa. Hubiera querido presentar a esta admirable esposa a los extraños, pero las damas parecían menos interesadas en ella.

“¿Qué coméis por las noches?”

“Tomamos café a las seis, y bebemos unas copas de cerveza cuando nos reunimos en la taberna.”

“¿Y todos los de Ammergau viven así?”

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“Todos. Nadie quiere nada diferente.”

“¿Incluso tu Cristo?”

“Oh, él está en peor situación que nosotros; es soltero y no tiene a nadie que cuide de él.”

“¡Qué vida, querida condesa, qué vida!”, murmuró la duquesa en francés.

“Pero tienes un piano en tu casa. Si puedes permitirte un instrumento así, deberías poder permitirte comida mejor”, dijo Su Excelencia.

El herrero sonrió: “Si hubiéramos tenido comida mejor, no habríamos podido comprar el piano. Lo ahorramos de nuestro propio estómago”.

“Ese es el verdadero espíritu de Ammergau”, dijo la condesa con sinceridad. “Están dispuestos a morirse de hambre para conseguir un piano. Cualquier esfuerzo lo hacen por el ideal y lo intelectual, por lo cual están dispuestos a hacer cualquier sacrificio personal. Nunca he visto gente así”.

“Yo tampoco. Parece que la obra teatral de la Pasión les ha dado una consagración especial”, respondió la duquesa.

La condesa von Wildenau se levantó. Estaba tan absorta en sus pensamientos que estuvo a punto de marcharse sin recordar su invitación. Pero el príncipe Emil dijo con énfasis:

“Condesa, seguramente se está olvidando de que tenía la intención de invitar a las damas...”

“Sí, sí”, interrumpió ella, “casi se me olvida”. El herrero volvió modestamente a su trabajo, ya que el caballo se estaba poniendo inquieto, y pronto el olor a cuerno y cabello quemados impregnó el ambiente.

Mientras tanto, la condesa entregó su invitación, la cual fue aceptada con gran entusiasmo.

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Un hombre imponente y atlético, vestido con una blusa, que llevaba un cofre sobre el hombro, pasó junto a las damas. La carga era terriblemente pesada, pues incluso su robusto y fuerte cuerpo vacilaba bajo su peso, y su apuesto rostro parecía inclinarse casi hasta el suelo.

“Mire, condesa, ese es Thomas Rendner, el procurador romano. Pronto conoceremos a toda la compañía. Estamos aquí, en la casa de verano, como una araña en su red; ni siquiera una mosca puede pasar desapercibida”.

“Dios mío, ¡ese Pilato!”, exclamó la condesa, mirándolo con ojos compasivos. “Pobre hombre: hoy jadeando bajo una carga opresiva; mañana vestido de púrpura y coronado con un diadema, para luego cambiarlo todo de nuevo al tercer día por la blusa polvorienta del portero y volver a asumir esa carga. Qué contraste… Y, sin embargo, no pierde ni su equilibrio ni su temperamento. De verdad, creo que podemos aprender tanto aquí, fuera de la representación de la Pasión, como de la propia obra”.

“Sí, si observamos con sus ojos profundos y reflexivos, querida condesa”, dijo la duquesa, besando la frente de quien hablaba. “Discutiremos este tema más a fondo cuando viajemos con usted pasado mañana”.

Las damas se separaron. Madeleine von Wildenau, apoyada en el brazo del príncipe, caminó en silencio entre la multitud que, en vísperas de la representación, abarrotaba las estrechas calles. El ruido y el bullicio eran tan intensos que impedían ver y oír con claridad. Aturdida por la confusión, se aferró firmemente al brazo de su acompañante.

“Dios mío, ¿es posible que el cristianismo siga teniendo tal poder de atracción?”, murmuró, involuntariamente, mientras luchaba por abrirse paso entre la multitud.

El suelo del camino de Ettal temblaba bajo el rodar de las ruedas de los carruajes. Había llegado el último tren de la tarde, y una avalancha de personas y vehículos se precipitó hacia el pueblo, ya casi aplastado por la multitud. Caballos casi agotados, arrastrando a toda velocidad lujosos carruajes llenos de seis u ocho personas. Carros pesados que transportaban veinte o treinta viajeros, tal como habían subido, a veces colgados de los escalones o de las cajas de las ruedas, se balanceaban de un lado a otro; ebrios, excitados por…

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La loca prisa y el miedo a quedarse atrás: una multitud furiosa y gritona, como horda de demonios desencadenados, vino a perturbar el sagrado drama en lugar de los piadosos peregrinos que deseaban presenciarlo. “Sauve qui peut” era el lema. El príncipe levantó a la condesa sobre un pequeño poste al lado del camino. Justo en ese momento pasó la brigada de bomberos para observar la representación. Se decía que varias parroquias vecinas, envidiosas de Ammergau, habían amenazado con arruinar la obra incendiando el teatro. Camiones de bomberos y carruajes de extraños pasaban uno tras otro. La gente de Ammergau, alarmada y enfurecida por esa cruel amenaza, estaba completamente desconcertada; se escuchaban discusiones apasionadas, órdenes vehementes y súplicas urgentes por todas partes. Era necesario actuar de forma rápida y enérgica, ya que estaba en juego el destino de todo Ammergau.

Las campanas comenzaron a sonar y, al mismo tiempo, se disparó el primer de los veinticinco cañonazos que debían consagrar la fiesta del día siguiente. Los músicos pasaron por las calles.

El aire temblaba debido al estruendo ensordecedor de todas esas olas de sonido mezcladas. Caía la oscuridad; la condesa se sentía mareada, como si estuviera ahogándose en aquel bullicio. Un par de caballos cayeron justo debajo de ellos, causando una interrupción en la fila de carruajes, lo cual permitió al príncipe ayudar a su compañera a cruzar. Finalmente, ella llegó a casa, casi desmayada. Su alma se conmovió hasta lo más profundo. ¿Qué poder era el que producía tales efectos?

¿Era esta la doctrina fría y superficial que se había inculcado de forma teórica y distante en los salones de clase y desde el púlpito? ¿La misma doctrina que, cuando era niña, le había causado disgusto debido a un catecismo escolar incomprensible? ¿Era esta la doctrina que, desde muy temprana edad, no había sido más que una letra muerta y tediosa, a la que, al convertirse en la religión del estado, se debía acudir periódicamente a la iglesia, tal como, en ciertos días, se dejaban tarjetas a los embajadores y funcionarios gubernamentales?

El viento seguía trayendo desde el pueblo el ruido de las multitudes, el sonido de las campanas y el estruendo de los cañones, mezclado con breves momentos musicales. La condesa había tenido experiencias similares cuando se recibían noticias de grandes victorias durante la última guerra, pero aquellas…

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Eran hechos. Por primera vez en su vida se preguntó si el cristianismo era un hecho. Y si no lo era, si era solo una idea, ¿qué poder inherente, tras casi dos mil años, había producido tal efecto?

¿Por qué vinieron todas esas personas? ¿Por qué ella misma? La raza humana tiene nostalgia de su hogar; ya no sabe por qué. Es solo un impulso vago, pero uno que instintivamente la lleva en dirección a donde percibe una señal, un vestigio de lo que ha perdido y busca para siempre. Así, ahora lo sabía, así era el sentimiento de todas las multitudes que habían acudido allí ese día. Se dio cuenta de que en ese momento era un microcosmo de la humanidad cansada y errante en busca de salvación.

Y como cuando, engañados y decepcionados con todo, buscamos la imagen de algún amigo fallecido, hace tiempo olvidado, y la presionamos llorando contra nuestros labios, ella se aferró a la imagen del Redentor. Ahora que todo la había engañado, ningún sistema que hubiera prometido orgullosamente una victoria sobre la calamidad y la muerte había resistido la prueba. Después de que un remedio temporal sustituyera a otro sin resolver lo que faltaba, después de que todos los supuestos remedios de la filosofía y el materialismo resultaran ser meros paliativos que hacen soportable el mal por el momento pero no lo curan, la humanidad sufriente y engañada buscaba de repente la imagen del amigo perdido desde hacía tanto tiempo. Pero un amigo fallecido no puede surgir de una imagen; un corazón pintado ya no puede latir. ¿Podría Cristo resucitar en Su imagen? ¿Podría Su palabra vivir de nuevo en los labios de un extraño? ¿Y tendrían las gotas de sangre artificial que caían de la frente del Mesías personificado poder redentor?

Ese era el milagro que atraía a las multitudes de lejos y de cerca; ese debía ser el prodigio, y al día siguiente se revelaría.

“¿En qué sueñas, condesa Madeleine?”, preguntó el príncipe después de una pausa durante la cual ella había pasado bajo el enrejado de uvas silvestres cerca de la casa, mirando al vacío con la cabeza apoyada en la mano. Levantó la vista, mirándolo como si hubiera olvidado por completo su presencia. “No sé cuál es la causa de mi emoción; el alboroto en el pueblo me ha conmovido profundamente. Siento que solo cosas poderosas podrían provocar tal tormenta, y parece ser el presagio de algún acontecimiento maravilloso”.

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“¡Dios mío! ¡Qué fantasías tan extravagantes, querida condesa! Creo que a todos sus ricos dones le suma el peligroso don de la poesía. La admiro y la honro por ello… pero en esta tormenta solo veo una prueba de que la curiosidad es el rasgo más grande y universal del carácter humano, y de que estas multitudes no desean nada más que satisfacer su curiosidad. Eso está de moda ahora, y eso explica todo.”

“Príncipe, lo lamento por lo que acaba de decir”, respondió la condesa, poniéndose en pie. Su rostro mostraba la misma expresión fría e inexpresiva que el día de su llegada.

“Pero, mi querida amiga, por amor de Dios, dígame: ¿acaso usted y yo vinimos aquí por otro motivo que no sea la curiosidad?”

“Usted, no. ¡Yo, sí!”

“No diga eso, querida amiga. Usted, la erudita, superior a todos nosotros en conocimientos; usted, discípula de Schopenhauer, el orgulloso filósofo, el creyente en el Nirvana.”

“Sí, yo, príncipe”, exclamó la condesa. “El filósofo que no fue feliz ni siquiera una hora, que no estuvo satisfecho ni un instante. ¿Qué es ese Nirvana? Un ídolo de piedra, creado por la especulación infructuosa de nuestros tiempos a partir de los restos de las excavaciones arqueológicas; un ídolo que nos mira con sus ojos vacíos hasta que caemos en una especie de hipnosis intelectual que confundimos con paz”. En sus labios se dibujó una expresión de amargo sarcasmo. “Vine aquí para poner frente a frente al pesimismo y al cristianismo. Pensé que sería muy interesante ver al ídolo de piedra Nirvana, con las manos sobre el regazo y el silencio de la muerte eterna en sus labios, observando cómo el mártir, cubierto de sudor y sangre, lleva su propia cruz al lugar de la ejecución y continúa alegremente la tarea donde Buda fracasó: en los límites de la inexistencia. Quería ver cómo se tratarían mutuamente, aunque fuera solo como estudio comparativo de las religiones”.

“Es irresistible en su encantadora burla, querida condesa… pero, lógicamente, no puedo admitir que he sido vencido”, respondió el príncipe. La condesa sonrió: “Por supuesto, ¿cuándo ha reconocido un hombre ante una mujer algo así, cuando se trata de cuestiones intelectuales? Un rizo soleado…”

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El arco seductor del labio superior, un par de ojos azules brillantes por las lágrimas harán que ustedes, señores de la creación, se conviertan en víctimas de la coqueta más vulgar o incluso en juguetes dóciles de la ignorancia más estúpida. ¡Todas nosotras lo sabemos! Pero si atacamos su lógica fría, ustedes son tan invencibles como Anteo mientras estuviera sobre la tierra. Ustedes también solo podrían ser vencidos por quien tuviera el poder de levantarlos del suelo donde se encuentran.

“Usted podría tener ese poder, condesa. No con sus argumentos, sino con sus ojos. Usted sabe que una sola mirada llena de amor no solo me elevaría de la tierra hasta el cielo, sino que luego podría hacer conmigo lo que quisiera.”

“¡Usted ha perdido esa mirada llena de amor! Quizás hubiera recompensado su consentimiento, pero nunca lo habría comprado. Desprecio a los jueces sobornados, porque estoy segura de mi causa.”

“Condesa, perdone mi franqueza: es una lástima que tenga tanto intelecto.”

“¿Por qué?”

“Porque eso la lleva por caminos sofísticos; su tendencia al misticismo le da una base aparentemente lógica y, así, la fortalece aún más en este camino peligroso. Un juicio más simple y moderado la protegería de ello.”

“Bueno, príncipe…” Lo miró con compasión y desdén. “Que el cielo me proteja de un juicio así, así como de todos aquellos que intenten ocupar su lugar. Discúlpeme por esta noche. Quisiera dedicar una hora a estas personas dignas y calmar mis nervios… He estado demasiado excitada por las escenas que hemos presenciado. Buenas noches, príncipe.”

El príncipe Emil palideció. “Buenas noches, condesa. Quizás mañana sea un poco más humana en este juego del gato y el ratón; hoy me envían a casa con una herida sangrante.” Con los labios firmemente apretados, se despidió y salió del jardín. Madeleine lo miró irse: “Está enojado. No puedo ayudarlo; se lo merecía. Oh, hombre tonto, que te creías tan listo. ¿Crees acaso que este corazón ardiente desea otras revelaciones que no sean las de la razón pura? ¿Imaginas que los argumentos de todos…”

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¿Podrían los sistemas filosóficos de la humanidad ofrecerle lo que anhela? ¿Deberé encontrarlo? ¡Dios lo sabe! Pero una cosa es segura: ya no lo buscaré en usted.

El sonido de gemidos y sollozos ahogados provenía de la habitación encima de la del conde. Era Josefa. La condesa Wildenau pasó por la pequeña trampilla y entró. La joven estaba arrodillada junto a la cama, con el rostro enterrado en las almohadas, para no escuchar el estruendo de los cañones ni el sonido de las campanas que llamaban a los actores para la obra sagrada de la cual ella sola, la pecadora, la excluida, quedaba apartada.

María Magdalena también había pecado y errado, pero se le permitió permanecer cerca del Señor. Se le permitió tocar Su cuerpo divino y limpiar Sus pies con su cabello. Pero no se le permitió prestar este servicio a Su imagen. Agarró las maravillosas mechas de cabello sedoso que caían sobre sus hombros. ¿Qué le importaba ahora ese hermoso cabello? Hubiera preferido cortárselo y arrojarlo al río Ammer, o mejor aún, enterrarlo en la tierra, en la tierra sobre la cual se erguía el teatro de la Pasión. Con un movimiento rápido, tomó unas tijeras que estaban junto a la cama. Justo cuando el pie de la condesa tocó el umbral, se escuchó un sonido agudo y cortante; el cabello rojo más hermoso que jamás haya adornado la cabeza de una joven cayó a sus pies como una llama moribunda. “Josefa, ¿qué estás haciendo?”, gritó la condesa. “¡Oh, qué lástima perder ese cabello tan magnífico!”

“¿Qué me importa a mí?”, sollozó Josefa. “Nunca podrá verse en la obra. Cuando termine la representación, me colaré en el teatro antes de que nos vayamos y lo enterraré debajo del escenario, donde está la cruz. Allí lo dejaré; allí permanecerá, ya que ya no puedo hacer que sirva a Él”. Se arrojó en los brazos de la condesa y escondió su rostro bañado en lágrimas en su pecho. Ay, ni siquiera se le permitía aparecer entre la gente; solo ella fue expulsada de la cruz. Pero sabía que el verdadero Salvador la habría permitido estar a Sus pies, al igual que María Magdalena.

“Consuélate, Josefa. Tu fe no te engaña. El verdadero Cristo no te habría castigado de forma tan cruel. Los hombres siempre son más severos que Dios. ¿De dónde podrían obtener esa magnanimidad divina, si son tan mezquinos? Son como un sirviente arrogante y codicioso con respecto a su amo, porque no comprende sus deseos y rechaza a los pobres”.

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“A aquel a quien su amo habría acogido con gusto y dado refugio”. Besó la frente de la joven. “Cálmate, Josefa; recoge tu cabello, mañana lo enterrarás en la tierra que tanto te es querida. Te prometo que pensaré en ti cuando aparezca la otra Magdalena; tu sombra estará entre ella y yo, para que pueda verte sola. ¿Será eso un pequeño consuelo para ti?”

Por primera vez, Josefa levantó la vista hacia los ojos de la condesa con una sonrisa. “Sí, es un consuelo. Ah, eres tan bondadosa… Tienes piedad de mí, mientras todos me reprochan y me condenan”.

“Oh, Josefa. Si la gente juzgara así, ¿quién de nosotros tendría derecho a lanzarle la primera piedra?”, dijo la condesa con profunda seriedad, y salió de la habitación pensativamente.

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CAPÍTULO VII.
LA OBRA DE LA PASIÓN

Amanecía. Los primeros rayos del sol matutino, cada vez más amplios y brillantes, se abrían paso por el aire, cuyas olas azules ondulaban y temblaban bajo los resplandores del dios del día que ascendía. Afrodita parecía haberse bañado y dejar allí su velo en la espuma del arroyo montañoso al que la arrepentida Magdalena había intentado arrojarse. Apolo, en su grácil juego, reunió las pequeñas nubes blancas para ocultar a la diosa; estas ondeaban y revoloteaban alegremente en la brisa matutina alrededor del carro veloz. Luego, como si los retumbantes golpes de los cascos de los corceles ardientes hubieran resonado desde el arco abovedado del firmamento, el solemne estruendo de los cañones anunció la llegada del otro dios, esa divinidad pobre, humilde y azotada, vestida con ropas de mendigo. El radiante auriga, arriba, controló a sus impacientes caballos y miró desde su serena altura hacia el conflicto, ese conflicto silencioso y doloroso que tenía lugar en el sangriento campo de batalla de la tierra temerosa. Sonriendo, sacudió su cabeza divina, pues no podía comprender la causa de todo aquello. ¿Por qué habría de imponerse un dios semejante miseria e humillación? Pero sabía que él era un dios más poderoso, ya que fue forzado a huir del cenit cuando el primero surgió de su tumba. —Así pensaba Helios, mirando de reojo a la gentil diosa Selene, cuyo rostro pálido, que se volvía aún más pálido en su presencia, estaba vuelto completamente hacia la tierra. Ella no podía soportar ver aquel espectáculo angustioso; era la diosa de la paz y el sueño. Por eso, apartando su dulce rostro, despidióse de Helios y se alejó hacia reinos más felices.

Dichosos dioses, vosotros que reináis en belleza eterna, en paz eterna; vosotros que no os veis afectados por la tristeza y el sufrimiento de la raza humana, que descendéis a la tierra únicamente para disfrutar de las alegrías de los mortales, cuando os place añadirlas a vuestros deleites divinos… Mirad hacia abajo, hacia esos dioses a quienes la humanidad afligida, cargada con la maldición primordial, ha llamado desde su cielo en busca de ayuda, donde ninguno de vosotros ayudó, para dar lo que ninguno de vosotros dio: la sangre del corazón, el amor. ¡Mirad desde vuestros egoístas placeres, vosotros, alegres deidades helénicas!

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¡Valhalla, crueles deidades de los nórdicos, mirad aquí! Vosotros, ídolos torpes y estúpidos de la antigua India: aquí, donde, por amor a la raza humana, un dios sangra en la cruz del mártir… ¡Mirad y palideced! Pues cuando se haya cometido ese acto monstruoso y pase la noche, Él dejará a un lado sus humildes vestiduras y brillará en su gloria divina. Entonces vosotros no seréis más que el arcoíris que brilla con colores cambiantes sobre Su cabeza. “Excelsior”, resuena una voz en el puro cielo matutino; “Gloria in excelsis, Deo”, resuena desde la iglesia, mientras los sacerdotes cantan la misa temprana.

Una hora después, el príncipe se detuvo frente a la puerta, en un carruaje destinado a llevar a la condesa al Teatro de la Pasión, ya que el camino era largo y difícil.

Dio órdenes estrictas a las hermanas Gross para que tuvieran todo listo para la partida de la condesa Wildenau al final de la representación.

“Los carruajes deben estar repletos de equipaje frente al teatro cuando salgamos. La nueva criada no debe llegar tarde.”

Madeleine von Wildenau no objetó nada de esto; estaba muy pálida y profundamente agitada. Ludwig Gross, quien también iba al teatro, se vio obligado a subir al carruaje también; la condesa no aceptaba ningún rechazo. El príncipe lo miró fríamente. Ludwig Gross levantó su sombrero y dijo cortésmente:

“¿Podría pedir que me presentaran?”

La dama se sonrojó. “¡Herr Gross, director de la escuela de dibujo!” Hizo una pausa, avergonzada; el rostro bronceado de Ludwig seguía manteniendo esa expresión expectante.

“El príncipe heredero de Metten-Barnheim”, dijo el príncipe, aliviando la vergüenza de la condesa, y levantando su sombrero.

El delicado tacto del director de la escuela de dibujo percibió de inmediato la generosa intención del príncipe Emil.

“Perdóneme”, dijo, con un matiz de timidez, “no sabía que me encontraba en presencia de un caballero de tan alto rango…”

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“No, no, tenía usted toda la razón”, interrumpió el príncipe Emil, complacido con la modesta confianza del hombre, y comenzó de inmediato a conversar con él. Hizo varias preguntas, y Ludwig describió cómo a menudo se veía obligado a buscar figuras adecuadas para sus escenas en los bosques y los campos, ya que las personas mejor educadas ya tenían papeles asignados, y cuán difícil era trabajar con ese material inexperto; sobre todo porque apenas tenía dos o tres minutos para organizar una escena que incluía trescientas personas.

La condesa miraba distraídamente a la multitud variopinta que se dirigía hacia el Teatro de la Pasión. La brisa fresca de la mañana entraba en el carruaje. Toda la naturaleza estaba llena de alegría, una alegría festiva que incluso los caballos ricamente enjaezados de la condesa parecían compartir, pues saltaban alegremente y corrían velozmente, como si quisieran competir con los corceles del dios sol. Las banderas bávaras del Teatro de la Pasión ondeaban alegremente bajo el cielo azul, y ahora otro disparo de cañón anunciaba el inicio de la representación. El carruaje avanzó con gran dificultad entre la multitud hasta la entrada, rodeada por habitantes de Ammergau. Ludwig Gross ordenó al conductor que se detuviera y bajó rápidamente. Todos le cedieron respetuosamente el paso, levantando sus sombreros: “¡Ah, señor Gross! ¡El maestro dibujante! ¡Buenos días!”

“Buenos días”, respondió Ludwig Gross; luego, sin ceremonias, ofreció su brazo a la condesa, pidió al príncipe que lo siguiera y los condujo por varios pasillos laterales, a los que no se admitía a extraños, hasta el espacio reservado para las butacas, donde dos jóvenes apuestos, también miembros de la familia Gross, los “ujieres”, estaban vendiendo boletos. Ludwig se quitó el sombrero y los dejó para ir a ocuparse de su trabajo. El príncipe le estrechó la mano y le expresó su agradecimiento. “¡Un hombre culto!”, dijo, después de que Ludwig se marchara. Mientras tanto, uno de los ujieres había acompañado a la condesa a su asiento.

Allí, justo delante de ella, se encontraba el objetivo tan anhelado: un enorme anfiteatro construido al estilo griego. Entre las butacas, desde las cuales se podía ver todo, y el escenario, bajo el cielo abierto, se extendía un vasto espacio, cuyos asientos llegaban hasta la altura de una casa. La orquesta también carecía de techo, al igual que el proscenio y el escenario; en los extremos derecho e izquierdo de este último se encontraban las casas de Pilato y Caifás, entre las cuales se extendían las calles de Jerusalén.

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El coro se encontraba en el proscenio y aquí se representaban todas las escenas importantes en las que participaba la multitud. El escenario principal, ocupando únicamente el centro, al igual que en el teatro griego, era un edificio cubierto similar a un templo, con un telón; en cierto sentido, un teatro dentro de otro, donde se desarrollaban las escenas que requerían un espacio más reducido. Más allá, todo estaba rodeado por el anfiteatro de las montañas imponentes, que contemplaban majestuosamente la escena, dominándola por completo.

La orquesta tocaba los últimos compases de la obertura y el bullicio y murmullo de los miles de personas que buscaban sus asientos finalmente había cesado. El coro avanzó; todos los cantantes iban vestidos con trajes griegos, y a su cabeza se encontraba el coragogo Johannes Diemer, ataviado con diadema y toga. Era una figura majestuosa, de verdadera dignidad sacerdotal; recorrió el escenario, plenamente impregnado del espíritu del sublime drama cuya presentación era su honorable deber. Ahora reinaba un silencio profundo entre el público. Parecía como si la propia naturaleza estuviera escuchando desde afuera: la brisa matutina contenía la respiración, y no se oía ni un solo canto de pájaro. La tranquilidad del sábado extendía sus alas protectoras sobre toda la escena, para que nada perturbara ese ambiente sagrado.

Mientras esas figuras imponentes avanzaban, vistiendo sus costosos ropajes con tanta dignidad como si nunca hubieran llevado otra ropa, o como si tuvieran que volver a cambiarse por las prendas ásperas y desgarradas del trabajo; mientras comenzaban a mostrar el arte adquirido con tanto sacrificio y dedicación tras un día agotador de labor, y el coragogo, con la entonación más pura y noble, iniciaba las primeras líneas:

“¡Inclínense postrados, abrumados por un temor sagrado,
¡Oh, raza humana, doblegada por la maldición de Dios!”,

el corazón de la condesa se conmovió de repente por una nueva emoción y las lágrimas llenaron sus ojos.

“Dios eterno, tus hijos tartamudos te escuchan,
pues el lenguaje de los niños, sí, es tartamudo”.

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Con estas palabras, los labios devotos expresaron el significado sagrado que subyacía en ese pasatiempo infantil; aquellos que las escucharon se sintieron de nuevo como niños, hijos del único Padre omnipresente.

El prólogo había terminado. El telón del escenario central se levantó y se reveló la primera escena: la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. La condesa Madeleine la contempló con ojos bondadosos, pues podía ver el refinado instinto artístico de Ludwig Gross; su mano firme había dado forma al material bruto hasta convertirlo en líneas gráciles. Seguió una segunda escena: la Adoración de la Cruz. Una cruz vacía, bañada en luz, se erguía en lo alto, adorada por grupos de niños y ángeles. Así se dio el tono inicial y comenzó la obra. La primera escena tenía lugar frente al templo de Jerusalén: se esperaba la llegada del Salvador. El corazón de Madeleine von Wildenau latía con fuerza. Ella misma no sabía la causa de su emoción; casi le quitaba el aliento. ¿Sería él a quien esperaba, a quien estaba unida por algún hechizo misterioso e incomprensible? ¿Lo encontraría?

Gritos de “¡Hosanna!” resonaban desde la distancia; se oía un bullicio cada vez mayor. Una multitud de personas, gozosas y cantando alabanzas, salía de las calles de Jerusalén; aparecieron los primeros heraldos de la procesión, anunciando sin aliento su llegada.

Un miedo indescriptible invadió a la condesa; pero ahora le parecía que no temía al hombre a quien esperaba ver, sino a Aquel a quien él debía representar. El público también se volvió inquieto; un movimiento vibrante recorrió la multitud como un susurro tenue: “¡Él viene!”

La procesión llenó entonces el escenario, una masa bulliciosa de personas emocionadas que agitaban las palmas; en medio de ellas, montado en una bestia de carga miserable, estaba el Señor del Mundo.

La condesa apenas se atrevía a mirar; temía ver cómo descendía de la bestia, ya que eso podría perturbar su sentido estético. Pero, con la ligereza de un pensamiento, casi sin moverse, él ya se había bajado de la bestia; ninguno de los miles presentes vio cómo lo hizo.

“¡Es él!”, pensó Madeleine. Una alegría indescriptible la abrumó: “¿Cuándo podré verte cara a cara?”, fueron sus propias palabras, pronunciadas…

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La noche anterior, aquellas palabras resonaban en sus oídos… y de repente se dio cuenta de que Él estaba allí, frente a ella.
“¡El Cristo!” —un estremecimiento de reverencia recorrió a la multitud. Sí, era Él, de pies a cabeza. No había pronunciado ni una palabra, pero todos los corazones se postraron vencidos a Sus pies. Sí, esa era la mirada, esa era la dignidad, esa era la calma de un Dios. Esa era el alma que abrazaba y cuidaba al mundo; ese era el corazón de amor que se sacrificó por el hombre y murió en la cruz.
Entonces Sus labios se entreabrieron, y como un genio alado, las palabras volaron hacia arriba: una voz como la de un ángel que resonaba por todo el universo: “Paz, paz en la tierra”. A veces era clara y resonante como las campanas de Pascua; otras, suave y tierna como la canción consoladora de una madre junto a la cama de su hijo enfermo. “Fuente de amor… ¡Tú eres Él!”
Muda, inmóvil, como si estuviera transfigurada, la condesa contemplaba el milagro… al igual que miles de personas más. Pero desde ella se extendió hacia Él un vínculo secreto, un vínculo profético y divino, tejido por sus almas anhelantes aquella noche, después de que viera el rostro del cual ahora brotaba una sonrisa de consentimiento.
El drama continuó su curso.
Cristo miró a su alrededor y vio a los comerciantes con sus mercancías, así como las mesas de los cambistas en el patio del templo. Como nube tras nube que poco a poco se eleva en el cielo azul y oculta el sol, una noble indignación ensombreció Su semblante sereno; Sus ojos desprendían una luz que recordaba a Helios, observando desde lo alto, las flechas de Zeus.
“Mi Casa”, dice el Señor, “deberá ser llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en guarida de ladrones”. Y como si Su ira fuera una fuerza que actuaba sin que Él hiciera ningún movimiento, pareció que un huracán barriera los puestos de los comerciantes; sin embargo, ni un solo gesto violento perturbó la calma de esa figura majestuosa. Las mesas se volcaron, el dinero rodó por el suelo, las jaulas de las palomas se abrieron, y las aves asustadas volaron a gran velocidad sobre las cabezas de los espectadores. Los comerciantes gritaban furiosos: “¡Mis palomas, mis palomas! ¡Mi dinero!”, y se apresuraron a salvar las monedas de plata y las mercancías dispersas.

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Pero Él permaneció inmóvil en medio del tumulto, como la piedra de la cual dijo:
“El que caiga sobre esa piedra será quebrantado; pero sobre el que ella caiga, lo reducirá a polvo”.

Luego, con dignidad real, agitó el látigo sobre las espaldas de aquellos que se inclinaban para apoderarse de sus escasos beneficios. “¡Llevaos estas cosas de aquí! ¡No convirtáis la casa de mi Padre en una casa de comercio!” No golpeó, pero parecía como si el látigo hubiera caído, pues los mercaderes huyeron en desorden ante su mano levantada, y el terror se apoderó de los fariseos. Comprendieron que Aquel que estaba ante ellos era lo suficientemente fuerte como para aplastarlos a todos. Su aliento tenía la fuerza de la tormenta, su mirada era una llama devoradora; su látigo derribaba sin necesidad de golpear. Solo necesitaba quererlo, y “en tres días” construiría un nuevo templo, como había prometido. Rugiendo como el mar en una tempestad, la multitud exultante lo rodeó, sometiéndose a su voluntad, tal como las olas retroceden ante el aliento del poderoso gobernante. Sí, ese era el poderoso espíritu del Jehová de los judíos, el Zeus de los griegos, el Júpiter de los romanos. Ese hombre era el Hijo del Dios que creó el cielo y la tierra, y sería fácil para el heredero de ese poder aplastar a los fariseos sin mover ni un dedo, si así lo deseaba… Pero esa no era su voluntad, porque su misión era otra. La cabeza volvió a inclinarse humildemente; la frente, arrugada por la ira, se suavizó. “He cumplido la orden de mi Padre… He salvado el honor de su Casa”. La tormenta se calmó hasta convertirse en un susurro, y su mirada bondadosa se posó con perdón sobre sus enemigos.

El corazón valeroso de la condesa casi se rebeló contra tanta humildad, y deseó gritar: “¡Tú eres el Hijo de Dios, ayúdate a ti mismo!”. Su sentido de justicia, formado según las ideas humanas, se oponía a esa tolerancia, a ese sacrificio de los derechos más sagrados. Como Helios en el firmamento, no podía comprender la grandeza, la divinidad de la autonegación, de sufrir la verdad y la pureza para ser juzgadas por la falsedad y la hipocresía, en lugar de usar su propio poder para destruirlos.

Como si el supuesto Cristo sospechara sus pensamientos, de repente fijó su mirada, por encima de miles de cabezas, directamente en ella. Como un mensaje divino, las palabras salieron de sus labios: “Pero en muchos corazones, pronto amanecerá el día”. Luego, volviéndose con una dulzura indescriptible hacia sus discípulos, añadió: “Vengan, entremos al templo y adoremos allí al Padre”.

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Caminó hacia él, pero no parecía que sus pies se movieran; desapareció de la vista de los espectadores en silencio, gradualmente, como el paso fugaz de un momento feliz.

La condesa se cubrió los ojos con la mano; sentía como si estuviera soñando un sueño tristemente hermoso. El príncipe la observaba en silencio, pero atentamente. Saludos y gestos de bienvenida provenían de las butacas de todos lados: de la duquesa, del cuerpo diplomático y de numerosos conocidos que por casualidad estaban allí; pero la condesa no veía nada.

El drama continuó. Era la antigua historia de la lucha entre la vileza y la nobleza, entre la falsedad y la verdad. Los fariseos se aprovecharon del perjuicio causado a los intereses de los comerciantes para hacerlos sus aliados. La plebe, fácilmente engañable, fue incitada contra el agitador de “Galilea”, quien quería arrebatarles la fe de sus padres y expulsar a los comerciantes del templo. Así surgió la conspiración, que creció hasta convertirse en una avalancha destinada a aplastar esa cabeza sagrada. Cristo había asestado un golpe duro a todo lo que era vil en la naturaleza humana, pero la vileza era la fuerza más poderosa, ante la cual incluso Dios debía ceder mientras permaneciera en la tierra. Pero, incluso al ceder, Él venció: la muerte le otorgó la palma de la victoria.

Entre el primer y segundo acto hubo una escena representativa: “José vendido por sus hermanos”. Con gran cuidado, cada incidente importante de la obra era ilustrado por un acontecimiento correspondiente del Antiguo Testamento, representado mediante una escena, con el fin de mostrar la estrecha conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y así cumplir las palabras: “para que se cumplan todas las cosas escritas”.

Por fin, el telón se levantó de nuevo y reveló al Sanedrín reunido para el juicio. Allí estaban los líderes del pueblo de Israel, y también de Oberammergau. En medio se encontraba Caifás, el sumo sacerdote, jefe del Sanedrín, alcalde de Ammergau y director principal de la obra de la Pasión. A su derecha e izquierda estaban los miembros más ancianos de la comunidad de Ammergau: un anciano de rostro excepcionalmente hermoso y larga barba blanca, como Anás, y el sacristán, una figura imponente, como Natanael. A ambos lados, en un amplio círculo, se encontraban los hombres más importantes de la parroquia, vestidos como sacerdotes y fariseos. ¡Qué rostros! ¡Qué figuras! El alcalde, Caifás, se levantó y, con un breve discurso, dio inicio a la discusión. Pobre Hijo…

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Dios, ¿cómo te las arreglarás en presencia de este poderoso de la tierra? El alcalde era el prototipo del sacerdote fanático y ambicioso, no un fanático ciego e insensato; más bien, era el representante de la jerarquía aristocrática, los hombres distinguidos de mayor inteligencia y cultura. Un rostro rígido como si estuviera tallado en piedra, pero animado por una inteligencia de superioridad diabólica, que nunca se reconocería vencida, que ningún terror podría intimidar, ninguna maravilla deslumbrar ni ningún sufrimiento conmover. Alto y apuesto en plena madurez, con ojos cuyas miradas penetraban como jabalinas, una tiara en su cabeza orgullosa, vestido con toda la pompa de la dignidad sacerdotal oriental; cada adorno que sonaba al moverse era símbolo de su naturaleza arrogante e implacable; cada movimiento de sus delicadas manos blancas, cada pliegue de su manto artísticamente dispuesto, cada cabello de su barba fluente eran prueba de ese dominio consciente y perfecto de los rituales externos, propio de quienes están acostumbrados a interpretar un papel cuidadosamente planeado ante el público. Así se erguía, terrible pero fascinante, repulsivo pero atractivo; incluso para el ojo entrenado de un artista capaz de apreciar esa magistral combinación de influencias tan contradictorias, resultaba verdaderamente cautivador.

Ese fue el efecto que produjo en la condesa Wildenau. La sensación de indignación provocada por la humillación incomprensible del divino mártir casi la tentó a ponerse del lado del enemigo decidido que defendía valientemente su honor con el de su dios. Una mujer de corazón noble no puede resistirse a la influencia de la virilidad intelectual genuina, y hasta que el martirio de Cristo se convirtió en heroísmo, el sumo sacerdote firme e inquebrantable ejerció sobre la condesa un encanto irresistible. El dominio consciente, el genio del intérprete, la perfección de su actuación despertaron y capturaron el interés artístico de esta mujer culta. Y como entre la gente de Ammergau el individuo y el actor no son dos personajes separados, como ocurre entre los artistas profesionales, ella sabía que el hombre frente a ella también poseía una naturaleza elevada. A medida que aumentaba el halo de Ammergau, el espíritu que gobernaba todo ganaba aún más influencia. El sacristán también era una figura imponente, como Natanael, el segundo sumo sacerdote, quien, con toda la fuerza de la superioridad farisea y la sofistería, aparecía como acusador de Cristo. La elocuencia de estos dos jueces fue superada, y en medio de las olas de pasión, Anás, con su venerable dignidad, lanzó con mano firme el ancla afilada de una resolución fría e implacable. Era una asamblea imponente y siniestra ese gran Sanedrín, y todo espectador sentía involuntariamente ese temor constante.

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Inspirado por un círculo de déspotas crueles y severos. Pobre Cordero, ¿cuál será tu destino?

El destino siguió su curso. En el acto siguiente, Cristo anunció a sus discípulos su inminente muerte. Ahora parecía que llevaba sobre su frente un yelmo invisible de victoria, sobre el cual descansaba la paloma del Espíritu Santo con las alas extendidas. Ahora Él era el héroe: el héroe que eligió la muerte. Sin embargo, la humildad se manifestaba en toda su actitud, era la marca de su ser; esa humildad que perdona a los demás pero no tiembla por sí misma. Una nueva percepción surgió en la condesa: ser fuerte y al mismo tiempo gentil era la más alta nobleza del alma; y como aquí también el carácter y quien lo encarnaba eran uno, supo que los hombres ante ella poseían esos atributos: fuerza y gentileza. Ahora su espíritu rebelde finalmente se ablandó y anheló acogerlo en su corazón para expiar la injusticia de la raza humana. Agradeció a Simón por haber recibido al condenado bajo su techo hospitalario.

“Sí, ámalo… ¿Yo también debo amarlo?”, quiso gritarles a quienes lo atendían. Pero cuando María Magdalena lo tocó y ungió, ella desvió la mirada, pues le envidiaba ese privilegio y pensaba en su pobre y hermosa penitente en casa. Cuando Él dijo: “Levántate, Magdalena. La oscuridad se cierne y las tormentas invernales arrecian. Pero ten consuelo: ¡al amanecer, en el jardín de primavera, me volverás a ver!”, lágrimas brotaron de sus ojos. “¿Cuándo amanecerá ese día en que pueda saludarte… en el jardín de primavera, con un amor redentor?”, preguntó una voz en su corazón.

Pero cuando María apareció y Cristo se despidió de su madre —cuando esta se inclinó sobre el pecho de su divino hijo y Él la consoló con una voz cuya dulzura ningún oído había escuchado jamás—, una sensación que ella nunca había experimentado se apoderó de ella: no era ni envidia ni celos, sino solo un anhelo doloroso: “¡Ojalá estuviera en su lugar!”

Y cuando Cristo dijo: “Ha llegado mi hora; ahora mi alma está angustiada. ¿Qué diré? Padre, sálvame de esta hora; pero por esto vine a esta hora”, María, recordando las palabras de Simeón, exclamó: “Simeón, tu predicción —‘una espada también atravesará tu propia alma’— ¡ahora se ha cumplido!”. La condesa, por primera vez, comprendió el significado de

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Imágenes de María con las siete espadas en su corazón; la suya propia sangraba por la intensidad de su angustia. Ahora, abrumado por la emoción, Él extendió nuevamente sus brazos: “Madre, madre, recibe la ferviente gratitud de tu hijo por todo el amor y fe que has prodigado durante los treinta y tres años de mi vida: Adiós, querida madre”.

La condesa sentía que ya no podría soportarlo más; que debía hundirse en un mar de tristeza y anhelo.

“Hijo mío, ¿dónde podré verte de nuevo?”, preguntó María.

“Allí, querida madre, donde se cumplirán las palabras de las Escrituras: ‘Es llevado como cordero al matadero, y como oveja ante sus esquiladores permanece callado, sin abrir la boca’”. Entonces, mientras los demás lloraban por la calamidad inminente, Cristo dijo: “No os dejéis vencer en la primera lucha. Confíaos en mí”. Y, mientras hablaba, el alma amorosa supo que podía apoyarse en Él y estar segura.

Él se alejó. Sereno, noble, pero humilde, se dirigió a enfrentar su muerte.

Cayó el telón; pero esta vez no hubo intercambio de saludos desde las butacas. Los rostros de quienes estaban allí estaban cubiertos para ocultar las lágrimas de las cuales se avergonzaban, pero que no podían contener.

La condesa y su compañera permanecieron en silencio. La frente de Madeleine descansaba sobre su mano; el príncipe se secaba en secreto los ojos.

“Pueblo de Dios, he aquí que vuestro Salvador está cerca. El Redentor, prometido desde hace tiempo, ha llegado”, cantó el coro. Al levantarse el telón, se vio a Cristo y a sus discípulos de camino a Jerusalén. Era el momento en que Cristo lloró por Jerusalén. Lágrimas de la más profunda angustia, capaces de penetrar el corazón de un Dios; lágrimas por los pecados del mundo. “¡Jerusalén, Jerusalén, si tan solo hubieras sabido, aunque fuera en este día tuyo, qué cosas son necesarias para tu paz! Pero ahora están ocultas a tus ojos”.

Los discípulos rogaron a su Maestro que no entrara en la ciudad hostil y así evitar el crimen que estaba destinada a cometer. O que entrara y se mostrara en toda su poder, para juzgar y recompensar.

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“Hijos, lo que deseen se cumplirá a su debido tiempo, pero mis caminos son ordenados por mi Padre. Así dice el Señor: ‘Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos’”.

Y, fiel y obediente, siguió el camino de la muerte. Solo Judas se quedó atrás, resuelto a abandonar esa grandeza caída que no prometía ningún beneficio terrenal y que traería peligro y desgracia a sus seguidores. En ese estado de ánimo fue encontrado por Datan y Andrés Gross, quienes buscaban un instrumento para la venganza de los cambistas. Al encontrarlo en Judas, lo llevaron ante el Sanedrín.

Un cuadro impresionante y conmovedor dio inicio a un nuevo período: la recolección del maná en el desierto, que alimentó a los niños hambrientos de Israel. Luego vino otro: la enorme racima de uvas de Canaán. “El Señor alimentó milagrosamente a la multitud en el desierto con el maná y alegró sus corazones con las uvas de Canaán, pero Jesús nos ofrece un banquete aún más rico desde el Cielo. ¡Del misterio de Su cuerpo y sangre fluye la misericordia y la salvación!”, cantó el coro. La cortina se levantó de nuevo: Cristo estaba cenando con Sus discípulos. Les dirigió palabras de tranquilo adiós. Pero ellos aún no comprendían del todo, pues preguntaron quién sería el primero en Su reino celestial.

Su única respuesta fue quitarse su prenda superior, ceñirse con dignidad divina una tela alrededor de sus caderas y arrodillarse para prestar a los discípulos el servicio más humilde: lavarles los pies.

La raza humana observaba con asombro sin aliento; grupos invisibles de ángeles descendían, mientras que los demonios del orgullo y la rebeldía en la naturaleza humana huían y se escondían en los rincones más profundos de sus corazones perturbados.

Sí, el alma fuerte de aquella mujer, que al principio se había rebelado contra la paciencia del Dios sufriente, ahora lo comprendió. También a ella llegó la luz, tal como Él lo había prometido. Y, gracias al sentimiento omnipotente que la llevó a los pies de Aquel que se arrodillaba para prestar el servicio más humilde a los más pequeños de Sus discípulos, percibió la divinidad de la humildad.

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Ya había terminado. Se levantó y se puso su prenda superior; se irguió hasta alcanzar toda su altura y miró alrededor del círculo: “Ahora estáis limpios, pero no todos”. Su mirada se posó tristemente en Pedro, quien antes de que cantara el gallo lo negaría tres veces, y en Judas, quien lo traicionaría por treinta monedas de plata.

Luego volvió a sentarse. Y así como la premonición de la muerte inminente transforma incluso al ser mortal más común y ilumina el alma que lucha en el momento de su separación del cuerpo, así también Dios transformó la forma terrenal del “Hijo del Hombre” y se hizo cada vez más visible en su rostro pálido, antes de dejar ese frágil envoltorio que había elegido como morada temporal. Y así como el moribundo reparte sus bienes entre sus herederos, Él legó los suyos. Pero no tenía nada que dar, salvo a Sí mismo. Así como la nube se disuelve en millones de gotas de lluvia que la tierra sedienta bebe, Él se dividió en millones de átomos que, a lo largo de los siglos, iban a refrescar a millones de seres humanos con el banquete del amor. Su cuerpo y su sangre eran su legado. Los dividió en innumerables partes para distribuirlas entre innumerables herederos, pero seguían siendo uno solo, y cada parte era el todo para todos. Pues así como un elemento permanece una gran unidad, sin importar en cuántos átomos se disuelva —el agua sigue siendo agua ya sea en gotas individuales o en el océano, el fuego sigue siendo fuego ya sea en chispas o en una conflagración—, así Cristo sigue siendo Cristo en las gotas del cáliz y en las partículas del pan, así como en Su persona original, porque Él también es un elemento, el elemento de la divinidad.

Así como los parientes se arrodillan alrededor de la cama de un ser querido que está muriendo, mojan su mano con lágrimas y hacen la última súplica: “Perdónanos, si en algún momento te hemos herido”, así miles de espectadores anhelaban arrodillarse, y no había ninguno que no deseara besar aquella mano maravillosa que repartía el pan y gritar: “Perdónanos nuestros pecados”. Pero como el respeto hacia el moribundo impide los lamentos fuertes, los espectadores se contuvieron para no sollozar en voz alta y perturbar así la paz divina que reinaba en la frente del Conquistador.

El destino ahora seguía implacablemente su curso. Judas vendió a su maestro por treinta monedas de plata, y estas le fueron pagadas ante el Sanedrín. Las monedas resonaban sobre la mesa de piedra donde se contaban.

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Parecía como si ese sonido claro y agudo atravesara el mundo, como el filo de una guadaña destinada a segar las cosas más sagradas.

Los sacerdotes se regocijaban; había alegría en el campamento de los enemigos. Todo lo que la arrogancia y el orgullo humano podían lograr, ahora se manifestaba triunfalmente en Caifás. El sacerdote, dueño de un poder secular tan grande, estaba tan firme en su posición que nada podía derrocarlo… ¡Y Jesús de Nazaret debía morir!

Llegó así la tarde en que Cristo fue con los doce discípulos al Monte de los Olivos para esperar su destino.

“Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que también él te glorifique. He completado la tarea que me diste: he dado a conocer tu nombre a los hombres. Padre, santifícalos por medio de tu verdad, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti”.

Subió a esa montaña solitaria, rodeada de olivares, para pasar por la última agonía, la agonía de la muerte, que afectó incluso al Hijo de Dios mientras aún estaba sujeto a las leyes del cuerpo humano.

“Padre, si es tu voluntad, que pase este cáliz de mí”.

En ese momento, la actuación de Freyer alcanzó su punto más alto; ya no era una simulación, sino realidad. El sudor caía en gotas ardientes desde su frente, y las lágrimas brotaban de sus ojos. “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya… tu santa voluntad”. Con las manos temblorosas, se arrojó al suelo, ocultando su rostro bañado en lágrimas: “Padre… tu hijo… escúchalo”.

La multitud respiraba cada vez con más dificultad; las lágrimas fluían más rápidamente. El corazón de toda la humanidad se conmovió ante ese grito angustiado: “¡Oh, pecados de la humanidad, me aplastáis! ¡Oh, carga terrible… cáliz amargo!”

Fue con esta angustia que el Hijo de Dios se acercó por primera vez a la raza humana. Fue en medio de este sufrimiento cuando se inclinó ante los mortales, para que pudieran abrazarlo con amor, como a un hermano mortal. Y así ocurrió en ese momento también. Querían arrastrarlo de la cruz amenazante, defenderlo…

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Con sus propios cuerpos, intentaron comprar su liberación a cualquier precio… Pero ya era demasiado tarde; esa arrepentimiento debería haber surgido varios siglos antes.

La hora de la tentación había pasado. Los discípulos se habían dormido y lo dejaron solo… Pero el ángel del Señor lo consoló, ese ángel que Dios envía a todo aquel que es abandonado por los hombres. Él volvió a ser quien era: el Conquistador del Mundo.

Judas llegó con los soldados y presionó esos labios dulces en los cuales el mundo hubiera querido colgarse, sumido en una felicidad egoísta… El beso del traidor.

“Judas, ¿puedes tocar esos labios sin arrodillarte a los pies de aquel a quien has traicionado?”, gritó una voz en el corazón de Magdalena von Wildenau. “¿Puedes besar esos labios que soportan tan pacientemente esa caricia mortal, sin que tu odio se convierta en amor?” Ah, solo lo divino puede reconocer lo divino; solo las naturalezas compasivas se atraen entre sí. Judas es el símbolo del mundo impío, que ya no percibiría la presencia de Dios, incluso si este regresara a la tierra. Los soldados, hombres robustos, cayeron al suelo mientras Él se erguía ante ellos diciendo: “¡Yo soy Jesús de Nazaret!”. Y tuvo que decir: “¡Levantaos! ¡No temáis!”, para que pudieran llevar a cabo su tarea… Pero Judas permaneció impasible y lo entregó.

Cristo era prisionero y descendía paso a paso hacia la más profunda ignominia. Pero, por más que lo arrastraran por un lodazal de vileza y brutalidad, de un juicio a otro, nada le quitaba la majestad del Redentor. Y si sus palabras estaban llenas de poder, ¡su silencio también lo estaba! Frente al Sanedrín, frente a Herodes y, finalmente, frente a Pilato, Él era el rey; los poderosos de la tierra eran insignificantes ante Su presencia.

“¿Quién sabe si este hombre no es hijo de algún dios?”, murmuraron los romanos politeístas… y retrocedieron ante el misterio que rodeaba al Silencioso.

La impresión que se produjo aquí se debió únicamente a la imponente calma de Freyer y a sus ojos sobrenaturales. La mirada que lanzó a Herodes cuando este le ordenó realizar un milagro: oscurecer la sala del tribunal o transformar un rollo de papiro en una serpiente… Esa mirada, llena de dignidad y ternura, lo dejó petrificado.

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Sobre el pobre y miope hijo del polvo se produjo un milagro aún mayor que todos los trucos de magia de los magos egipcios.

Pero precisamente ese silencio, esa superioridad, llenaron al sacerdote de una furia desbordante y aceleraron su perdición, a la cual él se negó a oponer siquiera una palabra.

Es cierto que Pilato intentó salvarlo. El romano humano, con su porte aristocrático, tal como Thomas Rendner lo representó con maestría, contrastaba notablemente con los sacerdotes sombríos y fanáticos; pero no era hombre de medidas violentas, y los líderes furiosos supieron presentarle esta alternativa. El deseo de conciliación, refugio de todas las almas débiles que retroceden aterrorizadas ante las catástrofes, ya le había arrancado una concesión vergonzosa: permitió que el Inocente fuera entregado al látigo.

Con los dientes apretados, los espectadores vieron cómo la forma casta, atada al poste y manchada de sangre, temblaba bajo los latigazos del verdugo, sin que de sus labios silenciosos saliera ni un murmullo de queja. Y cuando “ya había tenido suficiente”, según ellos decían, lo colocaron en una silla, le pusieron un manto real y colocaron un cetro de cañas en la mano del falso rey. Pero Él permaneció mudo. Los torturadores se enfurecían cada vez más: querían satisfacción, regodearse en los gemidos de la víctima; le dieron un golpe en la cara, luego otro. Cristo no se movió. Lo empujaron de la silla hasta que cayó al suelo; nadie olvidaría jamás esa figura hermosa y patética… ¡pero seguía en silencio! Entonces uno de los verdugos trajo una corona hecha de espinas enormes; lo levantaron de nuevo y colocaron sobre su frente la diadema del mártir. Las espinas afiladas no encajaban en su cabeza noble, así que sus torturadores tomaron dos palos cruzados y con ellos forzaron la corona de espinas tan abajo en su frente que brotaron gotas de sangre. Cristo temblaba bajo el agudo dolor… pero seguía en silencio. Luego lo sacaron, cubierto de sangre, como espectáculo para la multitud.

De nuevo, Helios, arriba, soltó las riendas de sus veloces corceles; pensó en todos los horrores de la historia de su divina Casa, en las Danaides, en Prometeo encadenado y en otros también, pero no logró recordar nada comparable a esto, y odió a la raza humana. Volviendo el rostro, guió lentamente a sus cansados caballos hacia abajo, desde el cenit.

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La brisa vespertina soplaba frío sobre el escenario de agonía.

Un tumulto furioso llenó las calles de Jerusalén. Los sacerdotes conducían a la multitud enfurecida hacia la casa del gobernador, avivando su ira con palabras y gestos. Caifás, Natanael, los fanáticos del judaísmo —Anás y Ezequiel—, cada uno al frente de una turba, avanzaron desde tres calles en una multitud abrumadora. La plebe se agitaba como un mar enfurecido, y en medio de ella se erguía la imponente figura de Caifás, el sumo sacerdote, que, sin necesidad de armas, dominaba a todos con su palabra y su mirada.

“¡Deshazte de eso! ¡Arroja de ti el yugo del tentador!”

“Él ha despreciado a Moisés y a los profetas; ha blasfemado contra Dios… ¡A la cruz con ese falso Mesías!”

“Que caiga maldición sobre todo aquel que no vote por su muerte; que sea privado de los derechos hereditarios de nuestros antepasados.”

Así, los cuatro líderes lanzaron sus consignas como teas entre la multitud, y el fuego de la revuelta se extendió rápidamente.

“El nazareno debe morir; exigimos justicia”, rugió la gente. Nuevas masas seguían llegando constantemente. “¡Oh, día más hermoso de Israel! Hijos, sed resueltos… Amenacen con una insurrección general. El gobernador quería escuchar la voz del pueblo; ¡que la escuche!”, gritó Caifás, y su pasión avivó aún más la furia de la multitud. Todos avanzaron hacia la casa de Pilato. Las puertas se abrieron y el gobernador salió. El rostro apuesto y clásico del romano expresaba un profundo desdén mientras observaba a la multitud frenética. Detrás de él apareció la encarnación de la tristeza: la imagen por excelencia, el Ecce Homo, que todos los artistas del mundo han intentado representar, pero sin jamás lograr plasmar completamente su esencia. Ahí estaba, personificado, ante los ojos de todos; incluso la voz del gobernador tembló cuando señaló hacia él.

“¡Mirad qué hombre!”

“¡Crúzalo!”, fue la respuesta.

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Pilato intentó darle a la furia de la multitud otra víctima: el criminal Barrabás fue llevado ante ellos y puesto frente a Cristo. ¡El más vil de los seres humanos y el más noble! Pero ese espectáculo no los conmovió, pues la paciencia y serenidad del Mártir expresaban una grandeza que los avergonzaba a todos, y eso era la ofensa intolerable. La visión del cuerpo flagelado y sangrante no aplacó su venganza, porque veían que su espíritu no estaba quebrantado. Era necesario someterlo, para que no se levantara en juicio contra ellos; habían ido demasiado lejos, la víctima maltratada era una afrenta para ellos… No podía permitírsele seguir viviendo.

“¡Liberen a Barrabás! ¡A muerte el nazareno, crucifíquenlo!”

En vano el gobernador trató de convencer al pueblo. El hombre frío y cauteloso era demasiado débil para desafiar esas fuerzas del odio; deseaba salvar a Cristo, pero no quería llevar a los fanáticos a extremos. Así que cedió, pero la tristeza con la que lo hizo, “para evitar una desgracia mayor”, lo eximió de la terrible culpa cuya maldición lanzó sobre los líderes.

La expresión con la que pronunció la sentencia, al decir: “¡Entonces tómennlo y crucifíquenlo!”, refleja la tristeza del hombre culto por la belleza eterna.

La multitud sanguinaria estalló en gritos de júbilo cuando les entregaron a su víctima; ahora podían satisfacer su venganza en Él. “¡A Gólgota! ¡Allí, con él, al lugar de los cráneos!”

Cristo… y Tu sacrificio es por estos. Ay, llegará el día, aunque quizás no hasta dentro de miles de años, en que comprenderás que no eran dignos de él. Pero ese será el día del juicio.

Una multitud se abrió paso por las calles de Jerusalén; en medio de ellos estaba el condenado, cargado con el instrumento de su propio martirio.

En un rincón, entre la gente, estaba María, rodeada de un grupo de amigos; la madre veía cómo empujaban a su hijo hacia adelante, como a una bestia que, al caer, es obligada a levantarse con látigos y presionada hasta que queda sin vida.

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Muy arriba, en los cielos abovedados, velados por la oscuridad de la noche, los dioses susurraban entre sí con horror secreto mientras contemplaban esa escena sin precedentes. Por más que la vieran, nunca podían creerla.

La procesión se detuvo frente a una casa: Cristo cayó al suelo.

Un hombre salió y lo empujó desde el umbral.

“Aquí no hay lugar para que descanses”.

¡Ajasuero! El sufriente miró al hombre con la mirada de un ciervo moribundo: una sola mirada muda de agonía. Pero aquel hombre ya nunca encontró paz en la tierra; fue expulsado de todo lugar donde pudiera descansar, de un lugar a otro, perseguido sin cesar a través de los siglos, vagando para siempre.

“Morirá en el camino”, gritó el primer verdugo. Cristo se arrastró unos pasos hacia adelante y cayó por segunda vez.

“¡Continúen golpeándolo!”, gritaron los fariseos y la gente.

“¡Oh! ¿Dónde está el dolor igual al mío?”, gimió María, cubriéndose el rostro.

“Está demasiado débil; alguien debe ayudarlo”, dijo el verdugo. No se le podía permitir morir allí; la gente tenía que verlo en el poste de tortura.

Su rostro estaba cubierto de sudor y sangre; lágrimas brotaban de sus ojos, pero sus labios mudos no pronunciaron palabra alguna de queja. Entonces sus amigos se atrevieron a acercarse para ofrecerle toda la ayuda posible. Verónica le ofreció su pañuelo para que se limpiara el rostro; cuando él se lo devolvió, estaba manchado de sudor y sangre, y en él se veía el retrato que, a lo largo de los siglos, ha ejercido la mágica fuerza del sufrimiento en las leyendas y en el arte.

Simón de Cirene tomó la cruz del cuerpo postrado para llevarla en su lugar hasta el Gólgota. Las mujeres de Jerusalén lloraban. Cristo estaba de pie junto a…

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Cansado junto al camino, pero cuando vio a las mujeres con sus hijos, las últimas palabras de tristeza por sus seres queridos perdidos surgieron de su corazón hasta sus labios:

“Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestros hijos”.

“Pues he aquí que vienen días en los cuales se dirá: ¡Benditas las estériles, y los vientres que nunca dieron a luz, y las madres que nunca amamantaron!”.

“Entonces comenzarán a decir a las montañas: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos!”.

“Porque si hacen esto con un árbol frondoso, ¿qué se hará con uno seco?”

“¡Alejad a las mujeres! ¡No le perdonéis más! ¡Allí, al lugar de la ejecución!”, ordenaron los sacerdotes.

“¡A Gólgota! ¡Crucifíquenlo!”, rugió la multitud. Las mujeres fueron alejadas; otro mensaje del gobernador fue ignorado, y la procesión siguió avanzando hacia la muerte.

Pero María no lo dejó. Junto con unos pocos amigos fieles, se unió a la marcha de sufrimiento de su hijo, pues la firmeza del amor materno era tan grande como su angustia.

Había un susurro y un murmullo en el aire, como si las valquirias y los dioses de Grecia estuvieran consultándose si debían ayudar al Hijo del Hombre. Pero eran impotentes; el reino del dios cristiano estaba cerrado para ellos.

La escena cambió. El coro, vestido con capas negras de luto, apareció y comenzó el canto fúnebre por el Dios moribundo. El sencillo cántico recordaba una antigua canción anglosajona sobre la cruz, compuesta en el siglo VII por el skald Caedmon, y que durante más de mil años permaneció enterrada en el misterioso hechizo de las runas.

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[4]Creí ver un árbol suspendido en el aire,
el más brillante de todos los árboles, cubierto de rayos de luz;
era como una antorcha que relucía con tonos dorados.

Todos los ángeles lo contemplaron,
huestes angelicales creadas en belleza.
Pero no era un símbolo de vergüenza.
Hacia allí dirigieron su mirada
los espíritus benditos,
y también los peregrinos terrenales
de naturaleza más noble.
Vi ese árbol de la victoria,
ese árbol cargado de pecados.

Sin embargo, entre aquel brillo dorado
había signos de honor.
Por el lado derecho
goteaban gotas rojas.
Asustado y temblando,
noté cómo esa visión en vuelo
cambiaba repentinamente de color.

Permanecí largo rato reflexionando,
mirando con tristeza
la cruz del Salvador.
De repente, escuché un susurro junto a mi oído;
estas eran las palabras
que pronunció el bosque:

“Hace muchos años,
aún lo recuerdo bien:
fui derribado.
El oscuro bosque interior
fue arrancado de mis raíces;
hombres rudos me llevaron,
con sus fuertes hombros musculosos,
por la empinada ladera de la montaña,
hasta que, arriba, en la cima,
me fijaron firmemente allí.

“Vi cómo el hombre, con gran prisa,
se acercaba para colgarme;
no me atreví a doblarme ni a romperme,
pues así estaba destinado,
aunque la tierra temblara a mi alrededor.

“Entonces, el joven héroe,
que era Dios Todopoderoso,
fuerte y sereno,
subió a esa alta horca.”

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Inmune al miedo ante tantos espectadores,
pues quería salvar a la humanidad.
Temblé cuando aquel “oso” se subió sobre mí,
pero no me atreví a postrarme en el suelo.

Allí colgaba el Señor de los Ejércitos;
nubes oscuras velaban su cadáver,
la luz del sol desapareció
bajo sombras densas.
Mientras en silencio sombrío
toda la creación lloraba
la caída de su rey.
Cristo estaba en la cruz…
Desde lejos,
la gente acudía apresuradamente
para ayudar al noble.

Todo lo que vi me llenó de profundo dolor;
sin embargo, con humildad me incliné
ante las manos de sus siervos,
esforzándome al máximo por ayudarlos.

Ahora, desde la cruz,
el Dios poderoso,
traspasado por lanza y cubierto de sangre,
fue bajado con cuidado por los hombres;
lo tendieron, agotado,
se pararon junto a su cabeza sin vida,
mirando al Señor del Cielo.
Allí descansó un rato,
cansado tras su ardua lucha por la vida.

Ese fue el canto de Caedmon, grande entre los escritores de runas,
en el siglo séptimo después de la muerte del Salvador. Ahora, doce siglos después,
vivió de nuevo, y el terrible acontecimiento se repitió una vez más,
tal como lo había cantado el bardo, tal como ocurrió hace casi dos mil años.

¿Qué es el espacio, qué es el tiempo para algo que está arraigado en el amor?

El lamento del coro se había extinguido. Un sonido extraño detrás del telón acompañaba los últimos versos: el sonido de un martillo… ¿Sería posible? No, sería demasiado horrible. El público lo escuchaba, pero no quería creerlo. Un silencio mortal reinaba en el teatro; los golpes del martillo se hacían cada vez más nítidos… El telón se levantó… Allí yacía Él, con Sus…

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Los pies dirigidos hacia los espectadores, apoyados planamente en la cruz. Y los verdugos, con golpes fuertes, clavaron clavos en Sus miembros; atravesaron aquellas manos bondadosas que nunca habían hecho daño a ninguna criatura viva, pero que dondequiera que se posaran con delicadeza, curaban todas las heridas y calmaban toda pena; los pies que habían sostenido la forma divina con tanta ligereza que parecía flotar sobre la arena ardiente de la tierra y las olas embravecidas del mar, siempre en una misión de amor. Ahora yacía sufriendo en el suelo, extendido sobre las maderas malditas—medio entumecido, como un ciervo herido. A la derecha e izquierda estaban las cruces más bajas de los dos criminales. A esos hombres solo les ataron los brazos a las vigas de la cruz con cuerdas; solo sus pies fueron fijados con clavos. Cristo fue el único clavado por ambas manos y pies, porque a los fariseos los atormentaba el presentimiento de que no podía ser completamente matado. De haberlo osado, lo habrían despedazado y dispersado sus fragmentos a los cuatro vientos, para asegurarse de que no resucitaría al tercer día, como había predicho.

Los verdugos habían terminado de atar a los ladrones. “Ahora el Rey de los judíos debe ser levantado”.

“¡Levantad la cruz! ¡Agarraos!”, ordenó el capitán. Los espectadores contuvieron la respiración, ¡todos los corazones se detuvieron! Los cuatro verdugos la agarraron con sus brazos fuertes. “¡Arriba! ¡No soltéis!”

La cruz era pesada; los hombres jadeaban, apoyando los hombros contra ella—sus venas se hinchaban—otro tirón—se balanceaba—“¡Aguantad firme! ¡Otra vez—¡dad todo vuestro esfuerzo!” Y con un movimiento amplio se elevó hacia arriba—todos retrocedieron temblando ante aquel espectáculo horrible.

“¡No es posible! ¡No puede serlo!” Pero sí lo era, ¡podía serlo! El horror sacudía a los espectadores, sus miembros temblaban. Uno se aferraba al otro, como si quisieran evitar caer. Se elevaba, la cruz se elevaba por encima del mundo. Más alto… más cerca… “¡Apoyaos en ella—¡no soltéis!”

Quedó erguida y firme.

Allí colgaba la figura divina, pálida y demacrada. Los clavos atravesaban las manos y los pies sangrantes—y el ojo que preferiría negarlo se veía obligado a presenciarlo; el corazón que hubiera querido impedirlo, estaba…

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Forzada a soportarlo. Pero ya no se podía aguantar esa escena: el dolor, reprimido con tanto esfuerzo, encontró salida en sollozos fuertes; las manos, temblorosas por un frío febril, se unieron con el mismo sentimiento de amor devoto. Una compasión indescriptible se derramó en interminables lluvias de lágrimas, y las rosas se acumularon en una nube de melancolía pensativa alrededor de la cabeza del Crucificado para aliviar Su angustia mortal. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la escena y ganaron fuerzas para mirarla. La gracia divina impregnó su cuerpo delgado; y —como la belleza eterna reconcilia cielo e infierno y transforma las cosas más terribles— el horror se fue convirtiendo gradualmente en admiración devota ante la perfecta belleza humana que se revelaba en su reposo casto y majestuosidad ante sus ojos maravillados. La condesa había juntado las manos sobre su pecho. El mundo parecía estar debajo de ella, como si flotara junto a Él en la cruz. Ya no sabía si él era un hombre o el propio Cristo; solo sabía que el universo no contenía nada más que aquella forma.

Sus ojos estaban fijos en aquella visión sobrehumana; lágrima tras lágrima rodaba por sus mejillas. El príncipe la miraba con ansiedad, pero ella no se daba cuenta; estaba hechizada. Si tan solo pudiera morir ahora… morir a los pies de la cruz, dejar que su alma se elevara como una nube de incienso hacia Él.

La oscuridad se iba apoderando de todo. Los murmullos y susurros en el aire se acercaban cada vez más… ¿Eran las valquirias, reunidas tristemente alrededor del héroe que despreció la ayuda? ¿Eran las alas del ángel de la muerte? ¿O era un grupo de aves sagradas que, según la leyenda, intentaban arrancar los clavos que sujetaban al Salvador a la cruz, hasta que sus picos débiles se deformaron y recibieron el nombre de “picos de cruz”?

El que sufría arriba permanecía tranquilo y silencioso. Solo Sus ojos brillantes hablaban, hablaban a esas fuerzas invisibles que rondaban a Su alrededor en la hora final.

Debajo de Su cruz, los soldados echaban suertes por Sus vestiduras; los sacerdotes se regocijaban; el cinismo brutal observaba con codicia feroz, esperando que la víctima cayera en sus garras, mientras gritaban burlándose: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”.

Él confiaba en Dios; que Él lo liberara ahora, si así lo quería.

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“Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo. Muéstrame tu poder, orgulloso Rey de los judíos”.

El agonizante giró dolorosamente la cabeza.

“Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen.”

Entonces uno de los malhechores, incluso en su propia agonía mortal, casi se burló de Él, pero el otro lo reprendió: “Nosotros recibimos la recompensa merecida por nuestras acciones; pero este hombre no ha hecho nada malo”. Luego añadió suplicante: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas a tu reino”.

Cristo dio esta noble respuesta: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Se escucharon nuevos gritos de burla por parte de los fariseos. “Él no puede salvarse a sí mismo, y sin embargo promete el reino de los cielos a otros”.

Pero el Salvador ya no oía nada; sus sentidos fallaban. Inclinó su cabeza hacia María y Juan. “Mujer, he aquí a tu hijo; hijo, he aquí a tu madre”.

Aparecieron los signos de la muerte inminente. Se volvió inquieto, luchaba por respirar; su lengua se pegaba al paladar.

“Tengo sed”.

Le entregaron una esponja empapada en vinagre sobre una lanza larga.

Bebió un sorbo, pero no se sintió aliviado. La agonía había alcanzado su punto máximo: “Eloi, Eloi, lama sabachthani”. Gritó desde lo más profundo de su corazón destrozado; un movimiento espasmódico recorrió su cuerpo noble en los últimos estertores de la muerte. Luego, con un largo suspiro, murmuró con los tonos de una arpa eólica: “¡Está consumado! Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Inclinó suavemente la cabeza y falleció.

Una vibración estruendosa sacudió la tierra. El carro de Helios rodó rugiendo hacia el mar. Los dioses huyeron, abrumados y dispersados por las huestes celestiales. El polvo se elevó del suelo y el humo…

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Desde los abismos, el aire se oscurecía. Las tumbas se abrieron y liberaron a sus ocupantes. En la poderosa angustia del amor, el Padre desgarra la tierra mientras arrebata de ella a la víctima que ha dejado demasiado tiempo a merced de una tortura despiadada. El falso templo se derrumbó, el velo se rasgó… y entre las llamas del Cielo, el corazón del Padre sale al encuentro del Hijo maltratado, paciente y obediente.

“¡Ven, tú pobre mártir!”, resonó anhelante por los cielos. “¡Ven, tú pobre mártir!”, repitieron todos los espectadores abajo.

Sin embargo, aún tenían que ver cómo el cuerpo amado era atravesado por una lanza afilada hasta que la sangre caliente brotaba… y parecía como si ese golpe llegara hasta el corazón de todo el mundo. También tenían que escuchar los aullidos de los lobos que discutían por el cadáver sagrado… pero finalmente, al alma torturada se le permitió descansar.

La mano del gobernador protegió el cuerpo sin vida y lo entregó a Sus seguidores.

La multitud se dispersó, aterrorizada por esos terribles presagios; los sacerdotes, pálidos de miedo, huyeron a su templo destruido. Gólgota quedó vacía. Las burlas y los insultos cesaron, el bullicio en la naturaleza se calmó… y la sagrada tranquilidad de la tarde cubrió a quienes quedaban. “Él ha cumplido su tarea… Ha entrado en el descanso del Padre”. Las gotas de sangre caían silenciosamente desde el corazón del Redentor sobre la arena. No se oía nada más que los sollozos ahogados de las mujeres al pie de la cruz.

Entonces, el amor compasivo se acercó… y nunca se cantó un himno de lealtad como el que se entonó en la hora siguiente. Ahora comenzaban a aparecer los primeros signos de ese amor cuya semilla se ha extendido por todo el mundo.

José de Arimatea y Nicodemo llegaron con escaleras y herramientas para bajar el cuerpo.

Subiendo, envolvieron el cuerpo inerte con largas tiras de lino blanco, cuyos extremos dejaron caer desde la cruz. Esos lienzos fueron tomados por los amigos abajo como contrapeso para bajarlo suavemente. José y…

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Nicodemo comenzó entonces a sacar los clavos con pinzas; se oía el crujido y la rotura de la madera, tan fuerte era el hierro.

María se sentó sobre una piedra, esperando resignadamente, con las manos juntas, a su hijo.

“Hombres nobles, traedme pronto el cuerpo de mi hijo”, suplicó suavemente.

Las mujeres extendieron una sábana a sus pies para recibirlo.

Por fin, los clavos fueron sacados y…

“Ahora, desde el patíbulo,
el Dios poderoso
hizo que lo bajaran con cuidado”.

Con cautela, uno de los amigos colocó los brazos rígidos del cadáver sobre los hombros del otro, para que no cayeran de repente. José de Arimatea abrazó el cuerpo: “Dulce y sagrado peso, descansa sobre mis hombros”.

Bajó la escalera con él. A medias llevado, a medias descendido con correas, el cuerpo sin vida se deslizó hasta los pies del instrumento de martirio.

Nicodemo extendió sus brazos hacia él: “Ven, sagrado cadáver de mi único amigo, déjame reciberte”.

Lo llevaron hasta María…

“Lo acostaron, exhausto,
se quedaron junto a su cabeza sin vida”.

Para que el hijo pudiera descansar una vez más en el regazo de su madre.

Ella abrazó entre sus brazos el cuerpo herido del hijo, nacido en angustia por segunda vez.

Magdalena se arrodilló a su lado. “Déjame besar una vez más la mano que tantas veces me ha bendecido”. Y con fervor casto, los labios de la Penitente tocaron la mano fría y herida del cadáver.

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Otra mujer se arrojó sobre Él. “¡Dios mío, una lágrima más sobre tu cuerpo sin vida!”. Y el susurro sollozante de amor sonaba dulce y reconfortante, como las campanas vespertinas después de una tormenta furiosa.

Pero los hombres permanecían en silencio, devotamente:

“Mirando al Señor del Cielo,
Él descansa allí un rato,
Cansado tras su ardua lucha por la vida”.

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CAPÍTULO VIII.
FREYER

La obra había terminado. “¡Cristo ha resucitado!” Rompió el sepulcro y arrojó a los guardias al polvo al ver Su radiante aparición. Se le apareció al Penitente como un simple jardinero “temprano en la mañana”, tal como lo había prometido, y finalmente se transfiguró y ascendió por encima del mundo, llevando en su mano la bandera de la victoria.

La multitud de personas salió del teatro cerrado al aire libre. No con ruido ni alboroto, como habían llegado; no, con reverencia y seriedad, como un cortejo fúnebre que se dispersa después de los funerales de algún hombre noble; silenciosamente, como la marea que retrocede tras una inundación causada por una tormenta. Eran las mismas personas, pero regresaban con un estado de ánimo muy diferente.

Los mismos vehículos en los que ayer los viajeros habían llegado de forma tan ruidosa, ahora los llevaban de vuelta, pero no se escuchaban gritos ni crujidos de látigos: los conductores sabían que debían comportarse como si sus carruajes estuvieran llenos de hombres heridos.

Y así era. Casi nadie estaba exento de sufrimiento, como si la lanza que atravesó el corazón del Salvador hubiera penetrado en el suyo propio; nadie no sentía las heridas del Crucificado en sus propias manos y pies. La tristeza que llevaban consigo era grande y divina; la atesoraban cuidadosamente, sin querer perder ni un ápice de ella, porque amamos la tristeza que sentimos por alguien querido… Y hoy habían aprendido a amar a Cristo.

Así, regresaron a casa.

Los últimos carruajes que se detuvieron frente a la entrada fueron los de la condesa y sus amigos. Los caballeros del cuerpo diplomático ya estaban abajo, esperando a que la condesa Wildenau les asignara sus asientos en los dos landós. Pero la dama seguía apoyada contra la columna.

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que sostenía un extremo de la caja. Se tapó los ojos con el pañuelo y, en vano, intentó contener las lágrimas. Su corazón latía violentamente, su respiración era corta y rápida; no podía dominar sus emociones.

El príncipe estaba frente a ella, pálido y silencioso; también sus ojos estaban enrojecidos por el llanto.

“¡Trate de calmarse!”, dijo con firmeza. “Las damas siguen en su palco; la duquesa parece esperar que vaya usted con ella. Una mujer mundana como usted no debería ceder así.”

“¿Llamarlo ceder?”, repitió Madeleine, sin darse cuenta de que el príncipe Emil también estaba conmovido. “Nunca nos entenderemos”.

En ese momento, las damas salieron de su palco y cruzaron el espacio que las separaba. Eran las últimas personas en el teatro. La duquesa, sin decir palabra, rodeó con sus brazos el cuello de la condesa von Wildenau. Sus damas de compañía también se acercaron con los ojos llenos de lágrimas. Cuando finalmente la duquesa soltó a su amiga, la baronesa susurró: “Perdóneme, le he hecho daño a usted y a muchos otros… Incluso ayer, perdóneme”. La misma súplica se reflejó en la mirada y en el apretón de manos de Su Excelencia mientras decía: “Quienquiera que vea esto debe arrepentirse de cada palabra despiadada que haya dicho alguna vez; nunca olvidaremos que lo hemos presenciado juntas”.

“Le agradezco, pero no le habría guardado rencor, incluso si hubiera sabido lo que ahora me ha confesado voluntariamente”, respondió la condesa, besando a las damas con labios secos y ardientes.

“¿Nos vamos?”, preguntó la duquesa. “De lo contrario, nos quedaremos encerradas”.

“Vendré enseguida… Le ruego, ¿podría Su Alteza ir primero? Me gustaría descansar un momento”, balbuceó la condesa, muy confundida.

“Está terriblemente alterada… Es normal; todos estamos así. La esperaré abajo y la llevaré en mi carruaje, si así lo desea. Podremos llorar juntas hasta saciarnos”.

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“Su Alteza es… muy amable”, respondió la condesa, sin saber bien qué decir.

Cuando el grupo bajó las escaleras, ella agarró con pasión el brazo del príncipe Emil: “Por el amor de Dios, ayúdame a escapar y no ir con ellos. No quiero, no puedo irme. Te lo ruego por todo lo sagrado, déjame quedarme aquí”.

“¡Entonces está decidido! Es exactamente lo que temía”, dijo el príncipe con un profundo suspiro. “Solo puedo rogarle que, por su propio bien, piense en las damas. Las ha invitado a cenar pasado mañana…”

“Lo sé… pídales disculpas por mí… diga lo que quiera… usted sabrá cómo arreglárselas… si alguna vez me ha amado, ¡ayúdeme! Vaya con las damas, entreténgalas para que no me echen de menos”.

“¿Y la magnífica ovación que los caballeros han organizado en su casa?”

“¿Qué me importa a mí eso?”

“Un templo encantador le espera en el Palacio Wildenau, ¿y usted se quedará aquí? Qué lástima perder las hermosas flores, que ahora se marchitarán en vano”.

“No puedo evitarlo. Por el amor de Dios, actúe rápido… ¡Alguien viene!” Temblaba de miedo, pero no era ningún miembro del grupo enviado a buscarla. Un hombre bajo, de rasgos claros, estaba a su lado; sus ojos astutos y leales se encontraron con los de ella. “Vi que todavía estaba aquí, condesa. ¿Puedo ayudarla en algo?”

“¡Gracias a Dios, es Ludwig Gross!”, exclamó la mujer emocionada, tomándolo del brazo. “¿Puede llevarme a la casa de su padre sin que nadie nos vea?”

“Por supuesto. Puedo guiarla hasta allí, si así lo desea”.

“¡Rápido, entonces! Adiós, príncipe… sea generoso y perdóneme”.

Ella desapareció.

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El príncipe era demasiado mundano como para traicionar sus sentimientos, ni siquiera por un instante. La corta distancia que había hasta la escalera le permitió tomarse el tiempo necesario para decidir qué hacer. La desgracia ya había ocurrido y ya no podía evitarse; pero afectaba únicamente a él. Su nombre y su posición debían mantenerse en secreto.

“¿Has venido sin la condesa?”, preguntó la duquesa.

“Debo disculparla, Alteza. La función ha alterado tanto sus nervios que hoy no puede viajar. Acabo de dejarla al cuidado de su casero, prometiendo no solo disculparme ante las damas, sino también procurar ocupar su lugar”.

“Oh, pobre condesa Wildenau”, dijo la duquesa con ternura. “¿No deberíamos ir en su ayuda?”

“Permítame recordarle a Su Alteza que no tenemos un momento que perder si queremos tomar el tren”.

“¡Es posible! Entonces debemos darnos prisa”.

“Sí… y creo que lo mejor para la condesa por ahora es descansar”, respondió el príncipe Emil, ayudando a las damas a subir al carruaje.

“Bueno, ¿la veremos en la cena del martes? ¿Podrá viajar mañana?”

“Oh, espero que sí”.

“Pero, príncipe Emil, ¿qué pasará con nuestras flores?”, preguntaron los caballeros.

“Oh, se quedarán hasta mañana”.

“Supongo que ella no sospecha nada”.

“Por supuesto que no. Y eso es mucho mejor, porque si lo hubiera sabido, sin duda habría ido hoy, a pesar de su enfermedad, y empeoraría aún más”.

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Los caballeros asintieron. “Aun así, es una lástima por las flores. ¡Ojalá pudieran permanecer frescas!”

“Ella hará que muchas flores se marchiten, y eso sí que merece ser lamentado”, pensó el príncipe con amargura.

“¿Vendrá con nosotros, príncipe?”, preguntó la duquesa.

“Si Su Alteza lo permite… ¿Irán al casino esta noche, como acordamos, caballeros?”, dijo mientras subía al carruaje.

“Yo no”, respondió el príncipe Hohenheim. “Confieso honestamente que no estoy de humor”.

“Ni yo”, dijo St. Génois. “Esto me ha hecho comprender algo: incluso el mejor circo del mundo estuviera aquí y yo no entraría. El alcalde de Ammergau tuvo razón al no permitir algo así”.

“Sí, retiraré todo lo que dije ayer; fui allí para reír y llorar”, comentó Wengenrode.

“Me ha quitado todo deseo de divertirme”, añadió Cossigny. “Hoy ya no me interesa nada más”.

Se inclinaron ante las damas y el príncipe y entraron en silencio en sus carruajes. El príncipe Emil ordenó al cochero de la condesa que regresara con la criada, quien estaba sentada escondida en un rincón, y se unió a la duquesa y sus compañeras.

Los carruajes se alejaron en direcciones diferentes: uno de vuelta a la casa de Gross, el otro hacia Múnich, donde los floristas trabajaban arduamente para decorar el palacio de Wildenau para recibir a su afortunado dueño, quien no llegaría.

Ludwig Gross guió a la condesa por el escenario ahora vacío. Le produjo una extraña emoción caminar por su suelo; en su reverente asombro, apenas se atrevía a mirar a su alrededor, hacia ese espacio vasto y sombrío. De repente, retrocedió ante un horror inesperado: la cruz estaba frente a ella.

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La agitación no pasó desapercibida para la aguda percepción de Ludwig Gross, y sin duda la comprendió; tales cosas no son algo nuevo para la gente de Ammergau. “Veré si la casa de Pilato sigue abierta; quizá le guste salir al balcón”, dijo, y se alejó para dejarla sola.

La condesa comprendió la consideración demostrada por aquel hombre compasivo. Arrodillada en la penumbra, se arrojó de cara contra la cruz, presionando sus labios ardientes sobre la madera dura que había sostenido el cuerpo noble, sobre las marcas dejadas también por los clavos que aparentemente habían penetrado en las manos del crucificado, sobre las manchas rojas causadas por sus heridas. Sí, se había hecho realidad: el milagro había ocurrido. La sangre artificial también poseía poder redentor.

Rara vez algún peregrino en Tierra Santa había depositado un beso más ferviente sobre la madera de la verdadera cruz que el que ahora se daba a la falsa.

Así, en tiempos remotos, Helena, la hermosa y orgullosa madre del emperador Constantino, pudo haberse arrojado allí, tras su largo viaje por mar, cuando finalmente encontró la cruz tan anhelada para abrazarla en la inefable alegría de haberla hallado.

Se acercaron los pasos de Ludwig, y la condesa salió de su éxtasis.

“Lamentablemente, la casa está cerrada”, dijo Ludwig, quien probablemente ya lo sabía. Se dirigieron a los vestidores. “Veré si Freyer sigue aquí”. El maestro de dibujo llamó a la primera puerta. La condesa se sobresaltó tanto que tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. ¿Era ahora el momento fatídico? Sus rodillas amenazaban con ceder, su corazón latía casi hasta estallar… Pero no hubo respuesta a los tres golpes. Ya no estaba allí. Ludwig Gross abrió la puerta: la habitación estaba vacía. “¿Quiere entrar?”, preguntó. “¿Le interesaría ver el vestidor?”

Ella entró. Allí colgaban sus ropas, aún húmedas por el intenso esfuerzo.

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Madeleine von Wildenau se inclinó con las manos juntas en la pequeña y desnuda habitación. Algo blanco y brillante susurró y flotó a su lado: era el manto de la transfiguración. Lo tocó ligeramente con la mano al pasar, y un estremecimiento de felicidad recorrió cada uno de sus nervios.

Ah, y allí estaba también la corona de espinas.

La tomó en sus manos y las lágrimas brotaron sobre ella, como si fuera algún relicario sagrado. De nuevo, la visión onírica apareció ante ella tal como la había visto por primera vez en la cima de la montaña, con las ramas espinosas balanceándose alrededor de su frente como un presagio. “¡No, mis manos te protegerán para que ninguna espina te lastime nunca más, querida frente mía!”, pensó, mientras una extraña sonrisa iluminaba su rostro. Luego, al levantar la vista, encontró los ojos de Ludwig, fijos en ella con profunda emoción mientras ella miraba la corona de espinas.

La devolvió a su lugar y lo siguió hasta la puerta de la habitación contigua. Caifás… Un miedo y timidez casi infantiles la invadieron; era el mismo sentimiento que había tenido cuando era niña, durante su primera presentación en la corte. Estaba casi contenta de que él ya no estuviera allí y de tener tiempo para calmarse antes de enfrentarse al poderoso sacerdote.

“Es demasiado tarde, ¡todos se han ido!”, dijo Ludwig, ofreciendo su brazo a su compañera para guiarla por la escalera.

Numerosos grupos de personas estaban parados frente al teatro y en la calle que conducía al pueblo.

“¿Qué hacen aquí?”, preguntó la dama.

“Oh, están esperando a Freyer. Siempre pasa lo mismo. Él ha vuelto a esconderse por un camino lateral para evitar ver a nadie, y la pobre gente tiene que quedarse esperando en vano. Le he dicho muchas veces que no debería ser tan severo. Les haría mucha ilusión si tan solo les dirigiera unas palabras amables… Pero no puede vencer esa timidez. No se permite ser venerado como Cristo, después de que termina la obra. No debería permitir que el afecto que la gente siente por Cristo se traslade a su persona… Esa es su opinión al respecto”.

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“Es un pensamiento elevado y noble, pero difícil para nosotros, pobres mortales, que nos aferramos con tanta ansia a lo visible. Es imposible no trasladar la impresión que produce el personaje a su representante, especialmente con una personalidad como la de Freyer”.

Ludwig Gross asintió. “Sí, ya hemos tenido esta experiencia en el pasado. La fe necesita una garantía terrenal, dice nuestro gran poeta, y la personificación de Freyer es tal garantía, una seguridad de cuyo poder bendito todos están seguros”.

La condesa apretó con ansias las manos de Ludwig.

“He visto personas”, añadió Ludwig, “que eran felices si tan solo se les permitía tocar la prenda de Freyer, como si pudiera traerles curación, como la verdadera túnica de Cristo. ¿Acaso Cristo, al ver esta piadosa ilusión, no exclamaría: ‘Mujer, tu fe te ha salvado’?”

Un intenso rubor tiñó el rostro de la condesa, y las lágrimas que había intentado reprimir durante tanto tiempo brotaron en abundancia. Se apoyó pesadamente en el brazo de Ludwig, y él sintió los violentos latidos de su corazón. Eso le conmovió y despertó su compasión. Comprendió que también ella era un alma sufriente que buscaba salvación allí, y que, si no la encontraba, perecería. “Será tuya, pobre mujer; porque por más rica que seas, sigues siendo pobre… ¡Y te daremos todo lo que podamos!”, pensó.

Los dos compañeros continuaron su camino, sin intercambiar otra palabra. La condesa ahora recibía aquella antigua casa como un hogar perdido que había recuperado una vez más.

Andreas Gross la esperó en la puerta, le quitó el chal y lo llevó a la habitación para ella.

Josepha ya había regresado y dijo que la condesa estaba enferma.

“Espero que no sea nada grave”, preguntó con ansiedad.

“No, señor Gross, estoy bien… Pero no puedo irme; debo conocer a estas personas… ¡No puedo separarme de esta impresión!”

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Se dejó caer en una silla, apoyó la cabeza sobre la mesa y sollozó como una niña.
“¡Perdóneme, herr Gross, no puedo evitarlo!”, dijo con dificultad, entre lágrimas.

El anciano puso su mano sobre su hombro en un gesto de bondad paterna. “Llora todo lo que quieras; estamos acostumbrados. ¡No nos hagas caso!”. La llevó suavemente a la sala de estar.

Ludwig había desaparecido.

Josepha entró para preguntar si debía desempacar el equipaje que estaba en su habitación.

“Sí”, respondió la condesa, “y que los carruajes regresen a Múnich, hasta que los necesite de nuevo”.

“Su Alteza el Príncipe ha dejado aquí a su ayuda de cámara para que le sirva”, informó Josepha.

“¿Qué puede hacer? ¡Que también se vaya a casa! ¡Que se vayan todos! No quiero a nadie más que a ti”, dijo la condesa con severidad, escondiendo nuevamente el rostro en su pañuelo. Josepha salió para dar la orden. ¿Dónde podría estar Ludwig Gross? Ahora se había convertido en algo indispensable para ella, dejándola sola con su corazón rebosante de sentimientos. Él tenía razón en todo: le había dicho que aprendería a llorar allí, que primero le haría comprender el espíritu de Ammergau. Le correspondían el honor y la gratitud; nunca había prometido nada que no cumpliera. Era completamente sincero y confiable. Pero, ¿dónde se habría ido? ¿Acaso ese hombre, normalmente tan comprensivo, no sabía que en ese momento podría serle de gran ayuda? ¿O quizá veía más allá y sabía que era solo un sustituto de otro, al que anhelaba toda su alma? Era tan solitario… Una calma similar a la de la muerte reinaba en la casa y en la calle. Todos descansaban después del arduo trabajo del día.

Algo fuera oscureció la ventana. Ludwig Gross pasaba por allí, dirigiéndose hacia la puerta, acompañado por una figura morena y alta, que se erguía muy por encima de la ventana baja; una figura que se movía con timidez y rapidez, seguida por un grupo de personas a una distancia respetuosa. La condesa se sintió paralizada. ¿Era él? ¿Iba a entrar?

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No podía levantarse ni mirar; permanecía sentada con las manos entrelazadas, temblando en humilde expectativa, mientras Danae esperaba el momento en que cayera la lluvia de oro. De repente, se escucharon pasos en el taller: los pasos de dos personas. Pareció que tardaban una eternidad en recorrer el espacio, pero en realidad se acercaban a su habitación. Alguien llamó a la puerta. Apenas tenía aliento para decir “¡Pase!”. No quería creerlo, por miedo a quedar decepcionada. Seguía sentada inmóvil junto a la mesa. Ludwig Gross abrió la puerta para dejar pasar al otro, y Freyer entró. Se inclinó ligeramente para no golpearse la cabeza, pero eso era innecesario, porque… ¿qué milagro era ese? La puerta se ensanchó ante los ojos de la condesa; el techo se elevaba cada vez más sobre ella. Un amplio y elevado espacio lleno de luz deslumbrante la rodeó. Colores brillaban ante sus ojos; figuras flotaban de un lado a otro. ¿Eran sombras o ángeles? No lo sabía; una niebla velaba sus ojos. Por un momento dejó de pensar. Luego sintió como si hubiera despertado de un profundo sueño, durante el cual había estado caminando en sueños. De repente se encontró cara a cara con Freyer; él sostenía sus manos entre las suyas, mientras sus ojos se posaban en los de ella, en un silencio sin palabras.

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De repente se encontró cara a cara con Freyer. Luego recuperó el control de sí misma y las primeras palabras que pronunció estuvieron dirigidas a Ludwig: “¡Tú lo has traído—!”, dijo, soltando las manos de Freyer para agradecer al hombre que había adivinado de forma tan maravillosa su anhelo. El regalo y la gratitud eran iguales… y en este caso ambos eran inmensos. Apenas sabía en ese momento qué valoraba más: al hombre que lo había traído o a Freyer.

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Esta donación o el regalo en sí mismo. Pero a partir de ese momento, Ludwig Gross se convirtió en su benefactor.

“Usted lo ha traído”, repitió, pues no sabía qué más decir; esa única palabra lo contenía todo. Aunque hubiera poseído la elocuencia del universo, no habría sido tanto para Ludwig esa palabra como la mirada que la acompañaba. Luego, como un niño en Navidad que, después de expresar su agradecimiento, vuelve felizmente a sus regalos, volvió a dirigirse a Freyer.

Sin embargo, así como el niño se queda tímidamente frente a la abundancia de sus regalos y, en los primeros momentos de sorpresa, no se atreve a tocarlos, ella ahora permanecía allí, tímida y en silencio ante él; su único lenguaje eran sus ojos y las lágrimas que corrían por sus mejillas.

Freyer vio su profunda emoción y, inclinándose amablemente hacia ella, volvió a tomarle las manos. Cada nervio seguía temblando —podía sentirlo— debido al terrible esfuerzo que había realizado; y, como las gotas de agua que caen de los árboles después de la lluvia, sus ojos seguían llenos de lágrimas, y su rostro estaba húmedo de sudor.

“¿Cómo podré agradecerle por haber venido a verme después de este día de trabajo?”, comenzó en un tono bajo.

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De repente se encontró cara a cara con Freyer.

—Oh, condesa —respondió con una sinceridad serena—, lo hice por mi amigo Ludwig; él insistió en ello.

«Entonces, fue solo por culpa de su amigo», pensó la condesa, de pie ante él con la cabeza baja.

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Ahora él era el rey, y ella, la reina de su brillante esfera, no era más que una mujer pobre, llena de esperanza y miedo.

En ese momento toda la vanidad de su esplendor mundano desapareció de ella; por primera vez en su vida se encontraba ante un hombre del cual ella era la suplicante y él, el benefactor. ¡Qué sensación! A la vez humillante y dichosa, confusa y fascinante. Con esa sola frase había comprendido la verdadera situación: ¿qué significaban para ese hombre el halo que rodeaba a la condesa von Wildenau, junto con su corona y sus millones? Joseph Freyer solo conocía una aristocracia: la de los santos, en cuyo círculo estaba acostumbrado a moverse. Y si abandonaba ese mundo por culpa de una mujer terrenal, se rebajaría hasta ella, sin importar cuán por encima de él estuviera, según los ideales mundanos.

Aunque se sentía pobre e insignificante en su presencia, mientras el brillo de su corona y el resplandor de su oro se desvanecían en la distancia, había algo en lo que podía confiar: su encanto femenino. Ese encanto debía seguir teniendo influencia, ya fuera que fuera reina o hija de un leñador. “Entonces, por la corona terrenal que me has arrancado de la cabeza, orgulloso hombre, me darás tu corona de espinas, y yo seguiré siendo reina”, pensó, mientras el espíritu de la Madre Eva despertaba en su interior y una brisa embriagadora soplaba desde el Jardín del Edén. No por una emoción vulgar como la vanidad o la codicia, sino porque deseaba ser amada para poder bendecir. Es propia de una mujer noble buscar utilizar su poder no para recibir, sino para dar, sin reservas ni medida. La mente piensa rápidamente, pero el corazón lo hace aún más rápido. Antes de que la mente tenga tiempo de comprender un pensamiento, el corazón ya lo ha capturado. La condesa experimentó todo esto en el breve espacio de tiempo en que los ojos de Freyer se posaron en ella. De repente, él bajó las pestañas y dijo en un susurro: “Creo que nos hemos encontrado antes, condesa”.

“El viernes por la tarde, cuando llegué. Usted estaba en la cima de la montaña, mientras yo conducía al pie. ¿No fue así?”

“Sí”, murmuró casi inaudiblemente. Había algo como un entendimiento, una dulce familiaridad en ese suave asentimiento. Ella lo sintió, y su mano apretó la de él con más fuerza, ejerciendo una suave presión.

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Volvió a levantar las pestañas, mirándola con una mirada sincera y llena de interrogantes; parecía como si ella sintiera un pulso latiendo en la parte de la mano que llevaba la marca de la herida: la advertencia no dejó de surtir efecto.

“¡Christus, mi Christus!”, susurró arrepentida. Parecía como si hubiera cometido un pecado al albergar el deseo terrenal de tocar al enviado de Dios. Él había sido crucificado, muerto y enterrado. Solo caminaba por la tierra como un espíritu al que se le permitía regresar de vez en cuando y vivir brevemente entre los vivos. ¿Quién podría reclamar a un espíritu, abrazar una sombra contra su corazón? La tristeza la oprimía, una melancolía similar a la que sentimos cuando soñamos con el regreso de alguien querido que ha muerto, y nos lanzamos llorando sobre su pecho, sabiendo que es solo un sueño. Pero incluso si es solo un sueño, ¿no debería soñarlo con toda su alma? Si supiera que solo le habían dado unos pocos momentos, ¿no debería llenarlos con toda la fuerza más dulce y dolorosa, con el amor de toda una vida?

“Después de nosotros, el diluvio”, dice el amor al momento… Y aquello que no lo dice, no es amor.

Pero en ese momento, la condesa sentía que allí estaba el germen de algo imperecedero; y cuando pasara, para ella comenzaría no la destrucción, sino la eternidad. A eso debía responder por lo que hiciera con ese momento.

Ludwig Gross estaba junto a la ventana; no quería escuchar lo que se comunicaba mediante el lenguaje mudo de aquellas miradas. Había percibido, con un instinto sutil, la existencia de alguna conexión misteriosa, en la cual ninguna tercera persona tenía parte. Estaban solos… prácticamente solos, pero ninguno de los dos hablaba; solo sus ojos llorosos expresaban el sufrimiento que él padecía y que ella compartía al verlo.

“Ven, pobre mártir”, exclamó su corazón. Soltó una de sus manos para abrazar la otra con más fuerza con las suyas. Notó un ligero temblor. “¿Todavía te duele la mano… por ese terrible clavo que parecía haberse hundido en tu carne?”

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“Oh, no, eso no causaría dolor alguno; el clavo pasa entre los dedos y su cabeza grande se extiende hacia el centro de la palma. Pero hoy, por casualidad, José de Arimatea, al sacar el clavo, arrancó un pedazo de carne con él, así que apreté los dientes de dolor”, dijo sonriendo y mostrándole la herida. “¿Ves? Ahora realmente estoy estigmatizado”.

“Dios mío, hay un gran pedazo de carne arrancado… ¿Y lo soportaste sin hacer una mueca?”

“Pues, claro”, dijo simplemente.

Ludwig miraba fijamente por la ventana. La condesa acercaba suavemente la mano herida cada vez más; de repente, olvidando todo en un sentimiento indescriptible, se inclinó y, antes de que Freyer pudiera impedírselo, depositó un beso sobre ese estigma sangrante.

José Freyer se encogió como si lo hubiera golpeado un rayo; retiró su mano y la cerró como si fuera un regalo valioso que no se atrevía a aceptar. Un intenso rubor tiñó su frente; su amplio pecho se agitaba con pasión, y tuvo que agarrarse a una silla para no caerse. Sin embargo, inconscientemente, sus ojos desprendían un fuego a la vez devorador y vivificador: ¡una chispa de Prometeo!

“Estás cansado, perdóname por no haberte pedido que te sentaras hace rato”, dijo la condesa, esforzándose por calmarse, e hizo un gesto a Ludwig Gross para que no lo dejara solo.

“Solo un momento”, susurró Freyer, también luchando por mantener la compostura, mientras se sentaba en una silla. Madeleine von Wildenau se dio la vuelta para darle tiempo a recuperar el control. Vio su intensa emoción; quizá se habría avergonzado de su acción precipitada si no hubiera conocido su significado: su sentimiento en ese momento era demasiado sagrado como para que él lo malinterpretara. Él tampoco lo había pasado por alto, pero la emoción lo abrumó.

Ludwig, que comprendía perfectamente la situación, intervino con su habitual tacto para aliviar su vergüenza: “Freyer está especialmente agotado hoy”.

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Me dijo, de camino aquí, que lo habían sacado de nuevo de la cruz, inconsciente.

“Dios mío, ¿eso ocurre a menudo?”, preguntó la condesa.

“Desafortunadamente, sí”, respondió Ludwig con tono preocupado.

“Es terrible… Su padre me dijo que permanecer tanto tiempo colgado de la cruz era peligroso. ¿No se puede hacer algo para aliviarlo?”

“Se podría intentar algo”, replicó Ludwig, “sustituyendo la cruz redondeada por una plana. Antes, cuando teníamos una cruz lisa y angulosa, no le exigía tanta fuerza. Pero algún experto en arqueología nos dijo que las cruces de aquellos tiempos estaban hechas de troncos semicirculares, y esa curvatura hace que los miembros se estiren demasiado”.

“¡Claro que sí!”, exclamó la condesa, horrorizada. “¿Por qué usan un instrumento de tortura así?”

“Él mismo insiste en ello, por motivos de precisión histórica”.

“Pero, ¿y si no se recupera de uno de esos desmayos?”, preguntó la dama, con tono de reproche.

Entonces Freyer, superando su agitación, levantó la cabeza. “¿Qué destino más hermoso podría tener yo, condesa, que morir en la cruz, como mi Redentor? Eso es todo lo que deseo”.

“¿Todo?”, repitió ella. Una intensa emoción de celos la invadió: celos de la cruz, a la que él deseaba dedicarle su vida. Le sostuvo la mirada con una expresión dulce, anhelante… una mirada fatal, como una flecha envenenada cuyo efecto conocía bien. Le envidiaba esa cruz, ese instrumento de madera y muerte que no sentía, no amaba ni anhelaba a él como ella lo hacía. ¿Y el verdadero Cristo? Ah, Él era demasiado noble como para exigir tal sacrificio… Además, recibiría demasiadas almas por una sola; seguramente, a imagen de Él, ella también Lo amaba. Él le había enviado la mano marcada con…

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Manchas de sangre para mostrarle el camino hacia Él: no podía desear retirarlas antes de haber recorrido ese camino.

“Usted es un mártir en el verdadero sentido de la palabra”, dijo ella. Sus ojos parecían preguntar si el golpe había dado en el blanco. Pero Freyer había bajado los párpados y se quedó mirando el suelo.

“Oh, condesa”, dijo él de forma evasiva, “tener los miembros retorcidos durante media hora no hace de uno un mártir. Eso sufrimiento trae honor y la conciencia de servir a otros. Muchos, como mi amigo Ludwig y otros habitantes de Ammergau, ofrecen a nuestra causa sacrificios secretos de felicidad que nadie ve ni aplaude, y que no ganan fama alguna salvo a los ojos de ellos mismos y de Dios. Ellos son mártires, condesa… ¡Yo soy simplemente un hombre vanidoso, mimado y pecador, que tiene suficiente trabajo para evitar dejarse deslumbrar por los aplausos del mundo y así ser digno de su tarea!”

“¡Convertirse!”, repitió la condesa. “Creo que quien habla de esa manera ya es digno.”

Freyer levantó los ojos con una mirada que a Madeleine von Wildenau le pareció elevarla a un reino superior. “¿Quién se atrevería a decir que es digno de esta tarea? Se necesita un santo. Todo lo que puedo esperar es que Dios utilice este instrumento imperfecto para realizar sus milagros, y que acepte mi voluntad para llevar a cabo esa tarea… De lo contrario, estaría obligado a renunciar a este papel hoy mismo.”

La condesa estaba profundamente conmovida.

“Oh, Freyer, naturaleza maravillosa y divinamente dotada. Para nosotros usted es el Redentor, y sin embargo es tan severo consigo mismo.”

“No hable así, condesa. No debo escucharlo. No añadiré a todos mis pecados el de robarle a mi Maestro, disfrazado de Él, aquello que le pertenece únicamente a Él. No puede imaginar cuánto me perturba cuando la gente me muestra tanta reverencia; siempre deseo gritar: ‘No me confundan con Él… No soy más que la madera, o el mármol con el que se talla la imagen de Cristo, y además, madera de mala calidad, mármol que no está libre de manchas’. Y cuando no quieren creerlo, siguen transfiriendo a mí el amor que deberían dirigir a Él.”

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“Tenerlo para Cristo… Siento que estoy robando a mi Maestro, y nadie sabe cuánto sufro”. Se puso de pie. “Por eso me mezclo tan poco con los demás; y si alguna vez rompo esta regla, me arrepiento, porque se destruye mi paz interior”.

Tomó su sombrero. Toda su naturaleza parecía haber cambiado: era esa severidad casta con la que había expulsado a los cambistas del templo. Madeleine palideció, helada hasta lo más profundo de su corazón por su actitud inflexible.

“¿Se va?”, murmuró con voz temblorosa.

“Es hora”, respondió él, con delicadeza, pero con una dignidad inaccesible que hizo que las palabras con las que ella hubiera querido rogarle que se quedara más tiempo murieran en sus labios.

“¿Su Alteza me permitirá volver mañana?”

“La condesa tiene intención de quedarse algún tiempo”, dijo Ludwig, presionando ligeramente el brazo de su amigo, como advertencia para que no lastimara sus sentimientos.

“Ah”, respondió Freyer, pensativo, “entonces quizá nos volvamos a encontrar”.

“Aún no he respondido a lo que usted dijo hoy; ¿me permite hacerlo mañana?”, preguntó la condesa, con dulzura; una expresión de sufrimiento silencioso se dibujaba en sus labios.

“Mañana volveré a ser Cristo, condesa… Pero sin duda habrá alguna oportunidad en los próximos días”.

“Como usted quiera… Adiós”.

Freyer se inclinó respetuosamente, pero con distancia, como si no creyera posible que la dama le ofreciera su mano. Ludwig, por el contrario, como si quisiera compensar la omisión de su amigo, extendió su mano abiertamente. Ella la tomó, diciendo en un tono bajo y apresurado: “¡Quédese!”

“Solo iré con Freyer hasta la puerta, y luego volveré, si me lo permite”.

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“Sí”, dijo ella, despidiendo a Freyer con un gesto altivo de la mano. Luego, arrojándose en la silla junto a la mesa, estalló en amargas lágrimas. Siempre había estado rodeada de hombres que pedían su favor como si se tratara de un regalo real. Y aquí… aquí era despreciada, ¿y por quién? ¡Por un hombre del pueblo, un plebeyo! No, un dolor agudo le atravesó el corazón al intentar darle ese nombre. Si él era un plebeyo, también lo era Cristo. Cristo también provino del pueblo; el ideal de la raza humana nació en un pesebre. Solo podía invocar contra Él un tipo de orgullo: el de la mujer, no el de una dama de alta cuna. Ay… ni siquiera eso tenía. Cuántas veces había entregado su corazón sin amor, por satisfacer su vanidad o por una situación interesante, como había dicho el príncipe ayer. Había intercambiado el derecho innato al sentimiento más sagrado. ¿De qué podía sentirse orgullosa? ¿De que, por primera vez en su vida, realmente amaba? ¿Debía vengarse con arrogancia del hombre que había despertado esa emoción divina porque él no la compartía? No, eso sería mezquino e ingrato. Pero, ¿qué podía hacer? Él estaba tan por encima de ella en su sencillez modesta, tan completamente invulnerable. Quedó cautivada por su nobleza; sus armas eran impotentes contra él. Mientras buscaba algo que le permitiera elevarse por encima de él, todos los apoyos de su vida artificial se desmoronaron ante la gran verdad de esa aparición. No podía hacer nada más que amar y sufrir, y aceptar cualquier destino que él le impusiera.

Alguien llamó a la puerta; casi mecánicamente, dio permiso para que entraran.

Ludwig Gross entró silenciosamente y se acercó a ella. Sin decir palabra, ella extendió su mano, como lo hace un paciente hacia el médico. Él se quedó a su lado, y sus ojos se posaron en la mujer que lloraba con compasión y comprensión, fruto de su experiencia en el sufrimiento. Pero su presencia era infinitamente reconfortante. Ese hombre no permitiría que nada la dañara. Mientras estuviera bajo su protección, ella estaría a salvo.

Ella lo miró como si le suplicara ayuda… y él la comprendió.

“Freyer estaba excepcionalmente nervioso hoy”, dijo. “No sé qué pasaba por su cabeza. Nunca lo había visto así antes. Cuando entramos al jardín, me abrazó como si hubiera ocurrido algo extraordinario”.

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Sucedió eso, y luego se fue corriendo como si el suelo estuviera ardiendo bajo sus pies; por supuesto, en la dirección opuesta a su casa, ya que toda la calle estaba llena de gente esperando verlo.

La condesa contuvo la respiración para escuchar.

“¿Estaba de ese humor cuando lo llamaste?”, preguntó.

“No, estaba como siempre: tranquilo y cansado.”

“¿Qué lo cambió de repente?”

“Creo, condesa, que usted ha dejado una impresión en él que él desea comprender. Usted lo ha sacado de su rutina habitual, y ya no comprende sus propios sentimientos.”

“Pero yo… dije tan poco… No entiendo”, exclamó la condesa, sonrojada.

“Lo importante no siempre depende de lo que se dice, sino de lo que no se dice, condesa. Para las almas profundas, lo que no se expresa suele ser más significativo que las palabras.”

Madeleine von Wildenau bajó la mirada y tomó silenciosamente la mano de Ludwig.

“¿Cree usted que él…?”, no terminó la frase; Ludwig la evitó.

“Por lo que sé de Freyer, o nunca volverá, o vendrá mañana.”

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CAPÍTULO IX.
SEÑALES Y MARAVILLAS

La gran cantidad de extraños que no pudieron conseguir entradas el día anterior hizo necesario realizar una segunda función. La condesa no asistió a ella. Para ella, la obra no había sido un espectáculo, sino una experiencia; una repetición la habría reducido a un mero drama. Pasó el día recluida, como una prisionera, para no caer en manos de algún conocido. Ahora, el lejano ruido de los carruajes anunciaba el final de la función. Era una encantadora tarde de otoño. La familia Gross se acercó a la ventana al regresar a casa y se sorprendió al encontrar a la condesa aún en su habitación. Los sonidos de sollozos ahogados provenían del cuarto de trabajo. Los demás inquilinos de la casa también habían vuelto del teatro y, como todos, derramaban lágrimas. Un estadounidense había ido allí por segunda vez ese día; estaba sentado llorando en el banco cerca de la estufa y decía que había sido aún más conmovedor que el día anterior. Andreas Gross estuvo de acuerdo: “Sí, Joseph Freyer nunca actuó como lo hizo hoy”.

La condesa, sentada en su habitación, escuchó esas palabras y se sintió extrañamente conmovida. ¿Por qué nunca había actuado como lo hizo hoy?

Alguien llamó suavemente a la puerta.

Un intenso rubor cubrió el rostro de la condesa: ¿sería él? Podría haber pasado por el jardín desde el otro lado para evitar a los espectadores.
“¡Entra!”, dijo ella.

Era Josepha, con un telegrama en la mano. El mensajero esperaba una respuesta.

La condesa lo abrió y leyó su contenido. Era del príncipe.
“Por favor, indíqueme si debo cancelar la cena”.

“Muy bien. Enviaré la respuesta”.

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Josepha se retiró.

“¡Si tan solo Ludwig estuviera aquí!”, pensó la condesa. “Debe de estar esperando para traer a Freyer, como lo hizo ayer”.

El rápido latido de su corazón casi la ahogaba. Pasó un cuarto de hora tras otro. Por fin llegó Ludwig… pero solo.

La condesa estaba sentada junto a la ventana abierta y Ludwig se detuvo a su lado.

“Bueno, ¿cómo fue la obra hoy?”

“Magnífica”, respondió él. “Nunca vi a Freyer tan excelente. Fue perfecto, casi sobrehumano. Es una lástima que usted no estuviera allí”.

“¿Me preguntó por mí?”

“Sí. Le expliqué que usted no deseaba verla una segunda vez… y por qué razón. Él asintió y dijo: ‘Me alegro de que la dama sienta así’”.

“Entonces… nos entendemos”. La condesa respiró hondo. “¿Le pidió que viniera aquí con usted?”

“No. Pensé que no debía hacerlo; debe venir por voluntad propia, o usted quedaría en una situación incómoda”.

“Tiene razón… ¡Gracias!”, dijo la condesa, poniéndose pálida y mordiéndose los labios. “¿Cree que… vendrá?”

“Lamentablemente, no… se fue directamente a casa”.

“¿Me hará un favor?”

“Por supuesto, condesa”.

“Envíe un telegrama en mi nombre. He organizado una cena en casa y me gustaría enviar un mensaje indicando que voy a ir”.

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“¿No se quedará aquí más tiempo?”

“¡No!”, dijo ella en un tono agudo y cortante como un cuchillo que se clava en el propio corazón. “Por favor, entre.”

Ludwig obedeció la orden y ella escribió con la solemnidad de una reina que firma una sentencia de muerte:

“Príncipe hereditario de Metten-Barnheim, Múnich.

“Vendré a las cinco de mañana. Se puede servir la cena.

“Madeleine.”

“Aquí, si tiene la amabilidad”, dijo, entregándole el papel a Ludwig.

Este la miró con seriedad, como si quisiera decir: “Ojalá no lo lamentes”. Pero formuló la pregunta de manera modesta:

“¿Debo enviarlo de inmediato?”

“Sí, por favor”, respondió ella, y toda su actitud expresaba una frialdad que sorprendió a Ludwig.

“¿Puede la verdadera calidez del corazón congelarse tan rápido?”, se preguntó.

Madeleine von Wildenau sintió la reproche mudo y la decepción en la actitud de Ludwig. También sintió que él tenía razón, y lo llamó de vuelta cuando llegó a la puerta. “Démelo”, dijo, tomando el telegrama, “lo consideraré”. Luego, al encontrarse con los ojos del noble hombre, que ahora brillaban de nuevo por ella, añadió con sinceridad, extendiendo su mano: “Usted me entiende mejor que yo misma”.

“Le agradezco esas palabras; me llenan de orgullo, condesa”, dijo Ludwig con una mirada radiante, colocando el telegrama sobre la mesa. “Me iré ahora para no molestarla mientras decide qué hacer”.

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Salió de la habitación. Estaba cayendo el crepúsculo. La condesa se sentó junto a la mesa, sosteniendo el telegrama apretado en su pequeña mano.

“La gente de Ammergau ejerce, sin darse cuenta, una restricción moral irresistible. Hay en ellos un poder de verdad que impide incluso el autoengaño en su presencia”, murmuró, a medias desafiante, a medias admirativa. ¿Qué hacer ahora? Permanecer más tiempo allí y cancelar la cena significaría romper abiertamente con la sociedad. Pero, ¿quién estaría allí para agradecerle tal sacrificio? ¿A quién le importaba la condesa Wildenau? Era una de las miles que iban y venían, llevándose consigo un recuerdo grandioso, sin dejar ninguna huella en la mente de nadie. ¿Por qué debería hacerlos responsables si daba a esa impresión un significado que ni se pretendía ni se sospechaba? ¡No debemos imponer a los hombres sacrificios que no desean!

Apoyó el brazo sobre la mesa y se quedó indecisa. Ahora… ahora, en ese estado de ánimo, ¿regresar a lo prosaico y superficial, después de haber imaginado ayer que estaba cara a cara con una deidad? ¿Podría hacerlo? ¿No era cierta la reproche mudo en la mirada de Ludwig? Apoyó pensativamente su hermoso rostro en su mano.

No había notado que alguien llamara a la puerta; pasaba un carruaje cuyo ruido ahogaba todo sonido. Por la misma razón, la persona del exterior, pensando que no había oído el “¡Pase!”, abrió suavemente la puerta. Al oír el ruido, la condesa levantó la cabeza: Freyer estaba frente a ella.

“¡Has venido, realmente has venido!”, exclamó, poniéndose de pie y agarrando su mano para que aquel dulce y maravilloso sueño no desapareciera de nuevo.

“Perdóneme si le molesto”, dijo él en un tono bajo y tímido. “Yo… no debería haber venido… pero no podía soportar quedarme en casa; hoy estaba muy emocionado. Cuando llegó la noche, algún impulso me llevó aquí… yo…”

“Querías hablar con alguien que pudiera entenderte, y eso te trajo hasta mí, ¿verdad?”

“Sí, condesa. Pero no me habría atrevido a entrar de no ser porque…”

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“¿Bueno?”
“Ludwig se reunió conmigo y dijo que te ibas…”
“Ah… ¿Y lo lamentaste?”
“Deseé al menos despedirme de ti y agradecerte toda tu bondad hacia mi desdichada prima Josefa”, dijo él de forma evasiva. “Olvidé hacerlo ayer; estaba demasiado avergonzado”.
“¡No eres sincero conmigo, señor Freyer!”, dijo la condesa, indicándole que se sentara. “Esa expresión de agradecimiento no proviene de tu corazón, porque no te importa lo que hago por Josefa. Eso es solo un pretexto para venir a verme… porque no quieres confesar qué es lo que realmente te trae aquí. ¿No es cierto?”
“¡Condesa!”, dijo Freyer, completamente desconcertado, mientras intentaba levantarse.
Ella colocó su mano suavemente sobre la de él, deteniéndolo. “¡Quédate! Tu actitud es tan rígida en todo… ¿Cuál es tu visión de la verdad?”
Freyer fijó la vista en el suelo.
“¿Es cierto que viniste a agradecerme por Josefa? ¿Acaso no fuiste atraído aquí por la sensación de que, de entre los miles de personas que pasan junto a ti durante el verano, quizás no haya nadie que pueda entenderte y tu tarea como yo?”
Freyer juntó las manos sobre sus rodillas e inclinó silenciosamente la cabeza.
“Tal vez no hayas pensado en mí como yo he pensado en ti, todo el día, desde que nuestros ojos se encontraron en la montaña, como si alguna fuerza superior nos hubiera señalado el uno al otro”.
Freyer permaneció en silencio, pero, como una copa llena que se desborda con el más mínimo movimiento, las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.
“¿Por qué me miraste así, de arriba abajo, vertiendo en esa mirada toda tu alma, llena de tristeza y alegría, como un árbol en flor que derrama sus pétalos?”

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¿Sus flores están dirigidas al transeúnte? Ciertamente no por culpa del rostro de una mujer, aunque pueda ser bastante hermoso, sino porque sentiste que yo percibía al Cristo en ti y que era Él a quien venía a buscar. Tu mirada quería decirme: “¡Soy yo a quien buscas!”, y yo te creo. Y cuando finalmente se cumplió la promesa y el redentor tan anhelado apareció ante mí, ¿fue casualidad que su mirada profética me descubriera entre miles de rostros cuando dijo: “Pero pronto amanecerá en muchos corazones”? ¿Acaso no me buscaste, como buscamos a un desconocido a quien debemos cumplir una promesa hecha durante el viaje?

Freyer levantó entonces sus ojos oscuros y los fijó completamente en ella, pero no respondió.

“¿Y es cierto que viniste ayer solo porque Ludwig así lo deseaba, tú que, a pesar de todas las súplicas, has hecho esperar horas a damas que tenían el mundo a sus pies en tus escaleras? ¿No viniste porque sospechabas que yo podría ser la mujer con quien, desde ese encuentro, habías tenido algún vínculo espiritual incomprensible?”

Freyer se cubrió los ojos con la mano, como si temiera que se pudiera leer algo más en ellos.

“Sé sincero, señor Freyer. No es digno ni de usted ni de mí representar una farsa convencional. He tenido que actuar así tantas veces en mi vida que me gustaría, al menos una vez, ser franco, como mortal a mortal. Dime simplemente: ¿he juzgado correctamente? ¿Sí o no?”

“¡Sí!”, susurró Freyer, sin levantar la vista.

Ella retiró suavemente su mano. “¿Y hoy… hoy… viniste solo por gratitud hacia tu primo?”, preguntó, con la seguridad creciente de su felicidad.

Él tomó la pequeña mano con la que ella había agarrado la suya y la elevó ardientemente a sus labios; luego, como si se sorprendiera de haberse dejado llevar hasta ese punto, echó hacia atrás sus cabellos negros, como si estos hubieran engañado sus sentidos, y alejó su silla para no caer nuevamente en la tentación. Ella no intervino; sabía que él estaba en su poder.

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Por más que luchara, la saeta estaba clavada. Sin embargo, los obstáculos que ella tenía que superar eran grandes y poderosos. La coquetería sería inútil; solo la fuerza moral de un sentimiento genuino podría enfrentarse a ellos, y de esto era consciente, con una felicidad nunca antes sentida. De nuevo examinó su propio corazón, y su mirada rápida vagó desde la frente marcada por espinas de la maravillosa figura ante ella hasta penetrar en las profundidades de su propia alma. Su amor por él era genuino; no estaba jugueteando con su corazón; deseaba, como María Magdalena, santificarse en su amor. Pero ella era la Magdalena en la primera etapa. Si Cristo hubiera sido un hombre, y accesible como este hombre, ¡qué transformaciones habría tenido que experimentar el corazón del penitente antes de que sus llamas lograran una verdadera purificación!

“Señor Freyer”, comenzó la condesa en un tono bajo y ansioso, “ayer dijo usted que le molestaba cuando la gente le mostraba una reverencia idólatra y sentía que así robaba a su Maestro. ¿Podemos dar algo a cualquier ser terrenal sin dárselo a Dios?”

Freyer escuchó atentamente.

“¿Existe algún alma que no pertenezca a Dios, que no emane de Él, que no sea parte de Su poder? ¿Y aquello que fluye de una parte a otra no vuelve en un círculo perpetuo al Creador? No podemos tomar nada que no provenga de Dios, ni dar nada que no vuelva a Él. ¿Conoce usted el principio de la conservación de la energía?”

“No”, dijo Freyer, confundido por su ignorancia sobre algo que se le preguntaba.

“Bueno, se puede explicar en muy pocas palabras. La ciencia ha demostrado que nada en el universo puede perderse; incluso una fuerza que aparentemente se desperdicia inútilmente simplemente se transforma en otra. Así, en Dios nada puede perderse, aunque no tenga relación directa con Él, porque Él es el universo espiritual. Es cierto que no todo sentimiento produce una obra de Dios, así como no todo esfuerzo de la naturaleza da como resultado algo positivo. Pero, al igual que en este último caso la fuerza empleada no se pierde, ya que produce otros resultados, aunque secundarios, así también en Dios ningún sentimiento de amor y entusiasmo se pierde, aunque solo esté relacionado con Él en un grado secundario.”

“Muy cierto.”

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“Entonces, si eso es así, ¿cómo puede alguien robarle algo a este Dios, que nos rodea como el universo, del cual venimos, en el cual volvemos a entrar, y en el cual nuestras fuerzas se transforman constantemente en un círculo perpetuo de cambios?”

Freyer apoyó la cabeza en su mano, sumido en sus pensamientos.

“Y si un sentimiento está tan profundamente arraigado en la religión, tan directamente asociado con Dios como aquel que los hombres le ofrecen a Él, ¿por qué debería usted tener escrúpulos?”

“¡Nunca he oído a nadie hablar de esta manera! Perdóneme mi debilidad de corazón e ignorancia… Soy un hombre pobre y sencillo. Seguro que será indulgente conmigo, ¿verdad?”

“¡Freyer!”, exclamó la condesa, profundamente conmovida. A pesar de la distancia a la que había alejado su silla, extendió su mano hacia él.

“Verá, no tuve oportunidad de asistir a una escuela superior; era demasiado pobre. Perdí a mis padres cuando tenía doce años y solo recibí la instrucción más básica. Todo mi conocimiento lo adquirí posteriormente mediante la lectura, y por supuesto es deficiente e insuficiente. Crecí en nuestras montañas, junto a nuestros arroyos impetuosos, entre los arbustos de avellano cuyas nueces a menudo eran mi único alimento. Observaba cómo los caballos eran llevados al pasto con sus potros. Cerca de la capilla de San Gregorio, donde el río Leine cae sobre los acantilados, dejaba a los animales pastando en los amplios prados, me lanzaba a un campo de gencianas y, tumbado de espaldas, miraba hacia el cielo azul, pensando que seguramente este se abriría, que la atmósfera transparente finalmente sería penetrada… Como lo imagina el pájaro cuando choca su cabeza contra un cristal. Así aprendí a pensar en Dios. Y cuando mi cerebro y mi corazón se llenaban de vértigo, como si estuviera destinado a algo mejor, cuando un anhelo abrumador me invadía y mis simples meditaciones no podían calmarlo, agarraba a uno de mis caballos por la crin, me subía a su lomo desnudo y recorría las amplias llanuras, sintiéndome como un rey.”

Extendió los brazos, y ahora su rostro se transformó de repente: sonreía, radiante y feliz, como los suecos imaginan a su Neck, el amable y bondadoso espíritu del agua que aún conserva algo de la sangre mítica de los…

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Dios del Norte de la Primavera, homónimo de Freyer. “¡Ah, condesa… eso fue poesía! ¿Quién podría recuperar esos días? Esa ignorancia infantil, esa esperanza feliz, esa libertad de la inocencia…”

De nuevo, como las imágenes en un caleidoscopio, su expresión cambió y una melancolía sombría extendió su velo sobre su frente. “¡Ay! ¡Todo eso ya pasó! Mis potros ágiles se han convertido en animales cansados y torpes, que arrastran carros cargados; y yo… yo también arrastro con igual cansancio la carga de la vida.”

“¿Cómo puede hablar así en el momento en que, usted mismo siendo un milagro, está revelando a los hombres los milagros de Dios? ¿No es eso ingratitud?”

“Oh, no, condesa, soy agradecido. Pero no me separo tanto de mi papel que pueda ser feliz mientras represento los sufrimientos de mi Redentor. ¿Cree que simplemente he memorizado las palabras? Con Su forma, también he tomado sobre mí Su cruz. Desde entonces toda mi juventud se ha ido, y un dolor constante impregna toda mi vida.”

“Entonces usted es Su verdadero seguidor… entonces está haciendo lo que hizo Simón de Cirene. ¿Cree que no debería aceptar ni siquiera la más pequeña parte de la gratitud que los hombres deben al Crucificado? ¿Debe compartir solo Sus sufrimientos, y no Sus alegrías, esas alegrías que provienen del amor y la fe de almas conmovidas y convertidas? Seguramente, si es tan limitado de mente, no comprende ni a sí mismo ni el amor de Dios, quien lo eligió y favoreció entre millones para renovar en el mundo el mensaje olvidado de la salvación.”

“Oh, Dios… ayúdame a mantener mi humildad. Esto es demasiado.”

Freyer se levantó y se puso la mano en la frente, como si quisiera ahuyentar una corona invisible que descendía sobre ella.

La condesa también se levantó y se acercó a él. “Freyer, los sufrimientos que soporta por amor a Cristo, los comparto con usted. Es el misterio en el cual nuestras almas se encuentran. El dolor es eterno, Freyer, y aquello que nace de él es imperecedero. ¿Qué sentimos cuando estamos frente a una imagen pintada o esculpida del Crucificado? Compasión, la compasión más angustiante. Nunca quise creerlo… pero desde ayer sé que…”

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Es un consuelo para el alma creyente poder dar un abrazo tierno a la imagen inerte y tocar las heridas artificiales con labios ardientes. ¡Qué será entonces cuando esa imagen ame, sienta y sufra! ¿Cuándo hable con nosotros en tonos que conmueven lo más profundo del corazón? ¿Cuándo la veamos temblar y sangrar bajo los golpes del verdugo, cuando el sudor de la agonía fluya de su frente y lágrimas reales broten de sus ojos? Pregunto: ¿qué será esto para nosotros? Imagínate por una vez como quien ve todo esto… y luego juzga si no es algo abrumador. Si la fe en el Cristo de piedra obra milagros, ¿por qué la fe en el que vive no debería hacer aún más? La ilusión piadosa es tanto mayor, y la fe trae bendiciones.

Juntó sus manos sobre su pecho.

“Ven, imagen de misericordia, inclínate hacia mí. Déjame abrazar tu amada cabeza y depositar sobre tu frente atormentada el beso de reconciliación para toda la humanidad arrepentida”. Luego, tomó su rostro entre sus manos y depositó un beso ferviente sobre su frente, ligeramente inclinada hacia ella. “Ahora vete y lamenta haber robado a tu Maestro este beso. Él preguntará, con una sonrisa: ‘¿Sabes para quién estaba destinado ese beso: para ti o para mí?’ Y te ahorrarás tener que responder, porque cuando levantes la vista hacia Él, lo encontrarás impreso en Su frente”.

Hizo una pausa, abrumada por la sacralidad del momento. Hay veces en que nuestras propias palabras nos influyen como alguna fuerza desconocida, porque expresan algo que está tan profundamente oculto en nuestros corazones que nosotros mismos ignorábamos su existencia. Eso era lo que ocurría ahora con la condesa. Freyer permaneció en silencio, con las manos juntas, como si estuviera en una iglesia.

Parecía como si alguna tercera persona se dirigiera a ellos: una persona invisible a la que tenían que contener la respiración para poder entenderla.

Ya era tarde. La luna menguante flotaba alta sobre la ventana baja, iluminando la pequeña habitación con sus rayos reconfortantes. La condesa asintió. “¡Se ha cumplido!”. Luego puso sus manos sobre las de Freyer: “Por primera vez desde mi infancia, confío mi alma a un ser humano. Por primera vez desde mi infancia, dejo de lado toda la arrogancia de la razón, porque hay una percepción superior que se acerca cada vez más, con una certeza dichosa. ¿Es amor? ¿Es fe? Sea lo que sea, Dios habita en ambos”.

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Y—si la filosofía dice: «Pienso, por lo tanto existo», yo digo: «Amo, por lo tanto creo».

Inclinó humildemente la cabeza. «Por eso os ruego: bendecidme, vos que estáis tan divinamente dotado, con la bendición que proviene de vos».

Freyer alzó los ojos al cielo como si quisiera hacer descender la bendición que ella imploraba, y había tal fuerza en su mirada apasionada que Madeleine von Wildenau experimentó un estremecimiento casi de miedo, como si estuviera en presencia de algún ser sobrenatural. Luego hizo la señal de la cruz sobre ella: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Un temblor de presentimiento recorrió sus miembros, como si el dedo de Dios la hubiera marcado para algún destino misterioso y, con esa marca, ella hubiera sido incluida en la pálida multitud de aquellos consagrados por el dolor como seguidores de la deidad.

Con dulce sumisión, tomó entre sus manos la que acababa de imprimir ese signo lúgubre en su frente y pecho: «En nombre de Dios, ¡ojalá estuvierais cerca de mí!». Su cabeza cayó sobre su pecho. Alguien llamó a la puerta; la condesa estaba tan aturdida que tuvo que agarrarse a Freyer para no caer.

Josefa preguntó tímidamente si quería luz.

«¿Luz? ¿Estaba oscuro?»

«Muy bien», respondió ella ausentemente.

Josepha trajo la lámpara y preguntó cuándo deseaba la condesa cenar. Freyer se puso el sombrero para irse.

«¡No comeré nada más esta noche!», dijo la condesa en un tono brusco e impaciente, y Josepha se retiró tímidamente.

Madeleine von Wildenau se cubrió el rostro con ambas manos, como quien ha sido arrancado de un hermoso sueño para enfrentarse a la cruda realidad.

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—Ay… ¡debe haber otras personas en el mundo, además de nosotros!
Suspiró profundamente, como si necesitara recuperar el aliento tras esa terrible caída. Freyer, con el sombrero en la mano, se acercó a ella, tranquilo y sereno. Joseph Freyer, dirigiéndose a la condesa Wildenau, no recordaba nada de lo que aquella alma arrepentida acababa de confiar a la imagen del Redentor.

—Permítame despedirme, Su Alteza —dijo en un tono suave, pero distante.

La condesa comprendió la delicada modestia de aquella actitud.
—¿Fueron sus gencianas azules quienes le enseñaron tanta tacto? Parece que los prados solitarios, los arboledas susurrantes y los rápidos ríos de montaña son mejores educadores del corazón, para quienes saben entender su misterioso lenguaje, que muchas de nuestras escuelas.

Freyer permaneció en silencio un momento; luego, con la mirada fija en el suelo, dijo:
—¿Puedo preguntarle cuándo piensa Su Alteza partir mañana?

—¿Debo irme, Freyer?

—Su Alteza…

—Aquí hay un telegrama que anuncia mi llegada a casa mañana. Dígame, Freyer, ¿debo enviarlo?

—¿Cómo puedo decidirlo…? —tartamudeó Freyer, confundido.

—Quiero saber si usted… usted, Freyer, desea que me quede aquí.

—Pero, Dios mío, Su Alteza… ¿es apropiado que yo exprese tal deseo? Por supuesto, sería un gran placer tenerla aquí… pero, ¿cómo podría intentar influir en usted de ninguna manera?

—¡Meras frases! —dijo la condesa, decepcionada y ofendida—. Entonces, si para usted es indiferente que yo me vaya o me quede, enviaré el telegrama.
Se acercó a la mesa para añadir algo.

De repente, él se puso junto a ella, con una mirada suplicante y llorosa, y posó su mano sobre el papel.

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“¡No—no lo envíe!”

“¿No enviarlo?”, preguntó Madeleine con expectativa dichosa. “¿No enviarlo… entonces qué debo hacer?”

Sus labios se movieron varias veces, como si no pudiera pronunciar la palabra; pero al fin salió de su corazón cerrado, y con una sonrisa indescriptible murmuró: “¡Quédese!”

¡Ah! Un leve grito de júbilo escapó de la condesa, y el telegrama quedó roto sobre la mesa. Luego, con mano temblorosa, escribió el segundo, pidiéndole que lo enviara de inmediato. Solo contenía estas palabras: “Estoy enferma… no puedo venir”.

Él seguía de pie a su lado, y ella se lo dio para que lo leyera.

“¿Es verdad?”, preguntó, después de echarle un vistazo y mirarla con una tímida y juguetona reprimenda. “¿Está usted enferma?”

“Sí”, dijo ella con cariño, posando su mano sobre su corazón, como si sintiera un dolor. “¡Lo estoy!”

Él tomó ambas manos entre las suyas y preguntó suavemente, en un tono que provocó un estremecimiento de felicidad en cada vena: “¿Cómo curaremos esta enfermedad?”

Ella sintió su cálido aliento en su cabello ondeante… y no se atrevió a moverse.

Luego, con repentina resolución, se liberó de esa atracción: “Buenas noches, condesa”.

Al instante siguiente, ya se alejaba rápidamente por la ventana.

Ludwig, sorprendido por la pronta partida de su amigo, entró.

“¿Qué ha pasado, condesa?”

“Han ocurrido signos y maravillas”, dijo ella, extendiendo los brazos, como transformada.

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CAPÍTULO X.
AL AMANECER

“¡Levántate, María! La noche se oscurece y las tormentas invernales azotan con fuerza… Pero ten consuelo: al amanecer, en el jardín de primavera, me volverás a ver.”

La condesa despertó de un breve sueño, como si alguien hubiera pronunciado esas palabras en voz alta. Miró a su alrededor en la habitación oscura; aún era temprano, apenas un destello de luz penetraba por las rendijas de las contraventanas. Intentó dormir de nuevo, pero en vano. Las palabras resonaban constantemente en sus oídos: “Al amanecer, me volverás a ver”. Ahora las rendijas de las contraventanas se iluminaron más, y una flecha dorada tras otra atravesó el espacio. La condesa apartó las mantas y se levantó. ¿Por qué torturarse intentando dormir? Afuera, un jardín cubierto de rocío ofrecía sus tentaciones.

Es cierto que era un jardín de otoño, no de primavera. Pero para ella era primavera: había amanecido en su corazón, la primera primavera de su vida.

¡Arriba! ¿Debería despertar a Josefa, que dormía arriba? No, ningún sonido, ninguna palabra debía perturbar esa sagrada tranquilidad matutina.

Se vistió y, media hora después, entró silenciosamente en el jardín, sin ser vista.

El reloj de la torre de la iglesia marcaba las seis. Una brisa otoñal soplaba como un grupo de duendes alegres entre las copas de los árboles antiguos; luego, descendiendo, agitaba su cabello sedoso, como si quisiera llevarse esos mechones para que alguna ninfa del bosque los utilizara para tejer redes destinadas a los pobres mortales que pudieran perderse en su dominio.

En el suelo, a sus pies, las hierbas y los arbustos también se mecían y susurraban, como si pequeños duendes celebraran allí una fiesta. Un extraño ambiente reinaba en toda la naturaleza.

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Madeleine von Wildenau alzó la vista; había enormes formas de nubes en el cielo, pero el sol brillaba intensamente sobre una amplia extensión azul. Las campanas sonaban para la misa matutina. La condesa juntó las manos. Todo estaba en silencio y soledad; ningún ojo la veía, ningún oído la escuchaba, salvo la esfera dorada del cielo. Los pájaros que entonaban sus canciones matutinas, las flores cuyos pétalos estaban llenos de rocío matutino, las abejas zumbando… todos celebraban la gran ceremonia del despertar de la naturaleza; y ella, cuyo corazón estaba lleno del rocío matutino del primer sentimiento verdadero de su vida, ¿estaba sola, sin poder unirse al coro de gratitud de la creación renovada?

Existe un lenguaje cuya clave no poseemos. Es el sánscrito de la Naturaleza y del alma humana cuando se comunica con la deidad. La condesa se sentó en silencio sobre la hierba cubierta de rocío. No rezó con palabras precisas; hubo un intercambio de pensamientos: su corazón hablaba a Dios, y la razón no sabía qué le confiaba.

“¡En la madrugada, en el jardín de primavera, volverás a verme!”, volvió a sonar esa voz que la había despertado tan temprano. La condesa levantó la cabeza, pero siguió arrodillada, como hechizada. Frente a ella estaba el Prometido.

No pudo decir nada más que la palabra pronunciada por María Magdalena: “¡Maestro!”.

Un alma enamorada nunca puede sorprenderse por el objeto de su amor, porque siempre y en todas partes lo espera; sin embargo, parece un milagro cuando esa expectativa se hace realidad.

“¿He interrumpido tu oración? No te vi porque estabas arrodillada”, dijo él con dulzura.

“Me interrumpes en mi oración… tú, que fuiste quien primero me enseñó a rezar”, preguntó ella, extendiendo su mano para que él la ayudara a levantarse. “Dime, ¿cómo llegaste aquí?”

“No podía dormir… algún anhelo me llevó hasta ti, hasta tu jardín”.

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Él la levantó con delicadeza, mientras ella miraba fijamente a sus ojos como si estuviera hechizada.
“¡Maestro!”, repitió. “Oh, mi amigo, yo era como María Magdalena: mi Señor había sido llevado y yo no sabía dónde lo habían dejado. Ahora lo sé. Está enterrado en mi propio corazón, y el mundo colocó una piedra delante de él; pero ayer… ayer resucitó y la piedra fue apartada. Por eso, algún impulso me llevó temprano esta mañana al jardín para buscarlo… y ahí está, frente a mí, tal como lo prometió.”

“No hables así… Sé muy bien que esas palabras no van dirigidas a mí. Pero si relacionas tanto a Cristo con mi personalidad, temo que lo confundas conmigo, y que su imagen se empañe, si algo llegara a ensombrecer la mía. Te ruego, condesa, por todo lo que es sagrado: aprende a separarlo de mí… o bien no has comprendido la verdadera naturaleza de Cristo, y mi labor será inútil”. Se quedó frente a ella con la mano levantada, como en señal de profecía; los contornos de su robusta figura se destacaban claramente contra el aire fresco y brillante de la mañana. La pureza, la castidad, la más elevada y sincera dedicación se reflejaban en toda su actitud, así como toda la dignidad del alma y de la naturaleza humana creada por Dios.

¿Acaso no debería sentir esa sensación de adoración que siempre nos invade cada vez que, dondequiera que sea, la deidad se revela en sus creaciones? No, ella no entendía lo que él quería decir; solo comprendía que había algo divino en él, y que esa percepción de su cercanía a Dios la llenaba de una felicidad nunca antes experimentada. Joseph Freyer era la garantía de la existencia de un Dios en quien ella había perdido la fe… ¿Por qué habría de imaginarlo bajo otra forma que no fuera la que había encontrado al encontrarlo de nuevo? “¡No te harás imagen alguna!” ¿Debe esta interpretación errónea, de carácter puritano, destruir el bien más preciado del hombre: el símbolo de la realidad? Entonces, las obras de Rafael, Tiziano y Rubens deberían ser borradas, al igual que los milagros de fe que se producen en las almas de la humanidad a través de las representaciones de la naturaleza divina.

“Oh, bendita adoración de las imágenes… ¡Ahora entiendo tu significado!”, exclamó ella con alegría. “Quien te insulta nunca ha sentido el ardiente deseo del débil corazón humano, prisionero de los sentidos, de tener contacto con lo inaccesible, de ver el rostro de esa divinidad siempre oculta, pero siempre presente. Aquí, aquí está la imagen más perfecta que el cielo y la tierra hayan creado jamás”.

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“¿Acaso no debo arrodillarme ante ella, abrazarla con todas las fibras de mi alma anhelante? ¡No! Nadie debería, nadie puede impedírmelo.”

Mitad desafiante, mitad suplicante, las palabras brotaron de su alma más profunda como lava fundida. “Que todos me malentendan… ¡Pero protéjete a ti mismo, Freyer! Tú, por quien Dios realizó el milagro, no deberías ser de mente estrecha. ¡No deberías destruirlo por mí, tú menos que nadie!” Luego le suplicó, le hizo un ruego: “Deja que los santos, que los espíritus glorificados, se contenten con la esencia y prescindan de ese símbolo terrenal… ¡Yo no puedo! Soy uno de los millones de personas atrapadas por las debilidades, las ideas y los placeres del mundo sensible. ¿Acaso esperas de mí una pureza abstracta y una espiritualización del pensamiento religioso, algo a lo que solo puede llegar la perfección innata o exigida? Sé indulgente conmigo… Dios tiene diversos modos de atraer a los rebeldes hacia Él. A aquellos espíritus capaces únicamente de ideas materiales. Él les da revelaciones a través de los sentidos, hasta que, a través del dolor y la tristeza, logran elevarse a ideas intelectuales. Y hasta que pueda contemplar al verdadero Dios en Su esfera sombría, seguiré aferrándome con amor y devoción a Su imagen.”

Se arrodilló ante él en una súplica apasionada. “¡No lo destruyas por mí! Más bien, ayuda a esa ilusión piadosa que está destinada a salvarme. Soporta pacientemente el sufrimiento de un alma que busca su salvación, y deja el resto en manos de Dios”. Apoyó su frente en la mano que colgaba a su lado, en silencio debido a la intensidad de sus emociones.

El hombre alto y robusto permaneció temblando, tal como Abraham debió haber estado frente al matorral cuando Dios detuvo su brazo levantado y dijo con tierno amor: “No aceptaré tu sacrificio”.

Tuvo la premonición de que también le sería arrebatada la víctima si era demasiado severo. Entonces, todas las corrientes de su corazón estallaron, y todas las compuertas del amor y la compasión se abrieron. Se inclinó, tomó su cabeza entre sus manos con cariño y calor, y tocó su frente con labios temblorosos.

Un grito ahogado de felicidad inefable salió de ella, y se dejó caer sobre su pecho. Al instante siguiente, elevó sus labios cálidos y rosados hacia los suyos.

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Pero dio un paso atrás, sumido en un conflicto angustioso: “No, condesa, por el amor de los cielos, no; eso no puede ser”.

“¿Por qué no?”, preguntó ella, con el rostro pálido.

“Déjeme seguir siendo digno del milagro que Dios ha realizado en usted a través de mí. Si debo representar a Cristo ante usted, debo al menos sentir y pensar como Él lo hacía, en la medida en que mi debilidad humana lo permita; de lo contrario, todo será una engañifa”.

La condesa se cubrió el rostro con las manos. “¡Ah, nadie que conozca algo del amor y del anhelo puede decir tales cosas!”, gimió entre dientes, lleno de amargo desdén.

“¿De verdad lo cree?”, exclamó Freyer. El tono de su voz le atravesó el corazón como un grito de dolor. Le quitó las manos del rostro y la obligó a mirar sus ojos brillantes: “Míreme y vea si las lágrimas que ahora recorren mis mejillas no expresan amor y anhelo. Mírese a sí misma: sus dulces labios fruncidos, sus ojos brillantes, todos sus encantos radiantes… Y pregúntese si un hombre al que cae en brazos una mujer así puede permanecer indiferente. Cuando haya respondido a estas preguntas, dígase a sí misma: ‘¡Cuánto debe amar ese hombre a su Salvador, si paga con tales sacrificios el derecho de llevar su corona de espinas!’ Quizá entonces comprenda mejor lo que acabo de decir sobre el espíritu y la naturaleza de Cristo”.

La condesa Madeleine no respondió; solo apretó las manos y bajó la vista al suelo.

“¿Le he causado dolor, condesa?”

“Sí, hasta la muerte. Pero así está mejor. Le entiendo. Si debo amarlo como a Cristo, usted debe ser Cristo. Cuanto más severo sea, más alto me eleva. ¡Ay, el dolor es insoportable!” Se presionó la mano sobre el corazón, como si quisiera cerrar una herida; en su rostro pálido se reflejaba una expresión patética de resignación.

“Oh, condesa, no haga que mi tarea sea demasiado difícil para mí. ¡Solo soy un mortal! ¿Cómo puedo verla sufrir? Puedo renunciar a todo, pero no a hacerle daño…”

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“Hacerlo está más allá de mis fuerzas.”

“¡No digas ‘tú’ en esta hora solemne! Llámame por mi nombre; me gustaría escucharlo una vez de tus labios.”

“¿Y cuál es tu nombre?”

“María Magdalena.”

“No. Te llamas así bajo la impresión de la obra teatral sobre la Pasión.”

“Fui bautizada como María Magdalena von Prankenberg.”

“María Magdalena”, repitió él, con la mirada fija en ella, lleno de profunda emoción. Ella, cuya actitud solía ser tan orgullosa, ahora era humilde, silenciosa, sumisa, como la penitente ante el Maestro. De repente, abrumado por sus sentimientos, extendió los brazos: “Mi Magdalena.”

“Mi Maestro, mi salvación”, sollozó ella, arrojándose a su pecho. Él la abrazó con un gesto divino de amor.

“Oh, Dios… Ha venido aquí como una paloma asustada y se ha refugiado en mi pecho. Pobre palomita, yo te protegeré de toda brisa cruel, de todo contacto vil del mundo. Construye tu nido en mi corazón; aquí descansarás en la paz de Dios”. Apretó su cabeza contra su corazón.

“¡Cómo tiemblas, palomita! ¿Puedo llamarte así?”

“Oh, para siempre.”

“¿Estás cansada de tu largo vuelo? Pobre palomita… ¿Has volado hasta mí, a través de las olas turbulentas del mundo, para traerme la rama de olivo, símbolo de reconciliación, que me permite tener paz con las cosas temporales y eternas? ¿Y debo ahora rechazarte, diciendo como Cristo le dijo a Magdalena: ‘No me toques; pues aún no he subido a mi Padre’? ¿Debo volver a expulsarte a este caos, para que esas alas fieles que te llevaron por el camino correcto se debiliten hasta que perezcas en las olas del mundo?” La abrazó aún más fuerte: “Oh, Dios… Esto no puede ser Tu voluntad”.

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¡Lo haré! Pero creo que Te entiendo, Ómnipotente: Me has encomendado este alma, y la protegeré lealmente por Ti.

Fue una hora de felicidad sagrada. Su cabeza descansaba sobre su pecho. Ni una hoja se movía en las ramas. La densa sombra de los hayedos los rodeaba, separándolos del mundo, como si el universo no contuviera nada más que ese pequeño rincón de tierra y el sueño de ese momento.

“Dime una cosa”, susurró ella, “solo una, y sufriré, expiaré y compraré esta hora celestial con cualquier sacrificio: ¿Me amas?”

Él la miró, con toda su alma reflejada en sus ojos. “¿Debo decírtelo?”, preguntó con tristeza. “¿De qué te sirve meter tu mano en la herida de mi corazón y ver cuán profunda es? No puedes curarla. ¿No has sentido, desde el primer momento, que algún hechizo irresistible me atrajo hacia ti, obligándome a mí, el ermitaño, a acercarme a ti una y otra vez? ¿Qué fue lo que me hizo levantarme temprano esta mañana y venir aquí, a tu casa cerrada y jardín desolado? ¿Qué fue, si no el amor?”

“Desde las cuatro de la tarde he estado deambulando inquieta, con la vista fija en las persianas de tu habitación, hasta que el anhelo impetuoso de mi alma te despertó y te sacó de tu cama cálida al aire frío de la mañana. Ven, estás temblando; déjame calentarte, acuéstate en mis brazos y siente el calor de mi corazón.”

Él se sentó en el banco bajo el pabellón, y—no sabía cómo—ella se aferró a él como una niña. Él no podía rechazarla, ¡no podía! Ella acarició sus largos cabellos negros con su pequeña mano suave y apoyó su cabeza en su mejilla; era la encarnación misma de la inocencia, la simplicidad y la ingenuidad juvenil. Con susurros, le reveló todo su corazón, como una niña que confía en su padre. Sin reservas, le contó toda la amarga tristeza de su vida, una vida que nunca había conocido ni amor ni felicidad. Al perder a su madre cuando aún era niña, fue educada por una institutriz fría y un tutor pesimista. Su padre, completamente absorbido por la vida mundana, no se preocupó por ella en absoluto. Apenas salida de la escuela, la obligó a casarse con un anciano rico, con quien pasó ocho años en un verdadero tormento. Luego, temiendo terriblemente que su interlocutor no la perdonara…

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Pero fiel a la verdad, también confesó cómo su alma anhelante de amor había luchado por encontrar alguna compensación, rebelándose contra una ley que consideraba como moral la mayor inmoralidad, hasta el punto de que el pecado mismo parecía virtud comparado con la injusticia de tal vínculo. Pero como la bebida prohibida no saciaba su sed, tuvo la premonición de que anhelaba esa fuente de la cual Cristo dijo: “¡Pero quien beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed!”. Esto la había traído aquí, y aquí se abrió la fuente purificadora y redentora de vida y amor.

“¡Ahora ya sabes todo! Mi alma está abierta ante ti. Por la renuncia a mí misma con la cual arriesgué mi mayor bendición, tú mismo, y te revelé toda mi vida pasada, puedes juzgar si he sido ennoblecida por tu amor”. Saliendo de sus brazos, se arrodilló ante él: “Juzga ahora a la penitente; aceptaré de tu mano cualquier destino que impongas. Pero hay una cosa que te ruego que hagas, sea lo que sea que me pidas: recuerda a Cristo”.

Freyer levantó sus grandes ojos oscuros. “Yo sí Lo recuerdo”. Inclinándose hacia ella con infinita ternura, la levantó en sus fuertes brazos: “Ven, Magdalena. No puedo condenarte”, dijo, y la penitente volvió a descansar en los brazos de la compasión.

“Hay gotas de sudor frío en tu frente”, dijo Madeleine después de un largo silencio. “¿Estás sufriendo?”

“Sufro de buen grado. ¡No hagas caso!”, dijo con esfuerzo.

Luego, una mirada llena de cariño y curiosidad exploró su alma más profunda. “¿Lamentas el beso que acabas de negarme?”, preguntó, apenas en un susurro. Pero esa pregunta susurrada le causó dolor, como si una aguja hubiera penetrado en alguna herida oculta. Ella lo sintió, y un impulso irresistible la llevó a levantar nuevamente sus labios fruncidos. Él vio sus curvas rosadas cerca de las suyas y las cubrió suavemente con su mano. “Sé fiel. Seamos leales el uno al otro. ¡No hagas que mi suerte sea aún peor de lo que ya es! Tú no sabes lo que estás liberando”. Se puso de pie, juntó las manos sobre su pecho y respiró profundamente el aire fresco de la mañana. La luz sombría que acababa de brillar en sus ojos volvió a convertirse en una luz pura y serena. “Esto…”

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“Es tan hermosa… No la perturbes”, dijo suavemente, besándola en la frente.
“Mi hija, mi paloma… Nuestro amor permanecerá puro y sagrado, ¿no es así?”
“Sí”, murmuró ella con reverente sumisión; ahora él era de nuevo la imagen de Cristo, y ella se inclinó en silencio para besarle la mano. Él no se resistió, pues sentía que eso le servía de consuelo. Luego desapareció, sereno, elevado, como quien se ha despojado de las cadenas de este mundo.

Madeleine von Wildenau quedó sola. Apoyando su frente contra el tronco del árbol, que le servía de soporte rudimentario pero firme, se recostó en el banco, cerrando los ojos. Su corazón estallaba casi por la intensidad de sus emociones. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Dios le había dado tanto que casi se desmayaba bajo tanta felicidad. Solo un poco de dolor podía equilibrarla; de lo contrario, sería demasiado para que la fuerza humana pudiera soportarlo. Ese dolor era un anhelo insatisfecho, una sensación vaga de que su destino solo podría cumplirse a través de ese amor, y de que aún estaba muy lejos de poder poseerlo. Dios ha dispuesto que el corazón humano solo pueda soportar cierta medida de felicidad; cuando se supera ese límite, la alegría se convierte en dolor, porque no estamos destinados a experimentar aquí en la tierra esa felicidad que pertenece a un nivel de desarrollo superior. Por eso la mayor de las alegrías trae lágrimas; por eso, en medio del mayor amor, creemos que nunca hemos amado lo suficiente; por eso, en medio del exceso de placer, somos consumidos por el deseo de algo aún más grande, de algo que este placer no es más que un anticipo; por eso cada placer nos enseña a anhelar uno nuevo y mayor, para que nunca estemos satisfechos y sigamos sufriendo.

Solo hay una fuerza que, con mano firme, mantiene el equilibrio, nos enseña a ser moderados en la alegría, nos ayuda a soportar el dolor, contiene todos los flujos de deseo y los dirige hacia el trabajo y la fructificación dentro del alma: el ascetismo. ¡El ascetismo corta con firmeza los brotes exuberantes del árbol de la vida, para que su fuerza se concentre en la médula del tronco y impulse su crecimiento hacia arriba! El ascetismo… el terror de todos los hijos adultos de este mundo. Dondequiera que aparezca, los corazones humanos se agitan, como si la muerte estuviera cerca. Como hormigas que llevan sus huevos a un lugar seguro, las conciencias perturbadas de los mundanos se esfuerzan ansiosamente por ocultar sus deseos y placeres secretos ante ese temido enemigo. Pero quien se atreve a mirarlo a los ojos comprende que no es ese el verdadero enemigo…

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Agradecería poder representarla no como una sombra sin carne ni sangre que busca destruir el vínculo natural entre el Creador y la creación, sino como un ser con un corazón resplandeciente, cinco heridas y una frente bañada en gotas de sudor. Su tarea es severa y sombría, su labor ardua e ingrata, pues debe luchar violentamente contra almas rebeldes; y, salvo por la ayuda del ejército de sacerdotes que se han consagrado a su servicio, sucumbiría en la lucha constante contra el materialismo, que siempre tiende a desarrollarse hacia una conciencia más elevada. Sin embargo, quienquiera que se haya entregado a su servicio la encuentra como una diosa sublime, sincera y misericordiosa. Ella es el apoyo de los débiles, el consuelo de los infelices y solitarios, el ángel de quienes se sacrifican por otros. Quien sienta su mano sobre un corazón herido y tembloroso sabe que ella es la benefactora, no la señora de las tareas de la humanidad.

Tampoco siempre aparece como la lúgubre doliente junto al cadáver de las alegrías asesinadas. A veces, rosas adornan su frente marcada por espinas, y entonces se convierte en la sacerdotisa del amor. Cuando el mundo y sus deberes autoimpuestos separan bruscamente dos corazones que Dios creó el uno para el otro, dejándolos marchitar en angustia mortal, ella es la compasiva. Con poder santificador, eleva a las almas que luchan por encima de la barrera de las cosas temporales, les enseña a pisotear la tierra bajo sus pies y las une con un vínculo eterno en la esfera más pura del amor intelectual. Así une lo que la moralidad separa. Solo la moralidad es severa, no el ascetismo. La moralidad prescribe sus leyes sin piedad, ignorando la debilidad de los pobres corazones humanos; el ascetismo les ayuda a someterse a ellas. La moralidad exige obediencia; el ascetismo la enseña. La moralidad castiga; el ascetismo corrige. La primera juzga por las apariencias, la segunda por la realidad. La moralidad solo tiene la recompensa de este mundo; el ascetismo, la del Cielo. La moralidad convirtió a María Magdalena en una paria; el ascetismo la llevó hasta el Señor y obtuvo para ella su misericordia.

Y mientras la hermosa Magdalena de nuestros días estaba sentada con los ojos cerrados, dejando que sus pensamientos se llevaran por las olas espumosas de su sangre ardiente, imaginó que aquel ser temible, al que antes había temido tanto porque solo lo conocía bajo la apariencia del cumplimiento de deberes viles y repugnantes, se acercaba. Pero esta vez, esa figura apareció en toda su belleza pura, inclinándose tiernamente sobre ella, como una silueta pálida de luz, y la miró con los ojos de un amigo. Palabras bajas y misteriosas, en tonos melancólicos y ominosos, fueron murmuradas.

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en sus oídos. Mientras escuchaba, sus lágrimas fluían con más suavidad, y con humildad infantil abrazó esa visión sublime y escondió su rostro en su pecho. Entonces sintió en su frente un beso frío, como un aliento proveniente de las regiones heladas de la paz eterna, y la aparición desapareció. Pero así como las últimas palabras de algo escuchado en un sueño suelen resonar en los oídos de quien despierta, la condesa, al levantar sus párpados cerrados, no recordó nada salvo esas tres palabras: “¡En la cruz!”...

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CAPÍTULO XI.
MARÍA Y MAGDALENA

“En la cruz”… ¿Era eso un consuelo o una amenaza? ¿Quién podía descifrar ese mensaje? Era como todos los dichos de los oráculos. La historia explicaría su significado, y cuando eso ocurriera, ya sería demasiado tarde, porque se habría cumplido. La condesa seguía sentada, inmóvil, bajo el viejo cenador. Su destino había comenzado en la cruz, eso era seguro. Hasta entonces había sido como un vacío ciego, arrastrada por la rueda del azar, al igual que miles de personas. Entró en contacto con el orden sistemático del pensamiento divino en el momento en que vio a Joseph Freyer en la cruz. ¿Acabaría su destino tal como comenzó, en la cruz? Un frío helado recorrió sus venas. Amaba la cruz, ya que allí estaba el hombre al que amaba, pero, ¿qué influencia más podría tener sobre su vida? ¿Y qué relación tenía el ascetismo pálido con ella? ¿Cuál era la fuente de todas esas premoniciones opresivas y melancólicas, que solo podían justificarse si se avecinaba un conflicto con deberes graves o circunstancias restrictivas? ¿Por qué no podían amarse? ¡Ambos eran libres! Pero ella no solo deseaba amarlo, sino también ser suya, reclamarlo como propio. Toda mujer enamorada anhela que su destino se cumpla a través del hombre al que ama. ¿Cómo podría lograr esa realización? Lo que nace en la moralidad no puede existir en la inmoralidad. Él lo sabía, lo sentía, y eso era la causa de su severidad. Esa era la fuente de su tristeza, la visita del misterioso consolador y la advertencia de la cruz. Pero, ¿acaso la felicidad más brillante, el hermoso brote del amor, tenía que marchitarse en la cruz solo porque allí creció? ¿No existía otro suelo sagrado donde pudiera prosperar y convertirse en la flor más perfecta? ¿No existía un altar nupcial, ningún sacramento del matrimonio? Se retiró, como si de repente estuviera al borde de un abismo oscuro. ¡Le daba vueltas la cabeza! Una multitud de espectros burlones parecía sonreírle, observando con deleite malicioso el salto que la condesa Wildenau estaba a punto de dar, hacia un campesino. Miró instintivamente a su alrededor, como si alguien pudiera estar escuchando sus pensamientos. Pero todo estaba en silencio; gracias a Dios, su secreto seguía siendo solo suyo.

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“Providencia eterna, ¿qué destino has preparado para mí?”, preguntó su mirada inquisitiva al cielo azul. ¿Cuál era el significado de este conflicto extraordinario? Amaba a Freyer como al dios que representaba, pero él solo podía ser suyo como hombre; debía renunciar o bien a él o bien a esa ilusión divina. Sentía que en el instante en que él fuera suyo como hombre, el hechizo se rompería y ya no lo amaría. El dios estaba demasiado por encima de ella como para bajar a su nivel, y el hombre estaba demasiado por debajo como para elevarse hasta él. ¿Acaso alguna mujer mortal había estado jamás en tal situación, con dos alternativas y la orden de “¡Elige!”? La lluvia dorada cayó sobre las rodillas de Dánae, el cisne voló hacia Leda, el toro se llevó a Europa, y Júpiter no preguntó: “¿En qué forma deseas que aparezca?”. Pero a la conciencia más elevada de la mujer cristiana se le asigna toda la responsabilidad de la elección libre. ¿Y cuál es la recompensa de este dilema angustioso? Si elige al dios, debe renunciar al hombre; si elige al hombre, debe sacrificar al dios. ¿A cuál puede renunciar, a cuál dejar atrás? No podía decidir y se retorcía las manos de agonía. ¿Por qué tenía que ser ella quien sufriera esta terrible discordia? ¿Había osado entrar demasiado audazmente en la esfera de la vida divina, para que, como burla, se le diera la opción entre lo inmortal y lo mortal, con el fin de que, en la lucha entre ambos, reconociera toda la extensión de su debilidad?

Parecía así. Como si estuviera completamente agotada por ese doloroso conflicto, escondió su rostro entre las manos y pidió ayuda al consolador pálido que acababa de acercarse con tanta ternura. Pero fue en vano: las revelaciones permanecieron en silencio, la deidad no quiso ayudarla.

“Debería subir a la montaña hoy, condesa”, dijo una voz resonante. Esta vez no había ningún fantasma pálido ni espectro amenazante frente a ella, sino su amigo Ludwig, quien la miraba a los ojos con compasión. Ella le tomó la mano.

“Cada vez que vienes a verme, amigo mío, no puedo evitar decir ‘¡Gracias a Dios!’ Eres uno de esos cuya sola presencia es beneficioso para quien sufre, así como la llegada de un médico suele ser suficiente para aliviar al paciente sin necesidad de medicinas”.

Ludwig se sentó en el banco junto a la condesa. “Mis hermanas y Josefa están muy preocupadas porque aún no ha ordenado el desayuno, y nadie se atrevió a preguntar. Por eso asumí yo esta tarea arriesgada”.

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“Su Alteza puede ver allá, junto a la puerta, cómo los ojos de mis hermanas me siguen con admiración.”

La condesa se rió. “Dios mío, ¿soy acaso una tirana tan temible?”

“Sin duda tiene cierta tendencia a serlo”, respondió Ludwig, con curiosidad; “de vez en cuando asoma un punto afilado de una corona oculta. Yo mismo lo sentí ayer.”

“¿Cuándo… cómo?”

“¿Puedo recordárselo?”

“Por supuesto.”

“Cuando descargó toda su ira sobre el pobre Freyer y decidió marcharse de Ammergau de inmediato. Entonces me quedé perplejo por un momento.”

“¿De verdad?”, dijo la condesa, con encantadora timidez. “Entonces no me equivoqué… Lo percibí, y por eso demoré en enviar el telegrama. La gente no debería tomar tan en serio tales arrebatos pasajeros.”

“Sí, Condesa, pero ese ‘arrebato pasajero’ podría haber hecho infeliz al pobre Freyer durante mucho tiempo. Por favor, tenga más paciencia y tolerancia en el futuro. Naturalezas tan poderosas y superiores como la suya solo dejan de ejercer una influencia destructiva sobre un grupo de personas sencillas como nosotros cuando muestran un grado correspondiente de generosidad, lo cual es suficiente para disculpar todas nuestras torpezas. De lo contrario, algún día nos hará caer desde la altura a la que nos ha elevado, y eso sería mucho peor que si nunca hubiéramos salido de nuestra humilde esfera.”

“Tiene razón”, dijo la condesa, pensativa.

“Temo que solo seamos capaces de despertar su interés, no de retenerlo. Estamos en una posición demasiado desigual; sentimos y comprendemos su hechizo, pero somos demasiado simples e inexpertos como para no quedar deslumbrados y confundidos por su fantasmagoría siempre cambiante. Por eso, Condesa, usted es tanto una fuente de peligro como de felicidad.”

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“¡Hmm! Entiendo. Pero supongamos que, por el bien de ustedes, gente de Ammergau, yo deseara volver a la sencillez y la simplicidad.”

“No puede hacerlo, condesa; es demasiado joven.”

“¿Qué quiere decir? Esa sería precisamente la razón por la que debería poder hacerlo.”

“No, porque ya ha pasado la edad en la que las personas se adaptan fácilmente a nuevas circunstancias. Demasiados brotes de lujo han crecido excesivamente; reclamarán sus derechos y no podrán ser forzados a regresar a las semillas de donde provienen. Solo cuando hayan vivido su tiempo en este mundo y mueran podrán formar el suelo para un desarrollo nuevo, y, si así lo desea, más primitivo y simple. Cualquier intento prematuro de este tipo solo durará unos instantes, y incluso esos serían una ilusión. Pero lo que para usted serían momentos de decepción, para quienes los compartan sería un destino de por vida. Nuestras naturalezas torpes no pueden realizar estas gráciles oscilaciones de un sentimiento a otro; apostamos todo por uno y lo perdemos si somos engañados.”

La condesa lo miró con seriedad.

“Es usted un severo consejero, Ludwig Gross”, dijo, pensativa. “¿Teme que pueda jugar un juego con alguno de ustedes?”

“Un juego inconsciente, condesa… como las olas juegan con un barco a la deriva.”

“Bueno, al menos eso no sería cruel”, respondió la dama, sonriendo.

“Cualquier juego, condesa, sería cruel, si separara a una de estas almas tranquilas de su refugio tranquilo aquí y la dejara a la deriva, sin timón, en el mar embravecido de la pasión”. Se levantó. “Perdóneme; estoy tomándome demasiadas libertades.”

“No más de las que mi amistad le da derecho a decir. Trajo a su amigo ante mí; tiene razón al advertirme si cree que desperdiciaría imprudentemente este regalo invaluable. Pero, Ludwig Gross…” Le tomó la mano. “¿Sabe que lo valoro tanto que no me consideraría demasiado orgullosa?”

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¿Una recompensa? ¿Sabe usted que acaba de encontrarme en una lucha encarnizada por este problema?

Ludwig Gross dio un paso atrás, como si no pudiera comprender el verdadero significado de esas palabras. Le parecieron tan importantes que se puso pálido. “¿Es posible?”, balbuceó.

Un gesto tembloroso de la mano le advirtió que no dijera más. “No sé si es posible… Pero el hecho de que pueda siquiera pensar en ello le permitirá imaginar cuánto valor tiene para mí su regalo. Ni una palabra, se lo ruego. Déme tiempo… y confíe en mí. Tantos prodigios han ocurrido en mí durante estos últimos días que me dejo llevar por el impulso del momento y me permito ser guiado por una Providencia siempre presente… Seré tratado con bondad.”

Ludwig, profundamente conmovido, besó la mano de su compañera. “Condesa, el impulso que la mueve en este momento debe conmover inconscientemente todo corazón en Ammergau, tal como el niño dormido lo siente, incluso en sus sueños, cuando una hada bondadosa se acerca a su cuna. Y así es, en efecto; porque en usted la cultura consciente se une a la naturaleza inconsciente… Es un momento sublime, en el que la cultura más elevada, como la hada junto a la cuna, escucha la respiración de la humanidad, donde la perfección se acerca a la fuente del ser y bebe de ella nuevas fuerzas.”

“Sí”, exclamó la condesa con entusiasmo: “Eso es. Me comprende perfectamente. Toda civilización debe obtener nueva fuerza de la fuente de la naturaleza, o bien sus fuentes de vida se secarán… Pues obtienen constantemente su nutrición de ese pecho materno inagotable. Donde esto no ocurre en la vida individual, el elemento primitivo, al ser rechazado, se venga mediante grandes revoluciones sociales, catástrofes que marcan épocas en la historia del mundo. Es una lástima que, en tales fases de renovación violenta, se pierda el trabajo de toda una era de civilización. Por eso, las almas en armonía con su época deben tratar de reconciliar pacíficamente aquello que, tomado colectivamente, adquiere proporciones de contrastes destructivos para el universo.”

“¿Y dónde podríamos encontrar esa reconciliación, sino en el amor?”, exclamó Ludwig con entusiasmo.

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“Lo expresas con exactitud: esa es la percepción hacia la cual las mentes son empujadas cada vez más, y cuyos contornos aparecen con mayor claridad en el arte y en la ciencia. Ese es el secreto de la influencia de Parsifal, que se extiende mucho más allá del ámbito del arte, y, en otro campo, el éxito de la obra sobre la Pasión. Para unos se reveló bajo una forma, para otros bajo otra. Para mí fue aquí donde apareció la propia fuente del amor. Y como tú, que me lo revelaste, estás impregnado de esa gran lección, primero la probaré en ti. Hermano, amigo: te ayudaré en toda dificultad y calamidad, y verás que ejerzo el amor no solo con palabras, sino que también el poder que actúa dentro de mí logrará realizar hechos concretos”. Juntó las manos suplicante: “Y si amo a alguno de ustedes más que a los demás, no me culpen. Cuanto más cerca se está del foco de luz, más intensa es su calor. Él, ese hombre, es sin duda el foco de esa gran luz que, emitiéndose desde ustedes, ilumina todo el mundo. Estoy tan cerca de él… ¿cómo podría permanecer indiferente?”

“Ah, condesa… ahora dejaré de lado todos mis temores por mi amigo. En nombre del Cielo, tómalo contigo. Aunque padezca bajo tu dominio, el dolor también es algo divino, y sufrir por ti es un destino grandioso y noble, mil veces más hermoso y mejor que la monótona tranquilidad de una felicidad cotidiana”.

“Dios mío, ¿cuándo he oído yo semejantes palabras?”, exclamó la condesa, mirando con admiración al humilde hombrecillo, cuyas mejillas ardían con el rubor de los sentimientos más nobles. Estaba ante ella vestido con su sencillo traje de trabajo, con el perfil erguido y la mirada elevada, como si buscara las huellas de un objetivo elevado e inalcanzable.

Ella se levantó: “No hay ni un día, ni una hora aquí, que no me traiga algo grandioso. ¡Ay de mí si no demuestro ser digna de la obligación que impone su amistad! Sería más culpable que aquellos a quienes nunca llegó la llamada del ideal; aquellos que nunca se han enfrentado cara a cara con hombres como ustedes”.

Ludwig extendió silenciosamente su mano y la apretó firmemente contra la de ella. La penetrante mirada de sus ojos de artista parecía leer las profundidades más íntimas de su alma.

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Después de una larga pausa, Madeleine von Wildenau interrumpió el silencio:
“Ahí está tu hermana, muy preocupada por mi bienestar físico. Bueno, entonces recordemos que somos humanos… ¡lamentablemente! ¿Desayunarás conmigo?”

“Gracias, ya he desayunado”, dijo Ludwig, modestamente, indicándole a Sephi que se preparara.

“Entonces al menos acompáñame”. Tomándolo del brazo, lo llevó hasta el cenador cubierto de vid de uva silvestre donde estaba dispuesta la mesa. Ella se sentó a la sencilla comida, mientras su compañero le servía con tanta delicadeza y gracia que no pudo evitar pensar involuntariamente: “¿Y estos son campesinos? ¿Qué deberíamos ser nosotros, los aristócratas?” Entonces, como en burla a ese pensamiento, un hombre con las mangas de la camisa arremangadas, la chaqueta colgando del brazo y una guadaña en la mano pasó por la calle junto a la valla. “¡Freyer!”, exclamó la condesa, con el rostro encendido: “¿El Mesías con una guadaña?”

Freyer se detuvo. “¿Me ha llamado, condesa?”

“¿A dónde va con ese instrumento, señor Freyer?”, preguntó ella, fríamente, visiblemente avergonzada.

“¡A segar mi campo!”, respondió él en voz baja. “Solo tengo tiempo, y quiero intentar cosechar un poco de heno. Casi todo se echa a perder durante la Pasión”.

“Pero, ¿por qué lo corta usted mismo?”

“¡Porque no tengo sirviente, condesa!”, dijo Freyer, sonriendo. Levantó su sombrero con el gesto digno que le era característico y siguió su camino con firmeza y orgullo, como si la tarea que realizaba fuera digna de un rey. Y así era, cuando la llevaba a cabo. Un segundo rubor tiñó la frente pálida de Madeleine von Wildenau. Pero esta vez fue porque se había avergonzado de él por un momento. “Pobre Freyer… Su pequeño patrimonio era un pedazo de tierra. ¿Debería considerarse una degradación el hecho de que tenga que recibir el escaso regalo de la naturaleza directamente de sus manos, o más bien ganarlo hoja a hoja con el sudor de su frente?”, razonó ella.

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Luego él la miró de nuevo y ella sintió que esa mirada, más brillante que el sol, iluminaba toda su naturaleza. ¡Un saludo ardiente de un alma radiante! Ella le agitó su mano blanca, y él volvió a levantar su sombrero.

“¿Dónde está el campo de Freyer?”

“No está lejos de aquí, justo fuera del pueblo. ¿Quieres ir allí?”

“No, eso me causaría molestias. No me gustaría verlo trabajando arduamente para ganarse el pan diario. Hombres como él no deberían verse obligados a hacerlo, y esto tiene que terminar de alguna manera. Dios me envió aquí para corregir la injusticia del destino.”

“No podrá lograrlo con Freyer, condesa. Él ya habría sido un hombre rico hace tiempo, si hubiera estado dispuesto a aceptar algo. ¿Qué cree que le han ofrecido esas damas que, por motivos sagrados y egoístas, bajo la influencia de su personificación de Cristo, estaban dispuestas a hacer cualquier sacrificio? Si alguna vez la pobreza fue un honor para un hombre, ese honor le corresponde a Freyer, porque podría haberse encontrado en circunstancias muy diferentes; sin embargo, se conforma con las pocas propiedades que recibió de su padre: un poco de bosque, un campo y una miserable cabaña. Para mantener la nobleza y la libertad de su alma, trabaja como un sirviente y cuida personalmente la casa, el campo y el bosque.”

“Mírelo ahora, condesa”, añadió él. “Nunca ha visto a un hombre que parezca más aristocrático mientras trabaja que él, aunque solo utilice una hoz.”

“Eres un amigo leal, Ludwig Gross”, respondió ella. “¡Y un defensor elocuente! Vamos, llévame hasta él.”

Se apresuró a entrar en la casa y regresó con un sombrero de ala ancha en la cabeza, lo que hacía que su rostro pareciera tan floreciente y juvenil como el de una niña. Guantes largos cubrían sus brazos debajo de las mangas semifluidas de su vestido, y llevaba sobre el hombro un parasol escarlata que rodeaba toda su figura con un resplandor rosado. Había calidez, un encanto tentador en su apariencia, similar al brote aterciopelado de un melocotón maduro. Ludwig Gross la contempló maravillado.

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“¡Eres… fatalmente hermosa!”, exclamó involuntariamente, sacudiendo la cabeza con tristeza, como hacemos cuando vemos que se acerca una desgracia inevitable para un amigo. “Nadie debería ser tan hermoso”, añadió, con desaprobación.

Madeleine von Wildenau se rió alegremente. “¡Oh! Amigo cómico, que ofreces con un rostro tan serio los cumplidos más halagadores posibles. ¡Nuestros jóvenes de la alta sociedad podrían aprender de ti! Perdóneme por reírme”, dijo disculpándose, mientras el rostro de Ludwig se ensombrecía. “Pero fue tan inesperado… No estaba preparada para recibir un cumplido así aquí”. Y, a pesar de sí misma, volvió a reírse; el cumplido era demasiado irresistible.

Su compañero se sintió profundamente ofendido. Veía en esa explosión de alegría una ligereza que ultrajaba sus sentimientos más sagrados. Eran “esas gráciles oscilaciones de un estado de ánimo a otro”, como las había llamado ese día; algo que tanto temía para su amigo y que ahora confundía su propio juicio.

Un momento fue suficiente para que la condesa se diera cuenta de ello. Al instante siguiente ya había recuperado el control de sí misma y, con él, la capacidad de adaptarse a la seriedad del estado de ánimo de su amigo.

Él caminaba en silencio a su lado, con el corazón oprimido. Había algo en aquella risa que no podía comprender, ya que no lograba captar fácilmente cualquier matiz de humor. A la mujer seria que había visto esa mañana, le habría confiado a su amigo, convencido de que estaba cumpliendo un destino noble; pero a la mujer risueña y coqueta de este mundo, se lo reprochaba: Joseph Freyer era demasiado bueno para tal destino.

Continuaron caminando, cada uno sumido en sus pensamientos, dejando el pueblo atrás y adentrándose en el campo abierto. Había pocas personas trabajando, ya que durante la Semana Santa rara vez hay tiempo para cultivar los campos.

“¡Ahí está!”, señaló Ludwig a un hombre que agitaba su hoz con fuerza. La condesa había temido ver esa escena, pero ahora observaba con admiración, pues esos movimientos eran tan gráciles como sus gestos. La simetría natural, que era una de sus cualidades distintivas, lo convertía en una figura pintoresca incluso mientras trabajaba en los campos. Sus brazos…

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Describió los círculos que describía de forma rítmica y tan suave; la gracia del cuerpo elástico, inclinándose ligeramente hacia adelante, era realmente noble. Realizaba esa tarea con tanta facilidad que parecía un ejercicio gimnástico elegante para entrenar esos miembros maravillosos. La condesa lo observó durante mucho tiempo, sin ser vista.

Una mujer que llevaba un jarro se acercó desde el lado opuesto del prado y le ofreció algo de beber a Freyer. “He traído algo de leche. Debes tener sed; hace cada vez más calor”, oyó decir la condesa. Era una mujer de aspecto gentil, vestida con ropa sencilla de campesina; evidentemente algo mayor que Freyer, pero con una gracia virginal y rasgos de regularidad clásica. Cada uno de sus movimientos era digno, y su expresión era tranquila y llena de bondad sincera.

“Debería conocerla”, dijo la condesa en un tono extrañamente agudo.

“Por supuesto. Es la Madre de Dios en la obra teatral sobre la Pasión, Anastasia Gross, la hermana del alcalde”.

“Sí, ¡la Virgen María!”, dijo la condesa. De nuevo recordó cómo madre e hijo permanecieron abrazados durante mucho más tiempo del que le parecía necesario. ¿Qué dolor desconocido era ese que ahora le atravesaba el corazón? “Supongo que están comprometidos”, preguntó, con la respiración acelerada.

“¿Quién puede saberlo? Creemos que ella lo ama, pero nadie conoce los sentimientos de Freyer”, dijo Ludwig.

“No entiendo. Siendo ustedes amigos tan cercanos, ¿por qué no deberían saberlo?”

“Creo, condesa, que si nosotros, la gente de Ammergau, tenemos alguna cualidad positiva, es la discreción. Ni siquiera pedimos a nuestro amigo más cercano algo que él no quiera confiarnos”.

Madeleine von Wildenau bajó la mirada, confundida. Después de una breve lucha interior, dijo con severidad y amargura: “Tuviste razón esta mañana: hay que dejar al hombre en su propio mundo. Vamos, regresemos”. Una mirada de los ojos de Ludwig la penetró hasta el corazón. Ella se dio la vuelta y regresó…

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el pueblo. Pero Freyer ya la había visto y la alcanzó con la velocidad del pensamiento.

“Vaya, condesa, ¿aquí está usted? Y…” —sus ojos, llenos de dolor, se posaron con curiosidad en los de ella al percibir su expresión fría— “¿iba a dejarme sin ni siquiera una palabra de saludo? ¿Le daba vergüenza hablar con el pobre campesino que estaba cortando su hierba? ¿O acaso mi ropa la sorprendió?” Era tan completamente ingenuo que ni siquiera interpretó correctamente su indignación, sino que la atribuyó a una causa completamente distinta. Esto no pasó desapercibido para la aguda intuición de una mujer tan experta en asuntos del corazón. Pero cuando una gota del veneno del celo entra en la sangre, se necesita tiempo para que sea absorbida, aunque la causa del mal ya haya desaparecido hace tiempo. Es una experiencia antigua, así como el hecho de que, una vez superado este proceso, el arrepentimiento es aún más dulce y el amor, más apasionado. Pero el pobre campesino de corazón sencillo, en su ingenuidad, no podía percibir todo esto. Simplemente se avergonzaba de estar frente a la condesa con las mangas de la camisa arremangadas y, con dedos temblorosos, intentó apresuradamente abrocharse el cuello, que había dejado abierto mientras trabajaba, dejando al descubierto su cuello y pecho. Parecía que se podía escuchar cómo la sangre caliente latía contra las paredes de su pecho, como el murmullo suave del mar. El trabajo, el calor cada vez mayor del sol y la emoción por la presencia de la condesa habían acelerado el flujo normalmente tranquilo de su sangre, hasta el punto de que hervía en sus venas, brillando con un tono rosado a través del palidez ascética de su piel, mientras las venas hinchadas se marcaban en mil hermosas líneas ondulantes, como manantiales que brotaban de piedra blanca. Ambos estaban sumergidos en ese calor ardiente: uno lo absorbía, el otro lo reflejaba.

Pero con la crueldad del amor, que busca medir la fuerza de la pasión correspondiente por el mismo dolor que es capaz de causar, la hermosa mujer contuvo el fuego encendido en sus propias venas y dijo con indiferencia: “Hemos interrumpido su tête-à-tête; nos disculparemos retirándonos”.

“¡Condesa!”, exclamó él con una mirada que parecía decir: “¿Es posible que pueda ser tan injusta? Mi madre, María, estaba conmigo; le trajo algo a su hijo para que se refrescara mientras trabajaba. ¿Por qué tiene que interrumpirnos?”

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Las palabras sencillas, que para ella tenían un doble significado tan sutil, lo explicaban todo. Madeleine von Wildenau sintió, con profundo bochorno, que él la comprendía y que ella debía parecerle muy mezquina a sus ojos.

Ludwig Gross sacó su reloj. “Disculpen, son las nueve; debo ir a mi escuela de dibujo”. Se inclinó y se fue, sin estrechar la mano a la condesa como de costumbre. Ella lo interpretó como una reprimenda, y una voz en su corazón dijo: “Debes convertirte en una mujer mucho mejor antes de ser digna de este hombre”.

“¿No querría conocer a Mary? ¿Puedo presentársela?”, preguntó Freyer cuando estuvieron solos.

“Oh, no es necesario”.

“Pero, ¿cómo puedes querer al hijo y no preocuparte por la madre?”

“Ella no es tu madre”, respondió la condesa.

“Y yo no soy Cristo. ¿Por qué la ilusión me afecta a mí y no a Mary?”

“Porque era perfecta en ti, pero no en ella”.

“Entonces hay aún más razones para conocerla, para que su personalidad complete lo que le faltaba a su actuación”.

La condesa lanzó una mirada sombría a la alta joven, quien entretanto había tomado la guadaña y estaba haciendo el trabajo de Freyer.

“Parece estar muy dedicada a usted”, dijo con desconfianza.

“Sí, gracias a Dios, somos amigos leales”.

“Supongo que se tutean”.

“Sí, todos los habitantes de Ammergau lo hacen cuando fueron compañeros de escuela”.

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“Esa es una costumbre extraña. ¿La practican tanto los de alto como los de bajo rango?”

“Entre nosotros no existen rangos altos ni bajos. Todos estamos en la misma posición, condesa. El hecho de que uno sea más rico y otro más pobre, de que uno pueda dedicar más recursos a la educación y al aspecto exterior que su vecino, no marca ninguna diferencia para nosotros. Y, si lo hiciera, sería un honor para mí poder dirigirme a Anastasia usando el tú familiar, ya que ella y toda la familia Gross están muy por encima de mí. Incluso según su concepción de la palabra, condesa, el alcalde es un aristócrata, no un simple mortal como yo, sino un hombre familiarizado con las normas sociales y sumamente culto.”

“Bueno, entonces”, exclamó la condesa, “¿por qué no se casa con esa dama, si posee tales ventajas?”

“Casarme…”, Freyer retrocedió como si en lugar del hermoso rostro de Madeleine hubiera visto de repente alguna visión horrible. “¡Nunca se me ha pasado por la cabeza!”

“¿Por qué no?”

“¿Cristo casándose con María? ¿Un hijo con su madre? No, aunque no seamos lo que aparentamos, eso sería imposible. Me he acostumbrado tanto a considerarla como mi madre que me parecería una profanación.”

“Pero el próximo invierno, cuando termine la obra, será diferente.”

“¿Y me dice esto usted, condesa? Usted, después de esta mañana…”, gritó Freyer, con voz temblorosa. “¿Habla en serio?”

“Por supuesto. No puedo esperar que, por mi culpa, descuide otros sentimientos que ya existen en su corazón.”

“Condesa, si tuviera esos sentimientos anteriores, ¿habría hablado con usted como lo hice hoy? ¿Habrían ocurrido los acontecimientos de hoy? ¿Puede creer algo así de mí? ¿Se queda en silencio? Bueno, condesa, quizá esa sea la costumbre en su círculo, pero no en el mío.”

“¡Perdóneme, Freyer!”, balbuceó la dama, poniéndose pálida.

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Freyer se cubrió los ojos con la mano, como si el sol lo deslumbrara, para ocultar las lágrimas que comenzaban a brotarle.

“¿Por qué miras así?”, preguntó la condesa, pensando que trataba de ver con más claridad.

Él volvió su rostro, lleno de dolor, hacia ella. “Trataba de ver dónde había volado mi paloma; ya no puedo encontrarla. ¿O fue todo solo un sueño?”

“¡Freyer!”, exclamó la condesa, completamente abrumada. Pasó su mano por el brazo de él y apoyó su cabeza sobre su pecho, sin importarle los posibles espectadores. “José, tu paloma no se ha ido; está aquí. Tómala de nuevo entre tus brazos y guárdala para siempre, si así lo deseas.”

“Ten cuidado, condesa”, dijo Freyer, advirtiéndola. “Hay gente moviéndose en todas direcciones.”

Ella levantó la cabeza. “¿Te causará algún daño?”, preguntó, avergonzada.

“No a mí, sino a ti. No tengo a nadie que me interrogue; solo podría sentirme orgulloso de tus muestras de cariño. Pero piensa en lo que se diría en tu propio círculo si se supiera que has apoyado tu cabeza sobre el pecho de un campesino.”

“Tú no eres un campesino, eres un artista.”

“En tus ojos, sí; pero no en los de los demás. Aunque seamos bastante buenos en la talla de madera y en las representaciones teatrales de la Pasión, mientras sigamos siendo tan pobres que tengamos que cultivar nuestros campos nosotros mismos y llevar la madera necesaria para nuestras esculturas desde el bosque con nuestras propias manos, seguiremos siendo considerados campesinos. Nadie creerá que seamos algo más. Te culparán por relacionarte con personas tan incultas.”

“Oh, yo responderé por eso ante todo el mundo.”

“Eso serviría de poco, mi querida. Que Dios no quiera que llegue a olvidarme tanto como para alardear de tu amor delante de otros, o permitirte hacer algo que ellos malinterpretarían. Solo Dios comprende…”

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“Lo que somos el uno para el otro; por lo tanto, debe permanecer oculto en Su pecho, donde ningún ojo profano puede profanarlo”.

La condesa se acercó aún más a él, llena de admiración silenciosa. Recordaba tantas molestias causadas por las indiscreciones derivadas de la vanidad de los hombres a quienes había favorecido, que esa delicadeza modesta le parecía tan caballeresca y noble que hubiera querido arrojarse a sus pies.

“Paloma mía, ¿te he encontrado de nuevo?”, dijo él, mirándola a los ojos. “¡Mi dulce y traviesa paloma! Nunca más me lastimarás ni me harás daño. Siento que podrías romperme el corazón”. Y, presionando suavemente su brazo contra su costado, levantó su mano hasta sus labios ardientes.

Un resplandor de felicidad llenó todo el ser de Madeleine von Wildenau al escuchar ese murmullo apasionado de amor. Y así como, con cada rayo de sol, la centifolia florece más plenamente, revelando una nueva belleza con cada pétalo que se abre, así también el alma de esa mujer se iluminaba con el divino rayo del verdadero amor.

“Vamos”, dijo de repente, “llévame ante esa persona bondadosa que te cuida con tanta ternura, quizás sufra por ti. Ahora siento una atracción hacia ella y la amaré por tu bien, como tu madre, María”.

“Ah, mi hija, eso es digno de ti. Sabía que eras generosa y noble. Ven, mi Magdalena, te llevaré con María”.

Caminaron rápidamente hacia el campo donde Anastasia trabajaba afanosamente. Al ver acercarse a la desconocida, esta bajó la falda que había levantado y se arregló un poco el vestido, pero recibió a la condesa sin el menor signo de vergüenza y le extendió cordialmente la mano. Su actitud también tenía un matiz de condescendencia, algo que la gran dama notó especialmente. Anastasia la miró con tanta calma y seriedad que ella bajó la vista, como si no pudiera soportar la mirada de ese alma serena. El cabello castaño bien peinado, las cejas suaves y poco marcadas, la pureza de los rasgos y la dignidad virginal en su frente noble se armonizaban con el ideal de la Reina del Cielo que la condesa no había logrado comprender en la representación de la Pasión. Era hermosa, impecable de pies a cabeza, pero no había nada en su apariencia que pudiera despertar el más mínimo sentimiento de celos.

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Tal espiritualidad en toda su persona: algo que la condesa no podía describir de otra manera; tan expresiva del sobrio sentido de la edad, que la hermosa mujer se sintió avergonzada de sus sospechas. Ahora comprendía lo que Freyer quería decir cuando hablaba de la relación materna que existía entre Anastasia y él. Ella era la verdadera Madonna, a quien todos levantarían los ojos devotamente, con reverencia, pero a quien ningún hombre desearía acercar a su corazón. Probablemente no era mucho mayor que la condesa, dos o tres años como máximo; pero, en comparación con ella, la gran dama, tan experta en los caminos del mundo, no era más que una niña inmadura e impulsiva. La condesa lo sintió con esa satisfacción secreta que experimenta toda mujer al darse cuenta de que es más joven que otra, y eso la ayudó a soportar la superioridad que la serena grandeza de Anastasia mantenía sobre ella. Incluso aceptó su posición inferior con una ingenuidad coqueta que la hacía parecer aún más joven. Sin embargo, en el mismo momento en que adoptó esa actitud infantil, sentía en secreto su realidad. Se encontraba ante la Madre de Dios. La naturaleza femenina nunca había tenido ningún encanto para ella; nunca la había comprendido en ninguna forma. Nunca había admirado ninguna de las Madonnas de Rafael, ni siquiera la de la Capilla Sixtina. Una mujer solo le interesaba como objeto del amor de un hombre, algo por lo que podría envidiarla; el carácter opuesto, la belleza ascética de una Inmaculada, estaba completamente fuera de su ámbito. Ahora, por primera vez en su vida, le interesaba una personalidad de este tipo, porque de repente se dio cuenta de que la Virgen era también la Madre del Salvador. Y como su amor por Cristo se despertó primero por su amor por Joseph Freyer, su reverencia hacia María surgió cuando pensó en ella como su madre. Madeleine von Wildenau, tan pobre en tesoros del corazón, la mujer que nunca había sido madre, de repente sintió —incluso mientras fingía con coquetería la ignorancia infantil—, bajo la influencia del hombre al que amaba, la realidad de aquella farsa, y su corazón se abrió al sagrado y misterioso vínculo entre madre e hijo. Así, hora tras hora, salió de la cautividad del mundo y de los sentidos, sostenida y elevada suavemente por la fuerza de ese amor que reconcilia tierra y cielo.

Extendió una mano hacia Anastasia y la otra hacia Freyer. “¡Yo también quisiera conocer a la querida madre de nuestro Cristo!”, dijo, con esa dulce y sumisa gracia que el momento le había enseñado. Los ojos de Freyer se posaron…

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la miró con aprobación. Sentía como si le crecieran alas en los hombros; sentía que era hermosa, buena y querida; la tierra no podía ofrecer más.

Anastasia observó a la mujer agitada con la mirada amable y perspicaz de una Hermana de la Caridad. De hecho, toda su apariencia recordaba a la de uno de esos espíritus serviciales, resignados sin sentimentalismo; gentiles, pero enérgicos; modestas, pero impresionantes.

“Sentí una gran...”, la condesa estaba a punto de decir “admiración”, pero eso no era cierto; ¡la admiraba ahora por primera vez! Se detuvo bruscamente a mitad de frase; en ese momento no podía pronunciar cumplidos estereotipados. Con dignidad serena, como una princesa que concede audiencia, Anastasia acudió en su ayuda, llenando hábilmente el silencio: “¿Así que esta es su primera visita a Ammergau?”

“Sí.”

“Entonces, sin duda debe haber quedado muy impresionada.”

“Oh, ¿quién podría permanecer indiferente al presenciar tal espectáculo?”

“Sí, ¿acaso nuestro Cristo no es perfecto?”, dijo Anastasia, sonriendo con orgullo. “Hace que la gente derrame muchas lágrimas. Pero incluso yo no puedo evitar llorar, y ya lo he interpretado treinta veces”. Pasó su mano por su frente con una caricia tierna y maternal, como si quisiera consolarlo por todos sus sufrimientos. “¿No parece como si viéramos al propio Redentor?”

La condesa la miró con creciente simpatía. “¡Tiene un alma hermosa! Su amiga tenía razón: la gente debería conocerla para poder apreciar plenamente a María”.

“Sí, yo también lo interpreto muy mal”, respondió Anastasia, cuya modestia natural le impedía reconocer el halago contenido en las palabras de la condesa.

“No... ‘mal’ no es la palabra adecuada. Pero las delicadas tonalidades de la naturaleza femenina se pierden en ese espacio tan amplio”, explicó la otra.

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“Puede ser así”, respondió Anastasia, sencillamente. “Pero eso no tiene importancia; sin importar cómo actuemos los demás, él sostendrá todo.”

“¿Y tu hermano, Anastasia, y todos los demás? ¿Los olvidas?”, dijo Freyer, en tono reprobador.

“Sí, querida Anastasia”. La condesa tomó la mano de Freyer. “He entregado mi alma al cuidado de este Cristo… pero la actuación de tu hermano también es una obra maestra. Me parece que eres injusta con él. Y también con Pilato, a quien admiraba, así como con los apóstoles y los sumos sacerdotes”.

“Tal vez. No sé cómo actúan los demás…”, dijo María con una honestidad realmente sublime. “Solo veo a él; cuando no está en el escenario, no me importa nada del resto de la actuación. Es porque soy su madre: para una madre, el hijo está por encima de todo lo demás”, añadió, con calma.

La condesa la miró, sorprendida. ¿Era posible que una mujer pudiera amar de esa manera? Sin embargo, no había duda al respecto. Incluso si en el alma de esta chica hubiera algún rastro de anhelo por unirse al hombre que amaba, no podría haber tenido tal transparencia y libertad absoluta de vergüenza.

“¡Estas madonas son seres felices!”, pensó. Pero no envidiaba esa paz tranquila.

Con mucho esfuerzo, se quitó el guante largo y sacó un anillo de su dedo. “Por favor, acepta esto de mí como símbolo del vínculo secreto que nos une en amor por… tu hijo. Seremos buenas amigas”.

“¡Con todo mi corazón!”, dijo Anastasia, feliz, extendiendo su dedo quemado por el sol para recibir el regalo. “¿Qué dirá mi hermano cuando vuelva a casa con un regalo así?”. Besó con gratitud la mano de quien le daba el regalo. “Es demasiado amable, condesa… No sé cómo lo merezco”. Se inclinó y recogió su cántaro. “Debo irme ahora a ayudar a mi cuñada. ¿Nos visitará, verdad? A mi hermano le hará mucha ilusión”.

“Con mucho gusto… si me lo permite”, respondió la dama, sonriendo.

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“¡Le ruego que lo haga!”, dijo Anastasia con gran tacto. Luego, con noble dignidad, se alejó por los campos, agitando la mano desde la distancia hacia la pareja que había dejado atrás, como si quisiera decir: “¡Sean felices!”.

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CAPÍTULO XII.
ANTORCHAS NUPCIALES

“Magdalena… esposa… ángel… ¿cómo debo llamarte?”, exclamó Freyer, extendiendo sus brazos. “Oh, ojalá no estuviéramos en los campos abiertos, para poder abrazarte y agradecerte por ser tan amable, tan generosa y tan bondadosa.”

“¿Acaso tu corazón anhela por fin a mí? Entonces entremos al bosque, donde nadie nos ve, salvo la naturaleza sagrada. Llévame a una de las montañas. ¿Lo harás? ¿Puedes? ¿No se echará a perder tu heno?”

“Que se eche a perder; ¿qué importa eso? Pero primero debes permitirme ir a casa a ponerme ropa más adecuada para estar contigo.”

“No, ¡será demasiado tarde! Quédate como estás; eres guapo con cualquier vestimenta”, susurró ella, sonrojándose ligeramente, como una niña, mientras bajaba la mirada de la figura real hasta el suelo. Una sonrisa feliz cruzó su rostro. Inclinándose, recogió la chaqueta que él había quitado mientras trabajaba.

“¿Y tú… estás preparado para escalar montañas?”

“Oh, no iremos lejos. No más allá de lo necesario para poder regresar a tiempo para la cena.”

“Vamos, entonces. Si las cosas se ponen difíciles, llevaré a mi paloma sobre mi hombro y la cargaré cuando ya no pueda caminar más.”

“Oh, ¡qué felicidad!”, exclamó la condesa, jubilosamente. “Deambular por los bosques, como dos niños en un cuento de hadas, encantados por alguna hada malvada y sin poder aparecer de nuevo hasta después de mil años. Oh, poesía de la infancia… ¡Por primera vez me sonríes con todo tu esplendor! Vamos.”

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Apresurémonos… Es tan hermoso que apenas puedo creerlo. No lo haré hasta que lleguemos allí.

Ella voló en lugar de caminar a su lado. “Mi paloma… ¿y si estuviéramos encantados y obligados a permanecer juntos en el bosque durante mil años?”

“¡Intentémoslo!”, susurró ella, fijando sus ojos en los de él, hasta que él murmuró, sin aliento: “Creo que el hechizo está comenzando a surtir efecto”. Sus ojos brillaban con una luz sombría mientras la miraba y decía: “¿Quién sabe si no estoy albergando a la propia Lorelei, quien me atrae a su reino para destruirme?”

“¿Qué sabes de la Lorelei?”

Freyer se detuvo. “¿Crees que no leo nada? ¿Qué más podría hacer durante las largas noches, cuando, cansado por mi trabajo, descanso en casa?”

“¿De verdad?”, preguntó ella, distraída, tirando de él hacia adelante.

“¿Crees que podría entender a una mujer como tú si no me hubiera educado un poco? Ay, no podemos lograr mucho cuando falta una base adecuada. La memoria sin entrenamiento no retiene nada firmemente, salvo aquello que se convierte instantáneamente en parte de nosotros mismos, la percepción de la vida tal como se refleja en el espejo del arte. Pero incluso ese reflejo a veces está distorsionado y confunde nuestros pensamientos y sentimientos naturales. Ay, querida, una persona que no ha aprendido nada correctamente, pero que siente anhelo por algo superior, sin poder satisfacerlo, es como un alma perdida que nunca alcanza el objetivo por el que anhela”.

“Mi pobre amigo, yo conozco ese sentimiento… Hasta cierto punto, es lo mismo para nosotras, las mujeres. Nosotras también anhelamos la educación, pero al final solo obtenemos una cantidad deficiente de conocimiento. Pero, como compensación, nuestra individualidad, directitud e intuición se desarrollan aún más plenamente. Tú no necesitabas saber nada; tu influencia proviene de tu personalidad. Por eso eres grande. Todo conocimiento proviene del hombre, y él puede alcanzarlo. El don divino de la individualidad no puede ser adquirido, ni…”

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¡Concedido por el don de la intuición, nada más que eso! ¿Qué valor tiene toda esa lógica del razonamiento frente al don de la intuición, que te permitió asumir el papel de un dios? ¿No es eso un milagro aún mayor que el resultado arduamente obtenido mediante estudios sistemáticos?

“Eres un consolador maravilloso”, dijo Freyer.

“El pensar hace envejecer a las personas”, continuó ella. “También ha envejecido a la raza humana. La naturaleza, la simplicidad y el amor deben devolverle su juventud. En ellos existe un contacto directo con la divinidad; en la civilización, solo uno indirecto. Afortunadamente para mí, he puesto mis labios en esa fuente de juventud. Oh, eterna fuente de la naturaleza humana, bebo de ti con avidez”.

Habían entrado en el bosque: las copas de los árboles susurraban muy por encima de sus cabezas, y a sus pies corría un arroyo de montaña. Madeleine von Wildenau permanecía en silencio; su corazón descansaba sobre el pecho ancho de su amigo, que latía con fuerza. Su figura flexible se había dejado caer cansinamente a su lado.

“No digas nada más… aquí no se necesita ni una palabra”. La profunda oscuridad del bosque los rodeaba; un silencio y soledad sagrados. “En cada altura reina la tranquilidad”, resonó en su cabeza la maravillosa canción de Rubinstein-Goethe. No era una voz humana; parecía simplemente un suspiro proveniente de lo lejos, como el viento que soplaba sobre las cuerdas del címbalo colgado en un árbol por el gitano de Lenau. Era apenas audible, y pronto desaparecía. Ella ya había escuchado antes esas notas de esa arpa eólica; las reconoció: en la cruz, junto a las palabras: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Y tan dulce como la voz que habló entonces era ahora el tono que, suavemente, calmaba el espíritu inquieto del mundo. “Espera… pronto, muy pronto…” Y luego las notas subían gradualmente, hasta que todo el coro silvestre parecía unirse a esas palabras: “Tú también descansarás pronto”.

El sonido misterioso provenía de lo más profundo de ese gran corazón sobre el cual ella descansaba; parecía que el alma había abandonado el cuerpo por unos instantes y ahora, al regresar, revelaba con dulce lamento lo que había visto en el mundo invisible.

“¿Estás llorando?”, preguntó él con ternura, besando los rizos que rodeaban su frente. “Mi niña”.

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“Oh, cuando pronuncias esa palabra, siento algo que nunca antes había experimentado. Sí, deseo ser un niño en tus manos. Solo aquellos que han probado la alegría de depositar la carga de su propio egoísmo sobre algún altar, ya sea la religión o el amor, entregándose por completo a una fuerza superior, solo ellos pueden comprender mis emociones cuando me apoyo en tu pecho y tú me llamas tu hijo. Así, liberados de nosotros mismos, así libres e indómitos debemos sentirnos cuando, en la muerte, nos deshacemos de las cadenas del cuerpo y fundimos todo lo que es personal en nosotros en Dios.”

“El cielo te ha destinado para sí mismo, y ya sientes cómo afloja tus fibras y te saca poco a poco del suelo en el que estás arraigada. Por eso lloraste cuando te canté esa canción aquí, en la soledad del bosque tranquilo. Esas lágrimas son como las gotas que derrama el árbol cuando se le graba un nombre. En tales momentos sientes la mano de Dios rasgando la corteza que el mundo ha formado alrededor de tu corazón, y la savia brota del lugar herido. ¿No es así?” Pasó suavemente su mano sobre sus ojos, brillantes por las lágrimas contenidas.

“Ah, alma noble. ¡Cómo penetras en las profundidades de mi ser! ¿Qué son toda la astucia y la sabiduría de la mente educada, comparadas con la inspiración directa de tu naturaleza poética? Freyer, primavera de la tierra… Cristo, primavera de la humanidad. Mi corazón está brotando su primera flor para ti; tómala.” Se arrojó con los ojos cerrados sobre su pecho, como ciegamente. Él la abrazó con fuerza, manteniéndola en sus brazos en silencio durante mucho tiempo. Luego dijo suavemente: “Aceptaré la hermosa flor de tu corazón, mi hijo, pero no para mí mismo.” Levantó los ojos con fervor hacia arriba: “Oh, Dios, has abierto Tu mano al mendigo y lo has enriquecido para que pueda ofrecerte lo que ningún rey podría dar. Te doy gracias.”

Algo rió por encima de sus cabezas: eran una pareja de palomas salvajes, que gorjeaban bajo la tienda verde que los cubría.

“¿Sabes por qué ríen?”, preguntó la condesa, con un tono cambiado. “¡Se ríen de nosotros!”

“Magdalena…”

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“¡Sí! Se ríen de la duda autodestructiva sobre la bondad de Dios. Mira a tu alrededor: ve el torrente espumoso, las gentianas azules que beben sus aguas, el avellano cargado de frutos, el árbol sagrado que protegió tu infancia; ve también los arándanos a tus pies, toda esa belleza y movimiento embriagador de la naturaleza. Luego pregúntate si el Dios que creó toda esta vida cálida y soleada es un Dios que solo toma, y no da. ¿Crees acaso que habría preparado para nosotros esta primavera de amor, para que dejemos que sus flores se marchiten en el frío altar del deber o del prejuicio? No… Acepta lo que Él te concede, y no cuestiones nada.”

“No me tentes, Magdalena”, suplicó él con suavidad. “Esta mañana te dije que no sabes lo que estás liberando”.

Se erguía ante ella como transformado; sus ojos brillaban con ese fuego sombrío que había aparecido en ellos esa misma mañana. Un rumor, como el de las alas de un águila, recorrió el bosque: Júpiter se acercaba en forma humana.

La hermosa mujer se sentó sobre una roca, con las manos juntas en el regazo.

“Un hombre como yo solo ama una vez, pero con todo su ser. No exijo nada… Pero lo que se me da debe darse por completo, o no darse en absoluto. Porque, una vez que lo tenga, nunca lo dejaré ir, salvo con mi vida”.

“Hace poco llegó aquí un desconocido, que cantó la canción de los Assras, aquellos que mueren cuando aman. Creo que pertenezco a su raza. Mujer, no juegues conmigo, no te burles de mí. Sabed que os amo con ese amor fatal de esos ‘Assras’”.

Madeleine von Wildenau tembló de alegría.

“Si alguna vez toco tus labios, la barrera entre nosotros habrá desaparecido. ¿Me perdonarás si la oleada de sentimientos me arrastra hasta el punto de olvidar quién eres y qué abismo separa a la condesa Wildenau de una campesina de baja condición?”

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“¡Oh, que puedas recordármelo… en esta hora!”, exclamó la condesa, con reproche doloroso.

Él la miró casi amenazadoramente a los ojos. Los cabellos oscuros que rodeaban su cabeza parecían agitarse como la melena erizada de un león: “Mujer, ¡no me conoces! Si me engañas, traicionarás la emoción más sagrada que jamás haya sentido un mortal… y se vengará terriblemente. Entonces la llama que estás encendiendo consumirá o a ti o a mí, o a ambos. Ves que ahora soy un hombre diferente. Antes solo me habías visto cuando estaba sometido por el poder de mi sagrada misión. Has invocado a los espíritus; ahora ya no pueden ser contenidos… ¿No te aterrorizará la fuerza de una pasión desconocida para vosotros, gente del mundo, con vuestro frío autocontrol?”

“¿Yo, aterrorizada por ti?”, exclamó la orgullosa mujer en un tono de éxtasis triunfal. “¡Oh, esto es poder, esto es el aliento mismo de los dioses! ¿Debería temer en medio del elemento que anhelaba… el cual se me reveló en mi propio pecho? ¿Acaso la llama teme al fuego? ¿La titánide teme al titán? ¡Ah, Zeus, lanza tu rayo, y deja que el bosque arda como la antorcha victoriosa de la naturaleza, finalmente liberada de su largo cautiverio!”

Se sentó a su lado; su aliento ardiente acariciaba su mejilla. “Entonces lo intentarás… ¿me darás el beso que hoy no me atreví a tomar?”

“Sí.”

“Pero será un beso de compromiso.”

“Sí.”

Abrió sus brazos; y como una polilla negra que se posa sobre una rosa fragante, revoloteando sobre su cáliz cubierto de rocío, inclinó su cabeza hacia ella, cubriéndola con sus cabellos oscuros, y depositó su primer beso en los labios temblorosos de Madeleine von Wildenau.

Pero tales momentos tentan incluso a los dioses mismos. Júpiter planeaba sobre la pareja, lleno de ira, pues envidiaba al mortal cristiano por aquella hermosa mujer. Había escuchado cómo ella lo desafiaba riendo en medio de la alegría.

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Ella había robado a los dioses, y los cielos se oscurecieron; el huracán montó a los corceles de la tormenta, esperando su señal, y del cielo cayó fuego. Un grito agudo rasgó el aire; el árbol más alto del bosque se partió en dos, y la antorcha nupcial encendida por Júpiter ardía en lo alto.

“Los dioses se oponen a esto”, dijo Freyer, sombrío. “¡Desafíalos!”, exclamó la condesa, poniéndose de pie; “ellos son impotentes… estamos en manos de un gobernante superior”.

“Mujer, no perteneces a este mundo, o bien no tienes nervios capaces de temblar”.

“¿Temblar?”, rió ella felizmente. “¿Temblar a tu lado?”. Luego, acercándose aún más, murmuró: “Soy tan cobarde como cualquier otra mujer, pero donde amo tengo el coraje de desafiar a la muerte. Incluso si ahora cayera bajo un rayo, ¿podría tener una muerte más digna que en este momento? Tú morirías gustoso por tu Cristo… y yo por el mío”.

“Pues entonces, ven, noble mujer, para que pueda protegerte tanto como pueda. Ahora veremos si Dios está de nuestro lado. ¡Desafío a los elementos!”. Con orgullo, abrazó a la mujer de su amor y la llevó firmemente a través del caos en el que se había sumido todo el bosque. La tormenta, aullando ferozmente, se abría paso entre los árboles. Las ramas se rompían, los pájaros eran lanzados al aire sin poder hacer nada. El elemento destructivo parecía venir tanto desde lo alto como desde las profundidades al mismo tiempo; sacudía la tierra y arrancaba las raíces de los árboles del suelo, hasta que los altos troncos caían destrozados y, rodando montaña abajo, arrastraban todo consigo en esa destrucción repentina.

Con una sed demoníaca de batalla, la espada de fuego ardía en el cielo, entre el estruendo, lanzando golpe tras golpe. Aquí y allá, lenguas escarlatas de llama surgían silbando entre las ramas secas.

Un torrente de lluvia caía ahora de las nubes, pero sin apagar las llamas; su humo era empujado hacia las copas de los árboles, entrelazándose estrechamente con la tormenta. Como una serpiente negra gigantesca, enrollaba sus espirales desde todas direcciones, ahogando y sofocando con el aliento ardiente de la conflagración forestal. El cuerpo ondulante de las nubes transportaba, junto con chispas brillantes, millones de agujas de pino en llamas.

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“Bueno, alma de fuego, ¿el calor es ahora lo suficientemente intenso para ti?”, preguntó Freyer, acercando a la hermosa mujer a su lado para protegerla con su propio cuerpo. “¿Estás satisfecha ahora?”

“Sí”, dijo ella, jadeando por falta de aire. Sus miradas se encontraron, como si solo sintieran el fuego en sus propios corazones y lo hubieran fusionado con ese elemento externo en un único mar de llamas.

El fuego los rodeaba cada vez más estrechamente, en círculos cada vez más reducidos; el camino se volvía cada vez más peligroso, y las llamas crecían en intensidad, obligándolos a abrirse paso entre ellas. A veces por la izquierda, otras por la derecha, la llama de ojos rojos los enfrentaba entre nubes de humo y fuego. Apenas podían respirar debido a las lluvias torrenciales, pero el fuego seguía expulsando vapor caliente y abrasador, mortal para los pulmones humanos. Esto los obligó a retroceder en busca de otra salida.

“Si deja de llover, estamos perdidos”, dijo la condesa con total calma. “Entonces el fuego será el único señor”.

Freyer no respondió. Con firmeza e indomable determinación, siguió adelante, agarrando con la fuerza de un titán las ramas que amenazaban la vida de la condesa, protegiendo con sus brazos su cabeza de las chispas que volaban por todas partes. De vez en cuando, mojaba su cabello y sus vestiduras con agua de alguna fuente. El agua de los arroyos ya estaba caliente. Multitudes de animales huyendo de las llamas los rodeaban, y pájaros con alas quemadas caían a sus pies. Ya no era posible bajar; el fuego rugía abajo. Se vieron obligados a subir la montaña en busca de la cima.

“Solo ten valor… ¡Adelante!”, fueron las únicas palabras de Freyer. Y así ascendieron, a través de bosques sin senderos, entre matorrales y arbustos, sobre raíces de árboles, piedras rodantes y rocas. Nunca se detenían, nunca respiraban, porque las llamas estaban muy cerca, amenazándolos con su abrazo demoníaco. Cuando el camino era demasiado difícil, Freyer levantaba en sus brazos a la mujer que amaba y la llevaba por esos lugares difíciles.

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Por fin los árboles se volvieron más escasos; se había traspasado el límite de las llamas. Habían llegado a la cima: estaban salvados. Los corceles del viento los recibieron en esa altura desolada e intentaron arrojarlos de vuelta a la tumba ardiente, pero la imponente figura de Freyer resistió su ataque. Con una furia impotente, arrancaron las rocas de derecha e izquierda y las hicieron rodar estruendosamente hacia las profundidades abajo. El agua que caía de las nubes empapó a los amantes como una ola del mar, golpeando sus ojos, bocas y oídos hasta que, cegados y sordos, se vieron obligados a avanzar a tientas por el acantilado. Las ropas de la hermosa Madeleine von Wildenau colgaban de ella en jirones, pesadas como plomo; su cabello estaba suelto, goteante y desordenado. Temblaba de pies a cabeza por el frío en ese viento helado y lluvia, después del calor y el terror que habían experimentado en aquel matorral en llamas.

“Sé dónde hay una cabaña de pastor; te llevaré allí. Aférrate bien a mí, debemos escalar aún más alto.”

Continuaron su ascenso en silencio.

La condesa tropezaba de cansancio. Freyer la levantó de nuevo en sus brazos y, con un esfuerzo casi sobrehumano, la llevó hasta la cabaña. Estaba vacía. Puso a la mujer agotada sobre el lecho de paja del pastor, donde se desmayó. Cuando recuperó el conocimiento, estaba apoyada en los brazos de Freyer, y su rostro estaba mojado por sus lágrimas. Lo miró como si despertara de un hermoso sueño. “¿Eres realmente tú?”, preguntó, con una dulce felicidad infantil, mientras rodeaba su cuello con sus brazos. El fuerte hombre sintió que su cerebro y su corazón se tambaleaban, como si sus sentidos fallaran.

“¿Estás viva? ¿Estás a salvo?” No pudo decir nada más. Besó sus ropas mojadas y sus pies, y examinó con ternura sus hermosos miembros para asegurarse de que no hubiera sufrido ninguna herida. “¡Gracias a Dios!”, exclamó gozosamente, entre lágrimas, “¡estás a salvo!” Luego, tambaleándose, se levantó: “Ahora, frente al peligro mortal del que acabamos de escapar, dime si realmente me amas, dime si eres mía, completamente mía. O arrástrame de vuelta al bosque en llamas… Sería más misericordioso, por Dios, que engañarme.”

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“¡Joseph!”, exclamó la condesa, aferrándose apasionadamente a él. “¿Puedes pedir eso… ahora?”

“Ay, no comprendo cómo un pobre e ignorante hombre como yo puede ganar el amor de una mujer así. ¿Qué puedes amar, sino la ilusión de Cristo? Y cuando esa ilusión desaparezca… ¿qué queda?”

“¡El amor divino, el amor verdadero!”, respondió la condesa con expresión elevada.

“Oh, creo que eres sincera. Pero si te has engañado a ti misma, si alguna vez te das cuenta de que me has sobreestimado… ah, sería mucho mejor para mí estar tendido abajo, entre las llamas, que tener que soportar eso. Todavía hay tiempo… piénsalo bien y dime: ¿qué será?”

“¿Pensar?”, respondió la condesa, acercando su cabeza a la de él. “Dile al torrente que piense antes de precipitarse desde el acantilado y convertirse en espuma al caer. Dile a la flor que piense antes de abrirse al rayo de sol que la destruirá. ¿Vas a ser más mezquino que ellos? ¿Qué hay que pensar, cuando un impulso poderoso nos obliga a actuar? ¿Acaso este momento no merece arriesgar toda la vida sin preguntar: ‘¿Qué pasará después?’ Ah, entonces… entonces me he equivocado al juzgarte, y será mejor que nos separemos mientras aún hay tiempo.”

“Oh… hechicera. Tienes razón; ya no me conozco a mí mismo. ¿Separarnos ahora? No, es demasiado tarde. Soy tuyo, cuerpo y alma. Está bien, entonces cambiaré mi vida por este momento, y ya no dudaré, porque no puedo hacer otra cosa.”

Arrodillándose ante ella, enterró su rostro en su regazo. Madeleine von Wildenau lo abrazó con una ternura indescriptible, pero sintió el peso de una gran responsabilidad sobre sí, pues ahora se daba cuenta de que ella era su destino. Tenía lo que deseaba: su alma, su corazón, su vida… De hecho, incluso si él hubiera poseído la inmortalidad, también la habría sacrificado por ella. Pero ahora ese “Dios” se había vuelto humano… La elección ya se había hecho. Y, con una lágrima secreta, contempló los restos de esa hermosa ilusión que había desaparecido.

“¿Qué pasa?”, preguntó de repente, levantando la cabeza y mirándola a los ojos con ansiedad. “Te has enfriado.”

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“No, solo tristeza.”

“¿Y por qué?”

“Ay, no lo sé. Nada en este mundo puede ser completamente perfecto.” Lo atrajo hacia sí con ternura. “Este es uno de esos momentos en los que la mayor felicidad se convierte en dolor. La furia de los elementos no podría hacernos daño, pero es una tristeza silenciosa y sutil que despertará la envidia de los dioses por esta felicidad terrenal sin precedentes: Lloro por mi Christus.”

Freyer lanzó un grito de angustia y, poniéndose de pie, se cubrió el rostro con ambas manos. “¡Oh, tener que recordármelo!” Salió corriendo de la cabaña.

¿Qué significaba eso? La hermosa dueña de su corazón sentía como si se hubiera engañado a sí misma al creer que él le pertenecía exclusivamente, como si hubiera algo en aquel hombre sobre lo cual ella no tuviera poder alguno. Llena de un miedo vago, lo siguió. Él estaba apoyado contra la cabaña, como en sueños, sin levantar la vista. El sonido de las campanas de alarma y el estruendo de las armas resonaban desde el valle. La lluvia había cesado, y ahora columnas de llamas se elevaban hacia el cielo, formando un dosel carmesí sobre los árboles del bosque. Era una escena salvaje: ese mar de fuego en el que árbol tras árbol desaparecía poco a poco; el aire temblaba con el impacto de las ramas que caían, de las cuales surgían chispas, y una multitud de pájaros que gritaban revoloteaban entre las llamas. Joseph Freyer no prestaba atención a todo aquello. La condesa se acercó casi tímidamente. “Joseph… ¿Te he ofendido?”

“No, hija mía, al contrario. Hoy, cuando te recordé las obligaciones de tu rango, te enfadaste conmigo, pero te agradezco que hayas recordado lo que yo olvidé por ti.”

“Bueno. Pero, a pesar de la advertencia, no me avergoncé de ti ni te renegué delante de la condesa Wildenau. Pero tú, Joseph, te avergüenzas de mí delante de Cristo.”

Él la miró fijamente, con tristeza. “¿Avergonzarme de ti? ¿Negarte delante de mi Redentor, que también es tuyo? Te niego porque estoy obligado a confesarle que te amo por encima de todo lo demás…”

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¿Acaso más que yo a Él? Oh, mi querida, ¡cuán poco me conoces! Que nunca llegue el día en que se demuestre quién de los dos negará al otro primero, y que nunca te veas obligada a derramar las lágrimas que derramó Pedro cuando el gallo cantó por tercera vez.

Ella se dejó caer sobre su pecho. “No, mi amado, eso nunca ocurrirá. En la hora en que eso fuera posible, podrías despreciarme.”

Él le besó suavemente la frente. “No lo haría… al igual que Cristo no despreció a Pedro. Eres una hija de este mundo; ¿podría acusársete de traición si al hombre fuerte, al discípulo de Cristo, se le perdonara su traición contra lo más sagrado?”

“Oh, mi ángel. Sería traición contra ‘lo más sagrado’”, dijo la condesa con profunda emoción, “si pudiera negarte.”

“¡Por el amor de Dios, herr Freyer!”, gritó una voz, y el pastor bajó corriendo por la ladera de la montaña: “¿Puede usted quedarse ahí tan tranquilo, en medio de esta destrucción?” Las palabras se perdieron en la distancia.

“El hombre tiene razón”, dijo la condesa, sorprendida. “Estamos olvidando todo a nuestro alrededor. Quien tenga manos debe ayudar. Vaya… déjeme aquí sola y sígame al pastor.”

“No hay esperanza de apagar el fuego; la madera está perdida”, respondió Freyer, indiferente. “Es afortunado que sea un terreno aislado, así las llamas no pueden extenderse.”

“Pero, por Dios, al menos intente salvar lo que aún se pueda salvar… Eso es simplemente un deber de vecindad.”

“No te dejaré, pase lo que pase.”

“Pero yo estoy a salvo, mientras que quizás todo lo que tiene algún pobre hombre arde abajo.”

“¿Qué importa, en esta hora?”

“¿Qué importa?”, exclamó la condesa, indignada. “José, no te entiendo. ¿Tienes tan poco sentimiento por el sufrimiento de tus semejantes?”

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“¿Hombres… y sin embargo, interpretar el papel de Cristo?”
Freyer contempló la destrucción con una expresión extraña; su figura noble se erguía orgullosamente contra el cielo sombrío y cubierto de nubes. Sonriendo con calma, extendió su mano hacia la mujer que amaba y la atrajo tiernamente hacia su pecho: “No me regañes, mi paloma… El bosque era mío”.

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CAPÍTULO XIII.
EXPULSADOS DEL EDÉN

Reinaba el silencio en la cima. Los vientos se habían calmado, las nubes se dispersaban rápidamente, como un ejército de fantasmas. Las brasas del bosque de abajo crujían suavemente. Los troncos habían sido devorados hasta las raíces por la dentadura ardiente de las llamas. Era como un cementerio lleno de torpes cruces negras y lápidas sobre las cuales las almas bailaban de un lado a otro como luciérnagas.

La condesa descansaba en silencio sobre el pecho de Freyer. Cuando él dijo: “¡El bosque era mío!”, ella se lanzó a sus brazos, incapaz de pronunciar palabra, y desde entonces permaneció abrazada a él en un silencio y paz perfectos.

Ahora, el velo brumoso, cada vez más ligero y transparente, finalmente se disipó por completo, y el cielo azul se extendió una vez más sobre la tierra en forma de cúpula majestuosa. Aquí y allá, los rayos del sol penetraban entre las nubes que se disolvían, y de repente, como si las puertas del cielo se hubieran abierto, un arcoíris doble, radiante en su belleza de siete colores, se extendió sobre ellos con una belleza incomparable.

Freyer le pidió a la condesa que levantara la vista. Y cuando ella contempló ese maravilloso espectáculo, con su amado en medio, rodeado de él, levantó la cabeza y extendió los brazos como una novia que espera a su novio celestial. Sus ojos se posaron en él, como deslumbrados: “Sé lo que quieras ser, hombre, serafín, Dios. Tú, que brillas, debes ser mío. Te haré bajar de la altura de tu cruz, aunque estés clavado allí con cadenas de siete vueltas. Debes ser mío. Freyer, escucha mi juramento; escúchalo, montañas que me rodean, escúchalo, tierra sagrada que hay abajo, y tú, arcoíris radiante de múltiples colores que, con la gracia de Afrodita, ceñís el universo surgido del caos. Juro ser tu esposa, Joseph Freyer; lo juro por el Dios que se me ha aparecido, mostrándome maravilla tras maravilla desde que mis ojos te vieron por primera vez.”

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Freyer, con la cabeza gacha, se quedó temblando ante ella. Sentía como si una diosa rodara en su carro de nubes por encima de él; como si el prisma resplandeciente que había arriba se estuviera disolviendo y lo inundara con un mar de chispas brillantes. “¿Tú… mi esposa?”, balbuceó, sollozando, y luego se arrojó de cara al suelo ante ella. “Esto es demasiado… demasiado…”

“Serás mi esposo”, murmuró ella, levantándolo. “Déjame llamarte así hasta que la mano del sacerdote nos una. Cuándo, dónde y cómo podrá hacerse eso… aún no lo sé. Dejemos que la tarea de decidirlo quede para las horas dedicadas a considerar las cosas terrenales. Esto es demasiado sagrado; es nuestra hora de matrimonio espiritual, pues en ella me he comprometido contigo en espíritu y en verdad. Nuestra iglesia es la naturaleza, nuestros testigos son el cielo y la tierra, nuestras velas son la madera ardiente de abajo… tu pequeño legado que sacrificaste por mí con una sonrisa. Y así te doy mi beso de novia… ¡mi esposo!”

Pero Freyer no devolvió el cariño. El viejo conflicto volvió a surgir: el conflicto con su deber como representante de Cristo.

“Oh, Dios… ¿no fue acaso el tentador a quien enviaste a tu propio hijo en el Monte Hebrón para que le mostrara todos los esplendores del mundo, diciéndole: ‘Todo será tuyo’? ¿Me atrevo a ser infiel al carácter de tu hijo casto, si me designas para pasar por la misma prueba? ¿Me atrevo a ser feliz, a disfrutar, mientras lleve puesta la máscara sagrada de sus sufrimientos y sacrificios? ¿No sería entonces una terrible impostura? ¿Me atrevo a presentarme ante Dios con esta mentira en mi conciencia? ¿No arrancará Él la corona de espinas de mi cabeza y exclamará: ‘¡Traidor! Deseo elevarme por medio de los puros y santos, no por medio de engañadores que fingen mis sufrimientos y, con artes fraudulentas, convierten las cosas más sagradas en una farsa? Ay de mí, pobre y débil mortal… la prueba es demasiado severa. No puedo soportarla. Toma tu corona… la devuelvo a tus manos… y ya no seguiré interpretando el papel de Cristo”.

“¡José!”, exclamó la condesa Wildenau, profundamente conmovida. “¿Debe ser así? Siento tu angustia y me siento conmovida, como si estuviéramos separándonos de nuestro bien más preciado”. Levantó sus ojos llorosos hacia el cielo. “¿Debe Cristo desaparecer justo el día en que prometo mi amor a aquel a quien amo como tu imagen, tal como Eva debió amar a Adán por su semejanza con Dios? ¿Y debo yo, como Eva, dejar de ver tu rostro porque amé lo divino en forma mortal, a la manera de los mortales? ¡Qué doctrina tan infeliz sobre la caída!”

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Hombre, que convierte el sentimiento más sagrado en un crimen: ¿acaso también nosotros debemos ser expulsados del Paraíso? ¿Debes interponerte entre nosotros y nuestra feliz relación con la deidad? José, ¿crees que el Salvador, que vino a traer redención a la pobre raza humana expulsada del Edén, se enojará contigo si representas, con un corazón feliz y amoroso, el sacrificio por el cual nos salvó?

“No lo sé, mi amada; quizás tengas razón. Incluso los preceptos venerables de nuestros antepasados permiten que el representante de Cristo se case. Pero yo pienso de otra manera. Las exigencias más elevadas exigen el servicio más sublime. Quien tenga permiso para encarnar al Salvador no debe tener otros sentimientos que los mismos del propio Cristo, porque la verdad no puede nacer de la falsedad”.

Acercó a la mujer llorosa a su corazón. “Sabes, dulce esposa: amarte y llamarte mía es algo muy distinto de esa felicidad matrimonial monótona y vulgar que nuestras sencillas mujeres del pueblo pueden ofrecer. Tú exiges todo mi ser, y toda la fuerza de mi alma se consume en ti”.

La abrazó con tanta pasión que ella casi dejó de respirar; sus ojos ardían con ese fervor apasionado con el que los elementos desatados se apoderan de su presa. “Di lo que quieras, pero recae sobre tu conciencia. No puedo sentir ni pensar en nada más que en ti. ¡No! Incluso si clavaran clavos en mi propia carne, no me importaría, por mi ardiente anhelo hacia ti. He luchado suficiente tiempo, pero tú me has hechizado con la dulce promesa de convertirte en mi esposa… Y ya no estoy capacitado para encarnar a Cristo. Soy tuyo, ¡tómame! Vámonos juntos al rincón más lejano del mundo, lejos del lugar donde se me permitió sentirme parte de Dios, y renuncié a ello por una felicidad terrenal”.

“Vamos, entonces, mi amada. Salgamos como aquellos expulsados del Edén, y como ellos, por amor, asumamos nuestro pesado destino humano. Lo llevaremos juntos, y aun en el exilio, amaremos y adoraremos, como hijos fieles y rechazados, al Padre que alguna vez estuvo tan cerca de nosotros”.

“¡Amén!”, dijo Freyer, abrazando durante mucho tiempo en silencio a la hermosa mujer que así dedicaba su vida a él. El arcoíris sobre sus cabezas…

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Poco a poco se fue atenuando. El esplendor radiante desapareció. El sol volvió a quedar oculto tras las nubes, y el cálido azul del cielo se transformó en un gris frío debido a las nieblas que se levantaban. La cima de la montaña quedó desnuda y sin vida; la tierra estaba destrozada y arrasada. No se veía nada salvo escombros ásperos y brezos incoloros. Una niebla helada se elevaba lentamente, acumulándose cada vez más densamente a su alrededor. No se podía ver nada aparte del suelo estéril de esa cresta desnuda sobre la cual se encontraban esos dos desdichados expulsados del Edén. Las puertas de su paraíso soñado se habían cerrado tras ellos; el hechizo se había roto, y en silenciosa sumisión descendieron por el duro camino de piedra hacia la realidad, hacia la cruel incertidumbre del destino humano.

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CAPÍTULO XIV.
PIETA

Cerca ya del atardecer, la pareja llegó al valle.

El Teatro de la Pasión se erguía como una enorme sombra junto al camino, y ambos, como movidos por el mismo impulso, se dirigieron hacia él.

Freyer sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta que daba al escenario. “¿Debemos despedirnos de él?”, dijo.

“¡Despedirnos!”

La condesa no dijo nada más. Sabía que el éxito de las demás representaciones dependía únicamente de él; eso cargaba su alma como una pesada reproche. Sin embargo, no se lo dijo, porque él tenía que ser suyo… a cualquier costo.

La fuerza de su pasión la empujó a robar la cruz, tal como el viento se lleva la hoja que ha arrancado del árbol.

Entraron en la sala donde se guardaban los objetos sagrados. Allí estaba el madero en el que fue crucificado, allí yacían los látigos que desgarraron su cuerpo sagrado. La lanza que le atravesó el corazón descansaba en una esquina.

Madeleine von Wildenau miró a su alrededor con sentimiento de terror. Freyer había encendido una lámpara. Algo cercano a ella brilló, proyectando sus rayos por toda la penumbra. Era la copa, la copa de la comunión. Freyer la tocó con mano temblorosa: “Adiós. ¡Nunca más te ofreceré a nadie! Que todas las bendiciones provengan de ti. Feliz aquella mano que las distribuya por el mundo y por mi amado Ammergau”.

Besó el borde de la copa; una lágrima cayó en ella, pero esta siguió brillando con la misma luz sin sombras. Freyer se dio la vuelta, y sus ojos recorrieron los demás tesoros queridos.

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Allí yacía el cetro de cañas, roto, en el suelo.
La condesa se estremeció al verlo. Una extraña melancolía la invadió, y las lágrimas llenaron sus ojos.

“¡Mi cetro de cañas… roto… en el polvo!”, dijo Freyer, con la voz temblorosa por una emoción que provocó un eco similar en el alma de Madeleine von Wildenau. Levantó los fragmentos y los contempló largamente, con tristeza. “Sí, este triste símbolo dice la verdad: mi fuerza está rota, mi soberanía ha desaparecido”.

Un terror terrible se apoderó de la condesa; abrazó con cariño al hombre al que amaba, como una princesa podría acercar a su corazón a su esposo depuesto, llorando entre las ruinas de su poder. “¡Tú seguirás siendo rey en mi corazón!”, dijo ella, consolándolo entre lágrimas.

“Ahora tú debes ser todo para mí, mi amada. En ti está mi cielo, mi justificación ante Dios. Abrázame fuerte, con firmeza; debes levantarme en tus brazos para liberarme de esta tortura constante, gracias al poder redentor del amor”. Apoyó su cabeza cansadamente sobre la de ella, y ella sostuvo con alegría ese precioso peso. En ese momento sintió que tenía el poder de sacarlo del Hades; que el amor en su corazón era lo suficientemente fuerte como para ganarle el cielo a él y a sí misma.

“¡La naturaleza femenina nos une!”, exclamó. Se aferró a él, tan sumida en una melancolía dichosa que su alma vibró con una emoción nunca antes experimentada. Sus labios se encontraron en un beso tan puro como si todas las cosas terrenales hubieran terminado, y sus almas ascendentes se saludaran en una esfera más elevada.

“Ese fue un beso de ángel”, dijo Freyer con un suspiro. Mientras tanto, el aire a su alrededor parecía temblar por el susurro de las alas de los ángeles; las cadenas que lo ataban a la cruz resonaban, como si alguna mano invisible hubiera colocado uno de sus extremos alrededor de los pies de los fugitivos, para atarlos para siempre al lugar de la cruz.

“Ven, aún tengo algo que hacer”. Tomó la lámpara de la mesa y entró en el vestidor.

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Allí colgaba la vestimenta con la cual un Dios se reveló a los ojos mortales: las amplias prendas se agitaban misteriosamente por el viento que entraba por la puerta abierta. En una esquina parecía elevarse una figura blanca y resplandeciente; era la túnica de la Resurrección. Inflada por el viento, flotaba con un movimiento fantasmal, mientras el hombre, despojado de su divinidad, permanecía de pie con las manos juntas y la cabeza gacha, para despedirse.

Cuando un mortal se quita su envoltura terrenal, sabe que la cambiará por otra más brillante. Aquí, un mortal se estaba quitando su túnica de luz y volviendo a la forma opresiva de la imperfección humana. Eso también era una agonía de muerte.

La condesa se aferró a él con ternura. “¿Me has olvidado?”

Él rodeó sus hombros con su brazo. “¿Por qué, querida?”

“Quiero decir”, dijo ella con gracia infantil, “que si pensaras en mí, no podrías estar tan triste”.

“Hija mía, te olvido en el mismo momento en que renuncio al Cielo por ti. No lo dices en serio. En cuanto al dolor, déjame soportarlo; porque si pudiera hacerlo con el corazón ligero, ¿sería el sacrificio digno de ti? Por el sufrimiento que me cuesta, debes medir la grandeza de mi amor, si puedes”.

“Puedo, porque incluso mientras descanso sobre tu corazón, mientras mis labios inhalan ansiosamente tu aliento, anhelo desesperadamente tu divinidad perdida”.

“Y ya no me amas como antes, cuando yo era Cristo. Sé franco: ¡eso ocurrirá!”

Él apretó sus manos contra su pecho, mientras sus ojos se posaban tristemente en la túnica brillante que parecía llamarlo desde la oscuridad.

“Oh, ¿qué estás diciendo? Sacrificas por mí la mayor posesión que un hombre haya renunciado alguna vez por una mujer: la ilusión de la divinidad… ¿Y yo debo castigarte por esa renuncia amándote menos? José, lo que das…”

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“¡A mí, ningún rey puede concedérmelo! Se han sacrificado coronas por amor a una mujer, coronas de oro… pero nunca una como esta”.

“¡Mi esposa!”, murmuró él en tonos dulces y tristes, mientras sus ojos oscuros escudriñaban los de ella hasta que su alma misma se desmayaba bajo el poder de esa mirada.

Ella juntó las manos sobre su pecho. “¿Me harás un favor?”

“Si puedo.”

“Ah, entonces, aparece ante mí una vez más como Cristo. Saldré al escenario. Coloca sobre ti la túnica sagrada… déjame verlo una vez más, abrazar sus rodillas… déjame despedirme, una despedida eterna del que se va”.

“Hija mía, eso sería un pecado. ¿Olvidas de nuevo lo que tú misma percibiste esta mañana con tristeza premonitoria: que yo soy un hombre? ¿Cómo podría continuar interpretando ese papel sagrado fuera de la obra? Eso sería actuar mal bajo la máscara de mi Salvador”.

“No, no sería un error satisfacer este anhelo por ver su rostro. No te tocaré, solo una vez más, por última vez, mostraré con mis ojos asombrados esa figura sublime y dejaré que mi alma exprese toda la angustia de la despedida hacia ese Dios que se va”.

“Mi esposa, ¿a dónde te lleva tu error? ¿Acaso el Hombre-Dios que encarné desapareció porque le quité su máscara? Pobre esposa, la angustia que ahora te domina es el arrepentimiento por haber destruido, en tu dulce debilidad femenina, esa ilusión piadosa, y no has descansado hasta convertir a ese Dios imaginario en un hombre. Oh, Magdalena, ¡cuán lejos estás aún del objetivo alcanzado por tu predecesora! Ven, satisfaré tu anhelo; te llevaré hasta donde comprenderás que Él está en todas partes, si realmente Lo buscamos, que solo la forma es perecedera. Él es imperecedero”. Luego, levantándola suavemente, repitió con ternura: “Ven. Confía en mí y sígueme”. Después de echar una última mirada triste a su alrededor, tomó de la mesa la corona de espinas, apagó la lámpara y, con brazo firme, guió a la mujer llorosa a través de la oscuridad. Afuera del edificio, las estrellas brillaban intensamente y el camino se veía claramente. La condesa lo acompañó sin resistencia. Él se dirigió hacia el pueblo y caminaron rápidamente.

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a través de las calles silenciosas. Por fin, la iglesia se alzó ante ellos, oscura y solemne. Él la condujo adentro. En la entrada había una fuente de agua bendita; se detuvo un instante y la roció con ese agua. Luego entraron. La iglesia estaba a oscuras. No había luz que la iluminara, salvo los temblorosos rayos de la lámpara que ardía sin cesar y dos velas que parpadeaban débilmente en sus candelabros, frente a una imagen de la Virgen en un rincón apartado. Tuvieron que avanzar lentamente, tanteando entre las sombras oscilantes. A la izquierda de la entrada había una “Pieta”. Era un grupo casi a tamaño natural, tallado en madera: el Salvador crucificado en el regazo de la Virgen. María Magdalena sostenía su mano izquierda, elevándola ligeramente, mientras Juan estaba a los pies del Salvador. Todo ello había sido creado por la mano de un artista con un realismo conmovedor. La expresión de angustia en el rostro del Salvador era muy conmovedora. Frente al grupo había un reclinatorio sobre el cual descansaban varias coronas marchitas.

El corazón de la condesa tembló; ¡él la llevaba allí! ¿Así que esa era la compensación por la imagen viva? ¿Solo madera muerta?

Freyer la guió suavemente hacia el reclinatorio. “Aquí, hija mía, aprende a buscarlo aquí; y cuando lo hayas encontrado, nunca más lo perderás. Coloca tus manos devotamente sobre ese pecho aparentemente inerte y sentirás cómo late el corazón dentro, como en el mío… Solo inténtalo.”

“¡Ay, no puedo! Sería una mentira si lo hiciera.”

“¿Qué, que sería una mentira? ¿Y yo… acaso fui Cristo?”

“¡Podría imaginármelo!”

“¿Porque respiraba? Ah, el aliento de la divinidad puede hinchar más que un pecho humano, hermana… ¡Y lo oirás! Reúne tus pensamientos… y reza.”

Su susurro se fue haciendo más tenue; el silencio a su alrededor, más solemne. “No puedo rezar; nunca he rezado”, lamentó ella, “y ciertamente no a madera inerte.”

“Inténtalo… por mi bien”, insistió él con suavidad, como si se dirigiera a un niño inquieto que debería dormirse pero no quiere.

“Sí… pero quédate conmigo”, suplicó ella como una niña, aferrándose a su brazo.

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“Me quedaré”, dijo él, arrodillándose a su lado.

“Enséñame a rezar como tú lo haces”, suplicó ella, levantando sus delicadas manos hacia él. Él las tomó entre las suyas, y ella sintió como si el mundo ya no pudiera hacerle más daño, como si su alma, su vida, estuvieran en sus manos firmes.

El calor que emanaba de él se convirtió en ella en un fervor devoto. Los latidos de una piedad ardiente que latían en la punta de sus dedos parecían transmitir un movimiento ondulante al aire circundante, lo cual confería a todo aquello que hasta entonces había sido inerte y rígido un movimiento ondulante que le daba una vida tenue y vibrante.

Algo se movía, respiraba, murmuraba delante y por encima de ella. Había un susurro entre las hojas marchitas de las guirnaldas al pie de la Piedad; pies invisibles se deslizaban por la iglesia y subían los escalones del altar elevado. Arriba, en la cúpula abovedada, se elevaba un murmullo que llegaba hasta los pliegues de la bandera fúnebre colgada allí arriba, pasando de pilar en pilar, de arco en arco, en ecos fantasmales que el oído atento escuchaba con terror secreto: el lenguaje del silencio. Y los ojos ardientes vieron cómo las formas inmóviles comenzaban a moverse. Los contornos de las figuras cambiaban lentamente bajo la luz incierta y parpadeante; las sombras se deslizaban de un lado a otro. Los labios del Salvador se abrieron y luego se cerraron lentamente; la mujer arrodillada tocó los miembros rígidos y posó sus dedos febriles sobre el pecho herido. La otra mano descansaba en la de Freyer. De este modo se formó una cadena entre los tres, que hacía temblar y calentaba la madera con el flujo constante de sangre caliente. Ya no era una sustancia extraña: era el corazón, el pobre corazón atravesado de su amado amigo divino. Latía, sufría, sangraba. Cada vez más claramente, el pecho se elevaba y descendía con la respiración regular. Era la respiración creativa de la deidad, que actúa en el objeto consciente e inconsciente, animando incluso a la materia sin alma. El brazo sostenido por María Magdalena se balanceaba de un lado a otro; los dedos de la mano se movían suavemente. La pobre mano atravesada… parecía como si intentara acercarse a la condesa, como si suplicara: “Alivia mi dolor”.

Impulsada por un impulso inexplicable, la condesa calentó los dedos rígidos y delgados con los suyos. Creyó que eso le brindaba alivio. La ola de sentimientos en su corazón crecía cada vez más hasta desbordarse… y, sin saber cómo, se levantó y depositó un beso sobre las heridas de aquel pobre pequeño…

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Una mano, un beso de la piedad más dulce y sagrada. Se sintió como si estuviera junto al cadáver de un ser amado cuyos labios mudos buscamos, aunque ya no sienten nada.

No pudo evitarlo: volvió a inclinarse y los labios rosados de la joven viuda se posaron sobre los pálidos y entreabiertos labios de la estatua. Pero esos labios respiraban; de ellos salía un aliento fresco y puro, y la forma rígida se volvía cada vez más flexible bajo esa caricia llena de tristeza, como si sintiera el dolor redentor del alma humana arrepentida. Pero el fuego divino que debía purificar esa alma ardía mucho más allá de sus límites en ese primer ímpetu. Abrumada por un fervor salvaje, se arrodilló y suplicó al Dios cuyo aliento había bebido en ese beso que la escuchara. El amigo que rezaba a su lado quedó olvidado, el mundo desapareció, todas las leyes de la razón fueron aniquiladas, todo conocimiento se perdió de su mente; todas las conquistas obtenidas con esfuerzo por el empirismo humano se borraron. Desde lo alto y desde lo profundo llegó algo con alas susurrantes, llevándose el alma en la marea de la misericordia. El milagro se acercaba… con una majestad inimaginable.

Miles de años desaparecieron; la eternidad amaneció en ese único instante. Todo lo que fue y es, dejó de ser y dejará de ser; pasado, presente y futuro se mezclaron y se fundieron en un solo aliento más allá de los límites de la vida natural.

“Si eres Tú, si vives, mírame”, gritó con ardiente anhelo. ¡Y he aquí! ¿Era sombra o imaginación? Los ojos se abrieron y dos grandes pupilas oscuras se fijaron en ella; luego los párpados se cerraron por un instante para abrirse de nuevo. La condesa miró con mayor intensidad; era claro, indudable. Un escalofrío recorrió sus venas, como cuando, en una fiebre ardiente, los miembros tiemblan debido a un frío repentino. Intentó sostener esa mirada, pero a pesar de la tensión en cada nervio, el esfuerzo fue en vano. Era demasiado abrumador; era la mirada de un Dios. El terror y el éxtasis luchaban por dominarla. Sin duda se dijo a sí misma: “No está fuera de ti, sino dentro de ti”. Una vez más intentó echar un vistazo a esa aparición misteriosa, pero los ojos seguían fijos en ella. El terror la abrumó. La cuerda de lo posible se rompió y ella se desplomó, casi inconsciente, en los escalones del altar, mientras el milagro extendía sus alas doradas sobre ella.

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CAPÍTULO XV.
EL CANTO DEL GALLO

Un paso fuerte sacó a la entusiasta devota de sus ensoñaciones. El sacristán pasaba por la iglesia apagando las velas que, entretanto, se habían consumido en sus candelabros frente a la Virgen, en la esquina más alejada.

“Perdóneme por molestarla”, dijo; “pero quería cerrar la iglesia. Sin embargo, hay tiempo de sobra. ¿Debo dejar una vela? Hará demasiado oscuro; la lámpara sola no da suficiente luz”.

“Le agradezco”, respondió Freyer, más pensativa que la condesa, quien, incapaz de controlarse, permanecía de rodillas con el rostro hundido en las manos.

“Cerraré la iglesia cuando nos vayamos y le traeré la llave”, añadió Freyer, y el sacristán quedó satisfecho. El imponente sumo sacerdote se retiró en silencio y con modestia, para no perturbar las oraciones del hombre al que condenaba a muerte cada semana con tanta furia.

Los amantes volvieron a quedar solos, pero la puerta permaneció abierta. De repente, el estridente canto de un gallo resonó en la quietud desde el patio de la casa parroquial vecina. La condesa se incorporó. Sus ojos estaban dolorosamente deslumbrados por la luz de la vela de cera tan cerca. Frente a ella, el Cristo de madera, con su superficie barnizada y brillante, yacía duro y frío en su desnudez tallada y rigidez. Los ojos pintados de azul pálido miraban hacia el suelo con la tristeza tradicional.

“¿Qué fue lo que la asustó hace un momento?”, preguntó Freyer.

“No sé si fue un milagro o una sombra la que creó esa ilusión, pero habría jurado que la estatua movió sus párpados y me miró”.

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“Sea lo que sea, sigue siendo un milagro”, dijo Freyer. “Si el dedo de Dios puede pintar los ojos del Salvador a partir de la visión que surge de la ola de sangre provocada por el latido de nuestros corazones, o de la sombra proyectada por una vela humeante, ¿acaso eso es menos maravilloso que si esos párpados rígidos realmente se hubieran movido?”

La condesa suspiró aliviada: “Sí, tienes razón. Ese es el poder que, como dices, puede hacer más que hinchar el pecho humano; puede hacer que el alma anhelante sienta un latido en un Cristo tallado en madera. Incluso si lo que acabo de experimentar pudiera haber sido hecho por materia inerte, el poder que nos unió fue divino, y nadie vivo podría haberle resistido. Deja a un lado tu corona de espinas con confianza y sin remordimientos; has cumplido tu misión, has salvado el alma para la cual Dios te destinó. Era Su voluntad… ¿Y quién entre nosotros podría resistirle?”

Freyer levantó la corona de espinas, que aún tenía en las manos, hasta sus labios, la besó y la colocó a los pies de la Piedad: “Señor, hágase Tu voluntad, en la medida en que sea Tu voluntad. Y si no lo es, perdona el error.”

“No es un error; entiendo mejor el propósito de Dios. Él me ha enviado Su imagen en ti y me la ha dado en una forma humana accesible, para que pueda aprender a través de ella cómo cumplir mi deber hacia ese prototipo, hacia el débil poder del novicio en la fe. Él añade generosamente una guía terrenal. ¡Oh, Él es bueno y misericordioso!”

Ella ayudó a Freyer a levantarse de rodillas: “Ven, tú, ser dado por Dios, para que yo pueda cumplir con el deber más dulce que jamás se haya impuesto a ningún mortal: amarte y hacerte feliz. Dios y Su santa voluntad serán alabados.”

“¿Y ya no te entristecerás por el Cristo perdido?”

“No, porque tenías razón. ¡Él está en todas partes!”

“Entonces, en nombre de Dios, ven y obedece al impulso de tu corazón, aunque yo perezca.”

“¿Puedes hablar así hoy, José?”

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“Hoy, en particular. ¿Acaso no habrías jurado ahora mismo que era verdad una ilusión creada por una sombra? ¿Y no te decepcionaste cuando llegó la luz y el hechizo desapareció? Llegará el momento en que me verás, tal como ves ahora esta figura de madera, a la luz de la realidad cotidiana; entonces el nimbo desaparecerá y no quedará nada más que la escoria, como aquí. Entonces tu alma se alejará, desilusionada, y seguirá al Dios desaparecido hacia alturas más elevadas.”

“O se hundirá en las profundidades”, murmuró la condesa.

“No debería temer eso, porque entonces mi misión habría sido en vano. No, hija mía: si no creyera que estoy destinado a salvarte, no tendría excusa alguna ante mí mismo para lo que hago. Pero ven, ya es tarde; debemos regresar a casa, o nuestra ausencia provocará comentarios.”

* * * * * * * * *

Eran las nueve y media. Un caballero anciano, de porte aristocrático y distinguido, caminaba de un lado a otro, impacientemente.

Las dos hermanas estaban de pie, impotentes, en el umbral de la puerta, profundamente abrumadas por la presencia de un invitado tan arrogante.

“¡Si tan solo viniera!”, se lamentaba Sephi, sumida en la mayor ansiedad, pues temía por su hija a causa del padre. Era el viejo príncipe von Prankenberg, y su actitud no presagiaba nada bueno.

Para esas almas leales, parecía una falta de respeto por parte del destino el hecho de hacer esperar a un caballero tan distinguido. El príncipe también lo veía de la misma manera. Esas buenas personas habrían dado alas gustosamente a la hija, cuyo padre la estaba esperando. Pero, por más que el noble señor acelerara el paso al caminar de un lado a otro, ni el tiempo ni su hija, que no sospechaba nada, hacían lo mismo. El príncipe von Prankenberg había llegado a Ammergau al mediodía de ese día y esperó en vano a la condesa. A su llegada, encontró todo el pueblo en alboroto debido a un incendio en el bosque; la condesa y Herr Freyer, a quienes se los había visto caminando juntos en esa dirección, habían desaparecido. Finalmente…

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La pastora informó de que habían estado en el pastizal de montaña con él. Ludwig Gross, al regresar de dirigir a los bomberos en el vano intento por extinguir las llamas, se fue a informar a la condesa Wildenau de la llegada de su padre. Evidentemente no logró encontrarla, ya que debería haber vuelto hace tiempo. Así que las mujeres fieles estuvieron angustiadas desde entonces. Andreas Gross fue al pueblo en busca de los ausentes, como si eso pudiera servir de algo. Josepha miraba ceñuda a través de los cristales de la ventana al príncipe, quien la trató con desdén, como si fuera una simple criada, cuando ella se ofreció a mostrarle el camino a la habitación de la condesa; él respondió: “¡La gente no puede quedarse en un lugar así!”. Mientras tanto, caía la noche.

Por fin, procedentes exactamente de la dirección opuesta, se acercó una pareja cuya apariencia llamó la atención del noble. Una figura femenina, sin sombrero, con el cabello despeinado y vestidos rotos y desordenados, aparentemente a punto de desmayarse, apoyada en el brazo de un hombre alto y barbudo, vestido con una chaqueta de campesino. ¿Podría ser…? No, era imposible; no podía ser su hija.

La pareja, sin sospechar nada, se acercó más. La dama, evidentemente agotada, casi era llevada en brazos por su compañero. Estaba demasiado oscuro para que el príncipe pudiera ver con claridad, pero parecía que su cabeza descansaba sobre el pecho del campesino. ¡Qué interesante pareja de enamorados! Pero se acercaron aún más; el príncipe no podía creer lo que veían sus ojos: era su hija, apoyada en el brazo de un campesino. Ambos emitieron un grito involuntario de horror cuando la condesa Wildenau se enfrentó cara a cara con su orgulloso padre. La sangre se congeló en las venas de Madeleine; sus mejillas se volvieron tan pálidas que su palidez se distinguía en la oscuridad. Sin embargo, el hábito de mantener las formas sociales no la abandonó: “¡Oh, qué sorpresa! Buenas noches, papá”.

Su alma se había retirado a lo más profundo de su ser; era solo una marioneta que se movía y hablaba por inercia.

Freyer levantó su sombrero en señal de despedida.

“¿Se va?”, preguntó ella con una mirada inexpresiva. “Supongo que no puedo pedirle que descanse un rato, ¿verdad? Adiós, señor Freyer, y muchas gracias”.

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¡Qué extraño! ¿No pareció como si un gallo cantara?

Freyer se inclinó en silencio y siguió caminando. “¡Adiós!”, dijo el príncipe sin levantar su sombrero. Por un instante consideró si podría ofrecerle su brazo a una dama vestida de esa manera, pero al final decidió hacerlo: era su hija, y ese no era exactamente el momento adecuado para discutir con ella. Así, luchando contra su indignación y disgusto, la acompañó, manteniendo su brazo bien extendido, como si temiera contaminarse con su contacto, a través de la casa hasta su habitación. Las hermanas Gross, con manos temblorosas, trajeron luces y desaparecieron rápidamente. Madeleine von Wildenau permanecía en el centro de la habitación, como un autómata cuya maquinaria se había detenido. El príncipe tomó una vela de la mesa y dirigió su luz directamente hacia su rostro. “Perdóneme, debo asegurarme de si esta dama, que parece haber salido recién de una carreta gitana, es realmente mi hija. ¡Sí, efectivamente es ella!”, exclamó en un tono que pretendía ser humorístico, pero que resultó simplemente brutal. “Así que encuentro a la condesa von Wildenau bajo esta apariencia: harapienta, desgastada, sin sombrero ni guantes, vagando con campesinos. ¡Es increíble!”

La condesa se dejó caer en una silla sin decir palabra. Los rasgos grandes y severos de su padre estaban enrojecidos por una ira que apenas podía controlar.

“¿Has quedado tan fuera de moda que necesitas buscar tu compañía en círculos como estos, ma fille? ¿No se pudo encontrar ningún caballero para acompañar a la condesa von Wildenau, de modo que tuviera que entablar intimidad con uno de los comediantes de la obra religiosa?”

“¿Intimidad? Papá, ¡eso es un insulto!”, exclamó la condesa enfadada, porque, aunque era cierto, sentía que de sus labios y en su intención así lo era. De nuevo, un gallo cantó a esa hora inusual.

“Bueno, ma chère, cuando una dama es sorprendida medio abrazada por un hombre así, la conclusión es inevitable.”

“Dios mío, estaba tan agotada que apenas podía mantenerme en pie”, respondió la condesa en voz baja, como si los gallos pudieran oírla: “Nos atrapó la tormenta y el hombre tuvo que sostenerme. Sin embargo, creo que la posición de la condesa von Wildenau es demasiado elevada para tales sospechas”.

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“Bueno, bueno… Escuché en Múnich ciertos rumores sobre tu larga estancia aquí, rumores que coincidían perfectamente con la imagen de la persona romántica que acaba de dejarte. Mi hija imaginativa siempre tuvo caprichos extraños; y como parece que puedes soportar ese olor campesino… yo soy algo más sensible a él…”

“¡Papá!”, exclamó la condesa, frenética de vergüenza. “Te ruego que no hables así de las personas que yo respeto.”

“Aha”, dijo el príncipe con una breve risa, “Tu ira habla con suficiente claridad. No volveré a hacer alusión a estas delicadas relaciones.”

La condesa permaneció en silencio un momento, luchando contra sus emociones. ¿Debía confesarlo todo? ¿Debía revelar el misterio del “Dios en el hombre”? ¿Decírselo a este hombre frívolo y prosaico, del cual, incluso en su infancia, había ocultado cuidadosamente todos sus sentimientos más nobles? ¿Revelarle su posesión más sagrada, el milagro de su vida? No, sería una profanación. “¡No tengo ninguna relación delicada! Apenas conozco a esas personas… Me interesa Freyer como representante de Cristo; para mí no es más que eso.”

El gallo cantó por tercera vez.

“¿Qué fue eso? Esta noche escucho constantemente a los gallos cantar. ¿Tú no oíste nada?”, preguntó la condesa.

“¡Ni el más mínimo sonido! ¿Tienes alucinaciones?”, preguntó el príncipe. “A esta hora todos los gallos están dormidos.”

Ella lo sabía: ese sonido era solo el eco de su propia conciencia. Pensó en las palabras que Freyer había dicho aquel día en la montaña; sus grandes ojos la miraban tristemente, pero también con perdón. Ahora entendía por qué Peter había sido perdonado. Él no quería que el Dios en quien no podía obligar a los demás a creer fuera profanado; por eso lo guardó en su corazón. Sabía que el vínculo que lo unía a Cristo y la tarea que le había sido encomendada eran más importantes que el mezquino martirio de reconocerlo ante los oídos insensibles de unos pocos hombres y criados. No mentía cuando decía: “No conozco a ese hombre”; realmente no conocía al Cristo al que se referían. Estaba negando… no a Cristo, sino…

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criminal, en quien creían que él se había convertido. Lo mismo ocurría con la condesa.
Ella no se avergonzaba del hombre al que amaba, sino de la persona que su padre veía en él. Y como no podía explicarle al príncipe quién era Joseph Freyer para ella, lo negó por completo. Pero mientras Pedro lamentaba como un grave pecado el breve momento en que se separó infielmente de su amado Maestro, ella también sentía ahora un dolor agudo, como si una herida sangrara en su corazón, y las lágrimas brotaban de sus ojos.

—Estás nerviosa, ma fille. No vale la pena. Lágrimas por ese digno aldeano —dijo el príncipe, con un encogimiento de hombros despectivo—. Escucha, ma chère, creo que sería mejor que te casaras.

—¡Papá! —exclamó la condesa, indignada.

El príncipe se rió: —Sin ofender, cuando mujeres como tú empiezan a ser sentimentales… es hora de que se casen. Te quedaste viuda demasiado joven; fue una desgracia para ti.

—¿Una desgracia? Que Dios te perdone tu burla y a mí estas palabras… Fue una desgracia que Wildenau viviera tanto tiempo… más aún: que yo llegara a ser su esposa. Tú, papá, nunca deberías recordármelo.

—¿Por qué no?

—Porque podría olvidar que eres mi padre… igual que tú lo olvidaste cuando me vendiste a ese anciano.

—¿Vender? ¡Qué expresión, chére enfant! ¿Es este el resultado de tu estudio de la vida campesina aquí? Te felicito por la ampliación de tu vocabulario. Esta es la gratitud de una hija a quien se le eligió el partido más brillante de todo el círculo de familias aristocráticas.

—Y su alma vendida a cambio —interrumpió la condesa—. El hecho de que mi naturaleza moral no haya sido completamente destruida no es mérito tuyo.

El príncipe sonrió con aire de tranquila superioridad: —¡Excelente! Naturaleza moral destruida… Cuando una chica se casa con uno de los miembros más antiguos de la nobleza alemana y se convierte en dueña de unos ingresos anuales de medio

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¡Millón! Eso es lo que ella llama destrucción moral y un acto escandaloso, del cual el padre despiadado no debe recordárselo a su hija sin perder sus derechos paternos. ¡Es realmente delicioso!”, rió y sacó su estuche de cigarros: “Mira, ma fille… entiendo las bromas. ¿Te molestará si fumo un habano en este dormitorio rural?”

“Como quieras”, respondió la condesa, quien ya había recuperado su habitual compostura fría, sosteniéndole la vela. El príncipe examinó sus rasgos con la mirada perspicaz de un conocedor mientras ella permanecía allí, iluminada por el resplandor rojizo. “Has perdido un poco de tu frescura, mi niña, pero sigues siendo hermosa… sigues siendo encantadora. Admito que Wildenau era algo demasiado mayor para una naturaleza poética como la tuya… pero aún hay tiempo para compensarlo. ¿Cuándo naciste? Un padre no debería preguntar la edad de su hija… pero el Almanaque de Gotha lo cuenta todo. Debes tener ahora… espera. No tenías diecisiete años cuando te casaste con Wildenau; estuviste casada nueve años; has sido viuda dos… eso hace veintiocho años. Todavía hay tiempo, pero… no mucho que perder. Te digo esto en calidad de madre, mi niña”, añadió, con una afectación repugnante de ternura. Su hija no respondió.

“Es cierto, perderás tus ingresos si abandonas el apellido Wildenau… como dice el testamento, ‘debes reemplazarlo por otro’. Esto limita un poco tus opciones, ya que solo puedes renunciar a esa enorme dote a cambio de un matrimonio que pueda compensar en parte esa pérdida”.

La condesa se puso mortalmente pálida. “Esa es la maldición que Wildenau lanzó sobre mí desde su tumba. No era suficiente con que yo fuera infeliz durante su vida; no… ni siquiera después de su muerte puedo ser feliz”.

“¿Por qué? ¿Quién te ha dicho eso? Puedes elegir entre cualquier hombre apuesto y rico que pueda ofrecerte algo a cambio de todo lo que renuncias. Por ejemplo, el príncipe von Metten-Barnheim. Es un visionario, es cierto…”

“¡El prosaico príncipe Emil, un visionario!”, dijo la condesa, riendo amargamente.

“Bueno, creo que un hombre que se rodea tanto de gente plebeya, eruditos y escritores, merece ser llamado visionario”.

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Su padre muere, y ese país desdichado será gobernado por profesores de voz estruendosa. ¿Qué importa eso? Él te convendrá aún más, ya que tú misma eres medio erudita. Es cierto que se podría decir que la familia Barnheim es de rango inferior al nuestro: los Prankenberg son una raza más antigua y, desde los tiempos de Carlomagno, no han realizado ninguna unión mixta, mientras que el árbol genealógico de los Barnheim muestra varias lagunas, lo cual explica sus tendencias liberales. Esas cosas siempre se delatan. Pero, por otro lado, ellos son duques reinantes, y nosotros una raza en declive; así que está bastante equilibrado. Te interesa él… entonces decídete de una vez y cásate con él; así serás una mujer feliz y la maldición del testamento no podrá hacer nada contra ti.

“¿De veras?”, exclamó la condesa, temblando de emoción. “Pero supongamos que amo a otro, a un hombre pobre, a quien no podría casarme a menos que tuviera alguna propiedad propia, por pequeña que fuera, y el testamento me convirtiera en una mendiga en cuanto le diera mi mano… ¿qué haría entonces? ¿No tendría derecho a odiar a ese déspota celoso y al hombre que me sacrificó por sus intereses egoístas… aunque fuera mi propio padre?” Una mirada llena de reproche recayó sobre el príncipe.

Se sorprendió ante esta explosión de pasión, hasta entonces desconocida en su experiencia con esa mujer apática. No podía aprovecharse de su estado de ánimo actual. Arrancó una hoja de su cigarro y la sopló al aire con un gesto elegante de los labios. Algo había cambiado en Madeleine, eso era evidente. ¿Y si, después de todo, cometía alguna tontería… hacía un matrimonio por amor? Pero, ¿con quién? De nuevo, la escena que había presenciado esa tarde volvió a su mente: ella había apoyado su cabeza en el hombro de un campesino vulgar… eso era innegable, lo había visto con sus propios ojos. ¿Podía realmente existir tal ilusión? Una mujer de su temperamento era incomprensible; era capaz, en un momento de entusiasmo, de desperdiciar toda su fortuna y ofrecer a la sociedad un espectáculo sin igual. ¿Quién podía saber qué ideas podían surgirle a una “locura” como ella? Y, sin embargo… ¿quién podía evitarlo? Nadie tenía poder sobre ella… ni siquiera él mismo, que ni siquiera podía amenazarla con privarla de su herencia, ya que hacía tiempo que no poseía nada que pudiera considerar propio. Un viejo jugador, siempre luchando contra las deudas, que había venido ese día, precisamente ese día… Bueno, le costaba confesárselo a sí mismo. Y ya había irritado a su hija, su último refugio, el único apoyo que aún le quedaba.

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Con la cabeza por encima del agua, más de lo que era sensato o prudente; no se atrevía a arriesgarse más.

Tenía la brutalidad reprimida de todas las naturalezas violentas que no pueden imponer su voluntad, que no son dueñas de sus pasiones ni de sus circunstancias, y por eso se ven constantemente en la falsa situación de verse obligadas a pedir ayuda a otros.

Después de ocuparse durante bastante tiempo de su cigarro, dijo en un tono tranquilizador y, para ser un hombre tan autoritario, sorprendentemente sumiso: “Bueno, ma fille, también existe una solución para ese caso. Si amaras a un hombre que fuera demasiado pobre para mantener un hogar adecuado para ti, podrías hacer una cosa sin renunciar a la otra: el testamento de Wildenau solo menciona un cambio de nombre; podrías casarte en secreto, conservar su nombre y, con él, sus propiedades”.

“¡Papá!”, exclamó la condesa; un rubor intenso tiñó sus mejillas, pero sus ojos estaban fijos en el hablante con profunda ansiedad. “No podría esperar algo así de un esposo al que respetaba y amaba”.

“¿Por qué no? Si no puede ofrecerte sustento, no puede pedirte que sacrifiques el tuyo. Seguramente sería suficiente si te entregabas a él”.

“Si él aceptara a mí en esas condiciones…”, respondió ella, pensativa.

“Aha… ¡Estamos en el camino correcto!”, reflexionó el príncipe, observándola atentamente. “En cuanto se diera cuenta de que no había otra posibilidad de hacerte suya… ¡Claro! Una mujer como tú puede convencer a un hombre de hacer cualquier cosa. No quiero ser indiscreto, pero, ma fille… temo que hayas tomado una decisión de la que inevitablemente te avergonzarás. ¿Podrías pensar en formar tal alianza sino en secreto? Es decir, si realmente debes casarte… ¿Qué diría el mundo cuando circularan rumores como: ‘La condesa Wildenau ha caído tan bajo que ella’…? No me atrevo a pronunciar esa palabra, por miedo a ofenderte”.

La condesa permaneció sentada con la mirada baja.

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El mundo… De repente se presentó ante ella con sus rostros burlones. ¿Debía exponer su amor sagrado a sus burlas? ¿Debía obligar al hombre noble y sencillo que era la salvación de su alma a desempeñar un papel ridículo a los ojos de la sociedad, como esposo de la condesa Wildenau? Su padre tenía razón… aunque por motivos muy diferentes. ¿Podría este secreto, demasiado hermoso, demasiado sagrado para ser confiado incluso a su propio padre, resistir el contacto con el mundo?

“Pero, ¿cómo se podría arreglar un matrimonio en secreto?”, preguntó, fingiendo indiferencia.

El príncipe von Prankenberg se sorprendió por la seriedad de la pregunta. ¿Habían llegado las cosas a tal punto? Era necesario ser cauteloso. Una oposición enérgica solo podría producir el efecto contrario, quizás un escándalo público. Reflexionó un momento, mientras aparentemente se esforzaba por exhalar anillos de humo al aire, como si no hubiera tarea más importante en el mundo. Los ojos de su hija lo observaban con una intensidad sospechosa. Por fin pareció haber formulado su plan.

“¿Un matrimonio en secreto? Pues eso es algo sencillo para una mujer de tu riqueza y posición independiente. ¿Es la persona en cuestión católica?”

Madeleine asintió en silencio.

“Bueno… entonces todo es perfectamente sencillo. Sigue el ejemplo de los ‘Prometidos’ de Manzoni; ya nos causan suficientes problemas al estudiar italiano. Ve con tu futuro esposo al pastor y declara delante de él, en presencia de dos testigos que podrás encontrar fácilmente entre tus sirvientes fieles, que os casáis. Según el rito de la Iglesia católica, basta con que ambas partes hagan esta declaración, incluso sin ceremonia nupcial, en presencia de un sacerdote ordenado; en este caso, vuestro sacerdote sería nuestro antiguo pastor de Prankenberg. Allí podréis representar mejor esa farsa. Así no necesitaréis papeles ni permisos especiales que puedan delataros. Si lo hacéis con astucia, lograréis convencer al anciano decrépito de que no registre el matrimonio en el registro parroquial. Entonces, que venga quien quiera y diga que estáis casados. No habrá ninguna prueba… y cuando muera el viejo pastor, el asunto se olvidará.”

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¡Al cementerio con él! Elegirás testigos en quienes puedas confiar. ¿Qué riesgo puede haber?

“¡Padre! Pero, ¿será eso un matrimonio?”, gritó la condesa, horrorizada.

“No según nuestras ideas”, dijo el príncipe, lacónicamente. “Pero lo importante es que él se considere casado y quede obligado… ¿y no tú?”

“Padre… ¡No voy a participar en semejante farsa!”. Se dio la vuelta, lleno de disgusto.

“Si hablas en serio… no habrá farsa, ma chère. Dependerá únicamente de ti si te consideras casada o no. En el primer caso, tendrás la satisfacción de haber realizado un acto moral sin sus consecuencias problemáticas… podrás emprender un viaje después de la ‘boda’, recorrer tierras extranjeras con una criada de confianza, y luego regresar quizás con uno o dos hijos ‘adoptados’, a quienes, como filántropa, educarás, y nadie podrá descubrir nada. El esposo anónimo podría ser instalado por la condesa Wildenau bajo algún título en una de sus propiedades lejanas, y el matrimonio será tan feliz como cualquier otro… solo que menos prosaico. Pero así te ahorrarás un escándalo interminable a los ojos de la sociedad, mantendrás tu sueño pastoral y seguirás siendo la rica y poderosa condesa Wildenau. ¿No es eso más sensato que sacrificar el honor, la posición, la riqueza… y a tu propio padre, por Dios sabe qué razón?”

“¿Mi padre?”, preguntó la condesa, quien había luchado contra emociones contradictorias mientras escuchaba las palabras del príncipe.

“Sí…”, dijo él, ocupándose nuevamente de su cigarro, que ahora tenía que reemplazar por otro. “Ya sabes, chère enfant, los deberes de nuestra posición imponen exigencias a las familias de rango principesco, las cuales, desafortunadamente, mis finanzas ya no me permiten satisfacer. Me veo obligado… aunque sea algo desagradable… a recurrir a la bondad de mi hija. ¿Podría usar uno de estos platillos para cenizas? Por eso he venido a preguntarte si, por el bien de nuestro antiguo nombre… no espero sentimentalismos infantiles… podrías ayudarme con una suma adicional de unos cincuenta mil marcos al año, y noventa mil que se paguen de inmediato. De lo contrario, no me queda nada… un encendedor, por favor… merci… aparte de…”

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“¡Una bala en la cabeza!” Hizo una pausa para encender el nuevo cigarro. La condesa juntó las manos, aterrorizada.

“¡Dios mío, papá! ¿Ya se han agotado las sumas que Wildenau le dio?”

“¿Qué quiere decir? ¿Puede un príncipe de Prankenberg vivir con unos cincuenta mil marcos al año? Si no hubiera sido tan económico y si no viviéramos al estilo tranquilo alemán, no habría podido hacer que esa miseria durara tanto tiempo.”

“¡Una miseria! ¿Entonces me vendieron tan barata?”, exclamó Madeleine Wildenau con emoción intensa. “Ni siquiera, a cambio de mi vida desperdiciada, tengo la satisfacción de haber salvado a mi padre. Sí, sí, si eso es cierto… ya no soy libre para elegir. Permaneceré hasta el final de mis días como esclava de mi difunto esposo, y tendré que robar la felicidad que anhelo, como si fuera fruta prohibida. Ha elegido bien el momento para darme esta noticia… ¡debe ser verdad! Ha destruido la primera flor de mi vida, y ahora, cuando estaba a punto de brotar un último capullo, también lo arruina.”

El príncipe se levantó. “Lamento haberle causado alguna vergüenza con mis asuntos. Como dije, usted es dueña de sí misma. Si no me disparé hace tiempo, fue puramente por consideración hacia usted, para que el mundo no dijera: ‘El príncipe von Prankenberg se suicidó por problemas financieros, porque su rica hija se negó a ayudarlo’. Quise ahorrarle este escándalo; por eso le di la opción de ayudarme, si así lo prefería.”

La condesa tembló. “¡Usted sabe que no son necesarias tales amenazas! Si lloré, no fue por ese dinero insignificante, sino por todas las circunstancias desafortunadas. ¿Cómo podré ser feliz, incluso en un matrimonio secreto, si siempre tengo que temer que se descubra todo por culpa de mi padre? Si se tratara de un padre empobrecido por la desgracia, las lágrimas derramadas por mi sacrificio de la felicidad serían dignas de reproche… Pero, papá, verse obligada a sacrificar el sentimiento más sagrado que jamás ha conmovido un corazón humano por el juego, las carreras de caballos y las mujeres de reputación dudosa que consumen sus bienes… eso sí que es difícil.”

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“Ahorra tus palabras, hija mía; no estoy dispuesto a comprar tu ayuda a costa de un sermón. O me liberas de mis vergüenzas sin reproches, o serás la hija de un suicida… ¿De qué sirve toda esta filosofía? Un nombre noble e intachable es algo muy valioso. Elige. Yo, por mi parte, doy poca importancia a la vida. Soy viejo, víctima de la gota; estoy demasiado rígido para montar a caballo o disfrutar de cualquier tipo de deporte. He perdido la suerte con las mujeres… No queda nada más que el juego. Si tengo que renunciar también a eso, entonces adiós. En tal caso, solo hay dos caminos: cambiar la fortuna… o morir. Pero un Prankenberg prefiere morir antes que tomar el primer camino.”

“¡Padre! ¿Qué dice usted? ¡Ay, las cosas han llegado tan lejos! ¡Ay de esa sociedad que descarta a un anciano de sus placeres, cuando este está tan arruinado en todo sentido, sin ninguna dignidad, y no le queda más alternativa que el suicidio o engañar en la mesa de juego… a menos que, por casualidad, tenga una hija rica!”

“¡Mi querida hija!”, dijo el príncipe, quien ahora consideró oportuno adoptar un tono patético.

“Por favor, no diga más, padre. Nunca se ha preocupado por su hija, nunca ha sido un padre para mí… Si lo hubiera sido, no estaría ahora frente a mí tan miserable, tan desprovisto de felicidad. Ya no hay nada que pueda cambiarse. Ay, no puedo amar ni respetar a mi padre como debería… No puedo hacer lo que estoy a punto de hacer con mayor alegría. Sin embargo, sigo dispuesta a cumplir con mis deberes hacia usted. En la medida de mis posibilidades, le daré la oportunidad de continuar con su vida miserable de engaños, y dejaré a su discreción hasta qué punto utilizará mis ingresos. Es afortunado que haya venido a tiempo… En unos días podría ser demasiado tarde. Ahora entiendo que no debo renunciar a mis grandes ingresos mientras mi padre necesite el dinero. Mis sueños de una felicidad tardía, pero pura, se han hecho añicos. Comprenderá que uno necesita tiempo para recuperarse de un golpe así; perdone mi angustia.”

Ella se levantó, con el rostro pálido y los miembros temblorosos: “Mañana temprano pondré en sus manos los documentos necesarios para recaudar el dinero. Usted olvidará esta escena dolorosa antes que yo.”

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“Me has hecho pocos cumplidos… pero no guardaré rencor. Hoy estás nerviosa, mi dulce hija. Y aunque no ofrezcas tu ayuda de la manera más generosa, de todos modos me ayudas. ¡Déjame besar tu mano generosa! Ah, es exactamente igual a la de tu madre. Cuando pienso que esos dedos delgados y delicados han estado en el puño áspero de quién sabe qué plebeyo, creo que se me debe un gran reconocimiento…”

“¡No sigas!”, interrumpió la condesa con autoridad. “Creo que he cumplido con mi deber, papá… Pero ya basta; te ruego encarecidamente que me dejes descansar hoy.”

“Es destino de los padres dejar que sus hijas los dominen”, respondió el príncipe en tono burlón. “Bueno, es mejor ser maltratado por una hija que por una amante. Ves, yo también tengo algunos impulsos morales, ya que he estado en tu estricta sociedad. ¿Se permite al padre a quien juzgas tan severamente besar tu frente?”

La condesa se sometió en silencio… pero un escalofrío recorrió su cuerpo, como si ese contacto la hubiera manchado. Sentía que era el beso de Judas del mundo, no la caricia de un padre.

El príncipe se secó la boca con una sensación de disgusto secreto. “¿Quién sabe qué labios han tocado esa frente hoy?”. No se atrevía a pensar en ello, o le causaría enfermedad.

“Ma chère, por más que te esté profundamente agradecido, debo ejercer mis derechos paternos unos minutos. Has dicho tantas cosas amargas, cuya justicia no negaré, que me permitirás decir también unas pocas palabras verdaderas”. Fijando sus ojos en ella con una mirada severa y fría, dijo en voz baja, dando énfasis especial a cada palabra: “Hemos llevado las cosas demasiado lejos… tú y yo, los últimos de la antigua raza Prankenberg. ¡Qué pareja tan bonita! El padre en bancarrota, y la hija… a punto de casarse con un campesino”.

Madeleine von Wildenau, mortalmente pálida, permanecía de pie, apoyada en el respaldo de su sillón, con los labios apretados.

El príncipe posó su mano sobre su hombro. “Podemos decir ambos que hoy cada uno ha salvado al otro. Esta es mi reparación por el papel humillante que el destino…”

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me has impuesto en tu presencia. ¿No tengo razón? Buenas noches, mi hija real… y espero que no guardes rencor hacia mí.

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CAPÍTULO XVI.
PRISIONERA

El príncipe había salido de la habitación, y ella lo oyó caminar por el taller. El silencio cayó sobre la casa y la calle. La mujer torturada, completamente agotada, se dejó caer en su cama: sus pies ya no podían sostenerla. Pero no podía descansar; una tristeza indescriptible llenaba su corazón. Todo había ocurrido tal como Freyer lo había predicho. Antes de que cantara el gallo, lo había traicionado tres veces, justo en la hora en que había jurado fidelidad. Al primer paso que debía dar para emprender el camino de la vida junto al hombre al que amaba, al primer vistazo de aquellos ojos basílicos del prejuicio convencional, retrocedió como una cobarde y no pudo decidirse a reconocerlo. ¿Esa era su purificación? ¿Ese era el efecto de un sentimiento que, según creía, tenía el poder de conquistar el mundo? Todo era falso: perdía toda esperanza, en su futuro, en sí misma, en el poder del cristianismo, del cual, como todos los nuevos conversos, esperaba que tuviera la fuerza de transformar a los pecadores en santos en un instante. Solo una cosa permanecía inmutable; solo una imagen quedaba intacta, sin rastro de vileza en medio de la tormenta de emociones que hervía en su corazón: Freyer. Solo él podía salvarla; debía ir a buscarlo. Saltando de la cama, corrió hacia el taller. “¿Dónde está su hijo?”, preguntó a Andreas Gross, quien estaba a punto de retirarse.

“Supongo que está en su habitación, condesa.”

“Tráigamelo de inmediato.”

“Por supuesto, condesa.”

“¿Debo ayudarla a desvestirse, Su Alteza?”, preguntó Josepha, que aún esperaba sus órdenes.

La mirada de Madeleine von Wildenau se posó en la joven con expresión escrutadora, como si la viera por primera vez. ¿Era ella fiel…?

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¿Fiel como debe serlo una criada para poder llevar a cabo el plan que su padre había sugerido? Josefa miró fijamente a los ojos de la condesa; su rostro sincero no expresaba más que una inocente sorpresa ante tal escrutinio.

“Sí… eres fiel”, dijo finalmente la condesa. “¿No es así?”

“Por supuesto, Condesa”, respondió la muchacha, evidentemente sorprendida de tener que dar esa garantía.

“¿Sabes lo que significa la desgracia?”

“Creo que sí”, dijo Josefa, con énfasis amargo.

“Entonces, ¿ayudarías a los desdichados en la medida de tus posibilidades?”

“Dependería de quiénes fueran”, respondió Josefa bruscamente. Pero esa rudeza complació a la condesa: era una prueba de carácter, y el carácter es una garantía de fiabilidad. “Si fuera yo, Josefa, ¿podría contar contigo en cualquier situación?”

“¡Por supuesto!”, respondió simplemente la muchacha. “Solo vivo por usted… De lo contrario, preferiría estar bajo tierra. ¿Para qué vivir si no es por usted?”

“Creo, Josefa, que ahora sé por qué la Providencia me envió a ti”, murmuró su señora, sumida en sus pensamientos.

Ludwig Gross entró. “¿Quería verme?”

Madeleine von Wildenau tomó silenciosamente su mano y lo llevó a su habitación.

“Oh, Ludwig, ¡qué cosas he tenido que escuchar! ¿Qué pecados he cometido? ¿Qué sufrimientos he soportado?” Puso su brazo sobre el hombro del fiel amigo, como una niña que pide ayuda. “¿Qué hora es, Ludwig?”

“No lo sé”, respondió él. “Estaba durmiendo cuando mi padre me llamó. He estado buscándote a ti y a Freyer hasta hace aproximadamente una hora. Luego el cansancio me venció”. Sacó su reloj. “Son las diez y media”.

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“Llévame con Freyer, Ludwig. Debo verlo hoy mismo. ¡Oh, mi amigo! Déjame lavarme en tu alma, porque siento como si las corrientes turbias del mundo me hayan manchado con su lodo.”

Ludwig Gross pasó su brazo suavemente sobre sus hombros, como si quisiera protegerla del elemento impuro. “Vamos”, dijo con calma, “te llevaré con Freyer. ¿O prefieres que yo lo traiga aquí?”

“No, él no vendrá ahora. Debo ir yo misma, porque he hecho algo por lo cual debo expiarlo; no puede haber demora.”

Ludwig rápidamente la envolvió en una manta caliente. “Te enfermarás por toda esta agitación continua”, dijo con preocupación, pero sin intentar disuadirla. “Toma mi brazo; estás tambaleándote.”

Salieron de la casa ante los ojos sorprendidos de la familia Gross. “Es una mujer muy extraña”, dijo Sephi, sacudiendo la cabeza. “No descansa ni de día ni de noche.”

Habían pasado solo cinco días desde aquella tarde en que Madeleine von Wildenau caminó, como ahora, por el pueblo dormido, y cuánto había experimentado.

Había encontrado al Dios que buscaba: había mirado en sus ojos, había reconocido el amor divino y eterno, y se había dado cuenta de que no era digna de él. Así, avanzó con orgullo, pero también con humildad, apoyada en el brazo de su amigo, hacia la calle donde una oleada de reverencia había conmovido todo su ser cuando Andreas Gross dijo: “Ese es el camino hacia la morada de Cristo”.

La casa estaba al otro extremo de la calle. Esta vez, no eran los rayos de la luna los que iluminaban el camino. Las ramas húmedas de los árboles susurraban tristemente sobre ellos en la oscuridad. Solo una ventana en la planta baja de la casa de Freyer estaba iluminada, y los rayos oscilantes marcaban el camino para la pareja. Llegaron allí y miraron dentro. Freyer estaba sentado en un taburete de madera junto a la mesa, con la cabeza apoyada en la mano, sumido en pensamientos tristes. Había un libro frente a él; quizá pretendía leerlo, pero evidentemente no lo había hecho, ya que miraba cansinamente hacia el vacío.

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Madeleine von Wildenau entró silenciosamente por la puerta entreabierta.
Ludwig Gross la esperaba afuera. Cuando abrió la puerta de la habitación,
Freyer levantó la vista, sorprendido. “¿Tú?”, dijo, y sus ojos se posaron plenamente en ella con una mirada interrogante; pero se puso de pie con dignidad, en lugar de correr a recibirla, como solía hacerlo para saludar a la mujer que amaba si esta aparecía de repente ante él.

“Condesa… ¿qué significa esta visita… a estas horas?”, preguntó, tristemente, ofreciéndole una silla. “¿Vienes sola?”

“Ludwig me trajo y me espera afuera. Solo tengo unas pocas palabras que decir.”

“Pero no está bien dejar a nuestro amigo de pie afuera. ¿Me permitirá llamarlo?”

“Hágalo. Así tendrá la satisfacción de tener un testigo de mi humillación”, dijo la condesa, en voz baja.

“Perdóneme, no había pensado en esa interpretación”, murmuró Freyer, sentándose.

“¿Puedo preguntar las órdenes de Su Alteza?”

“Joseph… ¿con quién estás hablando?”

“¡Con la Condesa von Wildenau!”

Ella se arrodilló a su lado: “Joseph… ¿Sigo siendo la Condesa von Wildenau?”

“Su Alteza, ¡por favor, téngame piedad!”, exclamó él, poniéndose de pie. “Todo esto no puede cambiar nada. Usted sigue siendo lo que es, y yo… lo que soy. Eso está profundamente grabado en mi corazón esta noche, y nada podrá borrarlo”. Habló sin ira ni reproche, simplemente como un hombre que ha perdido lo más querido para él en este mundo.

“Si eso es cierto, ciertamente no puedo hacer nada más que irme otra vez”, respondió ella, dirigiéndose hacia la puerta. “Pero responda ante Dios por haberme echado sin escucharme”.

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—No, condesa, por favor, hable —dijo Freyer con amabilidad. Ella lo miró con tal súplica que su corazón se derritió de un dolor indescriptible. “Venga… y dígame qué pesa en su corazón”, añadió en un tono más suave.

—No hasta que vuelva a llamarme su paloma… o su hija.

Las lágrimas llenaron sus ojos. “Hija mía… ¿qué has hecho?”

—Así es… ¡Ahora puedo hablar! ¿Qué he hecho, José? Lo que usted vio… y algo aún peor. No solo lo traté fríamente y distante ante la presencia de mi padre, sino que después lo repudié tres veces… Y vengo a decírselo porque solo usted puede… y sé que… me perdonará.

Freyer tenía las manos juntas sobre las rodillas y miraba fijamente al vacío. Madeleine continuó: “Veámoslo, tengo una opinión tan elevada de usted y de su amor, que no intento justificarme. Solo le recordaré las palabras que usted mismo dijo hoy: ‘Ojalá nunca tenga que derramar las lágrimas que derramó Pedro cuando el gallo cantó por tercera vez’. Recordaré también lo que debió llevar a Cristo a perdonar a Pedro: ‘¡Conocía el corazón del discípulo!’ José… ¿acaso usted no conoce también el corazón de su Magdalena?”

Un temblor recorrió el cuerpo del hombre fuerte, y, incapaz de pronunciar palabra, rodeó con su brazo a ella y apoyó su cabeza en su pecho.

“José, usted ignora el mundo y los vínculos con los que este ata incluso a las almas más libres. Por eso debe creer en mí. A menudo ocurrirá que me vea obligada a hacer algo incomprensible para usted. Si entonces no tuviera una fe ciega en mí, nunca podríamos vivir felices juntos. Hoy mismo había decidido romper con la sociedad, quitarme todas sus cadenas. Pero por muchos conceptos falsos y culpables que tenga, sus principios se basan, sin embargo, en una base moral. Por eso puede imponer sus grilletes incluso a quienes no tienen nada en común con su lado inmoral. No, si fuera simplemente un poder inmoral, sería fácil, en un momento de entusiasmo piadoso, liberarse de su yugo… pero justo cuando estamos a punto de hacerlo, cuando creemos estar realmente libres, lanza alrededor de nuestros pies la trampa del deber y volvemos a quedar prisioneros. Así fue mi experiencia hoy con mi padre… ¡Habría sido obligada a…!”

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¡Romper todo vínculo, si tan solo le hubiera dicho la verdad! Era demasiado débil para provocar esa terrible catástrofe… y la pospuse, renegando de ti.

Freyer tembló de dolor.

Ella acarició con ternura su mano cerrada. “Sé lo que esto debe significar. Sé cómo debe rebelarse el hombre orgulloso cuando la mujer a quien amaba hace algo así. Pero también espero que mi ángel sepa cuánto me ha costado todo esto”.

Intentó suavemente soltar sus dedos cerrados; estos cedieron poco a poco hasta que su mano quedó suave e inerte en la de ella. “Mírame”, continuó con su voz dulce y conmovedora: “mira mi rostro pálido, mis ojos enrojecidos por el llanto… y luego responde: ¿he sufrido durante estas horas?”

“¡Lo veo!”, dijo Freyer con delicadeza.

“Querido esposo: vengo a ti con mi gran necesidad, con mi gran amor… y con mi gran culpa. ¿Me rechazarás?”

Ya no pudo resistir más; con generosidad amorosa abrazó a la mujer suplicante contra su corazón.

“Lo sabía: tú eres la encarnación de la bondad, de la ternura… del amor. Tendrás paciencia con tu esposa débil y pecadora; la ennoblarás y santificarás, y no desesperarás aunque tarde mucho en completarse esta tarea. ¿Prometes, verdad?”, murmuró fervientemente entre besos, infundiendo en su ser el ardiente ruego de su arrepentimiento.

Y, con un juramento solemne, prometió nunca volver a enojarse con ella, nunca abandonarla hasta que ella misma se lo pidiera.

Ella había triunfado: él confiaba en ella una vez más. Y ahora, debía aprovechar esa confianza infantil.

“¡Te agradezco!”, dijo después de un largo silencio. “Ahora tendré el valor de hacerte una pregunta importante. Pero enviemos a casa al amigo que espera afuera; tú mismo puedes llevarme de vuelta”.

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“Por supuesto, hija mía”, dijo Freyer, sonriendo, y salió en busca de Ludwig.
“Estaba satisfecho”, dijo al regresar. “Ahora habla… cuéntame todo lo que pesa en tu corazón; nadie puede oírnos excepto Dios”. Y la abrazó con cariño.

“José”, comenzó la condesa en un tono avergonzado. “La hora decisiva ha llegado antes de lo que esperaba, y me veo obligada a preguntar: ‘¿Estarás dispuesto a ser mi esposo… pero solo ante Dios, no ante los hombres?’”

Freyer dio un paso atrás. “¿Qué quieres decir?”

“¿Me escucharás en silencio, querido?”, preguntó ella con suavidad.

“Habla, hija mía.”

“José… Hoy prometí convertirme en tu esposa… y cumpliré esa promesa, pero nuestro matrimonio debe ser secreto.”

“¿Y por qué?”

“El testamento de mi esposo me deshereda en cuanto abandone el apellido Wildenau. Si me caso contigo, dependeré de la generosidad de los primos de mi esposo, quienes heredarán sus bienes… y ni siquiera están obligados a darme una pensión… Así que estaré poco mejor que una mendiga.”

“Oh, ¿eso es todo? ¿Qué importancia tiene? ¿Acaso no puedo mantener a mi esposa… siempre y cuando esté satisfecha con el modesto sustento que un pobre tallista como yo pueda ofrecerle?”

La condesa, profundamente conmovida, sonrió. “Sabía que dirías eso. Pero, ángel mío, eso solo sería posible si no tuviera otros deberes. Pero, ves, esta es una de las trampas con las que el mundo impide a quienes intentan escapar de su hechizo. Tengo un padre… un hombre infeliz a quien no puedo ni respetar ni amar… un ejemplo de esa miseria brillante, de esas falsedades vacías a las que caen víctimas tantas personas en nuestro círculo… Es un jugador, un derrochador… pero sigue siendo mi padre. Me pide ayuda económica, y solo puedo ayudarlo si sigo siendo la condesa Wildenau. ¿Cómo puedo ser feliz y dejar que mi padre se arruine?”

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“¡No!”, gimió Freyer, cuya cabeza se hundió como un árbol derribado sobre los brazos que descansaban cruzados sobre la mesa.

“Entonces, ¿qué nos queda a nosotros, mi amada? Solo la separación o un matrimonio secreto. Seguramente no querremos profanar el milagro que Dios ha realizado en nosotros con cualquier otro camino, ¿verdad?”

“No… ¡nunca!”

“Bueno… entonces debo decirte: ‘Elige’.”

“Oh, cielos… esto es terrible. No se me debe permitir ejercer mis derechos sagrados delante de los hombres… ¿Debo vivir como un hombre deshonrado, bajo prohibición? ¿Y dónde, cuándo podríamos encontrarnos?”

“José… puedo ofrecerte el cargo de administrador de mis propiedades. Eso nos permitirá vivir juntos constantemente y encontrarnos sin ninguna restricción. Puedo compensarte cien veces más por lo que renuncias aquí. Mis propiedades serán tuyas, así como todo lo que soy y tengo. No te faltará nada, salvo las apariencias externas, el triunfo de presentarse ante el mundo como el esposo de la Condesa Wildenau.”

“Oh, Dios… Tú eres mi testigo de que nunca se me ocurrió tal pensamiento. Si fueras pobre y miserable, muriéndote de hambre en el camino, yo te levantaría y te llevaría orgullosamente a mi casa. Si fueras ciego y cojo, enfermo y abandonado, yo te cuidaría día y noche… De hecho, sería un placer para mí trabajar para ti y ganar, con mi propio esfuerzo, el pan que comes. Cuando lo trajera, se lo ofrecería de rodillas y besaría tus queridas manos por aceptarlo. Pero no puedo ser tu sirviente, tu empleado… Dime tú mismo: ¿podrías seguir amándome si lo fuera?”

“Sí, porque mi amor es eterno.”

“No te engañes a ti mismo; me has amado como una ciudadana pobre, pero libre de Ammergau. Como tu sirviente pagado, me despreciarías.”

“No serás mi sirviente… Solo es necesario encontrar algún pretexto ante el mundo que nos permita estar juntos constantemente.”

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Juntos, sin levantar sospechas… Y la función de un administrador es precisamente ese pretexto.

“Gíralo como quieras: comeré tu pan y seré tu subordinado. ¡Oh, cielos! Estaba tan orgullosa y ahora estoy terriblemente humillada… ¡Arrojada de repente desde la altura a la que tú me habías elevado!”

“No será una humillación aceptar lo que mi amor me ofrece y lo que mi abundancia comparte contigo.”

“Sí lo es. Solo podría ser tu esposa bajo la condición de poder seguir trabajando y ganarme la vida por mí misma.”

“¡Oh! La arrogancia envidiosa de los pobres, que envidian a los ricos el privilegio más noble: el de hacer el bien. Créeme, el verdadero orgullo consistiría en decirse a sí mismo que la naturaleza noble de uno supera con creces el pequeño sacrificio de bienes materiales que yo podría hacer por él. Quien desprecia el dinero puede aceptarlo de otros, porque sabe que ese regalo externo no tiene valor comparado con los tesoros de felicidad que el amor puede ofrecer. ¿O acaso te sientes tan pobre en amor que no puedes pagarme esa deuda insignificante por el pedazo de pan que te proporciono? Entonces, déjame que, con mi riqueza, siga sufriendo en mi falta de felicidad y que me jacte de que has sacrificado a la mujer más fiel por tu orgullo… Pero no digas que amabas a esa mujer.”

“¡Mi paloma!”

“¡Estoy haciendo todo lo que puedo!”, continuó ella, tristemente. “Te ofrezco mi cuerpo, mi alma, mi libertad, mi futuro… Y tú te preguntas si eso no te degradaría al punto de tener que comer mi pan y parecer mi sirviente, cuando en realidad eres mi amo y mi juez. No tengo nada más que decir. Tendrás tu voluntad, pero decídete rápido, porque lo que debe hacerse debe hacerse de inmediato. Mi propio padre (cuando se dio cuenta de que realmente quería casarme) me aconsejó que me casara con nuestro antiguo pastor en Prankenberg. Pero conozco a mi padre, y sé que solo intentaba atraparme. Mañana recibiré de él un poder notarial para obtener el dinero que necesita; al día siguiente inventará algún nuevo pretexto para mantenerme a su lado.”

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poder. Debemos tomar por sorpresa al pastor de Prankenberg antes de que pueda impedirlo. ¡Decide ahora!

“¡Dios omnipotente!”, exclamó Freyer. “¿Qué debo hacer? Oh, mi amor, no debería abandonarte… y aunque debiera hacerlo, no podría, porque ya no podría vivir sin ti. Sabes que debo aceptar lo que me ofreces, y que mi destino será el que tú decidas. Pero, querida, no sé cómo podré soportar ser tu esposo y al mismo tiempo ser considerado tu sirviente. Si pudieras apartar de mí esta copa, sería mucho mejor para los dos.”

“¿Y acaso Dios perdonó al Salvador esa copa? ¿Fue Cristo demasiado orgulloso como para asumir su cruz y su ignominia, mientras que tú… ni siquiera puedes soportar el yugo que tu esposa impone, y te ves obligado a imponerlo tú mismo?”

Inclinó la cabeza hacia el suelo. Las lágrimas brillaban en sus ojos radiantes; una vez más era Cristo. Mientras sus ojos oscuros se posaban en ella bajo la tenue luz de la lámpara, con toda la angustia del Redentor crucificado, Madeleine von Wildenau volvió a sentir un estremecimiento de admiración ante algo sobrenatural: una criatura perteneciente a algún reino intermedio, medio espíritu, medio mortal… y la percepción de que él nunca podría pertenecer completamente a la tierra, ni tampoco a ella. No podía explicar ese sentimiento; él era tan amable, tan sacrificado. Si hubiera sabido que un hombre así estaba destinado a absorbernos a nosotros, y no nosotros a él, el misterio se habría resuelto. Lo que ella hacía era precisamente lo contrario: su existencia debía sacrificarse por la de él… y tenía la sospecha de que eso iba en contra de las leyes de su noble y privilegiada naturaleza.

Pero él, inconsciente de sí mismo, en su sencillez modesta, solo sabía que debía amar a la condesa hasta el final… y consideraba justo pagar por la felicidad inmensa de llamar a esa mujer suya con un sacrificio igualmente ilimitado. El llamado a Cristo le hizo creer de repente que Dios quería darle la oportunidad de seguir desempeñando en la vida el papel de mártir, papel que ya no le estaba permitido representar en el escenario. La terrible humillación impuesta por la mujer a quien amaba sería la cruz que recibiría a cambio de aquella que ya había renunciado.

“Muy bien, entonces, por la humildad de Cristo”, dijo tristemente, como si estuviera completamente abatido. “Dame cualquier posición que elijas, pero temo que…”

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Descubrirás demasiado tarde que te has privado del mejor amor que puedo ofrecerte. Tu naturaleza no es la de alguien capaz de amar a un súbdito. Serás como esos niños que arrancan las alas a la mariposa y luego arrojan al gusano que se arrastra con disgusto. Mis alas eran mi libertad moral y mi autoestima. En este momento las he perdido, pues solo soy un hombre débil, obsesionado por el amor, que debe hacer todo lo que una mujer irresistible le exija. No se trata de un acto moral libre, como ocurre habitualmente cuando un hombre comparte su vida con la esposa elegida.

“Si eso crees, Joseph”, dijo la condesa, poniéndose pálida, “ciertamente será mejor… que yo me vaya”. Se volvió con dignidad hacia la puerta.

“Sí, vete”, gritó él, lleno de angustia, “¡vete! Pero sabes que me llevarás contigo, como la corona de espinas que arrastrabas enganchada en el dobladillo de tu vestido”. Se arrodilló a sus pies. “¿Qué soy yo? Tu esclavo. En nombre del Cielo, sé mi señora y tómame contigo. Entrego mi alma a tu cuidado; confío en tu generosidad… pero ¡ay de nosotros dos si no me das a cambio la tuya! No pido nada más que tu alma… pero la quiero por completo”.

La mujer, llena de júbilo, lo abrazó apasionadamente: “Sí, entrégate como prisionero mío y confía tu destino a mis manos. Seré una señora bondadosa contigo… Tú, querido esclavo, no serás más mío que yo soy tuya… es decir, por completo y para siempre”.

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CAPÍTULO XVII.
HUYENDO DE LA CRUZ

El alcalde iba a la oficina cada mañana a las seis, ya que el trabajo que había que realizar durante el día era muy grande y requería comenzar temprano. Freyer solía llegar alrededor de las siete para compartir la tarea con él. Sin embargo, los viernes a menudo comenzaba su trabajo antes que el enérgico alcalde. Fue ese día cuando comenzó la aglomeración en la taquilla, y todos estaban ocupados.

Pero hoy Freyer parecía no tener prisa. Eran más de las siete; debería haber llegado hacía tiempo. También había estado ausente ayer. El extraño debía haberse apoderado por completo de él. El alcalde sacudió la cabeza: el comportamiento de Freyer desde la llegada de la condesa no le había gustado. Nunca había descuidado sus deberes hacia la comunidad. Y justo en el momento en que la obra de la Pasión había tenido un éxito sin precedentes. ¿Cómo podía alguien pensar en otra cosa, algo personal, especialmente el hombre que interpretaba el papel de Cristo? Había montones de pedidos amontonados frente a él; ¿cómo podrían ser atendidos si Freyer no ayudaba?

Esa condesa era una mujer hermosa… y probablemente fascinante. Pero para el alcalde solo existía una belleza: la del ángel de su hogar. Muy por encima del bullicio de la multitud, en una tranquilidad aristocrática, el hombre solitario se sentaba en su escritorio, en su oficina sencilla y desnuda. Pero el ángel de Ammergau lo visitaba allí; apoyaba su cabeza cansada en Su pecho, Su beso recompensaba su labor desinteresada, Su resplandor iluminaba al ciudadano humilde. Ninguna casa era tan pobre e insignificante que, en esa época, el ángel de Ammergau no se estableciera en ella y derramara sobre ella su propia santidad y dignidad. Pero para aquel que era la personificación de Ammergau, el hombre que tenía que cuidar de todo, vigilarlo todo, asumir la responsabilidad de todo, el ángel le traía la recompensa que los hombres no pueden dar: la orgullosa conciencia de lo que era para su comunidad.

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Un refugio en estos días tan difíciles. Pero ya era hora de que llegara Freyer.
El alcalde sonó la campana. Entró el alguacil.

“Kleinhofer, averigua dónde está el señor Freyer… o el director de escena. Seguro que se puede encontrar a uno de ellos.”

“Sí, señor alcalde.” El hombre salió de la habitación.

El alcalde se recostó en su silla para esperar. Sus ojos se posaron durante unos segundos en uno de los cuadros de Doré: Cristo condenado por Poncio Pilato. Involuntariamente comparó el grabado con la escena representada en el escenario. “Ah, ¡si pudiéramos hacer eso! Si los seres vivos, con huesos enormes y articulaciones torpes, pudieran ser tan flexibles como el lienzo y los pinceles”, pensó con tristeza. “Dondequiera que trabajen los seres humanos, siempre habrá defectos e imperfecciones. La perfección, la belleza absoluta, solo existen en la imaginación. Sin embargo, ¿no debería un director de escena inflexible, siguiendo las líneas de la obra de arte, lograr dar forma incluso al material más tosco según la idea artística?”

“Queda mucho, mucho por hacer”, dijo el singular director de escena, con una autocrítica despiadada, apoyando la cabeza en su mano. “Cuando uno piensa en lo que logra la compañía Meininger… Pero, claro, ellos trabajan con artistas; yo, con talento natural. Nosotros, en cambio, estamos limitados en la asignación de roles por modelos tradicionales de aficionados… y, lo peor de todo, por estatutos y prejuicios obsoletos”. La imagen de Josepha Freyer apareció ante sus ojos; sintió profundamente el golpe que supuso para la obra de teatro la exclusión de esa hermosa joven, que era el prototipo de María Magdalena. “¡Todo debe sufrir bajo tales circunstancias! No se pueden elegir actores según su talento o individualidad; esas cosas son secundarias. Lo importante es el lugar que ocupa una persona en la comunidad. Un sirviente pobre solo podría interpretar papeles inferiores, incluso si tuviera el mayor talento, y los papeles principales son monopolio de los ciudadanos influyentes. De un grupo así arbitrariamente limitado, el director se ve obligado a distribuir los personajes para la gran obra, que exige las mayores habilidades. Es un trabajo gigantesco, pero se logrará; no se necesita nada más que paciencia y voluntad de hierro. Ellos crecerán con su tarea. El éxito creciente de la obra de teatro les enseñará cuán importante es que los intereses artísticos prevalezcan sobre todos los demás. Entonces llegarán las horas doradas…”

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Amanecer en Ammergau. “¡Que Dios me permita presenciarlo!”, añadió. Y esperaba con confianza poder hacerlo; pues no faltaba talento, y con algunos retoques se podrían lograr grandes resultados. Este año, el éxito de la obra estuvo asegurado por Freyer, quien hizo que el público olvidara a todos los intérpretes menos hábiles. Con él, la obra de teatro religioso de ese año tendría éxito o fracasaría. La mirada del alcalde se posó con compasión en el Cristo de Doré y en el Cristo interpretado por Freyer, mientras estos aparecían en su memoria; y Freyer superó la prueba. Había nacido de las manos de su Creador como una obra de arte viva, perfecta en cada detalle. “¡Gracias a Dios que lo tenemos!”, murmuró el alcalde, asintiendo satisfecho.

Alguien llamó a la puerta. “Por fin”, dijo el alcalde: “¡Entra!”

No era la persona que esperaba, sino Ludwig Gross.

Avanzó tambaleándose, como si sus pies se negaran a obedecerle. Su rostro serio tenía un tono amarillento y estaba profundamente surcado por arrugas; sus labios estaban firmemente apretados, y gotas de sudor brillaban en su frente.

El alcalde lo miró alarmado: “¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?”

Ludwig Gross sacó una carta del bolsillo: “Esté preparado para malas noticias”.

“Por el amor de Dios, ¿no puede celebrarse la representación? Hemos vendido más de mil entradas”.

“Esa sería la menor de las dificultades. Sea fuerte, señor alcalde… Tengo una gran desgracia que anunciarle”.

“¿Tiene algo que ver con Freyer?”, exclamó el magistrado, presintiendo algo malo.

“Freyer se ha ido… con la condesa Wildenau”.

“¿Se ha fugado?”, gritó el alcalde, dando sin duda el nombre correcto a lo sucedido.

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“Sí, acabo de encontrar estas líneas sobre su mesa.”

El alcalde se puso pálido como si hubiera recibido una herida mortal. Un trueno pareció resonar en sus oídos: el mismo trueno que había destruido el templo de Jerusalén, del cual él era sacerdote. Las paredes se derrumbaron, el velo se rasgó y se reveló el lugar de la ejecución. El Gólgota estaba ante él. Escuchó el susurro de las alas del ángel guardián de Ammergau al alejarse. Muy arriba, en una soledad terrible, se erguía la cruz, pero estaba vacía: aquel que debía colgarse de ella había desaparecido. Nubes grises se reunieron alrededor de esa escena desolada.

Pero de la cruz vacía emanaba una luz: no un halo, sino algo similar al brillo fosforescente de madera podrida. Esa luz iluminaba un abismo donde, desde una roca saliente, se erguía un único árbol; de él colgaba, fiel a su misión… Judas.

Un coro de risas burlonas surgió de las profundidades. “Te has matado en vano. Tu víctima ha huido. Mira al concienzudo Judas, que se ahorcó, mientras el otro vive una vida de placer”.

¡Vergüenza y deshonra! “Cristo ha huido de la cruz”. Voces maliciosas resuenan por todas partes; el cinismo triunfa… La vileza ha vencido; lo divino se ha convertido en objeto de burla para los niños; la Pasión es una farsa.

La madera fosforescente de la cruz brillaba ante los ojos del alcalde. Sí, estaba podrida y en estado de descomposición… Esa cruz debía derrumbarse; la corrupción del mundo la había infectado y debilitado. Y todo esto había ocurrido en Oberammergau… bajo su mando.

El desdichado hombre, cuya mente estaba llena de esos pensamientos, permanecía sentado como una estatua de piedra frente a su amigo, quien esperaba modestamente, sin perturbar su dolor con una sola palabra.

Lo que ambos hombres sentían… cada uno lo sabía… era demasiado grande para expresarlo con palabras.

El alcalde sostenía mecánicamente la carta de Freyer en su mano cerrada. Ahora, sus dedos fríos y rígidos le recordaban su existencia. La dejó sobre…

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La mesa; sus ojos reposaban sin vida sobre los grandes caracteres infantiles de la mano desfigurada: “¡Perdóname!”, decía el breve contenido. “Ya no soy digno de representar al Salvador. No por falta de principios, sino precisamente por ellos, renuncio a mi papel. Antes de que leas estas líneas, ya estaré lejos de aquí. Dios no dejará que su causa sagrada dependa de un individuo cualquiera; él te proveerá de un sustituto. Olvídate de mí y perdona al traidor cuyo corazón será fiel a ti hasta la muerte. ¡Freyer!”

Posdata:

“Vende mis propiedades: la casa, el campo y el pedazo de bosque que no se quemó, y reparte las ganancias entre los pobres de Ammergau. Te enviaré la autorización legal desde la ciudad más cercana.

“Una vez más, adiós a todos.”

El alcalde permaneció inmóvil, mirando fijamente el papel. Podría haberlo leído diez veces, pero seguía clavando la vista en esas líneas.

Ludwig Gross vio con horror que sus ojos estaban vidriosos y que sus rasgos habían cambiado. La calma impuesta por su voluntad de hierro se había convertido en la rigidez de la muerte. El maestro dibujante lo sacudió; ahora, en esa posición alterada, el cuerpo inerte perdió el equilibrio y cayó contra el respaldo de la silla. Su amigo sostuvo a aquel hombre tambaleante y apoyó su noble cabeza. Logró alcanzar la campana con la otra mano para llamar a Kleinhofer. “¡El médico! ¡Rápido! Dile que venga de inmediato”, gritó. El hombre se fue corriendo, aterrorizado.

La noticia de que el alcalde había sufrido un derrame cerebral se extendió por el pueblo como un incendio. Todos corrieron hacia la oficina. El médico cruzó la calle sin sombrero. La confusión era total.

Ludwig apenas podía controlar el tumulto. Con un brazo sostenía al alcalde, mientras con el otro apartaba a la multitud. El médico apenas podía abrirse paso entre la gente agolpada. Masajeó las sienes y las arterias del hombre inconsciente. “No creo que sea un derrame cerebral, solo una grave congestión cerebral”, dijo, “pero no podemos saber cuál será el resultado. Ha estado trabajando demasiado y muy estresado”.

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Los remedios aplicados comenzaron a surtir efecto; el alcalde abrió los ojos. Pero parecía estar rodeado de demonios invisibles que, como bestias salvajes, solo eran contenidos por la mirada firme del domador y, siempre listos para atacar, esperaban el momento en que pudieran arrebatarle el sagrado tesoro confiado a su cuidado: en pocos segundos, sus ojos apagados recuperaron el brillo firme del amo vigilante e imperioso. La disciplina que su voluntad inquebrantable solía ejercer sobre sus miembros restauró de inmediato su postura erguida. Nadie, aparte del médico y Ludwig, sabía cuánto le había costado ese esfuerzo.

“Sí”, dijo el médico en voz baja al maestro dibujante: “Esta es la consecuencia de que nunca se permitió descansar durante esfuerzos tan terribles”.

El alcalde se acercó a la ventana para tomar un poco de aire. Luego se volvió hacia los presentes. Su voz todavía temblaba ligeramente, pero por lo demás no se percibía la menor debilidad, y nada delataba la más mínima emoción.

“Me alegro, amigos míos, de que estemos todos reunidos; de lo contrario, habría tenido que llamarlos. ¿Está toda la parroquia aquí? Debemos celebrar una consulta de inmediato. Kleinhofer, cuéntalos”.

El hombre obedeció.

“Están todos aquí”, dijo.

En ese momento, la esposa del alcalde entró corriendo con Anastasia. Habían estado en los campos y acababan de enterarse de la sorprendente noticia de la enfermedad de su esposo y hermano.

“¡Por favor, cálmense!”, dijo él con severidad. “No tengo nada grave… Nada que merezca mención”.

Las mujeres llorosas estaban rodeadas por sus amigas, pero el alcalde, con un gesto imperioso de la mano, les indicó que se retiraran al fondo de la habitación. “Si quieren escuchar… y deseo que lo hagan”.

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—Cállense. No tenemos ni un momento que perder. —Se volvió hacia los hombres del pueblo.

—Queridos amigos y compañeros: Tengo noticias que jamás hubiera esperado que un nativo de Ammergau se viera obligado a contar sobre uno de sus conciudadanos. Una gran desgracia nos ha afectado. ¡Ya no tenemos a Cristo! Freyer se ha ido de repente.

Un grito de horror e indignación le respondió. Le siguieron gritos y preguntas mezcladas con feroces maldiciones.

—Cálmense, amigos. No lo difamen. No sabemos qué ha ocurrido. Es cierto que no entiendo cómo algo así fue posible, pero no debemos juzgar sin conocer los detalles. En cualquier caso, debemos respetarnos a nosotros mismos al no hablar mal de ninguno de nuestros conciudadanos; pues eso era él, a pesar de su acción.

Ludwig apretó en secreto su mano en señal de gratitud.

—Esta desgracia ha sido enviada por Dios —continuó el alcalde—. No juzgaremos al pobre mortal que fue solo su herramienta. Considérenlo muerto, como parece considerarse a sí mismo. Ha dejado sus bienes a los pobres; le estaremos agradecidos por ello, como es debido. En otros aspectos, para nosotros está muerto.

El alcalde tomó la carta de la mesa. —Aquí está su última voluntad para Ammergau; se la leeré. —El alcalde leyó el papel con calma, pero parecía que su voz, normalmente tan firme, temblaba.

Cuando terminó, reinó un profundo silencio. Muchos se secaban los ojos; otros miraban sombríamente al vacío. Un silencio solemne, similar al que reina en un funeral, se había apoderado de la asamblea. —No podemos decir nada más —repitió el alcalde—. Paz sobre sus cenizas; pues el fuego que será tan destructivo para nosotros sigue ardiendo en él. Solo podemos decir: que Dios lo perdone, y que estas sean las últimas palabras pronunciadas sobre él.

—¡Que Dios lo perdone! —murmuró la congregación profundamente afectada.

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“¡Amén!”, respondió el alcalde. “Y ahora, amigos míos, consultemos qué se debe hacer. No podemos engañarnos respecto a nuestra situación. Es crítica, incluso desesperada. Lo primero que debemos tratar de salvar es nuestro honor. Cuando se sepa que uno de los nuestros, y ese alguien es Cristo, ha abandonado sus colores, o mejor dicho, la cruz, seremos deshonrados y nuestra sagrada causa sufrirá. Nuestro honor aquí es sinónimo del honor de Dios, y si no lo protegemos por nosotros mismos, debemos hacerlo por Él”.

Un murmullo de aprobación le respondió. Continuó: “Por lo tanto, debemos hacer todo lo posible para mantener el asunto en secreto. Podemos decir que Freyer sucumbió de repente al esfuerzo impuesto por su papel, y para salvar su vida tuvo que buscar un clima más cálido. Aquellos que nos conocen, a nosotros, hombres de Ammergau, no creerán que alguien se retiraría por motivos de salud; más bien preferirían la muerte antes que interrumpir las representaciones. Pero hay pocos que realmente nos conozcan”.

“Dios lo sabe”, dijeron los oyentes, con tristeza.

“Por eso propongo que todos prometamos mantener el más absoluto secreto respecto a la verdadera situación y dar al público el pretexto que acabamos de sugerir”.

“Sí, sí… Aceptamos no decir nada más”, accedieron los hombres de inmediato. “Pero las mujeres… ellas hablarán”, dijo Andreas Gross.

“Eso es exactamente lo que temo. Puedo confiar en ustedes, hombres”, respondió el alcalde, lanzando una mirada severa a las chicas y mujeres. “Los hombres somos plenamente conscientes del significado e importancia de nuestra causa. Ya es suficientemente malo que tantos no sean comprendidos ni apoyados por sus esposas. Ustedes, mujeres de Ammergau… ay, debo decírselo… han causado más daño a este lugar y a nuestra causa con sus chismes de lo que podrán explicarle al Dios que nos honra con su sagrada misión. Hay rumores y habladurías donde creen que pueden actuar impunemente, y muchas cosas se susurran en los oídos de los visitantes, para luego convertirse en falsos rumores que circulan por todo el mundo. No les importa en absoluto la gran causa, siempre y cuando tengan la oportunidad de satisfacer alguna pequeña maldad. Ahora lloran, ¿verdad? Porque estamos arruinados… las representaciones deben cesar. Pero, ¿están seguras de que Joseph Freyer habría sido capaz de tratarnos de esta manera, si no fuera porque…”

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¿Fue por la avalancha de chismes que vertiste sobre él y su prima, Josefa? Eso envenenó su mente contra nosotros y lo empujó hacia los brazos de un extraño. ¿Acaso no ha dicho cien veces que, si no fuera por tener que interpretar al Cristo, habría dejado Ammergau hace tiempo? Cuando se rompe un vínculo, otro se rompe aún más fácilmente. Tómalo como una lección: al menos esta vez, mantén silencio, si puedes controlar tu debilidad femenina. Haré que vuestros esposos rindan cuentas por cada palabra que se diga al respecto. Varias mujeres murmuraron y lanzaron miradas maliciosas al alcalde.

“¿A quién se refiere esto, a quién se dice que ha delatado?”, preguntó una mujer robusta de rostro audaz.

El alcalde frunció el ceño. “Se refiere a aquellos que se sienten culpables; ¡no afecta a quienes no lo están!”, exclamó con severidad. “Las buenas mujeres silenciosas entre ustedes saben muy bien que no me refiero a ellas; las demás deberían tomar ejemplo”.

Siguió un silencio incómodo. La mirada del alcalde se posó amenazadoramente en los rostros enojados de los culpables. Aquellos que creían ser inocentes lo miraban sin inmutarse.

“Yo responderé por mi esposa… ¡Nada saldrá de mi casa!”, protestaron uno tras otro. De este modo, al menos se haría todo lo posible para salvar el honor de Ammergau y ocultar su vergüenza al mundo. Pero ahora surgía la pregunta de cómo salvar la obra teatral. Se produjo un intenso debate. La gente, privada de sus esperanzas, quería continuar con las representaciones a cualquier costo, con cualquier elenco. Pero aquí se encontraron con la firme oposición del alcalde: “¡O bien bien, o nada!”, fue su ultimátum. “No podemos engañarnos ni un momento. En este momento, ninguno de nosotros puede interpretar al Cristo, excepto Thomas Rendner. Y entonces, ¿dónde encontraríamos a un Pilato que pudiera reemplazar a Thomas Rendner?”.

Hubo una discusión acalorada. “El sacristán, Nathanael, podría interpretar a Pilato”.

“¿Y quién entonces ocuparía el lugar de Nathanael?”

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“Ah, si este y aquel todavía estuvieran en el pueblo… Pero se habían ido en busca de su sustento, como tantos otros que ya no podían ganarse la vida desde que la escuela de tallado de Partenkirch compitió con la de Ammergau. Y muchos más seguirían su ejemplo. Si las cosas siguen así, y la situación no mejora gracias a la obra teatral, en diez años quizá no quede nadie para ocupar los papeles; la necesidad acabará alejando a todos poco a poco.”

“Sí, estamos en una situación muy difícil, amigos míos. El grupo se reduce cada vez más; el peligro para la obra de la Pasión aumenta constantemente. Si ahora no encontramos ayuda, la miseria nos privará de algunos de nuestros mejores actores antes de la próxima vez. Y, sin embargo, amigos míos, creedme: lo digo con el corazón pesado. Si seguimos actuando con un elenco deficiente, estaremos perdidos para siempre, porque entonces habremos destruido la reputación de esta obra de la Pasión.”

“Thomas Rendner interpretará bien a Cristo; no hay riesgo en ese aspecto.”

“Y si lo hace… si Rendner interpreta a Cristo, al sacristán Pilato y a otro personaje, Nathanael, ¿no tendremos que estudiar toda la obra de nuevo? ¿Se puede hacer eso tan rápidamente? ¿Podemos comenzar las repeticiones de nuevo ahora? Os pregunto: ¿es posible?”

La gente bajó la cabeza, desesperada.

“Nuestra única opción sería encontrar a alguien adecuado para el papel de Cristo entre aquellos que no forman parte del elenco… pero todos los que tienen talento ya están ocupados. Los demás no pueden utilizarse si queremos presentar una obra artística completa.”

El desánimo se apoderó de los presentes; no había ni uno solo entre ellos que no hubiera invertido todo lo que tenía en proporcionar alojamiento y comida a los forasteros, e incluso contraído deudas con ese fin, por no hablar de la pobreza generalizada.

Se hicieron nuevas propuestas, pero el desdichado alcalde se vio obligado a rechazarlas todas.

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“El bienestar general está en juego, y el alcalde solo piensa en el conjunto artístico”.

Con estas palabras, la ira de la asamblea se dirigió finalmente contra él; aquellos que la fomentaban eran sobre todo los forasteros atraídos por la obra teatral con fines de especulación, a quienes no les importaba en absoluto cuánto sufriera en el futuro, siempre y cuando pudieran ganar dinero.

“Conozco los elementos que están sembrando discordia aquí”, dijo el alcalde, escudriñando a la asamblea con su mirada severa. “Pero no lograrán separarnos a nosotros, los antiguos ciudadanos de Ammergau, que hemos permanecido unidos a través de todas las calamidades. Amigos, dejemos que el espíritu que nuestros antepasados han preservado durante siglos nos salve de la discordia; no neguemos la buena y antigua naturaleza de Ammergau en tiempos de desgracia”.

“Y con esa buena y antigua naturaleza se puede morir de hambre”, murmuraron los especuladores.

“Si el alcalde no considera vuestros intereses más importantes que la fama de su éxito como director de escena, debería ir a Múnich y ocupar ese puesto; allí podría dar tantas representaciones modelo como quisiera”.

“Sí”, gritó otro, “está sacrificando nuestros intereses por su propia vanidad”.

Durante estas acusaciones, el alcalde permaneció de pie, con la espalda erguida. Solo la vena oscura e hinchada en su frente cansada delataba la indignación que hervía en su alma.

“Desprecio responder a tales acusaciones. Conozco demasiado bien los corazones de mis conciudadanos como para temer que alguno de ellos lo crea”.

“No, desde luego que no”, exclamaron los más sensatos. Pero la mayoría permaneció en silencio, sumida en su furiosa desesperación.

“Sé que muchos de ustedes me juzgan mal, y no les guardo rencor por ello. Admito que en un período de tormentas y estrés es difícil mantener un juicio imparcial”.

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“Sé también que yo mismo he confundido a menudo vuestro juicio, pues es imposible crear una obra semejante sin ofender aquí y allá. Sé que muchos de los que se sienten heridos y menospreciados lo resienten en secreto, y no los culpo. Solo os ruego que dirijáis vuestro rencor personalmente hacia mí, y no lo extendáis a la causa, dañándola por oposición a mí. En momentos importantes como estos, os ruego que dejéis de lado todos los rencores personales y os reunáis a mi alrededor; en esta hora decisiva, pensad solo en toda la comunidad, y no en todos los agravios que el alcalde pueda haberos causado individualmente.

“Si solo tuviera que proteger los intereses de Ammergau, todo estaría bien. Pero no solo debo proteger vuestro bienestar, sino también la dignidad de una causa por la cual soy responsable ante Dios, mientras esté en mis manos. La naturaleza humana es débil y susceptible a las influencias externas. Las concepciones religiosas de miles de personas dependen de la ilusión, más o menos fuerte, que produce la obra teatral de la Pasión como símbolo moral. Esta es una gran responsabilidad en una época en la que la negación y el materialismo socavan constantemente la fe y arrastran todo lo sagrado al polvo. En tal período, es necesaria la máxima perfección en los detalles, para que al menos la forma inspire respeto, cuando la esencia es despreciada. Trataré de hacer esto valioso para vosotros con un ejemplo: el cínico que se burla de nuestra adoración a María y, con satisfacción satírica, la representa como una madre corpulenta de cuatro o cinco hijos, se reirá de la Virgen de Altötting, pero se quedará en silencio y serio ante la Madona de la Capilla Sixtina. Pues aquí la divinidad en la que él no desea creer se le presenta en la obra de arte y le obliga a sentir reverencia. Precisamente en un período de materialismo como el actual es cuando la representación religiosa tiene su tarea más importante: cuanto más profundamente el hombre se hunde en el sensualismo, más accesible es a las impresiones sensuales, y más fácilmente la religión puede influir en él a través de formas visibles, repeliéndolo o atrayéndolo según el tratamiento defectuoso o artístico del material. El impulso religioso-sensual es el único que puede influir en tiempos como estos; por eso la obra teatral de la Pasión es ahora más importante que nunca.

“Dios me ha concedido el modesto talento para la organización y un poco de cultura artística, para que pueda velar por ella y asegurarme de que aquellos que vienen a nosotros confiados en busca de su Dios no se vayan con una decepción secreta; y de que aquellos que vienen a burlarse se calmen y se avergüencen.”

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“Esta es la gran tarea que se me ha encomendado; hasta ahora la he llevado a cabo sin importarme la irritabilidad personal ni los intereses individuales menores, y espero poder cumplirla incluso bajo la presión de las necesidades más urgentes.

“Si quieren oponerse, deberían haber entregado el cargo que ocupo a alguien que considere esta tarea menos importante y que sea lo suficientemente complaciente como para sacrificar lo noble por lo insignificante. Pero miren adónde llevará al hombre complaciente, que escucha a todos. Vean cuán pronto reinará el caos entre ustedes, porque donde falta una guía adecuada y cada uno puede imponer su voluntad, brota la semilla de la discordia, que lo invade todo. Ahora todos están en mi contra, pero luego estarán unos contra otros. Mientras discutan y peleen, el tiempo pasará sin ser aprovechado, y al final se elegirá el modelo más antiguo, porque es el más fácil y rápido de ejecutar. Pero el mundo moderno se alejará con una risa burlona, diciendo: ‘Ya no podemos soportar estas farsas campesinas’.

“Entonces tendrán que responder por haber robado a miles la hermosa ilusión que tenían, dejándolos regresar a casa más pobres en fe y respeto de lo que llegaron. Tendrán que responder ante Dios, cuya sublime tarea han degradado con una ejecución deficiente, y también ante ustedes mismos, por haber olvidado el futuro en beneficio del presente, y por querer aprovecharse de esta representación unas pocas veces más, arruinándola para las décadas futuras. Ustedes no lo creen, porque en este pueblo aislado no pueden saber qué exigen los gustos de nuestra época. Pero yo sí lo sé, porque he vivido en el mundo exterior, y les digo que quien vea estas representaciones incompletas ciertamente no volverá, y nos dará una reputación que nos marcará como ineptos para siempre”.

El alcalde se llevó la mano a la cabeza; un dolor agudo le atravesaba el cerebro… y también el corazón.

“No tengo nada más que añadir”, concluyó, con voz débil. “Pero si conocen a alguien que, según ustedes, podría cuidar de Ammergau mejor que yo, estoy listo en cualquier momento para entregarle mi cargo”.

Entonces, de común acuerdo, todos sintieron ese viejo sentimiento de admiración por la sagrada causa de sus antepasados, así como gratitud hacia el hombre que había vuelto a despertarlo en ellos. No, él no merecía que dudaran de él”.

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Él… les había vuelto a enseñar a pensar como verdaderos habitantes de Ammergau. Sí, se sentían orgullosos de que él perteneciera a esa raza auténtica; era sangre de Ammergau la que corría por sus venas y brotaba de las heridas causadas en su corazón aquel día. Se dieron cuenta de que lo habían tratado mal y se reunieron alrededor de ese hombre tan afligido, dispuestos a expiar sus errores con sus vidas. Pues esas naturalezas apasionadas y fácilmente influenciables eran, sin embargo, fieles hasta el fondo.

Los descontentos se vieron obligados a guardar silencio; nadie los escuchaba. Todos se agruparon alrededor del alcalde. “¡Estaremos a tu lado! Alcalde, solo dínoslo: ¿qué debemos hacer? ¿Cómo podemos ayudarnos? Confiamos plenamente en ti”.

“¡Ay, amigos míos! Debo recompensar vuestra confianza restaurada con consejos poco agradables. ¡Afrontemos esta desgracia como hombres! Es mejor talar árboles en el bosque, trabajar como jornaleros… incluso morir de hambre, antes que ser infieles al espíritu de nuestros antepasados. ¿No tengo razón?” Una ola de entusiasmo fue su respuesta.

Se decidió anunciar el final de la representación de la Pasión para esa década. El documento fue firmado por todos los miembros de la comunidad.

“¡Así termina este año! Para muchos de nosotros, quizás para toda la vida”, dijo el alcalde. “Agradezco a todos los que han participado en esta representación hasta ahora. En pocos días presentaré un informe sobre los ingresos y gastos. Dada la gravedad de la situación, prescindiremos de cualquier ceremonia formal de cierre”.

Ahora, un ambiente muy distinto al anterior reinaba entre los presentes. Toda preocupación por cosas materiales desapareció ante una tristeza más profunda. Era la gran y misteriosa tristeza de la despedida, que afectaba a todos aquellos relacionados con la “Pasión”. Parecía como si las raíces de sus corazones estuvieran completamente entrelazadas con ella, y que al arrancarlas tuvieran que derramar sangre, como si una parte de sus vidas se fuera con ellas. Los ancianos sentían ese dolor con mayor intensidad. “¡Por última vez en esta vida!”, son palabras frente a cuyo oscuro umbral nos detenemos vacilantes, dondequiera que sea… Pero si ese “por última vez” se refiere a lo más importante y querido que poseemos en este mundo, entonces encierra un abismo insondable de tristeza. El viejo Barabbas, de noventa años, fue el primero en expresarlo; los demás se unieron a él, y los ancianos…

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Los que habían sido jóvenes juntos y habían dedicado toda su vida a la causa que para ellos era la más noble del mundo, se abrazaron, como un grupo de hombres condenados a muerte.

Luego uno recitó la última línea del coro: “Hasta que nos encontremos en el mundo de más allá” —y todos, como con una sola voz, expresaron la angustia indescriptible de tener que renunciar a esa estrecha comunión con la Divinidad en la que cada uno de ellos vivía durante ese período. Eso dio origen a un ritual de despedida, cuya expresión adecuada se encontraba en esas últimas palabras de la obra teatral sobre la Pasión.

Luego se dieron la mano, intercambiando un adiós que duraría toda la vida. Sabían que se volverían a encontrar al día siguiente, con las mismas vestiduras, pero ya no como eran ahora: gobernador romano y sumos sacerdotes, apóstoles y santos. Estaban excluidos de la compañía del Señor, porque su Cristo no había resucitado como de costumbre; había huido y abandonado infielmente a su rebaño antes de que pudieran cumplir su misión. ¡Era doblemente difícil!

El anciano Judas, el venerable Lechner, estaba tan conmovido que tuvieron que ayudarlo a bajar las escaleras: Judas llorando por Cristo. El hombre leal había sufrido indeciblemente por la necesidad de interpretar el papel del traidor; la traición cometida ahora contra la causa sagrada por el propio supuesto Cristo casi le rompe el corazón. “¡Tengo que seguir vivo para presenciar esto!”, murmuró, retorciéndose las manos mientras bajaba las escaleras. Pero Tomás Rendner sacudió su hermosa cabeza y repitió con tristeza las palabras decisivas de Pilato: “¿Qué es la verdad?”. Con lágrimas en los ojos, extendió su fuerte mano derecha en señal de consuelo hacia Caifás.

“No lo tomes tan a pecho, alcalde; Dios sigue estando con nosotros”. Luego lanzó una mirada triste hacia la esquina de la habitación. “Pobre María… Siempre lo pensé así”, murmuró compasivamente, y siguió a los demás.

El alcalde y Ludwig se quedaron solos y siguieron la dirección de la mirada de Rendner. Allí, casi les rompió el corazón: allí estaba la hermana del alcalde, la “María” de la esquina, con las manos juntas en el regazo, exactamente en la misma postura en la que esperaba el cuerpo de su Hijo crucificado.

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“Pobre hermana”, dijo el alcalde, profundamente conmovido. “¿Por qué esperas? Nunca volverán a traerlo contigo”.

“Él volverá, el pobre mártir”, respondió ella, con sus grandes ojos fijos en el vacío con una seriedad profética. “Volverá, cansado y herido… quizás traicionado por todos”.

“Entonces no tendré nada que ver con él”, dijo el alcalde en un tono bajo y firme.

“Puedes hacer lo que quieras; eres un hombre. Pero yo, que durante tanto tiempo he actuado como su madre, seguiré esperándolo, recibiéndolo y consolándolo, como una madre consuela a su hijo errante”.

“Oh, Anastasia”. Un grito de dolor escapó de los labios de Ludwig, y, abrumado por la emoción, se dio la vuelta.

El alcalde, con tierna compasión, posó su mano sobre su hombro.

“Ah, hermana, Freyer no merece que lo ames tanto”.

“¿Cómo lo amo?”, respondió la joven. “Lo amo como la Compasión Eterna ama a los pobres y sufrientes. Él es pobre y sufre. ¡Oh! No pienses mal de él; no se lo merece. Es bueno y noble. Créeme, una madre debe conocer mejor a su hijo”, añadió, con una sonrisa que revelaba un corazón roto.

Miró amablemente al maestro dibujante a los ojos: “Ludwig, ambos lo comprendemos, ¿verdad? Creemos en él, aunque todos lo condenen”.

Ludwig no podía hablar; simplemente asintió en silencio y apretó la mano de Anastasia, como si así reconociera su promesa. Estaba atravesando un conflicto sobrehumano, pero, con la fuerza propia de él, logró reprimir cualquier muestra de emoción.

El alcalde permaneció en silencio, observando la escena, y ninguno de los tres podía decidir quién sufría más.

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Miró, en un dolor mudo, las manos entrelazadas de su hermana y su amigo. ¡Cuántas veces había deseado este momento, y ahora—?! ¿Qué los separaba cuando estaban juntos, y qué los unía cuando estaban separados?

“Sí, Freyer nos ha traído mucha desgracia”, dijo, con resentimiento amargurado. “Solo espero que nunca más ponga pie en la tierra de sus antepasados”.

“Oh, hermano, ¿cómo puedes hablar así? No lo dices en serio. Sé que su corazón lo llevará de vuelta aquí; buscará su hogar de nuevo, y lo encontrará. No lo rechazarás cuando regrese de tierras lejanas, triste y arrepentido. Dios sabe cuán sinceramente deseo que sea feliz, pero no creo que lo logre. Y como él será leal a nosotros en lo más profundo de su alma, nosotros seremos fieles a él y prepararemos un lugar donde descansar cuando el mundo haya clavado su corazón en la cruz. ¿No es así, Ludwig?”

“Sí, por Dios, ¡lo haremos!”, balbuceó Ludwig, y sus lágrimas cayeron sobre la hermosa cabeza de la joven, quien seguía sentada inmóvil, como si tuviera que esperar allí al perdido.

“Mujer, mira a tu hijo; hijo, mira a tu madre”, susurró, como si fuera un soplo de aire.

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CAPÍTULO XVIII.
EL MATRIMONIO

En una colina boscosa, oculta en el corazón de los bosques de las tierras altas bávaras, se erguía un antiguo castillo de caza, propiedad de la familia Wildenau. Un sendero montañoso y empinado conducía hasta allí, y a sus pies, como un mar de piedra, se extendía el amplio lecho seco de un río, al que en esa zona llamaban Griess. Solo unas pocas personas conocían el camino; a simple vista, el sendero parecía completamente impracticable.

Acantilados desnudos y escarpados se alzaban como un muro alrededor del castillo de caza, en su altura cubierta de musgo, armonizando de forma melancólica con el mar de piedra blanco que se extendía abajo, formando un fondo sombrío para esa escena tétrica. De vez en cuando, un ciervo emergía del bosque, cruzando el Griess con pasos ágiles; la silueta marrón de sus cuernos se destacaba claramente contra la monotonía sin color del paisaje. La hembra salía desde el lado opuesto, lentamente, de mala gana, con las fosas nasales vibrando. El sonido de un rifle resonó más allá del lecho del río; los cuernos del ciervo se doblaron, la criatura real cayó de rodillas y luego rodó sobre su espalda; sus enormes cuernos, lanzados hacia atrás en el agónico momento de la muerte, quedaron hundidos entre las piedras sueltas. La hembra había huido; el cazador furtivo se apoderó de su presa. Un delgado hilo de sangre goteó silenciosamente entre las piedras, y luego todo volvió a quedar en silencio y sin vida.

Ese era el escondite donde, durante siete años, la condesa Wildenau había guardado el tesoro robado de la cruz: la tumba rocosa en la que pretendía conservar al Dios que el mundo creía muerto. Construido junto al acantilado, medio oculto por un precipicio que proyectaba su sombra incluso al mediodía, el castillo parecía estar encajado en una hornacina. Aislado de la luz solar por el acantilado que proyectaba su sombra sobre él, incluso a pleno día, era tan frío y húmedo que la humedad goteaba por las paredes del edificio. Además, estaba rodeado de esa extraña atmósfera de musgo húmedo y hongos en descomposición que provoca una sensación extraña cuando, después de una caminata calurosa, nos detenemos a descansar en el fresco patio de algún castillo en ruinas, donde nuestros pies se hunden…

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En masas húmedas de hojas marrones en descomposición, que durante décadas ninguna mano diligente ha barrido. Parece como si el sol deseara asociarse con los seres humanos. Donde los ojos mortales no ven sus rayos, deja de brillar. No considera oportuno penetrar entre montones de hojas marchitas, ni entre enredaderas y arbustos silvestres, ni a través del velo de telarañas y polvo de cal que, con el paso del tiempo, se acumulan en montones en la piedra de una vivienda abandonada.

Así como por la apariencia de un niño sabemos si tiene o no una madre cariñosa, así la fisonomía de una casa revela si es querida por su dueño; y así como un niño descuidado lleva una existencia sin alegría, así una casa descuidada se vuelve gradualmente fría e inhóspita.

Ese era el caso de esa pequeña residencia de caza abandonada. Ningún pie había cruzado su umbral en la memoria de los hombres. ¿Qué podía hacer la condesa Wildenau con ella? Estaba tan apartada, tan lejos de todos los caminos, tan oculta en el bosque que ni siquiera ofrecía una vista hermosa. Figuraba como un punto en el mapa donde se indicaban las propiedades de los Wildenau. Nunca se le ocurrió al dueño ir a buscarla allí, y mucho menos en la realidad.

Cada año se enviaba un arquitecto para supervisar las reparaciones más necesarias, porque no era apropiado que un Wildenau dejara que uno de esos castillos familiares se derrumbara. Eso era todo lo que se hacía para preservar el edificio. El jardín se fue deteriorando poco a poco y se mezcló tanto con el bosque que las ramas de los árboles golpeaban las ventanas del edificio y bloqueaban, como un seto verde, los últimos rayos de sol. Un castillo para una Bella Durmiente, pero sin la princesa dormida. Entonces el destino quiso que un secreto feliz en el pecho de su dueña exigiera precisamente ese escondite para soñar la fantasía más extraña jamás imaginada por una mujer desde que Danae descansó en los brazos de Júpiter.

Madeleine von Wildenau buscó y encontró este lugar olvidado en su mapa, y, con la energía que le daba la costumbre de poder lograr todo lo que deseaba, descubrió un vado secreto a través del Griess, conocido solo por un viejo conductor de confianza. Nadie supo dónde se encontraba la residencia de la condesa Wildenau cuando desapareció de la sociedad durante días. Había rumores sobre una aventura romántica o un éxtasis religioso en el que la obra teatral de Ammergau la había sumido años atrás. Inmediatamente después, emprendió su viaje hacia la Tierra Prometida, y como nadie…

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El mar es tan vasto, ninguna montaña tan alta, que los chismes no puedan llegar hasta ellos; incluso llegaron desde el Santo Sepulcro hasta las salas de recepción de la capital.

Un caballero, conocido de tal o cual persona, había ido al Oriente y, en Jerusalén, junto al Santo Sepulcro, conoció a una dama velada que no era otra que la condesa Wildenau. No habría nada de especialmente notable en eso. Pero junto a la dama estaba arrodillado un caballero que se parecía tanto a las imágenes de Cristo que uno podría haber creído que era el propio Señor Resucitado quien, insatisfecho con el cielo, había regresado arrepentido a su lugar de descanso abandonado.

¡Qué interesante! La imaginación de la sociedad, sedienta de romanticismo, naturalmente se aferró con gran entusiasmo a esta noticia.

¿Quién podía ser el caballero con cabeza de Cristo, si no el Cristo de Ammergau? Esto coincidía con la interrupción repentina de la obra de la Pasión ese verano, debido a la enfermedad del Cristo… según decían los habitantes de Ammergau, quienes sabían perfectamente cómo guardar sus secretos del mundo exterior.

Pero como cometieron la imprudencia de enviar ocasionalmente a sus hijas a la ciudad, uno tras otro de estos secretos de la comunidad, más o menos distorsionados, se filtraron a través de los vestidores de las amas de estas doncellas de Ammergau.

Así, aquí y allá, un rayo de luz iluminaba la “catástrofe” de Ammergau: el Cristo no estaba enfermo… había desaparecido, huido con una dama de alto rango. ¡Qué escándalo! Entonces, un día, apareció la condesa Wildenau, después de un viaje de tres años por Oriente; algo distraída, un poco inclinada a adoptar actitudes religiosas, pero sin ninguna piedad verdadera. La religión no se obtiene mediante el disfrute de éxtasis religiosoos con sus dulces ilusiones… solo se puede alcanzar mediante el arduo trabajo del sacrificio diario, algo de lo cual una naturaleza como la de Madeleine von Wildenau no tiene conocimiento.

Así, ella regresó, algo cambiada… pero solo en cuanto a que su propio ego, desconocido para el mundo, era aún más potente que antes.

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Pero ella vino sola. ¿Dónde había dejado a su pálido Cristo? Todas las indagaciones fueron inútiles. ¿Qué se podía decir? No había prueba de nada… Y además, probado o no, ¿qué acusación podría derrocar a la condesa Wildenau? Eso habría sido un logro para el cual incluso sus enemigos carecían de perseverancia.

Es muy divertido cuando la ruina moral de una persona puede producirse por una palabra dicha descuidadamente. Pero cuando se añade al proceso la tarea de encontrar pruebas, la gente, por pura pereza, se vuelve más benevolente: dejan ir a la víctima y buscan una presa más fácil.

Ese fue el caso de la condesa Wildenau. Su posición permaneció tan firme como siempre; más aún, el encanto de su persona ejercía una influencia aún más poderosa que antes. ¿Sería por su larga ausencia, o porque se había vuelto más joven? No importaba: había adquirido una dulzura femenina que la hacía irresistible.

¿En qué mina secreta del corazón y los sentimientos humanos había recogido esos destellos que brillaban en sus ojos, como tesoros ocultos a los que por primera vez llegaba la luz del día?

Cuando una mujer esconde en su corazón una alegría secreta, los hombres se reúnen a su alrededor, con celos instintivos, deseosos de disputarle ese dulce derecho de posesión al rival invisible. Es una característica de la naturaleza humana. Pero uno de ellos lo hizo conscientemente, no por instinto de celos, sino con la firme resolución de una fidelidad inquebrantable: el príncipe. Con cautela y el sabio autocontrol que le era propio, persiguió pacientemente su objetivo. No con declaraciones de amor; sabía demasiado bien que el amor no es arma contra el amor. Por el contrario, eligió otro camino: el de la fría razón.

“Mientras esté iluminada por el amor, será inmune a cualquier otro sentimiento. Primero debe enfriarse hasta el punto de congelación; entonces, el pájaro helado podrá ser acariciado con cuidado y recibir nuevamente calor”.

Faltaba mucho para llegar a ese punto… pero él sabía cómo esperar.

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Mientras tanto, arrastró a la condesa a un torbellino de los entretenimientos más fascinantes.

Ni una palabra, ni una mirada delató al amante aún lleno de esperanza. Con la actitud de quien había renunciado a todos sus derechos, pero que era demasiado mundano como para evitar a una mujer interesante solo porque no había logrado ganarse su corazón, volvió a buscar su compañía tras su regreso. De haber mostrado el más mínimo signo de emoción, habría resultado repulsivo en su estado de ánimo actual. Pero la perfecta franqueza y despreocupación con las que actuaba como “viejo amigo” y nada más, hicieron que su presencia fuera un consuelo, ¡incluso una necesidad en la vida! Así se convirtió en su compañero inseparable, su sombra, y gracias a la influencia de su alto rango, sofocó cualquier rumor que pudiera dañar a su hermosa amiga.

Durante los primeros meses después de su regreso, tuvo la capricho —como ella lo llamaba— de retirarse de la sociedad y pasar más tiempo en sus propiedades. Pero la prudente prudencia del príncipe lo impidió.

“Por el amor de Dios, no hagas eso. ¿Vas a dar rienda suelta a los rumores sobre tu episodio en Ammergau y la peregrinación a Jerusalén relacionada con ello, retirándote a la soledad y dejando así el campo libre a tus calumniadores, para que se diviertan a voluntad en los escenarios desolados de tu antiguo esplendor?”

“Este”, argumentó él, “es precisamente el momento en que debes recuperar tu lugar en la sociedad; de lo contrario, serás… perdona mi franqueza… una estrella caída”.

La condesa evidentemente se estremeció ante esa idea.

“¿O acaso tienes algún castillo en el aire cuyos placeres superan al mundo a tus ojos?”, preguntó él con insistencia implacable.

Esta vez, las mejillas de la condesa se sonrojaron hasta llegar a sus hermosos rizos que rodeaban su frente.

Desde entonces, las salas del palacio de Wildenau volvieron a llenarse del aroma de las rosas; iluminadas y adornadas con una magnificencia oriental deslumbrante, y la multitud variopinta de la alta sociedad, en medio de una atmósfera animada.

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El murmullo de las conversaciones llenaba los espaciosos apartamentos. Brillando con diamantes, embriagada por el encanto de su propia belleza, cuyo poder no había probado en años, la condesa era el centro de todo ese esplendor; mientras que en la solitaria casa de caza, más allá de los páramos desolados de Griess, el hombre solitario al que ella había desterrado allí esperaba en vano a su esposa.

Las hojas del bosque se volvían marrones por sexta vez desde su regreso de Jerusalén. El viento otoñal arrastraba montones de hojas marchitas que se acumulaban como paredes alrededor del edificio abandonado. Hacía cada vez más frío y sombrío arriba, mientras que las salas de abajo se volvían cada vez más cálidas. El Palacio Wildenau, con sus tapices persas, alfombras y rincones acogedores detrás de cortinas coloridas, se llenaba día tras día de invitados. La gente acercaba sus sillas cada vez más al fuego ardiente de la chimenea, que proyectaba una luz rosada sobre los rostros pálidos y hacía que los ojos cansados brillaran con un falso resplandor de pasión.

Las amigas íntimas de la condesa Wildenau, recostadas en cómodos sillones, se reunían en un grupo. Los caballeros descansaban después de las fatigas de la caza o de las maniobras militares otoñales; las damas, después de las primeras recepciones y bailes de la temporada, que resultaban aún más agotadores antes de que la rutina volviera a imponerse, sin mencionar ya el problema de los atuendos, siempre tan estresante en esos bailes iniciales.

¿Qué se puede hacer en tales situaciones? Es ciertamente deprimente comenzar la temporada con la ropa del año pasado, y no se pueden adquirir prendas nuevas porque nadie sabe qué estilos traerá el invierno. Las novedades parisinas aún no han llegado. Así que uno debe vestirse con atuendos sencillos, sin estilo especial, en los que se siente incómodo y que luego se descartan, porque llega algo completamente diferente de lo esperado desde París.

Las damas charlaban, y la condesa Wildenau participaba con entusiasmo en la conversación. Ella comprendía y simpatizaba con esas dificultades, aunque ahora, como decían las damas, realmente no podía “contribuir” a la discusión, ya que poseía un gran arsenal de artículos orientales valiosos y bordados, que le permitirían tener atuendos “exclusivos” durante años. Solo las personas de menor posición se veían obligadas a seguir las modas; las grandes damas eran quienes las marcaban, y el alto costo de los materiales evitaba que las prendas parecieran demasiado extravagantes. Una condesa Wildenau podía permitirse tales trajes extraños. Ella tenía…

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Derecho a establecer las modas y la gente la seguiría gustosamente si pudiera, pero faltaban dos requisitos: por un lado, el gusto; por otro, el bolsillo. La condesa ignoró con encanto los cumplidos envidiosos de sus amigas; pero sus pensamientos no estaban en el tema que discutían; sus ojos se desviaron hacia un dibujo a lápiz colgado junto a la repisa de la chimenea, el dibujo de un niño que tenía la maravillosa belleza de uno de los querubines de Rafael.

“¿Qué niño es ese?”, preguntó una de las damas que habían seguido su mirada.

“¿No lo reconoces?”, respondió la condesa con una sonrisa soñadora. “Es Cristo en el cuadro de la Madona de la Capilla Sixtina”.

“Vaya, qué extraño… Si tuvieras un hijo, podríamos pensar que es su retrato; se parece mucho a ti”.

“¿Lo notas?”, respondió la condesa. “Sí, esa fue la opinión del artista que copió el cuadro; me lo dio como sorpresa”. Se levantó y tomó otro pequeño retrato de la pared. “Miren, este es un retrato mío cuando tenía tres años… De verdad hay cierta similitud”.

Todas las damas estuvieron de acuerdo, y los caballeros, encantados de tener la oportunidad de interrumpir la discusión sobre las modas, se acercaron y observaron con asombro la sorprendente semejanza entre la niña y el niño.

“¡De verdad es el Niño Jesús de la Madona de la Capilla Sixtina! ¡Está pintado con gran exquisitez!”, dijo el príncipe.

“Por cierto, primo”, exclamó una voz aguda y estridente, por encima del hombro del príncipe Emil, una voz que salía de unos labios muy finos sombreados por un bigote rojizo, “¿sabías que tienes en tus propias propiedades el modelo exacto de este cuadro?”

La condesa, con un movimiento extrañamente brusco y nervioso, apartó la copia y rápidamente volvió a colocar su propio retrato en la pared. Los caballeros intentaron ayudarla, pero ella rechazó toda ayuda, aunque no estaba muy…

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Era hábil en su tarea y, por consiguiente, se vio obligada a mantenerse de espaldas al grupo durante mucho tiempo.

“Es posible… No lo recuerdo”, respondió, aún en esa posición. “No puedo conocer a los hijos de todos mis inquilinos”.

“Sí”, insistió la voz estridente, “es un niño el que merodea cerca de tu pequeño castillo de caza”.

Madeleine von Wildenau se puso terriblemente pálida.

“Hablando de ese castillo de caza”, añadió el caballero—era uno de los Wildenaus desheredados—, “podrías dejármelo, prima. Debo confesar que he estado buscando ese viejo nido de ratas últimamente. Schlierheim arrendará sus tierras más allá de los bosques gubernamentales, pero solo hasta tus límites, y allí no hay casa. Mi hermano y yo quisiéramos alquilarlas si pudiéramos tener el antiguo castillo de caza de los Wildenaus. Estamos dispuestos a pagarte la mayor suma que valga. Sabes que anteriormente perteneció a nuestra rama de la familia, y tu esposo lo obtuvo hace solo cuarenta años. En aquel entonces no tenía valor para nosotros, pero ahora nos gustaría comprarlo de nuevo”.

La condesa tembló y ordenó que se echara más leña al fuego. Inconscientemente, se había acercado más al príncipe Emily, como si buscara su protección. Su hombro tocaba el suyo. Estaba sorprendentemente pálida.

“El recuerdo de su esposo siempre la afecta de esta manera”, comentó el príncipe.

“Bueno, discutiremos el asunto en otra ocasión, querida prima”, dijo el señor Wildenau, mientras bebía un vaso de Chartreuse que le ofrecía el sirviente.

La mirada atenta del príncipe Emil seguía con gran atención aquella pequeña escena.

“¿No tenías intención de arreglar el pequeño castillo para que fuera la residencia de tu padre, ya que el aire de la ciudad no le sienta bien en su actual estado?”, dijo, con marcada énfasis.

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“Sí, por supuesto… Yo… hablábamos de ello hace un rato”, balbuceó la condesa. “Además, me gusta ese pequeño castillo. No desearía venderlo”.

“Ah, le gusta. Perdóneme… eso es difícil de entender. Pensé que no le daba ningún valor; todo el lugar está tan descuidado”.

“Eso es precisamente lo que me gusta: me gusta que esté así”, respondió la condesa en tono irritado. “No es necesario que todo esté en perfecto orden. Es una auténtica idilio forestal”.

“¿Un idilio forestal?”, repitió el primo. “Hmm… Ah, sí. Eso es otra cosa. Perdóneme. Si lo hubiera sabido, no habría mencionado el tema”. Sus agudos ojos grises brillaron con una luz peculiar mientras le besaba la mano y se despedía.

Los demás pensaron que también debían retirarse, y la condesa no retuvo a nadie; estaba evidentemente muy cansada.

El príncipe también se despidió, por cortesía, pero susurró, con una expresión de ansiedad amistosa: “Volveré pronto”. Y cumplió su promesa.

Había pasado una hora. Madeleine von Wildenau, con el rostro aún pálido, estaba recostada en un diván, vestida con ropa sencilla.

La primera mirada del príncipe Emil fue hacia la mesita donde estaba la imagen dibujada a lápiz del niño Jesús; había desaparecido.

La condesa siguió su mirada y se dio cuenta de que lo echaba de menos; sus ojos se encontraron. El príncipe tomó una silla y se sentó a su lado, como si ella fuera una enferma que acabara de someterse a una operación grave y necesitara los mayores cuidados. Él mismo estaba muy pálido. Acomodando suavemente las almohadas detrás de ella, la miró con compasión.

“¿Por qué no me lo dijo antes?”, murmuró, casi inaudiblemente, después de una pausa. “¡Todo esto debería haberse manejado de manera muy diferente!”.

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“Príncipe, ¿cómo podría suponer que eras tan generoso… tan noble?”, no pudo terminar la frase; sus ojos se bajaron y el rostro de esa hermosa mujer se tiñó de rojo por la vergüenza.

Él la miró con intensidad, sintiendo en ese momento la primera gran tristeza de su vida, pero también comprendiendo que no podía juzgar a esa criatura exquisita que yacía ante él como una estatua de la Magdalena tallada por el artista más consumado; porque no podía evitar amarla en su dulce azoramiento con más ternura que nunca.

“Magdalena”, dijo suavemente, y su aliento acarició su frente como una brisa fresca, “¿me confiarás tu secreto? Así te resultará más fácil”.

Ella tomó su mano entre sus dedos delgados y transparentes, levantando los ojos hacia él con una expresión de la más dulce debilidad femenina, como una niña joven o un niño inocente que está expiando algún pecado trivial. “Déjame guardar mi secreto”, suplicó, con una vergüenza tan conmovedora que casi arrebató la calma al príncipe.

“Muy bien”, dijo él, controlándose con dificultad. “No haré más preguntas ni intentaré descubrir tu secreto. Pero si alguna vez necesitas un amigo —y temo que eso pueda suceder—, por favor, no cometas más imprudencias, y recuerda que en mí tienes a alguien que, además de un corazón cálido, posee una cabeza lo suficientemente fría como para actuar en tu nombre según lo exija esta difícil situación. Adiós, querida amiga. Descansa completamente”.

Sin esperar respuesta, como el médico experimentado que simplemente prescribe medicamentos a sus pacientes sin hablar con ellos sobre el asunto, desapareció.

La condesa se sintió avergonzada, bastante abrumada por la generosidad de su carácter. ¿Habría sido mejor que le hubiera dicho la verdad?

¿Debería decirle que estaba casada? ¡Casada! ¿Estaba realmente casada? ¿Podía considerarse esposa? Había montado una farsa consigo misma y con Freyer, una farsa en la que, desde su punto de vista, ella misma no podía creer.

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En su huida desde Ammergau, se apresuraron a Prankenberg; sorprendieron al anciano pastor en su habitación y, con Josepha y un cochero que había encanecido al servicio de la familia Wildenau como testigos, declararon ante el sacerdote que se consideraban marido y mujer.

El anciano caballero, en su sorpresa y perplejidad, no sabía qué hacer. La condesa recurrió al ritual del Concilio de Trento, según el cual ella y Freyer, tras esa declaración, eran marido y mujer, incluso sin ceremonia de boda ni permiso para casarse en otra diócesis. Entonces el leal pastor, que había encanecido al servicio de los Prankenberg y también de su iglesia, no pudo hacer nada más que reconocer el hecho, declarar válida la boda y entregarles el certificado de matrimonio.

Así, en la mesa del desayuno, junto al café humeante del sacerdote, se estableció ese vínculo que el buen pastor posteriormente registraría en el libro parroquial como matrimonio. Pero incluso esta prueba externa del matrimonio entre la viuda Condesa Wildenau y el tallista de madera de Ammergau, Freyer, fue eliminada, ya que la condesa tenía razón al desconfiar de su padre y creer que su consejo respecto al matrimonio secreto no era más que una estrategia para disuadirla de dar cualquier paso público.

Al regresar de casa del sacerdote, su carruaje pasó rozando el del Príncipe von Prankenberg.

Diez minutos después, el príncipe irrumpió como una tormenta en la habitación del pacífico anciano pastor y logró impedir que el “escándalo”, como él lo llamaba, llegara al registro parroquial. Así, las pruebas del hecho se limitaron al certificado de matrimonio en poder del esposo y a los dos testigos: Josepha y Martin, el cochero. Era, ciertamente, una cadena que ataba a Madeleine von Wildenau, pero que siempre estaba en su poder.

¿Qué tipo de matrimonio era ese? ¿Cómo lo vería un hombre como el príncipe? ¿No tendría un aspecto completamente diferente a los ojos de ese hombre escéptico y experimentado del mundo que a los de aquel campesino de corazón sencillo que creía que todo lo que brillaba era oro? ¿Un matrimonio así, que no permitía el ejercicio de ninguno de los derechos ni deberes…?

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lo cual lo eleva a ser una institución moral, ¿mejor que una relación ilegal? No, más bien peor, porque se cometió un robo contra Dios: era una relación ilegal que había robado un nombre sagrado.

Pero… ¿qué significaba eso? Hoy, por primera vez, sintió como si el destino pudiera darle a este asunto la importancia moral que ella no quería reconocerle; como si la deidad cuyo nombre había abusado pudiera tomar en serio sus palabras y obligarla a convertir una broma en algo serio.

Su naturaleza más noble admitía francamente que eso no sería más que justicia moral. Ante esta gran verdad, bajó la cabeza, tal como las hojas se inclinan ante la tormenta de granizo que se acerca.

A pesar del frío de la tarde otoñal, había en el aire de la habitación una sensualidad incomprensible.

Algo en la breve conversación con el señor Wildenau, y especialmente en la forma en que el príncipe, con su aguda perspicacia, comprendió lo sucedido, sorprendió a la condesa y despertó sus temores.

¿Por qué había ido el señor Wildenau a la pequeña cabaña de caza? ¿Cómo había visto al niño?

Pero, ¿cómo había podido ella ser tan imprudente como para mostrar ese cuadro? Además, era el Niño Jesús de Rafael. ¿Acaso no podía tener en su salón uno de los retratos de Rafael sin correr el riesgo de que alguien descubriera una sospechosa similitud?

Se levantó indignada de los cojines, enderezándose hasta alcanzar toda su altura. ¿Quién era ella? ¿Qué temía?

“¡Nada de cobardía, Madeleine!”, se dijo a sí misma. “¡Ay de ti si tu determinación flaquea! Estarás perdida. Si no miras fijamente a esos chismosos brutos a los ojos, si siquiera un párpado tiembla, te destruirán. No seas cobarde, Madeleine; no tengas escrúpulos. Ellos te traicionarán, harán que tu mirada sea tímida, que tu actitud sea insegura, y harán que se te suban los colores a las mejillas ante la menor palabra sospechosa. Pero…”, volvió a sentarse entre los cojines, “pero desafortunadamente hoy mismo ha ocurrido esa desgracia; todas esas personas…”

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Pueden irse y decir que vieron cómo la condesa Wildenau se sonrojaba y se ponía confundida… ¿Y por qué? Porque se mencionó a un niño…

Ella tembló y se encogió; un gemido de dolor escapó de sus labios.

“Pero tú existes, mi hijo… No puedo sacarte del mundo… Y ninguna madre ha tenido jamás un hijo como tú. Y yo, en lugar de poder sentirme orgullosa de ti, debo sentir vergüenza.

“Oh, Dios, me has dado todas las bendiciones: al hombre que amé, un hermoso hijo… todo el poder y esplendor terrenal… pero sin satisfacción, sin felicidad. ¿Qué me falta?” Se quedó sentada mucho tiempo, sumida en pensamientos sombríos; de repente, la causa quedó clara: le faltaba el equilibrio moral entre servicio y contraservicio.

Esa era la razón por la cual toda su felicidad era en realidad robo; estaba obligada, como una ladrona, a disfrutarla con miedo y en secreto. Su felicidad materna era un robo: Josefa, la extraña, ocupaba el lugar de madre para el niño, y cuando ella misma lo abrazaba, estaba robando un amor que no había ganado. Su felicidad conyugal también era un robo: mientras conservara su fortuna, no se le permitiría casarse. ¡Esa era la maldición! Dondequiera que mirara, dondequiera que se viera a sí misma, siempre era la receptora, la solicitante… ¿Y qué ofrecía a cambio? ¿Dónde hacía algún sacrificio? Nada… y en ningún lugar. El egoísmo se manifestaba en todo. Disfrutar de todo, poseerlo todo, incluso lo prohibido, y no sacrificar nada, acabaría convirtiéndola en una ladrona… a sus propios ojos, a los ojos de Dios… y quién sabe, quizá también a los ojos de los hombres, si su secreto llegara a descubrirse.

“¡Ay de ti, mujer desdichada! ¿Acaso no tienes la fuerza para renunciar a una cosa por otra? ¿Prefieres vivir con miedo al traidor antes que entregar voluntariamente lo que has robado? Entonces no te consideres noble ni elevada… no creas que eres digna de la gracia que anhelas.”

Escondió su rostro en los cojines del diván, temblando bajo el peso de sus autoacusaciones.

“Le pido perdón, Alteza… Solo quería preguntar qué atuendo de noche desea usar.”

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Madeleine von Wildenau se levantó. “¡Si tan solo dejaran de moverse a escondidas en puntillas!”, exclamó con enojo. “Perdóneme, llamé dos veces y pensé que no había oído su ‘pase’”.

“Camine de modo que se la pueda escuchar; no me gusta que mis criadas se muevan como espías, ¡recuérdelo!”

“En casa de la princesa Hohenstein, todos estábamos obligados a usar zapatillas de fieltro. Su Alteza no soportaba ningún ruido”.

“Bueno, yo tengo nervios más fuertes que la princesa Hohenstein”.

“Y aparentemente una conciencia peor”, murmuró la criada, que no había pasado por alto la confusión de su señora.

“¿Puedo preguntar una vez más sobre el atuendo para la noche?”

“Ropa de calle; no iré al teatro, iré en coche a las propiedades. Ordene a Martin que prepare el carruaje”.

La criada se retiró.

La condesa se sentía como si tuviera fiebre: ¿tenía que esa criada curiosa verla en tal estado? Era como si estuviera rodeada como un animal perseguido, como si hubiera ojos por todas partes observándola.

Había algo en la mirada de aquella mujer que la irritaba. Oh, Dios, ¿habían llegado las cosas a tal punto? ¿Tenía que temer la mirada de su propia criada?

Irse lejos, hacia la naturaleza y su hijo, hacia su pobre esposo abandonado en el acantilado.

Su corazón se volvía pesado al pensar que el tiempo desde la última vez que visitó a aquel hombre solitario pronto podría contarse en meses.

Su interés por el hijo sencillo de la naturaleza comenzaba a disminuir; no podía negarlo. ¡Ay de ella si también el amor se enfriaba! Si eso ocurría, entonces… se dio cuenta con horror… ya no tendría excusa alguna.

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por todo ese episodio sensual—suprasensual, que puso en peligro tanto su honor como su existencia.

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CAPÍTULO XIX.
AL LADO DE LA CAMA DEL NIÑO

Las estrellas ya parpadeaban sobre el Griess; aquí y allá, alguna parecía clavada en un asta gigantesca, brillando justo por encima de las copas de los altos abetos o de las puntiagudas cimas de los acantilados. Innumerables estrellas fugaces se deslizaban de un lado a otro como miradas amorosas que buscaban una a otra.

La noche respiraba con inhalaciones largas y regulares. Cada cinco minutos, su aliento dormido hacía susurrar las copas de los árboles.

Cuatro caballos que tiraban de una pequeña carreta cuyas ruedas estaban cubiertas de goma se deslizaban por el Griess con la misma silenciosidad que una comitiva fantasmal. Los animales conocían el camino, y su espíritu enérgico los impulsaba hacia adelante sin necesidad de gritos ni látigos, aunque la montaña se volvía cada vez más empinada, hasta que finalmente las paredes negras de la casa de caza se hicieron visibles bajo la tenue luz de las estrellas.

Josefa estaba de pie junto a la ventana de la pequeña sala de estar de arriba:

“Creo que la condesa está llegando”. En una mesa, junto a la lámpara, inclinado sobre un libro, estaba “el mayordomo”.

Evidentemente no había oído esas palabras, porque no levantó la vista del libro; parecía incluso que la sombra oscura sobre sus ojos se volvía aún más densa.

“José, ¡la condesa está llegando!”, exclamó Josefa en tono más alto.

“Te estás engañando otra vez, como siempre”, respondió él con esa voz maravillosa que daba especial importancia a las palabras más simples, como cuando se hace sonar una gran campana musical por algún motivo trivial.

“No, esta vez realmente es ella”, insistió Josefa.

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“No lo creo.”

Josefa negó con la cabeza. “Debes recibirla.”

“Ella no viene por mi culpa, solo quiere ver al niño.”

“Entonces iré yo. ¡Oh, cielos, qué vida!”, suspiró Josefa, saliendo hacia los escalones de piedra medio en ruinas, cubiertos de musgo verde, donde acababa de detenerse el carruaje.

“¿Eres tú, Josefa?”, preguntó la condesa, en un tono decepcionado. “¿Dónde… dónde está Freyer?”

“Está adentro, Su Alteza. No quería creer que realmente vendría Su Alteza.”

La condesa comprendió el amargo significado de esas palabras.

“¡No he venido a soportar malos modales!”, murmuró. “¿El niño está dormido?”

“Sí, lo llevamos a la sala de estar. Vuelve a toser y le duele mucho la cabeza; por eso quise ponerlo en una habitación más cálida.”

“¿No hace calor aquí?”

“Desde que se cayó el conducto de calor, no podemos calentar estas habitaciones. Freyer intentó arreglarlo, pero sigue humeando constantemente. Le escribí a Su Alteza el mes pasado preguntando qué hacer. Freyer también informó hace dos semanas que la estufa debía ser reparada, y que el niño debería mudarse a otras habitaciones antes de que llegara el frío, si Su Alteza lo permitía… Pero no hemos recibido respuesta. Ahora el niño está enfermo… Ya empieza a hacer mucho frío.”

Madeleine von Waldenau se mordió los labios. Sí, era verdad: las cartas habían sido escritas… pero en medio del ajetreo social y las visitas, las había olvidado.

Ahora el niño estaba enfermo… por su culpa. Entró en la sala de estar. Freyer la esperaba allí, con una actitud a medio camino entre la rebeldía y la sumisión: a medio camino entre el amo y el sirviente.

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Su comportamiento era desagradable, como todo lo que proviene de una posición errónea. Desagradó a la condesa e hirió a Freyer, aunque ella misma lo había colocado en esa situación. Eso lo hacía parecer torpe y ridículo.

Cuando, con descuido, dañamos una obra de arte y nos damos cuenta de que, en lugar de mejorarla, la hemos estropeado, no culpamos a nosotros mismos, sino al objeto defectuoso; y ese objeto inocente debe sufrir porque hemos arruinado nuestro propio placer al contemplarlo. Lo mismo ocurre con la obra de arte de la creación: un ser humano.

Hay algunas naturalezas que nunca dejan las cosas intactas, sino que buscan participar de forma creativa en todo, intentando darles forma. Cuando se convencen de que habría sido mejor dejar la obra sin tocarla, ven en el intento imperfecto no su propia falta de habilidad, sino la inflexibilidad del material, y declaran que no vale la pena el esfuerzo invertido… y lo descartan.

La condesa tenía una de esas naturalezas, tan cruelmente inconsciente en sus experimentos artísticos; y su objeto dañado era Freyer.

Por eso su comportamiento no podía complacerla, y permitió que una mirada de disgusto recayera sobre él, lo cual no pasó desapercibido para él. Pasando junto a él, se dirigió a la cama de su hijo.

Allí yacía el “Niño Jesús”, un niño de seis o siete años con rizos sedosos y cejas gruesas; bajo su sombra, los ojos cerrados quedaban ocultos tras párpados oscuros. Un solo rayo de la lámpara colgante iluminó la frente del pequeño Rafael, mostrando sus cejas fruncidas, como si sufriera dolor inconsciente.

El niño no estaba feliz… o no se encontraba bien… o ambas cosas. Respiraba con dificultad mientras dormía, y había un ligero temblor nervioso en sus delicadamente formadas fosas nasales.

“¡Obviamente ha perdido peso desde la última vez que estuve aquí!”, dijo la condesa, preocupada.

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Freyer permaneció en silencio.

“¿Qué piensas?”, preguntó la madre.

“¿Qué puedo pensar? Hace tanto tiempo que no has visto al niño que no puedes juzgar si ha mejorado mucho más que yo”.

“¡Joseph!”. La hermosa mujer se irguió, y una expresión de verdadero dolor se reflejó en el pálido y irritado rostro de su esposo. “Cada vez que vengo, solo encuentro amargura y palabras hirientes: reproches abiertos y secretos. Esto es demasiado. Ni siquiera hoy, cuando veo a mi hijo enfermo, perdonas al corazón angustiado de una madre. Es algo que no puedo soportar; es despreciable, cobarde”.

“Perdóname”, respondió su esposo en voz baja, “no podía suponer que una madre que abandona a su hijo durante meses pudiera tener un corazón tan tierno como para preocuparse al instante por una pequeña enfermedad o por un cambio en su apariencia. Soy un hombre sencillo y no puedo entender tales contradicciones”.

“Sí, desde tu punto de vista tienes razón… A tus ojos debo parecer un monstruo sin corazón. Casi lo soy a mis propios ojos. Pero precisamente porque esos reproches parecen justificados, me hieren profundamente. Por eso sería generoso y noble perdonarme. ¡Oh, Freyer! ¿Dónde está ese gran amor divino que alguna vez perdonó todos mis defectos?”

“Está donde tú lo has desterrado, enterrado en lo más profundo de mi corazón, así como yo estoy enterrado entre estas montañas solitarias, en silencio y olvidado”.

La condesa, sacudiendo la cabeza, lo miró con intensidad. “Joseph, ves que estoy sufriendo. Debes darte cuenta de que sería un consuelo descansar en tu amor, y tú eres lo suficientemente cruel como para humillar aún más mi cabeza inclinada”.

“No deseo humillarte. Pero solo podemos ser generosos con aquellos que lo necesitan. Veo en la orgullosa condesa Wildenau a una persona capaz de ser generosa, pero no necesitada de ello”.

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“¿Porque no miras en lo más profundo de mi corazón, atormentado por agonías de inquietud y autocrítica?” Mientras hablaba, las lágrimas brotaron de sus ojos, y pensó involuntariamente en su fiel y perspicaz amigo en casa, cuya delicada capacidad de percepción le había permitido ese mismo día evitar decir una sola palabra, y que con una sola mirada había comprendido toda la desesperanza de su situación.

Es cierto que este último era un hombre del mundo al que los brillos y adornos que la rodeaban ya no podían deslumbrar; por eso sabía cuán pobre y miserable puede ser uno en medio de la magnificencia externa.

El primero, en cambio, un hombre de humilde origen, con la idea infantil sobre el valor de las cosas materiales que prevalece entre la gente común, no podía imaginar que una persona pudiera estar rodeada de esplendor y lujo, desempeñar un papel destacado en la sociedad y, aun así, ser infeliz y necesitar compasión.

Pero, por más que ella intentara disculparlo, esas excusas solo hacían que él pareciera aún más indigno a sus ojos. Cada uno de esos conflictos parecía ensanchar el abismo entre ellos en lugar de cerrarlo.

Esas escenas, que siempre le recordaban su humilde origen, causabanle aún más daño a él a sus ojos de lo que ninguno de los dos sospechaba en ese momento. No se trataba de simples arrebatos de ira que dieran paso a reacciones igualmente repentinas; no eran fases de pasión, sino el resultado de una reflexión fría desde el punto de vista de la mujer educada, lo cual terminaba en una decepción sin esperanza.

La frase repetida una y otra vez: “¡Tú no me entiendes!”, con la que la condesa cerraba tales discusiones, expresaba la total desesperanza de su relación mutua.

“¡Te sorprende que venga tan pocas veces!”, dijo amargamente. “¡Pero eres tú quien tiene la culpa… ¡Incluso me has impedido estar junto a mi hijo!”
“¿De veras?”, Freyer logró contener a duras penas su creciente ira. “¡Eso también!”

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“Sí, ¿cómo puedes esperar que venga de buen grado, si siempre me encuentro con escenas como estas? Con qué frecuencia, cuando por fin podía escapar de las mil exigencias de la sociedad y venía aquí apresuradamente, con un alma sedienta de amor, me has rechazado con tus reproches perpetuos, que solo haces porque no tienes idea de mis relaciones ni de las exigencias del mundo elegante. Así, al final, cuando anhelaba venir aquí, a mi esposo y a mi hijo, el miedo a las escenas desagradables que rodean tu imagen me detuvo, y preferí evocar en casa al Freyer a quien una vez amé y siempre amaré, si tú mismo no destruyeras esa noble imagen. Con ese Freyer tengo un dulce trato junto a la chimenea en mi soledad; con él encuentro consuelo y paz, si evito a este Freyer, con su sensibilidad excesiva y su disposición constante a ofenderse.” Una sonrisa triste iluminó su rostro mientras se acercaba a él: “Ves que cuando pienso en el Freyer del que acabo de hablar, el Freyer de mi imaginación, mi corazón se llena de emoción y mis ojos se nublan. ¿Ya no conoces a ese Freyer? ¿No puedes decirme dónde podré encontrarlo de nuevo si lo busco con toda mi determinación?”

Freyer abrió sus brazos y señaló su corazón: “Aquí, aquí puedes encontrarlo, si así lo deseas. Ven, mi amada, amada por encima de todo lo terrenal, ven al corazón que solo está enfermo y sensible por el anhelo hacia ti.”

En un éxtasis de olvido, ella se arrojó sobre su pecho, completamente abrumada por otra ola de esa antigua ilusión, perdiéndose por completo en su ardiente abrazo.

“Oh, mi querida esposa”, murmuró él en su oído, “sé que soy irritable e injusto. Pero tú no sospechas el tormento al que me condenas. Exiliado de tu presencia, lejos de mi hogar, arrancado de mi tierra natal, y aún sin haber echado raíces en la tuya. ¿Qué vida es esta? Mi razón inexperta no es capaz de crear una filosofía que pueda resolver este misterio. ¿Por qué tienen que ser así las cosas? Estoy casado, pero no realmente casado. Soy tu esposo, pero tú no eres mi esposa. No he cometido ningún crimen, pero soy prisionero; no soy un hombre deshonrado, pero sí uno despreciado que debe ocultarse para no avergonzar a su esposa.

“Así pasaron los años y la vida vuela…” Vienes a menudo, pero… casi podría decir que solo para hacerme probar una vez más las alegrías del cielo…”

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por lo cual soy desterrado.

“Ah, es más cruel que todas las torturas del infierno, porque las almas condenadas no son trasladadas ocasionalmente al Cielo solo para ser nuevamente arrojadas allí y sufrir mil veces más. Ni siquiera el Dios vengador es tan despiadado.”

La condesa, abrumada por esta pesada carga, dejó caer su cabeza sobre el pecho de su esposo.

“Mira, mi esposa”, continuó él en un tono suave y contenido, cuya magia llenó su corazón de ese placer melancólico con el que escuchamos una hermosa elegía incluso junto al cadáver de la persona de nuestro amor más profundo. “En tus círculos, la gente probablemente tenga suficiente autocontrol como para reprimir una gran tristeza. Sé que solo te canso e irrito con mis constantes quejas, y que al final preferirás evitarme por completo antes que exponerte a ellas.

“Lo sé… pero no puedo hacer otra cosa. No fui educado para la hipocresía, para el autocontrol, como tú lo llamas. No puedo reír cuando mi corazón sangra ni decir palabras dulces cuando mi alma está llena de amargura. No entiendo qué compulsión podría impedirte, a ti, mujer libre y rica, que vayas al esposo al que amas. No puedo creer que no puedas venir si realmente lo deseas… Por eso dudo tanto de tu amor.

“¿Qué podrías amar en mí? Te advertí que no siempre puedo andar con una corona de espinas y un cetro de cañas, como el Ecce Homo. Ahora ves que te engañé: soy solo un hombre pobre y ordinario, inferior a ti en educación e inteligencia. Mientras no sea un verdadero Ecce Homo —aunque quizás eso pueda ocurrir—, mientras no sea lo que necesitas… Pero por más pobre e insignificante que sea, no carezco de honor. Y cuando pienso que solo vienes ocasionalmente, por compasión, para llevarle al mendigo las migajas que esos distinguidos caballeros me han dejado… entonces, hablaré con franqueza: entonces mi orgullo se rebela y prefiero morir de hambre antes que aceptar limosnas.”

“Y por eso rechazas a la esposa enamorada, que, con el corazón rebosante de amor, huyó de los brillantes círculos sociales para acudir rápidamente a tu lado. Por eso fuiste frío y severo, despreciando lo que ella te ofrecía.”

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Otros fueron buscados en vano… ¡Pues, por más lejos que estés, no ha habido ni una hora de mi vida que no hayas podido presenciar; por más libre e independiente que sea mi relación contigo, no hay ni un solo hilo en mi corazón que no esté unido a ti! Ah, si tan solo pudieras comprender este vínculo profundo y sagrado que une al espíritu más libre con el esposo, el padre de mi hijo. Si tuviera alas para volar sobre todos los continentes y mares, siempre sería atraído de vuelta hacia ti, y regresaría con la misma certeza que “el pájaro atado con una cuerda de seda”. Nadie puede separarme de ti, salvo tú mismo. El hecho de que no seas mi igual en cuanto a educación, como tú dices, no nos separa; pero la inferioridad de carácter sí lo haría, porque solo lo grande me atrae. Descubrir que eres mediocre sería la campana fúnebre de nuestro amor. Incluso el hijo ya no sería un vínculo entre nosotros, porque para naturalezas intelectuales como la mía, los lazos de sangre son meros instintos animales, a menos que sean permeados y transformados por una idea más elevada. El mayor peligro que amenaza nuestro amor es que tus visiones limitadas impidan que alcances ese punto de vista desde el cual debe juzgarse a una mujer como yo. Tengo grandes defectos que requieren mucha indulgencia, y una superioridad que no se ve afectada por ellos. Desafortunadamente, amigo mío, te falta ambas cosas. Te amo profundamente… pero tú lo mides con las medidas de tu moralidad vulgar, y ante eso, mi amor desaparece, porque sus dimensiones van mucho más allá de esas medidas. ¿Dónde está, dónde está, amigo mío, esa grandeza, esa libertad del alma que necesito?

“¡Ay, tus palabras son demasiado ciertas!”, dijo Freyer, soltándola de su abrazo. “Cada palabra es una sentencia de muerte. Pides una grandeza que yo no poseo y nunca llegaré a tener. Crecí con ideas comunes; nunca he visto otra forma de vida que no sea aquella en la que el esposo y la esposa pertenecen el uno al otro, donde el padre y la madre criaron y cuidaron a sus hijos juntos, y donde el amor, en esta cercana y tierna compañía, alcanzaba su objetivo más alto. Esa idea de felicidad doméstica tranquila representaba para mí toda la felicidad terrenal que Dios asigna a los esposos y esposas cristianos. No tenía concepto alguno de un amor que fuera meramente incidental, algo similar a los demás intereses de la vida; un amor que, cuando entra en conflicto con ellos, debe apartarse y esperar hasta que se le permita manifestarse de nuevo. Al menos, no en el matrimonio. Es cierto que sabemos que, al comienzo del amor, este se mantiene en secreto, como algo que debe ocultarse. Pero ese es un estado de tortura constante, del cual procuramos liberarnos lo antes posible a través del matrimonio. Que tal situación fuera posible en el matrimonio… jamás lo habría imaginado”.

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Se me ocurrió, y digan lo que quieran, que un matrimonio como el nuestro es poco mejor que una relación ilegal”.
La condesa se sobresaltó; ella también había tenido ese mismo pensamiento ese mismo día.

“Y yo”, continuó Freyer sin piedad, “no soy más que tu amante. Si decides serle fiel, lo agradeceré, pero no pidas que yo crea en esa ‘grandeza’ de la que hablas. Quien considera tan a la ligera los deberes conyugales, quien, como tú, no se siente atado por ninguna ley ‘hecha solo para gente pobre y vulgar’, solo mantendrá su fidelidad mientras le sea conveniente”.

La condesa, mirando al vacío, intentó en vano encontrar una respuesta.

“Desde tu punto de vista elevado, esto parece muy estrecho, muy ridículo. Verás, yo siempre seré un campesino. Es una desgracia para ti que hayas venido a mí. ¿Por qué no te quedaste en tu círculo aristocrático? Los caballeros de noble cuna te habrían comprendido mucho mejor que un hombre pobre y sencillo como yo. Me lo digo todos los días: es como un gusano que carcome mi vida. Ahora tienes la ‘grandeza’ que deseas, la única ‘grandeza’ que puedo ofrecerte: la de darte cuenta de nuestra miseria”.

Madeleine asintió desesperadamente. “Sí, estamos en una situación terrible. Cada vez desespero más por restablecer la paz entre nosotros, porque eso solo sería posible si lograra hacer que comprendieras la necesidad de esta forma, ciertamente antinatural, de nuestro matrimonio. Pero no puedes ni quieres ver que una mujer como yo no puede vivir en la pobreza; la riqueza, aunque no me haga feliz, es sin embargo indispensable, no por el dinero, sino porque con él se perderían el honor, el poder y la distinción. Sabes que eso ocurriría tras reconocer nuestro matrimonio, y preferiría morir antes que renunciar a ellos. Nací para una condición demasiado elevada como para conformarme con un lugar humilde. ¿Esperas que el águila baje al nido de un gorrión y viva allí? Moriría, porque solo puede respirar en las regiones para las que fue creada”.

“Pero el águila nunca debería haberse rebajado hasta el nivel del gorrión”, dijo Freyer, sombríamente.

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“Creí que debía encontrar en ti una compañera, lo suficientemente ambiciosa como para seguirme hasta las cimas, pues las alas de tu genio susurraban con poderosos aleteos sobre mí cuando colgabas de la cruz. Oh, ¿puede alguien que, como tú, ha alcanzado la cima de la cruz hundirse en la estrechez filistea de las ideas de las clases bajas y rechazar el elixir espumoso del amor, solo porque no se le ofrece en el cuenco de madera habitual de las tareas cotidianas? Es increíble, pero cierto. Y por último, amenazas con que haré de ti un Ecce Homo. Si eso ocurriera, no sería culpa mía, sino porque, incluso en la vida diaria, no puedes dejar de interpretar el papel de Cristo.”

La condesa habló con dureza y amargura; parecía como si el cuchillo que dirigía contra el hombre al que amaba también estuviera atravesando su propio corazón.

La respiración de Freyer era entrecortada, pero ningún sonido delataba el dolor de la herida que había recibido. Pero el niño, como si, incluso en sueños, sintiera que su madre estaba a punto de romper, con un golpe fatal, el vínculo vital que lo unía a ella y a su padre, tembló de dolor y levantó sus pequeñas manos al aire, como si quisiera proteger ese misterioso lazo cuyos hilos también recorrían su corazón.

“Mira, el niño siente nuestra lucha y sufre por ella”, dijo Freyer. El dolor indescriptible que se reflejaba en sus palabras disipó toda dureza, todo desafío. La madre, con los ojos llenos de lágrimas, se arrodilló junto a la cama del niño que sufría, agobiada por la discordia entre ella y su padre, como una flor delicada bajo el azote de los elementos. “¡Mi hijo!”, dijo con voz ahogada, “¡qué delgadas se han vuelto tus pequeñas manos! ¿Qué significa esto?”

Presionó las pequeñas manos transparentes del niño contra sus labios y, cuando volvió a levantar la vista, dos maravillosos ojos oscuros la miraban desde el rostro pálido del niño. Sí, eran los ojos del Redentor infantil del Mundo en la pintura de la Madona de Sistina, aquellos ojos que reflejaban la premonición de la miseria del mundo. Era la expresión de los ojos de Freyer, pero espiritualizada; y, como si rayos de sol danzaran sobre una superficie oscura, parecía como si los rayos dorados de los ojos brillantes de su madre hubieran pasado a los suyos.

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¡Qué niño maravilloso! La delicada belleza de la madre, combinada con la profunda seriedad del padre, impregnadas de la belleza y transfiguración de Rafael. ¿Y ella podía herir al padre de este niño con palabras crueles? ¿Podía despreciar el maravilloso alma de Freyer, que la miraba con muda reprochación desde los ojos del niño, porque la aflicción del Redentor había dejado en ella huellas indelebles; despreciarlo junto a la cama de este niño, este símbolo de un amor cuyo poder sobrenatural transformó al hombre en dios, para descansar un momento en un abrazo divino? “¡Madre!”, murmuró el niño suavemente, como en un sueño despierto; pero Madeleine von Wildenau sintió con éxtasis que se refería a ella, no a Josepha. Luego cerró los ojos de nuevo y siguió durmiendo.

Arrodillada junto a la cama de su hijo, extendió su mano hacia el padre; parecía como si un rayo tembloroso de luz entrara en su alma, reflejo del momento en que él se le había acercado antes, lleno de todo el esplendor de su poder y belleza.

“¿Y acaso no deberíamos amarnos?”, dijo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Freyer la apartó del lecho del niño, abrazándola estrechamente. “¡Mi paloma!”. No pudo decir más; la tristeza y el amor le ahogaban la voz.

Ella rodeó su cuello con los brazos, como lo había hecho cuando hizo su confesión penitente con tanta gracia irresistible que él habría perdonado cualquier pecado mortal. “Perdóname, José”, dijo suavemente, para no despertar al niño, quien, incluso en sueños, giraba su pequeña cabeza hacia sus padres, como una flor que se inclina hacia el sol. “Soy una mujer pobre y débil; yo misma sufro insoportablemente por la separación de ti y del niño; si supieras cuántas veces me siento así… ¡Hasta una roca tendría piedad de mí! Es una condición miserable: nada es mío, ni tú, mi hijo, ni mis riquezas, a menos que sacrifique uno por el otro, y eso no puedo decidirme a hacerlo. Ah, ten compasión de mi debilidad. Es propio de las mujeres soportar la condición más insoportable en lugar de tomar una decisión firme que pueda cambiarla. Sé que lo correcto sería que encontrara el valor para renunciar al mundo y decir: ‘Estoy casada, renunciaré, como exige la voluntad de mi esposo, a la fortuna de Wildenau; me retiraré del escenario como mendiga… Pasaré hambre y trabajaré para ganarme el pan diario’. A menudo pienso en lo hermoso que sería…”

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¡Qué noble sería eso! Quizá podríamos ser felices… más felices de lo que somos ahora, si tan solo se pudiera hacer. Pero cuando pienso seriamente en ello, siento que no puedo hacerlo.

“Pero tú me dijiste en Ammergau”, exclamó Freyer, “que era solo por culpa de tu padre que no podías reconocer el matrimonio. Tu padre ahora es un anciano paralítico, medio loco, que no vivirá mucho tiempo; entonces esa razón desaparecerá”.

“Sí, cuando nos casamos fue él quien me impidió anunciarlo. Yo quería hacerlo, y habría sido fácil. Pero si declaro ahora ese hecho, después de haber estado casada en secreto durante ocho años, durante los cuales he conservado ilegalmente las propiedades, me estaré etiquetando a mí misma como una estafadora. Llévame a la cima del Kofel y pídememe que salte desde esos mil pies de altura… No podré hacerlo, aunque eso significara obtener mi salvación eterna. Lánzame abajo… no me importa… pero no esperes que yo tome esa decisión voluntariamente; es imposible. A menos que Dios envíe un ángel para llevarme sobre el abismo en sus alas, todo ruego será en vano”.

Ella presionó su mejilla, ardiente por el miedo, contra la de él: “Ten piedad de mi debilidad, perdóname. Ah, sé que siempre hablo de grandeza… pero para mí esa grandeza solo existe en la imaginación. Soy demasiado vulgar para ser capaz de algo verdaderamente noble”.

“Ahora me ves tal como Dios mismo me ve. Él me juzgará… pero el privilegio del amor conyugal es perdonar. ¿No vas a usar este dulce derecho? Quizá Dios me muestre alguna solución. Quizá logre llegar a un acuerdo con los parientes o obtener la ayuda del rey… pero para todo eso debo seguir viviendo en este mundo, para tener influencia y posibilidades para mis planes. ¿Tendrás paciencia y tolerancia conmigo hasta que haya un cambio?”

“Eso nunca ocurrirá, al igual que durante los últimos ocho años. Pero soportaré tus defectos, pobre esposa. A pesar de todo, confiaré en tu amor. Trataré de reprimir mi descontento cuando vengas, y aceptaré con gratitud lo que me ofrezcas, sin quejas ni críticas. Lo soportaré tanto como pueda. Quizá eso me agote, y entonces ambos estaremos liberados. Hubiera querido alejarme del mundo hace tiempo… pero eso sería un pecado, y no te habría beneficiado en nada. Tu corazón es demasiado bondadoso como para no verse herido”.

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“La sombra sangrienta del suicidio no te habría permitido disfrutar de tu libertad”.

“Oh, cielos, ¿qué estás diciendo? ¡Mi pobre esposo, ¿esa es tu condición?”, exclamó la condesa, profundamente conmovida por la tragedia que encerraban esas palabras dichas con calma. Se estremeció al vislumbrar las oscuras profundidades de su alma insondable y lo que, en su opinión, le faltaba en amplitud de miras ahora se compensaba con la magnitud de su sufrimiento; en ese momento volvió a interesarle. Arrojándose sobre su pecho, lo inundó de caricias. Intentó consolarlo, hacerle olvidar la amargura de su dolor con la magia de su amor. Ella misma no sabía que, incluso en ese momento —arrastrada por una auténtica emoción de compasión—, cedía al encanto demoníaco de probar sobre su dolor el poder de su coquetería, que ya había puesto a prueba suficientemente en seres humanos. Pero donde sin duda habría tenido éxito con hombres cultos, fracasó con este hijo de la naturaleza, quien intuía instintivamente que esa dulce muestra de ternura no iba dirigida a él, sino que surgía de la lucha contra un elemento hostil que ella deseaba sobornar o conquistar. Su dolor permaneció inalterado; estaba demasiado arraigado como para ser disipado por los arrebatos amorosos de un momento. Sin embargo, el pobre esposo, anhelando desesperadamente a la esposa a quien tanto amaba, bebió el brebaje envenenado que ella le ofrecía, como el viajero sediento en el desierto pone sus labios ardientes en el estanque contaminado, sabiendo que bebe muerte.

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CAPÍTULO XX.
CONFLICTOS

¡Era de mañana! La lámpara casi se había agotado. Josefa y la condesa estaban ocupadas con el niño, cuyo sueño era perturbado por una tos breve y seca. La madre había permanecido en el pequeño castillo toda la noche y solo había descansado unas pocas horas. Cuando estaba con el pequeño, había momentos en que su afecto maternal se despertaba. Entonces era invadida por el temor de que Dios recuperara un regalo tan precioso porque ella no había conocido su valor. Sería justo, lo sabía; y debido a esa justicia, parecía probable que así fuera. Su corazón se esforzaba por compensar, en unas pocas horas, la negligencia de años. Quizás así podría evitar el castigo. Pero cuando se marchaba, esa pequeña estrella pálida en su horizonte se alejaba hacia el fondo, ante los fenómenos variopintos del mundo en el que vivía. Solo en momentos aislados se daba cuenta, mediante un dolor sordo, de que en su alma dormían sentimientos que no podían desarrollarse, como un tesoro oculto en un lugar del cual no se puede extraer. Era similar a la parábola del siervo que no puso su talento a interés. Ese talento que Dios confía a los hombres es el amor. Un sentimiento noble y elevado que suprimimos es el tesoro enterrado que Dios nos exigirá cuando haya expirado el plazo por el cual nos lo prestó. Había horas en que la desdichada mujer se daba cuenta de esto. Entonces culpaba de todo: al mundo y a sí misma. Y el pobre niño sentía en su alma precoz la tristeza de la “hermosa dama”, a quien amaba intuitivamente sin saber que era su madre. Los niños comunes, como los animales, aman sobre todo a quienes satisfacen sus necesidades físicas; por eso, con frecuencia se aferran más cariñosamente a la nodriza que a la madre. Pero no era así con este niño. Era casi ingrato con Josefa: cuanto más lo descuidaba la condesa, más fielmente lo cuidaba ella.

Josefa estaba apasionadamente unida al niño. Todo el amor triste que había guardado en su corazón desolado por su propio hijo fallecido se transfirió, desde la primera hora, a esta criatura delicada y sin madre.

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Le recordaba tanto a su propio hijo pobre: la marcada semejanza familiar entre él y Freyer, el misterio con el que debía estar rodeado. Una madre que se avergonzaba de él, como Josefa en aquel entonces… parecía como si su propio hijo fallecido hubiera vuelto a la vida. Además, ella pasaba por su madre.

El niño nació mientras la condesa viajaba por Oriente, y fue fácil arreglarlo con las autoridades. La condesa, mientras estaba en Jerusalén, adoptó el nombre de Josefa Freyer; Josefa, el de Condesa Wildenau, y el niño fue bautizado con el nombre de Freyer. Se registró como hijo ilegítimo, y Josefa tuvo que soportar la vergüenza y regresó a Alemania como la madre del niño.

¿Qué faltaba para completar la ilusión de Josefa de que el niño era suyo y de que podía amarlo como una madre? Nada, salvo el retorno de su afecto. Y eso era una fuente de dolor amargo. Podía dar y hacer lo que quisiera, dedicarle días y noches, sacrificar su ya debilitada salud… nada servía. Cuando, tras semanas y meses de ausencia, llegaba esa “hermosa dama”, como él la llamaba, sus ojos melancólicos se iluminaban y parecía resplandecer con nueva vida al extenderle sus pequeños brazos con una mirada que parecía decir: “¡Si no hubieras venido pronto, habría muerto!”. Josefa ya no existía para él; incluso su padre, a quien normalmente amaba tiernamente como padrastro —“Goth”, como lo llamaban los lugareños— fue olvidado. Esto angustiaba a Josefa más allá de lo soportable. Cumplía con los deberes de una madre con todo su cansancio; su corazón albergaba el amor de una madre con todas sus penas y preocupaciones. Pero cuando llegaba esa otra mujer, que no merecía nada, que no hacía nada, que no tenía ni corazón de madre ni derechos de madre, se llevaba al niño y Josefa no quedaba más que con las molestias y la vergüenza. La otra mujer disfrutaba apresuradamente, sin cuidado, de las alegrías que solo podrían compensar los sacrificios de Josefa: las dulces sonrisas del niño, sus caricias tiernas y su forma de mimarlo, por las cuales ella habría dado su vida. Apretaba sus afilados dientes blancos, y un celo secreto, cercano al odio, echaba raíces en su mente amargada. ¿Qué podía valorar en esa mujer? ¿Por qué debería estarle agradecida? Ella era amable con ella… porque necesitaba sus servicios… pero, ¿qué le importaba Josefa en sí misma? “Podría darme menos, pero cumplir con su deber hacia su esposo e hijo… eso me vendría mejor”, murmuraba en secreto. “Tener un hijo así y no…”

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Ser su madre, en lugar de darle la luz del sol, el calor del amor materno que él necesita… y luego venir a arrebatarle a otra lo que ella misma no se habría ganado.

Tener un esposo así era la mayor bendición que Josefa conocía en este mundo: un hombre al que todo el mundo rendía homenaje como si fuera Dios, un hombre tan devoto, tan bueno, tan modesto, tan fiel… Y abandonarlo, esconderlo en un viejo castillo en ruinas para que nadie pudiera darse cuenta de la vergüenza de esa noble dama que se había casado con un pobre tallista de madera. Luego venir a robarle los besos de los labios, como los pájaros roban bayas, cuando nadie miraba; ¡él era lo suficientemente bueno para eso! Y él lo permitía… ese hombre orgulloso y severo, al que toda la comunidad temía y respetaba. Era suficiente para volver loco a cualquiera.

Y ella, Josefa, tenía que tragar su ira año tras año… y no se atrevía a decir nada. ¡Pues mal le iría si se quejaba de la condesa! Él no permitiría ningún ataque contra ella… aunque esa situación lo estaba matando. Ella se veía obligada a presenciar cómo él lloraba por esa mujer, ver cómo poco a poco perdía peso y fuerzas. Esa mujer malvada hechizaba a todos, encantaba a su esposo y a su hijo hasta el punto de que casi morían de amor por ella, mientras ella continuaba con sus flirteos descarados con otros.

Eran esas las terribles acusaciones que ardían en el alma apasionada de Josefa contra la condesa; acusaciones que borraban el recuerdo de todo lo que debía a su antigua benefactora.

“Me gustaría saber qué haría sin mí”, era el argumento constante de su odio ingrato. “Puede ser amable conmigo… si yo quisiera, sus travesuras malvadas terminarían pronto. Se lo merecería… ¿y qué me importa la recompensa? Puedo cuidarme sola, no necesito ganancias ilícitas. Pero entonces tendría que dejar al niño… él no tendría a nadie. No, no, Josefa, aguanta tanto como puedas… y guarda silencio por el bien del niño”.

Eran esos los conflictos que hervían en el pecho de la habitante silenciosa del castillo de caza, esos abismos que se abrían a los pies de esa mujer ingenua.

Era la venganza de la moralidad popular ofendida, a la que ella se consideraba muy superior. Ese impulso insignificante en el desarrollo de la humanidad… insignificante porque era el atributo especial de…

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La gente humilde y sencilla siempre vencerá en la lucha contra la emancipación de aquellas naturalezas llamadas “más organizadas”, pues es destino de los individuos excepcionales sucumbir siempre en la guerra contra los mortales comunes. Existe aquí una gran ley eterna del universo, que desde el principio tomó su origen en elementos humildes e insignificantes; y en esa llamada “moralidad plebeya” tiene sus raíces el cristianismo. Por lo tanto, los primeros vencerán y siempre harán valer sus derechos, incluso cuando el pequeño ejército filistino que se reúne bajo su estandarte derrote a un enemigo mucho más noble que ellos mismos, un enemigo por el cual hasta los dioses lamentarían su suerte. ¡Ay de esa individualidad altamente dotada que se une a elementos filistinos, les otorga derechos sobre sí misma y cree poder seguir su propio camino! En cualquier caso, encontrará piedad ante Dios, antes que ante el tribunal de este servicio literal, y las lanzas y flechas de sus soldados.

Algo similar a uno de esos golpes de lanza atravesó a la condesa con la mirada de Josefa, mientras esta se inclinaba sobre el niño despierto.

Josefa intentó tomar al niño, pero él se resistió violentamente y no quiso ir con ella. Con ojos brillantes y llenos de anhelo, se acurrucó en los brazos de la “hermosa dama”. La condesa acercó a ese pequeño ser frágil a su corazón. Al hacerlo, notó la expresión severa y resentida en los labios secos y agrietados de Josefa, así como el rubor en sus pómulos algo pronunciados. Había algo en la actitud de la chica que disgustaba a su señora. Si hubiera estado en su poder, habría despedido a esa persona, que “se empeoraba constantemente”. Pero estaba atada a ella por cadenas indisolubles; de hecho, dependía de ella y debía temerla. Sentía esto cada vez que iba allí. Bajo tales circunstancias, cada visita al castillo se convirtió gradualmente en una penitencia, en lugar de un placer. Su esposo, irónico y lleno de reproches; el niño enfermo; la nodriza, melancólica y sombría. Una niña mimada por el mundo, a quien siempre se le quitaban todos los obstáculos de su camino, tarde o temprano no podría evitar un lugar donde no pudiera respirar libremente ni siquiera una hora.

“¿No vas a prepararle el desayuno al niño, Josefa?”, dijo con cansancio, los círculos oscuros alrededor de sus ojos evidenciando las noches en vela.

“¡Primero hay que bañarlo!”, respondió Josefa, con ese tono que a menudo hería a la condesa: el tono que usan las nodrizas, a cargo de los niños…

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Quedan demasiados… Indiquen a las jóvenes madres que “si no cuidan de sus pequeños en otro lugar, no tienen nada que decir en la guardería”.

La condesa, con su autocontrol aristocrático, luchó por mantener la compostura. Luego dijo en voz baja, aunque su voz sonaba débil y ronca: “El niño parece débil; creo que será mejor darle algo de comer antes de lavarlo”.

“Sí”, suplicó el niño, “tengo sed”. Esas palabras le recordaron a la condesa a su padre, cuando dijo en la cruz: “Tengo sed”. Al evocar esos recuerdos, toda la angustia de su amor, antaño tan hermoso y ahora pereciendo de forma tan miserable, la abrumó. Levantó al niño —era ligero como un vapor, una visión de niebla— de la cama y lo colocó en su regazo; luego envolvió sus pequeños pies descalzos en los pliegues de su vestido de mañana. El niño apoyó su pequeña cabeza, coronada de cabellos oscuros y rizados, contra su mejilla. Esos momentos eran dulces, pero quedaban superados por una amargura excesiva.

“Traiganle algo de leche… ¡Leche fresca!”, repitió Madeleine von Wildenau con ese tono ligeramente imperioso que da a entender que cualquier oposición es imposible.

“Eso sería completamente diferente a su costumbre habitual”, comentó Josefa, como si la orden de la condesa interfiriera seriamente con el ritmo de vida necesario para el niño.

La madre se dio cuenta de ello; un leve rubor de vergüenza e indignación tiñó su rostro, pero desapareció al instante, como si el dolor hubiera consumido esa ola de sangre que la ira había provocado.

“¿Es tu madre… Josefa, amable contigo?”, preguntó, cuando Josefa salió de la habitación.

El niño asintió distraídamente.

“¿Ella no te golpea? ¿Es gentil?”

“No, ella no me golpea”, respondió el niño. “Ella me quiere”.

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“¿La amas tú también?”, continuó la condesa.

“¿Eh… sí?”, dijo el niño, encogiéndose de hombros. Luego la miró con ternura a la cara. “Te amo más a ti”.

“Eso no está bien; Josefa es tu madre… debes amarla por encima de todo”.

El niño negó con la cabeza, pensativo. “Pero preferiría que tú fueras mi mamá”.

“Eso no puede ser… desafortunadamente, no puedo hacerlo”.

El niño la miró con una expresión de triste decepción. Finalmente encontró una solución. “Pero en el cielo… cuando vaya al cielo… tú serás mi madre allí, ¿verdad?”

La condesa se estremeció; un dolor indescriptible le atravesó el corazón, pero al mismo tiempo estaba feliz, sumida en una angustia dulce. Las lágrimas brotaron de sus ojos y, abrazando al niño con ternura, lo besó suavemente.

“Sí, mi hijo… En el cielo… quizás pueda ser tu madre”.

Josefa trajo entonces la leche y quiso dársela, pero el niño no quiso recibirla de ella; insistió en que la condesa sostuviera el tazón. Ella así lo hizo, pero su mano temblaba y Josefa tuvo que ayudarla, de lo contrario todo el contenido se habría derramado. La condesa apartó la mirada.

“Ni siquiera puede darle algo de beber a su propio hijo”, pensó Josefa, mientras ordenaba la habitación.

“Josefa, por favor, déjame sola un rato”, dijo la condesa, casi suplicante.

“¿De verdad?”, las mejillas de Josefa se tiñeron de rojo; parecía que sus huesos se marcaban aún más. “Si estoy en el camino de Su Alteza… puedo irme ahora mismo”.

“Josefa”, dijo la condesa, volviéndose hacia ella de repente, con el rostro bañado en lágrimas. “Seguro que se me permite pasar quince minutos sola”.

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con mi hijo, sin ofender a nadie. Perdonaré tus palabras, por culpa de tu celos natural… Y creo que ya las lamentas, ¿verdad?

“Sí”, respondió Josefa, algo a regañadientes, pero tan conmovida por las palabras de la desdichada madre que depositó un beso breve y poco entusiasta en la mano de la condesa con sus labios ásperos y resecos. Luego, con una mirada apasionada hacia el niño, cedió el paso a la madre, cuyo derecho habría querido disputar ante Dios mismo, si hubiera podido.

Pero cuando la puerta se cerró tras ella, la condesa ya no pudo soportarlo más. Puso al niño en su pequeña cama y se arrojó junto a él, sollozando. “Mi hijo… mi hijo, perdóname”, gritó, olvidando toda prudencia. “Reza por mí ante Dios”.

En ese momento se abrió la puerta y entró Freyer. Todo lo que agitaba el corazón de la madre se hizo evidente para él al verla así, rota de dolor junto a la cama del niño.

“Cálmate… ¿Qué pensará el niño?”, dijo, inclinándose para levantarla.

“No llores, mamá”, dijo el niño, acariciando el suave cabello de su cabeza inclinada por el dolor. No sabía por qué de repente la llamaba “mamá”… Quizás era una anticipación del cielo, donde ella sería su madre, y lo decía de antemano.

“Oh, Freyer, máteme… No merezco nada mejor… Acabe con esta vida inútil. A un animal que no puede recuperarse se le mata por compasión, ¿por qué no a un ser humano, que siente el sufrimiento aún más?”

“Magdalena… Condesa… No te reconozco en este estado.”

“¡Yo tampoco me reconozco! ¿Qué soy yo? ¿Qué es una madre que no es madre? ¿Una esposa que no puede declararse tal? ¡Un pez que no sabe nadar, un pájaro que no sabe volar! Matamos a tales criaturas desdichadas por pura compasión. ¿Qué clase de existencia es la mía? Una egoísta que, sin embargo, siente el dolor de aquellos a quienes hace infelices; una aristócrata que no puede…”

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Existen fuera de su propio ámbito y, sin embargo, anhelan la verdad eterna de la naturaleza humana; una coqueta que juega con los corazones y, sin embargo, estaría dispuesta a morir por un sentimiento verdadero… ¡Esos son mis rasgos de carácter! ¿Puede haber algo más contradictorio, más lleno de miseria?

“Salgamos al exterior, condesa; esta clase de conversaciones no son adecuadas para que el niño las escuche.”

“Oh, él no lo entiende.”

“Entiende más de lo que usted cree. No sabe qué preguntas hace a menudo… Ah, se priva de las alegrías más nobles al no poder observar el extraordinario desarrollo de este niño.”

Ella asintió en silencio, absorta en mirar al niño.

“Vamos, condesa, ya ha salido el sol. El aire fresco de la mañana le hará bien. Tocaré la campana para que Josefa venga a llevarse al niño”, dijo en voz baja, tocando la campanilla.

El pequeñín se sentó en la cama; su respiración era rápida y ansiosa. Sus grandes ojos estaban fijos, suplicantes, en la condesa: “Oh, mamá… querida mamá del cielo… quédate… no te vayas”.

“Ah, si tan solo pudiera… mi hijo… ¡con qué gusto me quedaría aquí para siempre! Pero volveré pronto. Solo caminaré bajo el sol durante media hora.”

“Oh, yo también quiero ir al sol. ¿No puedo ir contigo y jugar un rato?”

“Hoy no, hasta que tu tos desaparezca, pobre niño mío. Pero prometo que no pensaré en nada más que en ti hasta que regrese. Mientras tanto, Josepha te lavará y te vestirá. Yo no sé hacerlo… Josepha lo hace mejor.”

“Oh, sí, ¡yo soy suficientemente buena para eso!”, pensó la niña, que oyó esas últimas palabras justo cuando entraba.

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“Mi hermosa mamá ha estado llorando, porque es un pájaro y no puede volar…”, dijo el niño a Josefa con triste compasión. “Pero tú tampoco puedes volar, ni yo, hasta que seamos ángeles; entonces sí podremos”. Extendió sus pequeños brazos como alas, como si anhelara elevarse hacia arriba y alejarse, pero un ataque de tos lo hizo hundirse de nuevo en las almohadas.

El esposo y la esposa se miraron con la misma ansiedad triste.

La condesa se inclinó sobre la pequeña cama, como si quisiera sofocar con besos la tos que atormentaba el pecho del niño.

“Mamá, no duele… No debes llorar”, dijo el niño, consolándola. “Hay una araña dentro de mi pecho que me hace cosquillas; por eso tengo que toser. Pero ella tejerá una red enorme, hecha de hilos plateados, como los de el árbol de Navidad; esa red llegará hasta el Cielo, y entonces yo podré subirme en ella”.

La condesa apenas podía controlar sus emociones. Freyer tomó su mano y la llevó fuera, al aire fresco de la mañana.

“Estás tan preocupada por nuestro secreto… Pero si yo no fuera lo suficientemente responsable como para ayudarte a guardarlo, te delatarías en cualquier momento. Eres imprudente con el niño. No es por mi propio interés, sino por el tuyo, que te advierto. No dejes que tu recién despertado amor maternal destruya tu autocontrol delante del niño. No permitas que te llame ‘mamá’. Pobre madre… De verdad entiendo cómo esto te duele… Pero hay que elegir: o eres madre del niño, o debes renunciar a ese título”.

Ella bajó la cabeza. “Eres tan cruel como siempre, aunque tengas razón. ¿Cómo puedo mantener mi autocontrol cuando escucho esas palabras del niño? ¡Qué niño tan extraño! Cada vez que voy, me sorprende su progreso intelectual. Ojalá sea algo natural… Ojalá no sea un presagio de muerte prematura”.

Freyer sintió lástima por su ansiedad.

“Es solo porque el niño crece en soledad, rodeado únicamente de dos personas tristes: Josefa y yo. Es natural que su desarrollo sea lento”.

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“El alma de ese niño debería desarrollarse hasta convertirse en un carácter más serio y reflexivo que el de los demás niños”, dijo él, consoladoramente.

Salieron a un balcón en mal estado, cubierto de enredaderas y arbustos. Era una mañana hermosa, pero los bosques circundantes y las hojas otoñales cubiertas de musgo estaban blancas por la escarcha. Freyer envolvió a la mujer temblorosa con una capa que había llevado consigo. Bajo el frío aire de esa mañana otoñal y las palabras alentadoras de su esposo, ella poco a poco se calmó y recuperó la compostura.

“Pero hay que hacer algo con el niño”, dijo ella con firmeza. “Las cosas no pueden seguir así; parece demasiado frágil. Lo enviaré a Italia con Josefa”.

“Dios mío, entonces estaré completamente sola”, dijo Freyer, esforzándose por ocultar su desánimo.

“Pero así debe ser”, respondió la condesa con determinación.

“¿Cómo podré soportarlo? El niño era todo para mí, mi buen ángel… ¡mi luz en la oscuridad! A menudo sus pequeñas manos refrescaban mi frente cuando las llamas de la locura la rodeaban. A menudo sus ojos, sus rasgos, volvían a mostrar claramente tu imagen cuando, durante largas separaciones, esta se había vuelto borrosa y distorsionada. Al mirar al niño, al querido y hermoso niño, sentí que nada podía romper este vínculo sagrado. La madre de este niño no podía abandonar a su esposo; por amor a él debía amarme. Me lo dije a mí misma y aprendí a confiar, a tener esperanza de nuevo. Y ahora tengo que separarme de él. Oh, Dios… Tu juicio es severo. Enviaste un ángel para consolar a Tu divino hijo en el Monte de los Olivos… ¡Y ahora me lo quitas! Pero que se haga Tu voluntad, no la mía”.

Inclinó tristemente la cabeza: “Si así debe ser, tómalo”.

“El niño está enfermo; lo he mantenido encerrado en estas habitaciones húmedas durante demasiado tiempo. Necesita sol y aire más templado. Si tuviera que pasar otra temporada de invierno en este clima frío, moriría. Pero si te resulta tan difícil separarte del niño… ve con él. Alquilaré una villa para ti y para Josefa en algún lugar de la Riviera. También te hará bien alejarte de este lugar”.

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Escondida entre los bosques… y no puedo protegerte aquí en Baviera, donde todos te conocen, sin traicionar nuestra relación.

Freyer la miró con una sonrisa triste: “¿Y crees que me iría?” Negó con la cabeza. “No, no puedo ponértelo tan fácil. Seguimos siendo marido y mujer; sigo siendo tuyo, como tú eres mía. Y aunque rara vez vienes a verme… si durante todo el invierno solo hubiera una hora en la que necesitaras un corazón, tendrás que buscar el de tu esposo; ¡yo debo estar aquí!”

La atrajo suavemente hacia su pecho. “No, mi esposa. Habría sido un consuelo poder quedarme con el niño… pero si debes quitármelo, soportaré también eso, como todo lo que proviene de tus manos, ya sea vida o muerte. Nada podrá separarnos, ni siquiera el amor por mi hijo.”

Había algo indescriptible en la expresión con la que la miraba mientras pronunciaba esas palabras sencillas. Ella se aferró a él, abrumada por tal fidelidad sin precedentes, que sacrificaba así la única bendición que le quedaba por una sola hora a su lado.

“¡Mi esposo! ¡Mi querido y noble esposo! ¡El corazón más generoso del mundo!”, exclamó, acariciándolo una y otra vez mientras contemplaba embelesada su hermoso rostro, tan lleno de dignidad. “No tendrás que hacer ese sacrificio por una sola hora. Tu esposa vendrá a recompensar tu lealtad con un amor mil veces mayor. A menudo… quizá más veces que nunca. Porque siento que esta situación no puede durar. Debo poder ser esposa y madre. Hoy, junto a la cama de mi hijo, me di cuenta de que mi culpa también crecía año tras año. Es hora de que expíe mis pecados. Cuando regrese a casa, pensaré seriamente en qué se puede hacer para llegar a un acuerdo con mis parientes. No necesito confesar que ya estoy casada; podría decir que podría casarme si me pagaran una suma suficiente, pero no lo haría si me negaran los medios para vivir con el nivel adecuado a mi condición. Entonces, probablemente prefieran hacer un sacrificio que les permita que yo me case, entregándoles así toda la fortuna, antes que obligarme, por su avaricia, a seguir siendo viuda y conservar toda la fortuna. ¡Esa sería una idea genial! ¿Ves cuán inventiva es el amor?”, dijo con encantadora coquetería, esperando su aprobación entusiasmada.

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Pero él se alejó con el ceño fruncido; parecía como si un viento helado hubiera barrido de repente todo aquel paisaje soleado, transformando todo en un aspecto invernal.

“¡Mentiras y engaños por doquier… incluso en las cosas más sagradas! Cuando te escucho hablar así, mi corazón se encoge. Una mujer tan noble como tú, rebajándose a la mentira y al engaño, como una de las más viles…”

La condesa permaneció inmóvil, con los párpados bajos; la vergüenza y el orgullo se reflejaban en su rostro. Su corazón también se encogió, y un frío glacial lo envolvió.

“¿Y qué propuesta mejor podrías hacer?”

“Ninguna”, dijo Freyer en voz baja. “Porque la única que podría sugerirte no la aceptarías. Sería reparar el daño que has causado, confesar abiertamente cómo ocurrió todo, y luego retirarte con tu esposo e hijo a la soledad, viviendo de forma sencilla, pero honesta. El mundo se reiría de ti, es cierto, pero los de corazón noble te honrarían. No puedo imaginar que haya alguna felicidad moral que se pueda comprar con mentiras y engaños… Solo hay un camino que conduce a Dios: el camino de la verdad. Todos los demás son engañosos.”

La hermosa mujer lo miró con admiración involuntaria. Era esa majestad interior la que antaño había impresionado tanto a esa mujer humilde. A pesar de que él la avergonzaba y la hería profundamente, ella se sometía a esa grandeza. Sin embargo, ya no podía soportar su mirada; se sentía humillada ante él, y su placer por su compañía se había desvanecido. Se encontraba frente al hombre que creía estar muy por debajo de ella, como una criminal común, condenada por la mentira más insignificante, por la traición más vil. Se odiaba a sí misma. ¿Dónde estaba algo que pudiera borrar esa mancha? ¿Dónde estaba ese orgullo que pudiera elevarla por encima de esa desgracia? ¿En su conciencia de su estatus social? ¡Ay de ella! ¿Qué dirían sus iguales si supieran su situación? ¿No sería expulsada de todos los círculos sociales? ¿Qué podría restaurar su honor? No conocía ninguna dignidad, ningún honor aparte de aquellos que le otorgaba el mundo. Y para salvarlos, a cualquier costo y por cualquier medio… se hundía aún más a los ojos de ese pobre hombre honorable, quien tenía más motivos para avergonzarse de ella que ella de él.

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Debe regresar a casa; debe volver a ver su palacio, a sus sirvientes, su mundo, para poder creer que sigue siendo ella misma, que el suelo sigue estando firme bajo sus pies, pues todo a su alrededor estaba oscilando.

“¡Por favor, ordene que ensillen los caballos!”, dijo, volviéndose hacia la puerta medio en ruinas por la cual habían salido de la casa.

De hecho, hacía frío y estaba oscuro. Una niebla otoñal pálida envolvía el bosque. Era dudoso si iba a llover o a nevar.

“Tengo el carruaje listo; me gustaría llegar a casa antes de que llueva”, dijo, disculpándose, sin mirarlo.

Freyer abrió cortésmente la pesada puerta de hierro antigua. Caminaron en silencio por un pasillo oscuro, frío y estrecho hasta la puerta de la habitación del niño.

“Iré a hacer que ensillen los caballos”, dijo Freyer, y la condesa entró en la habitación.

Se despidió distraídamente del niño. No se dio cuenta de cómo temblaba al escuchar que se iba a casa, ni oyó sus súplicas: “¡Llévame con usted!”. Lo consoló como de costumbre prometiéndole que volvería pronto, e hizo señas a Josefa para que saliera de la habitación. El niño la miró con la expresión de un animal moribundo, y unas grandes lágrimas rodaron por sus pálidas mejillas. La madre lo vio, pero no pudo quedarse; su estancia allí había terminado por ese día. Afuera, le comunicó a Josefa su plan de enviarla a ella y al niño a Italia, pero esta negó con la cabeza.

“El niño solo necesita a su madre”, dijo, sin piedad, “solo anhela a usted; si lo envía aún más lejos, morirá”.

La condesa permaneció inmóvil, como si estuviera condenada.

“Cuando está usted con él, revive; pero cuando se va, se marchita como una flor sin sol”.

“¡Oh, cielos!”, gimió la condesa, presionándose las manos juntas contra la frente: “¿Qué se puede hacer?”.

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“Si pudieras llevarte al niño, sería la mejor cura. El niño necesita el amor de una madre; eso le sería más beneficioso que todos los viajes del mundo. No tienes idea de cómo se aferra a su madre. Parece realmente como si lo hubieras hechizado. Todo el día se agota escuchando y esperando el ruido del carruaje, y cuando llega la noche y la hora en que sueles llegar, sus manitas arden de fiebre por la expectativa. Luego ve cómo su padre anhela verte. Un niño como él se da cuenta de todo, y cuando su padre está triste, él también lo está. ‘¡Hoy no vendrá!’ dijo hace poco, acariciando la mejilla de su padre; sabía perfectamente bien qué era lo que lo preocupaba. Un cuerpecito delicado como el suyo se agota pronto por el anhelo constante. Cada niño, cada cervatillo, llora por su madre. Aquí en el bosque a menudo escucho a los ciervos jóvenes, cuya madre ha sido abatida, lamentarse y llorar toda la noche. ¿Acaso un niño sensato y cariñoso no debe anhelar a su madre? Tú te sientas en tus hermosas habitaciones en casa y no escuchas cómo, aquí en esta casa sombría con nosotros dos, dos personas melancólicas, el pobre niño pide a gritos a la madre que es todo para él.”

“Josefa, ¡me vas a matar!”

La condesa se aferró al pilar de la puerta en busca de apoyo; su cabeza daba vueltas.

“No, no te mataré, condesa. Solo quiero evitar que mates al niño”, dijo Josefa con los ojos encendidos. “¿Crees que, si pudiera ocupar el lugar de una madre para el niño, te rogaría por algo que es derecho de todo niño y que cualquier madre con corazón se daría voluntariamente? Claro que no. Robaría el corazón del niño, al que tú estás privando de todo… En cambio, te diría una palabra amable, y podrías suplicar en vano por el amor de tu hijo, tal como ahora yo suplico por el amor de su madre. Pero el pobre pequeñín sabe muy bien quién es su madre, y haga lo que haga yo, ¡él no me aceptará! Por eso te digo exactamente cómo están las cosas. Haz lo que quieras conmigo… Ya no temo nada. Si el niño no puede ser salvado, ¡he terminado con este mundo! Me conoces… y sabes que no doy valor a la vida. Tú no la has hecho más preciada para mí que cuando nos conocimos por primera vez.”

En ese momento se abrió la puerta y apareció una pequeña figura blanca. El niño había escuchado el tono apasionado de Josefa y vino en ayuda de su madre: “Mamá, mi querida mamá del cielo, ¿qué te está haciendo?”

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Ella no te hará daño. Mala mamá Josefa, por eso no te gusto: siempre estás regañando a la hermosa y bondadosa dama.

Él rodeó con su pequeño brazo el cuello de su madre, como si quisiera protegerla.

“¡Oh, ángel mío!”, exclamó la condesa, levantándolo en sus brazos para apretarlo contra su corazón.

Se oyó el ruido de las ruedas afuera: los cuatro caballos de la condesa llegaban. Era imposible hacer esperar a esos animales temperamentales. Freyer anunció rápidamente la llegada del carruaje; aquel día los caballos estaban muy inquietos. La condesa dejó al niño al cuidado de Josefa. Freyer la ayudó en silencio a subir al carruaje; todo pasó como un relámpago, pues los caballos ya habían comenzado a moverse. Se intercambió una mirada sombría entre el esposo y la esposa: era un adiós entre extraños. Y el ligero vehículo se lanzó velozmente a través de las nieblas otoñales. La madre creyó oír llorar a su hijo mientras se alejaba, y sintió como si Josefa la hubiera acusado de haber asesinado al niño. Pero ella lo compensaría… algún día, pronto. Parecía como si una voz interior gritara: “¡Mi hijo, mi hijo!”. Gotas de humedad helada perlaban su frente; ¿era sudor de ansiedad o rocío? No lo sabía; ya no podía pensar, se hundía bajo todas las preocupaciones que la asediaban ese día. Cerró los ojos y se recostó en el carruaje, como si fuera a desmayarse, mientras los caballos avanzaban rápidamente hacia su destino, con su ligero cargamento.

Las horas pasaron volando. El carruaje llegó al palacio de Wildenau, pero ella apenas se dio cuenta. Todo tipo de planes y resoluciones rondaban por su mente. La ayudaron a bajar del carruaje y subió las escaleras de mármol cubiertas de alfombra. Había dos cartas sobre la mesa en su dormitorio. El príncipe había estado allí y dejado una nota, que contenía solo estas palabras: “Comprenderás que, en este momento, no te atreves a rechazar este puesto”.

“El amigo que te quiere sinceramente”.

La otra carta, en un sobre grande, era un documento oficial. ¡La condesa Wildenau había sido nombrada encargada de las ceremonias!

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CAPÍTULO XXI.
INRESPONSABLE

Un momento… y un punto de inflexión en una vida.

La condesa volvía a ser “ella misma”, como ella lo llamaba. “¡Gracias a Dios!”

El episodio de Ammergau, con todas sus trágicas consecuencias, pertenecía al pasado. Hoy, bajo las impresiones emocionales y las circunstancias externas de aquel castillo desdichado, donde todo conspiraba en su contra, había pensado seriamente en romper con sus tradiciones y las necesidades de la vida; enfrentó la idea de la pobreza y la vergüenza con tanta valentía que este nombramiento para el cargo más alto en la corte la salvó del abismo de la ruina. Detenida en el último momento, tambaleante y aturdida, la mujer sorprendida intentó recuperar el equilibrio. Se sentía como un suicida que en realidad no está decidido a hacerlo, y se alegraba cuando alguien impedía su propósito.

Se quedó de pie, sosteniendo el documento en su mano. Eso era la verdad, la realidad; la necesidad de autodestruirse era solo imaginación. La deshonra, cuya marca ya sentía sobre su frente, ya no podía alcanzarla.

Puso el pie sobre la piel áspera de un león; la tierra aún no se movía bajo sus pies. Apoyó su frente ardiente contra una columna de mármol delgada; también esa seguía firme. Pasó sus dedos delicados por el terciopelo de seda del diván en el que estaba recostada, y se alegró de que todavía le perteneciera. Su mirada, embriagada por la belleza, recorrió los cientos de tesoros artísticos, cuadros y estatuas de todos los países con los que había adornado sus habitaciones: no faltaba nada. Sobre un pedestal se encontraba el Apolo Belvedere, cuyo mármol puro brillaba cálidamente bajo los rayos del sol que penetraban a través de cortinas rojas, como si realmente hubiera sangre fluyendo dentro de la piedra. El rostro maravilloso sonreía en serena tranquilidad sobre ese conjunto variopinto que el arte y la industria de siglos habían reunido allí.

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El pasado y el presente aquí cerraron su encantadora cadena. Allá se erguía una Venus de Milo, mostrando a su encantadora dueña la majestuosidad de su propia belleza. En una esquina llena de flores, una ninfa bañista, obra de un maestro moderno, se ocultaba tímidamente. En una hornacina gótica, un Cristo moribundo cerraba los ojos ante el esplendor del mundo y de los sentidos. Era un Cristo al estilo de Gabriel Max, que abría y cerraba sus ojos. No muy lejos, el retrato de la condesa, pintado con el genio de Lenbach, destacaba dentro del marco oscuro: el prototipo de la flor de salón. Vestida con una suave túnica blanca de tela oriental bordada en oro, lo suficientemente pesada como para adherirse estrechamente a su figura y lo suficientemente ligera como para elevarse y revelar todo lo que la moda y la decencia permitían ver de la belleza de un cuello y unos brazos maravillosos. Y, como Lenbach no solo pinta la forma exterior sino también la naturaleza interior, un matiz de melancolía, de anhelo y de reflexión se posaba sobre aquel rostro hermoso, lo que hacía que quien lo mirara casi olvidara la belleza de la forma en favor de la del alma, mientras contemplaba aquellos ojos espirituales que parecían buscar otro hogar que no fuera esta tierra prosaica. Justo en la dirección de su mirada, Hermes, el mensajero de la muerte, inclinaba su rostro divino desde un grupo de palmas y hierbas secas. Parecía como si ella viera todas estas cosas por primera vez, como si aquello le hubiera sido devuelto ese día, después de haber creído que estaba perdido. Le faltó el aliento al pensar que había estado a punto de renunciar a todo eso… ¿Y para qué? Todos esos tesoros de belleza e arte inmortales… por un niño llorón y un hombre hosco, que en ella solo veía a una ama de casa, cualquiera podría serlo, pero que no comprendía lo que realmente era ella, lo que realmente constituía su dignidad y su encanto, del mismo modo que no comprendería el cuadro de Lenbach, que le reflejaba su propia persona transfigurada y ennoblecida. Se miró a sí misma con orgullosa satisfacción. ¿Acaso una mujer así debería sacrificarse por un hombre que apenas conocía el significado de la belleza? ¿Destruirse por una ilusión de la imaginación? Tocó la campanilla; sintió la necesidad de ordenar algo, para asegurarse de seguir siendo la dueña de la casa.

Entró el sirviente. “¿Su Alteza?”

¡Gracias a Dios! Sus sirvientes aún la obedecían.

“Envía un mensaje al Palacio de Barnheim e invita al príncipe a cenar conmigo a las seis. Luego sirve el almuerzo.”

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“Muy bien. ¿Tiene Su Alteza alguna otra orden?”

“La doncella.”

“Sí, Su Alteza.”

El hombre salió de la habitación con el paso silencioso y solemne de un sirviente bien entrenado.

“¿Cómo puede alguien vivir sin sirvientes?”, se preguntó la condesa, mirándolo alejarse. “¿Qué habría hecho yo si hubiera despedido a los míos?” Se estremeció. Ahora que ese lujo real la rodeaba de nuevo, era una persona diferente a la de esa mañana. Sin duda seguía sintiendo lo que había sufrido aquel día, pero solo como, al despertar de un sueño febril, nos damos cuenta vagamente de las torturas que hemos soportado.

Alguien llamó a la puerta y entró la doncella.

“Voy a bañarme antes del almuerzo. Me siento muy mal. Vierte una botella de vinagre de Bouilli en el agua. Volveré enseguida.”

La doncella desapareció.

Todo seguía funcionando como un reloj. Nada había cambiado; nadie se había dado cuenta de lo que casi había hecho aquel día. La lucha había terminado. La orden real, a la que habría sido una locura oponerse, había decidido su destino.

Pero sus nervios seguían temblando por las experiencias de aquel día.

El niño… ¡Ojalá no estuviera atada por él! Eso era lo único que le impedía respirar con libertad: era su propia carne y sangre. Era la herida en su corazón que nunca podría sanar. Siempre anhelaría al niño, así como él la anhelaría a ella. Pero, ¿de qué servía eso? Nada podía cambiarse; debía hacer lo que la razón y la necesidad exigían. Al menos por el momento; incluso había algo hermoso en una tristeza llevada con dignidad aristocrática. Por la profundidad de la herida, medimos con orgullo la profundidad de nuestros propios corazones.

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Se complacía con la idea de desempeñar el papel de anfitriona de reyes y emperadores, mientras en lo más profundo de su alma anhelaba a un pobre niño huérfano, hijo de la orgullosa condesa Wildenau, cuyo esposo era un campesino. Solo una naturaleza tan flexible como la de Madeleine von Wildenau podía hundirse tanto y, al mismo tiempo, elevarse tan alto sin perder su equilibrio.

Estas eran las oscilaciones de las que Ludwig Gross dijo una vez que eran necesarias para tales naturalezas: sus trayectorias pasaban por los abismos más profundos de la miseria humana hasta alcanzar las alturas opuestas. La coquetería no solo es cruel con los demás, sino también consigo misma: en las torturas físicas que soporta por culpa de una moda incómoda, y en las espirituales con las que paga por sus triunfos.

Así era la condesa. Durante su primer matrimonio infeliz, aprendió a controlar los estados de ánimo más desesperados y a ser “entretenida” aun cuando tuviera el corazón roto. ¿Qué maravilla que considerara algo natural tener que someter el dolor agudo del amor materno? Por eso coqueteaba incluso con el sufrimiento y encontraba placer en soportarlo con gracia.

Se sentó ante su escritorio, adornado con la escultura de Canova que representaba a Cupido y Psique, y escribió:

“Querido esposo: En mi prisa, solo puedo informarte de que no podré salir de inmediato para organizar el viaje de Josefa. He sido nombrada anfitriona de la reina y debo acatar esa orden. Mientras tanto, deja que Josefa se prepare para el viaje; hoy mismo enviaré las instrucciones necesarias y el dinero. Transmite mi cariño al niño, bésalo por mí y consuélalo prometiéndole que iré a verlo a la Riviera cuando pueda. Entre nuevos entornos, pronto me olvidará y dejará de esperarme. El clima del sur beneficiará su salud, y así tendremos aún más placer en él después. Debe quedarse allí al menos un año para recuperar sus fuerzas.

Escribo apresuradamente, ya que hay muchos asuntos y ceremonias que deben resolverse en los próximos días. Me resulta difícil aceptar este cargo, que me ata aún más estrechamente a las cadenas de las que estaba a punto de liberarme. Pero hacer enemigos del rey y la reina justo en el momento en que…”

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Necesito amigos poderosos más que nunca; sería desafiar al destino. Apenas será posible para mí venir con tanta frecuencia como te prometí hoy. Pero, si te sientes demasiado solo, puedes venir de vez en cuando como mi “mayordomo”, aparentemente para traerme informes. De esta manera nos veremos, y daré órdenes de que el mayordomo pueda acudir a mí en cualquier momento, y se le asignen oficinas y apartamentos adecuados, ya que ahora no podré ocuparme personalmente de las propiedades.

“Si no puedo reciberte de inmediato, esperarás en tu habitación hasta que tu esposa, liberada de las obligaciones del día, venga corriendo a tus brazos.”

“¿No está todo esto maravillosamente organizado? ¿Estás finalmente satisfecho, tú, hombre insatisfecho?”

“Ves que hago todo lo posible. Solo no te enojes conmigo por hacer también lo que exige la razón. Debo asegurarle a mi hijo cimientos sólidos para una vida segura y ordenada, ya que no debemos, por motivos sentimentales, destruir nuestro propio destino sin rumbo. ¿De qué serviría al niño enfermo que yo me denunciara y tuviera que entregar toda mi fortuna privada para compensar a los parientes de mi primer esposo por lo que he gastado ilegalmente desde mi segundo matrimonio? Ni siquiera podría hacer más por la salud de mi hijo, y tendría que ver cómo se debilita poco a poco en algún pueblo de montaña… quizá en Ammergau mismo, adonde tendría que ir con mis pertenencias y contigo, como una familia de vagabundos. Los chicos de allí le lanzarían piedras y lo llamarían burlonamente ‘el pequeño conde’. Las tormentas de nieve lo azotarían y destruirían por completo sus delicados pulmones.”

“No, si no temiera la pobreza para mí, debería hacerlo por ti. ¿Cómo soportarías que la gente de Ammergau —y ¿dónde más podrías encontrar trabajo?— te señalara con el dedo y dijera: ‘Miren, ese es Freyer, que huyó con una condesa. Hizo algo bueno’… y luego rieran burlonamente?”

“Mi Joseph, conserva tu amor por mí, y déjame tener juicio por ti; así todo estará bien. Con amor,

Tu M.”

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Ella no sospechaba, al terminar su carta, muy satisfecha con su dialéctica, que Freyer, después de leerla, arrojaría los fragmentos rotos al suelo.

Esta carta fría y frívola, este cambio en respecto al estado de ánimo de ayer, esta acción después de todas sus promesas… Él había sido nuevamente engañado y decepcionado, había vuelto a esperar y creer en vano. Todo aquello en lo que había confiado quedó destruido: la elevación moral de su amada esposa, que finalmente habría devuelto a su esposo e hijo sus derechos sagrados, era una mentira. En lugar de eso, como compensación, le ofrecían el papel de amante.

Él debía buscar a su esposa bajo el manto de la oscuridad, como un hombre busca a su amada… ¡Él, su esposo, el padre de su hijo! “No, condesa: el mayordomo no se colará en su castillo para, cuando usted haya disfrutado de todos los placeres del día, brindarle la emoción de una intriga robada.

“Aunque el desdén y la burla de la gente de mi pueblo natal me causarían gran dolor, como usted cree, preferiría trabajar con ellos como jornalero antes que interpretar ante sus lacayos el papel que usted me asigna”. Esa era su única respuesta. Sabía perfectamente que solo provocaría un encogimiento de hombros y una sonrisa compasiva, pero no podía evitarlo.

Era de noche cuando llegó la carta de la condesa. Mientras, a la tenue luz de la lámpara colgante, escribía con angustia mortal, junto a la cama del niño febril, esa respuesta torpe y lamentablemente mal escrita, las puertas correderas del comedor brillantemente iluminado del palacio de Wildenau se abrieron y el príncipe ofreció su brazo a la condesa.

Ella volvía a ser la misma de siempre: se había dado un baño perfumado, respondió a la carta real, dibujó varios bocetos para nuevos trajes de corte y los envió a París.

Pintaba con habilidad excepcional; las pequeñas figuras en acuarela que enviaba a sus modistas eran verdaderas obras de arte, mucho superiores a las que aparecían en las revistas de moda.

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“Su Alteza podría ganarse la vida de esta manera”, dijo la criada en tono adulador, y una extraña emoción sacudió a la condesa al escuchar esas palabras. Se había hecho un álbum de vestidos, en el cual había dibujado todos los atuendos que había usado desde que entró en la sociedad; a menudo encontraba placer al hojearlo. ¡Qué recuerdos evocaba ver esos viejos vestidos! Desde la pesada cola de terciopelo plateado del traje de novia de la antigua condesa Wildenau, hasta el ligero vestido de verano que había usado nueve años atrás en Ammergau. Desde el rígido traje de corte formal, hasta el sencillo vestido de lana con el que había pasado horas sufriendo esa mañana por culpa de esa “ilusión” de Ammergau. Pero al escuchar las palabras de la criada, cerró el álbum como si se hubiera sobresaltado y se levantó: “Le daré el vestido que llevé esta mañana, pero con la condición de que nunca lo vuelva a ver”.

“Su Alteza es demasiado amable, le agradezco profundamente”, dijo la mujer encantada, besando la manga del manto de la condesa; no se habría atrevido a besarle la mano.

El atuendo para la cena se preparó rápidamente, y cuando la condesa se miró en el espejo, le pareció más hermosa que nunca. La expresión melancólica alrededor de sus ojos y las ligeras huellas de lágrimas que había derramado le daban a su piel pálida un tono de color maravillosamente adecuado.

El día llegó a su fin, y cuando el príncipe vino a cenar a las seis de la tarde, ella lo recibió con todo su encanto de siempre.

“¿A quién debo esto, príncipe?”, dijo sonriendo, mientras le entregaba la carta oficial.

“¿Por qué me lo pregunta?”

“Porque solo usted puede decírmelo”.

“¿Yo?”

“Sí, usted. ¿Quién más podría haberme presentado ante Sus Majestades? No intente engañarme con esa actitud de inocencia. No le creo. Usted, y nadie más, me haría este favor; todo lo bueno proviene de…”

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Tú. No solo eres un hombre grande y poderoso, sino también bueno y noble: ¡mi apoyo, mi Providencia! Te agradezco.

Ella tomó sus dos manos entre las suyas y le ofreció su frente para que la besara, con una mirada llena de admiración y gratitud tan sinceras, que, por la sorpresa y alegría, casi falló el objetivo deseado y en lugar de eso tocó sus labios. Pero, afortunadamente, recuperó el control y, casi tímidamente, acarició esos rizos suaves que temblaban ligeramente como los delicados filamentos de las flores.

“No puedo resistir esta gratitud. Sí, mi augusto primo, la reina, tuvo la bondad de considerar mi propuesta como ‘especialmente aceptable’ para ella. Pero, querida condesa, debes haber pasado por experiencias terribles para mostrar tanta gratitud hacia quien tan inocentemente propuso algo tan insignificante como este cargo de encargada de ceremonias, por cuya aceptación debemos estarle agradecidos. Hay un matiz de timidez en tu actitud, pobre Madeleine, como si hubieras perdido ese autocontrol que, junto con toda tu gracia femenina, daba a tu porte una firmeza tan admirable. Te haces injusticia. Debes deshacerte de esta opresión. Por eso me atreví a mover un poco las manecillas del reloj de la vida y asegurar esta posición, que no te dejará tiempo para atormentarte con fantasías. Eso es lo que más necesitas. Lamentablemente, no puedo quitar de esos hermosos hombros la carga que probablemente tú misma has depositado allí; pero te ayudaré poco a poco a quitártela.

“El mundo en el que te encuentras te necesita: debes vivir para él y no debes retirar tus capacidades, tu inteligencia, tu encanto. Estás hecha para un puesto elevado. No me refiero a uno subordinado, como el de encargada de ceremonias. Eso es solo un alivio temporal; me refiero al de una princesa reinante, que debe velar por el bienestar físico e intelectual de toda una nación. Cuando, en tu actual cargo, te hayas reconciliado con el mundo y sus condiciones, quizás llegue el día en que se me permita ofrecerte ese puesto más elevado”.

La condesa permaneció de pie, con las manos apoyadas en la mesa y la mirada fija en el suelo. Su corazón latía violentamente; su respiración era corta y agitada. Un pensamiento cruzó por su mente: “¡Podrías haber tenido todo esto y haberlo perdido para siempre!”. La conciencia de su destino funesto la abrumó con toda su fuerza. Qué contraste entre el príncipe…

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Producto perfecto de la cultura, ella, que tuvo en cuenta todas las exigencias de su rango y carácter; y el hijo limitado y estrecho de la naturaleza, su esposo, quien encontraba motivo de reproche en todo aquello que el hombre culto del mundo consideraba algo natural. Freyer la torturó y la humilló a sus propios ojos, mientras que el príncipe la cuidaba con ternura. Freyer —como encarnación del ascetismo cristiano— le exigía todo lo que a ella le desagradaba, mientras que el príncipe Emil solo deseaba verla hermosa, feliz y admirada, y consideraba su deber que disfrutara de la vida de acuerdo con su educación y sus gustos. Ella hubiera querido arrojarse jubilosamente en los brazos de su salvador y decir: “Tómame y sálvame de nuevo entre las olas de la vida, antes de que caiga en poder de ese Dios sombrío cuyo poder se nutre de la sangre de las alegrías robadas a sus seguidores”.

De repente pareció como si hubiera alguien más en la habitación, mirándola fijamente. Alzó la vista: los ojos del Cristo en la hornacina gótica estaban fijos en ella. “¿Me estás mirando otra vez?”, preguntó una voz en su alma aterrorizada. “¿Nunca podrás morir?”

Así era; Él no podía morir en la cruz, ni podía morir en su corazón. Aunque solo fue un instante el que apareció ante los ojos mortales en la representación de la Pasión, vivirá para siempre para todos aquellos que experimentaron ese momento.

Sus brazos levantados cayeron, como paralizados, y balbuceó con frases entrecortadas: “Ninguna palabra más, príncipe… en nombre del cielo, no me lleves a la tentación. Aleja de ti todo pensamiento sobre mí… tú no sabes… ¡Oh! Nunca fui digna de ti, nunca reconocí todo tu valor… y ahora que lo hago… ya es demasiado tarde”. No pudo decir nada más; las lágrimas temblaban en sus pestañas. Volvió a mirar tímidamente al Cristo pintado; ahora Él había cerrado los ojos. Su expresión era más serena.

El príncipe la miró con seriedad, pero en silencio. “Ah, hay una visión errónea que debe eliminarse. Veo que costará algo. Cálmate… ya no tienes nada que temer de mí. Fui torpe… no era el momento adecuado, debería haberlo sabido. ¿Recuerdas nuestra conversación hace nueve años, de camino a la representación de la Pasión? En aquel entonces había un fantasma entre nosotros. Desde entonces ha adquirido forma tangible, ¿verdad? Vi que esto iba a suceder, pero lamentablemente no pude evitarlo. Pero piénsalo: es y siempre será un fantasma. Tales espectros solo pueden ser fatales para…”

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Mujeres imaginativas y excéntricas como usted, que, además de la imaginación, poseen también una fuerte tendencia idealista que les confiere un sentido ético a todo lo que sienten. Con una naturaleza como la suya, las cosas que, en sí mismas, no son más que episodios románticos, adquieren el carácter de conflictos morales en los cuales siempre sienten que son las culpables, porque fueron superiores y han visto ciertas relaciones con mayor seriedad de la que merecen.

“Sí, sí. Eso es. ¡Oh, príncipe! ¡Usted me entiende mejor que nadie!”, exclamó la condesa, admirada.

“Sí, y porque te entiendo mejor que nadie, te amo mejor que nadie; esa es la consecuencia inevitable. Por lo tanto, sería una lástima si tuviera que ceder ante ese fantasma… Pues nunca dos seres humanos estuvieron hechos el uno para el otro como nosotros”. Se quedó en silencio; Madeleine no había oído las últimas palabras. En sus rápidas cambios de humor, reaccionando a cada impresión nueva, la palabra “fantasma” y los recuerdos que evocaba habían despertado en ella un sentimiento diferente. Incluso el hombre más inteligente no puede confiar en una mujer. El fantasma volvía a estar entre ellos, creado por él mismo.

Como por arte de magia, el Kofel con su cruz reluciente apareció ante ella; y frente a ella, a su derecha, los rayos del sol se colaban por el acantilado hasta posarse, como dedos brillantes, sobre un rostro cuyo parecido ella nunca había visto: los ojos, oscuros pero brillantes, como la noche en que la estrella guió a los reyes hasta el niño en el pesebre. Allí estaba de nuevo Él, aquel a quien tanto tiempo había imaginado, aquel a quien tanto tiempo había deseado.

Y sus ojos extasiados dijeron: “En todo el mundo he buscado solo a usted”. Y Él respondió: “¡Y yo a usted!”. ¿Acaso iba a ser todo eso una mentira? ¿Iba a desaparecer? Parecía como si el Cielo hubiera abierto sus puertas para permitirle echar un vistazo… ¿Y todo eso era solo ilusión? El panorama de los recuerdos continuó avanzando, llevándola pasando por las moradas del sumo sacerdote y los apóstoles en Ammergau, hasta llegar a la calle iluminada por la luna, donde su oído, escuchando con reverencia, captó estas palabras: “¡Aquí vive Cristus!”. Y ella se quedó inmóvil, sin aliento, temblando de expectativa ante la llegada de Dios.

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Luego, al día siguiente: el gran día en que se cumplió el anhelo poderoso cuando vio ese rostro “del cual el Dios tan buscado le sonreía”. El Dios a quien había ido en busca, a quien quería confesarle todo. ¿Acaso podía negarle, renunciar a ese Dios, cuyas heridas había tocado con sus dedos?

De nuevo se quedó allí, en una reverencia tímida, con el corazón rebosante de emoción, mientras frente a ella flotaba esa mano herida y sangrante. El cielo y la tierra parecían esperar a ver si se atrevería a posar sus labios sobre esa marca. Se atrevió, casi desmayándose por la intensidad de sus sentimientos. Y he aquí que, con ese beso, sus labios temblorosos sintieron los latidos de la vida que despertaba en la mano de ese “Dios” severo. Una sensación de júbilo brotó en su interior: “¡Tú me perteneces! ¡Te robaré a toda la humanidad!”. Y ahora, apenas nueve años después… ¿debe desaparecer la alegría, el Dios, la fe? ¡Qué criatura miserable y caprichosa es el hombre!

“La cena está lista, y el barón St. Génois ha llamado. ¿Debo preparar otro lugar?”

La condesa salió de su ensoñación. ¿Había estado dormida allí donde estaba? ¿Dónde se encontraba?

El sirviente tuvo que repetir el anuncio y la pregunta. ¿Un visitante ahora? Preferiría morir… Pero el barón St. Génois era un amigo cercano; podía venir a cenar cuando quisiera. No debía ser echado.

Asintió con la cabeza al sirviente. Sus emociones estaban reprimidas y dispersas; su corazón, que latía con fuerza, volvió a latir con normalidad. La desesperación susurró: “¡Abandona la lucha… ¡No puedes ser salvada!”.

Unos minutos después, mientras el pequeño grupo celebraba en el comedor brillantemente iluminado el “evento del día”: el nombramiento de la nueva encargada de las ceremonias.

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CAPÍTULO XXII.
ESTRELLAS CAÍDAS

“La nueva encargada de las ceremonias no es popular.”

“Se dice que la condesa Wildenau ya ha caído en desgracia; no viajó en el carruaje de la reina durante el reciente desfile.”

“Eso es perfectamente natural. Era de esperar, cuando a una dama tan acostumbrada a no imponerse restricciones como la condesa Wildenau se le asignó un cargo así.”

“Se dice que comete errores constantemente. Si así lo decide, hace esperar a la reina y a toda la corte. Se informa que llegó a la corte quince minutos tarde, hace poco tiempo.”

“Y que olvidó presentar a varias damas.”

“La gente está indignada con ella.”

“Pobre mujer: se esfuerza al máximo, pero este puesto no es adecuado para ella; es distraída y comete errores, los cuales son imperdonables en una encargada de las ceremonias.”

“Sí, si el primo de la reina, el príncipe hereditario de Metten-Barnheim, no la apoyara, la reina ya la habría destituido hace tiempo. Solo se la ve en la corte cuando actúa como representante. No ha logrado establecer relaciones personales con Su Majestad.”

Así eran, al cabo de unos meses, las opiniones de la sociedad, y eran justas.

Parecía como si la maldición de aquellos a quienes había abandonado recaía sobre ella: hiciera lo que hiciera, no tenía éxito en ese cargo.

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Al igual que en la cima de la montaña que se eleva hacia las alturas, toda corriente cálida se condensa en nubes; así, en la atmósfera fría y transparente de las posiciones más elevadas y destacadas, el más leve signo de luchas y pasiones secretas parece condensarse en masas de nubes que a menudo se reúnen oscuramente alrededor de las personalidades más brillantes, velando sus rasgos. El impulso apasionado y romántico, que estaba constantemente en conflicto con el origen y la educación aristocrática de la condesa, era una de esas corrientes que, de forma inconsciente e involuntaria, debían introducirse como elementos extraños en la claridad cristalina de esos “picos” de la sociedad.

Esa era la explicación del misterio por el cual la condesa, muy admirada en la vida privada y siempre bienvenida en la corte, no lograba ocupar con éxito un cargo oficial. Esa ligera “nube” que, en su vida privada, solo servía para rodearla de un halo de romanticismo que hacía aún más interesante a esa mujer libre e independiente de alto rango, resultaba absolutamente insoportable en una dama de la corte que representaba a su soberano. Allí todo tenía que ser claro, tranquilo y oficial. El elemento impersonal de la realeza, tal como existe en nuestros días, especialmente en las mujeres de las casas reinantes, no permite que ninguna individualidad se destaque cerca del trono. Todas las emociones apasionadas y peculiaridades son detestables, porque, incluso en los individuos, son emanaciones de los elementos populares turbulentos que los soberanos deben gobernar y temer al mismo tiempo.

La constante agitación de la condesa Wildenau, sus miradas inquietas, su falta de concentración y los cambios febriles de humor expresaban, de forma inconsciente, la venganza del espíritu del pueblo, insistente en su esposo. La reina, por su sutil sensibilidad, sentía entonces una timidez y aversión secretas hacia la nueva encargada de las ceremonias, algo que no podía superar. Así surgieron las primeras nieblas en la atmósfera cercana al trono; los vapores se convirtieron en nubes… pero el público, de ojos agudos, vio cómo el sol de la gracia real desaparecía detrás de ellas.

Es mucho mejor nunca haber sido importante que verse obligado a retirarse. La condesa era una gran dama, cuyo poder parecía inamovible e invulnerable mientras vivía de forma independiente; ahora, sin embargo, se veía que estaba al borde del colapso. Ya no había motivo para seguir considerando a esa mujer, hasta entonces tan envidiada. La venganza podía…

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Se le atribuían sin miedo cosas como tener siempre atuendos más elegantes, ofrecer cenas mejores, atraer a más admiradores… y poder hacer impunemente lo que sería imperdonable en otros.

“Una mujer que está constantemente ocupada consigo misma no puede ser la anfitriona de las ceremonias; eso lo veo claramente”, dijo un día al príncipe. “Si hay algún puesto que requiere abnegación, es este. Y la abnegación nunca ha sido mi punto fuerte. Debería haberlo sabido antes de aceptar ese cargo. La gente imagina que la corte será el lugar donde las semillas del egoísmo florecerán con mayor abundancia… Pero no es así; quien quiera cosechar beneficios para sí mismo debe mantenerse al margen; solo la mayor abnegación y el cumplimiento más estricto del deber pueden existir allí. Pero yo, príncipe, soy una criatura mimada y mal educada, que durante los pocos años de mi desdichado matrimonio no aprendí nada más que odiar las restricciones y evitar el dolor… ¿Qué se puede hacer con una mortal tan inútil?”

“Amala”, respondió el príncipe Emil, con calma, como si hablara de una partida de ajedrez, “y asegúrate de que esté en una posición en la que no necesite obedecer, sino simplemente mandar. Las naturalezas creadas para gobernar no deben servir… La piedra pequeña está destinada a pavimentar el camino de la vida cotidiana; el diamante, a brillar. ¿Quién reprocharía al segundo por no tener otro propósito? Su valor reside en sí mismo, pero solo los conocedores saben cómo apreciarlo”. Así, su amigo siempre la consolaba y fortalecía sus tendencias naturales. Pero cuando los hombres son demasiado indulgentes con nosotras, el destino es aún más severo… Eso es la compensación por los pecados morales de la sociedad, la igualización de los privilegios indebidos de unos individuos frente al triste destino de miles.

Los esfuerzos del príncipe Emil no pudieron aliviar los remordimientos de conciencia de Madeleine von Wildenau, ya que él no conocía toda la extensión de su culpa. Si lo hubiera sabido todo, ella también lo habría perdido.

Josepha se encargó de torturar el corazón de la madre con los informes que enviaba desde Italia.

Freyer permanecía en silencio. Desde aquella carta amarga que él escribió, ella no había vuelto a saber nada de él. Se había escondido en su retiro solitario, como un león enfermo que busca las profundidades de su cueva, y ella no se atrevía a ir a buscarlo allí.

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Aunque un anhelo secreto solía hacer que se despertara con el nombre de su esposo en los labios y lágrimas en los ojos.

Además de esto, estaba preocupada por el señor Wildenau, quien se volvía cada vez más insistente en sus ofertas para comprar el castillo de caza, y a menudo hacía observaciones extrañamente significativas, como si estuviera tras la pista de algún descubrimiento. El niño de aquel parecido engañoso estaba lejos… pero si ese hombre estaba vigilando, ese hecho en sí mismo podría llamar su atención, ya que databa del día en que hizo las primeras alusiones. Pasaba muchas noches despierta, reflexionando sobre este misterio, pero no lograba averiguar qué le había dado a él la pista de su secreto. No sospechaba que fuera el propio niño quien, en un momento en que nadie lo veía, se había encontrado con aquel extraño curioso y le había dado respuestas fatales a sus astutas preguntas, hablándole de “la hermosa dama que vino a ver a ‘Goth’, que había sido Dios, en Ammergau. ¡Y que él amaba profundamente a esa hermosa dama, mucho más que a la madre Josefa!”

Las preguntas y respuestas eran fáciles, pero la deducción también lo era. Era evidente para el inquisidor que existía aquí una relación lo bastante comprometedora como para servir como pretexto contra la condesa, si se podía descubrir la conexión exacta. El primo Wildenau y su hermano decidieron, a partir de ese día, vigilar atentamente las acciones misteriosas de la condesa; ese era el pasatiempo más reciente e interesante del linaje desheredado de la familia Wildenau.

Pero el juego al que se dedicaban contaba con un poderoso protector en el príncipe; debían actuar con lentitud y cautela.

También en la corte era su influencia la que la sostenía. La reina, por consideración hacia él, mostraba la mayor paciencia al tratar con la condesa, a pesar de su total falta de simpatía hacia ella. Así, la desdichada mujer vivía en una incertidumbre constante. Su alma estaba llena de amargura debido a las experiencias que ahora soportaba. Sentía como puñaladas la malicia y el desprecio con los que había sido tratada desde que el sol del favor real se había atenuado. Perdió el control sobre sí misma y ya no sabía qué estaba haciendo. Su orgullo se rebeló: ¡Un Wildenau, una princesa von Prankenberg, no necesitaba tolerar tal trato! Su habitual gracia la abandonó y, en su lugar, adoptó una actitud fría y altiva.

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Desdén, que incluso mostraba mientras desempeñaba las funciones de su cargo, lo que enfurecía aún más a todos contra ella. A las personas a quienes debería haber honrado las ignoró. Las gradaciones de rango y las listas de familias nobles, el alfa y el omega de una encargada de ceremonias, nunca estuvieron en su mente. Aquellos que tenían derecho a la posición más alta fueron relegados a la tercera, y hubo numerosos errores similares. Llegaron quejas y molestias de todo tipo, y en una cena de estado en honor a la visita de un príncipe real, se vio obligada a soportar, ante toda la corte, una reprimenda por parte de la reina, quien destacó especialmente a una persona a la que ella había menospreciado.

Esa cena resultó fatal para ella. Dondequiera que mirara, veía sonrisas triunfales o sarcásticas; dondequiera que se acercara a un grupo, la conversación cesaba con una brusquedad evidente, que no intentaba ocultar que la recién llegada había sido objeto de la charla. Incluso, a menudo se encontraba con miradas que parecían decir: “¿Por qué sigues entre nosotros?”

También ocurrió que el príncipe fue llamado a Cannes debido a la enfermedad de su padre y no estaba allí para protegerla. Ella esperaba que regresara a tiempo para la cena, pero no lo hizo. Estaba completamente abandonada. Unas pocas almas compasivas, como la bondadosa duquesa a quien conoció durante la representación teatral, sus damas de compañía y algunas doncellas de honor, se unieron a ella, pero en su amabilidad percibió una lástima que la humillaba más que todos los insultos. ¡Y sus amigos! Los caballeros que formaban parte de su círculo de conocidos íntimos habían adoptado desde hacía tiempo un tono más familiar, como si quisieran dar a entender que ella debía aceptar cualquier cosa que decidieran ofrecerle. Ya ni siquiera era hermosa: un rostro pálido, marcado por el dolor, con ojos hundidos que miraban desesperadamente hacia el vacío, no encontraba admiradores en ese círculo. Y como cada mirada, cada expresión reflejaba hostilidad, su propia imagen la miraba con reproche desde el espejo; el cuello pálido y espléndido, con sus maravillosos contornos, sostenía una cabeza cuyo rostro mostraba cansancio y envejecimiento prematuro. “¡Se acabó para ti!”, gritaba el espejo. “¡Se acabó para ti!”, sonreían los labios de la sociedad. “¡Se acabó para ti! ¡Podrías alegrarte de que todavía asistamos a tus cenas!”, parecía susurrar cerca de ella el aliento impregnado de aroma a vino de sus antiguos amigos íntimos, con insultos en sus palabras.

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¿Era este el mundo al que había sacrificado su corazón y su conciencia? ¿Era esta la honra por la cual sufría torturas a cada hora? Y en la cima nevada de la montaña, el esposo que no tenía nada en este mundo salvo ese mísero pedazo de amor que ella le había dado, estaba muriendo… Ella lo había evitado durante meses porque, para ella, él representaba esa incómoda forma de cristianismo cuyo ascetismo ha sobrevivido a la civilización de miles de años. ¡Sí! Ese cristianismo del Nazareno, que caminó por la tierra con tanta humildad, vestido como un trabajador, es amigo de los despreciados y humillados. No hace preguntas sobre coronas ni sobre el favor de las cortes, ni sobre el poder o la distinción humana. Y ella, que había temblado y pecado por las miserables ilusiones, por el brillo de los honores de esta vida efímera… ¿iba a despreciar una moralidad que, en su apariencia de pobreza, se eleva por encima de todo aquello por lo cual tiemblan los más grandes y poderosos? De nuevo, el símbolo del vínculo renovado entre Dios y el mundo: la cruz, apareció ante ella; en ella colgaba el cuerpo del Redentor, radiante en su belleza casta y divina… Ese cuerpo que, por ella, descendió de la cruz donde había estado colgado por todo el mundo. Después de abrazarlo, ella se lamentó, porque era solo la imagen de algo que ningún deseo terrenal podrá alcanzar nunca, por muchos corazones humanos que brillen con las llamas del amor, mientras dure el mundo.

“¡Mi Cristo… mi esposo sacrificado!”, gritó una voz en su interior con tal fuerza que no oyó la pregunta de la reina. “¡Es increíble!”, exclamó alguien enfadado cerca de ella. Ella salió de su ensoñación. “¿Su Majestad?”. La reina ya se había ido, sin esperar respuesta… Susurros y asentimientos recorrieron el grupo; todos los ojos estaban fijos en ella. ¿Qué quería la reina? Intentó correr tras ella. Su Majestad había desaparecido; ya estaba pasando por el salón siguiente… Pero la distancia era demasiado grande; no podía llegar hasta ella. El espacio parecía aumentar a medida que avanzaba. Sintió que estaba al borde del desmayo y se arrastró hasta una habitación solitaria.

Los miembros de la corte se retiraban. Se produjo confusión: la encargada de las ceremonias estaba ausente justo en el momento del cierre de la reunión. Nadie tuvo tiempo de buscarla. Todos se reunían para despedirse y luego se apresuraban a seguir a los sirvientes y a recoger sus cosas. Carruaje tras carruaje se alejaba; las habitaciones quedaron vacías; los lacayos vinieron a apagar las luces. La condesa yacía en un sofá, sola y abandonada en el último salón del conjunto de habitaciones.

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“En nombre del cielo, ¿está enferma Su Alteza?”, gritó un viejo mayordomo, ofreciendo su ayuda a la dama, quien se levantó lentamente. “¿Ya ha pasado todo?”, preguntó, mirando alrededor con expresión vacía. “¿Dónde está mi sirviente?”

“Aún espera afuera a Su Alteza”, respondió el anciano caballero, tratando de ayudarla. “¿Debo llamar a un médico o a una criada?”

“No, gracias; ya estoy bien. Fue solo un mareo”, dijo la condesa, saliendo lentamente del palacio.

“¿Quién conducirá esta noche?”, preguntó a el lacayo mientras él le ponía el abrigo de piel sobre los hombros desnudos.

“Martin, Su Alteza”.

“Muy bien, entonces vuelve a casa y dile que no iré, sino que visitaré las propiedades”.

“Hace un frío terrible, Su Alteza”, observó el mayordomo, quien la acompañó hasta el carruaje.

“Eso no importa… ¿Está el manto de castor en el carruaje?”

“Por supuesto, Su Alteza”.

“¿Qué hora es? ¿Es tarde?”

“Oh, no; son solo las nueve, Su Alteza”.

“¡Entonces, en marcha!”

Martin sabía adónde ir.

El mayordomo cerró la puerta y los caballos partieron a toda velocidad hacia la brillante noche invernal, por el camino familiar pero hábilmente descuidado. Realmente era un viaje frío. El suelo estaba completamente congelado y las ventanas del carruaje estaban cubiertas de escarcha. Las sienes de la condesa latían violentamente; su corazón latía con ansia por su esposo, a quien había abandonado por este mundo vil. De nuevo, el ambiente de aquella época de Ammergau…

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Ella hizo valer sus derechos y, arrepentida, se apresuró a buscar el hermoso regalo que había desechado de forma tan imprudente. Con el corazón lleno de rencor por la injusticia y la falta de amor que reinaban en la sociedad, su alma se sumergió profundamente en el dulce cáliz del amor y la poesía de aquellos tiempos: un amor que era religión, una religión que era amor. “Aunque hable en lenguas humanas o angelicales, si no tengo caridad, soy como bronce que resuena o címbalo que tintinea”. Sí, por ese bronce que resuena y ese címbalo que tintinea había desperdiciado la sangre caliente de su corazón; y el alma doliente de aquellos cuyas sagradas sencillez su alma cansada debería haber extraído nueva juventud, la miraba llorosa a través de los ojos de su hijo lejano.

“Los caballos van muy despacio esta noche”, pensó ella. “Ninguna velocidad es suficiente para un corazón arrepentido que anhela expiar sus pecados”.

Él se enfadaría; ella tendría que luchar amargamente con él… Pero lograría suavizar su ira. Utilizaría todos sus encantos, sería cariñosa y hermosa, más hermosa de lo que él la había visto nunca, porque nunca antes se le había presentado vestida con esplendor, con diamantes brillando en su cuello nevado y pesados brazaletes de oro adornando sus maravillosos brazos.

Le diría que se arrepentía, que todo debería volver a ser como antes, cuando le prometió fidelidad bajo la luz de las antorchas nupciales en medio de la hoguera del bosque, sintiendo en sus venas el poder de una valquiria y soñando sueños propios de ellas.

Tomó una profunda respiración y comparó a la pálida dama de la corte actual, que se desmayaba ante la menor señal de desagrado o unas pocas miradas maliciosas, con la valquiria de aquellos tiempos. ¿Era solo una ilusión lo que la hacía tan fuerte? No… Incluso si el dios que veía en él era una ilusión, el amor que crecía en sus venas, con esa fuerza capaz de desafiar a los elementos, era divino. Según cualquier criterio de filosofía, estética, origen y moralidad, tenía derecho a existir.

Entonces, ¿por qué se había avergonzado de ello? Por prejuicios triviales, vanidades insignificantes… En otras palabras, por debilidad.

No era Freyer quien no era digno de ese gran amor, sino ella, demasiado mezquina para él. “Pero espera… espera, mi esposo abandonado. Tu esposa viene hoy con un amor digno de…”

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“Tú, lo suficientemente apasionado como para expiar en una sola hora la negligencia de años.”

Sopló sobre el cristal cubierto de escarcha, fundiendo un agujero en la capa de hielo. El castillo ya se erguía ante ella; casi había llegado a su altura. De repente, un fuerte tirón, un grito del cochero, y el carruaje se inclinó hacia el abismo. Con valentía, la condesa saltó al lado opuesto.

“¿Qué pasa?”

“Pues los caballos se asustaron al ver al señor Freyer”, dijo el cochero, mientras Freyer, con mano firme, controlaba a los animales asustados. La condesa se apresuró hacia él. Con la ayuda del cochero, logró calmar a las criaturas temblorosas.

“Perdóneme, Su Alteza”, dijo Freyer, aún sin aliento por el esfuerzo realizado. “Salí de entre los árboles de forma inesperada, y esa figura oscura los asustó. Afortunadamente pude agarrar sus riendas”.

“Continúa, Martin”, ordenó la condesa. “Yo caminaré con el señor Freyer”. El cochero obedeció. Ella colocó su mano sobre el brazo de Freyer. “No es de extrañar que los caballos se asustaran, esposo mío; pareces muy extraño. ¿Qué hacías en el bosque a medianoche?”

“Lo que siempre hago: deambular”.

“Eso no está bien; deberías dormir”.

“Dormir”, repitió Freyer con una risa amarga.

“¿Así es como me recibes, Joseph?”

“Perdóneme… Me hace reír cuando habla de dormir. Mire…” Levantó su sombrero: “Incluso a la luz de las estrellas se pueden ver los cabellos blancos que han aparecido desde la última vez que estuvo aquí, desde que se llevó a mi hijo y me convirtió en un ermitaño. No he podido dormir, y mi cabello se ha vuelto gris”.

La condesa percibió con horror el cambio que había ocurrido en él. Hilos plateados se mezclaban con sus cabellos negros; sus ojos estaban hundidos.

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Toda su figura estaba demacrada, su pecho se había estrechado: era un hombre enfermo.
Ella no podía soportar aquella visión; era el reproche más terrible para ella. Fijó la mirada en el suelo: “Había hecho un plan tan maravilloso… Martin tiene la llave de la puerta exterior. Iba a acercarme sigilosamente al lado de tu sofá y besar tus labios dormidos”.

“Te agradezco la buena intención. Pero, ¿acaso crees que podría haber dormido después de recibir esa carta que me traía la noticia de que había sido traicionada? Traicionada una vez más. Y, después de todas las promesas sagradas hechas durante tu última visita, hiciste exactamente lo contrario: aceptaste una posición que te alejaba aún más de tu esposo e hijo, atándote aún más firmemente al mundo. ¿Crees que los días son suficientes para reflexionar sobre tales cosas? No, hay que contar también con la noche para ello. Tú lo sabes bien. Estaría mucho más satisfecho si dijeras honestamente: ‘Sé que te estoy matando, que tu fuerza se agota de tristeza, pero no deseo cambiar esta situación’. En lugar de fingir que no comprendes por qué no puedo dormir en paz y preguntarte por qué vago toda la noche por el bosque. Pero no tengas miedo, estoy perfectamente tranquilo. Ya no te reprocharé más”, añadió en un tono más suave. “Porque ya he cerrado cuentas conmigo mismo, contigo y con la vida. No llores. Prometí que cuando buscaras a tu esposo, lo encontrarías. No incumpliré mi promesa. Ven, apoya tu pequeña cabeza en mi pecho. Estás temblando, ¿tienes frío? Apóyate en mí y caminemos más rápido para que pueda protegerte en la habitación caliente. Paloma errante… ¿cómo es que regresaste de repente al nido solitario de tu esposo en la fría noche, en esta cruel temporada invernal? ¿Por qué no te quedaste en el lugar cálido con los demás, donde tenías todo lo que deseabas? ¿Extrañas algo? Dime, ¿qué buscas conmigo? ¿Qué anhela tu pequeño corazón?” Su voz volvió a convertirse en ese susurro encantador que antes hacía latir todos sus pulsos con una sensación de felicidad indescriptible. Su gran corazón asumió todo su dolor y sufrimiento, y dejó de juzgarla. La paloma infiel encontró el nido abierto, y su mano gentil esparció ante ella las migajas de su felicidad perdida, como cuando un hombre hambriento comparte su última rebanada con aquellos que están aún más pobres.

Ella no podía hablar. Abrumada por la emoción, se apoyó en él, permitiéndose ser llevada en lugar de subir por la empinada pendiente. Pero ella…

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No podía esperar; mientras la llevaban allí, sus labios buscaron los de él, sus pequeñas manos se entrelazaron con las suyas, y en un murmullo tembloroso de emoción dijo: “¡Esto es lo que extrañaba!”, respondiendo así a esa dulce pregunta. Las estrellas del cielo brillaban con miles de rayos; toda la silenciosa, resplandeciente y helada noche invernal se regocijaba.

Por fin llegaron al castillo y una habitación “cálida” los recibió. En realidad no merecía ese nombre, ya que el fuego de la estufa se había apagado, pero ninguno de los dos lo sintió; el brillo en sus corazones era suficiente.

“Debes aceptar lo que puedo ofrecerte… Estoy completamente sola, ¿sabes?”

“¡Completamente sola!”, repitió ella con una sonrisa feliz que él podía ver a través de la luz de las estrellas que entraba por la ventana abierta. Otro beso… Un largo abrazo en silencio se intercambiaron.

“Ahora déjame encender una lámpara, para poder quitarte la capa y hacerte sentir cómoda. ¿O pretendes pasar la noche así?”. Era encantador con sus bromas melancólicas, con su triste felicidad.

“Ah, hace tanto tiempo que no te veo así”, murmuró Madeleine. “¡Oh mundo, ahora puedo reírme de ti!”, exclamó una voz exultante en su corazón, porque el antiguo amor, el antiguo hechizo, volvían a ser suyos. Y cuando él apareció de nuevo ante ella, con toda su grandeza y belleza, ella quiso mostrarse a su altura, exhibirse ante él con todo el esplendor de su belleza. Mientras él se daba la vuelta para encender la lámpara, ella dejó caer la pesada capa y se quedó allí, en toda su belleza, con su cuello blanco rodeado por el corpiño de terciopelo oscuro; parecía como si todas las estrellas del firmamento hubieran caído allí y se hubieran detenido un momento.

Freyer se dio la vuelta con la lámpara en la mano; sus ojos brillaron, y un leve grito escapó de sus labios. Ella esperó, sonriendo, una expresión de alegría… Pero él permaneció inmóvil, mirándola como si viera un fantasma. Su mirada fija en la figura cuyos diamantes brillaban con innumerables rayos se volvía cada vez más sombría; su expresión se tornaba más rígida, y un intenso rubor cubrió su rostro pálido. “¿Y esta es mi esposa?”, dijo finalmente, en un tono ahogado e inexpresivo. “No… No es ella”.

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La condesa no comprendió su significado; imaginó que el espléndido traje lo había impresionado tanto que no se atrevía a acercarse a ella, y debía demostrarle con una ternura redoblada que él no era demasiado humilde para esa mujer magnífica. “¡Es tu esposa, en efecto! Todo este esplendor oculta un corazón que es tuyo, y solo tuyo”, exclamó, arrojándose sobre su pecho y rodeándolo con sus brazos blancos.

Pero con un gesto brusco, él se liberó, dando un paso atrás. “No… no puedo, no me atrevo a tocarte vestida de esta manera”.

“¡Freyer!”, exclamó la condesa, furiosa, mirándolo como si buscara algún signo de locura en sus facciones. “¿Qué significa esto?”

“¿Has estado en sociedad… con ese vestido?”, preguntó en voz baja, como si se sintiera avergonzado por ella.

“Sí. Y en mi prisa por llegar hasta ti, no me detuve a cambiarme. Pensé que te complacería”.

Freyer volvió a estallar en aquella risa amarga que ella siempre temía. “¿Complacido? Cuando veo que te muestras ante los demás de esa forma…”

“¿Cómo?”, preguntó ella, sin comprenderlo aún.

“¡Así, desnuda!”, exclamó, incapaz de contenerse más. “¿Has mostrado así tu belleza ante los ojos de los caballeros de tu mundo? ¿Y esta es mi esposa… una criatura tan desprovista de vergüenza?”

“¡Freyer!”, gritó la condesa, tambaleándose hacia atrás con la mano apoyada en la frente, como si acabara de recibir un golpe en la cabeza: “¡Esto hoy… a mí!”

“Hoy o mañana. En cualquier día en que muestres esa belleza a la que apenas me atrevo a mirar, ante los ojos profanos de una multitud de extraños que observan con la misma satisfacción las casetas de una feria… En cualquier día en que expongas a miradas codiciosas ese pecho que oculta el corazón que debería ser mío… En cualquier día así, no mereces el amor de ningún hombre honesto”.

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Un leve grito de indignación le respondió, luego todo quedó en silencio. Por fin, los labios de Madeleine von Wildenau murmuraron con un esfuerzo violento: “¡Esta es la última vez!”

Freyer trataba de calmarse. Presionó su frente ardiente contra los cristales helados de la ventana, adornados con un enrejado brillante de flores y estrellas de cristal. El firmamento resplandeciente, en su eterna claridad, contemplaba al pobre mortal que, a su manera infantil, ofrecía un sacrificio al Dios casto, cuyo frío hogar era aquel lugar.

“Cada vez que vengo, siempre hay alguna nueva tortura para mí… Pero nunca me has insultado ni ofendido tanto como hoy”, dijo la condesa lentamente, en un tono bajo, como si sopesara cada palabra. Su actitud era terriblemente tranquila y fría.

“Entiendo que pueda parecerte extraño ver a una dama vestida completamente… Nunca has estado en un círculo donde esto sea algo normal y nadie lo piense dos veces. Para los puros, todo es puro; aquel que no lo es se encuentra con nosotros bajo las reglas de la etiqueta de nuestra sociedad. Las muchachas del pueblo deben cubrirse hasta el cuello, ¿qué más podría protegerlas de las burlas groseras y la rudeza de los muchachos del pueblo?”

Freyer se estremeció; sintió el golpe.

“Para añadir esplendor a las prendas festivas”, continuó ella, “un poco de la belleza natural del cuerpo humano, creado por Dios, es un homenaje que incluso la mujer más pura puede ofrecer a la vista. Y todo lo que se mantiene dentro de los límites del sentido artístico nunca puede ser vergonzoso o inapropiado. ¡Ay de quien supere esos límites y vea maldad en ello! Ese hombre se elimina de entre las filas de las personas cultas. Eso es todo, y nada más; aún mereces que te dé una explicación.”

Se dio la vuelta y tomó su capa para envolverse en ella: “¿Serías tan amable de preparar los caballos?”

“¿Te vas?”, preguntó Freyer, quien mientras tanto había recuperado el control de sí mismo.

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“Sí.”

“Ay, ¿qué he hecho?”, dijo, retorciéndose las manos. “Ni siquiera te he pedido que te sientes, no te he dejado descansar, te he ofendido y herido. Oh, soy un salvaje, un hombre miserable.”

“Eres lo que puedes ser”, respondió ella con esa frialdad cortante en la que se transforma rápidamente el amor de una mujer orgullosa cuando es despreciado.

“¡Lo que puede ser una persona tan inculta! ¡Eso es lo que quieres decir!”, replicó Freyer. “Pero ahí está mi excusa. Sí, soy originario del campo, acostumbrado a arrancar del árbol, antes de que cualquier mano lo toque, la fruta aún húmeda de rocío matutino, o a recoger de las ramas espinosas, en los matorrales cubiertos de rocío, las bayas ocultas que ningún ojo humano ha visto; no puedo entender cómo la gente puede disfrutar de frutas que han estado expuestas durante horas en el polvo del mercado. El aroma se ha ido, la frescura y lo exquisito han desaparecido, y aunque me las dieran —por más caras que fueran—, no me interesarían; las bayas silvestres del bosque, que me sonreían desde la penumbra entre las hojas con sus brillantes gotas de rocío, me complacerían mil veces más. Esto no es una comparación, sino solo un ejemplo de cómo se sienten las personas cuando viven en el campo”.

“Y para llevar tu comparación más lejos… si crees que esa fruta tan deseada ha sido guardada solo para ti, ¿no te gustaría poseer lo que otros anhelan en vano?”

“No”, dijo simplemente, “no soy lo suficientemente envidioso como para querer privar a otros de algo que anhelan… pero no quiero compartir, así que prefiero renunciar”.

“Bueno, entonces… no tengo nada más que decir al respecto. Cierremos esta conversación”.

Ambos permanecieron en silencio durante mucho tiempo, como si estuvieran agotados por algún gran esfuerzo.

“¿Cómo está nuestro hijo? ¿Tienes alguna noticia de Josefa?”, preguntó finalmente la condesa.

“Sí, pero lamentablemente nada bueno”.

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“¡Como siempre!”, respondió ella apresuradamente; “es su principio hacernos sentir ansiosos. Esas personas aprovechan cualquier oportunidad para hacernos sentir su poder. Yo lo sé”.

“No lo creo. Debo defender a mi prima. Siempre fue honesta, aunque brusca e impulsiva”, respondió Freyer. “Temo que esté escribiendo la verdad, y que el chico sea realmente peor”.

“Entonces ve allí, si estás tan ansioso, y envíame noticias de cómo lo encuentras”.

“No viajaré a tus expensas… salvo al servicio tuyo, y mis propios recursos no son suficientes”, replicó Freyer en un tono frío y severo.

“Muy bien, entonces será en mi servicio. ¡Así que obedece y ve a mis expensas!”

Freyer la miró larga y seriamente. “¿Como tu mayordomo?”, preguntó en un tono extraño.

“Quisiera un informe veraz… no uno sesgado, como es costumbre de Josefa”, respondió ella de forma evasiva. “Ahora no hay nada que hacer en las propiedades… Ruego al ‘mayordomo’ que defienda mis intereses en este asunto. Si descubres que el niño es realmente peor, pediré permiso para ir a verlo”.

“Muy bien, haré lo que ordenas”.

“Pero prepara los caballos ahora, o no volveré hasta la mañana”.

“¿No será demasiado agotador para ti regresar esta noche? ¿No debería despertar a la criada para que prepare tu habitación y te atienda?”

“No, gracias”.

“Como desees”, dijo él, yendo en silencio a ordenar que los caballos, que apenas habían sido sacados del carruaje, fueran enganchados de nuevo. El cochero protestó, diciendo que los animales no habían tenido tiempo de descansar, pero Freyer respondió que no debía haber objeciones a la voluntad de la condesa.

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La media hora que requirió el cochero la pasaron el marido y la mujer en habitaciones separadas. Freyer estaba organizando sobre su escritorio un montón de papeles relacionados con sus funciones como mayordomo: facturas y documentos para que la condesa los revisara. Trabajaba en silencio, como si toda emoción hubiera muerto en su interior. La condesa se sentaba sola en la sala de estar poco iluminada y poco acogedora, mirando fijamente el lugar donde antes estaba la cama de su hijo. Su sangre hervía de vergüenza y ira; sin embargo, ver la pared vacía donde el niño ya no extendía sus brazos hacia ella desde el pequeño sofá resultaba extrañamente triste, como si estuviera muerto y su cadáver ya hubiera sido llevado fuera. Su corazón estaba lleno de dolor tan amargo que las lágrimas no podían aliviarlo; en tales momentos, las lágrimas se congelan. Hubiera querido gritar su nombre entre sollozos fuertes, pero algo parecía estar a su lado, cerrándole los labios y apretándole el corazón con una mano de hierro: la venganza de la mujer profundamente ofendida. Luego creyó ver al niño acercándose a ella con su pequeña camisa blanca. En ese mismo momento, una puerta se abrió de golpe, una ráfaga de aire barrió la habitación, haciendo que ella se sobresaltara violentamente; y al mismo tiempo, una estrella salió disparada del cielo, tan cerca que parecía que iba a atravesar los cristales para unirse a sus compañeras brillantes sobre el pecho de la condesa.

¿Qué fue eso? ¿Una ráfaga de viento tan repentina que barrió las habitaciones cerradas, abrió las puertas de par en par y pareció arrojar estrellas desde el cielo? Sin embargo, afuera todo estaba en calma; solo las molduras y vigas de la habitación crujían ligeramente. La superstición popular diría: “¡Se ha anunciado alguna muerte!”. La mujer angustiada pensó en ello con terror secreto. ¿Sería el zumbido del huso del cual una de las Parcas acababa de cortar el hilo de la vida? Si era el hilo de vida de su hijo… si en ese mismo instante… ¡su sangre se congelaba como hielo! Deseaba gritar de miedo, pero nuevamente el sombrío espíritu de la venganza selló sus labios y su corazón. Si así era… que se haga la voluntad de Dios. Entonces, el último vínculo entre ella y Freyer quedaría roto. ¿Qué podía hacer con el hijo de ese hombre? Nada de lo que la ataba a él tenía derecho a existir; si el niño estaba muerto, entonces ella sería libre, ya no habría nada en común entre ellos. Él le había matado el corazón aquel día, y ella estaba matando el último sentimiento que quedaba en él: el amor por su hijo. Todo entre ellos debía terminar, borrarse de la tierra, incluso el niño. ¡Que Dios se lo lleve!

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Toda mujer apasionada que es despreciada siente un vínculo con Medea, cuya espada vengativa hiere al esposo al que no puede alcanzar a través de los hijos, ya sea que su propio corazón también sea herido o no. ¡Mucho mayor que el autocontrol del amor es el del odio, pues este llega hasta la autodestrucción! No teme ningún dolor, no perdona ni a sí misma ni a sus propios seres queridos, mata al objeto de su amor más profundo para causar dolor a otros, aunque sea solo en pensamiento, como en el mundo moderno de la cultura, donde todo lo que antes se expresaba mediante actos de violencia ahora ocurre en el ámbito de la vida mental.

Fue una hora terrible. Desde cada rincón de la habitación, allí donde mirara, los grandes ojos del niño brillaban en la penumbra, suplicándole: “¡Perdona a mi padre y no me alejes de tu corazón!”. Pero fue en vano; su ira era demasiado grande, su corazón era incapaz en ese momento de sentir cualquier otra cosa. Todo había ocurrido como tenía que ocurrir; ella había entrado en un mundo ajeno e inferior, abandonando y despreciando el suyo propio. Por eso, la sociedad a la que pertenecía ahora la exiliaba, mientras que en el mundo que había elegido cosechaba ingratitud y malentendidos.

Ahora, ya demasiado tarde, se vio obligada a darse cuenta de lo que significaba estar atada de por vida a un hombre inculto. “Oh, Dios, mi castigo es justo”, murmuró una voz furiosa en su alma. “En mi rebeldía infantil desprecié todos los beneficios de la cultura que me rodeaba, para crear para mí un ídolo de barro que, animado por mi aliento, me golpeó en la cara y volvió a su estado original. Me he entregado a un hombre al que incluso cualquier campesina le sería más querida. ¿Por qué, oh Dios, me has atraído con tu máscara engañosa hacia el fango? ¿Te sientes cómodo en un entorno tan vil? ¡No puedo seguirte allí! Una religión que está en tan malas relaciones con las mayores bendiciones del hombre, como la cultura y el conocimiento, nunca podrá ser mía. ¿Es divino robar un corazón bajo la máscara de Cristo y luego, como burla, dejar a la persona engañada en la miseria, después de que haya caído en la trampa y esté atada a un esposo mezquino y brutal? ¿Es esto algo divino? ¡No, es diabólico! No me mires con tanta súplica, hermosos ojos de mi hijo; ya ni siquiera creo en ti. Todo lo que hasta ahora me unió a tu padre fue una mentira; tú también eres una falsedad encarnada. No es cierto que la condesa Wildenau haya mezclado su sangre noble con la de un hombre de baja cuna; que haya dado a luz a un bastardo, una criatura miserable que no podría encajar en ningún lugar”.

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¡Salvarse por traición! No… no, no puedo haberme olvidado tanto de mí misma… Es solo un sueño, una fantasía de la imaginación. Cuando despierte, será en la mañana de aquel día de agosto en Ammergau, después de la representación teatral de la Pasión. Entonces seré libre, podré casarme con un hombre noble que sea mi igual y darle herederos legítimos, cuya madre podré ser sin avergonzarme.

¿Qué fue eso? ¿La engañaban sus oídos? El sonido de los cascos de un caballo, que subía la montaña a la velocidad del viento. Se apresuró hacia la ventana. El reloj acababa de dar las dos. Sí… Una figura similar a la de un cazador salvaje se movía como una sombra a través de la noche en dirección al castillo. Ahora dobló la última curva y llegó a la cima; la condesa vio claramente que se trataba de su esposo. ¿Qué noticias traía? ¿Qué había ocurrido a una hora tan tardía?

¿Acaso ese malvado sueño aún no había terminado?

¿Qué nuevo golpe estaba a punto de afectarla?

“Lo que deseabas… ¡nada más!”, dijo el demonio de su vida.

El mensajero detuvo su caballo frente a la terraza. La condesa intentó acercarse a él, pero no pudo moverse del lugar. Se aferró temblando a los barrotes de la ventana, cuya larga sombra negra se extendía muy lejos hacia afuera.

Freyer abrió la puerta. Madeleine oyó cómo el jinete preguntaba: “¿Está aquí la condesa?”

“Sí”, respondió Freyer.

“Tengo un telegrama que debe ser firmado; la respuesta ya está pagada”.

Freyer rompió el sobre. “Lleva el caballo al establo; yo me encargaré de todo”.

Entró y se acercó a la puerta por la cual la niña había ido en ayuda de su madre la última vez que ella estuvo allí, para protegerla de Josefa. La condesa pensó que esa pequeña cabeza volvería a asomarse… Pero no era así.

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Solo Freyer con el despacho. La condesa firmó mecánicamente su nombre en el recibo, como si temiera no poder hacerlo después de leer el mensaje. Luego, con una mano temblorosa, abrió el telegrama, que contenía solo estas palabras:

“Nuestro ángel acaba de morir, con el nombre de su madre en los labios. Por favor, envíe instrucciones para el funeral.

“Josepha.”

Un grito resonó en la habitación como el rompimiento de una cuerda; seguido de un silencio similar al de la muerte. La condesa estaba de rodillas, con el rostro inclinado sobre la mesa, su mano aferrando el telegrama, aplastado ante el Dios cuyo poder sintió por primera vez en su vida, a quien apenas unos momentos antes había blasfemado y desafiado. Él había aceptado sus palabras, y esas palabras la habían condenado. Al niño, el niño fiel que murió con su nombre en los labios, ella había deseado apenas unos minutos antes que ese Dios lo sacara del mundo; podía traicionarlo por culpa de un hermano aristocrático legítimo que nunca había existido. ¿Podía considerar su muerte algo necesario, como medio de liberación? Ahora el niño la había liberado. Sensible y modesto, había quitado la carga de su pobre vida, demasiado pesada para ella, y desaparecido de la tierra donde no encontró lugar; pero su última palabra fue el nombre de todo amor, el nombre “¡madre!”. No preguntó: “¿Has cumplido con tus deberes de madre hacia mí? ¿Me has amado?”. Había amado a su madre con ese dulce amor infantil que no exige nada, solo da.

Y ella, la madre codiciosa, había sido tacaña con su amor, hasta que el niño murió de añoranza. Lo dejó morir sin brindarle la última alegría, sin darle el último beso en sus pequeños labios, sin permitir que la última mirada de sus ojos ansiosos se posara en el rostro de su madre.

La naturaleza ultrajada, durante tanto tiempo negada, ahora gritaba en voz alta, como un animal por sus crías muertas. Pero al menos la bestia ha cumplido con su deber: amamantó a sus crías, las calentó y las protegió con su propio cuerpo, mientras pudo. Pero ella, la criatura más altamente organizada —pues solo los seres humanos son capaces de tal comportamiento antinatural—, sacrificó a su hijo por supuestos intereses superiores, sin prestar atención ni a la advertencia de Josepha ni a la voz de su propio corazón. Ahora

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Sintió compasión por el niño muerto; ahora hubiera querido tomarlo en sus brazos, llamarlo con todos los nombres cariñosos y acunar su pequeña cabeza cansada sobre su pecho. ¡Demasiado tarde! Él había fallecido como un buen genio sonriente al que ella había rechazado… Ahora estaba sola y libre, pero libre como aquel que cae en un abismo porque la cuerda que lo unía al guía se rompe. Mientras él vivía, ella no sabía que tenía un hijo; ahora que él estaba muerto, lo sabía. La alegría maternal no podía enseñarle nada, pues nunca la había experimentado; sí lo hacía el dolor materno, y ella se vio obligada a saborearlo hasta las últimas consecuencias. Aunque se retorcía de agonía, clavando sus uñas en la alfombra como si quisiera sacar al niño del suelo, no encontraba consuelo alguno. Bajando desesperadamente la cabeza, murmuró: “Mi hijo… te has ido y me has dejado con una culpa que nunca podrá ser expiada”.

“Puedes ser mi madre en el Cielo”, le había dicho alguna vez. Eso también se había perdido; ni en el Cielo ni en la tierra tenía derechos de madre, porque había negado a su hijo, no solo ante el mundo, sino también, durante esa última hora, ante sí misma.

Freyer aceptó la situación de manera diferente. Para él no era un castigo, sino una prueba, la consecuencia inevitable de relaciones infelices e innaturales. No podía reprocharse a sí mismo ni dirigir reproches a otros. No era novato en el sufrimiento y contaba con un consuelo poderoso que ella carecía: la percepción de la divinidad del dolor. Eso lo hacía fuerte y tranquilo. Freyer se apoyó en la ventana y miró hacia arriba, hacia las estrellas, que seguían su curso con tanta paz. “Estabas lejos de mí cuando vivías en tierra extranjera, mi hijo… Ahora estás cerca, mi pobre niño. Esta tierra fría no tenía hogar para ti. Pero seguirás vivo para tu padre, y tu espíritu glorificado iluminará mi camino… ese camino oscuro que aún debo seguir”. Las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas. Ningún lamento ruidoso debía profanar su gran y sagrada angustia. Con las manos juntas, luchó en silencio contra ella. Como antaño en la cruz, sus ojos suplicaban a aquellas fuerzas siempre presentes junto al que sufre en el momento del conflicto. Por más insignificante e inexperto que fuera en este mundo, era proporcionalmente elevado y superior en el conocimiento de las cosas del otro mundo.

“Vamos, levántate”, dijo suavemente a la mujer atónita, inclinándose para ayudarla. Ella obedeció, pero fue como dos extraños, en un instante…

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ante una desgracia común, ayúdense mutuamente. Ese día se había roto ese vínculo, y la muerte del niño puso un muro entre ellos.

“Temo que se escuchen tus sollozos abajo. ¿No vas a rezar conmigo?”, dijo Freyer. “Hagamos lo que podamos; estamos en manos de Dios y debemos aceptar lo que Él envía. Ojalá pudieras sentir cómo los santos ayudan a un alma que sufre en silencio. Los gritos fuertes y los lamentos desenfrenados los ahuyentan. Dios no nos castiga para hacernos impacientes, sino pacientes”. Juntó las manos: “Vamos, oremos por nuestro hijo”. Repitió en voz baja las oraciones habituales y familiares para los moribundos; no siempre podemos encontrar palabras para expresar nuestros sentimientos. Una fórmula antigua suele ser de gran ayuda cuando la agitación de nuestras almas no nos permite encontrar las palabras adecuadas, y nuestros pensamientos, arrastrados por la tormenta de los sentimientos, se aferran con gusto a una forma conocida a la que dan nueva vida.

La condesa no comprendió esto. Le molestaba esa retórica banal, que no tenía para ella ningún valor sagrado debido a la costumbre ni a la piedad; despreciaba aquel punto de vista que buscaba consuelo en tales penas mediante “tonterías”. Freyer terminó su oración y permaneció un momento con las manos juntas sobre el pecho. Luego mojó sus dedos en el cuenco de agua bendita que estaba junto al lugar donde antes estuvo la cuna del niño, e hizo la señal de la cruz sobre sí mismo y sobre la mujer que no reaccionaba. Ella se sometió, pero se estremeció como si él le hubiera cortado el rostro con un cuchillo y destruido su belleza. Eso le recordó la hora en Ammergau, cuando él hizo la señal de la cruz sobre ella por primera vez; entonces sintió que ese símbolo la incluía en un misterioso ejército de sufrientes, y allí comenzó su miseria.

“Ahora debemos decidir dónde enterrar al niño”, dijo Freyer. “Creo que deberíamos traerlo aquí, para seguir teniendo la tumba de nuestro ángel”.

“Como tú quieras”, dijo ella en un tono agotado, secándose las lágrimas. “Será mejor que vayas tú mismo a ocuparte de todo. Así podrás traer el… cuerpo”. Esa palabra volvió a hacerla perder la compostura. Vio al niño en su ataúd, junto a Josefa, la fiel criada que lo había cuidado, y una envidia insoportable se apoderó de ella hacia aquella mujer a quien había cedido tan indiferentemente todos sus derechos. El niño…

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Siempre tan dispuesta a prodigar su amor, yacía fría e inmóvil; ella daría su vida si pudiera revivir, rodear con sus pequeños brazos su cuello y decir: “Mi querida madre”. “Perla del Cielo… Te he rechazado por ridículos adornos, y ahora, cuando los ángeles te han llevado de nuevo, reconozco tu valor”. Arrancó las joyas de su pecho. “Toma, toma estas brillantes estrellas de mi vida frívola y ponlas en su ataúd… Nunca más quiero verlas; que sus rayos se extingan en la tumba de mi hijo”.

“¡El sacrificio llega demasiado tarde!”, dijo Freyer, apartando las piedras. No quería ser duro, pero no podía mentir. ¿Qué valían unos pocos diamantes arrojados en un momento de impulso para la Condesa Wildenau? ¿Acaso intentaba comprar con ellos el perdón por su culpa hacia su hijo fallecido? El corazón dolorido del padre no podía aceptar ese pago. ¿O estaba destinado a ser símbolo de un sacrificio aún mayor: el sacrificio de su vida anterior? Entonces era demasiado tarde, demasiado tarde tanto para los muertos como para los vivos; no servía de nada para los primeros, y los segundos ya no creían en ello.

Ella lo había comprendido, así como la terrible acusación que él, sin querer, había lanzado contra ella. De pie frente a él, como ante un juez, sintió que Dios estaba con él en ese momento… Pero ella estaba abandonada, su ángel la había dejado; no había piedad para ella ni en el cielo ni en la tierra… ¡Salvo por una persona! Ese pensamiento iluminó la oscuridad de su desgracia. Solo había una persona que podría aliviar sus heridas, alguien con suficiente compasión y amor para levantarle la cabeza, perdonar a la culpable: su noble y generoso amigo, el Príncipe. Correría hacia él en busca de refugio contra ese espíritu sombrío que la perseguía desde que imaginó en Ammergau al cruel Dios que exigía cosas imposibles y castigaba de forma tan terrible.

“Por favor, ordene el carruaje… Debo irme de aquí o moriré”.

Freyer miró el reloj. “Ya ha pasado la media hora que Martin solicitó; llegará enseguida”.

“¿Solo es media hora? ¡Oh, Dios! ¿Es posible? Tanta miseria en solo media hora… Parece una eternidad desde que llegaron las noticias”.

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“¡Podemos sentir más dolor en un instante que placer en mil años!”, respondió Freyer. “Probablemente sea porque una Providencia justa asigna a cada uno una medida igual de alegría y dolor… pero el dolor debe ser experimentado en esta breve existencia, mientras que tenemos toda la eternidad para la alegría. ¡Ay de aquel que hace lo contrario: guarda el dolor para la eternidad y desperdicia la alegría en este mundo! Es como las vírgenes necias que quemaron su aceite antes de la llegada del ‘esposo’”.

La condesa asintió. Comprendía el profundo significado de las palabras de Freyer.

“Pero nosotros, el pueblo, decimos que ‘a quien Dios ama, Él lo castiga’”, continuó él. “Y yo interpreto eso como que obliga a aquellos a quienes desea salvar a soportar su parte aquí abajo, para que la alegría les quede reservada en el Cielo. A tales almas favorecidas envía un ángel con la copa de amargura; dondequiera que huya o se esconda, él la encuentra. Cada vez más cerca vuela el ángel a lomos de sus alas oscuras, hasta que ella, agotada y desfalleciente de sed como el Salvador en la Cruz, bebe esa bebida amarga como si fuera el refresco más delicioso”.

La condesa lo miró con admiración tímida. Para ella, él parecía el sombrío mensajero del cual hablaba; creyó poder oír el roce de sus alas mientras se acercaba cada vez más, hasta que ya no hubo posibilidad de escapar. Como un animal perseguido, intentó huir, buscando salvación a cualquier precio. Gracias a Dios, el carruaje… Martin estaba llegando. Con voz fría, murmuró al padre que iba a llevar a casa el cuerpo de su hijo fallecido: “Adiós. Espero que encuentre consuelo y fuerzas para este triste viaje”. Luego entró en el carruaje.

Freyer envolvió cuidadosamente con la capa de piel el delicado cuerpo de su esposa, pero no salió otra palabra de sus labios. Lo que dijo después a su Dios, cuando regresó a la casa desierta, tendría que responderlo la condesa Wildenau algún día en el futuro.

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CAPÍTULO XXIII.
NOLI ME TANGERE

“Te atraje con un juego, pues eras una niña, y a los niños se les enseña a través de juegos. Pero cuando un método de instrucción se agota, se descarta y se sustituye por uno más elevado, para que el niño pueda madurar.” Así habló la voz del Maestro Celestial a la condesa, mientras ella, sumida en su dolor, avanzaba por la penumbra de una mañana invernal. Casi se preguntaba, al mirar hacia el amanecer gris, si el sol no estaría cansado de seguir su curso. Sí, la voz misteriosa decía la verdad: el juego había terminado, ese método de instrucción se había agotado, pero ella aún no se sentía preparada para uno más severo y temblaba al pensar en ello.

En lugar del divino instructor del jardín de infancia, llegó el sombrío maestro muerte, obligando a la alumna rebelde a prestar atención con el primer golpe despiadado sobre su propia carne y sangre. Estaba amaneciendo, tanto en la naturaleza como en su alma, pero el sol brillaba sobre un manto de oscuridad, tanto afuera como adentro; un mundo muerto bajo el abrazo del invierno. ¿Dónde estaba aquel día en que el amor redentor, del cual esperaba, aparecería en el jardín de primavera? Ay de todos los que creían en la primavera. Su mejor regalo era la luz fría del invierno sobre tumbas cubiertas de nieve.

El cadáver de su sueño de primavera yacía en las orillas risueñas de la Riviera.

El Dios que ella buscaba era muy diferente de aquel a quien pretendía expulsar de su corazón. El nuevo maestro tomó su mano con dedos huesudos y la obligó a mirar de cerca al Dios que ella misma había creado, y a quien ahora acusaba de haberla engañado. “¿Qué clase de Dios sería esta criatura de tu imaginación?”, resonó en sus oídos con burla despiadada. Sí, ella había creído que Era Júpiter, el dios que amaba a las mujeres mortales; solo que, con el paso de los siglos, había cambiado de nombre y ahora aparecía como Cristo. Pero ahora se veía obligada a aprender que Él no era fruto de la fantasía sensual de las naciones, sino todo lo contrario a lo natural.

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Tendencia y deseo: un Dios verdadero, no una creación de la humanidad. De no ser así, los hombres habrían inventado uno más complaciente. ¿No debe tratarse de un poder divino que, en oposición a todas las pasiones humanas y terrenales, sin esplendor ni poder, con los medios más insignificantes, ha establecido un imperio en todo el mundo? Sí, ella reconoció con reverente asombro que se trataba de un Dios; aunque distinto al que ella buscaba, Cristo no era Júpiter, y Freyer no era Cristo. Este último no puede ser abrazado, no cede a los anhelos terrenales, por más fervientemente devoto que sea. Como Espíritu, Él desaparece, incluso cuando Se revela en forma material, y quienquiera que piense en agarrarlo solo sostiene esa pobre muñeca que Él dio como apoyo momentáneo para la mente infantil, que busca únicamente lo tangible.

A María Magdalena se le permitió servirle y ungirle cuando Él caminaba sobre la tierra en forma humana, pero cuando intentó abrazar al Señor resucitado, resonaron en sus oídos las palabras “noli me tangere”, y Dios se retiró del contacto mortal. Sin embargo, en María Magdalena, el amor encendido por el Maestro visible fue lo suficientemente fuerte como para persistir en el Amor invisible; ya no Lo buscaba entre los vivos, sino que se retiró a la soledad y vivió por el Cristo desaparecido. Pero la condesa no había llegado tan lejos. ¿Qué “Dios de Amor” era este, que imponía condiciones que hacían congelar la sangre caliente, que mataban los latidos vitales? ¿Qué posesión era esta, que solo podía obtenerse mediante la renuncia, qué alegría que solo podía alcanzarse a través de la mortificación? Su naturaleza apasionada no podía comprender esta contradicción. Anhelaba abrazar Sus rodillas y limpiar Sus pies con su cabello, al menos eso, nada más, solo eso… ¡Estaría modesta! Pero ni siquiera eso se le permitió.

Este fue el gran impulso del materialismo religioso, en el cual la divinidad y la humanidad se encontraban; el elemento magdalénico en la historia de la conversión de la humanidad, que atraía almas como la de Madeleine von Wildenau, haciéndoles sentir por un instante la felicidad de la presencia inmediata de Dios, y luego los dejaba decepcionados y solos hasta que percibían que en ese único instante les habían crecido alas, lo suficientemente fuertes como para llevarlos al Cielo, si aprendían a usarlas.

Así, temblando y abandonada, el corazón de la moderna Magdalena yacía en la tierra cuando resonaron en sus oídos las primeras palabras “noli me tangere”. Ella nunca…

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Sabía que había cosas que no se podían tener, y ahora que quería un Dios y no podía obtenerlo, murmuraba como un niño que anhela en vano las estrellas hasta alcanzar una conciencia más elevada de la posesión, distinta de la mera posesión personal; esa sensación que, en la tranquila contemplación del firmamento estrellado, nos llena de una orgullosa conciencia: “¡Esto es tuyo!”.

Todo es nuestro… y nada, según nuestra forma de verlo. Expandir nuestro pecho con sus pensamientos poderosos, fundirnos en él y deleitarnos en el danza vertiginosa de los átomos: en ese sentido, el universo es nuestro. Pero no podemos absorberlo ni contenerlo; de esa manera no nos pertenece. Lo mismo ocurre con Dios. La grandeza no puede entrar en lo pequeño: lo pequeño debe ser absorbido por lo grande; pero su poder de posesión radica precisamente en el hecho de que puede hacerlo sin perder su propia naturaleza. ¿Hasta cuándo durará esto, y qué costará, antes de que el niño impaciente alcance la paz de esta realización?

En el tenue resplandor del amanecer, la condesa pasó junto a una pequeña iglesia en los suburbios de Múnich. Era la hora de la misa matutina. Unas pocas ancianas somnolientas y temblorosas, bien abrigadas, avanzaban penosamente sobre la nieve, calzadas con grandes zapatos de fieltro, hacia la puerta abierta. Un débil rayo de luz salía de adentro; no había sonidos de órgano ni adornos festivos que atrajeran a los fieles, pues era una “misa baja”. Afuera hacía frío y estaba oscuro; adentro no había cantos. Sin embargo, la condesa detuvo de repente el carruaje.

“Voy a entrar en la iglesia un momento”, dijo, avanzando con pasos inseguros, ya que estaba agotada tanto física como mentalmente. Las ancianas la miraron con malicia, como si preguntaran: “¿Qué quieres entre estas pobres y feas viejas que se levantan tan temprano para ir a ver a su Salvador, porque luego deben ocuparse de sus hogares y no pueden ausentarse? ¿Qué te trae aquí para compartir con nosotras el amargo pan de la pobreza, el pan de los pobres de espíritu, con el cual nuestro Salvador alimentó a cinco mil personas y seguirá alimentando a miles y decenas de miles más desde la eternidad hasta la eternidad? ¿De qué te sirven las migajas que se esparcen aquí para unos pocos mendigos?”

Se sintió avergonzada mientras caminaba, con su larga cola de terciopelo y su costoso abrigo de piel, pasando junto a aquellas figuras encogidas, que olían a camas de paja húmeda y a habitaciones donde dormían profundamente; leyó esas preguntas en sus rostros.

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Rostros arrugados que asomaban bajo capuchas y gorros de lana, como si ella, la mujer rica, hubiera venido a quitar algo a los pobres. Se había dirigido hacia los bancos vacíos del frente, cerca del altar, donde la gente humilde y tímida no se atreve a sentarse; pero —no sabía por qué—, cuando estaba a punto de arrodillarse allí, de repente sintió que no podía impedir que la gente de atrás viera cualquier parte del altar, privarlos de algo a lo que ella no tenía derecho. Así que se dio la vuelta y regresó al último asiento. Allí, detrás de un anciano tembloroso vestido con una blusa de lana raída, que apenas podía doblar sus rodillas rígidas y que estaba sentado tosiendo y jadeando, y de una mujer tuberculosa que pasaba las cuentas de su rosario entre dedos delgados y torcidos, se arrodilló. Ahora se sentía más tranquila: sentía que no tenía derechos allí, que era la más humilde de los humildes.

La iglesia seguía oscura; aún no se había encendido la luz. El sacristán estaba obligado a ahorrar velas; todos lo sabían. El tenue rayo de luz que entraba por la puerta provenía de las velas que la congregación llevaba consigo y que colocaba frente a los escritorios de oración para leer sus libros de oraciones. La primera persona tuvo que usar un fósforo; las demás encendieron sus velas con la suya y se alegraron de poder ahorrar los fósforos. Era un acuerdo tácito, del cual todos eran conscientes. Aquí y allá brillaba una pequeña luz; de vez en cuando se oía el leve chasquido de un fósforo en algún rincón oscuro, y justo después una columna o la imagen de algún santo emergía de las sombras fluctuantes, ora más tenues, ora más nítidas, según la luz parpadeaba arriba y abajo, hasta que finalmente se iluminaba claramente. Entonces la nave se iluminaba y el aliento de la congregación ascendía por la fría iglesia, sobre las pequeñas llamas, como nubes de incienso. Solo el altar mayor permanecía envuelto en oscuridad. La luz de una vela de cera en el banco de enfrente brillaba intensamente en los ojos de la condesa. La mujer con el pañuelo de tres puntas, con sienes hundidas y manos huesudas, miró hacia atrás y la observó con tristeza, casi con reproche, a ella y a su rico abrigo de piel. Madeleine von Wildenau se avergonzaba de su belleza, se avergonzaba de llevar pieles mientras la mujer que tenía delante apenas cubría sus hombros. Se sentía agobiada; casi quería disculparse. Si también fuera pobre, no tendría motivos para avergonzarse. Con delicadeza sacó su bolso y dejó su contenido en la mano de la mujer. Esta retrocedió, sorprendida; no podía creer, no entendía que realmente debía aceptarlo, que la dama hablaba en serio.

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“¡Que Dios te recompense! ¡Rezaré por ti mil veces!”, susurró ella. Una emoción grande e indescriptible llenó el alma de la condesa al encontrarse con la mirada agradecida de la pobre mujer. Luego, la anciana arrodillada empujó a su vecino, el anciano que tosía y tartamudeaba, y le puso una moneda de oro en la mano.

“¡Aquí tienes algo para ti! Tú también eres pobre y necesitado”.

El anciano miró a la mujer, que era una desconocida, como si fuera una aparición de otro mundo. “¿Qué es esto?”, murmuró con dificultad.

“La dama de atrás me lo dio”, dijo la mujer, señalando hacia atrás con el pulgar.

El anciano asintió hacia la dama, en la medida en que se lo permitía su cuello rígido. La mujer no se dio cuenta de que él debería haberle dado las gracias, ya que el dinero le había sido dado a ella y ella lo había compartido voluntariamente con él.

La condesa Wildenau experimentó una extraña sensación de satisfacción, como si ahora, por primera vez, tuviera derecho a estar allí, y con ese regalo hubiera adquirido su parte del “pan de la pobreza”.

Por fin hubo movimiento cerca del altar mayor. Un acólito somnoliento entró, hizo su reverencia ante él y encendió una vela; pero esta no se encendió, porque no esperó a que la cera, endurecida por el frío, se derritiera. Mientras intentaba encender la segunda vela, la primera se apagó y tuvo que empezar de nuevo. La vela tembló de un lado a otro durante mucho tiempo en las manos entumecidas del muchacho, pero finalmente el altar quedó iluminado. El muchacho volvió a inclinarse y bajó los escalones de piedra hacia la sacristía. Era prosa ordinaria, pero los devotos fieles no se dieron cuenta. Todos conocían el maravilloso hechizo del fuego con el cual la Iglesia católica consagra las velas y les da el poder de dispersar a los príncipes de la oscuridad. Se regocijaban con los rayos victoriosos de luz, gracias a los cuales los espíritus malignos huyeron. Vieron cómo sus sombras se movían rápidamente por toda la iglesia, y cómo el muchacho somnoliento que había realizado el milagro con su encendedor desaparecía. La luz brilla, sin importar quién la encienda. Las pobres almas oscuras, iluminadas por ningún rayo de esperanza terrenal, absorbían ansiosamente esos rayos reconfortantes.

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Las velas consagradas ardían, y los fantasmas de la preocupación, la discordia, la envidia y todos los demás demonios de la pobreza quedaron hechizados. Entonces entró el sacerdote, vestido con sus ropas blancas, acompañado por dos ayudantes.

Una calma mortal reinaba en toda la iglesia. En un susurro bajo, casi inaudible, leyó el texto en latín, que nadie comprendía, pero cuyo significado todos conocían, incluso la condesa.

Todo lo que impulsa la actividad independiente del alma produce más efecto que aquello que se recibe de forma completa. Durante aquel murmullo incomprensible, la condesa tuvo tiempo de recordar todo ese dramático acontecimiento de manera más vívida y detallada de lo que cualquier ensayo teológico podría describir. Volvió a experimentar todos los horrores de la Pasión, tal como lo había hecho en la representación teatral de la Pasión; solo que esta vez de forma invisible, en lugar de visible, espiritualmente en lugar de materialmente: “Noli me tangere”.

El sacerdote se inclinó y besó el altar; eso significaba el beso de Judas. “¿Puedes besar esos labios sin caer de rodillas en adoración?”, gritó una voz en el corazón de la condesa, tal como lo había hecho nueve años antes. Una ansia indescriptible se apoderó de ella por ese contacto divino que había correspondido al traidor… Pero “Noli me tangere” resonaba en los oídos de la arrepentida Magdalena. Frente a ella había un altar y un sacerdote, no Cristo ni Judas. El beso que envidiaba estaba impreso sobre lino blanco, no en los labios del Salvador. Se llevó las manos al corazón y unas lágrimas amargas brotaron de entre sus pestañas caídas. Era como la princesa ciega del maravilloso poema de Henrik Hertz: cuando recuperó de repente la vista, ya no se reconocía entre los objetos que antes solo podía identificar por el tacto, y creyó haber perdido todo lo que le era querido y familiar… porque había adquirido un nuevo sentido del cual no sabía cómo hacer uso, uno más elevado que el de sus dedos que tanteaban a ciegas. Entonces, en su miedo, se volvió hacia el mundo invisible y solo lo reconoció a él; él era el único que no había cambiado con los fenómenos externos, porque, al igual que los ciegos y aquellos que veían, solo se revelaba a la mente. Lo mismo ocurrió con la condesa. El mundo que podía tocar con sus dedos había desaparecido, y ante su sentido recién despertado se extendía un espacio ilimitado lleno de formas extrañas, todas ellas tan inalcanzablemente lejanas. Solo una cosa permanecía igual: el Dios a quien ella había…

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Nunca lo había visto. Y ahora, cuando todo lo que antes era familiar y cercano se transformó y quedó a una distancia inmensa, cuando todo apareció bajo un aspecto completamente diferente, fue a Él a quien su corazón, acostumbrado a la ceguera, buscó y encontró el camino.

El sacerdote estaba completamente absorto en su libro de oraciones. Lo que él veía, los demás lo sentían con un asombro misterioso. Era como mirar a través de un telescopio hacia un mundo extraño, mientras aquellos a quienes no se les permitía hacerlo se quedaban a un lado e imaginaban lo que veía el primero.

Sursum corda descendió lentamente de los labios del sacerdote. La campana sonó: “¡Cristo está presente!”. La congregación, como deslumbrada, bajó el rostro y se persignó ante el milagro que el propio Cielo se dignaba a enviar a sus seres indignos. De nuevo sonó la campana, señalando la transformación, y siguió un silencio perfecto, mientras se obraba el milagro por el cual Dios entró en las bocas de los mortales para ser el pan de vida para la humanidad.

Ese era el pan de los pobres y de los de corazón sencillo; las migajas de ese pan eran las que la condesa Wildenau había robado ese día y estaba comiendo, lleno de vergüenza secreta.

La misa terminó, el sacerdote pronunció la bendición y se retiró al sagrario. La gente apagó sus velas de cera; nubes de humo luminoso llenaron la iglesia. Era como víspera de Navidad, después de que los niños se han ido a dormir y las velas del árbol están apagadas… pero sus corazones siguen llenos de alegría navideña. La condesa no sabía por qué le vino ese pensamiento a la mente, pero de repente recordó que la Navidad estaba cerca y ya no tenía ningún hijo a quien poder regalarle algo. Es cierto que ella misma nunca lo había hecho, sino que siempre dejaba que Josepha se encargara de eso. Pero este año pensó que lo haría ella misma; ahora ya era demasiado tarde. De repente vio los ojos de un niño que miraban felizmente hacia un árbol iluminado, y debajo de él, un pesebre, con esos mismos ojos brillándole de vuelta. Todo el mundo, cielo y tierra, resplandecía con los ojos radiantes de los niños; pero los más hermosos de todos —los de su propio hijo— estaban cerrados. No había ni una mirada agradecida dirigida a ella en medio de tanta alegría; para ella no existía la Navidad, porque era el día de la madre, y ella no era madre. “Niño del pesebre, inclínate hacia el pecador que llora por el amor descuidado a Tus pies”. Se dejó caer en el banco de rodillas y sollozó amargamente. Estaba oscuro y en silencio.

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Cuando la congregación se fue, las velas del altar fueron apagadas lo más rápido posible; la lámpara que siempre ardía proyectaba rayos rojizos sobre el altar. El amanecer se filtraba a través de los cristales cubiertos de escarcha. Todo estaba en silencio; solo a lo lejos se oía el canto de los gallos. De nuevo recordó aquella tarde en que su padre vino y ella se arrodilló con Freyer en la iglesia, frente a la Piedad, hasta que el canto del gallo le recordó cuán fácil era traicionar el amor y la fidelidad. Levantándose con cansancio de sus rodillas, se arrastró hasta una representación de la Piedad situada sobre un altar lateral y presionó sus labios contra las heridas del cuerpo divino. Miró para ver si aquellos ojos se abrirían una vez más, pero permanecieron rígidos e inertes; esta vez no hubo respuesta al mudo ruego de sus labios cálidos. No se produjo otro milagro para ella; la mano que la guiaba se había retirado, y, como la mortal más pobre y humilde, se vio obligada a avanzar con esfuerzo por el árido camino de la tradición. Era justo; no merecía nada mejor. El gran descubrimiento que hizo ese día fue que ese camino también conducía a Dios.

Mientras estaba así, absorta en su contemplación, una voz la sobresaltó de repente, tanto que casi se desmayó: “¿Qué significa esto, condesa? Aquí, en la misa matutina, vestida con ropa de corte… ¿Va a escribir novelas o a vivirlas? Ya le he hecho esa pregunta muchas veces, pero nunca con tanta razón como ahora”. El príncipe Emil estaba frente a ella. Casi gritó de alegría. “¡Príncipe… mi querido príncipe!”

“Lamentablemente, ya no soy príncipe, sino duque de Metten-Barnheim. En ese papel me encuentro de nuevo a sus pies, pidiendo que continúe mostrándome su favor”, dijo el príncipe con un toque de humor. La ayudó a levantarse de sus rodillas y la condujo por el pequeño pasillo de la iglesia. “Mi padre”, continuó, “se siente tan bien en Cannes que quiere pasar allí sus últimos años en paz. Me ha llamado por telégrafo para que firme los documentos de abdicación y asuma la carga del gobierno sobre mis jóvenes hombros. Acabo de llegar de la estación y, al pasar, vi su carruaje esperando frente a este pobre templo. Me detuve y, con dificultad, logré obtener del cochero, medio congelado, información sobre el lugar donde su amante buscaba consuelo tras el aburrimiento de una fiesta cortesana. ¡Un episodio romántico, en verdad! Una mujer hermosa, vestida con ropa de corte, llorando y haciendo penitencia a las seis de la mañana, entre mendigos y inválidos, en una pequeña iglesia en las afueras. Un cochero maldiciendo y dos caballos rígidos de frío esperando…”

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Afuera, y por último, un caballero fiel, que llega justo a tiempo para evitar un suicidio moral y salvar a un par de caballos valiosos… ¿Qué más se puede desear en nuestros tiempos en cuanto a romanticismo?

“Príncipe… perdóneme, duque; su burla me duele.”

“Sí, supongo que sí. Estás demasiado cansada como para entender el humor. Ven, te llevaré al carruaje. Apóyate en mí; estás enferma, querida Madeleine. No puedes seguir así. ¿Vas a tomar agua bendita, en la cual Dios sabe quién ha mojado sus dedos? Bueno, para los puros todo es puro. Afortunadamente, ese líquido dudoso está congelado.”

Mientras hablaba de este modo, la llevó al aire libre. Un viento matutino fuerte proveniente de las montañas soplaba por las calles y azotaba el rostro bañado en lágrimas de la condesa. Ella ocultó involuntariamente su rostro en el pecho del duque. Este rodeó suavemente sus hombros con su brazo y la ayudó a subir al carruaje. Su propio cochero esperaba cerca, pero el duque la miró suplicante. “¿Puedo ir con usted? No puedo dejarla en este estado.”

La condesa asintió. Él hizo una señal a su sirviente para que condujera de regreso a casa y entró en el carruaje de Wildenau. “Primero que nada, Madeleine”, dijo, calentando sus manos frías entre las suyas, “dime: ¿Ya eres santa… o deseas convertirte en una? ¿De dónde proviene este último capricho de mi querida amiga?”

“No soy santa, duque… ni ahora, ni nunca. Solo tengo un corazón profundamente humilde y arrepentido, que anhela huir de este mundo.”

“Pero, ¿acaso este mundo es tan poco encantador que uno quiera probar el cielo, cuando hay personas en quienes se puede confiar en cualquier circunstancia?”

“Sí”, respondió la condesa con amargura. Pero la dulzura del verdadero calor emocional, revelado a través del humor de su amigo, iba reviviendo y fortaleciendo su mente y su corazón. En su compañía parecía que no existían dolor ni tristeza en el mundo; como si todos los espíritus sombríos tuvieran que huir de su calma imperturbable. Su aparente frialdad tenía el efecto del champán frappé: frío al beberse, pero que calienta todo el cuerpo.

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“Oh, gracias al cielo, que estás aquí… Te he echado mucho de menos”, dijo desde lo más profundo de su alma. “Oh, mi amiga, ¿qué se puede hacer? ¡Estoy desamparada sin ti!”

“Mejor para mí, si soy indispensable para ti… Sabes que ese es el objetivo de mis deseos. Pero, querida amiga, tú sufres y no puedo ayudarte porque no conozco la dificultad. ¿De qué sirve un médico que solo cura los síntomas y no la enfermedad? Simplemente te afanas por tu propia cuenta, y todos saben que eso es lo peor que puede hacer una persona enferma. Los tuberculosos recurren a tratamientos basados en el hambre; los anémicos, a sangrías. Tú, querida Madeleine, creo que haces lo mismo: mortificaciones, cuando tu fuerza vital está disminuyendo… Una especie de ‘sangría moral’, mientras el corazón necesita alimento y calor. ¿Qué clase de tratamiento es pasar toda la noche en iglesias frías, con la temperatura por debajo de cero, temprano en la mañana? Te aconsejaría que escribieras un libro sobre la fisiología de los nervios. Eres como el hombre del cuento de hadas que quería aprender a temblar”. Una sonrisa involuntaria apareció en los labios de la condesa.

“Duque, tu sentido del humor comienza a ganar terreno. Sin duda tienes razón en muchas cosas, pero no conoces el estado de mi ánimo. Mi vida está destruida; la felicidad, el honor… todo se ha perdido”.

“Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado para abrumarte tanto?”, preguntó el duque, aún de buen humor.

Ella no pudo contarle la verdad y pidió excusas con algún incidente ocurrido en la corte. Luego, en pocas palabras, le habló del disgusto de la reina, de la maldad de sus enemigos y de su situación precaria.

“¿Y lo tomas de forma tan trágica?”, rió el príncipe en voz alta. “Perdóname, querida amiga… Pero uno no puede evitar reírse. Una mujer como tú, desesperándose solo porque unos viejos aduladores de la corte la miran con desdén, y la reina no la comprende… Dadas vuestras personalidades, era exactamente lo que se podía esperar. Es demasiado cómico. Es completamente mi culpa… Debería haberlo previsto… Pero esperaba que mostraras más astucia y diplomacia femenina. El hecho de que hayas rechazado utilizar esos métodos insignificantes que permiten ser ‘persona grata’ en la corte es un honor para ti. Y si algunos presumidos se atreven a tratarte con insolencia, recibirán su merecido”.

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Una lección que les enseñará que tu honor es mío. ¡No, debería divertirte fingir la muerte por un rato y ver cómo todos los ratones saldrán y bailarán a tu alrededor para dispersarse de nuevo cuando la leona despierte! ¿Hablas de felicidad destruida y de raíces a las que se aplica el hacha? Oh, mujeres… ¡mujeres! Pueden desesperarse por un juguete. Porque esta posición en la corte nunca podría ser más que un juguete para ti.

“Pero retirarse así, llenos de vergüenza y deshonra… ¿lo soportarías si te ocurriera a ti? ¿Acaso una mujer no debería ser tan sensible con respecto a su honor como un hombre?”

“No creo que tu honor sufra, porque las restricciones de la vida cortesana no te convienen. ¿O será porque no comprendes a la reina? Claro, las personas no siempre son comprensivas y se evitan sin ningún arrepentimiento; ¿acaso eso se vuelve tan decisivo solo porque una de ustedes lleva una corona? En ese caso, te ruego que recuerdes que también hay una corona sobre tu cabeza, una corona lista para descender en cualquier momento en que esa cabeza esté dispuesta a recibirla, y entonces podrás dirigirte a Su Majestad llamándola ‘querida prima’. Tú, una princesa von Prankenberg, una condesa Wildenau, huyes como un niño regañado ante una mirada desagradable de la reina y su corte hacia un rincón de la iglesia”. Sacudió la cabeza. “Debe haber algo más. ¿Qué es? Nunca lo sabré, pero no puedes engañarme”.

La condesa estaba muy desconcertada. Intentó encontrar otro pretexto plausible para explicar su estado de ánimo, y, como todas las personas a quienes el engaño no es natural, dijo exactamente lo que la delataba: “Estoy preocupada por los Wildenau… Solo esperan el momento en que puedan perjudicarme sin castigo, y si la reina retira su favor, ya no necesitarán mostrarme más consideración”.

El duque frunció el ceño. “Ah…”, dijo lentamente, en voz baja: “¿Qué temes de los Wildenau? ¿Cómo pueden perjudicarte?”

La condesa, sorprendida, guardó silencio. Se dio cuenta de que se había delatado.

“Madeleine”, dijo él con calma y firmeza, “ahora todo debe quedar claro entre nosotros. ¿Qué relación había entre…”

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¿Wildenau y ese chico misterioso? Debo saberlo, porque veo que ese es el lugar de donde proviene el peligro que temes y que te amenaza. Debo saber cómo evitarlo… Acabas de oír que tu honor ahora me pertenece. Había un matiz de severidad en su tono, la severidad de una determinación de poner a esta mujer débil y vacilante bajo su protección.

“El niño…”, balbuceó ella, temblando de pies a cabeza. “Ah, no… Ya no hay nada que temer de él… ¡Está muerto!”

“¿Muerto?”, preguntó el duque con suavidad. “¿Desde cuándo?”

“¡Desde ayer!”. La orgullosa condesa, sollozando sin control, se dejó caer sobre su pecho.

Siguió un largo silencio.

El duque pasó su brazo alrededor de ella y la dejó llorar a gusto. “Mi pobre Madeleine… Lo entiendo todo”. Una emoción indescriptible llenó los corazones de ambos. No se intercambió ni una palabra más.

La carroza llegó a la entrada del palacio de Wildenau. Sus pequeñas manos frías se aferraron a las de él suplicantes.

“¡No me abandones!”, susurró rápidamente.

“¡Menos que nunca!”, respondió él con gravedad y firmeza.

“Su Alteza está enferma”, dijo a los sirvientes que salieron apresuradamente para ayudar a la mujer tambaleante a subir los escalones. Ella entró en el boudoir, donde el propio duque le quitó el abrigo. Era una escena extraña: esa figura orgullosa, vestida con un traje de noche completo y adornada con joyas, bajo la luz del amanecer… como algún hermoso espíritu de la noche, abandonado por sus compañeros, que huyeron ante los primeros rayos del sol; ahora estaba allí, aterrorizada, intentando en vano ocultarse en la oscuridad. “Pobre espíritu errante… ¿Dónde está el hogar que buscan tus ojos llorosos?”, dijo el príncipe, abrumado por la compasión al ver su rostro marcado por el dolor. “Sí, Madeleine… Eres demasiado hermosa para la luz intensa del día. Esas visiones son adecuadas para el velo de la noche… para el brillo mágico de las salas de recepción. De día, uno tiene la sensación de que la noche ha perdido a un elfo”.

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“Quien, al amanecer, había perdido sus alas, se vio obligada a quedarse entre los mortales comunes”. Arrastrado por un arrebato de sentimientos, él se acercó a ella con los brazos abiertos. Un extraño conflicto emocional hervía en su pecho. Ella lo había anhelado, al igual que la cultura que había despreciado; sentía que no podía vivir sin él, que sin él no podía exorcizar a los espíritus que había invocado para destruirla. Su oído escuchaba con deleite las palabras de amor expresadas en un lenguaje culto, pero cuando él intentó acercarse a ella, parecía como si aquello inalcanzable que había gritado “¡Noli me tangere!” hubiera establecido su trono en su propio corazón desde que se arrodilló entre los mendigos esa misma mañana. Ahora, contra su voluntad, sus labios pronunciaban aquel “Noli me tangere” dirigido a otro.

Y, sin palabras, el duque lo comprendió, respetó su silenciosa negativa y retrocedió con reverencia.

“¿No desea cambiarse de ropa? Está completamente agotada. Si le sirve de consuelo que me quede, esperaré hasta que recupere fuerzas. Luego pediré permiso para desayunar con usted”, dijo con su habitual calma.

“Sí, gracias”, respondió ella, con un doble sentido, y salió de la habitación con una dignidad mayor de la que el duque había visto jamás, como si tuviera un compañero invisible del cual se sintiera orgullosa.

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CAPÍTULO XXIV.
Intentos de rescate

La condesa permaneció ausente durante mucho tiempo, mientras el duque se sentaba junto a la ventana del boudoir, contemplando la fría mañana invernal, pero sin ver lo que ocurría afuera. Frente a él yacía una felicidad destrozada, un destino arruinado. La felicidad era suya, el destino, de ella. “¡Seguramente no hay nada más débil que una mujer… incluso la más fuerte!”, pensó, sacudiendo tristemente la cabeza. ¿No deberíamos castigar a esta impostora de Cristo, que utilizó su máscara para infiltrarse en la fortaleza de nuestro círculo y robar lo que no le pertenecía? Vaya, ¿cómo podía ese pobre hombre evitarlo si una mujer excéntrica, por aburrimiento…? Ah, no, ¡no deberíamos pensar en eso! Pero… ¿qué se debe hacer ahora? ¿Debo sacrificar a esta criatura magnífica por un prejuicio insípido, solo porque ella se sacrificó a sí misma y a todo lo demás por una ilusión infantil? ¿Dónde está el hombre lo suficientemente puro como para condenarte, cuando tú das todo, generosamente, y en tu orgullosa abnegación arrojas lo que otros valorarían con coronas reales en los brazos de un mendigo que no puede ofrecerte nada a cambio, ni siquiera reconocimiento de tu valor… algo que él es demasiado inculto como para percibir?

“¡Ay! Una mujer así… arrojada a un hombre así. ¿Y acaso no debo salvarla? ¿Debo abandonarla débilmente… yo, la única persona capaz de perdonar, porque soy la única que la comprende? ¡No! Sería contra toda lógica del destino y de la razón permitir que una vida así sea destruida por esta farsa religiosa. ¿De qué sirve mi cerebro frío si pierdo la compostura ahora? ¡Allons donc! Desafiaré al destino y a todos los prejuicios, la abrazaré y destruiré esta farsa divina”.

Ese era el curso de los pensamientos del duque. Pero su rostro pálido y su expresión sin alegría revelaban lo que él mismo se negaba a admitir: que su felicidad estaba destrozada. Recogió los fragmentos e intentó unirlos… pero con la tristeza secreta que sentimos al llevar de vuelta a casa a un ser querido al que no pudimos impedir que siguiera un camino peligroso, sabiendo que…

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Aunque las extremidades rotas puedan sanar, él nunca podrá recuperar su fuerza anterior.

“¿Tan grave, duque?”, preguntó una voz que le hizo subir la sangre al corazón. La condesa había entrado; sus pasos no se oían sobre la suave alfombra.

Él se levantó de un salto: “¡Madeleine… mi pobre Madeleine! Estaba pensando en ti y en tu destino”.

“¡Te he entristecido!”, dijo ella, juntando las manos en señal de arrepentimiento.

“Oh, no”, respondió él, acercando esas pequeñas manos a sus labios y besándolas con una sonrisa triste.

“Mi alegría puede soportar ciertas tensiones… pero a veces hay que permitir que el corazón permanezca en silencio cuando hay asuntos serios que considerar”.

“Eres demasiado noble como para dejarme sentir que sufres. Sin embargo, lo veo… no serías el hombre que eres si hoy no sufrieras”.

El duque se mordió los labios; parecía estar luchando por contener una lágrima: “Bah… ¡no vamos a ser sentimentales! Ya has llorado suficiente hoy. El mundo no debe ver manchas de lágrimas en tu rostro. Dame una taza de café… No pertenezco a esos pocos elegidos a quienes una emoción mortal eleva por encima de todas las necesidades de su cuerpo mortal”.

La condesa llamó para que sirvieran el desayuno.

El sirviente trajo los platos pedidos al boudoir, ya que el comedor aún no estaba bien caldeado. En la esquina de la chimenea, junto al fuego ardiente, el café ya hervía en una urna de plata, sobre una lámpara de alcohol; su aroma y zumbido musical llenaban la acogedora habitación.

“¡Qué agradable!”, dijo el duque, sentándose en un sillón junto a la grave dueña de la casa.

“Lo serviré yo misma”, dijo ella al sirviente, quien se retiró de inmediato. La condesa ahora iba vestida de negro, sin ningún adorno.

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Amable, con el cabello recogido en un sencillo nudo.

“¡Qué contraste!”, comentó el duque sonriendo—“solo tú eres capaz de tales metamorfosis. Hace media hora, vestida con traje de cortejo, resplandeciente de diamantes, con el corazón dolorido y las manos casi congeladas por haberlas mantenido juntas en oración en la iglesia fría; ahora, una modesta ama de casa, observando tranquilamente cómo el café hierve en una acogedora habitación, esperando ansiosamente el momento en que el agua hierva, como si no hubiera tarea en todo el mundo más importante que preparar una buena infusión”.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la condesa; casi había dejado pasar ese momento importante. Ahora vertió el café, apagó la lámpara de alcohol y le entregó a su compañera una taza de esa bebida humeante.

“¡Mil gracias! Ah, eso basta para iluminar incluso el ánimo más sombrío. ¡Qué consuelo! Ahora disfrutemos de una hora de felicidad inocente y genuinamente plebeya. Ah… ¡cuán afortunados son aquellos que viven así todos los días! Yo sería el hombre perfecto para disfrutar de tal dicha”. Su mirada se desvió rápidamente hacia la taza vacía de la condesa. “¡Ah! ¡Eso pensaba! Una gran tristeza debe, por supuesto, ser aliviada mortificando el cuerpo, para asegurarse de sucumbir a ella. Bueno, entonces el invitado debe hacer honor a la anfitriona. Mira, ahora ma chère Madeleine beberá esto y mojará este bizcocho en él. Se puede hacer eso, incluso sin apetito. ¿Quién querría que el corazón y el estómago fueran lo mismo?”

La condesa, a pesar de sus protestas, se vio obligada a obedecer. Comprendió que el duque había pedido desayuno solo para obligarla a comer.

“Mira. Ves que se puede hacer. Disfruto, con un poco de emoción, de este café que tus queridas manos han preparado. Si hicieras lo mismo con la taza que yo he vertido, ¡qué desayuno tan sentimental sería!”. Un destello de su antigua alegría brilló en los ojos del duque.

“Ah, sabía que solo contigo encontraría paz y alegría”, dijo la condesa, iluminándose.

“Cuanto mejor”. El duque encendió un cigarrillo y se recostó cómodamente en su silla.

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La condesa ordenó que se retirara el servicio para servir el café y luego se sentó frente a él con las manos entrelazadas en el regazo.

“El punto principal ahora, querida Madeleine, si se me permite hablarle de estas cosas, es liberarla de la causa de todos los problemas… No necesito nombrarlo. Por supuesto, no sé si esto será fácil o difícil, porque ignoro hasta qué punto está involucrada en esta relación y, desafortunadamente, carezco de esas largas trenzas de Cristo que me permitirían interpretar con éxito el papel del ‘Buen Pastor’, quien liberó al cordero prisionero del matorral”.

“¡Como si eso fuera importante!”, dijo la condesa.

“¿De verdad? Oh, mujeres, mujeres… ¿Qué no pueden hacer unas pocas trenzas negras? El destino de sus vidas depende precisamente de cosas así. Imagine al Cristo de Ammergau con el cabello corto y una barba roja y erizada… ¿Acaso esa máscara habría servido para la ilusión por la cual se sacrificaron? ¡Casi seguro que no!”

La condesa no respondió, silenciada por esa verdad despiadada. Pero al final pensó que debía defenderse. “¿Y la impresión religiosa, la elevación, el entusiasmo… las revelaciones de la obra teatral sobre la Pasión? ¿Las considera insignificantes?”

“¡Por supuesto que no! Yo mismo las sentí. Pero créame, usted no las habría transferido a esa persona si el representante de Cristo hubiera llevado peluca y al día siguiente se hubiera presentado ante usted con cabello rojo, corto y rígido”.

La condesa hizo un gesto de disgusto.

“Ahí tiene, otra vez ve al realista. Sin embargo, diga lo que diga, unas pocas trenzas negras formaron la red en la que quedó prisionera la orgullosa y astuta Condesa Wildenau”.

“Puede que tenga razón. La mejor imagen está compuesta por detalles, y uno solo puede arruinarla. Lo admito: sí. La armonía de toda la persona, hasta en el detalle más insignificante, con la tradición de Cristo, era fascinante”.

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A mí… y si las cerraduras no hubieran funcionado bien, la impresión no habría sido completa. Pero, por más que pueda haber sido engañada por esa imagen, no puedo permitir que ni yo ni él bajemos tanto en tu opinión como para que creas que todo no fue más que una apariencia engañosa que decidió mi destino. Si su naturaleza espiritual no hubiera completado esa ilusión, las cosas nunca habrían llegado tan lejos.

“Sí, sí, puedo imaginar cómo sucedió. Tú le diste las indicaciones, y él tenía suficiente habilidad para seguir esas indicaciones, como se dice en el lenguaje teatral.”

“‘Habilidad’ no es la palabra adecuada; él fue influenciado exactamente como yo.”

“Ah… Probablemente no habría sido tan tonto como para rechazar una oportunidad así. Una mujer rica y hermosa… como tú…”

“No, no, no hables de él de esa manera. No puedo permitir que esa acusación recaiga sobre él. ¡Él no es despreciable! Es inculto, tiene las visiones estrechas de un campesino, es sensible y caprichoso; tiene un temperamento infeliz con el cual es imposible vivir felizmente… Pero no conozco a nadie en el mundo a quien le sean más ajenos los pensamientos despreciables.”

El príncipe la miró con admiración. Había lágrimas en sus ojos. “No niego que estoy profundamente decepcionada con él… Pero aunque ya no lo amo, no debo permitir que sea insultado. Él me amó y sacrificó su pobre vida por la mía… El hecho de que esa compensación no fuera suficiente no fue culpa suya, y no debería hacerlo responsable de ello.”

El duque se puso muy pensativo. La condesa permaneció en silencio, con las manos juntas sobre las rodillas, mirando fijamente al vacío, profundamente conmovida.

“Eres una mujer noble, Madeleine”, dijo en voz baja. “Siempre te he considerado una persona importante, pero nunca tanto como en este momento. Nunca más heriré tus sentimientos. Pero, por más digno de respeto que sea Freyer, por más que compadezca a ese desdichado hombre… tú eres mi prioridad. No puedes, no debes continuar en esta relación. En todo el sistema del universo, lo inferior debe ceder ante lo superior. Tú eres…”

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Más alto… por lo tanto, Freyer debe ser sacrificado. Eres filósofa: acepta las consecuencias de tu visión del mundo, sé fuerte y resuelve hacer rápidamente lo que es inevitable. Tú misma dices que ya no lo amas; si alguna vez lo hiciste, no me atreveré a decidirlo. Si realmente es como tú lo describes, él debe sentirlo… y creo que él tampoco merece envidia. ¿Qué clase de alivio es este que le concedes al desdichado bajo la espada del verdugo? Perdóneme, pero lo calificaría de tortura. Simulas, por compasión, sentimientos que ya no tienes, y él siente el engaño. Así, está constantemente oscilando entre los dos extremos del miedo y la esperanza, siendo presa de las dudas más torturadoras. De este modo permites que la víctima a la que deseas matar siga viva, con el fin de destruirla lentamente. Te compadeces de él… y por compasión eres cruel.

La condesa le lanzó una mirada sorprendida. “Eres terriblemente sincero.”

“Debo decir que lamento por ese hombre”, continuó el duque con su habitual tono. “Creo que es tu deber poner fin a esta situación. Si tiene un carácter bueno y sólido, superará el golpe y dará forma nuevamente a su vida. Pero tal estado de incertidumbre agobiaría incluso al más fuerte. Este juego de gato y ratón no es digno de ti. Lo intentaste conmigo hace diez años, de una manera menos dolorosa; yo, conocedor de las mujeres, fui capaz de enfrentarme al juego, así que no hubo daño alguno, y pude permitirte ese pequeño pasatiempo elegante. Pero con Freyer es diferente. Un hombre como él, que apuesta toda su vida por un solo sentimiento, lo vive de manera más trágica, y la catástrofe era inevitable. Pero, ¿acaso el romance tiene que convertirse en tragedia? Mira, querida amiga, que se mantenga dentro de sus límites adecuados. Además, ya has pagado un precio muy alto por ello: ha dejado una marca indeleble en tu alma, ha dado frutos que maduraron en sufrimiento, y los has enterrado con angustia, porque el propio destino, aunque con mano severa, intentó borrar las consecuencias de tu error. Presta atención a esta señal, por tu bien y por el suyo. Hablo también en su nombre. Mi objetivo no es solo ganarte a ti, sino ver a la mujer a quien he ganado digna de sí misma y de la alta opinión que tengo de ella.”

Los rasgos de la condesa revelaban la emoción más intensa. ¿Qué debía hacer? ¿Debía contarle todo a este hombre noble: confesar que estaba casada? En el momento en que se enterara, la abandonaría. ¿Debía perderlo, su último apoyo y consuelo? No, no se atrevía. La mujer que se ahogaba…

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Se aferró a él; no sabía qué iba a pasar—solo sabía que se perdería sin él—y permaneció en silencio.

“¿Dónde está? ¿En la vieja cabaña de caza de la que habló tu primo Wildenau?”, preguntó el duque después de una larga pausa.

“Sí.”

“¿Como qué?”

“Como mayordomo.”

“¿Mayordomo? ¡Hmm!”

El duque negó con la cabeza. “Qué relación tan extraña; hiciste del hombre al que amabas a tu sirviente y creías que aún podías amarlo. ¡Cuán poco te conocías a ti misma! Si lo hubieras visto en las montañas luchando contra el viento y la tormenta como un leñador, un pastor, pero libre, quizá podrías haber seguido amándolo. Pero como ‘el mayordomo’, a quien los sirvientes miran con un ojo como a su igual y con el otro como al favorito de su ama… ¡Nunca! Lo pusiste en una situación en la que no podía evitar despreciarse a sí mismo… ¿Cómo podías respetarlo? Pero una mujer como tú ya no ama donde ya no puede respetar.” Se quedó en silencio un momento y luego, con determinación repentina, exclamó: “¿Entiendes ahora lo que digo? No libérate de él… ¡libéralo de sí mismo! Has hecho lo mismo que la giganta que llevó al campesino y su arado a casa en su delantal. ¿Entiendes el profundo significado que hay detrás del cuento cómico de Chamisso? Las palabras con las que el viejo gigante le ordenó que devolviera su presa al lugar donde la encontró lo dicen todo: ‘El campesino no es un juguete’. Solo en el ámbito al que naturalmente pertenece un hombre tiene valor, pero eso lo hace demasiado bueno para ser un juguete. Has trasplantado a Freyer a un ámbito en el que dejó de tener ningún valor para ti, y ahora lo haces desempeñar allí un papel que ni siquiera impondría a mi peor enemigo.”

“Sí, tienes razón.”

“Finalmente, le debemos a aquellos que alguna vez fueron queridos por nosotros no convertirlos en objeto de burla. ¿O crees que Freyer, si tuviera elección, no…”

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“¿Tienes suficiente orgullo como para preferir la verdad más cruel a una mentira compasiva?”

“Por supuesto.”

“Y aún más. Se lo debemos a la ley de la veracidad, bajo la cual existimos como seres morales; no debemos continuar deliberadamente con un engaño que quizás comenzó de forma inconsciente. Cuando se pierde el respeto por uno mismo, todo se pierde.”

El duque se levantó: “Es hora de que me vaya. Considera mi consejo; no puedo decir nada más en beneficio tuyo ni del suyo.”

“Pero, ¿qué debo hacer? ¿Cómo encontraré una manera delicada de resolver esto? ¡Oh, cielos! No sé cómo ayudarme a mí misma.”

“No hagas nada por ahora; todo está aún demasiado reciente como para arriesgarse a tomar alguna acción concreta. Las heridas seguirían sangrando, y lo que debería separarse solo se uniría aún más firmemente. Vete por un tiempo. Estás fuera de los favores de la reina. ¿Qué hay de más natural que emprender un viaje y estar de mal humor? Para el llamado mayordomo también, esto debe servir por ahora como pretexto para evitar una escena trágica de despedida.”

“Vete ya… ¿Te vas?” susurró ella, sonrojándose mientras hablaba.

“Madeleine”, dijo él con suavidad, acercando su mano al pecho. “¿Cómo debo interpretar este rubor? ¿Es señal de un sentimiento más dulce, o vergüenza porque las circunstancias te han llevado a decir algo que yo podría interpretar de manera diferente a tu intención?”

Ella bajó la cabeza, sonrojándose aún más.

“Quizás tú misma no te conoces bien. No voy a torturarte con preguntas a las que tu corazón agitado no puede responder ahora. Pero si realmente algo te ata a mí, entonces… te sugeriría que te unas a mi padre en Cannes. Si incluso existe el más leve sentimiento de afecto hacia mí en tu interior, entenderás que nunca podremos estar más cerca el uno del otro que cuando aprendieras a ser la hija de mi antiguo padre. ¿Lo harás?”

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“¡Sí!”, susurró ella con lágrimas en los ojos; ante ella se presentaba una felicidad cada vez más hermosa, cada vez más pura, una felicidad que había perdido y de la cual ya no sería digna, incluso si pudiera alcanzarla.

El duque, normalmente tan perspicaz, no pudo adivinar el origen de esas lágrimas; por primera vez fue engañado y interpretó favorablemente una emoción provocada por la desesperada percepción de que todo era en vano.

La miró con un destello de amor en sus claros ojos azules y depositó un beso en su frente caída. Luego, levantando la mano, señaló hacia arriba. “Solo ten valor y mantén la cabeza alta. Todo saldrá bien. ¡Adiós!”

Se alejó con orgullo, calma y firmeza, como si el éxito estuviera asegurado; no sospechaba que estaba abandonando una causa perdida.

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CAPÍTULO XXV.
AMANECE

En la tranquila estancia del antiguo castillo de caza, en el lugar que antes ocupaba la pequeña cama, ahora había un ataúd sobre dos sillas, cerca de un crucifijo de madera.

Freyer había regresado, trayendo el cuerpo de su hijo. Había enviado un telegrama a la condesa, pero solo recibió unas pocas líneas como respuesta: “Se vio obligada a emprender un viaje de inmediato; su estado mental era tan grave que su médico aconsejó un cambio de escenario cuanto antes para evitar consecuencias peores”.

Se incluía un cheque para cubrir los gastos funerarios y otorgarle a Josefa una suma de dinero “como reconocimiento por su fiel servicio”, suficiente para que pudiera vivir cómodamente si deseaba descansar. Josefa comprendió que se trataba de una forma amable de despedirla. Pero el regalo real, que expresaba la gratitud de la condesa, no logró disminuir el terrible rencor en su alma ni la dureza de esa despedida.

Amanecía. Josepha estaba tan cambiada por la enfermedad que apenas se podía reconocer, sin embargo, había velado toda la noche junto a Freyer, junto al ataúd. Ahora volvió a leer la carta que había llegado la tarde anterior. “No se atreve a deshacerse de mí abiertamente, y quiere satisfacerme con dinero para que me vaya voluntariamente. Dinero, siempre dinero. Me vi obligada a renunciar al niño, y ahora también debo perderme a usted, lo último que tengo en este mundo”, dijo a Freyer, quien estaba sentado en silencio junto al ataúd de su hijo. Rasgó el cheque y lo arrojó al suelo. “Aquí están los fragmentos. Cuando entierren al niño, sabré a dónde ir”.

“No se irá de aquí, Josepha, mientras yo siga aquí. Sobre todo ahora que está enferma. He sido su sirviente durante demasiado tiempo. Pero este es el límite: dejo de ceder a sus caprichos. No puede pedirme que también me deshaga de usted, mi pariente, el único ser en mi soledad infinita. Si lo hiciera, yo…”

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No lo hagas, porque—por más humilde que sea mi origen, sigo siendo su esposo; ¿acaso no tengo ningún derecho? Quiero que te quedes conmigo, y puedo hacerlo con mayor certeza ya que mi salario es suficiente para mantenerte. Así que no necesitas aceptar ningún salario de ella.

“Sí, díselo así, dile que no quiero nada… nada salvo quedarme contigo, cerca de la tumba de mi ángel”. Los sollozos ahogaban sus palabras. Después de un rato, continuó en voz débil: “No la molestaré por mucho tiempo, como puedes ver”.

“Oh, Josefa, no pienses en esas cosas. Eres joven y te recuperarás”, dijo Freyer para consolarla, pero sus ojos estaban fijos en ella con ansiedad.

Ella negó con la cabeza. “El niño era aún más pequeño, y murió de añoranza por su madre; yo moriré de anhelo por él”.

“Entonces déjame llamar a un médico… no puedes seguir así”.

“Oh, por favor, no hagas nada inútil… sería solo otra persona que me pregunte por el niño, y estaré angustiada mientras lo engaño. Sabes que nunca he sabido mentir en toda mi vida. Déjame en paz; ningún médico puede ayudarme”.

Alguien llamó a la puerta. Josefa abrió. El ebanista traía un pequeño ataúd, que debía reemplazar a la caja que contenía el féretro de plomo. Su vestido negro y su rostro demacrado le daban el aspecto de una madre que llora a su propio hijo. No se dijo nada durante la tarea. Josefa y Freyer levantaron el féretro metálico del cofre y lo colocaron en el sencillo ataúd de roble. Al hombre se le pagó y salió de la habitación. Freyer salió rápidamente y sacudió las ramas de pino para adornar el ataúd. Algunos carámbanos que aún colgaban de ellas se derretieron en la habitación cálida, y las gotas cayeron sobre el ataúd: ¡las lágrimas del bosque! El último descendiente de la principesca casa de Prankenberg yacía bajo las ramas cubiertas de escarcha de los pinos; y una campesina lo lloraba como a su hijo, mientras una criada lo preparaba para su descanso eterno. Esta es la revolución sin sangre que a veces tiene lugar entre las tradiciones rígidas de la jerarquía, y que brinda al concepto ultrajado de los derechos humanos universales momentos de satisfacción amorosa.

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Los dos dolientes estaban tranquilos y en silencio. Parecían tener la premonición de que ese momento tenía una importancia que lo elevaba muy por encima del dolor personal.

Una hora después llegó el pastor; unos pocos hombres y criadas formaron la procesión fúnebre. No lejos del castillo, en el bosque, había una antigua capilla en ruinas. La condesa había permitido que enterraran al niño allí porque el cementerio estaba a varias leguas de distancia. “¡Es un gran honor para el hijo de Josefa ser enterrado en la capilla de una familia noble!”, pensaban las personas. “Si el orgulloso conde Wildenau se enterara, se revolvería en su tumba”. El ataúd fue levantado y sacado del castillo. Josefa, apoyada en Freyer, lo siguió en silencio, con la mirada fija y sin lágrimas, pero con las mejillas ardiendo. Sin embargo, logró abrirse paso entre la nieve y pararse en el frío suelo de piedra de la capilla, junto a la tumba. Pero cuando regresó a casa, ya no le quedaban fuerzas. Sus pulmones trabajaban con dificultad para respirar; sus pies helados no podían calentarse; su corazón, latiendo dolorosamente, enviaba toda la sangre a su cerebro, que ardía de fiebre, mientras sus pensamientos se volvían confusos. El terrible frío completó la destrucción iniciada por el dolor. Freyer lo vio con una tristeza indescriptible.

“¡Debo buscar a un médico!”, dijo suavemente. “Vamos, Josefa, no mires fijamente el espacio vacío donde yacía el cuerpo. Vamos, te llevaré a mi habitación y te acostaré en la cama. Allí nada te recordará al niño”.

“No, me quedaré aquí”, dijo ella, con esa crueldad hacia sí misma propia de los enfermos que no temen a la muerte. “¡Aquí mismo!”. Se aferró al incómodo sofá en el que estaba sentada, como si temiera ser arrastrada por la fuerza.

Freyer retiró rápidamente las sillas que sostenían el ataúd, la cruz y las velas.

“Sí, apágalas; pronto las necesitarás para mí. Oh, hombre bondadoso… Ojalá pudieras tener la felicidad que mereces. Te merecías un destino mejor. Ah, no hablaré de lo que ella me ha hecho, pero sus pecados contra ti y contra el niño no pueden ser borrados… ¡Nada puede hacerlo!”. Un ataque de tos casi la ahoga. Pero parecía como si sus ojos siguieran expresando algo…

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Las palabras que no tenía aliento para pronunciar; en lo más profundo de su ser brillaba una venganza febril que hizo estremecerse a Freyer.

—Josefa —dijo él con suavidad, pero con firmeza—. Sacrifica tu odio a Dios y sé misericordiosa. Si me amas, debes perdonar a quien yo amo y perdonar también.

—¡Nunca! —jadeó Josefa con un esfuerzo violento—. Joseph… ¡oh! Este dolor en mi pecho… Creo que es inflamación de los pulmones.

—Ay… y no hay nadie a quien enviar a buscar al médico. Los hombres están todos en el bosque. Por favor, ve a acostarte; no hay un momento que perder. Debo ir yo mismo a buscar al médico. Enviaré a la criada contigo. Mantén el ánimo, llegaré lo más rápido posible.

Y se fue apresuradamente, olvidando su tristeza por su hijo en su ansiedad por la última compañera de su vida empobrecida.

La criada entró y preguntó si podía hacer algo, pero Josefa no quería ayuda. La chica ansiosa intentó convencerla de que se acostara, pero Josefa dijo que no podía respirar tumbada. Al final, accedió a comer algo. La comida le hizo bien; su debilidad disminuyó y su respiración se volvió más fácil. La chica puso algo de leña en la estufa y regresó a sus tareas en la cocina. Josefa permaneció sumida en sus pensamientos. Para ella, la muerte era liberación… Pero ¿qué sería de Freyer si también la perdía? Eso solo hacía que fuera difícil morir. La leña húmeda en la estufa chisporroteaba y silbaba como las voces de mujeres discutiendo. Era la “bruja del fuego”, que siempre anuncia la llegada de cualquier mal. Josefa sacudió la cabeza. ¿Qué podría ser peor que el mal que ya había caído sobre su pobre prima y sobre ella misma? La bruja del fuego continuó gritando y lamentándose, pero Josefa no la entendía. Una pareja de cuervos posados en un viejo pino fuera de la ventana graznaron tan de repente que ella se sobresaltó de terror.

Ah, ¡qué solitario era todo aquí arriba! ¿Qué sería cuando Freyer viviera completamente solo en la casa, esperando durante meses en vano a esa mujer despiadada que ni siquiera recordaba a su esposo ni a su hijo? Si no se preocupaba por los vivos, ¿por qué iba a buscar la pequeña tumba donde yacían los muertos?

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Un fuerte golpe en la puerta de la casa resonó en el silencio.

Josefa escuchó. Seguramente no podía ser ya el médico…

La criada abrió la puerta. Se oyeron pasos pesados y voces de hombres en el umbral; luego, un perro aulló. La estúpida criada abrió la puerta de la habitación y llamó: “Jungfer Josepha, aquí hay dos cazadores que están tan cansados de caminar por la nieve que desean descansar un rato. ¿Pueden entrar? ¡No hay fuego en ningún otro lugar!”

A pesar de estar tan enferma, Josefa, por supuesto, no podía negarles la entrada a esos hombres helados que ya estaban en el umbral. Con esfuerzo, se levantó del sofá y acercó algunas sillas para los extraños junto a la estufa. “Estoy enferma”, dijo, muy avergonzada—“pero si quieren descansar y calentarse aquí, les ruego que lo hagan…”

“Estamos muy agradecidos”, dijo uno de los cazadores, un caballero con bigote rojo y ojos penetrantes. “Si no le molestamos, aceptaremos con gusto su hospitalidad. No conocemos esta zona y nos hemos perdido. Venimos de más allá de la frontera y llevamos cinco horas caminando por la nieve.”

Mientras tanto, por señal de Josefa, la criada tomó los abrigos y el equipo de caza de los caballeros.

“Miren, este es nuestro botín”, dijo el otro cazador. “Si pudiéramos invitarla a cenar con nosotros, me atrevería a pedirle que asara el conejo para nosotros. Nuestra prima, la condesa Wildenau, seguramente nos perdonará esta pequeña intrusión en sus tierras.”

“¿Son parientes de la condesa Wildenau?”

“Por supuesto, sus más cercanos y fieles amigos.”

Josefa, en su extrema debilidad, sentía como si estuviera aplastada por la presencia de esos extraños, con sus botas de caza pesadas y sus voces fuertes. Intentó refugiarse en la cocina bajo el pretexto de asar el conejo ella misma. Pero ambos caballeros se opusieron firmemente a ello.

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“No, de verdad, sería una forma muy mala de echarla de su habitación cuando está enferma. En ese caso, debemos salir de la casa de inmediato.”

El caballero de barba roja —el propio primo Wildenau— se levantó de su silla y casi obligó a Josefa a volver a sentarse en su sofá.

“Aquí tiene, querida… señora… o señorita. Háganos el honor de sentarse de nuevo y permítanos quedarnos un rato hasta que el asado esté listo. Después, deberá cenar con nosotros.”

Una leve sonrisa apareció en los labios resecos de Josefa. “Le agradezco, pero estoy demasiado enferma para comer.”

“Está realmente muy enferma”, dijo el desconocido con preocupación amable. “Tiene fiebre. Me temo que la estamos molestando mucho. Por favor, mándenos ir si le causamos molestias.” Pero sabía perfectamente bien que ella no podía evitar pedirles a esos invitados indeseados que se quedaran.

“Pero, querida… señora… o señorita…”, Josefa nunca respondió a esa pregunta. “¿No está haciendo nada para aliviar su enfermedad? ¿No ha consultado a ningún médico?”

“No, estamos en un lugar tan apartado que no siempre se puede encontrar un médico. Pero espero recibir uno hoy.”

“Vaya, es extraño vivir en este lugar tan solitario. Y qué incómodo debe ser esto; ni siquiera tiene un taburete”, dijo el primo de cabello rojo, colocando su enorme bufanda de caza, después de calentarla en la estufa, debajo de sus pies.

Josefa intentó rechazarla, pero él no quiso escucharla. “No tiene por qué preocuparse por nosotros. Nosotras también somos enfermeras; dirigimos un batallón sanitario durante la guerra. Así que sabemos un poco qué hacer. Padece asma; le resulta difícil respirar, así que debe sentarse cómodamente. ¡Mire! Ahora ponga la bufanda de mi primo detrás de usted. Eso está mejor, ¿verdad?”

“Pero, por favor…”

“Vamos, vamos, no discuta. Debe estar cómoda.”

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Josefa se sintió avergonzada. Los caballeros eran tan amables, tan atentos con ella… ¡Había gente buena en el mundo! El corazón abandonado y desolado apreciaba con gratitud esa bondad inusual.

“Pero me sorprende mucho encontrar todo tan primitivo. Nuestra distinguida prima realmente debería haber hecho algo más por su comodidad. Ni siquiera un cojín para el sofá, ¡ni alfombra! Pensé que prestaría más atención a una sirvienta tan fiel…” Se contuvo cortésmente al decir la palabra “servidora” y, corrigiéndose, dijo: “asistente”.

Josefa no respondió, pero sus labios se curvaron amargamente.

Wildenau se dio cuenta. “¡Insatisfecha!”, escapó de sus labios, en voz tan baja que solo su compañero lo oyó.

“Supongo que llevas aquí mucho tiempo… ¿cuántos años?”

“¿He estado con ella?”, preguntó Josefa con franqueza. “Desde la última representación de la Pasión. Serán diez años el próximo verano.”

“Ah… cierto… ¡Eres originaria de Ammergau!”, dijo el barón, con la actitud de quien conoce bien los hechos pero cuya memoria falla por un instante. “Supongo que llegaste a la condesa al mismo tiempo que Christus.”

“Sí.”

“¿Es pariente tuyo?”

“Sí, mi primo.”

“¿Todavía está aquí, verdad?”

“Por supuesto.”

“Él es… ¿cómo se llama?”
“Mayordomo.”

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“¿Está en casa?”

“No, ha ido a la ciudad para ver a un médico.”

“Oh, lo siento mucho. Deberíamos haber estado encantados de conocerlo. Hemos oído tantas cosas buenas sobre él. Un hombre por quien nuestra prima sentía tanto interés...”

“¿Entonces ella habla de él?”

“Oh... con sus amigos más cercanos, ¡por supuesto!”, dijo Wildenau, mirando fijamente a Josefa, cuyo rostro se iluminó de alegría al pensar que la condesa hablaba bien de Freyer.

“¿Por qué nunca se le ve en la ciudad? Debe vivir como un ermitaño aquí arriba.”

“Sí, solo Dios lo sabe.”

“Debería visitar a mi prima de vez en cuando en la ciudad; todos estarían encantados de conocer al Cristo de Ammergau.”

“Pero si ella no lo desea...”, dijo Josefa sin pensar.

“Bueno, eso sería otra cosa, desde luego, pero ella nunca me lo ha dicho. ¿Por qué no querría hacerlo?”, murmuró Wildenau con fingida sorpresa.

“¡Porque tiene vergüenza de él!”

“Ah...”, Wildenau casi dejó de respirar ante el significado de esa palabra. “Pero, dígame, ¿por qué el señor Freyer... ese es su nombre, ¿no?... se somete a eso?”

Josefa se encogió de hombros. “Sí, ¿qué puede hacer al respecto?”

Se produjo una pausa. Josefa se detuvo, como si temiera decir demasiado. Los dos caballeros se pusieron muy pensativos.

Finalmente, Wildenau reanudó la conversación. “No entiendo cómo un hombre que seguramente podría encontrar un puesto agradable en cualquier lugar, puede estar así...”

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Depende de los caprichos de una dama elegante. Supongo que no le molestará que le diga que la situación de su pariente le preocupa… Si estuviera en su lugar, renunciaría al salario más alto antes que…

“¿Salario?”, interrumpió Josefa, con los ojos brillantes. “¿Cree usted que mi primo haría algo por un salario? ¡Oh, usted no lo conoce! Si la condesa lo describe de esa manera, la vergüenza es suya”.

Wildenau escuchó atentamente. “Pero, querida mía, eso no es lo que quise decir; no me dejó terminar. Solo quería añadir que un motivo así no afectaría a su pariente; solo podría tratarse de una devoción sincera que lo unía a nuestro primo… Una lealtad que, al parecer, no recibe mucha gratitud”.

“Sí, siempre se lo digo… Pero él no lo admite, aunque su corazón se rompa”.

Dos venas oscuras y entrelazadas en las sienes hundidas y transparentes de Josefa latían febrilmente.

“Pero… ¿cómo se siente? ¡Seguramente lo estamos perturbando!”, dijo el barón.

“Oh, no. No importa”, respondió Josefa, cortésmente.

“¿No podría llevarnos a otra habitación? La condesa seguramente viene aquí constantemente… Deben haber otras estancias que se puedan calentar”.

“Sí, pero ya han pasado semanas sin encender fuego en ellas; las estufas estarán llenas de humo”.

“¿La condesa no ha estado aquí desde hace tanto tiempo?”

“No, casi nunca viene ahora”.

“Pero debe ser muy largo para usted y su primo… Seguramente estaban acostumbrados a las visitas de la condesa”.

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“Por supuesto”, respondió Josefa, sumida en sus pensamientos—“cuando pienso en cómo era antes… y en cómo son las cosas ahora”.

Wildenau miró alrededor de la habitación y luego dijo en voz baja: “Y el pequeño hijo… está muerto”.

Josefa lo miró con terror. “¿Lo sabes?”

“Lo sé todo. Mi prima tiene su retrato en su dormitorio; era un niño maravilloso”.

La pobre mente febril de Josefa se volvía cada vez más confusa. Las lágrimas que apenas había logrado contener volvieron a brotar. “Sí, ¿acaso no era así? ¡Y dejar que un niño así muriera sin preocuparse por él!”

“Es imperdonable”, dijo Wildenau.

“Si la condesa vuelve a hablar de esto, dile que Josefa lo quería mucho más que ella, porque lo siguió hasta la tumba mientras la madre disfrutaba de su vida… Debe avergonzarse entonces”.

“Se lo diré. Es una lástima por ese hermoso niño… ¿No se parecía a un Niño Jesús?”

“De hecho, sí… Y ahora entiendo a qué retrato te refieres. En Jerusalén, donde bautizaron al niño, colgaba en la capilla, sobre el pilón bautismal, una copia, según decían, del Niño Jesús. La condesa compró posteriormente el retrato por su parecido con el niño”.

“Supongo que también se parece a Herr Freyer, ¿no?”, comentó el barón con indiferencia.

“Un poco, pero más a la madre”.

El barón Wildenau comenzó a sentir que la habitación estaba demasiado caliente; fue hasta la ventana para tomar aire un momento, mientras su compañera, horrorizada por esas revelaciones, negaba con la cabeza. Hubiera querido decirle a esa mujer engañada que solo habían sabido de la muerte del niño gracias a un leñador al que encontraron en el bosque… pero no se atrevió a “contradecir” a su prima. Después de una pausa, Wildenau volvió a dirigirse a Josefa. Se dio cuenta de que había peligro en demorarse, ya que en cualquier momento la fiebre podría aumentar tanto que ella…

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Comenzaron a delirar y ya no fueron capaces de dar un testimonio: ¡La verdad debe ser descubierta, ahora o nunca! Sin embargo, él sentía que la naturaleza de Josefa no era tal que pudiera ser llevada a traicionar a su empleadora por medios ordinarios. Era necesario actuar con cautela y reflexión.

“Estoy realmente conmovido por su fidelidad hacia mi prima. Quien pueda tener tal carácter es afortunado. Le doy las gracias en su nombre.”

Extendió su mano. Pero ella respondió con su habitual honestidad directa: “No merezco sus gracias, señor. No he permanecido aquí por culpa de la condesa, sino por el niño y mi desdichada prima. Ella ha sido amable conmigo… pero si la viera hoy, le diría abiertamente que nunca perdonaría cómo trató al niño y a Joseph, haga lo que haga. El niño está muerto y mi prima también morirá. Gracias a Dios, no viviré para verlo.”

“La entiendo perfectamente… oh, conozco a mi prima. Y… pobre querida Fräulein Josepha… ¿puedo llamarla así ahora, verdad? Ya no tiene por qué fingir ser la madre del niño… Fue un sacrificio sin precedentes para usted… ¡Ay! Querida Fräulein, usted y su prima deben estar preparadas para algo aún peor, para ser completamente olvidadas, porque puedo asegurarle que la condesa está a punto de casarse con el príncipe hereditario de Metten-Barnheim.”

“¿Qué?” gritó Josefa a voz en cuello.

Wildenau la observó atentamente.

“Acaba de ir a Cannes, donde se encuentra el duque anciano, y se espera anunciar el compromiso cada día.”

“Es imposible… ¡No puede ser!” murmuró Josefa, temblando de pies a cabeza.

“Pero, ¿por qué no? Ella es libre… tiene derecho a decidir sobre su mano…” insistió Wildenau.

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“¡No! Ella no puede… No puede casarse”, gritó Josefa, levantándose desesperadamente del sofá y poniéndose frente a ellos con las mejillas encendidas y el cabello rojo como una llama que se reaviva antes de apagarse. “¡Por el amor de Dios! ¡Eso sería un crimen!”

“Pero, ¿quién va a impedirlo?”, preguntó Wildenau, sin aliento.

“¡Yo!”, gimió Josefa, reuniendo sus últimas fuerzas.

“¿Tú? —Querida mía, ¿qué puedes hacer tú?”

“¡Más de lo que crees!”

“Entonces dímelo, para que podamos unirnos y evitar ese crimen antes de que sea demasiado tarde.”

“Sí, por Dios. Antes de permitir que le haga este daño a Joseph, preferiría convertirme en su traidora.”

“Pero el señor Freyer no tiene derecho a pedirle a la condesa que no se case de nuevo…”

“¿Sin derecho?”, repitió ella con terrible determinación. “¿Estás tan seguro de eso?”

“Él es solo el amante de la condesa…”

“¿Su amante?”, sollozó Josefa, entre ira y angustia. “Joseph, tú, hombre noble y honesto… ¿Es necesario decir algo así de ti?”

“No entiendo. Si él no es su amante… ¿entonces qué es?”

Josefa ya no podía soportarlo más. “Él es su esposo… su esposo legalmente casado con ella.”

El barón casi se tambaleó ante esta revelación inesperada e sin precedentes. Con dificultad, logró controlarse; tomó la mano de la mujer enferma, como si quisiera sostenerla para que no se derrumbara, antes de arrancarle esa última información: lo último que necesitaba saber. “Solo dímeme dónde y por quién se celebró la ceremonia de boda.”

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Como si estuviera bajo la mirada de una serpiente, la víctima cedió ante la voluntad más fuerte:
“En Prankenburg, Martin y yo fuimos testigos”. Se le escapó de las manos; sus sentidos se confundieron, sus ojos se volvieron vidriosos, su pecho se agitaba convulsivamente en la lucha por respirar. Pero esa única palabra que aún pudo pronunciar fue suficiente para los Wildenaus.

Cuando, unas horas después, Freyer regresó con el médico y el sacerdote, a quienes había llevado consigo con intención, encontró a Josefa sola en el sofá, sin poder hablar, en los últimos momentos de agonía.

El médico, tras examinarla, dijo que una inflamación aguda de los pulmones había seguido a la tuberculosis de la cual padecía desde hacía tiempo, acelerando así su muerte. El sacerdote le administró los últimos sacramentos y se quedó con Freyer, sentado junto a la cama en la que yacía ella. La lucha por la vida fue terrible. Parecía intentar constantemente decirle algo a Freyer, pero no podía articular las palabras. Tres veces pareció que la vida se le iba, y tres veces volvió en sí, como si no pudiera morir sin aliviar la carga de su corazón. En vano. Era inútil que Freyer pusiera su oreja cerca de sus labios; no podía entender sus palabras entrecortadas. Fue una noche terrible. Por fin, al amanecer, se calmó y ya podía morir. Apoyada en su pecho, dejó de esforzarse por hablar y exhaló lentamente su último aliento. Había vencido, y ahora sabía que él también vencería. Inclinó la cabeza con una sonrisa; su última mirada estaba fija en él. Un gesto de reconciliación se reflejaba en su rostro… Su alma ascendió hacia lo alto… ¡Estaba amaneciendo!

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CAPÍTULO XXVI.
EL ÚLTIMO SOPORTE

Había alarma en el palacio de Wildenau. La condesa había regresado de repente, sin avisar a los sirvientes; en otras palabras, sin pedirles permiso. Tenía la intención de ausentarse varios meses; ellos no estaban preparados, no tenían nada listo, nada limpio, ni siquiera una sola habitación de su suite de apartamentos estaba caldeada.

Parecía distraída; se dirigió de inmediato a sus habitaciones y se encerró allí. Luego sonó violentamente su campanilla: los sirvientes que se consultaban abajo se dispersaron, las criadas subieron corriendo por la escalera principal y los hombres por una escalera lateral.

“¡Quiero al cochero, Martin!”, fue la orden inesperada.

“Martin no está aquí”, se atrevió a responder el lacayo—“ya que no lo sabíamos...”.

“¡Entonces envíenlo!”, respondió la condesa con autoridad. Ni siquiera pareció darse cuenta de la reprimenda implícita. Luego permitió que el sirviente encendiera un fuego en la chimenea, ya que era un día frío y húmedo a principios de primavera; además, después de su estancia en Cannes, el clima parecía el de Siberia.

Pasó media hora. Mientras tanto, las criadas desempacaban, y la condesa ordenaba una serie de cartas que había traído consigo. Todas estaban numeradas y eran muy antiguas. Entre ellas había una de Freyer, escrita cuatro semanas antes, que contenía solo estas palabras:

“Incluso después de su muerte, Josefa ha ocupado el lugar de una madre para nuestro hijo; descansa con él en la capilla desde esta mañana. Creo que no pondrá objeciones a que sea enterrada allí.

“Joseph”.

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La condesa volvió a mirar la carta; sus ojos se posaron en los errores de ortografía. Qué información tan trágica, con un reproche tan terrible entre líneas… ¡Y el efecto, ridículo! Con gusto habría corregido los errores para no avergonzarse de haber dado a ese hombre un papel tan importante en el drama de su vida… Pero esos errores permanecían allí, evidentes, como obra de una mano inexperta de muchacho. Un hombre que ni siquiera sabía escribir correctamente. Antes no se había dado cuenta: él escribía rara vez y siempre de forma muy breve… ¿O acaso en aquel entonces no tenía ojos para ver sus defectos? Sí, debía de estar ciega, completamente ciega. No había respondido a la carta. Ahora la rompió en pedazos y la arrojó al fuego. La muerte de Josefa habría sido una liberación para ella, de no ser porque unas semanas después recibió otra carta, que ahora volvió a leer, sin aliento. Pero, por más veces que examinara su contenido, solo encontraba que el viejo Martin le suplicaba que regresara: Josepha había “hablado”.

Esa sola palabra, escrita con la mano torpe del fiel sirviente, que parecía haber sido garabateada con un fósforo sobre papel impregnado de los olores del establo, sobresaltó tanto a la condesa que partió de Cannes en el primer tren y viajó día y noche para llegar a casa. Una inquietud nerviosa hacía temblar el papel en su mano mientras lo arrojaba a las llamas. Luego caminó de un lado a otro, inquieta. Martin la hacía esperar demasiado tiempo.

Se había preparado rápidamente una pequeña cena, que ahora se servía. Pero la condesa apenas tocó la comida y, quejándose de que el comedor estaba frío, regresó a su dormitorio. Finalmente, pasadas las nueve y media, anunciaron la llegada de Martin. Él se había ido a dormir y tuvieron que despertarlo.

“¿Su Alteza va a salir?”, preguntó el criado, que no comprendía la orden de llamar a Martin.

“Si es así, recibirás instrucciones respecto al carruaje”, respondió su señora, y una mirada de sus ojos silenció al sirviente. “¡Que entre Martin!”, añadió en un tono duro e imperioso.

El hombre abrió la puerta.

“Puedes retirarte por esta noche. Pueden apagar las luces”, agregó ella.

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Martín se quedó de pie, con el sombrero en la mano, esperando las órdenes de su ama. Pasaron unos minutos; luego la condesa se acercó silenciosamente a la puerta para comprobar que las habitaciones contiguas estaban vacías y que nadie escuchaba. Al regresar, corrió las pesadas cortinas sobre la puerta para amortiguar cualquier sonido. Entonces perdió el control y, acercándose al viejo cochero, le agarró la mano. “Martín, por el amor de Dios, ¿qué ha pasado?”

Lágrimas brillaron en los ojos de Martín al ver la angustia de su ama. Tomó sus manos temblorosas con tanta delicadeza como si fueran las riendas de un caballo de sangre ardiente al que se le hubiera puesto un freno por primera vez. “¡Eh—eh—querida condesa, cálmese, por favor!”, dijo en tonos tranquilizadores, como los que utilizaba con sus caballos asustados. “¡No todo está perdido! No dejé que me atraparan, y no hay pruebas de lo que Josefa contó”.

“¿Entonces intentaron atraparte? Dime…”, temblaba, “¿cómo llegaron hasta ti?”

“Bueno”, dijo Martín torpemente, “así fue. Parece que llevaron a Josepha al límite. En su funeral, la cocinera me contó que, justo antes de morir, dos extraños llegaron a la casa y mantuvieron una larga conversación con la mujer enferma. Cuando terminó de cocinar el conejo que le habían ordenado, lo llevó arriba. Pero la gente de la habitación hablaba tan alto que ella no se atrevió a entrar y se quedó en la puerta escuchando. Se mencionó algo sobre el favor de la condesa y un crimen, y Josepha se puso muy nerviosa. De repente ya no se oyó nada más; Josepha balbuceó unas palabras incomprensibles, y los hombres salieron con el rostro rojo como el fuego. Dejaron el conejo allí y se fueron. Josepha murió esa misma noche. Entonces pensé que podrían ser los barones von Wildenau, porque su cochero solía intentar sonsacarme información sobre nuestra condesa. Me dije: ‘Ahora haré lo mismo con él’. Y, efectivamente, descubrí que esos hombres se habían ido… ¿Y a dónde? ¡A Prankenberg!”

La condesa palideció y se dejó caer en un sillón. “Tranquila, Su Alteza, no se preocupe”, continuó Martín con calma. “Eso no les servirá de nada. Los libros de la iglesia no están expuestos en las mesas de las tabernas como listas de precios, y el viejo pastor no permitirá que cualquiera los manipule”.

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“¿El viejo pastor?”, exclamó la condesa desesperadamente—“Él está muerto, y como mi padre, el príncipe, se ha vuelto débil de mente, el patrocinio pasó al gobierno. El nuevo pastor no tiene motivos para mostrarnos ningún tipo de consideración”.

“¿Entonces el viejo pastor está muerto? ¡Hmm, hmm!”, dijo Martin, sacudiendo la cabeza con ansiedad por primera vez. “Si tan solo pudiéramos obtener alguna palabra de Su Alteza el Príncipe… solo para averiguar si realmente el matrimonio quedó registrado en los documentos”.

“Sí, si supiéramos eso…”

Martin sonrió con una expresión algo avergonzada. “Me atreví a tomar una pequeña libertad… fui allí; pensé que podría intentar averiguar algo de él. Porque Su Alteza… recuerda… nos siguió hasta Prankenberg”.

“¡Es cierto!”, asintió la condesa, muy emocionada. “Bueno, ¿y qué pasó?”

“¡Ay! Fue inútil. Su Alteza no conoce a nadie, no recuerda nada. Cuando vayas mañana, verás que no podrá vivir mucho tiempo. Su Alteza es completamente infantil. Se puso tan nervioso que pensamos que se quedaría sin aliento; al final tuvieron que acostarlo. No pude evitar llorar al verlo… un caballero tan distinguido… y ahora tan indefenso”.

La condesa escuchó este relato con poco interés. Su padre no había significado nada para ella mientras conservaba sus facultades mentales; ahora, en un estado de decadencia lenta, era simplemente un pobre inválido, al cual ella cumplía con los deberes filiales habituales.

“Continúa, continúa”, dijo impacientemente, “no estás contando la historia en orden. ¿Cuándo viste a mi padre?”

“Hace una semana, después de mi conversación con esos caballeros”.

“Eso es lo importante… cuéntame eso”.

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“Pues así fue: una noche estaba sentado tranquilamente en la taberna, cuando el cochero de Herr von Wildenau vino de nuevo a verme y dijo que su amo quería hablar conmigo sobre nuestra yegua castaña con problemas de equilibrio, a la cual deseaba enganchar con su caballo castaño. Me alegré de que pudiéramos deshacernos de la yegua entregándosela a él.”

“¡Bah, Martin!”

“Pues… si nadie intentara engañar, ya no habría comercio de caballos. Así que le dije que creía que la condesa vendería la yegua; no teníamos pareja para ella y yo informaría a Su Alteza. No, el caballero escribiría directamente a Su Alteza; solo que yo debía ir con ellos, pues querían hablar conmigo. Bueno… fui, y cerraron todas las puertas y tiraron las cortinas encima, igual que hizo Su Alteza, y luego empezaron a hablar de la yegua castaña y me prometieron una buena recompensa si lograba conseguírsela barata. Todo cochero cobra una comisión”, añadió el anciano en tono avergonzado, “es costumbre… No se molestará, condesa… Así que me hice un poco importante y fingí que dependía únicamente de mí hacer que Su Alteza estuviera tan insatisfecha con la yegua que estuviera dispuesta a deshacerse de ella a bajo precio, y… todo lo demás que decimos los cocheros. Así que los caballeros pensaron que, como negociaba con ellos por una cosa, lo haría también por otra. Pero eso era algo completamente distinto al comercio de caballos; mis empleadores no son animales para vender, así que se dieron cuenta de que habían ido a la persona equivocada. Si ganara algo extra deshaciéndome de un animal pobre que llevábamos tiempo queriendo vender, no soy tan canalla como para quitarle miles a alguien y dejar a mis empleadores sin hogar. Y el pobre príncipe anciano, que ya no puede valerse por sí mismo, quizá terminaría muriendo de hambre en su vejez. No, los caballeros se equivocaban con el viejo Martin; no saben lo que significa… poner a una princesita tan pequeña en un caballo por primera vez y colocar las riendas en sus diminutas manos.”

“Por favor, continúa, Martin”, dijo la condesa con suavidad, apenas capaz de controlarse. “¿Qué te ofrecieron?”

“Mucho dinero, si testificaba en el tribunal de que usted estaba casada.”

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“¡Ah!” La mujer aterrorizada se cubrió el rostro con las manos.

“Tranquila, condesa”, dijo Martin en tono calmador. “Todavía no he terminado. Levante la cabeza. Su Alteza, le ruego que ahora no sea débil de corazón; debemos estar alertas y mantener todo bajo control, para que no nos ganen ventaja.”

“Sí, sí. ¡Continúe!”

“Bueno, intentaron sorprenderme durmiendo. Sabían todo, y yo había sido testigo de la boda en Prankenberg.”

“¡Dios mío!” La condesa parecía paralizada.

Martin se rió. “Pero no permití que me atraparan. Me hice pasar por alguien tan torpe como si no supiera cómo dominar a un caballo, y como si nunca hubiera oído hablar de ninguna boda en toda mi vida, salvo la del príncipe con el difunto conde. Por supuesto, estaba en la iglesia, junto con todos los demás sirvientes. Luego esos hombres murmuraron algo en francés y preguntaron cuál era mi salario. Cuando se lo dije, dijeron que era demasiado bajo para empleadores tan ricos, y comenzaron a hacerme ofertas hasta llegar a cincuenta mil marcos, siempre y cuando revelara qué querían. Sí, y luego me dijeron que usted era capaz de casarse con dos hombres y que pretendía llevarse tanto al duque como al mayordomo. No querían que tal crimen ocurriera en su familia, así que yo debía ayudarlos a evitarlo. Pero eso no me conmovió en lo más mínimo. Les dije: ‘Eso no es asunto mío; mi señora sabe qué hacer’. Así que me fui, dejándolos allí, mirándome como caballos reacios a avanzar. Luego fui con el príncipe, pero como no pude averiguar nada allí, supe que no quedaba más remedio que escribirle a Su Alteza. Espero que perdone esta libertad.”

“Oh, Martin, usted, fiel sirviente. Su sencilla lealtad me avergüenza; pero temo que su sacrificio sea inútil. Ellos lo saben todo, Martin… Nada puede salvarme.”

Martin sonrió astutamente hacia el fondo de su sombrero, como si allí estuviera la fuente de su sabiduría. “Creo esto: si esos hombres realmente saben todo, tienen que demostrarlo. Josefa está muerta, y si hubieran encontrado…”

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“La información que querían en Prankenberg… ¡No necesitan ofrecer tanto dinero por mi testimonio!”

La condesa se llevó la mano a la cabeza: “No sé, ya no puedo pensar. Oh, Martin, ¿cómo podré agradecértelo? Si el simple trazo de pluma que te dará los cincuenta mil marcos, que despreciaste recibir de los Wildenaus, puede recompensarte… Tómalo, pero seguiré siendo tu deudora”. Escribió rápidamente unas palabras: “Aquí hay un cheque por cincuenta mil marcos; cámbialo mañana por la mañana. No tardes ni una hora; cualquier día podría ser el último en el que tenga algo que darte. Tómalo rápido”.

Pero Martin negó con la cabeza. “¿Qué está pensando Su Alteza? No quiero ser pagado, como un testigo sobornado, por hacer solo mi deber. No habría mérito alguno en rechazar el dinero si luego lo aceptara de Su Alteza. No, le agradezco sinceramente… pero no puedo hacerlo”.

La condesa estaba profundamente avergonzada. “Pero si pierdo mis propiedades, Martin… si inician un proceso legal… ya no podré recompensar tu fidelidad. ¿Has considerado que todo puede serme arrebatado si logran demostrar que estoy casada?”

Martin asintió: “Sí, sí, conozco el testamento de nuestro difunto señor. Creo que era celoso y quería impedir que la condesa se volviera a casar. Pero no tiene por qué preocuparse por mí; he ahorrado lo suficiente para comprar una pequeña casa que, en caso de necesidad, pueda albergar a la condesa y también al señor Freyer. ¡Todo esto lo he obtenido de usted!” La amplia cara de Martin se iluminó de alegría al pensar en ello.

“¡Martin!”, no pudo decir nada más. Martin no sabía qué había pasado… Seguramente el cielo se vendría abajo… La condesa se había arrojado sobre su pecho, ese pecho ancho y viejo en el que latía un corazón tan honesto y sincero. Se quedó inmóvil, como un pilar o como la estructura de un puente a la que se aferra una persona que se está ahogando. Pero, durante los sesenta y cinco años en que su corazón honesto había latido bajo las armas de Prankenberg, nunca había latido con tanta violencia como en ese momento. ¡Su pequeña princesa! Estaba de nuevo en sus brazos, como en aquellos días en que la colocaba por primera vez en la silla de montar. Entonces lloraba y se aferraba a él cada vez que el caballo daba un salto, pero él la sujetaba firmemente y ella se sentía segura bajo su protección. Ahora volvía a llorar y a aferrarse a él, presa del terror… Pero ahora era una mujer madura que ya no necesitaba su protección.

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“Allí está, condesa”, dijo él, en tono tranquilizador. “Dios la ayudará. Vaya a descansar. Está cansada por el largo viaje. Mañana verá todo con ojos muy diferentes. Y, como dije antes, si todas las cuerdas se rompen, encontrará alojamiento con el viejo Martin. Siempre le gustó la comida de los campesinos. ¿No recuerda cómo solía colarse en la pequeña habitación del cochero y compartir mi pan y queso hasta que la institutriz se enteraba y arruinaba nuestro diversión? Sí, sí, el pan y el queso eran delicias prohibidas, pero eran un regalo de Dios que incluso los más pobres podían disfrutar. Debe recordar esa pequeña habitación del cochero y cómo sabían esos alimentos. Bueno, aún no hemos llegado tan lejos, y los amigos de Su Alteza no lo permitirán. Sin embargo, si las cosas llegaran a ese punto, creo que Su Alteza preferiría aceptar un hogar de mí que de cualquiera de estos nobles.”

“¡Puede que tenga razón!”, dijo la condesa, asintiendo pensativamente.

“Que Dios proteja a Su Alteza de ambas situaciones. ¿Tiene Su Alteza alguna otra orden?”

“Sí, mi buen Martin. Mañana temprano vaya al príncipe… o mejor dicho, al duque de Metten-Barnheim, y pídale que venga a verme a las diez de la mañana.”

“Ay… el duque fue a cazar gallos negros esta mañana. Supongo que no sabía que Su Alteza iba a llegar.”

“Por supuesto que no. ¿Hasta cuándo estará fuera?”

“Hasta el final de la semana, me dijo su cochero.”

“¡Esto también!” Se quedó de pie, desesperada.

“El cochero dijo que Su Alteza se dirigía al castillo de Sternbach. Quizás Su Alteza podría enviar un telegrama allí.”

“Sí, mi buen amigo… tiene razón.” Y con gran prisa escribió un telegrama. “Aquí está, Martin. ¡Llegará a sus manos en algún lugar!”

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Y recordó el mensaje enviado nueve años antes, después de la representación teatral de la Pasión, al hombre a quien ahora recordaba como su último apoyo. En aquel entonces le informó que debía quedarse en Ammergau y dejar que las rosas que la esperaban en casa se marchitaran; ahora, en cambio, se quedaba en casa y permitía que las rosas que florecían para ella en Ammergau se pudrieran.

El cochero, como si leyera el lenguaje mudo de sus rasgos y la expresión amarga de sus labios apretados, preguntó tímidamente: “Supongo que Su Alteza no desea ir a Griess”.

“¡No!”, dijo ella, con tanta brusquedad y prisa que cortó cualquier otra palabra.

Por primera vez, una sombra pasó por el rostro del honesto Martin. Con tristeza, casi con reproche, le deseó a su querida ama “una buena noche de descanso” y salió, cansado. Le había dolido… pero “lo último que había descubierto”, no se atrevió a expresarlo ni siquiera para sí mismo, por respeto hacia su empleadora.

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CAPÍTULO XXVII.
ENTRE LA POBREZA Y LA DESGRACIA

Habían pasado tres días agotadores. La condesa estaba enferma. Al menos permitió que su servicio creyera que no podía salir de su habitación. Nadie debía saber que había regresado, y las ventanas del Palacio Wildenau permanecieron cerradas, como cuando la dueña estaba ausente. Así, condenada a una inactividad total en los confines de sus aposentos, se convirtió en presa indefensa de su ansiedad devoradora. El tercer día trajo un atisbo de esperanza: un telegrama del duque: “Vendré a las seis de esta tarde”.

La condesa tembló y palideció al leer esas palabras. ¿Qué hacer ahora? No lo sabía; solo sentía que había llegado el punto de inflexión de su vida.

“El Duque de Metten-Barnheim vendrá esta tarde y debe ser recibido, pero nadie más”, fueron las órdenes dadas al sirviente.

Luego, para pasar el tiempo, se cambió de ropa. Si iba a ser pobre y desdichada, sin poseer nada de lo que antes tenía, al menos sería hermosa, hermosa como el sol poniente que irradia todo con luz rosada.

Y con esa verdadera vanidad femenina que coquetea con la muerte y encuentra consuelo en ser hermosa incluso en el ataúd, eligió para la importante reunión que se avecinaba uno de los vestidos más encantadores de su rico armario. Amplios pliegues de crepé de china de color rosa cubrían un vestido interior de terciopelo rosa, que reflejaba mil tonalidades, desde el rosa más intenso hasta el color carne más pálido. Todo el conjunto estaba adornado ligeramente con perlas grises. ¿Cuánto tiempo más podría poseer tales prendas? Quizá hoy las usara por última vez. Su mano temblorosa estaba helada mientras enredaba una cinta rosa entre sus rizos y la sujetaba con un broche de perla.

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Allí estaba ella, como Afrodita, surgida de la espuma del mar; y—sonrió amargamente—ni siquiera podía levantarse del fango en el que un solo error la había atrapado. Entonces volvió a ser abrumada por una conciencia indescriptible de miseria y vergüenza, lo que hacía que todo su esplendor pareciera una burla. Estaba a punto de quitarse la resplandeciente túnica cuando anunciaron la llegada del duque. Ya era demasiado tarde para cambiarse.

Se apresuró a entrar en el boudoir para recibirlo, flotando como una nube rosada.

“¡Qué hermosa!”, exclamó el duque, admirado; “¡pareces una novia! Debe ser algún motivo feliz el que te haya hecho volver aquí tan pronto y pedirme que venga”.

“Al contrario, duque: una novia de la desgracia, una penitente que desea embellecer con su apariencia la fealdad de sus culpas a los ojos de su amigo”.

“Hmm… Eso sería, en cualquier caso, un acto inútil, Madeleine. Por más hermosa que seas, no te amo por tu belleza. Tampoco es por tus virtudes: nunca aspiraste a ser santa, ni siquiera en Ammergau, donde menos éxito tuviste. Lo que amo es a toda esa mujer magnífica, con todos sus defectos, que parece haber sido creada para mí, a pesar de los obstáculos que el temperamento y las circunstancias han interpuesto entre nosotros. Estos últimos son accidentes que pueden impedir nuestra unión, pero que no pueden privarme de mi parte en ti, esa parte que solo yo comprendo y que amaré cuando te vea ante mí como una matrona de cabellos blancos, cansada de la vida… quizás entonces, por primera vez”.

La emoción impidió que la condesa hablara. Lo hizo sentarse en una silla a su lado y se dejó caer débilmente sobre los cojines de su diván.

“Oh, ¡qué frías están tus manos!”, dijo el duque, mirándola con ansiedad amorosa a los ojos. “Me preocupas. A pesar de ese brillo rosado, estás pálida como tus propias perlas. ¿Y ahora también perlas en tus ojos? Madeleine… mi pobre Madeleine atormentada… ¿qué ha pasado?”

“Oh, duque… ayúdame, consejame… o todo está perdido. Los Wildenaus han descubierto mi secreto. Josefa, esa chica medio loca de Ammergau, ha…”

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“¡Me traicionó!”
“Así que esa es su forma de mostrar gratitud por la vida que salvaste.” El duque asintió, como si en absoluto estuviera sorprendido. “Era de esperar de ese tipo de persona. ¿Por qué conservaste a esa tonta?”
“No podía permitir que se lanzara al agua.”
“Tal vez hubiera sido mejor. Esa falsa santa ni siquiera tenía suficiente bondad para ser agradecida.”
“Ah, ella tenía motivos para odiarme: amaba a mi hijo más que a cualquier cosa en este mundo y me reprochaba haberlo descuidado. Esas personas solo pueden imaginar el amor en el cumplimiento de deberes insignificantes y en la atención física. Que una mujer no tenga tiempo ni comprensión para esas cosas y, aun así, pueda amar, está más allá de su comprensión.”
“Qué situación tan extraña: la sirvienta se convierte en juez de su señora… e incluso encuentra excusas en su comportamiento para cometer las traiciones más viles. Una simple criada, bien educada por sus padres, habría cumplido con sus deberes hacia sus empleadores sin filosofar.”
La condesa asintió; estaba pensando en el viejo Martin.
“Pero”, continuó el duque, “por supuesto hay que hacer excepciones por culpa de esa gente de Ammergau.”
“Dejémosla descansar; ya está muerta. ¿Quién sabe cómo ocurrió, o por qué dificultades pasó?”
“¿Está muerta?”
“Sí, murió justo después del niño.”
“¿De verdad?”, dijo el duque, pensativo, en un tono más suave. “Bueno, al menos ahora ha expiado sus culpas. Pero, querida Madeleine, eso no elimina el desastre. Los Wildenaus intentarán aprovecharse de su conocimiento de tu secreto. Y, como esos queridos primos siguen acumulando deudas, especialmente tu pariente pelirrojo, Fritz… ellos…”

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¡No dejen pasar la oportunidad de hacer que su honorable primo pague por su discreción la totalidad de sus deudas!

“Ah, si eso fuera todo…”

“¡Eso es todo! ¿Qué más podría haber? Admito que es increíblemente doloroso para usted saber que su honor y sus secretos más profundos están en tales manos… Pero, ¿cuánto tiempo pasará antes de que, si Dios quiere, se encuentre en una situación que lo aleje de todo esto, y yo…?”

“Duque… ¡Dios mío! Es mucho peor”, gritó la condesa, retorciéndose las manos. “Oh, Dios misericordioso… Al fin, al fin, hay que decírselo. Usted no sabe todo, lo peor… No tuve el valor de decírselo… ¿Conoce el contenido del testamento de mi difunto esposo?”

“Por supuesto… Dice que debe devolver las propiedades, de las cuales la hace heredera única, a los primos, si vuelve a casarse. ¿Y qué? ¿Cree acaso que alguna vez pensé en sus millones?” Se rió alegremente. “Me lisonjeo de que mis finanzas no le permitirán sentir la pérdida de sus ingresos actuales cuando sea mi esposa.”

“Padre omnipotente… ¡Usted no me entiende! Este es el momento que siempre he temido… Oh, si tan solo hubiera sido honesta. Duque, perdóneme, téngame piedad… Soy la criatura más desdichada bajo el sol. No seré su esposa, sino una mendiga… Porque estoy casada, y los Wildenaus lo saben gracias a Josefa”.

Hay momentos en que parece como si todo el mundo estuviera en silencio… Como si las estrellas se detuvieran en su curso para escuchar, y no oigamos nada más que el latido de la sangre en nuestros oídos. Pasado un rato, es cuando percibimos algún otro sonido. Así fue con el duque. Durante mucho tiempo, le pareció estar sordo y ciego. Luego oyó el leve siseo de los chorros de gas, luego respiraciones pesadas, y finalmente la Tierra volvió a girar sobre su eje y las cosas recuperaron su orden natural.

Sin embargo, su naturaleza enérgica no necesitó mucho tiempo para recuperar su equilibrio. Una sola mirada a esa mujer desesperada y abatida le mostró que ese no era el momento de pensar en sí mismo… Que nunca había tenido deberes más importantes que cumplir.

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que hoy. Ahora comprendió por primera vez que, sin darse cuenta, se había alejado de ella a la mitad de la longitud de la habitación.

Ella extendió su mano suplicante, y con la rapidez del pensamiento él estuvo de nuevo a su lado, tomándola entre las suyas. “He ocultado esto, he engañado tu gran y noble amor… durante años… porque me di cuenta de que eras tan necesaria para mi vida como la razón, la ciencia y todos los demás dones que alguna vez subestimé. No me atreví a revelar el secreto, por miedo a perderte. Ha llegado el momento: me dejarás, porque ahora debes tomar otra decisión… pero no te enojes; concédeme al menos el consuelo de despedirnos sin rencor.”

“Aún no hemos llegado a ese punto. Hace diez minutos te dije que los caprichos del temperamento y las circunstancias pueden separarnos, pero no pueden arrebatarte lo que fue creado para mí; no nos separamos tan rápido. Tú no me has engañado, porque nunca me dijiste que me amabas o que querías ser mi esposa, y tu comportamiento siempre fue irreprochable. Tu esposo podría haber presenciado cada momento de nuestra relación. Créeme: la más mínima coquetería, la menor concesión en mi favor a expensas de tu esposo encontraría en mí al juez más severo posible. Pero, aunque fueras una esposa infeliz, fuiste leal… de eso puedo dar fe. Si cedí a ilusiones, no es culpa tuya; ¿quién podría esperar que una naturaleza tan delicada como la tuya se convirtiera en verdugo del corazón de su mejor amiga? Esas son medidas violentas que no concuerdan con esa dulce debilidad que te hace, a la vez, tan culpable y tan perdonable.”

La condesa escondió su rostro, como abrumada por el remordimiento y la vergüenza.

“No perdamos la calma. Confía en que seguiré cuidando de ti, porque tu situación actual exige la mayor precaución y prudencia. Pero ahora, Madeleine… ya no tienes excusa para no decirme toda la verdad. Ahora debo saberlo todo para poder actuar. ¿Responderás a mis preguntas?”

“Sí.”

“Entonces dime: ¿estás realmente casada con Freyer?”

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“¡Sí!”

“¡Entonces la farsa debe terminar trágicamente!”, murmuró el duque. “No puedo, no quiero creerlo… Es demasiado impactante que una mujer como tú sea arruinada por la farsa de Ammergau”.

“No por eso; sino por la presunción con la que intenté atraer a la deidad hacia mí. Oh, es un castigo severo. Rezaba con tanta fervor a Dios, y en lugar de su rostro, Él me mostró una máscara y luego me dejó compensar la engañifa con la penitencia de toda una vida”.

“Ah, ¿de verdad crees que la Sabiduría Suprema habría jugado contigo una mascarada tan cruel? ¿Por qué deberías ser castigada de forma tan terrible? No, querida amiga, Dios ni te engañó ni quiso castigarte. Se manifestó en respuesta a tu anhelo; más bien, fue tu anhelo el que te hizo imaginar que Lo veías… Y si te hubieras conformado con eso, habrías regresado a casa feliz, con la visión de tu Dios en tu corazón, como miles de personas que se sintieron elevadas por la obra de la Pasión. Pero tú querías más; posees una naturaleza religiosa sensual, que no puede separar la esencia de la apariencia. Después de haberlo visto, deseaste poseerlo en la forma exacta en que te apareció. Si dependiera de ti, habrías robado al mundo su Dios. Afortunadamente, solo le robaste al señor Freyer. Ahora que reconoces tu error, acusas a Dios de haberte engañado. Hablas constantemente de tu fe en Dios, pero ¿acaso tienes tan mala opinión de Él? ¿Qué tenía que ver Dios con tu imaginación de que aquel pobre actor de la obra de la Pasión, que llevaba su máscara, debía ser Él mismo? ¡Y por eso te casaste con él!”

La condesa no respondió. Era ese el tono que nunca podía soportar. Él era todo para ella: su único confidente y consejero… Pero no podía comprender lo que ella había experimentado durante la obra de la Pasión.

“Una vez más soy ese escéptico frío que tantas veces te enfadó, ¿verdad?”, dijo el príncipe, cuya aguda observación no dejaba pasar nada. “Pero me halago pensando que estarás más dispuesta a ver las cosas desde un punto de vista sensato, después de haberte convencido de los peligros de relacionarse con ‘fantasmas’ y semidioses, que atraen a sus víctimas a caminos tortuosos donde corren el riesgo moral de romperse el cuello”.

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La condesa no pudo evitar sonreír tristemente. “¡Eres incorregible!”

“Bueno, debemos aceptar las cosas como son. Como no vas a confesar que has cometido una tontería y arruinado tu vida por culpa de un capricho absurdo, ese capricho debe ser elevado al rango de ‘dispensación divina’, y la resignación ante sus consecuencias, a la categoría de un martirio meritorio. Pero no creo que Dios sea responsable ni de tu matrimonio ni de este supuesto martirio que te has impuesto; por eso te digo que, para usar el lenguaje común, no considero tu matrimonio uno de esos ‘hechos en el cielo’… es decir, uno indisoluble.”

La condesa se encogió, como si sus pensamientos más íntimos le señalaran con dedos traicioneros. “¿Lo tomas tan a la ligera, duque?”

“Que no lo tomo a la ligera se demuestra por la enorme digresión que hice para eliminar cualquier escrúpulo moral o religioso. El aspecto práctico del asunto apenas requiere discusión. Pero para resolver primero el aspecto religioso y moral, dime: ¿fue tu matrimonio civil o religioso?”

“Religioso.”

“¿Cuándo y dónde?”

“En Prankenberg, después de la representación de la Pasión. El próximo agosto hará diez años.”

“¿Cómo sucedió todo?”

“Muy sencillo: Mi padre, que de repente vino a buscarme, como solía hacer cuando estaba endeudado, se dio cuenta de que quería casarme con Freyer y, temiendo un escándalo público, me aconsejó que, para salvar la propiedad —que él necesitaba casi tanto como yo—, me casara en secreto. Dondequiera que gobernara el Concilio de Trento, el único requisito para un matrimonio válido era que las dos personas declararan, en presencia de un sacerdote ordenado y dos testigos, que pretendían casarse. Como mi padre nunca fue muy fiable y podía cambiar de opinión en cualquier momento, me apresuré a seguir su consejo antes de que se le ocurriera poner obstáculos en mi camino, ya que el párroco de Prankenberg estaba completamente bajo su control. Así que partí esa misma noche con Freyer y Josepha. Un viejo cochero…”

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Martín, cuya fidelidad conocía desde la infancia, vivía en Prankenberg. Lo llevé a él y a Josefa como testigos, y sorprendimos al viejo pastor mientras bebía su café.

El príncipe hizo un gesto de sorpresa. “¿Qué? ¿Mientras bebía su café?”

“Sí. Antes de que pudiera apartar su taza, ya habíamos hecho nuestra declaración… y todo estaba hecho.”

El príncipe se puso de pie; sus ojos brillaban, y toda su actitud revelaba una gran agitación. “¿Y a eso lo llamas casarte? ¿Y me causas tanto susto?” Respiró hondo, como si se hubiera quitado un peso de encima. “Madeleine, ¡si solo me lo hubieras dicho de inmediato!”

“Pero, ¿por qué? ¿Acaso eso cambia algo?”

“Seguramente no creerás que esa farsa con el viejo pastor, vestido con bata y zapatillas, con su pipa matutina y el aroma del café mocha, fuera una boda. No esperarás que yo, como protestante o como católico ilustrado, lo considere así, ¿verdad?”

“Pero, ¿qué importancia tiene la forma? El protestantismo no se preocupa por la forma; solo le importa el significado.”

“Pero el significado faltaba… al menos para ti. Para ti era solo una forma, algo que debías cumplir por la santidad de la máscara de Cristous de tu amado.” Le tomó la mano con pasión inusual. “Madeleine, por una vez, sé honesta contigo misma y conmigo… ¿No tengo razón?”

“¡Sí!”, murmuró ella, casi inaudiblemente.

“Bueno, entonces… si faltaba el significado y la forma elegida era ilegal, ¿qué te ata a él?”

Madeleine permaneció en silencio. Esa pregunta estaba relacionada con su secreto, algo que él nunca entendería. Su naturaleza era demasiado práctica como para considerar algo que no fueran hechos reales. El duque sintió que ella evitaba responder, no porque no tuviera respuesta, sino porque no quería darla.

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Verdadero. Pero no se permitió sentirse desconcertado. “¿El viejo pastor le dio alguna prueba escrita de este ‘rito sagrado’? Le daremos el orgulloso nombre de certificado de matrimonio.”

“Sí.”

“¿Quién tiene el documento?”

“Freyer.”

“Eso es desafortunado; porque eso le da el derecho aparente de considerarse casado y de crear dificultades, lo cual complica aún más la situación. Pero podemos arreglárnoslas con Freyer… Tengo menos miedo de él. Su situación está en mayor peligro debido a esta historia de un matrimonio secreto, que Josepha, de buena fe, llevó a conocimiento de los Wildenau. Es un desastre que requiere una solución rápida. En otros aspectos, todo sigue igual que cuando fue a Cannes. Esta complicación no cambia nada en mi opinión. Sigo teniendo la misma opinión. Si ya no ama a Freyer, rompa con él; la forma de hacerlo es un detalle sin importancia. Se lo dejo a usted. Pero rompa con él y cénteme su mano… Entonces todo este problema desaparecerá. Con gusto devolveremos las propiedades de los Wildenau a los primos, y entonces ya no tendrán motivo alguno para seguir persiguiendo este asunto.”

“¿Es verdad? ¿Podría usted todavía pensar seriamente en ello? Y yo, Dios mío, ¿debo convertirme en criminal por partida doble?”

“Pero, querida amiga, mire las cosas de manera un poco objetiva.”

“Aunque las mire objetivamente, no entiendo cómo podría casarme de nuevo sin estar divorciada. Pedir el divorcio ahora significaría reconocer ese matrimonio.”

“¿Quién va a divorciarla, si nadie la casó? Según el derecho civil, sigue siendo soltera, ya que no está registrada según su estatus social. Según el derecho religioso, tampoco está casada, al menos según la opinión de la gran mayoría de los países y sectas cristianas, para quienes el Concilio de Trento no tiene autoridad. ¿Insistirá en sacrificar su vida y su honor por un escrúpulo sentimental? ¿Confesará ante…”

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¿Wildenaus, que está usted casada? En ese caso, no solo debe devolver la propiedad, sino también los intereses que se apropió ilegalmente durante nueve años; eso se llevará toda su pequeña fortuna y le quitará su único medio de sustento. ¿Qué ocurrirá entonces? ¿Piensa retirarse con el “administrador” entre las burlas de la sociedad, prepararle sopa en su casa de Ammergau, vivir del trabajo de sus manos y, en Navidad, recibir como regalo un vestido de algodón?

La condesa se estremeció, como si la sacudiera un frío febril.

“¿O seguirá viviendo con Freyer como antes, permitiendo que los primos inicien una investigación contra usted y ofreciendo al mundo el espectáculo de verla discutiendo con ellos por la propiedad? Entonces deberá presentar pruebas doctrinales y legales de que no está casada. Eso ciertamente no sería difícil… pero debo rogarle que tenga en cuenta ciertas posibilidades. Si se decide que su matrimonio fue ilegal, entonces surgirá la pregunta: ¿cómo lo consideraba usted misma? Y podría ocurrírseles a los abogados de los Wildenaus que, ya sea correctamente o no, usted se consideraba casada y los engañó intencionadamente para quedarse con la propiedad.”

“¡Dios misericordioso!”

“¿O intentará evitar un proceso penal declarando que consideraba su relación con Freyer como un matrimonio ilegal?”

“Oh”, la condesa se sonrojó de vergüenza.

“En ese caso, la defensa sería aún más humillante que la acusación… así que debe renunciar a eso. Ve que ha sido llevada a un círculo vicioso del cual ya no puede escapar. Dondequiera que mire, solo tiene dos opciones: la pobreza o la desgracia… a menos que decida convertirse en duquesa de Metten-Barnheim y, así, salir de estas aguas turbias que ahora la amenazan, para entrar en esa esfera pura e inalcanzable de poder y dignidad a la que pertenece. Mis brazos siempre están abiertos para salvarla; mi corazón está listo para amarla y protegerla… ¿Puede seguir dudando?”

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La mujer torturada se arrojó a sus pies. “Duque—Emil—sálvame—¡soy tuya!”

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CAPÍTULO XXVIII.
DESPEDIDA

Han pasado varios minutos: para el duque, un mundo de felicidad; para la condesa, de miseria. El duque se inclinó sobre esa hermosa figura temblorosa para abrazarla por primera vez.

“¿Por fin te he ganado, mi amor tan anhelado?”, exclamó, extasiado. “¿Comprendes ahora qué significan las decisiones de la Providencia? La astucia y la perseverancia de un hombre que sabe lo que quiere han logrado vencerlas, y han expulsado a todos esos héroes de signos y maravillas del campo de batalla. ¿Crees ahora en lo que dije hace un momento: que nosotros somos nuestra propia Providencia?”

“Eso se verá a su debido tiempo. No te exaltes ni blasfemes; Dios podría castigar tu arrogancia”, dijo ella débilmente, soltándose suavemente de su abrazo.

“Madeleine… sin un beso de compromiso, después de todos estos años de espera y esperanza.”

“Sigo siendo la esposa de Freyer”, respondió ella, evasiva. “No hasta que me separe de él.”

“Tienes razón. No robaré el primer beso de mi novia a otro. Te agradezco por honrar mi futuro derecho sobre ella”. Sus labios tocaron su frente con una caricia tranquila y amistosa. Luego se levantó: “Es hora de irme; no tengo ni un momento que perder”. Miró el reloj: “¡Siete! Me prepararé de inmediato e iré a Prankenberg mañana”.

“¿Qué quieres hacer?”

“Primero, averiguar qué está registrado en el registro de la iglesia, y saber qué tipo de hombre es ese pastor católico, para poder formarme una opinión al respecto”.

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Una idea de lo que han descubierto los Wildenaus y cuántas pruebas han obtenido. Entonces podremos juzgar hasta qué punto debemos disimular con estos señores hasta que su relación con Freyer pueda terminar sin ningún estallido violento ni sin verse obligados a actuar con excesiva prisa. También iré a Barnheim y prepararé todo allí en silencio para nuestro matrimonio. Cuanto antes se resuelvan todos estos asuntos, antes se podrá anunciar nuestro compromiso. Y que anhelo fervientemente poder llamarte finalmente mía, espero que lo comprendas.

“Pero primero hay que arreglar mi relación con Freyer”, dijo la condesa, de forma evasiva. “No podemos tratarlo como un asunto ordinario. Es un hombre de corazón y mente; debemos recordar que no podría ser feliz ni una hora si supiera que él está sufriendo”.

“Sin embargo, lo has dejado solo durante semanas y meses sin sentir el menor remordimiento”, dijo el duque con un tono severo.

“No fui yo, sino las circunstancias. Lo que ocurra ahora lo haré yo… y debo asumir la responsabilidad. Ayúdame a que no sea demasiado pesada”. Mientras hablaba, su rostro mostraba una expresión noble y hermosa; profundamente conmovido, él levantó su mano hasta sus labios.

“Por supuesto, Madeleine. Le mostraremos toda consideración y haremos todo lo posible con paciencia. Pero recuerda que, así como yo respeté sus derechos, tú ahora debes proteger los míos. Cada hora que mantengas esta relación con él más tiempo del necesario es una traición para ambos. No te conviene desempeñar ese papel; así que no pierdas un momento en renunciar a él”.

“Por supuesto… tienes razón”.

“¿Estarás fuerte? ¿Tendrás el valor de hacer lo que es inevitable… y hacerlo pronto?”

“Siempre he podido hacer lo que deseaba… también podré hacer esto”.

El duque tomó su mano y la miró fijamente a los ojos durante mucho rato. “Madeleine… no pregunto: ¿me amas? Solo pregunto: ¿crees que?”

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“¿Me amarás?”

La profunda modestia de esta pregunta conmovió su corazón con una melancolía indescriptible, y llena de gratitud por un amor tan grande, que daba todo sin pedir nada, bajó la cabeza: “Sí… lo creo.”

La habitual elocuencia del duque lo abandonó; no tenía palabras para expresar la felicidad de ese momento.

¿Qué era eso? Voces en la antesala. El ruido parecía ser una discusión. Luego alguien llamó violentamente a la puerta.

“¡Entra!”, gritó la condesa, con un extraño escalofrío de miedo. El criado entró apresuradamente, con el rostro alterado. “Un caballero, que se hace llamar ‘Steward Freyer’, está ahí afuera, siguiéndome de cerca… Insiste en entrar.” Señaló hacia atrás, donde ya aparecía Freyer.

La condesa pareció convertirse en piedra. “Pídale al mayordomo que espere un momento”, dijo finalmente, con la autoridad propia de una señora.

El hombre retrocedió, y vieron cómo cerraba la puerta casi a la fuerza.

“No lleves las cosas demasiado lejos”, dijo el duque; “parece estar muy excitado… A personas así no se les debe irritar. Déjalo entrar antes de que fuerce la puerta y cause un escándalo delante de los sirvientes. Llega justo a tiempo… En este estado, será fácil deshacerse de él. ¡Termina con esto! Pero mantén la calma, no haya escenas… ¿Debo quedarme cerca?”

“No… No tengo miedo… Sería ignoble permitir que lo escuches. Confía en mí y déjame a mi suerte.”

En ese momento, las voces volvieron a hacerse más fuertes, y luego la puerta se abrió violentamente. Freyer estaba dentro de la habitación.

“¿Qué significa esto? ¿Acaso soy atacada en mi propia casa?”, gritó la condesa, rebelándose contra ese acto de violencia.

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Freyer estaba temblando de pies a cabeza; se podía oír cómo le castañeteaban los dientes: “Solo quería preguntar si era deseo de la condesa Wildenau que yo fuera insultado por su sirviente”.

“¡Ciertamente que no!”, respondió la condesa con dignidad. “Si mi sirviente te insultó, recibirás satisfacción… Solo desearía que lo hubieras pedido de una manera menos indecorosa”.

El duque tomó silenciosamente su sombrero y besó la mano de la condesa: “¡Quédese tranquilo!”. Luego se retiró, saludando a Freyer con esa cortesía aristocrática que a la vez irrita y desarma.

Freyer se acercó a la condesa; sus ojos vagaban inquietos, y toda su apariencia era alarmante: “Todo en este mundo tiene un límite, incluso la paciencia… La mía se ha agotado. Dime, ¿eres tú mi esposa? Tú, que estás aquí, vestida con encajes y perlas… ¿Eres la madre en duelo por un hijo muerto? ¿Es esta mi esposa, quien se adorna para otro, quien se encierra con otro, o al menos da órdenes de que no la molesten? Quien hace que sus lacayos mantengan a su esposo alejado a golpes… Y considera indecoroso que el último resto de dignidad masculina en su alma se rebelle y exija satisfacción de su esposa. ¿Dónde está el hombre que no se volvería loco? ¿Dónde está la mujer que alguna vez me amó? ¿Eres tú quien me abandona, quien me traiciona, quien me hace despreciable ante mí mismo y ante los demás? ¿Dónde, en este vasto mundo, hay un hombre tan engañado, tan pisoteado como yo por ti? ¿Tienes alguna respuesta para esto, mujer?”

La condesa se puso mortalmente pálida; el terror casi la ahogaba. Por primera vez, vio en su rostro a la Gorgona, la furia popular… Y mientras se convertía en piedra, se le ocurrió pensar: “¿Podrías vivir con eso?” El horror se apoderó de ella; no sabía si lo que sentía era miedo o repulsión… Solo sabía que debía huir de esas “olas turbulentas” que se acercaban cada vez más.

No existe armadura más impenetrable que la frialdad de un sentimiento muerto. Madeleine von Wildenau se armó con ella. “Dime, por favor, cómo llegaste aquí, qué deseas y qué te ha puesto tan nervioso”.

“¿Qué…, Dios misericordioso, aún lo preguntas? Vine aquí para saber dónde estabas ahora, a qué dirección podría escribirte… Ya que no respondiste a mis…”

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Anuncio de la muerte de Josepha… Quería decir que ya no podía soportar esta vida. Mientras hablaba con el sirviente en la puerta, pasó el viejo Martin y me dijo que usted estaba aquí. Quería decirle una última palabra… Subí las escaleras, encontré al criado y le rogué que me anunciara, o al menos que preguntara cuándo podría hablar con usted. Tenía visitas y no podía ser molestado, fue su respuesta despectiva. Entonces despertó en mí la conciencia de mis derechos legítimos, y le ordené que me anunciara. Usted se negó a recibirme: “Debo esperar”… Tuve que esperar en la antecámara, mientras usted, como pude ver a través de la puerta entreabierta, susurraba familiarmente con su antiguo pretendiente. Entonces olvidé todo y me acerqué a la puerta… El sirviente intentó impedírmelo; lo aparté de un empujón, y entonces él me golpeó en la cara… Esa cara que usted alguna vez comparó con el rostro de su Dios… Él, su sirviente. Si en ese momento no hubiera tenido suficiente autocontrol como para recordarme que aquel sirviente era solo su herramienta, lo habría destrozado con mis propias manos, tal como ahora destrozaría a usted, si no fuera mujer y sagrada para mí, incluso en su pecado.

“Lamento sinceramente lo que ha pasado y no le culpo por hacerme responsable, al menos indirectamente. Por supuesto, despediré al sirviente… Aunque él tiene la excusa de que usted lo provocó y de que no me conocía.”

“Sí, desde luego no puede conocerme, ya que nunca se me permite aparecer.”

“No importa. No debería atreverse a tratar así ni siquiera a un extraño; por lo tanto, debe ser castigado con su despido.”

“¿Porque no debería atreverse a tratar así ni siquiera a un extraño?” Freyer rió tristemente, amargamente: “Gracias, quédese con su sirviente… Renunciaré a este placer.”

“No sé qué más desea.”

“¿No lo sabe? Oh, cielos, si esto hubiera ocurrido antes, ¿cuáles habrían sido sus sentimientos? ¿Recuerda su emoción durante la representación de la Pasión, cuando solo recibí un golpe aparente en la mejilla? ¿Acaso no afectó eso también a su corazón, como usted misma dijo? ¿Cómo se sentirá ahora cuando vea…”

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¿En realidad? Oh, las lágrimas deberían haber rodado por tus mejillas de tristeza por el pobre esposo abandonado, que la única vez que cruzó el umbral de tu casa fue insultado por tu sirviente. Si aún conservaras una chispa de amor por mí, sentirías que un solo beso, dado con compasión en mi mejilla para borrar esa marca, sería una mayor satisfacción que despedir a un sirviente al que habrías sacrificado por cualquier extraño. Pero eso ya pasó; ya no nos entendemos.

La condesa dudó un momento entre la piedad y el asco. Pero al pensar en posar sus labios sobre el rostro golpeado por la mano de su sirviente, el odio se apoderó de ella y se dio la vuelta.

“Sí, dale la espalda… Porque si ahora me miraras a los ojos, te verías obligada a bajar la vista y sonrojarte de vergüenza.”

“Te ruego que tengas en cuenta que no estoy acostumbrada a este tipo de comportamientos, y me veré obligada a terminar esta conversación si tu actitud no se vuelve más adecuada al nivel de mi círculo.”

“Sí, entiendo. Temes al elemento que has desatado, ¿verdad? Un campesino estaba bien, como variante, ¿no es así? Él amaba de manera diferente, con más pasión, con más intensidad que esos caballeros urbanos tan refinados. La fuerza y la impulsividad del hombre sin educación no eran tan groseras cuando te llevé a través del bosque en llamas, y atrapé las ramas que amenazaban con aplastarte… Entonces no tenías miedo de mí, no me rechazaste dentro de los límites de tus normas sociales; al contrario, te alegrabas de que el mundo aún contara con poder y fuerza, y te sentías como una titánica. ¿Por qué de repente te has vuelto tan débil, y no puedes soportar ese poder… porque se ha vuelto contra ti?”

“No”, dijo la condesa, con un destello de odio mortal en sus ojos grises insondables: “No por esa razón… sino porque en aquel entonces creía que eras diferente de lo que realmente eres. Entonces creía que veía a un dios; ahora me doy cuenta de que era un…”. Hizo una pausa.

“Continúa… No te contengas… Ahora te das cuenta de que era un campesino.”

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“Acabas de llamarte con ese nombre.”

Freyer se quedó de pie, como si un rayo lo hubiera golpeado. Parecía tener dificultades para respirar. “Sí”, dijo finalmente en voz baja, “me llamé con ese nombre, pero… no deberías haberlo hecho… ¡tú no!” Se agarró al respaldo de una silla para sostenerse.

“Es tu propia culpa”, dijo la condesa, fríamente. “Pero… ¿no te sentarás? Solo tenemos unas pocas palabras que decirnos. En este momento has arrancado la máscara de Christus y destrozado la última ilusión de mi corazón. Ya no puedo ver en esa persona, tan desfigurada por la ira, la imagen del Redentor.”

“¿Acaso Cristo también no se enfadó cuando vio a los cambistas en el templo? Y tú, tú intercambias los tesoros más sagrados de nuestros corazones por dinero insignificante y objetos inútiles… Pero yo no debo enojarme. Hace apenas un año, junto a la cama de nuestro hijo enfermo, me reprochaste no poder dejar de actuar como Cristo… Ahora… ya no sigo interpretando ese papel. Pero no importa; sea lo que sea, ya no podré complacerte, porque falta ese amor que convierte al campesino en dios. Sin embargo, hay algo más que debo añadir: si ahora, después de nueve años de matrimonio contigo, sigo siendo brusco y un campesino, la culpa no recae solo sobre mí. Podrías haberme elevado, haberme ennoblecido… Mi alma estaba en tus manos…” De repente, las lágrimas llenaron sus ojos: “Mujer, ¿qué has hecho con mi alma?”

Se dejó caer en una silla; había agotado todas sus fuerzas. Madeleine von Wildenau no respondió; las palabras de reproche habían surtido efecto. Nunca se había molestado en desarrollar sus capacidades, en ampliar sus facultades intelectuales. Cuando su encanto poético se agotó, lo descartó como si fuera un libro cuyo contenido ya había leído.

“Conocías mi historia. Te conté que crecí en los campos, con los caballos, y que aprendí lo poco que sé gracias a mi propio esfuerzo. Habría estado profundamente agradecido si me hubieras liberado de la ignorancia y apagado ese anhelo que siempre tienen quienes tienen poca educación por los tesoros de la cultura, de los cuales saben lo justo para darse cuenta de lo que les falta. Pero cada vez que intentaba hablar contigo sobre esos temas, tú, impacientemente, me hacías sentir mis deficiencias… Y eso me avergonzaba.”

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Me intimidaron. Así que mi vida solitaria empeoró constantemente: me volví más salvaje, en lugar de más cultivado. ¿Sabe cuál es el castigo más duro que se puede imponer a los criminales? El encierro en soledad. Solo se puede aplicar por poco tiempo, porque se vuelven locos. Desde que el niño y Josefa murieron, he sido uno de esos desdichados, y usted… ni siquiera me escribió una línea, no tuvo una palabra para mí. Sentí que mi mente se oscurecía poco a poco. Mujer, incluso si tuvieras poder sobre la vida y la muerte, no debes asesinar mi alma; no tienes derecho a eso. Incluso la ley solo mata el cuerpo, no el alma. Y donde impone la pena de muerte, estipula que la tortura debe ser acortada tanto como sea posible. Tú eres más cruel que la ley: destruyes a tu víctima lentamente, intelectual y físicamente.

“¡Terrible!”, murmuró la condesa.

“Ay, es terrible. Ustedes, los mundanos, vienen a tentarnos, a suspirar y a besar el borde de nuestras vestiduras, mientras dure la ilusión de su imaginación excitada. Esa ilusión nos contamina hasta que al final creemos ser dioses… y entonces nos arrojan de cabeza a las profundidades. Aquí esparcen el miasma de la manía por la grandeza y la vanidad; allá, dinero y semillas de avaricia. Otra vez quisieron sembrar su cultura, arrancarnos de nuestra ignorancia, pero solo lograron completar a medias su tarea. Luego se preguntan por qué nos convertimos en criaturas deformes, falsas, artificiales, comediantes, especuladores, genios incomprendidos… en todo menos en verdaderos hijos de Ammergau”. Se secó la frente, como si sangrara por las heridas causadas por las espinas. “Era un representante de mi pueblo cuando, aún siendo un simple pastor, fui llevado de mi rebaño para interpretar a Cristo. En aquel momento de tímido asombro, sentí de repente dentro de mí poderes de los que nunca había soñado… Y así estoy otra vez, en mi miseria, en mis conflictos mentales, en mi vida arruinada. Así seguiré, ya sea en derrota o en victoria, según sea la gracia de Dios hacia mí. Y desde que todo me abandonó… desde que vi a Josefa, lo último que me quedaba de Ammergau, tendida en su ataúd… desde entonces pareció como si, desde su tumba y de toda mi felicidad, de mi hogar, de mi hogar traicionado y abandonado, surgieran de nuevo ante mí. Sentí un extraño anhelo por esa tierra a la que tengo derecho, por esa tierra a la que pertenezco. Ah, ¡solo cuando el mundo exterior nos abandona sabemos qué es el hogar! Desafortunadamente, lo olvidé durante mucho tiempo, mientras creía que usted me amaba…”

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Me necesitabas. Ahora que sé que ya no te importo, la cosa es muy diferente. Como un verdadero campesino, creía que solo tenía deberes y ningún derecho, pero en mi soledad he reflexionado mucho sobre muchas cosas, y al final comprendí que tú también tenías deberes y esperabas de mí más de lo que puedo soportar honorablemente. El hecho de haberlo aguantado tanto tiempo te dio el derecho a despreciarme, pues el esposo que se sienta furioso en un rincón y ve cómo su esposa lo traiciona, lo niega y se burla de él no merece otro destino. Por eso he venido a preguntarte cuáles son tus intenciones y a decirte mi decisión.

“¿Qué deseas?”

“Que vengas conmigo a Ammergau, que dejes de lado la riqueza, el prestigio y el esplendor que no se me permitió compartir contigo, y a cambio aceptes conmigo mis escasos ingresos, mi sencillez, mi nombre honesto y plebeyo. Pues, por pobre y humilde que sea, no soy tan despreciable a los ojos de Aquel que me concedió la dignidad y el honor de encarnar a Su divino Hijo, para que tengas que avergonzarte de ser mi esposa en el verdadero sentido cristiano.”

La condesa suspiró aliviada. “Me has anticipado”, respondió, sonrojándose. “Veo que comprendes lo insostenible de nuestra relación. Tu ultimátum demuestra que tendrás la fuerza para hacer lo que es inevitable, y he tardado tanto solo por consideración hacia ti. Porque… tú sabes tan bien como yo que nunca podría acceder a tu petición. Será un deber sagrado, mientras vivas, asegurarme de que no te falte nada, pero debemos separarnos.”

Freyer palideció. “Separarnos… ¿para siempre?”

“Sí.”

“Dios misericordioso… ¿nada es sagrado para ti, ni siquiera el vínculo del matrimonio?”

“Sabes que soy racionalista y no creo en dogmas; por lo tanto, considero que todo matrimonio puede disolverse cuando las condiciones morales bajo las cuales se formó resultan falsas. Desafortunadamente, ese es el caso entre nosotros. Tú no aprendiste a adaptarte a las circunstancias, y…”

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Nunca lo harás: el conflicto se ha intensificado hasta volverse insoportable; no podemos entendernos, por lo que nuestro vínculo matrimonial está roto espiritualmente. ¿Por qué deberíamos mantener solo su apariencia externa? He perdido por tu culpa nueve años de mi vida; te he sacrificado los deberes impuestos por mi posición, renunciando al matrimonio con un hombre de igual estatus. Las cosas han llegado a tal punto que seré arruinado si no me liberas. ¿Acaso nunca cruzarás mi camino e invadirás mi ámbito?

“¡Oh Dios! ¡Esto también!”, exclamó Freyer en la más profunda angustia. “¿Cuándo he invadido tu ámbito? ¿Cómo, dónde he cruzado tu camino? Durante todo el tiempo de mi matrimonio viví solo en la cima solitaria de la montaña como tu sirviente. ¿He alardeado alguna vez de mi condición de tu esposo? Esperé pacientemente hasta que, cada pocas semanas, y luego cada pocos meses, venías a verme. Desprecié todos los regalos de tu generosidad desmedida; era mi orgullo trabajar para ti a cambio del pedazo de comida que comía. No pedí nada de tu riqueza ni de tu posición, ni presté atención, como otros, al esplendor de tu hogar. No quería nada de ti salvo esa parte inmortal. ¡Era el más pobre, el más insignificante de todos tus sirvientes! Mi única posesión era tu amor, y tuve que ocultarlo de todas las miradas curiosas, como si fuera un robo, para evitar el desprecio de mis conciudadanos y de todos aquellos que no podían comprender la relación que tenía contigo. Pero también soporté en silencio esta vergüenza, cuando una palabra habría podido vindicarme… La soporté para no arrastrarte desde tu brillante posición hasta la mía. ¿Y tú llamas a eso invadir tu ámbito? Admito que gradualmente me volví melancólico y amargado, y que mi mal humor y mis reproches te disuadieron cada vez más de venir, pero soy solo humano y me vi obligado a soportar cosas más allá de lo que un ser humano puede soportar. La intención era buena, aunque la ejecución pudo haber sido defectuosa. Perdí tu amor, perdí a mi hijo, perdí a mi fiel compañera, Josefa… Pero soporté todo en silencio. Te vi disfrutando en el bullicio de la sociedad elegante, te vi admirado por otros y olvidándote de mí… Pero lo soporté, porque te amaba mil veces más que a mí mismo y no quería causarte dolor. A menudo pensé en desaparecer en secreto de tu vida, como una sombra que no pertenecía allí. Pero la inviolabilidad del vínculo matrimonial me retuvo, y quise intentarlo una vez más, con la fuerza del voto que juraste en el altar, para llevarte de vuelta a tu deber… Pues no puedo disolver el sacramento que nos une, y que tú aceptaste voluntariamente junto a mí. Si eso no te ata…

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¡Todavía me ata! Soy tu esposo, y seguiré siéndolo; si rompes ese vínculo, deberás responder ante Dios por ello; en cuanto a mí, lo mantendré… hasta la muerte.

“Eso sería un sacrificio innecesario, que ni la iglesia ni el estado exigirían. No me liberaré y te dejaré atada. Argumentas basándote en la creencia errónea de que estamos casados legalmente; es hora de explicar ese error, tanto por tu parte como por la mía. Hablas de un voto que te hice frente al altar, pero recuerda que nunca estuvimos frente a uno.”

“¿Nunca?”, murmuró Freyer, y la vena de su frente se hinchó de ira.

“¿Fue la mesa del desayuno del pastor de Prankenberg un altar?”

“No, pero dondequiera que dos seres humanos se presenten ante un sacerdote en nombre de Dios, allí hay un altar invisible.”

“Esas son opiniones católicas subjetivas que no entiendo; yo no me considero casado, y tú tampoco necesitas hacerlo.”

“¿No casados? ¿Sabes lo que dices?”

“Lo que debo decir, para liberar tus cadenas y las mías.”

“Dios mío, ¿de qué servirá si liberas mis cadenas y al mismo tiempo cortas una arteria para que muera desangrada? No, no puedes ser tan cruel. No puede ser en serio. Padre omnipotente… no lo dijiste, retira esas palabras. Señor, perdónala, ella no sabe lo que hace. Oh, retira esas palabras… ¡No creeré que mi esposa, mi querida esposa, pueda ser tan malvada!”

“¡Modera tus expresiones! Garantizo mi postura; pregunta a quien quieras, y escucharás que no estamos casados.”

Freyer se acercó a ella, la agarró por los hombros y la sacudió como una tormenta sacude un joven abedul. “¿No casados? ¿Entonces sabes quién eres?” Esperó en vano una respuesta; parecía completamente loco. “¿Debo decírtelo? Pues durante nueve años fuiste una…”

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“¡No termines!”, gritó la condesa, forcejeando con desesperación para liberarse de ese abrazo terrible y arrojándolo lejos de sí.

“Sí, lo terminaré, y tú mereces que todo el mundo lo escuche y dirija hacia ti el dedo del desprecio. Debería gritarlo a todos los vientos del cielo: que la Condesa Wildenau, demasiado orgullosa para ser llamada esposa de un hombre pobre, no fue lo suficientemente orgullosa como para ser su…”.

“¡Traidor, ingrato, traidor deshonroso! ¿Es este tu pago por mi amor? Toma un cuchillo y clávalo en mi corazón; sería más digno que amenazarme con la degradación”. Se irguió hasta alcanzar toda su altura y levantó la mano como si fuera a jurar: “Maldita sea la hora en que te levanté del polvo para tenerte a mi lado. Maldita sea esa falsa humanidad que busca borrar las diferencias de rango; malditos sean esos murmullos sobre los ‘derechos eternos del hombre’, que quitan las cadenas de la brutalidad para que pueda pisotear la cultura. Es como cuando un niño abre la puerta al lobo quejumbroso para que lo despedace. Sí, vete de mi vida, sombra oscura que saqué de esas profundidades donde se forja nuestra ruina… Vete, ya no tienes ningún papel en mí. Tu derecho está doblemente, triplemente perdido; tu hechizo se ha roto; tu fuerza retrocede ante el escudo de un espíritu noble bajo cuya protección me encuentro. ¡Atreveos a volver a ponerme las manos encima y insultaréis a la prometida del Duque de Barnheim, y tendréis que darle cuentas!”.

Un grito… una caída violenta… Freyer quedó inconsciente.

La condesa acarició tímidamente su rostro pálido. Un recuerdo extraño invadió su mente: así yacía él en el suelo cuando fue crucificado. No podía evitar mirarlo una y otra vez. ¡Oh, ojalá todo esto fuera mentira! Esos rasgos, esa frente noble sobre la cual reinaba la majestad del sufrimiento… ¡La imagen misma del Salvador! Pero solo era una imagen, una máscara. Desvió la mirada; no quería seguir mirando, no quería volver a ser víctima de esa ilusión. Pero, ¿qué podía hacer? Si llamaba a sus sirvientes, al día siguiente toda la ciudad hablaría de ello. Debía ayudarlo, intentar hacer que recuperara la conciencia por sí mismo. Pero, si ahora lo despertaba del estupor misericordioso, si el dolor y la rabia que lo dominaban volvían a surgir… ¿no la mataría? ¿Era extraño que…?

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¿Cómo pudo mantenerse tan tranquila ante ese pensamiento? Una indiferencia despectiva hacia la muerte se había apoderado de ella. “Si me mata, tiene derecho a hacerlo”.

Era demasiado noble como para evitar el castigo que merecía, aunque fuera la muerte. Así que esperó su destino.

Trajo una pequeña botella llena de un líquido aromático desde su dormitorio y vertió unas gotas en su boca. Pasó mucho tiempo antes de que diera alguna señal de vida; parecía como si su alma se resistiera a despertar, como si no quisiera volver a la conciencia. Finalmente abrió los ojos; los fijó fríamente en esa mano temblorosa que estaba cerca de él, como si nunca la hubiera tomado entre las suyas, nunca la hubiera besado, nunca la hubiera presionado contra su corazón palpitante. La tormenta había cesado; él estaba tranquilo.

La condesa se había equivocado otra vez con respecto a él, como de costumbre; su comportamiento siempre era distinto a lo que ella esperaba. Se levantó tan rápido como le permitían sus fuerzas, se pasó la mano por el cabello desordenado y buscó su sombrero: “Le pido disculpas por haberla asustado; olvide esta escena. Podría haberle ahorrado este momento a usted y a mí mismo si hubiera sabido lo que sé ahora. Lamento profundamente que el error que nubló su vida haya durado tanto tiempo”.

“Sí”, dijo ella, y las palabras salieron de sus labios con el sonido agudo de un diamante cortando vidrio: “Sí, no valió la pena”.

Freyer se dio la vuelta y le lanzó una última mirada; ella lo sintió a través de sus párpados bajos. Se había dejado caer en el sofá y tenía la vista fija en el suelo. Un frío similar al de la muerte recorrió sus miembros; permaneció inmóvil, como paralizada. Todo quedó en silencio por un momento, hasta que oyó pasos ligeros sobre la alfombra suave de la habitación. Cuando levantó la vista, la puerta ya se había cerrado detrás de Joseph Freyer.

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CAPÍTULO XXIX.
EN LA CASA DESOLADA

La noche había pasado, el día brillaba a través de las cortinas cerradas—pero la condesa Wildenau seguía sentada en el mismo lugar donde Freyer la había dejado. Sí, él se había ido “en silencio, sin hacer ruido, como una sombra”… quizá había desaparecido de su vida, tal como había dicho. No sabía qué sentir; hubiera querido aliviar su estupor con lágrimas, pero no se atrevía a llorar… ¿por qué debería hacerlo? Todo iba exactamente como ella deseaba. Es cierto que había sido dura, demasiado severa y cruel, y ambos habían dicho cosas que ninguno podía perdonar al otro. Sin embargo, era de esperar que el vínculo entre ellos no se rompiera sin una tormenta… ¿Por qué su corazón estaba tan pesado, como si hubiera ocurrido alguna desgracia, peor que cualquier otra cosa que pudiera sucederle? ¡Lágrimas! ¿Qué pensaría el duque? Sería una injusticia para él. Y no era cierto que sintiera algo; no tenía ninguna emoción, ni por el hombre que había desaparecido ni por el duque. El honor… el honor era lo único que aún podía salvarse. Pero… su repentino silencio cuando mencionó su compromiso con el duque… su partida así, sin despedirse, sin decir una palabra. La despreciaba… ya no era digna de él. Esa era la causa de su repentina calma. Había una grandeza y dignidad abrumadoras en esa calma, después de los arrebatos de desesperación feroz. Estos últimos expresaban un conflicto, mientras que la calma representaba una victoria… y ella estaba derrotada; le correspondían la vergüenza, los remordimientos y una tristeza extraña e inexplicable.

Así, permaneció sentada, reflexionando toda la noche, imaginando siempre que había visto lo que en realidad no había presenciado: la última mirada que él le dirigió, y luego… su silenciosa marcha por la habitación. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento, y ella se vio obligada, durante toda la noche, a revivir aquel instante.

Alguien llamó suavemente a la puerta, y la criada entró con el rostro demudado. “Solo quería preguntar”, dijo, con un tono cansado y débil.

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“¿Podría irme a dormir un rato? He esperado toda la noche a que Su Alteza tocara la campana…”

“¿Acaso has estado esperándome?”, dijo la condesa, levantándose lentamente del sofá. “No sabía que ya era tan tarde. ¿Qué hora es?”

“Casi las seis. Pero Su Alteza parece tan pálida… ¿No me permitirá ayudarla a acostarse?”

“Sí, mi buena Nannie, llévame a mi dormitorio. No puedo caminar; me duelen los pies.”

“Debería acostarse de inmediato e intentar entrar en calor. Está fría como el hielo”. La criada, realmente alarmada por la indefensión de su señora, habitualmente orgullosa, ayudó a esa figura encorvada a llegar a su habitación.

La condesa se dejó desvestir sin oponer resistencia, sentada en el borde de la cama, como paralizada, esperando a que la criada la ayudara a acostarse. “Gracias”, dijo en un tono más suave del que la criada había escuchado jamás de sus labios, mientras esta frotaba voluntariamente las plantas de sus pies. Inmediatamente apoyó la cabeza en las almohadas, adornadas con un gran monograma bordado y coronado por una diadema. Cuando finalmente sus pies se calentaron, pareció quedarse dormida, y la criada salió de la habitación. Pero Madeleine von Wildenau no estaba dormida; simplemente estaba agotada. Mientras su cuerpo descansaba, seguía viendo una misma imagen y sintiendo la misma tristeza.

La criada decidió no despertar a su señora y la dejó en paz.

Finalmente, ya entrada la mañana, la mujer cansada cayó en un sueño inquieto del cual no despertó hasta que el sol estuvo alto en el cielo.

Cuando abrió los ojos, sintió como si estuviera paralizada en todos sus miembros, pero atribuyó eso a las terribles impresiones del día anterior, capaces de conmover incluso al ser más fuerte.

Tocó la campana para llamar a la criada y se levantó. Caminaba lentamente, es cierto, y con gran esfuerzo… pero caminaba. Después de vestirse y de…

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Se sirvió el desayuno; ella escribió:

“El criado Franz es despedido por tratar con rudeza al mayordomo Freyer, y no debe presentarse ante mí nunca más. El intendente se encargará de resolver el asunto de los salarios.

“Condesa Wildenau.”

Otro sirviente trajo entonces una carta en una bandeja de plata.

La mano de la condesa tembló al tomarla: el sobre era uno de esos que solía usar Freyer, pero la letra no era suya.

“¿Alguien espera una respuesta?”, preguntó con voz apagada.

“No, Su Alteza; fue entregada por un leñador llamado Griess”.

La condesa abrió la carta: era de la criada del castillo de caza, y solo contenía la noticia de que el mayordomo se había ido de repente y los sirvientes no sabían qué hacer.

La condesa permaneció inmóvil unos instantes, incapaz de pronunciar palabra. Todo parecía girar a su alrededor en un círculo vertiginoso; apenas veía nada, salvo, vagamente, como a través de un velo, al sirviente retirando el desayuno.

“Que el viejo Martin ponga los caballos en el carruaje”, dijo finalmente, con voz ronca.

No sabía cómo pasaron los minutos antes de que subiera al carruaje, ni cómo pudo, en presencia de la criada, adoptar la actitud serena de la dueña de la finca, quien “debe asegurarse de que todo funcione correctamente”. Ahora estaba sentada con los labios apretados, conteniendo la respiración para parecer tranquila a sus propios ojos. ¿Qué encontraría allá arriba? Dos tumbas del pasado y la morada vacía de una felicidad anterior. Le pareció ver un ala oscura rozar la ventana del carruaje, como si el ángel de la muerte volara pasando con la copa de ajenjo de la que Freyer había hablado alguna vez.

Sentía horror por la casa abandonada, por los fantasmas de la soledad y la tristeza que el hombre desaparecido podría haber dejado atrás. Cuando una casa está muerta, debe ser cerrada por el último sobreviviente, y eso siempre es una tarea dolorosa. Pero…

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Si él mismo ha provocado el amor, cruzará el umbral desolado con paso lento, pues el fantasma de su propio acto lo mirará desde todas partes, desde las habitaciones silenciosas.

La noche ya había caído, y las sombras de la montaña se acumulaban alrededor de la casa, desde cuyas ventanas ningún ojo lleno de cariño la saludaba. El carruaje se detuvo. Nadie vino a recibirla: todo estaba sin vida y desierto. Su corazón se hundió al bajar del carruaje.

“Martín, ve a los establos y trata de encontrar a la criada”, dijo la condesa en voz baja, como si temiera despertar algún tipo de horror. Martín no dijo ni una palabra; su rostro bondadoso mostraba una seriedad inusual mientras conducía hacia los establos.

La condesa se quedó sola frente a la puerta cerrada. El viento nocturno soplaba entre los árboles y hacía temblar las ramas de los pinos. Algunas ramas rotas se balanceaban como brazos paralizados; eran aquellas de las que Freyer había tomado la rama perenne para el ataúd del niño. En aquel entonces estaban rígidas por el hielo; ahora, la savia, ablandada por la lluvia primaveral, goteaba de ellas. ¿Comprendía ella lo que las ramas trataban de decirle? ¿Estaban sus mejillas mojadas por la lluvia o por lágrimas? No lo sabía. Solo sentía una soledad indescriptible. Estaba de pie en los escalones cubiertos de musgo, excluida de su propia casa, y ninguna voz respondía a su llamada.

Una cruz se erguía por encima de las copas de los árboles: estaba en el campanario de la antigua capilla donde yacían ambos: Josefa y el niño. Un ave de rapiña voló desde allí y luego desapareció en el bosque cercano para proteger su plumaje de la lluvia. Allí tenía su nido.

Ahora todo volvía a estar en silencio, como si estuviera muerto; solo las nubes que se elevaban sobre el bosque vertían su contenido sobre la tierra primaveral. Por fin se oyeron pasos. Era la chica que traía las llaves.

“Le pido perdón a la condesa… No esperaba verla tan tarde. Estaba en los establos abriendo la puerta”, dijo. Luego le entregó el manojo de llaves. “Esta, la que tiene etiqueta, es la llave de la habitación del administrador. Él me hizo prometer que no se la daría a nadie más que a la condesa, si es que volvía”.

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“Traiga una luz; está oscureciendo”, respondió la condesa al entrar en la sala de estar.

“Espero que Su Alteza lo perdone”, dijo la muchacha. “Todo sigue tal como quedó después de los funerales de Josefa y del niño. El señor Freyer no me permitió quitar nada”. Salió de la habitación para buscar una lámpara. Allí estaban las ramas secas de pino; allí se encontraba el crucifijo con las velas, cuyas llamas ya casi se habían extinguido en sus candelabros. Eso había sido durante semanas su único compañero. “Pobre desdichada”, exclamó una voz en el corazón de la condesa; un escalofrío recorrió todo su cuerpo al ver sobre el sofá un manto negro dejado tras los funerales de Josefa. Parecía como si fuera Josefa misma quien yacía allí, como si esa figura negra fuera a levantarse al entrar ella y acercarse amenazadoramente. El horror se apoderó de ella, y salió rápidamente al encuentro de la muchacha que venía con una luz. La habitación del mayordomo estaba un piso más arriba, junto a sus propios aposentos. Subió las escaleras con paso inseguro, dejando a la muchacha abajo. No necesitaba testigos para lo que esperaba encontrar allí.

Introdujo la llave en la cerradura con mano temblorosa y abrió la puerta. ¡Qué triste deber! Dondequiera que mirara en esa casa de luto, estaba sometida al peso de su propia culpa. Cada vez que entraba en una de las habitaciones vacías, parecía como si espíritus susurrantes y llorosos se escondieran en las esquinas, esperando el momento en que pudieran surgir como un ejército vengador.

Al entrar, ese movimiento se transmitió por todas las tablas del viejo suelo, hasta el punto de que parecía realmente como si hubiera pies invisibles caminando a su lado. Por un momento se quedó inmóvil, conteniendo la respiración; nunca antes había notado ese efecto de sus propios pasos, nunca había estado allí sola. Su dormitorio estaba junto al de su esposo; la puerta estaba abierta; seguramente él había estado allí para despedirse antes de irse. Avanzó unos pasos con vacilación y echó una mirada tímida hacia adentro. Las dos camas, una al lado de la otra, parecían dos ataúdes. Sentía como si viera allí su propio cadáver: el cadáver de la antigua condesa Wildenau, esposa de Freyer. La mujer que ahora estaba allí era otra persona… ¡y su asesina! Sin embargo, sentía pena por ella y seguía percibiendo su dolor y su lucha por sobrevivir. Cerró rápidamente la puerta y la atrancó, como si la mujer muerta que estaba dentro pudiera salir y exigirle cuentas.

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Luego dirigió sus pasos lentos hacia el escritorio de Freyer, pues ese siempre es el lugar donde un alma solitaria esconde sus secretos. Y allí había un sobre grande con la dirección: “Para la Condesa Wildenau. Debe ser abierto por sus propias manos”.

Puso la lámpara sobre la mesa y se sentó a leer. Ya no temía los fantasmas de sus propios actos; él estaba con ella, y aunque ayer se había enfurecido en su angustia, ¡él la protegería!

Abrió el sobre. Dos papeles cayeron en sus manos: su certificado de matrimonio y un papel escrito por Freyer. La lámpara ardía de forma irregular y desprendía humo… ¿O eran sus ojos los que ya no veían bien? Ahora ya no veía los errores en la escritura; ahora veía, entre aquellos caracteres torpes, un alma noble y afligida que la había mirado ayer con unos ojos oscuros… ¡Por última vez!

Con las manos sobre el papel, apoyó su cabeza sobre ellas, como una Magdalena arrepentida sobre el evangelio. Para ella también era un evangelio: de dolor y amor. Decía lo siguiente:

“Condesa:

Le deseo un afectuoso adiós. Adjunto su certificado de matrimonio, para que no tema que pueda causarle algún problema con él…

Todo lo demás que le debo por su bondad se lo devuelvo, ya que ya no puedo hacer uso de ello. Lamento sinceramente que esté decepcionada conmigo. Le dije que no era quien fingía ser, sino un hombre pobre y sencillo, pero usted no quiso creerme y decidió probar conmigo. Fue una gran desgracia para ambos. Usted nunca podrá ser feliz, debido al pecado que desea cometer contra mí. Oraré a Dios para que la libere de mí, de tal manera que evite tener que cargar con este pesado pecado… Pero todavía tengo un acto de penitencia que realizar hacia mi hogar, al cual he sido infiel, para que aún pueda perdonarme en esta vida. He oído que la representación de la Pasión no podrá realizarse en Ammergau el próximo verano, porque no hay un Cristo… Eso sería terrible para nuestra pobre parroquia. Intentaré ayudarlos a superar esta dificultad, si me aceptan y no me rechazan, como corresponde a un traidor.” (Aquí la escritura estaba borrosa por las lágrimas.) “Espere, por el bien de su propia alma, hasta que terminen las representaciones, y yo…”

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He cumplido con mi deber hacia la comunidad. Entonces Dios será misericordioso y abrirá un camino para todos nosotros.

“Su agradecido,

Joseph Freyer.”

“P.D.: Si es posible, perdóneme por todo lo que hice para ofenderla ayer.”

Allí, en palabras sencillas y sin adornos, se describía el martirio de un alma que había pasado por la escuela del sufrimiento hasta alcanzar la máxima perfección. La descripción más elocuente y refinada de sus sentimientos habría tenido menos poder para conmover el corazón de la condesa que esas expresiones simples y cotidianas; ella misma no habría podido explicar por qué era precisamente la impotencia del hombre inculto que confiaba en su generosidad lo que se expresaba en esas líneas con una reprimenda inconsciente, algo que penetraba más profundamente que cualquier queja. Y ella no tenía respuesta a esa reprimenda, salvo las lágrimas que ahora fluían constantemente de sus ojos.

Apoyando la cabeza sobre la página, lloró… por fin lloró.

Permaneció mucho tiempo en esa postura. Una paz triste la rodeaba; nada se movía dentro ni fuera de ella. Los espíritus parecían reconciliados por lo que veían ahora. La difunta condesa Wildenau, en la habitación contigua, se había levantado silenciosamente; ya no estaba allí. Volaba lejos, muy lejos, más allá de las montañas, en busca de su esposo perdido, ese pobre e inocente esposo que, por ella, había renunciado a todo lo que constituye la felicidad y la dignidad humana, ansioso solo por una cosa: su liberación de aquello que, según su visión infantil de la religión, no podía dejar de considerar como un pecado grave e imperdonable. Volaba a través de un amplio arco en el aire: era el arcoíris formado por las lágrimas de amor derramadas por corazones humanos separados durante miles de años. Así era el arcoíris que se extendía sobre su cabeza cuando estaba en la cima junto al hijo real de las montañas, muy por encima de las brasas del bosque, a través de las cuales él la había llevado, dominando las llamas. Ellos lo habían perdonado… pero ella no tuvo piedad. Se agazaparon a sus pies como leones ardientes ante su domador, pero la mujer por quien él había luchado lo pisoteó. Sin embargo, por encima de ellos se extendía el arcoíris.

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El símbolo de la paz y la reconciliación… Bajo él había hecho el juramento que ahora pretendía romper. Sin embargo, la difunta condesa Wildenau volvió a ver ese arco brillante, y se lanzó hacia su esposo a través de él. Pues ya no tenía conocimiento alguno de las cosas terrenales; solo conocía ese amor antiguo, durante tanto tiempo negado, pero capaz de todo.

De repente, el reloj sobre el escritorio comenzó a dar las horas. La soñadora arrepentida se despertó. Eran las nueve. El reloj seguía funcionando; él mismo lo había puesto en marcha. Era un regalo suyo. Había dejado todos sus regalos, escribió. Eso sería terrible. Seguramente no se habría ido sin nada, ¿verdad? La llave del escritorio estaba en la cerradura. Abrió el cajón. Allí estaban todos sus papeles, libros, el dinero restante y las cuentas, todo en perfecto orden. Y junto a ellos… oh, tenía que verlo… una pequeña cartera con sus ahorros y un librito de ahorros, que ella misma le había dado en broma alguna vez. El librito estaba envuelto en papel, y en él decía: “Para mantener las tumbas de mis seres queridos en la capilla de la condesa Wildenau”.

“Oh, tú, gran y noble corazón, que nunca comprendí”, sollozó la mujer culpable, devolviendo el librito a su lugar.

Pero no podía descansar; tenía que seguir buscando, tenía que saber si la había dejado como una mendiga. Junto a la pared, junto al escritorio, había un antiguo armario costoso y ricamente decorado, que había visto pasar a muchas generaciones de los Prankenberg. Madeleine von Wildenau giró la cerradura con esfuerzo. Allí colgaban todas sus prendas, tal como él las había recibido de ella o las había comprado con su propio salario. No faltaba nada, excepto ese pobre abrigo, sombrero y bastón con los que se había ido de Ammergau, siendo dueño de una fortuna de millones. Se había ido de nuevo tan pobre como había llegado.

Arrodillándose, enterró su rostro, abrumada por la tristeza y la vergüenza, entre sus manos unidas.

“Freyer, Freyer… ¡No quería esto! ¡No esto!” Ahora, la tristeza largamente reprimida que se había causado a sí misma estalló sin control. Aquí podía gritarlo; aquí nadie la escuchaba. “Oh, que me hayas dejado así… sin reconciliación, sin despedida, con el corazón roto… ni siquiera…”

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¡Protegida de la miseria! Y yo te dejé ir sin una palabra amable… Ni siquiera volví a mirarte. ¿Era posible que pudiera hacerlo?

El viejo león de Prankenberg del escudo de armas del armario sin duda había visto a muchos dolientes examinar las prendas cuyos dueños yacían bajo tierra; pero ninguna de todas las mujeres de esa raza en declive había llorado tan amargamente por lo que había en ese armario como esta última de su nombre.

La vela se había consumido casi por completo en su portalámpara; una estrella que brillaba entre las nubes rotas iluminaba las ventanas sin cortinas. Más allá del bosque, los primeros relámpagos de primavera destellaban de un lado a otro.

Madeleine von Wildenau se levantó y permaneció un rato en medio de la habitación, pensativa. ¿Qué hacía allí? Ya no tenía nada que buscar en esa casa vacía. La difunta condesa Wildenau dormía de nuevo en la habitación contigua, y la que vivía ya no le pertenecía. ¿Era posible, acaso cierto, que hubiera expulsado al habitante pacífico de esa casa? Que lo hubiera alejado para siempre de aquel hogar modesto que ella misma le había preparado.

“Esposo, padre de mi hijo, ¿dónde estás?” ¡Ninguna respuesta! Ya no era suyo. Se había levantado de la humillación que ella le había infligido, se había quitado el manto de la servidumbre y se había ido, despreciándola a ella y a todo lo demás: un hombre pobre, pero libre.

Ella debía volver a la esclavitud de su propia culpa y de una existencia prosaica, mientras él se alejaba cada vez más, como una estrella que desaparece. Sentía que sus fuerzas flaqueaban; debía irse, o moriría allí, sola, sin ayuda ni cuidados.

Dobló el certificado de matrimonio y la carta de Freyer juntos, y sin echar otra mirada alrededor de la habitación —el fantasma de su conciencia despertada volvía a agitarse—, tomó la vela casi extinta y bajó rápidamente. Los escalones crujieron de nuevo detrás de ella, como si alguien la siguiera hacia abajo. Había ordenado que prepararan el carruaje a las nueve; seguramente llevaba esperando mucho tiempo. Dudó en la puerta de la sala de estar, pero siguió adelante: era imposible que entrara allí de nuevo. Llamó, pero la criada se había ido a trabajar a los establos. Solo su propia voz temblorosa resonó en los pasillos. Salió. El carruaje estaba…

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de pie al lado de la casa. La lluvia había cesado, el bosque dormía y todas las criaturas que lo animaban durante el día también estaban en reposo.

La condesa cerró la puerta. “¡Ahora entrelazad vuestros brotes y encerradla!”, dijo a los arbustos y pinos que se encontraban cerca de ella. “Extiendeis vuestros ramajes y rodeadla con una cerca impenetrable para que nadie pueda encontrarla. La Bella Durmiente que duerme aquí… ¡nada debe despertarla jamás!”

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CAPÍTULO XXX.
EL “WIESHERRLE”.

Muy arriba, sobre el impetuoso Wildbach, donde el arroyo rompe las rocas en ruinas y, en su furioso caudal, hace que las piedras pesadas se deslicen unas sobre otras, había un hombre tendido sobre el acantilado húmedo, que temblaba bajo el impacto de las masas de agua que caían. Los escarpados acantilados, cubiertos de espuma, lo rodeaban por completo, encerrándolo en el frío barranco cubierto de musgo, por donde no se veía ni un pedazo de cielo azul, ni un rayo de sol.

Allí yacía el viajero, engañado en todo, descansando en su camino de regreso a casa. Con la cabeza apoyada en la mano, miraba fijamente hacia abajo, hacia el remolino de agua espumosa, brumosa y constante. Sobre la roca frente a él había un pequeño cuaderno de notas, en el cual escribía lentamente palabras tristes, tal como brotaban de su alma; lentamente, como la resina que mana de los árboles heridos. Dondequiera que un corazón humano reciba una herida profunda y fatal, la poesía latente en la sangre de la gente fluye desde esa herida. Todas nuestras tristes canciones populares son como gotas de esa sangre del corazón de la gente. El hijo de una raza de montañeses que cantaban sus penas y alegrías compuso su propia balada melancólica; ninguna de las canciones que conocía y atesoraba en su memoria expresaba el dolor indescriptible que experimentaba. No sabía cómo escribirla; ignoraba la rima y el metro. Cuando terminó, es decir, cuando expresó todo lo que sentía, parecía como si la canción le hubiera llegado por sí sola, como la semilla de alguna planta que es llevada por el viento hasta un acantilado estéril, echa raíces y crece allí.

Pero ahora, después de haber creado la estructura de los versos, se dio cuenta por primera vez de toda la magnitud de su miseria.

Escondiendo el pequeño cuaderno en su bolsillo, se levantó para seguir el arduo camino que buscaba, en lo alto de las montañas, donde solo había unas pocas casas dispersas, y no se encontró con nadie.

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Mientras la condesa Wildenau, en el castillo de caza desierto, lloraba por las prendas desechadas con las que él había rechazado la apariencia de un sirviente, el hombre libre caminaba por las alturas, acariciado por la brisa nocturna, azotado por la lluvia bajo su delgado abrigo… Libre… pero también libre para estar expuesto al dolor, a los elementos, al hambre. Libre… pero tan libre que ni siquiera tenía un techo bajo el cual proteger su cabeza entre cuatro paredes protectoras.

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Tanto el amor como la fe han huido para siempre,
como paja arrastrada por vientos salvajes—
Nada, nada me queda aquí abajo,
solo un amargo arrepentimiento y una tristeza sin fin.

No tengo hogar en esta vasta tierra;
vivo como un mendigo harapiento,
en la oscuridad de la medianoche, enfrentando tormentas;
he roto mi bastón, y mi estrella ya se ha puesto.

Con ropas desgarradas por la escarcha,
mi cerebro quemado por el intenso calor del sol,
mi corazón destrozado por una mano humana…
Soy una sombra que se desliza por la tierra.

Regreso a casa; mi cabello está blanco.
Mi vida carece de amor y fe…
Quienquiera que me ve hace la señal de la cruz,
“¡Dios, protégenos de un destino como el mío!”

Así resonaba esa melancólica melodía en la oscuridad de la noche,
de una cima a otra, a lo largo del camino desde Griess hasta Ammergau.
Y dondequiera que sonara, los pájaros volaban asustados de los árboles hacia lo más profundo del bosque; los ciervos huían a los matorrales; el niño en la cuna se sobresaltaba y lloraba en sueños. Los perros en los patios solitarios ladraban fuertemente.

“Esa no era voz humana; era un ciervo herido o un búho”, decían los campesinos a sus esposas temblorosas, escuchando durante un rato esas notas fantasmales que se iban apagando hasta que todo volvía a quedar en silencio… y el espectro se había ido. Pero cuando amanecía y llegaba el momento en que las campanas matutinas ahuyentaban a todos los espíritus malignos, también cesaba la canción; solo se cumplía su profecía. Quienquiera que reconociera en aquel hombre demacrado, con ojos y mejillas hundidas, al Christus-Freyer de Ammergau, sin duda hacía la señal de la cruz, gritando: “¡Que el cielo nos proteja!”. Pero cuanto más clareaba, más se adentraba él en el bosque. ¡Se avergonzaba de ser visto! Su paso se volvía cada vez más débil, y sus ropas, aún más harapientas tras tanto tiempo caminando bajo la lluvia y el viento.

Todavía tenía unos cuantos peniques en el bolsillo: era la misma cantidad que tenía cuando dejó Ammergau. Los guardaba para pagar un alojamiento por una noche.

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Debe tomarlo una vez durante las veinticuatro horas. Podría haber llegado fácilmente a Ammergau al mediodía, pero no quería entrar allí de día, disfrazado de mendigo harapiento. Así que descansaba de día y caminaba de noche.

En una antigua posada, el “Escudo”, en el camino de Steingaden a Ammergau, preguntó a uno de los sirvientes si podía acostarse unas horas sobre la paja para descansar. Este dudó antes de darle permiso; el hombre parecía muy sospechoso. Al final dijo: “Bueno, no voy a negártelo, pero asegúrate de no llevar nada contigo cuando te vayas de aquí”.

Freyer no respondió. La ira que lo había llevado a echar al sirviente de la puerta de la condesa ya no ardía en su interior; ahora era su propio hogar quien lo castigaba, hablándole con su tono grosero. Que dijera lo que quisiera; él lo aceptaba como un hijo recibe una reprimenda de su madre. Colgó su abrigo mojado para que se secara al sol, que ahora brillaba cálidamente de nuevo, y luego se metió en el granero y se acostó sobre la paja. Un sueño reparador lo envolvió; la pobreza y la humildad acogieron a su alma afligida en sus brazos maternales, como cuando un hombre pobre recoge la flor marchita que el rico ha arrojado descuidadamente y, llevándola a casa, hace que vuelva a florecer.

Descansa, alma cansada. Ya no necesitas distorsionar las nobles proporciones de tu existencia para adaptarlas a relaciones para las cuales no fueron creadas. No necesitas ser más que lo que eres: un hijo del pueblo, amamantado por el pecho sagrado de la naturaleza, y siempre puedes regresar allí sin avergonzarte. La pobreza y la humildad extienden su manto protector sobre ti y te ocultan de las miradas de desdén y menosprecio que desgarran tu corazón.

Una expresión tranquila se reflejaba en el rostro del durmiente, pero su respiración era profunda y trabajosa, como si algún sentimiento poderoso agitara su alma bajo el silencio del sueño; y de debajo de sus párpados cerrados se escapó una lágrima.

Durante varias horas, el cuerpo agotado permaneció entre el sueño y la vigilia, entre la tristeza inconsciente y el consuelo.

Al otro lado, “en el Wies”, a quince minutos a pie del “Escudo”, sonó una campana en la iglesia a la que iban los peregrinos. Allí había un Cristo antiguo…

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“Señor de los Wies”, llamado simplemente “el Wiesherrle”, tallado en madera podrida y pintada, estaba colgado de la cruz por cadenas que hacían ruido cuando la imagen era objeto de burlas incrédulas. Tenía cabello real, que crecía constantemente cada vez que una mano impía lo cortaba. En tiempos de especial tribulación, podía sudar sangre; cientos de personas viajaban hasta los “Wies” en busca del milagroso “Wiesherrle”. Era una imagen tétrica de sufrimiento; la primera visión del cuerpo flagelado y del rostro retorcido por el dolor provocaba un escalofrío involuntario de horror, acentuado por la barba negra y el cabello largo, como el que suele crecer en las tumbas de los muertos. El rostro miraba fijamente al espectador con sus ojos vidriosos, como si dijera: “¿Acaso crees en mí?”. El cuerpo demacrado era tan realista que podría haber sido un cadáver embalsamado colocado en posición vertical. Pero el horror desaparecía si se miraba durante un rato, ya que en ese rostro extraño aparecía una expresión de paciencia; las pestañas de los ojos fijos comenzaban a temblar, la imagen parecía cobrar vida, las cadenas se balanceaban ligeramente y las gotas de sangre volvían a ser líquidas. ¿Por qué no? El corazón, que ama para siempre, también puede, a los ojos de la fe, sangrar para siempre. Cientos de extremidades de cera y corazones de plata, huesos consagrados y otras anomalías eran testimonio de las calamidades pasadas en las que el Wiesherrle había prestado su ayuda. Pero también podía enfadarse, como demostraba el sonido de sus cadenas, lo cual le daba un aspecto algo espectral y demoníaco.

Bajo la protección de esta extraña imagen de Cristo, cuyo poder se extendía sobre toda la meseta montañosa, yacía inconsciente la imagen viviente de Cristo. Entonces, las campanas vespertinas, que sonaban desde la iglesia, lo despertaron. Se levantó rápidamente y, al hacerlo, chocó contra el bloque donde estaba dividida la madera. Una cadena cayó sobre él. Freyer la levantó y la sostuvo un momento antes de volver a colocarla en el bloque, pensando en la flagelación representada en la obra teatral de la Pasión.

“¡Dios mío, el Wiesherrle!”, gritó una voz aterrorizada. La puerta que daba al granero, que se había abierto lentamente, se cerró rápidamente.

“Padre, padre, venga rápido… ¡El Wiesherrle está en el granero!”, gritó alguien presa del pánico.

“Chica tonta”, oyó Freyer decir a un hombre. “¿Estás loca? ¿De qué estás hablando?”

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“De verdad, padre, por mi alma; vaya allí, por favor. El Wiesherrle está de pie en medio del heno. Lo vi. Por nuestro Señor y la Santa Cruz. Amén.”

Freyer oyó cómo la chica se dejaba caer pesadamente en el banco junto a la estufa. El padre respondió con ira: “¡Tonterías, tonterías!”, y se dirigió hacia la puerta con sus zapatos claveteados. “¿Hay alguien aquí?”, preguntó. Pero cuando Freyer se acercó, el campesino mismo casi retrocedió aterrorizado: “Dios mío, ¿quién eres? ¿Por qué asustas así a la gente? ¿No puedes hablar?”

“Le pregunté al hombre si podía descansar allí, y luego me quedé dormido.”

“No entiendo por qué tienes que ser tan perezoso, convirtiendo la noche en día. Vete y duerme tu borrachera en otro lugar. No quiero milagros… ni un Wiesherrle en mi casa.”

“Pagaré por todo”, dijo Freyer humildemente, casi suplicante, mostrando su escaso dinero, ya que estaba agotado por el hambre y la sed.

“¿Qué me importan tus monedas?”, gruñó el dueño de la taberna, cerrando la puerta.

Allí se quedó el desdichado hombre, a quien el alma de la chica había reconocido con admiración como el Cristo mártir, pero a quien el rudo campesino rechazó en su puerta como a un vagabundo: hambriento y sediento, casi muerto de cansancio, con cinco horas de camino por delante. Tomó su sombrero y su bastón, se colgó el abrigo seco al hombro y salió del granero.

Al salir, oyó las últimas notas de la campana vespertina, y sintió el deseo de acudir a Aquel por quien había sido confundido. Parecía como si Él lo llamara a través de las campanas resonantes: “Ven a mí, tengo consuelo para ti”. Se adentró en el sendero del bosque que conducía al Wiesherrle. Pronto aparecieron las paredes blancas de la iglesia, y entró en ella, donde el estilo ostentoso y anticuado del siglo pasado se mezclaba con las ideas rudimentarias de los montañeses para quienes fue construida.

Cráneos, esqueletos de santos, cupidos de mejillas redondas, martirios crueles y pastores arcadios, penitentes desnudos y demonios que los arrastraban hacia abajo.

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En las profundidades, los corderos del cielo y los perros del infierno estaban todos en una confusión caótica. Sobre ese conjunto caótico se elevaba, sostenida por columnas fantásticas, la enorme cúpula con una puerta del cielo pintada en perspectiva; según el punto de vista del espectador, esa puerta parecía elevarse o hundirse, acortarse o alargarse.

Una guirnalda bellamente decorada con lucernas, a través de la cual asomaba el cielo azul y por la que entraban y salían golondrinas que construían sus nidos, constituía, por así decirlo, la joya de la arquitectura de la cornisa. Incluso no faltaba el “ojo de Dios”: un pequeño espejo oxidado colocado encima del púlpito, en medio de rayos dorados, destinado a brillar cuando el sol lo iluminara.

Y allí, en un relicario de cristal, justo debajo de todo ese desorden, sobre la talla dorada del altar mayor, colgaba, encadenado, el pobre y sencillo Wiesherrle. Las dos imágenes: la de madera de Dios y la de carne y sangre, se enfrentaban entre sí: el Cristo de la obra de Ammergau saludaba al Cristo de Wies. Es cierto que se parecían, tanto en su sufrimiento como en su dolor. Freyer se arrodilló durante mucho tiempo frente al Wiesherrle; lo que se dijeron solo lo escuchó Dios, en cuyo servicio y por cuyo poder realizaban milagros, cada uno a su manera.

“Tú eres feliz”, dijo el Wiesherrle. “¡Más feliz que yo! Manos humanas me crearon y la fe me dio vida; donde eso falta, yo no soy más que una marioneta de madera muerta, digna únicamente de ser arrojada al fuego. Pero tú fuiste creado por Dios, vives y respiras, puedes moverte y actuar… y, lo más importante, sufres como Aquel a quien representamos. ¡Te envidio!”

“Sí”, exclamó Freyer. “Tienes razón; sufrir como Cristo es lo más importante de todo. Dios mío, te agradezco por permitirme sufrir”.

Ese era el consuelo que el Wiesherrle tenía para su hermano tan atormentado. Era un pensamiento sencillo, pero le daba fuerzas para soportarlo todo. Siempre se cree que un gran dolor requiere un gran consuelo. Pero eso no es cierto: cuanto más pobre es una persona, más valor tiene para ella el regalo más pequeño, y cuanto más miserable es, más necesaria le resulta la menor consolación. Para el campesino cuyas cosechas han sido destruidas por la granizada, no sería ningún consuelo recibir un ramo de flores, algo que sí traería alegría a la habitación sofocante de un enfermo.

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En una gran desgracia, a menudo nos preguntamos: “¿Qué le dio a esa persona la fuerza para soportarlo?”. No fue nada más que esos pequeños consuelos, que solo conocen los desdichados. El alma que llora la pérdida de un ser querido, mientras muchos otros quedan atrás, no se consuela cuando la figura inerte de un mártir predica paciencia; pero para aquel que está desolado, que ya no tiene nada que le hable, la imagen de madera inerte se convierte en un amigo y su lenguaje mudo en un consuelo.

Junto al altar había una caja de limosnas. Los donativos destinados a ella servían para las reparaciones de la iglesia y para el cuidado de Wiesherrle, quien a veces necesitaba un nuevo paño alrededor de sus caderas. Freyer arrojó dentro las pocas monedas que el posadero había rechazado, porque se parecía a Wiesherrle; ahora, esas monedas debían ir con él. Sentía como si ya no necesitara dinero en toda su vida, como si el consuelo que había recibido allí lo elevara por encima de todas las necesidades y preocupaciones terrenales.

Se acercaba el atardecer; el sol se había ocultado detrás de las cimas azules de las montañas de Pfrontner. Ahora llegaba la hora sagrada del regreso a casa.

Ya sentía con alegría los latidos de su hogar; existía una conexión misteriosa entre ese lugar y el lejano Ammergau. Y tenía razón: por infantil que fuera la representación del ideal divino, era, sin embargo, una manifestación de una de esas fuentes ocultas de fe que se mezclan en la obra teatral de la Pasión, formando el gran flujo de creencia que debe satisfacer las necesidades de un mundo sediento. Así como en una altura desolada, entre arbustos enredados, a menudo damos la bienvenida con alegría al murmullo suave de un arroyo oculto que, en el valle de abajo, se convierte en el poderoso río de nuestra tierra natal, así también el viajero que regresaba se apresuraba hacia esa fuente misteriosa que lo conduciría al corazón de su madre. Pero sus rodillas temblaban; la naturaleza humana reclamaba sus derechos. Tenía que comer, de lo contrario se desmayaría. Pero, ¿dónde podría encontrar comida? Las últimas monedas estaban en la caja de limosnas; no podía sacarlas de nuevo, incluso si lo hubiera querido. No le quedaba más remedio que pedir algo de pan a alguien. Se arrastró cansinamente hasta la casa del sacerdote; allí intentaría pedir ayuda; el sacerdote se sorprendería menos al ver al “Wiesherrle” que el campesino. Intentó tocar la campana tres veces, pero muy suavemente. Pensaba que todo el mundo podía oír que estaba tocando la campana para pedir algo. Pero, si no sonaba, nadie…

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Abriría la puerta. Por fin, con tanto esfuerzo como si estuviera tirando de la cuerda de la campana en el campanario de la iglesia, sonó la campana. La campana resonó estridentemente. Apareció la vieja cocinera del pastor.

Freyer levantó su sombrero. “¿Podría pedirle un pedazo de pan?”, murmuró suavemente, y la alta figura parecía encorvarse aún más con cada palabra.

La cocinera, a quien nunca se le permitía rechazar a un mendigo en la puerta, lo miró un momento con mezcla de compasión y ansiedad. “Enseguida”, respondió, y fue a buscar algo, pero cerró prudentemente la puerta, dejándolo afuera, como hacemos con personas sospechosas. Freyer esperó, con el sombrero en la mano. La brisa vespertina soplaba fría sobre la elevada meseta montañosa y agitaba su cabello alrededor de su cabeza descubierta. Por fin, la cocinera regresó, trayéndole algo de sopa y un poco de pan. Freyer le dio las gracias y comió. Cuando terminó, devolvió el pequeño plato a la mujer; pero su mano temblaba tanto que casi lo deja caer, y su frente estaba húmeda. Luego volvió a darle las gracias, pero sin levantar la vista, y se alejó en silencio.

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CAPÍTULO XXXI.
EL REGRESO A CASA

El “Wies” se alzaba como una isla en medio de un mar gris de nubes. Todas las montañas de Trauchgau y Pfront, de Allgau y Tirol, que lo rodeaban como costas y acantilados lejanos, habían desaparecido en la niebla. Las ventanas de la cómoda taberna estaban iluminadas y había un fuego ardiendo en la chimenea. Una pequeña lámpara tras otra brillaba en las tranquilas casas de campo.

La solitaria iglesia ahora permanecía en silencio. También en silencio estaba el Wiesherrle en su santuario de cristal, mientras el viajero avanzaba con determinación a través de la niebla hacia casa y hacia la cruz. Freyer seguía avanzando cada vez más rápido por las laderas y a través de los bosques, hasta llegar al sendero que descendía de la montaña hacia el “Halb-Ammer”, cuyas aguas corrían en su base. Poco a poco salió de las capas de niebla, y ahora un débil rayo de luz lunar iluminaba su camino.

Hora tras hora continuó su camino. Una tras otra, las luces de las casas se apagaron. El mundo se sumió en el sueño, y los pueblos quedaron envueltos en silencio.

Solo en las iglesias seguían ardiendo las lámparas eternas, y él las tomó como lugares de descanso.

Cuando pasó por la torre del campanario de Altenau, el reloj dio las doce. Un bebedor tardío se acercó a él con paso tambaleante, pero retrocedió al ver su rostro, que lo miraba fijamente con ojos confusos y apagados, como si viera algún espectro de la noche.

“¡Soy una imagen de horror que atraviesa la tierra!”, murmuró Freyer en voz baja. Esa noche no cantó su canción. Esa tarde, su dolor se había calmado; su alma se preparaba para otro canto… sobre la cruz.

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Ahora la pequeña iglesia de Kappel apareció ante él en su colina verde, como una señal piadosa que indicaba el camino hacia Ammergau. Pero aún había manchas de nieve entre el verde pálido de las hojas primaverales; todavía faltaba tiempo para que el invierno fuera vencido por la estación más templada. El viento frío soplaba por la ancha carretera, haciendo que los dientes del viajero castañetearan de frío. Sentía que su calor vital estaba casi agotado; había caminado dos días sin comer nada caliente. La sopa que le dieron en la casa del párroco ese día estaba apenas tibia… Se detuvo un momento: ¡seguro que lo había soñado! ¿No podría haber pedido pan? Sí, así era. Un temblor sacudió sus extremidades: ¿Había caído tan bajo? Intentó abrocharse el abrigo delgado; sus dedos estaban rígidos de frío. Hacía diez años, cuando dejó Ammergau, era pleno verano; ahora el invierno seguía reinando en las alturas. “Solo no dejes que muera en esta carretera”, rezó, “solo déjame llegar a casa”.

Ahora había una luz lunar intensamente fría; todos los contornos de las montañas se veían claramente. Los contornos familiares de las cimas de Ammergau se volvían cada vez más visibles.

Ahora se encontraba en el puente de Ammer, donde comenzaba lo que podríamos llamar el suburbio de Ammergau: el pueblo de Bajo Ammergau. El río iluminado por la luna guiaba la vista en línea recta hacia el centro del valle de Ammer: allí estaban las montañas sagradas de su hogar, el escenario grandioso del mundo entero: el Kofel con su cruz, y las demás cimas. Al otro lado, a la izquierda, estaba la tranquila capilla de San Gregorio, rodeada de praderas infinitas, junto a la cascada del Leine, la hermana salvaje del Ammer. Allí, de niño, solía observar a sus caballos, cerca de la capilla, donde las gencianas azules adornaban su cabeza mientras se tumbaba en el césped, embriagado por su propia juventud y vitalidad.

Extendió los brazos, como si quisiera abrazar toda esa escena infinita: “¡Hogar, hogar! Vuestro hijo perdido regresa… Recíbenlo. ¡No os derrumbéis, montañas, y enterrad el querido valle antes de que yo llegue!”

Un último esfuerzo, una hora más de caminata. Aguanta, cansado, ¡una hora más!

La carretera desde Bajo Ammergau se extendía interminablemente hacia el destino. A la derecha estaba el bosque; a la izquierda, los campos donde crecían…

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Miles de flores de prado, el Edén de su infancia donde un lago azul una vez lo atrajo; tan azul que imaginó que reflejaba un pedazo del cielo. Pero cuando llegó allí, en lugar de agua, vio un campo de margaritas.

¡Oh, recuerdos de la infancia… ángel reconciliador del alma atormentada! Allí se alza la cruz, en el límite con el arbusto espinoso de donde se cortó la corona de Cristo.

“¿Cómo te irá? ¿Te aceptará la comunidad, te permitirá formar parte de esa unión feliz con las fuerzas del hogar, si sacrificas la sangre de tu corazón por ello?”, se preguntó Freyer. Parecía como si alguna nube, algún presentimiento oscuro, se interpusiera entre él y su hogar. “Bienaventurado aquel que ya no espera su recompensa de este mundo. ¿Qué son los hombres? Son todos variables, inconstantes y débiles. Solo Tú eres el mismo. Tú, que creas milagros entre nosotros… y tú, tierra sagrada de nuestros antepasados, montañas desde cuyas cimas sopla ese aliento que da fuerza a nuestra obra sublime… No son los seres humanos quienes son el hogar, sino vosotros”.

Ahora había alcanzado su objetivo: ¡estaba allí! Ante él, bajo la luz de la luna, se encontraba el Teatro de la Pasión: el lugar consagrado donde, en otro tiempo, se le permitió sentirse un dios durante horas.

El pobre hombre, rechazado, engañado en todo, se arrojó al suelo, besó la tierra y puso un puñado de ella sobre su cabeza, como si fuera la mano de una madre. Mientras tanto, de su alma brotaba una canción, como si la cantara su propio ángel guardián lloroso:

“Beso tu tierra, amado hogar,
Donde antes pisaron los pies de mis padres,
Donde la semilla buena, sembrada con devoción,
Germinó por orden de Dios.
Deseo descansar sobre tu regazo,
Aunque hui de ti con infidelidad.
Pero tus cadenas siguen atrayendo a tu hijo errante.
¡Oh, madre! Vuelve allí, dondequiera que pongan sus pies.
Y aunque ningún rayo de luz, ninguna estrella,
Ilumine el futuro y su oscuridad,
Tú no negarás, después de la guerra de la vida,
Un puñado de tierra sobre mi tumba”.

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Apoyó su cabeza así durante mucho tiempo sobre la tierra fría, pero ya no la sentía. Parecía como si el alma hubiera consumido la última energía del cuerpo agotado, y al romper sus cadenas, desprendióse como una aureola.
“¡Hosanna, hosanna!”, resonó en el aire, y la tierra tembló bajo los pasos de miles de personas. Venían en una larga procesión portando ramas de palma: las sombras de los padres, los actores veteranos de la representación de la Pasión desde sus inicios, y todos aquellos que habían vivido y muerto por la cruz desde los tiempos de Cristo.

“¡Hosanna, hosanna a aquel que murió en la cruz! Muchos son llamados, pero pocos elegidos. Pero tú perteneces a nosotros”, cantó el coro de mártires hasta que sus voces resonaron por la tierra y el cielo. “¡Hosanna, hosanna a aquel que sufre y sangra por los pecados del mundo!”

Freyer levantó la cabeza. La luna se había ocultado tras una nube, y nieblas blancas se acumulaban sobre los campos.

Se levantó, temblando de frío. Su delgado abrigo estaba húmedo por el rocío nocturno que se había derretido sobre su pecho descubierto, y sus pies le dolían, pues sus zapatos estaban desgastados por la larga caminata.

Aún creía poder oír, a lo lejos, en la inmensidad, el coro que entonaba hosannas al Crucificado. Y elevando los brazos al cielo, gritó: “¡Oh, mi Redentor y Señor! Mientras necesites que muestre al mundo tu rostro, déjame vivir; luego ten piedad de mí y déjame morir en la cruz. Muere por los pecados de uno, como tú muriste por los pecados del mundo”. Abrió la puerta que conducía al escenario. Allí, bajo la tenue luz de la luna, estaba la vieja cruz. Llorando a gritos, la abrazó, presionando contra su pecho esa madera dura que antes lo había sostenido y que ahora, como antaño, estaba rodeada de poderes misteriosos que lo atraían con tanta fuerza.

“¡Oh, si tan solo hubiera sido fiel a ti!”, lamentó. “Todas las bendiciones de este mundo, incluso la mayor de las felicidades, no valdrían tanto como tú. Ahora soy tuyo: alábate contigo mismo y llévame arriba, muy por encima de toda aflicción terrenal”.

El reloj de la torre de la iglesia dio las tres. Todavía tenía que vivir y sufrir, porque sabía que nadie podía interpretar a Cristo como él lo hacía, ya que nadie…

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Llevaba en su corazón la imagen del Redentor, como él. Pero… ¿podría ir más lejos?
Su fuerza se había agotado; lo sentía con el pecho oprimido. Tomó su sombrero y su bastón, y salió tambaleándose. ¿A dónde ir? A Ludwig Gross, la única persona ante quien no tenía vergüenza de mostrarse en su miseria.

Por primera vez se dio cuenta de que apenas podía seguir avanzando. Sin embargo, era necesario hacerlo; no podía quedarse allí.

Paso a paso, se arrastró con sus zapatos rotos por las calles ásperas del pueblo. A mitad de camino escuchó música y cantos alternándose con gritos y risas, que provenían de la taberna. Era una boda, y estaban preparándose para escoltar a la novia y al novio a casa; se enteró de esto por las conversaciones de algunos jóvenes que salieron. ¿Estaba realmente en Ammergau? Su alma seguía estremecida por la emoción al ver el hogar por el cual había anhelado tanto tiempo… ¡Y ahora este contraste! Sin embargo, era natural: no todos podían dedicarse a su tarea con el mismo fervor. Pero eso hirió aún más al hombre que llevaba en su corazón una convicción tan solemne y sincera. Se deslizó silenciosamente entre las sombras de las casas, para que nadie lo viera.

¿Acaso los festejantes no se dieron cuenta de que su Cristo pasaba disfrazado de mendigo? ¿No sintieron esa mirada que los observaba desde la sombra, a través de la ventana iluminada, preguntando en silencio: “¿Son estos los descendientes de aquellos antepasados cuyos espíritus glorificados acababan de saludar al hijo que regresaba a Ammergau?”

Los pasos del desdichado vagabundo pasaron desapercibidos. Entonces Freyer dobló por la calle lateral, donde se encontraba la casa de su amigo: la desafortunada casa donde comenzó su destino.

Aún no eran ni las tres y media. El ruido confuso no llegaba hasta la calle tranquila. La casa, cubierta por su amplio techo saliente, parecía estar envuelta en sueño. Salvo durante la Pasión, Ludwig siempre dormía en la habitación de la planta baja, que antes ocupaba la condesa. Freyer tocó suavemente la persiana, pero su corazón latía con tanta fuerza que apenas podía oír si había alguien dentro.

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Si su amigo no estuviera allí, si se hubiera ido de viaje o se hubiera mudado… ¿qué haría entonces? No había tenido ninguna comunicación con él, y solo había sabido, por medio de Josepha, que el viejo Andreas Gross había muerto. Llamó de nuevo. Ludwig era la única persona en quien podía confiar; si lo perdía, todo habría terminado.

Pero no… hubo un movimiento adentro; la conocida voz preguntó somnolienta: “¿Quién está ahí?”

“Ludwig, abre la ventana… soy yo, Freyer”, llamó en voz baja.

Las contraventanas se abrieron de golpe. “Freyer… ¿es posible? Espera, Joseph, espera, te dejaré entrar”. Escuchó cómo su amigo se vestía rápidamente; dos minutos después se abrió la puerta. No se intercambió ni una palabra entre los dos hombres. Ludwig tomó la mano de Freyer y lo llevó dentro de la casa. “Freyer… ¿estoy soñando? ¿Estás aquí? ¿Qué te trae? Voy a encender una luz ahora mismo”. Su mano temblaba de emoción mientras encendía una vela. Freyer permanecía tímidamente en la puerta. La habitación se iluminó; los rayos de luz cayeron directamente sobre Freyer. Ludwig retrocedió, horrorizado. “¡Dios misericordioso, ¡cómo te ves!”.

Los amigos se quedaron mucho tiempo frente a frente, incapaces de decir nada; Freyer seguía sosteniendo su sombrero en la mano. La aguda mirada de Ludwig recorrió su cuerpo demacrado, su abrigo raído y sus zapatos rotos. “Freyer, Freyer… ¿qué te ha pasado? Pobre amigo mío, ¿regresas a mí así?”. Con un dolor indescriptible, abrazó al desdichado.

Freyer apenas podía hablar; su lengua se negaba a obedecerle. “Si pudiera descansar un rato…”, balbuceó.

“Sí, ven, acuéstate en mi cama… Ya he dormido tanto como quiero. No volveré a acostarme”, respondió Ludwig, temblando de compasión y preocupación, mientras le quitaba rápidamente las ropas miserables a su amigo. Luego lo llevó a su propia cama y lo acostó con delicadeza. No quería cansar al hombre exhausto con preguntas; veía que Freyer ya no controlaba sus propias acciones. Su estado ya decía suficiente a su amigo.

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“¡Tú… eres amable!”, balbuceó Freyer. “Oh, he aprendido algo en el mundo exterior”.

“¿Qué… qué has aprendido?”, preguntó Ludwig.

Una extraña sonrisa cruzó el rostro de Freyer: “A mendigar”.

Su amigo se estremeció. “¡No hables más ahora… necesitas descanso!”, dijo en un tono suave y tranquilizador, envolviendo su cuerpo frío con mantas calientes. Pero un destello de noble indignación brilló en sus ojos, y sus labios pálidos no pudieron contener las palabras: “No haré más preguntas… pero quienquiera que te haya enviado aquí debe responder ante Dios por ello”.

El otro no escuchó, o si lo hizo, sus pensamientos estaban demasiado confusos como para comprender.

“Freyer… solo dime qué puedo hacer para ayudarte. Prepararé un fuego y te daré cualquier cosa que des para comer”.

“Cualquier cosa… que tengas”, jadeó Freyer con gran dificultad.

“Que Dios nos ayude… está muriéndose de hambre”. Ludwig apenas podía contener sus lágrimas. “¡Cállate… volveré enseguida con algo para ti!”, dijo, saliendo rápidamente a buscar todo lo que había en la despensa. No quería despertar a sus hermanas… eso no era tema para chismes femeninos. Pronto preparó con sus propias manos una sencilla papilla de pan a la que añadió un par de huevos; no tenía nada más… pero al menos era comida caliente. Cuando se la llevó a su amigo, Freyer estaba tan débil que apenas podía sostener la cuchara, pero la comida evidentemente le hizo bien.

“Ahora duerme”, dijo Ludwig. “Está amaneciendo. Iré al pueblo a ver si puedo conseguirte unas botas y otro abrigo”.

Una mirada muda de gratitud de Freyer recompensó esa atención fiel; luego cerró los ojos, y su amigo lo contempló con profunda melancolía.

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CAPÍTULO XXXII.
AL PUEBLO

La casa del alcalde, con su elaborado fresco de “Cristo ante Pilato”, seguía sin mostrar signos de vida en la grisácea aurora. El alcalde dormía. Había estado enfermo con frecuencia. Parecía que el ataque provocado por la huida de Freyer le había dado el golpe de gracia; nunca se recuperó de él. Y como su cuerpo no podía recuperarse, su mente tampoco logró recuperar su normalidad.

Cuando el estruendo causado por Ludwig Gross perturbó el silencio matutino de la casa, la esposa del alcalde abrió la puerta con un rostro en absoluto expresivo de alegría. “¡Mi esposo sigue durmiendo!”, dijo al maestro dibujante.

“Sí, no puedo evitarlo; debe despertarlo. Tengo asuntos importantes que tratar”.

La ansiosa esposa siguió resistiéndose, pero el alcalde apareció en lo alto de la escalera. “¿Qué pasa? Siempre estoy disponible si hay algo urgente. Buenos días; entre en la sala de estar. Iré enseguida”.

Ludwig Gross entró en el apartamento de techo bajo pero alegre, donde florecían plantas en cada ventana. Junto a la pared estaba el antiguo armario de cristal, el mueble más preciado en cualquier hogar acomodado de Ammergau; allí se guardaban la corona nupcial de la esposa y la copa del esposo, los regalos de boda —copas con inscripciones doradas que decían “En recuerdo perpetuo”, propiedad de la esposa—, así como premios ganados en competiciones de tiro o regalos de los visitantes de la obra de la Pasión, propiedad del esposo. En la hornacina cubierta de hiedra en la esquina de la habitación había una antigua cruz; debajo, un banco de madera con una mesa sobre la cual había materiales de escritura. Sobre la mesa, entre las viudas, había un par de imágenes de santos y un montón de programas de los ensayos que el alcalde estaba organizando. Junto a la pared opuesta había un mueble de cuatro patas cubierto de cuero negro, llamado “el sofá”; cerca de él, un enorme suelo de baldosas.

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Estufa, detrás de la cual la esposa del alcalde había dejado la leche “para que se espesara”.
Cerca había un armario empotrado con un pequeño escritorio, y finalmente una escalera en espiral bellamente pulida que conducía, a través de un agujero en el techo, directamente al dormitorio; era el lugar donde vivía el gato de la familia.
Era el hogar de un gran intelecto, cuyos alcances iban mucho más allá de esos límites estrechos; las grandes épocas de la obra teatral de la Pasión eran la única esfera en la que podía realmente vivir, donde tenía un amplio campo para sus talentos y ambiciones… donde podía encontrar compensación por los diez años de circunstancias mezquinas y limitadas. Pero los intervalos de diez años eran demasiado largos, y el anciano iba perdiendo gradualmente la elasticidad y el entusiasmo necesarios para soportar las privaciones de una década. Intentó todo tipo de aventuras con el fin de escapar, al menos, de las pequeñas molestias de la pobreza, pero no tuvieron éxito, lo que solo sirvió para aumentar su carga. Así, en la lucha contra el realismo, manteniendo siempre en alto el estandarte del ideal, envuelto en contradicciones internas y externas, el desdichado hombre se estaba agotando… como la mayoría de los habitantes de Ammergau.

“Bueno, ¿qué pasa?”, preguntó ahora al entrar en la habitación. “Siéntate.”
“No te enfades, pero sabes que mi esposo debe tomar su café, o se enfermará”. La esposa del alcalde trajo el desayuno y lo colocó sobre la mesa frente a él. “No dejes que se enfríe”, dijo con advertencia, y luego se retiró prudentemente, incluso llevándose al gato consigo, para que los señores pudieran estar completamente solos y sin interrupciones.
“Bebe, por favor, bebe”, insistió Ludwig, esperando hasta que el alcalde terminara su escaso desayuno; lo cual ocurrió rápidamente. “Bueno, ¿qué pasa?”, preguntó este último, apartando su taza.
“Tengo noticias para ti: Freyer está aquí”.
“¡Ah!”, exclamó el alcalde, y un rubor ominoso tiñó su rostro. Su mano temblaba nerviosamente mientras se alisaba el cabello, que antaño era hermoso y ahora estaba gris. “Freyer… ¿Cómo llegó aquí?”
“No lo sé… La pregunta murió en mis labios cuando lo vi”.
“¿Por qué?”

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“Oh, es realmente un espectáculo lamentable: enfermo, medio muerto de hambre, vestido con harapos… ¡Un verdadero Ecce Homo! Pensé que se me rompería el corazón al verlo.”

“Aha… así que Némesis ya está aquí.”

“Oh, no hables así. Una Némesis así es demasiado cruel. No sé qué le ha pasado; no pude hacerle ninguna pregunta, pero sí sé que Freyer no hizo nada que mereciera tal castigo. No puedes ni imaginarte en qué estado se encuentra ese hombre. Está acostado en casa, incapaz de mover ni un miembro del cuerpo.”

El alcalde se encogió de hombros. “¿Qué tengo yo que ver con eso? Sabes que nunca simpatizo con las penas que uno mismo se causa.”

“No es necesario que lo hagas, pero debes ayudarme a encontrar algún medio de sustento para ese desdichado. Todavía tiene su parte de los ingresos de la última representación teatral. No estuvo presente durante la distribución, pero interpretó el papel de Cristo desde mayo hasta agosto; por lo que recuerdo, su parte fue de entre setecientas y ochocientas marcos.”

“Exacto. Pero como huyó y, además, legó generosamente toda su fortuna a los pobres, no podía suponer que tuviera que guardar ese dinero para tiempos difíciles, y que tan pronto se encontrara en la situación de convertirse en una carga para la comunidad.”

“¿Qué hiciste con el dinero?”

“¿Acaso no lo sabes? Lo compartí con los demás.”

Ludwig golpeó el suelo con el pie. “Oh, cielos… ¡Esa era mi única esperanza! Pero él necesita ayuda; no tiene ni ropa ni zapatos. No tengo ni un centavo en casa, aparte de lo necesario para comer. No se puede dejar que se muestre con esas ropas; preferiría morir. No podemos exponerlo a las burlas; debemos respetarnos a nosotros mismos a través de él. Fue el mejor Cristo que hemos tenido jamás. Y aunque la obra se vio interrumpida por él, le debemos un mayor éxito y mayores ingresos de los que obtuvimos en toda una temporada. Y, en cambio, ¿debemos permitir que se vaya con las manos vacías… como el poeta en la división de la tierra de Schiller, solo porque llegó demasiado tarde?”

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“Sí.” El alcalde torció su bigote con sus delgados dedos: “Lamento por él… pero ya está hecho y no se puede cambiar.”

“¡Debe cambiarse! La gente debe devolver el dinero”, gritó vehementemente el maestro dibujante.

El alcalde lo miró con sus ojos agudos, medio ocultos por sus párpados caídos. “Pídselo”, dijo con calma y frialdad. “Ve a recuperarlo… si es posible.”

Ludwig se mordió los labios. “Entonces la parroquia debe hacer algo.”

“Eso requiere el acuerdo de toda la parroquia.”

“Pues convoque una reunión.”

“Hmm, hmm.” El alcalde sonrió: “Eso no es cosa fácil. ¿Qué crees que responderán las personas si digo: ‘El señor Freyer huyó de nosotros, interrumpió las representaciones, nos hizo perder unos 100.000 marcos, desacreditó la obra teatral ante nuestros propios ojos y ante los del mundo entero, y ahora pide como compensación 800 marcos del tesoro de la parroquia’?”

Ludwig dejó caer los brazos, desesperado. “Entonces no sé qué hacer… Debo mantener a mis hermanas ancianas e indefensas. Tampoco puedo mantenerlo a él; de lo contrario no pediría ayuda a nadie. Creo que debería ser un punto de honor para nosotros, los de Ammergau, no dejar a ningún miembro de la parroquia en la estacada cuando regresa a casa pobre y necesitado, especialmente a un hombre como Freyer, a quien tenemos más motivos para agradecerle que para reprocharle, digan lo que digan. No somos una institución penitenciaria.”

“No, ni un asilo.”

“Bueno, tampoco necesitamos serlo; simplemente una comunidad de hombres libres, que deberían estar guiados únicamente por el amor. Pero, lamentablemente, hace tiempo que ya no es así.”

El alcalde se recostó tranquilamente en su silla; el maestro dibujante se volvía cada vez más exaltado, mientras que el otro permanecía frío.

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“Siempre te refugias detrás de la parroquia cuando no quieres hacer nada… pero cuando sí lo deseas, la parroquia nunca se interpone en tu camino”.

El alcalde se llevó la mano a la frente, como si el pensar le agotara. Pertenecía a esa clase de hombres cuyo corazón está en la cabeza. Si algo hacía que su corazón doliera, también perturbaba su cerebro. Permaneció en silencio durante mucho tiempo, mientras Ludwig paseaba de un lado a otro de la habitación, temblando de excitación. Por fin, no sin un toque de humor amargo, dijo:

“Estoy bien consciente de eso; siempre dices lo mismo cada vez que hago algo que no te conviene. Me gustaría ver qué sería de ti, con tu naturaleza artística contradictoria e impulsiva: hoy ‘¡Hosanna!’, mañana ‘¡Crucifíganlo!’… Si yo no mantuviera la calma y la serenidad por ti. Si yo, que tengo la responsabilidad de actuar, cambiara de opinión tan rápido como tú y convirtiera cada uno de tus impulsos momentáneos en una acción… Al menos debería tener el poder de matar hoy, y mañana, cuando te arrepintieras, devolver la vida a esa persona. Hace diez años, cuando Freyer nos dejó en la estacada por amor y hirió todo lo que considerábamos sagrado… te lanzaste a mis brazos y lloraste sobre mi pecho ante la gravedad de sus actos. Ahora… porque no me conmuevo al instante por unos harapos y un aire de arrepentimiento de alguien que acaba de salir de una corrupción moral, vas a llorar sobre el pecho de tu amigo por la dureza y la falta de sentimientos del alcalde. Estoy acostumbrado. Conozco a los impulsivos como tú”.

Sacó un par de botas de debajo de la estufa. “Aquí tienes: soy dueño de solo dos pares de botas. Puedes llevarle uno a tu protegido, para que al menos pueda presentarse ante mí de manera respetable y discutir el asunto. Pero no lo haré a expensas de la parroquia. También puedo darte un abrigo viejo… iba a enviárselo a mi Anton, pero da igual. Solo te pido que no le digas de dónde provienen esas cosas, o me odiará porque estaba en condiciones de ayudarlo… en lugar de él a mí”.

“Oh, ¡cuán poco lo conoces!”, exclamó Ludwig.

El alcalde sonrió. “Conozco a la gente de Ammergau… y él es uno de ellos”.

“Te agradezco en su nombre”, dijo Ludwig, ya calmado.

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“Sí, veo que me lo agradeces, pero eso es lo menos importante. Se trata simplemente de un acto privado de caridad que podría realizar hacia cualquier desdichado por el que sienta compasión. Pero cuando yo, como alcalde, defiendo con firmeza el honor de Ammergau y decido a quién recomendar para la simpatía del público, ¡tú me lo reprochas! Antes de convocar una reunión parroquial y responder oficialmente por él, debo saber si realmente lo merece y cuál es su situación.” Volvió a llevarse la mano a la cabeza. “Envíamelo a la oficina; entonces veremos.”

Ludwig extendió su mano. “Sin ofender, seguramente sabemos cómo nos sentimos el uno hacia el otro.”

Cuando el maestro de dibujo se fue, el alcalde respiró hondo y permaneció durante un rato sumido en sus pensamientos. Luego miró el reloj, no para saber la hora, sino para comprobar si la conversación había durado lo suficiente como para explicar su dolor de cabeza y cansancio. El resultado no pareció tranquilizarlo. “¿Dónde terminará todo esto?”

Su esposa preguntó: “Bueno, padre, ¿qué pasa?”

El alcalde tomó su sombrero. “¡Freyer está aquí!”

“¡Dios mío!” Ella juntó las manos, sorprendida.

“Sí, fue una gran emoción para mí. Dile a Anastasia que no debe enterarse de la noticia por extraños. Ella ya está acostumbrada a todo, pero claro, esto la afectará profundamente. Y sobre todo, que no se hable de esto en la tienda; no quiero que la noticia se difunda por el pueblo, al menos no a través de nosotros. Adiós.”

La familia del alcalde disfrutaba de un pequeño privilegio: el monopolio de la sal, además de una pequeña tienda donde la incansable labor de su esposa permitía ganar unos pocos groshens. “Si yo no gano algo, ¿quién lo hará?”, solía decir, criticando la falta de economía de su esposo. Por eso, el alcalde no mencionó sus gastos excesivos relacionados con los botines y el abrigo. Ahora ni siquiera podía soportar reproches. “Un hombre en su posición a menudo se ve obligado a superar sus posibilidades económicas”… pero las mujeres no entendían eso. Por lo tanto, como de costumbre, huyó de las reprimendas domésticas hacia las regiones inaccesibles de su oficina.

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La hermana del alcalde ya no vivía en la misma casa. A medida que envejecía, se había mudado a una cerca de la iglesia, que había heredado de su madre, donde vivía tranquila y sola.

“Sí, ¿quién va a ir hasta Stasi?”, se lamentaba la esposa del alcalde. “Todos estamos muy ocupados. Como si ella no lo supiera pronto enough. ¡Él nunca se casará con ella! Rosel, Rosel…”

La hija menor del alcalde, la destinada a ser la María del futuro, entró desde la tienda.

“Ve con tu tía y dile que el señor Freyer ha vuelto, eso dice tu padre”.

“¿Volverá a interpretar el papel de Cristo?”, preguntó la niña.

“¿Cómo voy a saberlo? Tu padre no lo dijo. Quizás sí… No tienen a nadie más. Ay, esta representación teatral será la causa de la muerte de tu padre”.

La campanilla de la tienda, el sonido más agradable para esa mujer ansiosa, sonó: los clientes no podían esperar, ni siquiera por un pequeño paquete de café. Ella se apresuró hacia la tienda, mientras Rosel iba con su tía Stasi.

Era un buen día para la digna esposa del alcalde. Todo el pueblo compraba algo, con el fin de enterarse de algo sobre el interesante acontecimiento del cual, por supuesto, las hermanas Gross ya habían hablado temprano en la mañana. Y como la esposa del alcalde mantenía un silencio absoluto, lo que la gente no sabía lo inventaban ellos mismos… y, por supuesto, las cosas peores e improbables. Antes del mediodía ya circulaban los rumores más absurdos, y se formaron grupos que discutían acaloradamente al respecto.

La esposa del alcalde estaba sumida en la mayor angustia. Todos querían información de ella, y ¡qué fácil era que soltara alguna observación imprudente! En su intento por mantenerse callada, incluso olvidó que en realidad no tenía nada que ocultar, porque ella misma no sabía nada. Sin embargo, el miedo a haber dicho demasiado oprimía tanto a esa mujer concienzuda que, posteriormente, para beneficio de su esposo, demostró una paciencia extraordinaria y le ahorró las habituales reprimendas por no haber pensado en su esposa.

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y los niños, cuando descubrió que había regalado sus botas y su abrigo...!

Así, en ese extraño pueblecito, las cosas más nobles y las más humildes siempre van de la mano. Pero lo noble a menudo sucumbe a lo mezquino, cuando carece del poder para elevarse por encima de él.

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CAPÍTULO XXXIII.
Recibido de nuevo

Toda la mañana, la calle donde se encontraba la casa de Ludwig estuvo llena de gente. Hacia el mediodía, un susurro recorrió la multitud: “¡Él viene!”, y apareció Freyer. Muchos se acercaron con curiosidad, pero retrocedieron al verlo aproximarse. “¡Dios mío, qué aspecto tiene!”

Freyer pasó tambaleándose entre ellos, levantando su sombrero en señal de saludo; pero a pesar de su porte modesto y su vestimenta sencilla, parecía haberse convertido en un caballero tan aristocrático que nadie se atrevió a dirigirle la palabra. Algo en él inspiraba reverencia, como si estuviéramos en presencia de un muerto. Él estaba muerto… al menos para el mundo. La gente lo sintió, y los rumores cesaron de repente; los grupos formados por envidia o malicia se reconciliaron.

“¡No vivirá mucho tiempo!”, ese era el hechizo que calmaba toda disputa. Si tenía algún pecado en su conciencia, pronto lo expiaría; si tenía más dinero que los demás, tendría que “dejarlo atrás” pronto; y si quería quedarse con algo, no podría retenerlo por mucho tiempo. Solo los niños, que entretanto se habían convertido en jóvenes altos, corrieron confiados hacia él, extendiendo sus manos con la gracia y encanto propios de los niños de Ammergau. Y como los adultos lo seguían, los pequeños hicieron lo mismo. Él se detuvo y habló con ellos, reconociendo y llamando por nombre a cada uno de los mayores, mientras sus ojos brillantes miraban fijamente los suyos, como rayos de sol que penetran en cuevas oscuras. “¿Has estado enfermo, señor Freyer?”

“No, mis queridos niños… o sí, según lo vean otros, pero me recuperaré con ustedes”. Y, tomando en sus manos a media docena de esos pequeños dedos, siguió caminando con ellos.

“¿Volverá a ser el divino amigo de los niños con nosotros?”, preguntó una de las niñas mayores con insistencia.

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“¡Cuando llegue Navidad, lo jugaremos de nuevo!”, dijo. Una sonrisa extraña transformó los rasgos de Freyer, y las lágrimas llenaron sus ojos.

“¿Se quedará con nosotros ahora?”, preguntaron.

“¡Sí!”, fue solo una palabra, pero los niños sintieron que era un juramento. El pequeño grupo se acercó cada vez más a él: “¡Sí, ahora nunca debe irse!”

Freyer levantó en brazos a un niño pequeño y escondió su rostro en el pecho del niño: “¡No, nunca más!”

Por un momento reinó un silencio solemne. La tristeza de un corazón puro es sagrada, y el alma de un niño percibe esa santidad. El pequeño grupo pasó en silencio por el pueblo, y los niños formaron una especie de guardia protectora alrededor de él, para que los adultos no pudieran hacerle daño con preguntas curiosas. Los niños le mostraron a sus padres que la paz debía reinar entre él y ellos; pues la gente de Ammergau sabía que en sus hijos residía el verdadero espíritu que habían perdido, en mayor o menor medida, en la lucha por la supervivencia. Los niños lo habían adoptado; ahora estaba de nuevo en casa, en Ammergau. No hacía falta ninguna reunión del consejo para otorgarle los derechos de ciudadanía.

La pequeña procesión llegó al ayuntamiento. Freyer dejó en el suelo al niño que llevaba en brazos; el niño no quería separarse de él. Los adultos le tenían miedo, pero los niños lo consideraban su propiedad y se resistían a dejarlo ir. Solo después de mucho insistir lo dejaron entrar. Mientras subía las escaleras familiares, su corazón latía con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la pared. Un largo suspiro, unos pasos más… luego caminó por la sala vacía del consejo hasta la oficina. Un ligero golpe en la puerta, el conocido “¡Pase!”, y se encontró frente al alcalde. Entre la gente de Ammergau no es costumbre levantarse al recibir a alguien. “Buenos días”, dijo el alcalde, permaneciendo sentado, como si tuviera que terminar alguna tarea urgente… pero en realidad porque luchaba por mantener la calma. “¡Diga!” Freyer permaneció de pie junto a la puerta.

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El alcalde siguió escribiendo. Una mirada furtiva recorrió la figura vestida con abrigo y zapatos, pero no levantó los ojos hacia el rostro de Freyer; de lo contrario, este se habría dado cuenta. Por fin recuperó suficiente compostura como para hablar, y ahora fingió darse cuenta por primera vez de la identidad del recién llegado. “¡Ah, señor Freyer!”, dijo, y los ojos de los dos hombres se encontraron. Fue una escena triste para ambos.

El alcalde, que antaño había sido tan fuerte y imponente, ahora estaba envejecido, encogido, agotado prematuramente. Freyer era una imagen de sufrimiento casi sobrecogedora.

“Señor alcalde, no sé si aún puedo atreverme…”

“Por favor, tome asiento, señor Freyer”, dijo el alcalde.

Freyer así lo hizo y se sentó a cierta distancia.

“No parece que le vayan muy bien las cosas”, dijo el otro, más bien para iniciar una conversación que para conocer la verdad.

“Seguramente se da cuenta de ello”.

“Sí… ¡Ojalá las cosas hubieran salido de otra manera!”

Ambos permanecieron en silencio, abrumados por la emoción. Después de unos minutos, el alcalde continuó en voz baja: “Quise hacerle mucho bien… Es una lástima…”

“Sí, usted tiene mucho que perdonarme; nadie lo sabe mejor que yo. Pero no rechazará a un hombre arrepentido que desea reparar su error”.

El alcalde se frotó la frente: “No lo rechazo, pero ya le he dicho al administrador que lamento no poder hacer nada por usted. No está enfermo… No puedo ayudarlo con los fondos destinados a los enfermos, y será difícil lograr algo con la parroquia”.

“Oh, señor alcalde, nunca esperé recibir ayuda. Ayer, cuando llegué, estaba tan cansado que no pude explicarle nada a Ludwig; de lo contrario, seguramente nos habría ahorrado a ambos este paso tan difícil”.

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La simpatía lo indujo a aceptarlo. La ropa con la que me ha ayudado a salir del apuro por el momento la aceptaré con gratitud como préstamo, pero espero poder devolvérsela más tarde.

“¡Por favor, dejemos de hablar de esto!”, respondió el alcalde, agitando la mano.

“Sí. Pues solo me causaría vergüenza si usted me brindara generosamente ayuda material y, al mismo tiempo, guardara rencor hacia mí por el error que he cometido. Lo que más necesita mi alma enferma es la reconciliación con usted y con mi hogar. Y eso sí puedo pedirlo.”

“No soy implacable, señor Freyer. Usted no me ha hecho ningún daño personal; simplemente ha dañado aquello que está más cerca de mi corazón que cualquier otra cosa en el mundo. Es una pena que hay que superar, pero no puedo hacerlo responsable a usted, aunque me haya costado la salud y la vida. No siento rencor personal por algo que no tuvo intención personal. Si alguien lanza una piedra contra la imagen de un santo y sin querer me golpea en la sien, no lo haré responsable de eso, sino de haber apuntado a algo que es sagrado para otros. De castigarlo por ello dejaré que lo haga un juez superior.”

“Permítame permanecer en silencio. Usted debe ver el asunto desde su punto de vista, y yo no puedo ofrecerle otro. Se me niega el derecho a defenderme. Solo desearía defenderme de la acusación de que lo que es sagrado para otros no lo es para mí. Precisamente porque es sagrado para mí —quizás más que para otros—, he pecado contra ello.”

“Esa es una contradicción que no entiendo.”

“Y yo no puedo explicársela.”

“Bueno, no es asunto mío indagar en sus secretos ni juzgar sus motivos. No soy su confesor. Le dije que dejo que Dios juzgue tales cosas. Mi deber como alcalde me exige ayudar a cualquier miembro de la parroquia en la medida de mis posibilidades en cuestiones relacionadas con ganarse la vida. Si confía en mí, estoy dispuesto a ayudarlo con consejos y…”

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“Acción. No sé qué es lo que desea hacer. Dio su pequeña propiedad a nuestros pobres… ¿Desea recuperarla?”

“Oh, nunca, señor alcalde. Jamás recupero lo que doy”, respondió Freyer.

“Pero entonces le resultará difícil, más difícil que a otros, mantenerse”, continuó el alcalde. “Fue demasiado tarde para ir a la escuela de tallado y ganarse la vida así. No conoce ningún oficio; está demasiado bien educado como para dedicarse a ocupaciones más humildes, como las de jornalero o barrendero… Y sería demasiado orgulloso como para vivir a expensas de la parroquia, incluso si pudiéramos encontrar una forma de asegurarle un sustento. Es realmente muy difícil; uno no sabe qué decir. Quizá podría haber un puesto de mensajero… El porteador de Linderhof lleva mucho tiempo enfermo.”

“No se preocupe por eso, señor alcalde. Durante mi ausencia, dediqué mi tiempo libre principalmente al dibujo y al modelado. También leí mucho, sobre todo obras científicas. Por eso creo que podría mantenerme trabajando en el tallado, siempre y cuando mantenga mi salud. Si eso falla, me convertiré en leñador. El bosque será lo mejor para mí. Eso no me causa preocupación alguna.”

El alcalde volvió a frotarse la frente. “Tal vez, cuando haya disminuido la indignación causada por su abandono, sea posible darle un empleo en el Teatro de la Pasión como supervisor, asistente o en el cuarto de vestuario.”

Freyer se levantó; un rubor intenso tiñó su rostro, seguido inmediatamente por una palidez mortal. “No habla en serio, señor alcalde… ¿Yo? ¿Realizar tareas humildes en el Teatro de la Pasión? Entonces, ¡ay de aquel hogar que rechaza a sus hijos con burla y deshonra, cuando estos vuelven a él con anhelo y arrepentimiento de hombre maduro!”

Freyer se cubrió el rostro con las manos; la tristeza le impidió hablar.

El alcalde le dio un momento para calmarse. “Sí, señor Freyer. Pero dígame: ¿espera, después de todo lo que ha ocurrido, convertirse en Cristo?”

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“¿Qué más debería esperar? ¿Con qué otro propósito debería venir aquí, si no es para ayudar a la comunidad necesitada? Mi difunta prima Josepha recibió una carta de uno de nuestros parientes aquí, en la que decía que ustedes no tenían a Christus y no sabían qué hacer. Me pareció una llamada del Cielo, y en ese momento supe dónde estaba mi lugar. La vida ya no tenía ningún valor para mí; solo un pensamiento me sostenía: ser útil para mi hogar, reparar el daño que le había causado, expiar el pecado que había cometido… Y esta vez debía lograrlo. Caminé día y noche, con un único deseo en el corazón, un único objetivo ante mis ojos… Y ahora, ser rechazado así… Oh, es demasiado; es el golpe final.”

“Señor Freyer, lamento mucho lo sucedido, y comprendo cómo debe haberle dolido. Pero debe entender que no podemos darle de inmediato al hombre que voluntariamente, por no decir intencionadamente, nos abandonó y permaneció ausente tanto tiempo que se ha convertido en un extraño, el papel más importante en la obra, cuando la necesidad lo obliga a buscar nuevamente un medio de vida en Ammergau.”

“¿Me he convertido en un extraño porque estuve ausente diez años? Que Dios le perdone, señor alcalde. Ambos debemos rendirle cuentas de cómo hemos cumplido su sagrada misión; él decidirá entonces quién de nosotros ha atesorado más profundamente su imagen en su corazón: usted aquí, o yo en el mundo exterior.”

“Eso es muy hermoso y suena muy noble… Pero, señor Freyer, con su apelación a Dios no demuestra nada. Él es paciente, y el día en que se tome esa decisión, espero, está aún muy lejos, tanto para usted como para mí.”

“Tal vez esté más cerca de lo que usted cree, señor alcalde.”

“Esas palabras conmueven a las mujeres, pero no a los hombres, señor Freyer.”

Freyer se enderezó como un arbusto encorvado que de repente se libera de la nieve que lo oprimía. “No he querido conmover a nadie; mi conciencia está limpia, y no necesito apelar a su compasión. Una persona puede estar lo suficientemente enferma y débil como para anhelar simpatía, sin pretender beneficiarse de ella. Pensé que podría dejar que mi corazón hablara, que me entenderían aquí. Me equivoqué. No soy yo quien se ha alejado de mi hogar; es el hogar el que se ha alejado de mí y de ustedes.”

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El poder gobernante en la comunidad, que podría mediar entre nosotros, ha roto el último vínculo que me unía a ella. Un día tendrás que dar explicaciones ante Ammergau, si expulsas a aquellos que estarían dispuestos a derramar su sangre por ti y para quienes la causa de la obra de la Pasión sigue siendo algo muy importante.

“Oh, Herr Freyer, sería realmente triste si tuviéramos que buscar apoyos sinceros para nuestra causa entre los desertores, aquellos que nos abandonaron por motivos egoístas.”

“Herr Burgomaster…” Freyer reflexionó un momento; era difícil comprender qué pasaba por su mente. Parecía como si estuviera reuniendo fuerzas desde lo más profundo de su corazón para responder a esa acusación. “Es un asunto delicado hablar en alegorías cuando se trata de hechos concretos. Usted comenzó esto por cortesía hacia mí, y yo continuaré por el mismo motivo, aunque el lenguaje figurado no es de mi agrado. Marcamos huellas en la vida sin haberlo planeado… Pero, siguiendo su analogía: yo solo me he retirado personalmente, si así quiere llamarlo, y ahora he regresado voluntariamente. Pero usted, Herr Burgomaster, ¿cómo ha protegido, en mi ausencia, la fortaleza que le fue confiada?”

El burgomaestre se sonrojó intensamente, pero mantuvo la calma: “¿Y bien?”

“Ha abierto sus puertas a los enemigos más peligrosos, a todo aquello que inevitablemente destruirá las buenas costumbres de Ammergau. Ha hecho todo lo posible para atraer a extraños y ayudar a Ammergau de forma pragmática. Las intenciones eran buenas, desde un punto de vista material, pero no desde el ideal que usted enfatiza tanto en mi caso. Cuanto más abra Ammergau a las influencias del mundo exterior, más desaparecerán la sencillez, la piedad y la templanza, sin las cuales no es posible realizar una gran obra de fe como la obra de la Pasión. El mundo valora mucho la verdad; cree en nosotros porque nosotros mismos creemos en ella. Tan pronto como avancemos tanto en la civilización que todo se convierta en una farsa para nosotros, estaremos perdidos, porque entonces también será una farsa para el mundo. Usted pretende lograr que el Landrath autorice la construcción de un camino a través de las montañas de Ettal. Eso sería un gran logro… Se podría decir: ‘La fe puede mover montañas’. Gracias a la obra de la Pasión, quizás se conceda ese permiso, y entonces su nombre será mencionado en la historia de Ammergau hasta los tiempos más recientes.”

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Gratitud y elogios. Pero, ¿sabe usted qué habrá hecho? Habrá bajado el puente levadizo ante el enemigo mortal de todo por lo que lucha, habrá derribado la muralla que protegía la individualidad de Ammergau. Y en medio de todos los cambios de los tiempos, el poder igualizador del progreso ha mantenido ese milagro de fe al que el mundo hace peregrinaciones. Por un tiempo, el mundo vendrá en aún mayores multitudes por el camino más fácil; pero en unas pocas décadas ya no encontrará el Ammergau que busca: su inundación lo habrá sumergido, lo habrá arrastrado, y una nueva población próspera y política se establecerá sobre las ruinas de una época desaparecida y una tradición enterrada.

“¡Freyer!”, dijo el alcalde, visiblemente conmovido. “Usted ve las cosas en tonos demasiado sombríos. Todavía somos el pueblo de Ammergau, y Dios nos ayudará a seguir siéndolo”.

“No, ya no lo son. Ya hay signos de una visión diferente, más práctica de la vida: la llamada ‘evolución’. Hoy leí en Ludwig’s los programas de las obras teatrales que usted ha organizado durante los últimos diez años, desde la representación de la Pasión. Señor alcalde, ¿tuvo en cuenta la gravedad de la misión de Ammergau cuando convirtió a los actores de la Pasión en bufones?”

“¡Freyer!”, dijo el alcalde, erguiéndose con arrogancia.

“Bueno, señor alcalde, ¿acaso no ha representado farsas, o al menos obras cómicas populares? ¿Fue ‘El tallador de Ammergau’—que usted representó públicamente durante dos años en el sagrado escenario del Teatro de la Pasión, adaptándolo para mantener la impresión de la obra en el alma de la gente de Ammergau—una forma de hacerlo? No. La última lágrima de recuerdo que podría haber quedado se secaría bajo la alegría exuberante de aquellos que, una vez despertados, estarían dispuestos a cambiar gustosamente esa tiara incómoda por un sombrero de payaso más ligero. Y usted le mostró esto al mundo, señor alcalde: mostró a los extraños, que venían aún llenos de reverencia para ver el altar sobre el cual el fuego sagrado se había convertido en humo, a quienes interpretaban la historia de los sufrimientos de nuestro Señor y Salvador disfrazados así. Sé que dirá que quería darle al pueblo un poco de respiro después de la terrible seriedad de la representación de la Pasión. Desde su punto de vista, eso era prudente, porque usted será el beneficiario si la comunidad está alegre bajo su…”.

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Regla: ¡Las personas felices son más fáciles de gobernar que las serias y reflexivas! Admito que usted no tiene otro deseo que hacer felices a la gente según su idea, y que toda su ambición es dejar a Ammergau grande y rico. Pero, señor alcalde, no puede conciliar los dos objetivos de mostrar al mundo, con verdad convincente, la sublime religión del dolor y la resignación, y vivir en comodidad y frivolidad despreocupada. El favor divino no se puede comprar sin el sacrificio de los placeres y la comodidad personal; de lo contrario, no somos más que actores en una farsa con Dios, y Su bendición será retirada.

Freyer hizo una pausa y se quedó de pie, mirando al vacío con los brazos cruzados.

El alcalde lo observó tranquilamente durante mucho rato. “He escuchado en silencio porque su punto de vista me interesaba. Es la idea de un entusiasta, un carácter cada vez más raro en nuestros tiempos prosaicos. Pero perdóneme: solo puedo darle un valor subjetivo. Según su teoría, debo mantener a Ammergau, como un pedazo de la Edad Media, alejado de todo contacto con el mundo exterior, privándolo de toda ayuda para el desarrollo de sus intereses industriales y materiales, con el fin, por así decirlo, de preparar a esa gente desdichada, mediante la necesidad y las dificultades, para que sean representantes dignos de la Pasión. Esto sería admirable si, en lugar de ser alcalde de Ammergau, fuera Gran Maestre de una orden dedicada a la práctica del ascetismo espiritual… y Ammergau fuera un monasterio trapense. Pero como alcalde de una comunidad secular, primero debo velar por su prosperidad; y eso implicaría demasiado lujo, algo que, lamentablemente, aún no existe ni la más mínima posibilidad. Mi tarea como máximo responsable de un lugar es, ante todo, hacerlo lo más grande, rico y feliz posible; eso es una obligación directa hacia el pueblo y una obligación indirecta hacia el Estado. Solo después de haber cumplido esto puedo considerar el aspecto más ideal de mi cargo: en mi calidad de director de la obra de la Pasión. Pero incluso allí no tengo autoridad para ejercer ninguna restricción moral en el sentido de su noble —pero fanática e impráctica— visión. Debe haber tenido experiencias amargas, señor Freyer, para valorar tan poco las bendiciones terrenales; y no debe esperar convertir a personas sencillas, que disfrutan de su vida y de su trabajo, a estas visiones pesimistas, como si solo pudiéramos servir a nuestro Dios con una mente perturbada. Debemos permitir que tanto un pueblo como una persona individual conserven su individualidad. No quiero criar hipócritas, y no puedo…”

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Forzar el martirio a nadie con el fin de representar la obra de la Pasión de manera más natural. Cosas así no pueden imponerse.

“Por esa misma razón se necesitan personas que lo hagan voluntariamente. Y aunque, gracias a Dios, todavía existen en Ammergau, no hay tal abundancia que haga necesario rechazar a quienes desean ampliar ese pequeño grupo. Créeme, he vivido en una comunión más estrecha con mi hogar en el mundo exterior que si me hubiera quedado aquí, influenciado por las diversas corrientes opuestas de la vida activa de nuestros hermanos. ¿Sabes dónde se revela la idea de la obra de la Pasión en toda su belleza? No aquí en Ammergau, sino en el mundo exterior; así como la luz no emana del lugar donde se produce, sino a distancia. Por eso creo que no deberíamos juzgar los méritos de un hijo de Ammergau según el tiempo que ha pasado aquí, sino según el cariño que siente por Ammergau. En este sentido, incluso un extranjero puede ser un mejor representante de Ammergau que los propios habitantes del pueblo.”

“Sí, Freyer, tienes razón… pero una palabra franca merece otra. Me has sorprendido y conmovido… Pero aunque estoy obligado a hacer muchas concesiones a las circunstancias y al espíritu de los tiempos, que van en contra de mis propias opiniones y me sumen en conflictos internos, de los cuales vosotros, los jóvenes, probablemente no tenéis idea, nada en el mundo me hará ser infiel a mis principios en asuntos relacionados con la Pasión. Perdona mis palabras duras, Freyer, pero debo decirlas: tus acciones no concuerdan con los principios que acabas de expresar, y no puedes hacer que esta contradicción parezca creíble para nadie. ¿Quién creerá en la sinceridad de tu rigor moral después de haber vivido nueve años en una relación ambigua con la mujer con quien nos dejaste? Freyer, un hombre que ha hecho eso ya no puede representar a Cristo.”

Freyer permaneció en silencio, como una estatua.

El alcalde extendió su mano: “Ves que no puedo actuar de otra manera, ¿verdad? Mejor que la obra desaparezca por completo que tener un Cristo sobre el cual recaiga una mancha. Mientras no puedas defenderte…”

Freyer se irguió orgullosamente: “¡Y eso nunca lo haré!”

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“Debe renunciar a ello.”

“Sí, debo renunciar a ello. Adiós, señor alcalde.”

Freyer se inclinó y salió de la habitación; estaba más pálido que cuando entró, pero ningún sonido delataba la angustia mortal que le devoraba el corazón. El alcalde también estaba profundamente conmovido. Le ardía la cabeza; sentía lástima por Freyer, pero no podía hacer otra cosa.

Justo cuando Freyer llegó a la puerta, un hombre entró apresuradamente con una carta. Al pasar, Freyer reconoció la gran y conocida caligrafía en el sobre: era la letra de la condesa Wildenau. Se le nubló la mente y tuvo que agarrarse al pilar de la puerta. El alcalde se dio cuenta. “Por favor, siéntese un momento, señor Freyer. La carta está dirigida a mí, pero probablemente le concierne a usted.”

El hombre se retiró. Freyer permaneció indeciso.

El alcalde leyó el contenido de la nota de un vistazo y luego se la entregó a Freyer.

“Gracias. No leo cartas que no estén dirigidas a mí.”

“Muy bien, entonces debo decírselo. La condesa Wildenau, al no tener su dirección, me pide que me haga cargo de una suma considerable de dinero, la cual debo invertir en bienes inmuebles o acciones, según mi propio criterio. Usted no debía enterarse hasta que el regalo estuviera legalmente certificado. Pero considero mi deber informarle al respecto.”

Freyer permaneció frente a él con calma, con una mirada clara y firme. “No se puede obligarme a aceptar un regalo si no lo deseo, ¿verdad?”

“Por supuesto que no.”

“Entonces, por favor, escriba a la condesa diciéndole que no puedo aceptar ni regalos ni ningún tipo de ayuda de parte de extraños, y que tanto usted como yo rechazaremos categóricamente cualquier intento de mostrarle su generosidad de esa manera.”

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“¡Freyer!”, gritó el alcalde. “¿Acaso no vas a arrepentirte algún día del orgullo que te hace rechazar una fortuna que se te ofrece así en las manos?”

“No soy orgulloso… He tenido que pedir pan de camino hacia aquí, señor alcalde. Y si no hubiera otro medio de ganarse la vida, no me avergonzaría aceptar la migaja que hasta el hombre más pobre compartiría conmigo… Pero de la condesa Wildenau no recibiré nada. Prefiero morir de hambre.”

El alcalde se levantó de su silla y se acercó a él. Su figura delgada temblaba de emoción; sus ojos cansados brillaban de entusiasmo. Extendió los brazos: “Freyer… Ahora vuelves a pertenecernos. Ahora volverás a interpretar el papel de Cristo.”

En silencio, sumido en una felicidad indescriptible y triste, Freyer se dejó caer sobre el pecho del alcalde.

Su hogar estaba en paz.

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CAPÍTULO XXXIV.
EN LA TUMBA DE DAISENBERGER

Era pleno mediodía. Los niños estaban en la escuela y los adultos se habían ido a trabajar. El pueblo estaba en silencio y nadie detuvo a Freyer mientras este avanzaba apresuradamente por la amplia y antigua “Aussergasse”, como se llamaba la calle principal del lugar, con sus casas pintadas, en dirección al cementerio y a la iglesia.

En el cementerio, junto a la iglesia, se erige un sencillo monumento con un busto de bronce. Una cabeza poco agraciada, con todo tipo de arrugas, como si la naturaleza hubiera querido darle a ese alma una cáscara fea, por enojo de que no le perteneciera, de que no pudiera tener tanto poder sobre ella como sobre otros mortales nacidos del polvo… Pues esa alma pertenecía al Cielo; la tierra no tenía parte en ella. Pero, por más que la naturaleza intentara desfigurarla, su belleza pura brillaba a través de esa cubierta física de tal manera que incluso los ojos mortales solo percibían su belleza y pasaban por alto la fealdad.

Esa alma, que también podría llamarse el alma de Ammergau, ya que amaba a toda la población del pueblo, vivía para la gente, les daba todo y no guardaba nada para sí misma. Ese espíritu noble, al cual la gratitud de los sobrevivientes —y abarcaba a toda la comunidad— había hecho erigir un monumento, era Alois Daisenberger: el reformador de las representaciones teatrales de la Pasión.

Es un fenómeno peculiar que la gente de Ammergau, a diferencia de todos los demás, solo sea agradecida por los dones intelectuales, mientras que castiga con desdén los beneficios materiales. Les ofende tener que aceptar tales donaciones insignificantes, y sospechan que quien las ofrece pueda jactarse de sus méritos. Quien no tenga el autocontrol necesario para disipar esta sospecha soportando todo tipo de humillaciones y ofensas no debe intentar ayudar a los habitantes de Ammergau. Quien haya hecho alguna buena acción en realidad no ha logrado nada; solo cuando la expíe, como si fuera algo malo, le da su verdadero valor y calma el orgullo ofendido del receptor.

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Así fue con Daisenberger. Soportó con paciencia sagrada todas las asperezas y rarezas de esos personajes extraños, y ellos lo honraron como a un santo por ello. Tenía el ojo del genio para detectar el talento natural, un corazón sensible a los sufrimientos, y apreciaba la grandeza intelectual de esas personas. Y ofreció garantías al respecto: ningún honor mundano, ningún obispado que le ofrecieran podría alejarlo. ¿Qué era lo que superaba todo aquello con lo que la iglesia y el gobierno deseaban honrarlo? Quien se encuentre en el tranquilo cementerio, mecido por el aire fresco de la montaña que trae desde el pueblo ecos de un réquiem que se está ensayando, rodeado de picos nevados que miran soñadoramente hacia esa pequeña colina con su diminuta cruz, quien contemple el monumento con su enorme cabeza, mirando hacia el pueblo desde debajo de una guirnalda de gencianas azules frescas, se ve abrumado por la sospecha de que aquí se esconde un secreto en el cual un gran intelecto podría encontrar la satisfacción de su vida. Pero parece que la clave se encuentra en la tumba de Daisenberger.

A esta tumba se apresuró Freyer. La primera tarea del suplantador de Cristo que había regresado era dirigirse a su creador. La tumba solitaria quedó olvidada por el mundo. Es una verdadera obra de fe y amor cuando el creador desaparece en su creación y deja el honor a Dios. Todo el mundo acude a la representación de la Pasión, pero nadie piensa en aquel que le dio forma para que pudiera ser representada en nuestros días. Se trata de la “Oberammergau”, no de la representación de la Pasión de “Daisenberger”.

Él entregó al pueblo de Ammergau no solo su vida y sus capacidades, sino también aquello que un hombre rehúsa más entregar: su fama. Era alguien a quien ni la tierra podía darle nada, ni quitarle nada. Por eso, pocos visitaban su tumba en el pequeño cementerio de Ammergau. La gracia y belleza de su alma artística, grandiosa y noble, tejían para ella guirnaldas invisibles.

Freyer se arrodilló en silenciosa devoción junto a la tumba y oró, no por sí mismo, ni siquiera por aquel que formaba parte de la multitud de los benditos, sino por él, para que pudiera santificar a su pueblo y fortalecerlo con la seriedad sagrada de su tarea. Cuanto más tiempo miraba ese rostro de hierro, pero delicado, sin ver ningún cambio en esos rasgos familiares que alguna vez le habían sonreído tan amablemente cuando pronunció por primera vez las palabras que expulsaban…

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Los cambistas del templo… Su dolor se intensificó aún más, como si el alma de su pueblo hubiera muerto junto con Daisenberger, como si Ammergau fuera solo un cementerio y él el único en duelo.

“¡Oh, gran y noble alma, que tenía espacio para un mundo entero, y sin embargo te limitaste a este estrecho valle para crear en él un mundo de amor para nosotros! Aquí yace tu indigno Cristus, humedeciendo con sus lágrimas la piedra que ningún ángel podrá mover, para que podamos tocar tu cuerpo transfigurado y decir: ‘¡Dános tu espíritu!’”

Luego, como si esa boca metálica desde la cual suplicaba una respuesta hablara con lengua de bronce, una campana resonó solemnemente en el aire. Eran las doce. Lo que decía esa voz no podía expresarse con palabras. Lo había exhortado cuando, en el bautismo, fue recibido en la alianza con Aquel a quien estaba destinado a representar; lo había consolado cuando, siendo un niño lloroso, seguía el ataúd de su padre; lo había amenazado cuando, los domingos, junto a sus compañeros de escuela, tiraba demasiado fuerte de la cuerda de la campana; lo había advertido cuando se demoraba en las cimas del Kofel o del Laaber en busca de rosas alpinas, o cuando, gritando de júbilo, perseguía a las cabras montesas. Una sonrisa cruzó su rostro al recordar aquellos días. Y luego… esa misma campana resonó con fuerza, como una voz de otro mundo, en la mañana de la Pasión, en el momento en que, vestido con las ropas de Cristo, se encontraba detrás del telón junto a los demás para repetir la Oración del Señor antes de la representación: esa oración elevada y ferviente pidiendo que Dios los ayudara, para que todo saliera bien “por Su honor”. Y volvió a sonar solemnemente y dulcemente cuando vio a la hermosa mujer rezando al amanecer en el jardín… a ese Dios imaginario, que en realidad no existía. Luego pareció como si la campana estallara: hubo un sonido estridente, un dolor agudo en el cerebro y en el corazón. ¡Oh, memoria… el pasado! Ángel y demonio al mismo tiempo… ¿Por qué evocas tus visiones ante alguien dedicado a la cruz y a la muerte? ¿Por qué despertas el anhelo por lo que se ha perdido irremediablemente? Freyer, gimiendo en voz alta, apoyó su frente húmeda contra la piedra fría. El busto de bronce, como si sintiera compasión, dejó caer una genciana azul de su guirnalda sobre la cabeza del arrepentido, con un ligero toque, como un beso de labios espirituales. Él la tomó y la guardó en su cartera, junto al hermoso rizo del niño: lo único que le quedaba de toda su felicidad desaparecida.

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Entonces una mano se posó sobre su hombro: “Le agradezco que esta fuera su primera visita”. El sacristán se paró frente a él: “Veo que sigue siendo un verdadero hijo de Ammergau. Que Dios esté con usted”.

Las lágrimas de Freyer cayeron mientras tomaba la mano extendida. “Oh, noble sangre de Daisenberger, ¡le agradezco mil veces! Y usted, verdadero hijo de Ammergau, sobrino de nuestro difunto ángel guardián, dígame en su nombre: ¿me recibirá de nuevo entre ustedes y en esta obra sagrada?”

“No sé qué ha hecho ni qué ha experimentado”, dijo el sacristán, mirándolo con sus grandes ojos marrones y leales. “Solo lo vi de lejos, orando junto a la tumba de mi tío, y pensé que quienquiera que hiciera eso no podía perderse para nosotros. Junto a esta querida tumba, le ofrezco mi mano. ¿Trabajará conmigo, vivirá y, si es necesario, morirá por la sagrada voluntad de este hombre fallecido, por nuestra gran tarea, tal como él la tenía en su corazón?”

“Sí, amén.”

“Entonces que Dios lo bendiga.”

Los dos hombres se miraron con seriedad y lealtad a los ojos, y sus manos se unieron sobre la colina consagrada, como si hicieran un juramento.

De repente apareció una mujer, aún hermosa aunque algo más allá de la juventud, acercándose a Freyer con dignidad y cordialidad: “Buenos días, señor Freyer; ¿me recuerda?”, dijo con una voz tranquila y musical, extendiendo su mano.

“¡Mary!”, exclamó Freyer, estrechándola. “Anastasia, ¿cómo podría olvidarla? ¿Cómo está? Pero, ¿por qué me llama señor Freyer? ¿Nos hemos vuelto extraños?”

“Pensé que no debía usar la forma antigua de dirigirme a usted; ha estado ausente tanto tiempo…”, hizo una pausa, mirándolo con una mirada compasiva, como queriendo decir: “Y está tan infeliz”. Pues las naturalezas delicadas respetan más la desgracia que el rango y la riqueza, y el que sufre les parece sagrado.

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El sacristán miró el reloj: “Debo irme, el servicio vespertino vuelve a comenzar a la una en punto. Adiós, hasta que nos volvamos a ver. ¿Vendrás al gimnasio esta tarde?”

“Casi no… No me siento muy bien. Pero nos veremos pronto. ¿Estás casado ahora? No lo he preguntado…”

La cara del sacristán se iluminó de alegría. “Sí, de hecho, y estoy muy felizmente casado. Tengo una buena esposa. La verás cuando vengas a visitarme.”

“Una buena esposa… ¡Eres un hombre afortunado!”, dijo Freyer en voz baja.

“Ahora mismo tiene mucho que hacer por el pequeño.”

“Ah… ¡Tienes también un hijo!”

“¡Y qué hermoso!”, añadió Anastasia. “¡Una niñita encantadora! Algún día será como María. Pero la esposa del sacristán la mima demasiado; apenas la deja salir de sus brazos.”

“Una buena madre… ¡Debe ser maravilloso!”, dijo Freyer, con una expresión extraña, como si hablara en sueños. Luego apretó la mano de su amigo y se dio la vuelta para irse.

“¿No vas a despedirte también de mí?”, preguntó Anastasia. El sacristán hizo un gesto triste detrás de la espalda de Freyer, como queriendo decir: “¡Él ha sufrido mucho!”, y entró en su iglesia.

Freyer se volvió rápidamente. “Sí, lo olvidé, mi María. Soy grosero, ¿verdad?”

“No… No eres grosero… Solo infeliz”, dijo Anastasia, mientras su mirada compasiva se posaba en su rostro demacrado.

“Sí”, respondió Freyer, bajando los párpados, como si no quisiera que ella viera en sus ojos cuán infeliz era. Pero ella lo vio de todos modos. Durante un rato, la pareja permaneció junto a la tumba de Daisenberger. “Si tan solo estuviera vivo… Él sabría qué podría ayudarte.”

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Freyer sacudió la cabeza. «Si el propio Cristo viniera del Cielo, no podría ayudarme, al menos no más que a través de mi fe en Él».

«Joseph, ¿no vendrás a casa conmigo? Mira allá abajo, esa es mi casa. Es muy bonita; ven conmigo. ¡Lo consideraré un honor si te quedas allí!» Ella tomó la delantera. Freyer la siguió sin querer, y pronto llegaron a la casita.

«Entonces ya no vives con tu hermano, el alcalde, ¿verdad?»

«Oh, no. Cuando crecí, anhelaba descanso y soledad, y en casa de mi cuñada siempre hay tanto bullicio por culpa de la tienda y los niños… Se escuchan tantas cosas dolorosas…» Hizo una pausa, avergonzada. Luego abrió la puerta que daba al pequeño jardín y fueron hacia la parte trasera de la casa, donde podían sentarse en un banco sin ser molestados.

«Lo que escuchaste sin duda era sobre mí, y no pudiste soportarlo. Tú, alma fiel… ¿no fue ese el motivo por el que dejaste a tus parientes y viviste sola?», dijo Freyer, sentándose. «Sé franca: ¿no te viste obligada a escuchar muchas cosas en mi contra, hasta que al final dudaste de tu antiguo compañero de escuela?»

«Sí… se dijeron muchas cosas malas sobre ti y la princesa… pero nunca las creí. No sé qué pasó, pero sea lo que sea, tú no hiciste nada malo.»

«Mary, ¿de dónde sacas tanta confianza?»

«Pues», respondió ella sonriendo, «claro que conozco a mi hijo… ¿y qué madre desconfiaría de su propio hijo?»

Freyer se conmovió profundamente: «Oh, tú, madre virgen. Maravilla del Cielo: mientras en el mundo exterior una madre abandonaba a su propio hijo, aquí una niña se estaba convirtiendo en madre para mí, una madre que tendría compasión del abandonado. Mary, pura sierva de Dios, ¿cómo he merecido esta misericordia?»

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“Siempre te di un amor de madre, desde el momento en que jugábamos juntos. Lloré por ti como madre durante esos nueve años. Pero creí en ti y esperé que algún día regresaras para cerrar los ojos de tu antigua madre. Aunque hubieran pasado veinte años, nunca dejaría de tener esperanzas. ¡Tienes razón! Has vuelto. ¡Ah! No me permitía soñar con volver a jugar contigo en la representación de la Pasión… con abrazar a mi Cristo y sostener su cabeza cansada cuando lo bajaran de la cruz. Esa felicidad supera a toda otra alegría. Es cierto, ahora soy una solterona; me pregunto cómo me permitirán volver a interpretar ese papel. Tengo treinta y nueve años, ya sabes, bastante mayor para interpretar a María. Pero creo que será más natural, porque María también era mayor cuando Cristo fue crucificado”.

“Treinta y nueve años, y aún soltera… qué criatura tan hermosa. ¿Cómo sucedió eso, María?”

Ella sonrió: “Oh, no quería casarme con nadie. No podía querer a nadie tanto como a mi Cristo”.

“Dios mío, ¿acaso esto también es culpa mía? Una vida entera desperdiciada en esperanza silenciosa, amor y fidelidad hacia mí… siempre sonriente y sin reproches. Esa alma podría haber sido mía; esa flor floreció para mí en el tranquilo valle de mi hogar. Y yo la dejé marchitarse mientras mi corazón y mi mente sufrían en el mundo exterior. María, no creeré que hayas sacrificado tu vida por mí. Sigues siendo tan hermosa; seguramente amarás y serás feliz al lado de algún buen hombre”.

“Oh, no, ¿qué tonterías se te ocurren? Eso pasó hace mucho tiempo”, respondió ella alegremente. “Soy un año mayor que tú… demasiado mayor para ser mujer. Mira, cuando el cabello se vuelve gris, ya no se piensa en casarse”. Y apartando su espeso cabello castaño de las sienes, mostró cabellos blancos como la nieve.

“Oh, te has vuelto gris… quizás por mí…”, dijo él, profundamente conmovido.

“Sí, las preocupaciones maternas hacen envejecer pronto”.

Él se arrojó al suelo frente a ella, incapaz de hablar. Ella pasó su mano suavemente sobre su cabeza inclinada: “Ah, si mi pobre hijo hubiera regresado feliz… ¡cuánto se habría regocijado mi corazón! Si hubieras traído de vuelta a…”

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Querida esposa de la ciudad, yo la habría ayudado, habría hecho el trabajo duro al que ella no estaba acostumbrada… Y si hubieras tenido un hijo, ¡cómo lo habría cuidado y vigilado! Si hubiera sido niño, lo habríamos entrenado para que fuera como Cristo, ¿no es cierto? Así, durante veinte años podría haber representado tu imagen.

Freyer se estremeció, como si esas palabras hubieran penetrado en lo más profundo de su alma. Ella no se dio cuenta y continuó: “Entonces quizás Cristo podría haber pasado de hijo a nieto en tu familia… Eso habría sido hermoso”.

Él no respondió; un sollozo ahogado escapó de su pecho.

“A menudo he imaginado cosas así durante los largos años en que me sentaba sola en las noches de invierno. Pero, desafortunadamente, las cosas no han salido así. Regresas siendo un hombre pobre y solitario… Y también hay hilos plateados brillando en tu cabello. Cuando los veo, siento ganas de llorar. ¿Qué te hicieron esos malvados extraños del mundo exterior, mi pobre José, para que estés tan pálido y enfermo? Parece como si te hubieran crucificado y te hubieran bajado de la cruz antes de que la vida se fuera por completo; ahora no puedes ni vivir ni morir, sino que te mueves como alguien medio muerto. Creo que puedo ver tus heridas secretas, tu pobre corazón atravesado por la lanza. Oh, mi hijo sufriente, descansa una vez más sobre la rodilla de quien estaría dispuesta a darle su sangre por ti”. Con delicadeza, bajó su cabeza y, colocando una mano debajo, como un cojín suave, acarició con cariño su frente, como si quisiera quitar las manchas de sangre de la corona de espinas. Mientras tanto, lágrima tras lágrima caía de sus largas pestañas sobre su hijo, el hijo de una madre virgen.

El silencio reinaba a su alrededor. Se escuchaba un susurro sobre sus cabezas, como si el viento soplara entre las palmas y los cedros. Un sauce llorón extendía sus ramas sobre ellos, y desde el muro del cementerio, la planta de leche saludaba en silencio desde el Gólgota.

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CAPÍTULO XXXV.
LA PALABRA SECRETA

Mientras el hijo perdido de Ammergau permitía en silencio y con tristeza que el milagro de su hogar obrara en él, ascendiendo de una revelación a otra por el empinado camino que nuevamente lo conducía a la cruz, la condesa se consumía en la atmósfera opresiva de la capital y sus circunstancias.

Habían pasado tres días desde su despedida de Freyer, pero ella apenas lo sabía. Vivía detrás de sus cortinas cerradas y, por las noches, se sentaba a la luz de lámparas veladas por tonos opalescentes, como si estuviera en una noche blanca e inmutable, en la que no podía haber ni atardecer ni amanecer. Y lo mismo ocurría en su alma. La razón —una razón fría y sin alegría, con su luz tranquila y monótona— ahora la gobernaba; había agotado todas las fuerzas del dolor en aquellas horas de despedida. Pues también el dolor es una fuerza que puede agotarse, y entonces el alma descansa en la indiferencia. Para ella, todo era ahora igual: el sacrificio y el costo del sacrificio. ¿Qué contenía el mundo que valiera la pena de preocuparse o angustiarse? ¡Nada! Todo lo que había esperado en la tierra resultó falso: falso y traicionero. La vida no cumplió ninguna de sus promesas; no había felicidad, solo aquel que no tenía deseos era feliz… una felicidad no mejor que la muerte. ¡Y ella aún no había llegado a ese estado! Todavía quería tantas cosas: honor, poder, belleza y lujo, cosas que solo la riqueza puede proporcionar… y, por tanto, también eso.

Ahora se lanzaba en los brazos de la belleza, “buscando en ella lo divino”. El hombre que le ofreciera su ayuda comprendería cómo obtener para ella, con gusto y cuidado, lo último que esperaba de la vida: el placer. La civilización la había reclamado de nuevo; era la mujer del siglo, un producto de la civilización. Ya no deseaba nada más. Un matrimonio conveniente con un hombre astuto y aristocrático, con quien podría convertirse en mecenas del arte y del conocimiento; una vida de entretenimientos y ocupaciones placenteras, que ahora consideraba la normal y la única deseable.

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Mientras que Freyer, entre los suyos, volvía a la primitividad y la simplicidad, ella se alejaba constantemente de ellas, rechazada y aterrorizada por los fenómenos con los que la Naturaleza, luchando por sus derechos eternos, se enfrentaba a ella. Pues la Naturaleza es una madre tierna solo para aquel que trata honestamente con ella; ¡ay de quien intente burlarse de ella! Le muestra entonces su terrible seriedad.

“¡Solo desprecia la razón y el conocimiento, las más altas facultades de la humanidad!”, gritaba con burla el Mefistófeles en su alma. Sí, tenía razón: ella era castigada por haber despreciado y malinterpretado el valor del trabajo de la civilización por el cual la humanidad había luchado durante años. Lo compensaría. Había dado vueltas en círculo; la rueda casi la aplastó, pero al menos estaba contenta de haber llegado al mismo lugar desde donde partió diez años atrás. Al menos eso creía.

Con ese estado de ánimo, el duque la encontró a su regreso de Prankenberg.

“¡Buenas noticias! El peligro ha pasado. El viejo pastor fue lo suficientemente prudente como para morir llevándose el secreto con él”, exclamó, radiante de alegría, al entrar.

“¡No se encontró nada! No hay nada en los registros de la iglesia. Los Wildenaus no tienen pruebas y no pueden hacer nada, a menos que el señor Freyer nos haga una jugarreta con el certificado de matrimonio...”

“Esa ansiedad es innecesaria”, respondió la condesa, sacando de su escritorio el pequeño paquete que contenía la nota de despedida de Freyer, el certificado de matrimonio y el libro de cuentas. “Aquí, léelo”.

Su rostro mostraba una expresión extraña mientras se lo entregaba; parecía acusarlo de haberla tentado a asesinar a una persona inocente. Estaba pálida y había algo hostil y reprobador en su actitud.

El duque echó un vistazo a los papeles. “Esto es extraño”, dijo muy seriamente: “¿Es ese hombre tan grande... o tan pequeño?”

“¡Tan grande!”, murmuró ella entre dientes.

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“¡Hmm! No debería haberlo esperado de él. ¿Acaso esto no es una farsa? ¿De verdad se ha ido?”

“Sí. Y aquí hay algo más.” Le entregó la carta del alcalde: “Esta es la respuesta que recibí hoy a mi propuesta de asegurar el futuro de Freyer.”

“Si esto es realmente grandeza… entonces…” El príncipe respiró hondo, como si no pudiera encontrar las palabras adecuadas: “Entonces… no sé si hemos hecho lo correcto.”

La condesa sintió como si un rayo la hubiera golpeado. “¿Tú dices eso… tú?”

El duque se levantó y comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación. “Siempre digo la verdad. Si este hombre era capaz de semejante acto… entonces me reprocho a mí mismo, porque merecía un trato mejor que ser arrojado al mar de esta manera; además, hemos asumido una gran responsabilidad.”

“Dios mío, ¡y lo dices ahora, cuando ya es demasiado tarde!”, gimió la desdichada mujer.

“Cálmate. La culpa es mía, no tuya. Asumiré toda la responsabilidad… pero me oprime aún más el hecho de que, desde que fui a Prankenberg, no he dejado de preguntarme si realmente era necesario hacerlo. Mi objetivo era, ante todo, salvarte. En ese sentido, no tengo nada de qué reprocharme. Pero sobreestimé tu peligro y subestimé a Freyer. No lo conocía… ahora que sí, mi motivo se desvanece por completo.”

Echó otra mirada a la nota de despedida de Freyer y negó con la cabeza: “Es difícil de entender. ¡Cuánto debió costarle renunciar de golpe a todo lo que le era querido, entregar sin condiciones los documentos que al menos podrían haberlo hecho rico… y todo eso sin una queja, sin ningún tipo de orgullo, simplemente, de forma natural! Madeleine, es abrumador… es una vergüenza para nosotros.”

La condesa se cubrió el rostro. Ambos permanecieron en silencio durante mucho tiempo.

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El duque seguía mirando la carta. Luego, apoyando la cabeza en su mano y mirando fijamente al vacío, dijo: «Hay un poder coercitivo en este hombre que nos arrastra a todos a su hechizo y nos obliga a no ser menos generosos que él. Pero… ¿cómo se puede hacer eso? No se puede llegar a él por medios ordinarios. Ahora empiezo a entender qué fue lo que te unió a él, y desafortunadamente debo admitir que, con ese conocimiento, mi culpa aumenta. Mi justificación radicaba únicamente en el malentendido sobre lo que ahora se impone ante mí como un hecho innegable: ¡Freyer no era tan indigno de ti, Madeleine, como yo creía!» Leyó la inscripción en el pequeño librito bancario: «¡Para cuidar las tumbas de mis seres queridos!» Y permaneció en silencio durante un rato, como si algo le impidiera hablar: «¡Cuánto debe haber sufrido! Cuando pienso en cuánto te amo, aunque nunca hayas sido mía… y él una vez te llamó suya, te renunció y se fue, con la muerte en su corazón. ¡Oh, ustedes, mujeres! Madeleine, ¿cómo pudiste hacer esto con sangre fría? Si hubiera sido por amor a mí… pero esa ilusión desapareció hace tiempo».

«¡Condenada… condenada por ti!», gimió la condesa aterrorizada.

«No te condeno, Madeleine; solo me sorprende que pudieras hacerlo, si lo conocieras tal como es».

«No lo conocí bajo esta apariencia», dijo la condesa con orgullo. «Pero… no seré menos honesta que tú, duque. No estoy segura de haber podido hacerlo si lo hubiera conocido como lo conozco ahora».

El duque pasó su pañuelo por su frente, que ya estaba algo calva. «Una cosa es cierta: le debemos a ese hombre alguna reparación. Hay que hacer algo».

«¿Qué haremos? Rechazará cualquier cosa que le ofrezcamos… incluso si fuera yo misma. Eso se desprende de la carta del alcalde». Cerró los ojos para contener las lágrimas. «Todo es en vano… nunca podrá perdonarme».

«No, desde luego que no puede hacerlo. Pero ese hombre merece que cumplamos el único deseo que te ha expresado…»

«¿Y cuál es?»

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“Posponer nuestro matrimonio hasta que haya pasado el primer momento de dolor por su pérdida.”

La condesa respiró hondo, como si se sintiera aliviada de una pesada carga: “Duque, eso es generoso y noble”.

“Si estuviéramos legalmente casados y tuviéramos que divorciarnos legalmente, no podríamos estar juntos en menos de un año. Mostremos a ese pobre hombre el honor de considerarlo su esposo legal y tratémoslo con la misma consideración como si lo fuera. Eso es todo lo que podemos hacer por él por ahora. Me tomaré como un honor compensar, con este sacrificio, en cierta medida, la gran responsabilidad que indudablemente es mía y que, como hombre honesto, ni puedo ni deseo ocultarme a mí mismo”.

Se acercó a ella y le extendió la mano. “Por sus ojos radiantes, condesa, veo que esto no le cuesta el mismo sacrificio que a mí. No pretenderé ser más desinteresado de lo que soy, porque espero ganar en su estima lo que pierdo en felicidad debido a esta demora”.

Le besó la mano con una expresión triste que ella nunca había visto en él antes. “Permítame despedirme de usted por hoy; tengo un compromiso con el príncipe Hohenheim. Mañana seguiremos hablando del asunto. Buenas noches”.

La condesa quedó sola. ¡Un compromiso con el príncipe Hohenheim! ¿Cuándo había tenido prioridad algún compromiso sobre ella? El duque Emil estaba usando pretextos. No podía engañarse a sí misma: él no era realmente frío, sino distante. ¡Qué terrible reproche para ella! Lo que ni el tiempo, ni ninguno de sus errores, grandes o pequeños, habían logrado… lo que ni siquiera había ocurrido cuando prefería a un hombre pobre y de baja condición social antes que a un noble rico… ahora sucedía, precisamente porque rechazaba al primero por el segundo.

Muchas personas no se dan cuenta de la fuerza de su propio poder moral y de cómo este puede frustrar los cálculos más astutos. Cada resultado trágico de un pecado es simplemente la venganza de esas fuerzas morales, que el culpable subestimó al planificar su acción. Eso fue lo que le pasó al duque. Él aconsejó romper la relación con Freyer, con la intención desinteresada de salvarla, pero cuando la condesa siguió su consejo y él vio por…

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La conducta de Freyer… ¡qué corazón había roto! No podía amar de inmediato a la mujer que había sido lo suficientemente cruel como para cometer un acto del cual no podía perdonarse a sí mismo por haberlo aconsejado.

Madeleine Wildenau sospechaba esto, aunque no en toda su extensión. El duque era demasiado caballeroso como para pensar siquiera en romper su promesa, o dejarla creer que se arrepentía. Pero la demora que proponía como expiación hacia el hombre al que habían herido decía bastante. ¿Acaso todos debían abandonarla? ¿Debían romperse todos los puentes sobre los que ella caminaba? ¿Había perdido, con su acto, incluso al hombre del cual estaba segura… más segura que de cualquier otra cosa en el mundo? ¡Cuán terrible debió ser ese acto! Madeleine von Wildenau se sonrojó por sí misma.

Sin embargo, como existen ciertos rasgos en la naturaleza femenina que son los últimos que una mujer renuncia, ahora odiaba a Freyer; lo odiaba por contradecir al duque, quien defendía su causa. Y como la naturaleza femenina desea sobre todas las cosas aquello que le es negado, ahora anhelaba volver a vincularse con el duque, porque sentía el peligro de perderlo. Era necesario detener al fugitivo… Quizás eso le daría cierto interés a su vida sin encanto y miserable. Un interés insatisfactorio, es cierto; porque incluso si lograba ganárselo de nuevo… ¿y luego qué? ¿Qué tendría con él? ¿Podría ser algo más para ella que un compañero agradable que le devolviera su poder y posición perdidos? Miró su espejo: le mostraba a una mujer de treinta y ocho años, maquillada para parecer diez años más joven… pero debajo de ese maquillaje había mejillas demacradas. No podía ocultarse a sí misma que el maquillaje ya no serviría de mucho… Se estaba marchitando… Su vida se acercaba al final; la edad no perdonaba a nadie. Pero… cuando ya no tuviera juventud ni belleza, cuando llegara el momento en que solo quedara el valor moral de la existencia, ¿qué tendría entonces? ¿En qué podría encontrar satisfacción, paz? ¿En la sociedad? Siempre era lo mismo, con sus cualidades buenas y malas. Para quien establecía una relación ética con ella, además de su aparente superficialidad, contenía tesoros y recursos ilimitados. “La nieve está lo suficientemente firme como para soportar el peso”, dicen en las montañas cuando, a principios de primavera, las masas sueltas se convierten en una capa sólida. Así, bajo los diversos flujos, ora fríos, ora cálidos, la superficie de la sociedad se derrite y forma esa capa helada y lisa sobre la cual la gente desliza despreocupadamente, sin darse cuenta de que debajo de esa fina superficie hay profundidades ocultas en las cuales el filósofo y…

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Los psicólogos encuentran material suficiente para el estudio de toda una vida. Pero cuando se agotó todo lo que podía servir para el entretenimiento, también desapareció el interés de la condesa por la sociedad. Ya una vez había sentido aversión hacia ella, cuando era más joven que ahora; ¿cómo sería cuando fuera una anciana? ¿Las artes? Ya su encanto se había roto y ella huyó hacia la Naturaleza, porque ya no podía creer en sus hermosas mentiras.

¿Las ciencias? ¡Eran las menos adecuadas para proporcionar placer! ¿Acaso no estaba tan cansada de jugar de forma amateur con sus investigaciones serias que huyó, anhelando una revelación, hacia los milagros infantiles de Oberammergau? Sí: nuevamente, después de diez años, se encontraba en el mismo lugar, buscando a su Dios como en aquellos días en que creía haber encontrado Sus huellas. Esa pista resultó engañosa; ¿debía ahora comenzar de nuevo donde, diez años antes, terminó con cansancio e insatisfacción? ¿Debía ella, que imaginaba haber abrazado la verdadera esencia, volver a buscar, dudando? No: la flor no puede volver al capullo cerrado; el sentimiento que causó la decepción la impulsó hacia la verdad. El amor por Dios se había manifestado una vez, y aunque el objeto resultó engañoso, el sentimiento era verdadero y luchó por encontrar su objetivo con la misma persistencia con que la flor busca al sol después de que este haya desaparecido durante mucho tiempo tras las nubes. Pero, ¿habría perdido el camino porque pensó que había llegado al destino demasiado pronto? Dejó de seguir esa pista, llenada de ira y desánimo ante la primera decepción. ¿Y si el camino que la llevó a Ammergau era el correcto? ¿Y si el guía que la acompañaba había sido enviado por Dios? ¿Y si se apartó del camino porque era demasiado largo y difícil, rechazó al guía porque no acercaba inmediatamente a Dios a su corazón impaciente, y desde entonces debía vagar sin rumbo, sin consuelo ni esperanza? Y cuando llegara el día del juicio final, ¿qué bienes imperecederos poseería? Cuando llegara la hora de la cual ningún mortal puede escapar, ¿qué podría ayudarla en ese último terror, salvo la conciencia de vivir en el amor de Dios, de partir del amor para amar, de partir del anhelo hacia la plenitud? Ella había rechazado el amor, había vuelto al camino del anhelo y se había conformado con los placeres terrenales; y cuando dejara este mundo no tendría nada, porque el alma que no busca, no encontrará nada. Una vida que no ha cumplido su tarea moral no está terminada, sino solo interrumpida; la muerte para ella es simplemente destrucción, no culminación.

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La desdichada mujer se arrojó ante el espejo que le mostraba la transitoriedad de todo lo terrenal y, por primera vez en su vida, enfrentó la última pregunta sin encontrar más respuesta que la desesperación.

“¡Ayúdame en mi debilidad, oh Dios!”, suplicó. “Ayúdame a elevarme hacia Ti. Muéstrame el camino; envíame un ángel, o escribe Tu voluntad en los bordes de las nubes. Haz un milagro, oh Señor, por un alma desesperada”. Así esperó la revelación de la voluntad divina en caracteres ardientes y lenguas angélicas… sin darse cuenta de que una pobre criatura exiliada estaba a su lado, mirándola con ojos llorosos, pues poseía la palabra que podría ayudarla, la clave que no podía encontrar en ningún otro lugar: una frase sencilla: ¡el cumplimiento del deber! Pero como era tan simple y humilde como el genio que la había inspirado, pasó desapercibida para la orgullosa y vanidosa mujer, quien, en su arrogancia, a pesar de las humillaciones que había sufrido, imaginaba que su salvación necesitaba un mensajero celestial de forma y poder apocalípticos.

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CAPÍTULO XXXVI.
MEMORIAS

En medio de conflictos como los que acabamos de describir, la condesa vivía, pasando de una etapa de desarrollo a otra y envejeciendo inconscientemente, madurando mentalmente. Habían pasado ya varias semanas desde su despedida de Freyer, pero la apatía con la que, desde aquella hora, había considerado todas las cosas externas persistía. Dejó al duque que se encargara del asunto con los Wildenaus, algo que, hacía poco tiempo, había considerado lo suficientemente importante como para sacrificar a Freyer. Admiraba la táctica y la astucia del duque, pero parecía como si no actuara por ella, sino por alguna otra persona.

Cuando él le trajo la noticia de que los Wildenaus, debido a la terquedad del testigo Martin, habían abandonado su intención de emprender acciones legales basadas en el testimonio de Josefa y estaban dispuestos a llegar a un acuerdo amistoso, ella no se alegró por nada salvo por la fidelidad del viejo sirviente; todo lo demás lo aceptó como una justa recompensa del destino a cambio del precio excesivamente alto que había pagado.

No se molestó por tener que pagar a quienes había perjudicado una suma tan grande que reducía considerablemente sus ingresos. No le importaba el resultado; su padre estaba ahora agonizando y las enormes sumas que había gastado volvían a estar a su disposición. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tenía? Si se casaba con el duque dentro de un año, tendría que renunciar a toda su fortuna. Pero… ¿necesitaba realmente casarse con él si los Wildenaus no podían probar nada en su contra? Se sumió en una sombría ensoñación. Pero cuando el duque mencionó el deseo de los primos por el pequeño castillo de caza, la vida despertó de nuevo en ella. “¡Nunca, nunca!”, gritó, mientras un rubor intenso teñía su rostro: “¡Prefiero perder todas mis posesiones antes que eso!”. Un torrente de lágrimas disolvió de repente su letargo.

“Pero, querida Madeleine, ¡nunca volverás a vivir allí!”, dijo el duque consoladoramente.

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“No… ni yo ni ningún ser vivo volveremos a entrar allí. Pero, duque… ¿debo decírselo? Allí duerme mi hijo; allí duerme el sueño de mi corazón… ¡Es el mausoleo de mi amor! No, déjeme eso para mí… ¡Ningún pie extraño debe profanarlo! Haré cualquier cosa, daré a los Wildenaus el doble, el triple de lo que piden; pueden elegir cualquiera de mis propiedades… solo no esa. Incluso si me caso con usted, cuando tenga que renunciar a todo, le pediré que se la compre a mis primos… ¿No rechazará mi primera petición?”

El príncipe la miró larga y seriamente; por primera vez, un rayo del antiguo amor brilló en sus ojos. “¿Sabe que nunca la he visto tan hermosa como en este momento? Ahora es su propia alma la que brilla en sus ojos… Ahora la absolvo de todo. Perdóneme… Me equivoqué al juzgarla, pero este impulso me demuestra que sigue siendo la misma. ¡Me hace bien!”

“Oh, duque… ¡Qué poco mérito hay en querer asegurar ese lugar a los muertos, cuando a los vivos no se les permite ocuparlo!”

“Bueno, al menos es un acto de expiación. Madeleine, no puede haber mayor alegría en el cielo por un pecador arrepentido que la que sentí ahora al escuchar sus palabras. Sí, mi pobre amiga… Mantendrá intacto el lugar de su felicidad y de su tristeza… Se lo prometo, y me encargaré de ello con los Wildenaus.”

“¡Duque! Oh, usted es el mejor, el más noble de los hombres”, exclamó ella, sonriendo a través de las lágrimas. “¿Sabe que lo amo como nunca antes? Pensé que era completamente normal que no pudiera amarme como me veía en aquellos días… Lo sentí, aunque usted no pretendía que yo lo supiera.”

No pretendía asumirlo, pero esas palabras expresaban esa encantadora inocencia que antiguamente la hacía tan irresistible. Cuanto más tiempo el duque la había echado de menos, menos podía resistirse a su hechizo.

“¡Madeleine!”, extendió sus brazos… ¿Ella sabía cómo sucedía? ¿Era gratitud, el deseo de hacer feliz al menos a una persona? Se lanzó a sus brazos… Por primera vez, él la abrazó. Seguramente ella era su prometida… Pero no había pensado en lo que estaba sucediendo ahora. Los labios del duque buscaron los suyos… Ella no pudo resistirse, como una niña.

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A los dieciséis años, lo habría considerado una coquetería necia. Así que se vio obligada a someterse.

“¡Honi soit qui mal y pense!”, murmuró, besándole la frente, el cabello… y los labios. Pero cuando sintió sus labios presionar los suyos, de repente le pareció como si alguien dijera a su lado: “¡Tú!”. Era la palabra que Freyer siempre pronunciaba al abrazarla, como si no conociera nada mejor ni más elevado que esa única palabra, en la que expresaba toda la fuerza de su emoción. “¡Tú… tú!”, resonaba constantemente en sus oídos con ese dulce y salvaje fervor que parecía amenazar: “En un instante serás consumida por mi pasión”. De nuevo se plantó ante ella con sus ojos oscuros y llameantes y la abrumadora sinceridad de una pasión poderosa, que ensombrecía su frente pálida, tal como las nubes de tormenta que se acercaban oscurecían las cimas nevadas de sus montañas. Y lo comparó con la ternura ligera y fácil, con ese “honi soit qui mal y pense” del escudero bien entrenado que le daba su primer beso en los labios… y detestó al desconocido. Se liberó con un movimiento brusco, se acercó a la ventana y miró hacia afuera. Mientras observaba, le pareció ver la figura oscura del abandonado, iluminada por el resplandor carmesí de la hoguera del bosque, extendiendo su mano en un gesto divinamente real para levantarla y protegerla sobre su pecho. Una vez más lo vio mirar con calma los troncos carbonizados y lo oyó decir sonriendo: “La madera era mía”.

Luego… luego vio, en el lejano Oriente, una habitación sofocante, sombreada por toldos coloridos, rodeada de palmeras que susurraban, palmeras que extraían su sustento de la tierra sobre la cual alguna vez fluyó la sangre del Redentor. Él estaba sentado junto a la cama de la madre de un niño recién nacido, susurrando palabras dulces y sinceras… y esa madre era ella misma; el bebé era suyo.

Luego vio al mismo hombre arrodillado junto al ataúd de un niño, su rostro rígido y blanco como la muerte enterrado bajo sus cabellos negros como el cuervo. Era el niño nacido en la tierra consagrada del Oriente en llamas, al que ella había dejado a morir en el frío viento del invierno occidental. Le quitó al corazón materno la posibilidad de que la tierna planta del Sur pudiera encontrar calor. Había dejado que el hijo de aquel padre muriera.

Sin embargo, él no se quejó; no profirió ninguna reproche… permaneció en silencio.

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Vio cómo se volvía cada vez más solitario y silencioso. Su belleza varonil se desvaneció, su fuerza flaqueó… Al final lo vio cruzar en silencio el suelo alfombrado de esa misma habitación y cerrar la puerta tras de sí para no volver jamás. ¡No, no, eso no podía ser! Todo lo que había ocurrido era falso; nada era cierto, salvo que él era el padre de su hijo, su esposo, y nadie más podría serlo nunca, aunque estuviera separada de él para siempre.

“¡Duque!”, exclamó ella, suplicante. “Déjeme en paz. No entiendo mis propios sentimientos… Me siento como si estuviera ante el trono del juicio divino. Déjeme consultar con mi propio corazón… Perdóneme, soy una mujer inconstante y caprichosa: uno u otro estado de ánimo hoy, y otro mañana. Tenga paciencia conmigo, se lo ruego.”

El duque la miró seriamente y respondió, asintiendo: “Entiendo… o mejor dicho, temo entender.”

“Duque, no estoy hecha para casarme. Deje que la mujer mayor se vaya por su cuenta… Creo que nunca podré ser feliz de nuevo. Solo anhelo descanso y soledad.”

“Necesita descanso y serenidad. Le daré tiempo y esperaré su decisión, que ahora puede tomarse sin ninguna restricción, ya que sus asuntos están resueltos y el peligro ha pasado.”

“No se enfade conmigo, duque… Y no me malinterprete… Oh, cielos… Podría pensar que solo di mi promesa por miedo a la pobreza y la desgracia, y ahora que el peligro ha pasado, me arrepiento.”

El duque dudó un momento. Luego dijo en un tono bajo y firme: “Seguramente sabe que soy un hombre de razón sobria, que no se sorprende por nada. ‘Comprender todo es perdonarlo todo’. Actúe, pues, según le dicten sus propios sentimientos.” Extendió su mano: “Hubo un tiempo en que creí sinceramente que podríamos ser felices juntos. Eso ya pasó… No destruirá ninguna ilusión si afirma lo contrario.”

“¿Tal vez ni siquiera un deseo sincero del corazón?”, respondió la condesa, sonriendo.

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El duque se volvió profundamente serio. “Esa sugerencia es fuera de lugar aquí. ¿Debo herirte por galantería y aumentar aún más tu autocrítica al mostrarte que sufro? ¿O decir una mentira para disminuir tu responsabilidad? Dejemos todo eso de lado. Si me necesitas, envíame a llamar. Mientras tanto, como tu fiel representante, me ocuparé del asunto del castillo de caza.”

“Duque… ¡qué insignificante soy en su presencia! ¡Qué noble es usted!”

“Eso es decir demasiado, condesa. Me basta con que pueda atestiguar que, al menos, no me he hecho el ridículo”. Salió de la habitación: frío, cortés, estoico como siempre.

Madeleine von Wildenau corrió hacia la ventana y la abrió de par en par. “¡Entrad, luz y aire, grandes consoladores! Ah, ahora respiro, vuelvo a vivir”.

Por fin podía mostrar su rostro libremente, sin necesidad de ocultarse. El peligro de un “escándalo” había pasado, gracias a la falta de pruebas. Ya no tenía por qué evitar a los Wildenau: el viejo Martin era fiel, y su esposo, el testigo más peligroso, se había ido, había desaparecido. Ahora ya no tenía nada que temer; era libre, dueña de su fortuna, dueña de su voluntad. Respiraba de nuevo, como si hubiera nacido de nuevo.

La libertad, sí, eso era felicidad. Creía haberla encontrado por fin. Y disfrutaría de ella. No necesitaba reprocharse por haber roto su promesa con el príncipe; él mismo se lo había dicho. Si así podía aplacar a los espíritus vengativos por sus acciones hacia Freyer, entonces debían aceptar ese sacrificio. Cierto, ser duquesa de un país era un cargo importante; pero, ¿podría obtenerlo a costa de convertirse en la esposa de un hombre al que no amaba? ¿Por qué no? ¿Era una niña? ¿Una chica tonta? Estaba en juego una corona… ¿Y debía permitir que escrúpulos sentimentales la obligaran a sacrificarla en memoria de una felicidad irremediablemente perdida?

Sacudió la cabeza, como si quisiera quitarse una venda. Estaba enferma por los largos días pasados en la oscuridad y confinada, como una criminal. Esa era la causa de esos caprichos. Tenía que salir al aire libre, donde volvería a tener sangre sana y pensamientos sanos.

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Tocó la campana y apareció un nuevo sirviente.

“Ahora se puede anunciar mi llegada. Dile a Martin que traiga el carruaje; iré yo misma a conducirlo.”

“Muy bien, Su Alteza.”

Parecía haber escapado de una prohibición. Nunca había conocido la libertad. Hasta que se casó con el conde von Wildenau estuvo bajo el control de una institutriz. Luego, en su matrimonio con aquel hombre obstinado, se convirtió en esclava, y apenas quedó viuda cuando se forjó nuevos grilletes para sí misma. Ahora, por primera vez, podía saborear la libertad. La decisión no era urgente. El frío y estoico hombre que había esperado tanto tiempo no perdería la paciencia en el último momento; así que aún podía hacer lo que quisiera.

Así, el corazón, luchando contra el esposo al que no amaba, engañó a la razón ambiciosa y calculadora que anhelaba una corona.

Llegó el carruaje. Era delicioso escuchar el trote de unos caballos vigorosos frente a un hermoso vehículo, ser ayudada por un sirviente uniformado a subir y poder decir: “¡Esto vuelve a ser tuyo!”. La única sombra que la perturbaba era la que se veía en el rostro de Martin, una sombra que permanecía allí desde su última visita a su castillo de la Bella Durmiente. Sabía muy bien por quién lloraba el anciano. Era una acusación constante, y evitaba hablar con él por un cierto sentido de inseguridad. Podía justificarse ante la aguda inteligencia del duque; pero ante la sencillez de ese hombre humilde, no podía; lo sentía.

Era una encantadora tarde de mayo. Un mar de aire cálido y perfumes primaverales la rodeaba, y multitudes abarrotaban las calles, disfrutando de la velada después de su arduo trabajo, como si acabaran de despertar de su sueño invernal. En las esquinas, grupos se detenían frente a enormes carteles que examinaban con avidez, empujándose unos a otros. ¿Qué sería?

Entonces, el viejo Martin, como si lo hiciera a propósito, condujo el carruaje cerca de la acera, donde la gente estaba formada en fila frente a esos carteles. Hubo un pequeño movimiento entre la multitud; la gente se volvió para mirar el espléndido carruaje, dejando así los carteles al descubierto. La condesa los leyó… la sangre

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Congelado en sus venas… Allí, en letras grandes, estaban escritas las palabras: “Obra teatral de la Pasión de Oberammergau”. ¿Qué significaba eso? Se recostó en el carruaje, sintiendo como si tuviera que gritar de nostalgia, de anhelo agónico por aquellos días desaparecidos de gran felicidad y engaño. De nuevo vio esa maravillosa obra teatral. De nuevo apareció ante el mundo el divino sufriente… Solo el nombre escrito en ese miserable cartel ya ejercía su hechizo; los peatones, deteniéndose en sus quehaceres, se detenían frente a él en centenares, como si nunca hubieran leído antes las palabras “Obra teatral de la Pasión”. Y el hombre que ayudó a crear este milagro, hacia el cual el mundo volvía a peregrinar con devoción, había estado entre sus brazos; la había amado, le había sido fiel, solo a ella… ¡Y ella lo había despreciado! Ahora él volvía a traer la salvación a través de la palabra divina y del milagro… Solo ella quedaba excluida; se lo había perdido por su propia culpa. Era, como él mismo había dicho en su maravilloso don de adivinación, una de esas vírgenes necias que quemaron su aceite… Ahora el novio celestial venía, pero ella estaba sola en la oscuridad, mientras los demás disfrutaban del banquete.

El estruendo de las ruedas y el paso de las multitudes a su alrededor era ensordecedor. Fue una suerte, porque, en medio de ese caos, el grito que escapó del corazón atormentado de la orgullosa dama del carruaje real quedó ahogado, sin ser oído. Lilas y rosas… ¿Por qué emitís un aroma tan embriagador, por qué seguís floreciendo? ¿Podéis sonreír ante un mundo lleno de tanto sufrimiento? Pero las lilas, las rosas y el hermoso sol de mayo seguían brillando; el mundo se preparaba con devoción para la gran peregrinación a Oberammergau. Solo ella estaba exiliada, regresando a su palacio de piedra, sola, sin esperanza… con una desolación infinita en su corazón.

La esperaba una nota del duque. Se iba por unas semanas, para darle tiempo a comprender claramente su propio corazón. Ahora estaba completamente sola.

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CAPÍTULO XXXVII.
LA MEDIDA ESTÁ LLENA

A partir de ese día, la condesa mostró un grado inusual de interés por los periódicos. La primera pregunta que hacía al despertarse por la mañana era por los periódicos. Pero la criada se dio cuenta de que ella solo abría las páginas que contenían los informes sobre Oberammergau.

“Su Alteza parece estar muy interesada en la obra de la Pasión”, se atrevió a decir la mujer.

La condesa se sonrojó, y su “sí” fue tan seco y brusco que la criada se alarmó por su propia presunción.

Una cosa, sin embargo, era cierta: su señora, después de leer esos informes, siempre parecía pálida y agotada.

Y en verdad, esa desdichada mujer, mientras leía las descripciones de las representaciones de ese año, sentía como si estuviera bebiendo una taza de artemisa gota a gota. El nombre de Freyer resonaba por todo el mundo. No solo la prensa diaria se ocupaba de él, sino que también hombres serios, estetas de alto rango, encontraban su actuación tan interesante que escribían folletos al respecto y la convertían en tema de tratados científicos. La condesa los leía todos. A Freyer se lo describía como el modelo en el que el arte, la naturaleza y la religión se unían en máxima armonía. “Puesto que él mismo está por encima de las leyes de la rutina teatral, nos eleva mucho más allá de lo que llamamos efecto escénico, como si estuviéramos en una esfera más elevada. Él no actúa; ¡él es Cristo! El poder de su mirada, la espiritualidad de toda su figura y un hechizo indescriptible de la tristeza más noble que impregna todo su ser son cosas que no pueden falsificarse, que no son teatro, sino verdad. Creemos en lo que dice, porque sentimos que el alma de este hombre no pertenece a este mundo, que su propia vida individual se ha fusionado con su papel. Porque él piensa, siente y vive no como Joseph Freyer, sino como Cristus, eso es la fuente de la impresión que roza lo sobrenatural”.

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Madeleine von Wildenau acababa de leer esas palabras, que le causaron un profundo dolor en el corazón. Ah, cuando los extraños—los críticos—los hombres decían tales cosas… seguramente ella no tenía motivos para avergonzarse. ¿Quién podría reprocharle a una mujer débil y apasionada que cediera a ese hechizo? Seguramente nadie… más bien, se la culparía por no haber resistido ese encanto, por haber destruido con una mano profana esa maravilla que se acercaba a ella, favoreciéndola sobre miles de personas que la contemplaban con devota reverencia.

Apoyó la cabeza en su mano y miró tristemente por la ventana desde donde estaba sentada. Ya llevaban seis semanas actuando en Oberammergau. Era junio. Los jardines del palacio de enfrente estaban llenos de hojas; y los pájaros que cantaban en los árboles la tentaban a salir. Sus ojos siguieron a una pequeña golondrina que volaba hacia las montañas. “¡Oh, aire de montaña y gencianas azules… ¡paraíso terrenal!”, suspiró. ¿Qué hacía ella allí, en esa ciudad calurosa, mientras todos se dirigían a las montañas? No veía ninguna sociedad, y el duque se había ido. Ella también debería haberse ido hace tiempo. Pero, ¿a dónde ir? No podía visitar Oberammergau, y no le interesaba ningún otro lugar… parecía como si todo el mundo no tuviera otro lugar donde vivir que ese pueblo con sus casitas coloridas y ventanas bajas… como si en todo el mundo no hubiera montañas, ni aire de montaña, salvo en Ammergau. Algunas lágrimas ardientes rodaron por sus mejillas. Sin duda existía aire de montaña, picos más altos y hermosos que en Ammergau, pero en ningún otro lugar se podía encontrar la misma capacidad para disfrutar de la magnificencia de la naturaleza. En todas partes hay iglesias, religión, pero en ningún lugar hay un ambiente tan religioso como allí.

“¡Oh, mi perdido paraíso! Mi alma te saluda con toda la angustia de la madre exiliada de mi sexo y de mi pecado”, suspiró.

Y, sin embargo, ¿cuál era el pecado de Eva en comparación con el suyo? Al menos Eva expió su pecado con amor y fe, junto al hombre al que tentó a pecar. Por eso Dios pudo perdonarla y enviar a la raza nacida de su caída un mensajero de reconciliación. Eva fue esposa y madre. Pero ella, ¿qué era? ¡Ni siquiera eso! Abandonó a su esposo y vivió en esplendor y lujo, mientras él sufría solo. Le dio solo un hijo, y ni siquiera actuó como una madre con él; finalmente lo dejó sumido en la pobreza y la tristeza, mientras ella llevaba una vida de riqueza y ocio, mientras él ganaba el pan con su trabajo.

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El sudor de su frente… No, la madre del pecado era una mártir en comparación con ella, una mártir de esa naturaleza que negaba, y por eso fue excluida del vínculo de paz y compasión que la expiación de Eva había asegurado.

Alguien llamó a la puerta. La condesa salió de su ensimismamiento. La criada anunció que las enfermeras de Su Alteza la habían llamado; creían que la muerte estaba cerca.

“¡Vendré enseguida!”, respondió ella.

El príncipe vivía cerca del Palacio Wildenau, y ella llegó hasta él en pocos minutos.

La mente del enfermo estaba más clara que en meses anteriores. Las secreciones líquidas en el cerebro que habían nublado su conciencia se habían absorbido temporalmente, y podía controlar sus pensamientos. Por primera vez, extendió su mano hacia su hija: “¿Estás ahí, mi niña?”

Eso la conmovió profundamente; se arrodilló a su lado. “Sí, padre”.

Él acarició su cabello con una expresión amable, aunque apagada: “¿Estás bien?”

“Físicamente, sí, papá. ¡Te lo agradezco!”

“¿Eres feliz?”

La condesa, que en toda su vida nunca había percibido ningún signo de afecto paterno en su comportamiento, se conmovió profundamente por ese primer gesto de cariño en el momento de la despedida. Intentó encontrar alguna respuesta reconfortante que no fuera falsa y que, al mismo tiempo, satisficiera su débil capacidad de razonamiento; pero él volvió a olvidarse de la pregunta.

“¿Estás casada?”, preguntó de nuevo, como si hubiera estado ausente mucho tiempo y viera a su hija por primera vez ese día.

Las enfermeras se retiraron a la habitación contigua.

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El padre y la hija estaban solos. Mientras tanto, su memoria parecía seguir alguna pista.

“¿Dónde está tu esposo?”

“¿Cuál?”, preguntó la condesa, muy agitada. “¿Wildenau?”

“No, no… el otro; ¡háganlo venir!” Extendió la mano torpemente, como si esperara que alguien la tomara: “Dile adiós…”

“Padre”, sollozó la condesa, colocando suavemente de nuevo esa mano sobre las sábanas. “Él no puede despedirse de usted, ¡no está aquí!”

“¿Por qué no? Me habría gustado verlo… yerno, nieto… ¿No hay nadie aquí?”

“Padre… pobre padre.” La condesa no podía decir nada más. Apoyó la cabeza en el borde de la cama de su padre y lloró amargamente.

“Hmm, hmm”, murmuró el enfermo, y de repente una mirada de lucidez brilló en sus ojos apagados al dirigirse a su hija. “Hija mía, ¿estás llorando?” Reflexionó un momento, y luego su mente pareció aclararse de nuevo.

“Oh, sí. Nadie debe saberlo. Debilidades tontas… Dile que le pido sinceramente perdón; debe perdonarme. Prejuiciosos, viejos… Lo siento mucho. ¿No puedes hacer que venga?”

“Oh, papá, me encantaría traerlo, pero ya es demasiado tarde… ¡Se ha ido!”

“Ah… entonces no volveré a verlo. Estoy cerca del final.”

La condesa no podía hablar, pero presionó sus labios contra la mano fría de su padre.

“No te aflijas; no perderás nada conmigo; sé feliz. Gasté mucho dinero en ti: mujeres, juegos, cenas… ¿Qué valor tienen todas esas cosas?” Hizo un gesto de disgusto: “¿Qué valor tienen ahora?”

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Un escalofrío recorrió sus venas, y su respiración se volvió corta y entrecortada. “¡Tengo curiosidad por ver cómo es arriba!”, reflexionó un rato. “Si conocieras a algún pastor sensato, podrías mandar a buscarlo; esos hombres suelen saber algo”.

“¡Por supuesto, padre!”

La condesa se apresuró a la habitación contigua y ordenó que llamaran a un sacerdote para que administrara la extremaunción.

“Desea confesarse y recibir también la comunión, ¿verdad, papá?”

“Sí, claro; uno no quiere llevarse ese viejo desastre cuando emprende el gran viaje. No llevamos con nosotros nuestra ropa sucia cuando viajamos. Tengo mucho en mi conciencia, Magdalena… mi hija… sobre todo, los pecados cometidos contra ti. No guardes rencor hacia tu tonto y viejo padre por eso”.

“No, padre, lo juro por el recuerdo de este momento”.

“Y tu esposo…” —negó con la cabeza— “él no está aquí; qué lástima”.

Luego ya no dijo nada más y permaneció en silencio, sumido en sus propios pensamientos, hasta que llegó el sacerdote.

Madeleine se retiró durante la confesión. Lo que pasaba por su mente en aquel momento, ella misma no podía entenderlo. Solo sabía que la pregunta de su padre en sus últimos momentos sobre su yerno despreciado y repudiado era el reproche más severo que le habían dirigido.

La ceremonia sagrada terminó y el sacerdote salió de la casa.

El enfermo yacía con una expresión tranquila y serena en el rostro, algo que nunca antes había tenido allí. Madeleine se sentó junto a la cama y tomó su mano; él le devolvió con gratitud su suave presión.

“¿Cómo se siente, querido padre?”, preguntó con dulzura.

“Muy cómodo, querida hija”.

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“¿Has hecho las paces con Dios?”

“¡Espero que sí, hija mía! Si Él tiene la bondad de perdonar a un pecador viejo como yo…” Levantó los ojos con una mirada sincera y llena de confianza; luego comenzó una larga y angustiosa lucha por la vida. Pero mantuvo firmemente la mano de su hija entre las suyas, y ella pasó toda la noche junto a su cama, sin moverse, decidida y fiel: el primer cumplimiento de su deber en toda su vida.

La lucha continuó hasta el mediodía siguiente antes de que la hija pudiera cerrar los ojos de su padre. Había varios asuntos urgentes que resolver, lo que la retuvo en la casa del duelo hasta la tarde, y le hizo extrañar profundamente a su amigo tan considerado, el duque. Finalmente, a las nueve de la noche, regresó a su palacio, casi agotada.

El sirviente le entregó una tarjeta: “El caballero ha estado aquí dos veces hoy y deseaba ver a Su Alteza por un asunto muy urgente. Iba a marcharse en el último tren, pero decidió quedarse para verla. Intentará de nuevo después de las nueve…”

La condesa llevó la tarjeta hasta la luz de gas y leyó: “Ludwig Gross, profesor de dibujo”. Su mano temblaba tanto que casi la dejó caer. “Cuando venga el caballero, déjelo pasar”. Tuvo que agarrarse a la barandilla al subir las escaleras, estaba tan mareada. Apenas llegó a su dormitorio cuando oyó sonar la campanilla de abajo; luego pasos, una voz familiar… Alguien llamó a la puerta como lo había hecho diez años atrás en la casa de los Gross; pero al hombre que entonces trajo, ya nada podría traerlo de vuelta.

No dijo nada; le faltaba la voz, pero abrió la puerta ella misma. Ludwig Gross estaba frente a ella. Ambos se miraron en silencio durante mucho rato. Ambos luchaban por mantener la calma y encontrar las palabras adecuadas; de las mejillas de ambos había desaparecido hasta la última gota de sangre. La condesa extendió su mano, pero él parecía no verla. Ella señaló una silla y dijo con voz apagada: “Siéntese”, mientras se sentaba en un diván frente a él.

“No la molestaré mucho tiempo, Su Alteza”, respondió Ludwig, sentándose a cierta distancia.

“Si me hubiera molestado, no lo habría recibido”.

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Ludwig sintió la reprimenda contenida en esas palabras por la hostilidad de su actitud, pero no podía evitarlo.

“Quizá Su Alteza recuerde a cierto Freyer.”

“Señor Gross, esa pregunta es un insulto, pero admito que, desde su punto de vista, tiene derecho a hacerla. En cualquier caso, Freyer no le encargó que lo hiciera.”

“No, Condesa, porque él no sabe que estoy aquí; si lo supiera, lo habría impedido. Le pido disculpas si realizo mi misión de manera algo torpe. Sé que no es apropiado entrometerse en relaciones de las que uno no sabe nada, ya que la reserva de Freyer no me permitió tener conocimiento alguno al respecto. Pero aquí hay peligro en la demora, y cuando está en juego una vida humana, toda otra consideración debe quedar en silencio. Nunca he podido averiguar ningún detalle sobre Freyer. Solo sé que estuvo ausente nueve años, como se rumoreaba, con usted, y que regresó siendo un mendigo.”

“Eso, señor Gross, no es culpa mía.”

“No eso, Condesa, sino que debe ser únicamente su culpa la que ha causado relaciones tan antinaturales que Freyer se avergonzaba de aceptar de usted incluso el pago merecido por su trabajo.”

“Tiene razón, señor Gross.”

“Y eso sería lo menos grave, Condesa, pero él ha regresado, no solo como un mendigo, sino como un hombre perdido.”

“¡Ludwig!”

“Sí, Condesa. Esa es la razón por la cual, tras consultar con el alcalde, decidí venir aquí y hablar con usted, si me lo permite.”

“Hable, por el amor de Dios; ¿qué le ha ocurrido?”

“Freyer está enfermo, Condesa.”

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“Pero, ¿cómo puede ser eso? ¿Acaso él interpreta el papel de Cristo cada semana y deleita al mundo?”

“Sí, ¡eso es precisamente! Actúa como una vela que se consume mientras brilla: ya no se trata de la fosforescencia del genio, sino de una luz que se alimenta de su propia vida y la consume.”

“Dios misericordioso…”

“Y él desea morir… Eso es indudable. Por eso es tan difícil ayudarlo. No escuchará ningún consejo, no seguirá ninguna indicación del médico, no hará nada que pueda beneficiarlo. La situación ya es tan grave que ayer el doctor nos dijo que podría morir en el escenario en cualquier momento… ¡Y no deberíamos permitirle seguir actuando! Pero no se puede evitarlo. Lo único que desea es la muerte.”

“¿Qué le pasa?”, preguntaron los pálidos labios de la condesa.

“Un caso grave de enfermedad cardíaca, condesa. Se podría detener su evolución durante varios años mediante un cuidado adecuado, descanso completo y alimentos nutritivos. Pero él no tiene los medios para obtener esa nutrición necesaria, porque es demasiado orgulloso como para ser una carga para nadie. Además, carece de la tranquilidad mental necesaria para aliviar su corazón. Cuidarlo es imposible: después de haber dado su propia casa a los pobres al dejar Ammergau, como usted sabe, vive en una habitación miserable y húmeda en una taberna de mala muerte, justo fuera del pueblo. Andará vagando por las montañas día y noche. Por supuesto, una muerte rápida es inevitable… y además, se ve acelerada por los esfuerzos exigidos por su papel.”

Ludwig Gross se levantó. “No sé cómo valora usted el valor de la vida de un hombre pobre, condesa”, dijo amargamente. “Solo he cumplido con mi deber al informarle sobre la condición de mi amigo. El resto debe dejárselo a usted.”

“¡Dios mío! ¿Qué debo hacer? Rechaza todo lo que le ofrezco. Quizás no sepa que le di una fortuna y la rechazó.”

Ludwig Gross la miró con una mirada fulminante. “Si no conoce otra forma de ayudarlo aparte del dinero… yo ya no tengo nada más que decir.”

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“Dilo”, dijo él. Se inclinó ligeramente y salió de la habitación sin esperar una respuesta.

“¡Ludwig!”, llamó ella: “¡Escúchame!”

Él se había ido… tenía razón… ¿Acaso merecía algo mejor? No… ¡no!

Se quedó de pie en medio de la habitación durante un momento, como aturdida. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía a punto de estallar. “¿Hasta aquí ha llegado todo? He dejado al hombre de cuyos labios recibí mi último aliento de vida para que muera de hambre y desesperación. He permitido que el corazón sobre el cual tantas veces descansé se marchite entre paredes oscuras y sombrías, sangrando y rompiéndose en silencioso sufrimiento. Asesina, ¿lo oyes? Está perdido, por tu pecado. Oh, Dios, ¿dónde está el crimen que no haya cometido? ¿Dónde hay ser más miserable que yo? He asesinado al más inocente, malinterpretado al más noble, rechazado al más fiel, abusado de lo más sagrado… ¿Y para qué?” Se dejó caer al suelo, desesperada. La medida estaba llena… ya se había desbordado. El ángel con la copa de amargura la había alcanzado, tal como lo había profetizado Freyer; ahora sostenía en sus labios la amarga copa de su propia culpa, que debía beber gota a gota. Pero ahora esa culpa había madurado, había alcanzado su pleno tamaño, y se erguía ante ella, burlándose de ella con la risa de la locura.

“Alas… oh, Dios, ¡dame alas! Mientras dudo y desespero aquí… puede ser demasiado tarde… puede haber ocurrido lo peor… puede haber muerto, sin reconciliarse, con ese terrible reproche en su corazón. Alas, alas, oh Dios…” Se levantó de un salto y corrió hacia la campana a toda velocidad. “¡Llamen al encargado de los caballos de inmediato!” Luego entró rápidamente en la habitación donde la criada estaba preparando su ropa para la noche. “Empaca lo más rápido posible todo lo que necesitaré para un viaje de dos o tres días… o semanas… ni siquiera yo lo sé”.

“¿Ropa de noche o de calle?”, preguntó la criada, sorprendida por la apariencia de su señora. “¡Ropa de calle!”

Mientras tanto, el encargado de los caballos había llegado. Ella corrió al dormitorio: “¡Hagan que preparen y envíen caballos de inmediato! Ya pasan las diez… no hay trenes hacia Weilheim… pero debo llegar a Oberammergau esta misma noche. Martin conducirá; envíen cuatro caballos… Les daré cuatro horas”.

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“Deben partir en diez minutos como máximo. Yo me iré a las dos; llegaré allí a las siete”.

“Su Excelencia, eso es casi imposible”, se atrevió a decir el hombre.

“No pregunté si era posible. Les dije que debe hacerse, aunque eso signifique matar a todos mis caballos. Rápido, despierten a todo el establo; todos deben ayudar. Esperaré junto a la ventana hasta ver cómo se van los hombres”.

El hombre se inclinó en silencio; sabía que cualquier oposición era inútil, pero murmuró para sí: “Arruinar seis de sus mejores caballos en una sola noche… Solo por ese hombre de Ammergau, debería ser puesta bajo tutela”.

El patio se llenó de actividad al instante: los hombres gritaban y corrían de un lado a otro. Las puertas del establo se abrieron de par en par, las linternas iluminaban todo a su alrededor; se escuchaba el sonido de los cascos de los caballos y sus relinchos. El bullicio y la prisa parecían indicar que el cazador salvaje se disponía a emprender su terrible viaje en la noche sin estrellas.

La condesa permanecía de pie, con una linterna en la mano, junto a la ventana iluminada. La figura de su señora, allá arriba, impulsaba a todos a actuar con la mayor rapidez posible. En pocos minutos, los caballos listos para el viaje ya estaban ensillados y los mozos salieron corriendo del patio.

“La victoria, con esos dos caballos negros, debe estar lista a las dos”, dijo el jefe de mozos al viejo Martin. “Debes estar muy atento… No veo cómo vas a poder manejar a esas criaturas salvajes en ese carruaje ligero”.

La condesa lo oyó desde la ventana, pero no le prestó atención. Ojalá pudiera volar hasta allí en ese carruaje ligero, con esos caballos salvajes, tal como deseaba su corazón. “Adelante”, era su único pensamiento.

“¿Tengo que ir yo también?”, preguntó la criada, pálida de miedo.

“No, no necesito a nadie”. La condesa cerró las ventanas y se dirigió a su escritorio, pues había mucho por hacer en esas pocas horas. El funeral de su padre, enviar los anuncios… todas esas cosas.

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Ahora debía confiarlo a otros y había que encontrar a un representante entre los parientes para ocupar su lugar. Como pretexto, adujo la necesidad de emprender un breve viaje de uno o dos días, añadiendo que aún no sabía si podría regresar a tiempo para el funeral del príncipe. Su pluma voló rápidamente sobre el papel, y finalmente escribió una breve nota al duque, en la que no le contó nada más que la muerte de su padre. Las cuatro horas pasaron rápidamente, y cuando el reloj dio las dos, la berlina se dirigió hacia la puerta.

La condesa ya estaba allí de pie. Las lámparas de la entrada brillaban intensamente, pero aún más brillante era el rostro del viejo Martin, mientras controlaba a los animales con mano firme.

“¡A Ammergau, Martin!”, dijo la condesa con énfasis al subir a la berlina.

“¡Eh! Pero ahora yo conduciré”, exclamó el anciano, feliz, sin sospechar la triste situación, y los caballos partieron velozmente, como si fueran espoleados por los temores de su ama; mientras que la culpa y el arrepentimiento la acompañaban en el pesado vuelo del destino.

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CAPÍTULO XXXVIII.
EN EL CAMINO HACIA LA CRUZ

Era domingo. De nuevo, las multitudes se agolpaban alrededor del Teatro de la Pasión, más devotas y numerosas que nunca.

Lentamente, como si sus pies apenas pudieran sostenerlo, una figura alta, extrañamente parecida a alguien que ya no pertenece a los vivos, avanzó tambaleándose entre la multitud hacia la puerta del camerino; todos le cedían respetuosamente el paso, pero todos percibían que tenía que ser Cristo. Quienquiera que cruzara su mirada temblaba, como si hubiera pasado la encarnación de la aflicción, como si hubiera visto el rostro del dios de la tristeza.

Sonaron las ocho, el cañón anunció el inicio de la obra; la multitud expectante se apretujó, y las puertas se cerraron.

Afuera del teatro reinaba el silencio y el vacío. Los carruajes se habían ido. Las personas que no pudieron conseguir entradas se dispersaron. Solo los vendedores de fotografías y alimentos seguían sentados en sus puestos, escuchando distraídamente y somnolientemente las notas de la música, que llegaban en tonos suaves a través de la pared divisoria.

De repente, el suelo tembló ligeramente bajo las ruedas de un carruaje que avanzaba a gran velocidad. A lo lejos aparecieron dos caballos cubiertos de espuma; en pocos segundos, una victoria polvorienta se detuvo frente al Teatro de la Pasión.

“¡Silencio!”, dijo uno de los encargados de las butacas, apareciendo en lo alto de las escaleras y bajando rápidamente para evitar más disturbios.

“¿Puedo comprar una entrada?”, preguntó la dama del carruaje.

“Lo siento mucho, pero desafortunadamente todas las butacas están ocupadas”.

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“¡Oh, cielos! He perdido una hora: uno de los caballos tuvo un accidente. He conducido toda la noche… Por favor, ¡debo entrar!”

El encargado de los asientos se encogió de hombros. “Lamentablemente, es imposible”, dijo con un tono arrogante y ofensivo.

“No estoy acostumbrada a que lo que deseo sea imposible, siempre y cuando dependa de las personas para que se cumpla”, respondió ella con altivez. “Pagaré cualquier precio, ya sea mil marcos, más o menos… Si tan solo pudieran darme el asiento más humilde dentro del recinto.”

“¡No se trata de precio!”, fue la respuesta sonriente. “Si tuviéramos aunque fuera el espacio más pequeño, ya lo habríamos asignado cien veces hoy.”

“Entonces llévenme al escenario.”

“Oh, no sirve de nada hablar de eso… No importa quién venga, nadie tiene permiso para entrar allí.”

“Entonces avísenle al alcalde… Le daré mi tarjeta.”

“Lamento mucho, pero no tengo permiso para dejarla entrar al escenario durante la representación. Durante el largo descanso de las doce en punto podría ser anunciada, pero no antes.”

El corazón de la condesa latía cada vez más rápido. Podía escuchar las notas de la música, creía poder distinguir las diferentes voces… Pero no se le permitía entrar. Ahora llegaban los gritos de “¡Hosanna!”. Sí, era claramente la entrada a Jerusalén; eran las multitudes jubilosas que lo acompañaban. Si tan solo pudiera mirar por alguna rendija… Ahora, silencio… Luego una voz… ¡Oh! Reconocería esos tonos entre miles. Una corriente de aire los llevaba hasta ella a través de las grietas de las paredes. Sí, era él; un temblor recorrió todo su cuerpo… Estaba hablando.

El mundo pendía de sus labios; la alegría estaba en todos los ojos, el consuelo en todos los corazones… Dentro había salvación, y ella tenía que quedarse afuera, sin poder ir con su propio esposo. Pero él no era su esposo… Eso había sido su propio deseo. Ahora se había cumplido.

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La “virgen tonta” que estaba fuera de la puerta estalló en lágrimas como una niña.

El hombre que acababa de rechazar su petición con tanta frialdad sintió compasión por ella: “Si tan solo supiera cómo ayudarte, lo haría con gusto”, dijo pensativamente. “¡Te diré algo! Si es tan importante, ven durante el entreacto, pero a pie, sin llamar la atención, a la entrada trasera del escenario… Entonces intentaré introducirte, aunque sea solo en el pasillo del coro”.

“¡Oh, señor, le agradezco!”, dijo la condesa con esa mirada que podría tener un alma perdida hacia el ángel que abre las puertas del Paraíso.

“Estaré allí puntualmente a las doce. ¿Cree que podría hablar con el señor Freyer durante el entreacto?”, preguntó tímidamente.

Una sonrisa de triste compasión cruzó el rostro del hombre. “Oh, él no habla con nadie. Nos alegramos cada vez que logra terminar la función”.

“¡Ay! ¿Está tan enfermo?”

“Sí”, respondió el hombre en un tono muy bajo, como si temiera que hasta el aire pudiera oírlo, “muy enfermo”.

Luego subió de nuevo las escaleras para volver a su puesto.

“¿A dónde debemos dirigirnos ahora?”, preguntó Martin.

La condesa tuvo que reflexionar un momento antes de responder. “Creo que lo mejor sería… intentar encontrar un alojamiento en algún lugar…”, dijo vacilante, mientras seguía escuchando los sonidos provenientes del teatro para saber qué ocurría dentro, qué escena se representaba, quién hablaba. “Conduce despacio, Martin…”, suplicó. Ya no tenía prisa. “¡Detente!”, gritó cuando Martin arrancó; acababa de oír una voz que parecía la suya. Martin hizo que los caballos avanzaran muy lentamente. Así, al ritmo más lento posible, rodearon el Teatro de la Pasión y luego se dirigieron en dirección opuesta, hacia el pueblo. En la salida de la plaza había un aviso oficial: “A partir de ahora no habrá funciones los lunes; la salud del señor Freyer no le permite actuar dos días seguidos”.

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La condesa apoyó sus manos unidas sobre su corazón tembloroso. «¡Aguántalo—debe aguantarse—es tu propia culpa, ahora sufre!»

Un desconocido en una carruaja privada, que buscaba alojamiento el día en que todos los demás se iban, fue una aparición bienvenida en el pueblo. En cada casa a la que llegaba, los ocupantes que permanecían allí se apresuraban a darle la bienvenida, pero ninguna de las habitaciones le gustaba. Por un momento pensó en ir a casa del maestro de dibujo, pero allí también las estancias eran demasiado bajas y estrechas—y no podía engañarse: el vínculo entre ella y Ludwig Gross se había roto—él no podía perdonar lo que le había hecho a su amigo; ella lo evitaba como si fuera su juez. Además, quería habitaciones tranquilas donde un enfermo pudiera descansar, y estas no eran fáciles de encontrar en ese momento.

Por fin las encontró. Una casa sencilla, rodeada de vegetación, en una calle apartada, que solo tenía dos habitaciones en la planta baja, donde podrían vivir completamente sin ser vistos ni oídos. Eran apartamentos sencillos, pero los techos no eran demasiado bajos, y los rayos del sol brillaban a través de las rendijas de las persianas verdes con una luz cálida, aunque tenue. Un refugio tranquilo y alegre.

Los alquiló por tiempo indefinido y rápidamente llegó a un acuerdo con la anciana a quien pertenecían. También había una pequeña cocina, y la mujer estaba dispuesta a cocinar. Así, al menos durante los próximos días, tendría un hogar cómodo, y ahora deseaba con todas sus fuerzas no tener que ocuparlo sumida en la desesperación.

«Bueno, ahora Su Alteza está bien instalada», dijo el viejo Martin cuando la ama de casa abrió las persianas y él miró desde su asiento hacia la bonita habitación: «A mí también me gustaría tener un hogar así».

La condesa ordenó que trajeran el equipaje.

«¿Dónde debo dejarlo, Su Alteza?»

«¡Ve a la antigua oficina de correos, Martin!»

«¿No voy a llevarla al Teatro de la Pasión?»

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“No, escuchaste que debo ir caminando hasta allí”. Martin negó con la cabeza; le parecía algo demasiado humillante para su orgullosa señora. Pero no se atrevió a hacer ningún comentario y se fue, sumido en sus propios pensamientos.

Eran las nueve de la noche. Tres horas antes del largo intervalo. ¿Qué no podría suceder durante ese tiempo? ¿Podría ella esperar? ¿No la mataría la ansiedad o le quitaría el sentido? Pero no había nada que hacer; debía esperar. No podía acelerar el momento en el que dependían la vida o la muerte, la salvación o la perdición. El viaje nocturno, el susto causado por los caballos salvajes que volcaron el carruaje y la obligaron a caminar hasta la siguiente parada, perdiendo así una hora preciosa; su agitación junto a la cama de su padre enfermo… Todo eso volvía a manifestarse ahora. Se tumbó en una de las camas blancas y ordenadas de la habitación y aprovechó ese tiempo para descansar y recuperar un poco de fuerzas. Era solo una mujer débil, y ese espíritu valiente que durante tanto tiempo había creado sus propias reglas y luchado por ellas era demasiado poderoso para el frágil cuerpo de una mujer. Fue una suerte que estuviera obligada a descansar; de lo contrario, habría sucumbido. Un sueño inquieto se apoderaba de ella de vez en cuando; al despertar, miraba el reloj y se convencía tristemente de que apenas habían pasado cinco minutos.

La anciana le trajo una taza de café, que le ofreció. No había probado bocado desde el día anterior, y la bebida caliente la revivió un poco. Pero los latidos rápidos de su corazón pronto le impidieron seguir en la cama. Se levantó y se ocupó en desempacar cosas; era la primera vez en su vida que hacía ese tipo de trabajo. Recordó cómo había llorado diez años atrás en la casa de Gross, porque se quedó sin criada.

Por fin, terminó ese momento de tortura. El reloj marcó cuarto para las doce. Se puso el sombrero, aunque todavía era muy temprano; pero no podía soportar quedarse en la habitación. Quería estar al menos cerca del teatro. Cuando llegó a la puerta, le faltó el aliento y tuvo que detenerse para calmarse. Luego, reuniendo todo su coraje, levantó la vista al cielo y, murmurando: “En nombre de Dios”, se dispuso a enfrentar esa terrible incertidumbre.

Ahora se arrepentía de no haber usado el carruaje; apenas podía moverse. A cada paso parecía como si se estuviera hundiendo en la tierra en lugar de…

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Avanzando, como si nunca llegara a su destino, como si el camino se alargara cada vez más ante ella. Un sol abrasador del mediodía ardía sobre su cabeza; el sudor cubría su frente y sus labios estaban resecos. Sus pies estaban hinchados y adoloridos por haber velado junto a la cama de su padre y por el agotador viaje que siguió. Por fin, con mucho esfuerzo, llegó al teatro. La primera parte de la representación acababa de terminar: multitudes salían de aquel ambiente sofocante al aire libre, apresurándose a cenar. Pero todos tenían una expresión de profunda emoción y tristeza; en todos los labios se repetía la misma palabra: “¡Freyer!”. La condesa se abrió paso entre la multitud como una criminal, manteniendo su sombrilla más baja y cubriéndose el rostro con el velo. ¡Que nadie la reconociera ahora, que evitara encontrarse con alguien que quisiera hablarle! Ese era su miedo mortal. ¡Ojalá pudiera hacerse invisible! Con gran esfuerzo logró abrirse paso; ahora al menos podía respirar después de esa presión sofocante. Pero todo a su alrededor estaba tan desolado, estaba tan expuesta mientras cruzaba ese amplio espacio abierto… Sentía como si fuera el objetivo de todas las miradas curiosas entre los espectadores. Apretó los dientes por la vergüenza; era como atravesar un campo minado. Ya no podía pensar ni sentir nada, aparte del deseo de que la tierra se la tragara. Por fin, tambaleándose, temblando, casi vencida por el calor y la prisa, llegó a la sombra del lado norte del teatro y se detuvo. Allí estaba su destino. Apoyada contra la pared, se ocultó parcialmente detrás de un pilar junto a la puerta. Mujeres que llevaban cestas pasaron junto a ella; ellas sí podían entrar porque llevaban comida para sus maridos. Miraron con curiosidad a esa extraña cubierta de polvo, apoyada cansinamente junto a la puerta. “¿Quién será? Seguro que está algo trastornada”, pensaron. La mujer atormentada leyó esa pregunta en cada rostro. También allí estaba en una especie de prisión. ¡Oh, poder y rango! Frente a la valla de madera que rodeaba ese gran drama del pensamiento cristiano, uno se desmorona y no es más que lo que es por amor.

La condesa Wildenau esperó humildemente junto a la puerta del Teatro de la Pasión hasta que el empleado compasivo viniera a dejarla entrar.

No sabía cuánto tiempo había estado allí. Gotas ardientes caían de su frente y ojos, pero las soportó como una penitente sufriente. Ese era su camino hacia la cruz.

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El reloj dio la una. La inundación volvía a avanzar desde el pueblo: “¡Oh, Dios, sálvame!”, rezó ella, temblando; su agonía había alcanzado su punto más alto. Pero ahora el hombre no podía acercarse hasta que todos estuvieran sentados.

Y Freyer, ¿qué hacía en su camerino, del cual sabía que nunca salía durante los entreactos? ¿Se estaba descansando o comiendo algo para recuperar fuerzas? Probablemente alguna de las mujeres que pasaban le había llevado algo. Envidiaba a esas pobres mujeres con sus cestas, porque ellas podían cumplir con su deber.

Luego… apenas se atrevía a creerlo… el encargado de abrir las cajas salió corriendo.

“Te he hecho esperar mucho tiempo, ¿verdad? Pero todos han estado muy ocupados. Ahora, ven rápido”.

Se deslizó sigilosamente hacia adelante, haciéndole señas para que lo siguiera, y la guió por caminos secundarios y rincones oscuros, ocultándola a menudo con su propio cuerpo cuando alguien se acercaba. La señal para levantar el telón se dio justo cuando llegaron a un rincón oculto en el proscenio, donde entraba el coro. “Siéntate allí en el taburete”, susurró. “Es cierto que no podrás ver mucho, pero podrás escuchar todo. No es un lugar bueno, pero es mejor que nada”.

“Por supuesto”, respondió la condesa, sin aliento; no podía ver, al pasar de la luz brillante al espacio oscuro; se dejó caer casi desmayada en el taburete al que él señalaba; estaba en el escenario de la Pasión, cerca de Freyer. Claro, se dijo a sí misma, no debía permitir que él sospechara nada, de lo contrario no podría completar su tarea; pero al menos estaba cerca de él… su destino estaba a punto de cumplirse.

“Me has hecho un servicio inestimable; te lo agradezco”. Le entregó un billete al hombre.

“No, no; lo hice con gusto”, respondió él, retirándose en silencio.

La mujer agotada cerró los ojos y descansó unos minutos de la tortura que había soportado. El coro entró y reanudó la obra; luego aparecieron el Sumo Sacerdote y Anás en el balcón.

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A su casa, Judas entró pronto, pero todo pasó ante ella como un sueño. No podía ver lo que ocurría en su lado del escenario.

Así, perdida en sus pensamientos, se recostó en su rincón oscuro, olvidándose del presente y de lo que traerían las horas siguientes, sin siquiera oír los hosannas. Pero ahora una voz la sacó de su letargo: «Hablé abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el templo…»

¡Dios misericordioso, era él! No podía verlo; los decorados laterales lo ocultaban; pero, ¡qué sensación! Su voz, que tantas veces le había hablado palabras de amor, súplica, advertencia, y finalmente de ira y desesperación, sin ser escuchada por ella, sin despertar eco alguno en su corazón frío, ahora resonaba como un mensaje angélico en el rincón oscuro donde ella se escondía, como un alma perdida que había perdido la vista del Redentor. Escuchó con avidez los maravillosos tonos de aquellas palabras que ya no iban dirigidas a ella, mientras el rostro del orador permanecía oculto; aquel rostro en el que, en un miedo mortal, podría haber leído las runas grabadas por el dolor, y averiguado si significaban vida o muerte. Y, sin embargo, al menos estaba cerca de él; tan cerca que pensaba que él debía oír los latidos de su propio corazón.

«Sé paciente; no perturbes su sagrada cumplimiento del deber. ¡Pronto habrá terminado!»

La obra le parecía interminable a su impaciente corazón. Cristo era arrastrado de un juicio a otro. Las burlas, los azotes, la condena… La mujer atormentada compartió todo eso con él, como lo había hecho la primera vez, pero hoy era como una ciega. Todavía no había logrado verlo; siempre estaba de tal manera que nunca podía entrever su rostro. ¿Aguantaría? Le parecía que su voz se debilitaba hora tras hora. Y no se atrevía a cuidarlo, no se atrevía a ofrecerle ninguna bebida para reanimarlo, ni a secarle el sudor de la frente. Oyó al público llorar y sollozar: ¡la escena de llevar la cruz estaba cerca!

El cielo se había oscurecido, y nubes pesadas y sofocantes colgaban bajas, formando unos techos naturales sobre el escenario abierto, como si el Cielo quisiera ocultarlo de los dioses curiosos, para que no vieran lo que ocurría ese día.

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María y Juan, las mujeres de Jerusalén y Simón de Cirene se reunieron, esperando con ansiedad la llegada de Cristo. Anastasia volvía a interpretar a María; la condesa reconoció al instante sus tonos puros y claros, y le vino a la mente el encuentro en los campos diez años antes… no sin un latido de emoción celosa. De repente, un movimiento entre el público anunció la aproximación de la procesión: ¡la cruz! Esta vez, los actores venían desde la dirección opuesta, hacia el escenario principal. Cada vena de su cuerpo latía con fuerza; su cerebro daba vueltas, luchaba por mantener la compostura… ¡Por fin iba a verlo por primera vez!

“¡Es él, oh Dios! ¡Es mi hijo!”, gritó María. Cristo subió al escenario, cargado con la cruz. Ya no era una actuación, era realidad.

Sus pies apenas podían sostenerlo bajo ese peso; jadeando, se arrastró hasta el proscenio. La condesa lanzó un grito ahogado de alarma; le pareció que miraba a los ojos de un hombre moribundo, tan espantoso era su aspecto. Pero él había oído el grito; levantó la cabeza y la miró. Su rostro demacrado tembló… se tambaleó, cayó… tenía que caer; formaba parte de su papel.

La condesa se estremeció: ¡era demasiado real!

“No puede seguir adelante”, dijo el verdugo. “Toma, recupera fuerzas”. El capitán le entregó la botella, pero él no la tomó. “¿No vas a beber? Entonces, haz que siga avanzando”.

Los verdugos lo sacudieron con brusquedad, pero Freyer no se movió… aún no debía hacerlo.

Simón de Cirene tomó la cruz sobre sus hombros. Ahora Cristo debería haberse levantado, pero seguía tendido en el suelo. Se dio la señal… se repitió… hubo una pausa… algunos de los más tranquilos comenzaron a improvisar… el hombre que interpretaba ese papel… El verdugo se agachó y lo sacudió; otro intentó levantarlo… en vano. Un malestar se extendió entre el público… los actores se reunieron a su alrededor y lo miraron. “¡Está muerto! ¡Nos ha llegado la hora!”, se decía de boca en boca, con tonos de horror.

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Siguó una confusión indescriptible. El público se levantó tumultuosamente de sus asientos. Caifás, el alcalde, ordenó en voz baja: “¡Al escenario central, todos! Rápido… y luego bajen el telón”. Pero nadie lo oyó; se inclinó sobre la figura inconsciente. “Es solo un desmayo”, gritó a la audiencia, pero la agitación ya no podía ser calmada: todos se abrían paso por la orquesta hacia el escenario.

La condesa ya no podía soportarlo más: el rango social, las miles de miradas curiosas a las que se vería expuesta, todo quedó olvidado. Existe un cosmopolitismo que une a los mortales en una fraternidad común más estrecha que cualquier otra cosa: una tristeza mutua.

“¡Freyer, Freyer!”, gritó con tonos que conmovieron cada nervio de los presentes: “¡No mueras… oh, no mueras!”. Corrió hacia el escenario y se arrodilló junto a la figura inconsciente.

“Señoras y señores, debo rogarles que despejen el escenario”, gritó Caifás a la multitud. Luego, dirigiéndose a la condesa, a quien reconoció, añadió: “Condesa Wildenau… No puedo permitir que una extraña entre. Debo rogarle que se retire”.

Ella se irguió hasta alcanzar toda su altura, serena y majestuosa. Una dignidad indescriptible impregnaba toda su actitud: “Tengo derecho a estar aquí… ¡Soy su esposa!”.

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CAPÍTULO XXXIX.
ESTACIONES DE DUELO

“¡Soy su esposa!” El cielo y la tierra lo han oído. Ella había vencido. La hazaña tremenda, cuyo miedo la había llevado al borde del crimen, ahora había sido realizada en un solo instante, sin conflicto ni demora. Había alegría en el cielo y en la tierra por la pecadora arrepentida. Y todos los poderes invisibles que vigilan el camino hacia la cruz, allí donde cualquier ser humano lo recorra; todos los ángeles, los espíritus guardianes de esa obra ahora interrumpida, se apresuraron a ayudar a la nueva Magdalena, para que pudiera ascender al Monte Calvario, hasta la Colina del Gólgota. Y como si las huestes celestiales bajaran rápidamente para acompañar a esta portadora de la cruz, una ráfaga de viento barrió de repente el espacio abierto sobre el escenario y entre el público; las palmas susurraron con la brisa, los palacios de Jerusalén se tambalearon y las cortinas pintadas se mecieron en el aire. Esa sola ráfaga de viento rasgó las nubes amenazantes, de modo que el sol envió un rayo brillante y oblicuo, como el alba cuando el caos comenzó a desaparecer.

Una ligera lluvia, que en sus destellos dorados brillaba como perlas polvorientas, cayó, aplacando el polvo y disipando la sequedad de la tierra agostada.

El silencio se cernió sobre la gente en el escenario y entre el público. Y así como una flor marchita se abre ansiosamente al rocío fresco, los labios del enfermo se entreabrieron y aspiraron con avidez el aire húmedo y refrescante.

“¡Oh… ¡él vive!”, dijo la condesa con un tono tan dulce como el que cualquier madre ha murmurado junto a la cama de un hijo que creía muerto, o cualquier novia sobre el pecho de su amado herido.

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“¡Tengo derecho a estar aquí! ¡Soy su esposa!”

“¡Él está vivo, oh, está vivo!”, repetían todos los espectadores.

Mientras tanto, el médico había llegado y examinado al enfermo, quien estaba acostado sobre un lecho formado por capas y chales: “Es un ataque grave de enfermedad cardíaca. El paciente debe ser llevado a un lugar más adecuado que el que ha ocupado hasta ahora. Esta condición requiere el cuidado más meticuloso para evitar peligros. He llamado la atención sobre esto en repetidas ocasiones, pero siempre en vano”.

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“¡Ahora será diferente, doctor!”, dijo la condesa. “Ya he reservado habitaciones y le ruego que me permita trasladarlo allí”.

“¡La condesa!”, oyó de repente una voz que exclamaba a sus espaldas; al mirar alrededor, vio a Ludwig Gross frente a ella, lleno de asombro sin palabras.

“¿Es posible? Acabo de llegar en tren desde Múnich… pero no vi…”

“Supongo que sí… Llegué aquí anoche en coche. Pero no me llame más condesa, señor Gross; mi nombre es Magdalena Freyer”. El maestro dibujante no respondió, sino que se arrodilló junto al enfermo, quien comenzaba a respirar con dificultad, y se quedó inclinado sobre él durante mucho tiempo. “¡Ojalá no sea demasiado tarde!”, murmuró amargamente, aún preocupado.

El alcalde se acercó a la condesa y le extendió la mano, mirándola a los ojos con profunda emoción. “Un acto así nunca es demasiado tarde. Incluso si ya no puede beneficiar al individuo, sigue siendo una contribución al tesoro moral del mundo”, dijo para consolarla.

“Le agradezco. Es muy amable”, respondió ella, con lágrimas en los ojos.

Ya se había conseguido una camilla, y el médico ordenó que levantaran suavemente al enfermo y lo colocaran sobre ella. “Primero lo llevaremos al vestidor y le daremos algo de comida antes de llevarlo a casa”.

La condesa había mencionado la calle: “Está a cierta distancia de la casa”.

Se obedeció la orden y la camilla fue llevada al vestidor. Los amigos la siguieron junto con la condesa. Por el camino, una mujer se unió tímidamente a ella y la miró con ojos grandes y brillantes. “No sé si se acuerda de mí… Solo quería decirle cuán feliz estoy de que esté aquí. ¡Oh, cuánto se lo merecía!”

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—¡Mary! —dijo la condesa, avergonzada y abrumada por el encanto de ese alma tan desinteresada, apretando sus dos manos—: ¡Mary, Madre de Dios! Y su cabeza se hundió en el pecho virginal de su compañera. Anastasia pasó su brazo afectuosamente alrededor de ella y la sostuvo mientras seguían caminando.

—Sí, las dos debemos permanecer juntas, como María y Magdalena. Nos ayudaremos mutuamente; es muy difícil, pero nuestras dos santas tampoco tuvieron una vida más fácil. Y si puedo ayudar de alguna manera... —Habían llegado al vestidor; el grupo se detuvo. La condesa apretó la mano de Anastasia—: Sí, nos mantendremos juntas, Mary. Luego se apresuró hacia su esposo, pero el médico le hizo señas para que se mantuviera a distancia, para que verla de repente no dañara al enfermo cuando recuperara la conciencia. Le tomó el pulso: “Apenas cincuenta latidos... Debo administrarle una inyección de éter”.

Sacó el pequeño aparato del bolsillo, insertó la aguja en el brazo de Freyer e inyectó un poco del líquido estimulante. Los presentes esperaban el resultado con ansiedad contenida: “Traigan vino, huevos, caldo, cualquier cosa que puedan conseguir... Algo fuerte, que aumente la actividad del corazón”.

El maestro dibujante se apresuró a irse. El pastor, que acababa de enterarse de lo sucedido, entró entonces: “¿Se va a administrar el sacramento?”, preguntó.

“No, no hay peligro de que muera tan pronto”, respondió el médico. “El descanso es la necesidad más urgente”. El alcalde llevó al pastor hasta la condesa: “Esta es la esposa del señor Freyer, quien acaba de reconocer públicamente su matrimonio”, dijo en voz baja: “Condesa Wildenau”.

“Ah, ah... Estos son sin duda acontecimientos extraordinarios. Bueno, solo puedo esperar que Dios recompense tal amor”, respondió el sacerdote con delicada tacto: “Ha hecho un gran sacrificio, condesa”.

“Oh, si supiera usted...”, hizo una pausa. “Escuche... ¡Está recuperando la conciencia!”. Apretó sus manos y se inclinó hacia adelante para escuchar: “Que Dios nos ayude ahora”.

“¿Cómo se siente, señor Freyer?”, preguntó el médico.

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“Más o menos bien, doctor. ¿Estás llorando, Mary? ¿Te asusté?”
Él le hizo señas y ella se apresuró a su lado.

Los ojos de la condesa se entristecieron cuando él susurró algo a Anastasia.

Esa era la tortura de los condenados: Mary podía estar cerca de él, recibir su primera mirada, sus primeras palabras… mientras ella, su esposa, permanecía alejada, excluida. ¡Y ella lo había hecho sufrir esa tortura durante años, sin piedad! “Oh, Dios, Tú eres justo, y Tus balanzas pesan con exactitud”. Pero el Padre omnisciente no solo castiga… también muestra misericordia.

“¿Dónde está ella?”, repitió Anastasia sus palabras en un tono claro y alegre: “Pensaste que la veías en el pasillo por donde pasó el coro. Oh, debes haberse equivocado”, añadió al ver una seña del médico.

“Sí, tienes razón. ¿Cómo podría estar allí? Es imposible”.

La condesa intentó acercarse, pero el médico la detuvo con autoridad.

El alcalde se acercó a él con delicadeza. “Querido Freyer, ¿qué puedo hacer por usted? ¿No tiene algún deseo?”

“Nada, excepto morir. Estaría dispuesto a seguir actuando hasta el final de las representaciones, por usted… pero estoy satisfecho”.

El maestro de dibujo trajo la comida que el médico había ordenado.

Este se acercó a él con una copa de champán. “Beba esto, señor Freyer; le hará bien. Después podrá comer algo”.

Pero el enfermo no tocó la copa: “Oh, no. No quiero tomar nada más”.

“¿Por qué no? Debe comer algo, de lo contrario no se recuperará”.

“No puedo”.

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“Ciertamente, puedes hacerlo.”

“Muy bien, entonces no lo haré.”

“Freyer”, gritó Ludwig suplicante, “no seas terco… ¿Qué idea te ha entrado en la cabeza?” Y volvió a ofrecerle en vano esa bebida fortalecedora.

“¿Viviré si la bebo?”, preguntó Freyer.

“Por supuesto.”

“Entonces no la tomaré.”

“¿Ni siquiera si te lo ruego, Freyer?”, preguntó el alcalde.

“Oh, no me tortures… ¡No me obligues a vivir más!”, suplicó Freyer con una expresión desgarradora. “Si supieras lo que he sufrido… no te opondrías a que Dios me permita morir ahora. He jurado ser fiel a mi deber hasta la muerte… ¿Acaso no lo hice, sacristán, junto a la tumba de Daisenberger? He resistido todo lo que he podido… Ahora déjame morir en paz.”

“Oh, mi amigo”, dijo el sacristán, “¿tenemos que perderte?” El hombre fuerte lloraba como un niño. “Vive por nosotros, si no es por ti mismo.”

“No, sacristán. Si Dios me llama, no debo demorarme… Porque todavía tengo otro deber. He vivido por ustedes… Debo morir por otro.”

“Pero, señor Freyer”, dijo el pastor amablemente, “¿y si esa otra persona no se beneficiara de su muerte?”

Freyer parecía no entenderlo.

“¿Y si esa otra persona de la que habla hubiera venido a cuidarle y quedarse con usted?”, continuó el pastor.

Freyer se incorporó un poco; una sensación de felicidad pasó por su rostro, como el amanecer.

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“¿Y si tus ojos no te engañaban?”, añadió ahora el alcalde con suavidad.

“¿Acaso no estoy soñando? ¿Fue verdad? ¿Es posible?”

“Si no te alteras y mantienes la calma absoluta”, dijo el médico, “traeré a tu esposa”.

“¿Mi esposa? Me estás volviendo loco. No tengo esposa”.

“¿No tienes esposa?”, exclamó una voz, como si proviniera de las profundidades de un océano de amor y angustia, mientras la desdichada mujer que había obligado a su propio esposo a renunciar a ella se postraba ante él sollozando.

Un grito: “¡Mi paloma!”, y su cabeza cayó sobre su pecho.

Un silencio tenso invadió la habitación. Todas las manos estaban juntas en oración silenciosa. Nadie sabía si aquel momento estaba lleno de vida o de muerte.

Pero era para traer vida: porque Cristo no debía morir en el camino hacia la cruz, y María Magdalena aún debía ascender hasta su base, la parte más empinada, para que su destino se cumpliera.

El marido y la mujer susurraban entre sí. Los demás se retiraron discretamente.

“¿Y quieres morir? ¿No fue suficiente que desaparecieras de mi vida como una sombra? ¿Quieres también dejar este mundo?”, sollozó ella. “¿Crees que podré encontrar descanso en la tierra o en el cielo?”

“Oh, querida, soy feliz. Déjame morir; siempre he rezado por ello. Dios lo ha concedido con misericordia. Cuando yo ya no esté en este mundo, tú serás viuda y podrás casarte con otro sin cometer pecado”.

“Oh, cielo… José. No me casaré con nadie más. Solo te amo a ti”.

Él sonrió tristemente: “Me amas ahora porque estoy muriendo. Si hubiera vivido, habrías seguido por el camino del pecado y te habrías perdido. No”.

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Hija mía, debo morir para que, mediante mi pequeño sacrificio, puedas comprender la gran expiación de Cristo. Debo sacrificarme por ti, así como Cristo se sacrificó por los pecados de la humanidad.

“Oh, eso no es necesario. Dios ya ha tomado la voluntad y le ha dado el mismo poder. Tu sufrimiento noble y paciente me ha vencido. No necesitas morir. Te confundí con lo que no eras: un dios, y no percibí lo que realmente eras. Ahora lo sé. Perdona mi necedad. Para salvarme, solo necesitas ser un hombre: un hombre genuino, noble y digno de amor, como tú eres; entonces no se necesitará a ningún dios.”

“¿Lo crees así?” Freyer la miró con una expresión divina: “¿Crees que podrías conformarte con un hombre mortal? No, hija mía; seguiría habiendo la misma decepción que antes. La llama que arde en tu alma no se alimenta de cosas terrenales. Necesitas a un dios, y tu gran corazón no descansará hasta que lo encuentres. Por tanto, consuélate: el falso Cristo desaparecerá y el verdadero resurgirá de su tumba.”

“No, no me trates así, no mueras. ¡Déjame expiar mi pecado ante los vivos, no ante los muertos! Oh, no seas cruel… No me castigues tan severamente. Estás en silencio… ¡Se te ve cada vez más pálido! Ah, te irás y me dejarás sola a mitad del camino, incapaz de avanzar ni retroceder. José, he roto todos los lazos con el duque, he dejado de lado todo lo que nos separaba… Me he convertido en una mujer pobre e indefensa, y tú me abandonarás… ahora, cuando te he entregado toda mi existencia, cuando ya no soy más que tu esposa.”

Freyer se incorporó.

“Dame el vino… Ahora anhelo vivir.” Un movimiento de alegría recorrió al grupo de amigos. La condesa acercó la copa espumosa a sus labios y sostuvo su cabeza con una mano para que pudiera beber. Luego le dio algo de comida y lo acomodó en una posición más cómoda. “Vamos, deja que tu esposa cuide de ti”, dijo con tanta ternura que todos los presentes se conmovieron. Después le puso una venda fresca en la frente. “Ah, eso me hace bien”, dijo él, pero sus ojos permanecían fijos en los de ella, y parecía aludir a algo más que a esos remedios externos.

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Rápidamente produjeron su efecto. Su respiración se volvió gradualmente más regular, sus ojos se cerraron, la debilidad se hizo sentir, pero dormía profundamente y en silencio.

El médico se retiró para dar a los extraños que esperaban afuera un informe alentador. Solo quedaron los amigos de Freyer y el pastor. La condesa se levantó del lado del lecho del durmiente y extendió los brazos hacia el cielo: “¡Dámelo, Dios misericordioso! He perdido mi derecho sobre él —lo digo en presencia de todos estos testigos—, pero sé misericordioso y dámelo el tiempo suficiente para que pueda expiar mi pecado; ¡para que no esté condenada a la tortura del remordimiento eterno!” Hablaba en voz baja para no despertar al durmiente, pero con una voz que los demás podían escuchar claramente. Sus manos estaban entrelazadas convulsivamente, sus ojos elevados como si quisieran penetrar en la presencia de Dios; su porte noble expresaba la energía del desespero, luchando contra la eternidad por un instante.

“¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios, déjalo conmigo! Retira tu mano vengadora… concédeme un respiro. Ó Omnipotente, primero presencia mi expiación; prueba primero si no puedo ser salvada por la misericordia. Amigos, amigos, oren conmigo.”

Apretó sus manos como si suplicara ayuda. Sus fuerzas flaqueaban. Temblando, se dejó caer junto a Ludwig y apoyó su frente, bañada en sudor frío, contra su brazo.

Todos bajaron la cabeza y oraron en voz baja. El pecho de Madeleine se agitaba de angustia mortal; casi ahogada por las lágrimas reprimidas, solo podía balbucear, medio inconsciente: “¡Ten piedad de nosotros!”

Mientras tanto, el médico había hecho todos los preparativos necesarios y esperaba a que el paciente despertara para llevarlo a su casa.

Las oraciones susurradas habían cesado y los amigos se reunieron en silencio alrededor de la cama. La condesa volvió a arrodillarse junto al enfermo, abrazándolo con ternura. Ahora contenía sus lágrimas para no perturbarlo, pero estas seguían fluyendo en su corazón. Sus labios reposaron sobre su mano en un largo beso; la mano que alguna vez la había sostenido y guiado yacía ahora pálida y delgada sobre la colcha, como si ya no tuviera fuerzas para abrazarla con cariño.

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“¿Estás llorando, querida esposa?”

¡Esa voz! Levantó la cabeza, pero no pudo mirar a los ojos que la contemplaban con tanta ternura. ¿Se atrevería ella, la condenada, a disfrutar de la felicidad de esa mirada? ¡No, nunca! Y, sin siquiera mover un párpado, escondió su ceja culpable sobre su pecho con una ternura indescriptible. La mano débil se levantó y acarició su mejilla con suavidad, tocándola tan ligeramente como una hoja marchita.

“¡No llores!”, susurró con la voz de un ángel consolador: “Calma… Dios es bueno; también será misericordioso con nosotros”.

Oh, trompeta del Día del Juicio, ¿qué significa tu sonido para el pecador, comparado con las palabras tiernas de amor y perdón que provienen de un corazón herido?

La condesa se sintió abrumada por ese juicio bondadoso y misericordioso.

Se había formado un pasillo vivo frente al teatro. Se decía que lo llevarían a casa, y la gente esperaba en multitud para verlo. De repente, se produjo un movimiento entre la multitud. “¡Él viene! ¿Está vivo? Sí, dicen que sí”.

Los hombres llevaron lentamente la camilla en la que yacía él, pálido e inmóvil como un muerto. El pastor caminaba a un lado, y al otro, sosteniéndole la cabeza, estaba la condesa. Apenas podía caminar, pero no apartó los ojos de él.

Al igual que en el camino al Gólgota, sollozos ahogados acompañaron la pequeña procesión. “Oh, pobre desdichado… Ah, solo una mirada, solo un roce de mano”, suplicaba la gente. “Esperen un momento más”.

Como por un mismo impulso, los portadores se detuvieron y la gente avanzó con el corazón palpitante, tocando con respeto la manta que lo cubría y mirándolo con ojos llenos de lágrimas y tristeza indescriptible.

La condesa, movida por un hermoso impulso de humanidad, sacó suavemente su mano de debajo de las mantas y la ofreció a los espectadores afligidos que habían esperado tanto tiempo para poder besarla… Y todos aquellos que pudieron acercarse bebieron con avidez de esa copa de amor que se les ofrecía. Ojos agradecidos.

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Siguió a la condesa y sintió su bendición con la alegría de los santos cuando Dios otorga a sus actos el poder de la gracia divina. Ahora era una mendiga, pero nunca antes había sido lo suficientemente rica como para ofrecer tales limosnas: “Sí, bésale la mano… ¡Se lo merece!”, susurró, y sus ojos brillaban con un amor que no era de este mundo, pero que la unía a él, al mundo y a todo lo que contenía, en una sola comunidad vasta y fraternal.

Freyer le sonrió; ahora ella soportaba esa mirada dulce y tierna, pues sentía que podría llegar un momento en el que volviera a merecerla.

Por fin llegaron a la bonita casa tranquila donde ella había alquilado habitaciones para él y para sí misma esa mañana. El amor doloroso lo había seguido hasta allí; la multitud se había incrementado tanto que los portadores apenas podían entrar con la camilla. “Adiós, pobre sufriente… Que Dios esté contigo”, decían todos mientras lo llevaban adentro y la puerta se cerraba tras él.

La amplia habitación del piso inferior acogió al enfermo. La dueña de la casa había preparado rápidamente la cama y lo acostaron en ella. Mientras los suaves cojines, dispuestos por manos cuidadosas, cedían bajo su cuerpo cansado, y su esposa se inclinaba sobre él sosteniendo su cabeza en su brazo, él miró a su alrededor con alegría, incapaz de pensar o decir nada más que: “¡Oh, qué cómodo estoy!”. Ellos apartaron la vista para ocultar su emoción.

La condesa apoyó su cabeza en la almohada junto a él, sin contener ya sus lágrimas, y murmuró en su oído: “Ángel mío, tú, ángel modesto, perdonador y amoroso”. Se quedó en silencio, obligándose a reprimir las palabras de su corazón, pues el grito de su arrepentimiento podría perturbar al débil enfermo. Sin embargo, él sentía lo que la movía; siempre había podido leer su alma más profunda mientras ella lo amaba. Solo cuando extraños se interpusieron entre ellos dejó de comprenderla. Ahora sentía cuánto debía sufrir ella en su arrepentimiento y sentía pena por su tormento; solo pensaba en cómo consolarla. Pero eso la conmovía más que todas las reproches que él tenía derecho a hacerle, porque cuanto más grande y noble era su naturaleza, mayor se volvía su culpa.

Los amigos se turnarían para ayudar a la condesa a cuidar al enfermo durante toda la noche, y ahora se fueron. El médico dijo que no había peligro inminente y se fue a buscar más medicinas. Cuando todos se fueron, ella se arrodilló junto a la cama y dijo suavemente: “Ahora soy tuya. Yo no…”

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Pregunto si me perdonarás, porque veo que ya lo has hecho… Solo pregunto si volverás a acoger en tu corazón a esta mujer condenada y llena de pecados. Con mi acción de hoy he elegido el destino de la pobreza. No puedo ofrecerte nada más en riquezas terrenales; solo puedo darte un hogar sencillo, trabajar para ti, cuidarte y expiar, con amor y fidelidad toda la vida, el daño que te he causado. ¿Estarás satisfecha con eso?

Freyer la atrajo hacia sí con toda su débil fuerza. Las lágrimas de una felicidad indescriptible rodaban por sus mejillas. “Te doy gracias, Dios, ¡hoy me la has dado por primera vez! Ven, mi esposa: confía tu destino en las manos de Dios y tu querido corazón en las mías, y todo estará bien. Él será misericordioso y me permitirá vivir unos años más para poder trabajar para ti, no tú para mí. Oh, palabras maravillosas… trabajar para mi esposa… Me hacen sentir bien de nuevo. Y ahora, mientras estamos solos, el primer beso sagrado del amor conyugal”.

Intentó levantar la cabeza, pero ella la presionó con suavidad pero firmeza contra la almohada. “No, debes permanecer completamente quieto. Imagina que eres una estatua de mármol… y déjame besarte. Mantén la calma y deja que todo el fervor de un corazón arrepentido y amoroso se derrame sobre ti”. Se inclinó y tocó su boca pálida con delicadeza, casi tímidamente, con sus labios temblorosos.

“Oh, ese fue otro beso de ángel”, murmuró él, juntando las manos sobre la cabeza inclinada en humilde arrepentimiento.

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CAPÍTULO XL.
CERCA DEL OBJETIVO

A partir de esa hora, Magdalena Freyer nunca se alejó de la cabecera de su esposo. Aunque los amigos iban turnándose para velar con él, ella permanecía a su lado. Después de unos días, el médico dijo que, a menos que surgiera un nuevo ataque de debilidad, el peligro había pasado por el momento, aunque no ocultó ante ella que la enfermedad era incurable. Ella juntó las manos y respondió: “Consideraré cada día que se me permite pasar con él como una bendición, y aceptaré con sumisión lo que Dios envíe”.

A partir de entonces, siempre mostró a su esposo un rostro sonriente, y él—perfectamente consciente de su condición—practicaba la misma engañosa ternura hacia ella. Así continuaron viviendo en la beneficiosa escuela del autocontrol más riguroso: ella, soportando con dignidad un triste destino del cual ella misma era responsable; él, en la felicidad de ese heroísmo pasivo del cristianismo, que consiste en enfrentar la muerte con una sonrisa por otros. Una atmósfera de alegría rodeaba aquella cama de enfermo, algo que solo puede comprenderse quien haya velado durante meses junto al lecho de una enfermedad incurable, y haya sentido la gratitud con la que se recibe cada retraso de la catástrofe, cada aparente mejoría; la tranquila alegría que provoca cada pequeño alivio para el ser querido que sufre, cada sonrisa que nos muestra que se siente un poco mejor.

Esa copa de angustia, la mujer arrepentida ahora la bebía hasta las últimas gotas. Es cierto que siempre había un ángel bondadoso a su lado para consolarla: la esperanza de que, aunque no se recuperara por completo, aún pudiera quedarse con ella. “¡Cuántos miles de personas con enfermedades cardíacas, con cuidados y atención, llegan a envejecer!” Ese pensamiento la sostenía. Sin embargo, la ansiedad constante y las noches sin dormir agotaban sus fuerzas. Sus mejillas se hundieron, tenía ojeras oscuras, pero no les prestaba atención.

“¡Todavía consuelo a mi esposo!”, decía sonriendo, en respuesta a todas las súplicas para que se perdonara por su aspecto cambiado.

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“¡Mi paloma!”, dijo Freyer una tarde, cuando Ludwig vino para hacer la guardia nocturna. “Ahora debo mostrar la autoridad de un esposo y ordenarte que descanses un poco; no puedes seguir así”.

“Oh… no te preocupes por mí. Si muriera por ti, ¿qué importaría? ¿No sería eso una expiación justa?”

“No… eso no sería ninguna expiación”, dijo él con ternura, apartando suavemente los rizos que le cubrían la frente, como si quisiera leer sus pensamientos en ellos. “Mi niña, debes vivir por mí… ese es tu sacrificio. ¿Crees que podrías hacer algo bueno si expiaras tu culpa con la muerte y dijeras: ‘He aquí mi vida a cambio de la tuya; ahora estamos quites, ya no tienes ningún derecho sobre mí’? ¿Eso sería amor, mi paloma?”

La atrajo suavemente hacia sí. “¿O prefieres que estemos quites de esta manera, y que yo no desee de ti otra expiación que tu muerte?” Ella rodeó su cuello con los brazos, abrazándolo cada vez más fuerte. No había necesidad de palabras; el latido feliz y lleno de felicidad de su corazón era respuesta suficiente. La besó en la frente. “Ahora duerme, querida esposa… hazlo por mí, para que pueda tener una esposa fresca y feliz”.

Ella se levantó con la obediencia de un niño, pero le resultaba difícil. Asintió desde la puerta, como si ya los separara una distancia inmensa e insuperable.

“Ludwig”, dijo Freyer, mirándola con alegría. “Ludwig, ¿es esto amor?”

“Sí, por Dios”, respondió su amigo, profundamente conmovido. “Hombre feliz… soportaría todas tus penas… aunque fuera solo por una hora como esta”.

“¿Ya has perdonado lo que ella me hizo?”

“Sí, de todo corazón”.

“Magdalena”, gritó Freyer. “Entra de nuevo… debes saberlo antes de dormirte: Ludwig está reconciliado contigo”.

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“Ludwig”, dijo la condesa: “mi estricto y noble amigo, te agradezco”.

Lo llevó hasta el enfermo y juntó sus manos. “Ahora estamos de nuevo unidos, y todo es como hace diez años… Solo que yo me he convertido en una persona diferente, y para mí comienza una vida nueva y mejor”.

Puso un beso en la frente de su esposo y amigo, como si quisiera sellar un juramento, y luego los dejó solos.

“Oh, Ludwig, ¡si pudiera verte tan feliz!”

“No te preocupes; quien haya compartido esta hora contigo no necesita nada para sí mismo”, respondió él, con una expresión de alegría sublime y desinteresada en su rostro pálido.

Antes de retirarse, la condesa mandó llamar a Martin, que aún estaba en Oberammergau esperando sus órdenes. Salió al jardín para que Freyer no pudiera escuchar su conversación en la habitación de al lado. “Martin”, dijo con dignidad, aunque había un ligero temblor en su voz, “ha llegado el momento de que me ocupe de los asuntos mundanos. En los últimos días solo he podido dedicarme al lecho del enfermo. Vuelve a casa, mi buen Martin, y entrega el carruaje y los caballos a los Wildenaus. Diles lo que ha pasado; si aún no lo saben, ahora no puedo escribir. Mientras tanto, tú, fiel sirviente, diles que se queden con todo lo que tengo: mis joyas, mi palacio, toda mi fortuna privada. Pero me gustaría… por el bien de mi esposo enfermo… que me dejaran suficiente dinero para que pueda conseguir lo que necesita para recuperarse”. Aquí su voz se quebró.

“Condesa…”

“Oh, ¡no me llames así!”

“Sí… porque la condesa siempre será lo que es, incluso como esposa del señor Freyer. Solo quería decir, Su Alteza, que yo no haría eso. Si estuviera en su lugar, no les diría ni una palabra amable. Recogeré el carruaje y los caballos y diré que pueden quedarse con todo lo que le pertenece. Pero no rogaré por mi condesa. Creo que sería menos vergonzoso si usted se dignara a aceptar algo de un hombre sencillo como yo, que…”

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¡Considérelo un honor y no necesita darme las gracias! Yo… —se rió con torpeza—: Solo quiero decir, si no le ofendo, que hoy negocié una casita. Pero lo hice en su nombre, para que Su Alteza no tenga que avergonzarse de vivir conmigo. No tengo familiares ni parientes, y… será suya.

“¡Martín, Martín!”, dijo la orgullosa mujer, inclinando humildemente la cabeza. “¡Que así sea! Me ayudará si todo lo demás me abandona. Lo aceptaré como un préstamo suyo. Puedo pintar; intentaré ganar algo, quizá con alguna de las revistas de moda a las que siempre estoy suscrita. La criada me dijo una vez que podría ganarme la vida con eso… ¡Fue una profecía! Así que, si Dios quiere, podré devolvérselo algún día.”

“Oh, ¡no hablemos de eso!”, exclamó Martín, feliz, besando las manos de la condesa.

“Si puedo tener una pequeña habitación bajo el techo para mí… la llamaremos ‘intereses’. Además, tengo algo más de sobra, porque… usted también debe comer.”

La condesa se cubrió el rostro con sus manos temblorosas.

“Ahora iré a casa y, en nombre de Su Alteza, arrojaré el carruaje, los caballos y todo lo demás a los pies de los Wildenaus. Luego volveré y traeré algo bonito para nuestro enfermo, que no se puede conseguir aquí… y mi ropa de etiqueta para los domingos y días festivos, para que podamos tener buena presencia. También cuidaré del jardín y de la casa, y haré todo lo que necesite. ¡Oh, nunca he sido tan feliz en mi vida!”

Él se fue, y la condesa se quedó mirándolo durante mucho rato, profundamente avergonzada por la sencilla fidelidad del anciano, quien quería usar su ropa de etiqueta y ser su sirviente, cuando en realidad era su benefactor. En verdad, sea cual sea el estatus social, la naturaleza humana es común a todos. Martín regresó: “¿No desea Su Alteza despedirse de los caballos? ¿No debo pasar por allí, o le causaría demasiada tristeza?”

“Criaturas hermosas”, dijo ella con un tono melancólico: “No, Martín, no quiero verlos otra vez.”

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“Sí, sí—”, Martin la había comprendido y sentía lástima por ella más que por nada en el mundo, pues le parecía el sacrificio más difícil tener que deshacerse de caballos tan hermosos.

La condesa se quedó sola en el pequeño jardín. Las estrellas brillaban sobre su cabeza. Pensó en las estrellas de diamante que una vez había arrojado a Freyer como falsa expiación, para colocarlas en el ataúd del niño fallecido; si ahora pudiera utilizar su valor para ayudar a su esposo enfermo, eso sería la verdadera expiación.

“¡Solo no dejes que muera de hambre, oh, Dios! Si tuviera que verlo morir de hambre… ¡Oh, Dios! ¡Perdóname si es posible!”, rezó, con los ojos levantados hacia el firmamento lleno de estrellas.

“¿Cómo está?”, preguntó de repente una figura femenina que surgió de las sombras a su lado.

“¡Oh, Mary… Anastasia!”

“¿Cómo está?”

“Creo que mejor. Esta tarde estaba muy alegre…”

“¿Y tú, Frau Freyer? ¿Cómo estás? Es difícil, ¿verdad? Hay cosas a las que tenemos que acostumbrarnos.”

“Sí.”

“Lo entiendo. Pero no pierdas la confianza: Dios siempre está con nosotros. Y yo rezaré a la Virgen María, a quien he representado tantas veces. Pero si hay algo para lo que la fuerza humana pueda ayudar, yo puedo ayudar, ¿no es así?”

“Mary… ángel, sé mi maestra… hermana.”

“No, madre”, dijo Anastasia sonriendo: “Porque si Freyer es mi hijo, tú debes ser mi hija. Oh, ustedes dos, pobres corazones… Yo soy y seguiré siendo su madre, Mary.”

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“¡Madre María!”, repitió la condesa, y las dos mujeres se abrazaron con cariño.----

La semana llegaba a su fin, y ahora el alcalde tenía que pensar en cómo distribuir los roles. Encontró al paciente levantado de la cama, con una expresión muy alegre y llena de esperanza.

“No sé, señor Freyer, si puedo atreverme a hablar con usted sobre mis asuntos importantes”, comenzó tímidamente.

“Oh… Entiendo. Quiere saber cuándo podré tocar de nuevo. El próximo domingo.”

“¿No habla en serio?”, dijo el alcalde, casi sorprendido.

“¿En serio? Señor alcalde, ¿qué valor tendrían todos mis juramentos si ahora me retirara como un cobarde? ¿Cree que rompería mi palabra con usted una segunda vez, mientras tenga aliento en el cuerpo?”

“Por supuesto que no, mientras pueda resistir. Pero esta vez no podrá hacerlo. Pregúntele al médico; él no lo permitirá tan pronto.”

“¿Debo preguntárselo, cuando se trata del deber más sagrado? Consultaré con él sobre mi vida… pero mis deberes son más importantes que mi vida. Solo así puedo expiar el pecado del pasado que, hace diez años, me convirtió en un traidor.”

“Y dice esto ahora… cuando es tan feliz.”

“Señor alcalde”, respondió Freyer con gran serenidad: “Un hombre que ha sido tan feliz y tan desdichado como yo, aprende a ver la vida desde otro punto de vista. Ninguna alegría lo embriaga, ninguna desgracia lo aterroriza. Todo aquello a lo que damos esos nombres es efímero; solo hay una felicidad segura: cumplir con el propio deber… hasta la muerte.”

“Señor Freyer… Eso es un pensamiento noble. Pero, si su esposa lo oyera… ¿estaría de acuerdo?”

“Por supuesto, porque piensa como yo. Si no fuera así, nunca nos habríamos unido. Nunca habría renunciado a la riqueza, al estatus, al poder y a todo lo demás.”

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ventajas terrenales para vivir conmigo en el exilio. ¿Crees que lo hizo por alguna causa mundana? Ella lo cree así… pero yo sé mejor: la cruz la atrajo, como a todos los que entran en contacto con ella.

“¿Qué estás diciendo sobre la cruz?”, preguntó la condesa al entrar en la habitación. “Buenos días, querido alcalde”.

“¡Mi esposa! Él no creerá que me permitirías interpretar de nuevo el papel de Cristo… aunque eso me costara la vida”.

La condesa se puso pálida de terror. “¡Oh, cielos! ¿Estás pensando en hacerlo?”

“Sí”, respondió el alcalde. “¡No habrá manera de disuadirlo!”

“¡José!”, dijo la condesa con tristeza. “¿Vas a causarme esta pena ahora, cuando apenas te has recuperado?”

“Te aseguro que ya he interpretado el papel de Cristo cuando me sentía mucho peor que ahora… gracias a tu cuidado y sacrificio, querida esposa”.

Las lágrimas llenaron los ojos de la condesa, y permaneció en silencio.

“Mi paloma, ¿acaso no nos entendemos?”

“Sí”, dijo después de una larga lucha en silencio. “Hazlo, mi amado esposo… entrégate a Dios, así como yo te entrego a Él. Él solo te ha prestado a mí; no me atrevo a impedirte que vuelvas con Él, si Él desea mostrarse de nuevo al mundo en tu forma. Cuidaré de ti, velaré por ti para que puedas soportarlo. Y cuando te bajen de la cruz, acariciaré tus miembros cansados y humedeceré tu frente ardiente con las lágrimas de toda la tristeza que María y Magdalena sufrieron por el Crucificado. Y cuando hayas descansado y vuelvas a levantar los ojos hacia mí con una sonrisa, apoyaré tu cabeza en mi pecho, sintiendo la felicidad de que no eres un dios que ascenderá al cielo… sino un hombre, un hombre tierno y querido… y mío. Oh, Dios no puede destruir tal felicidad; y si lo hace, solo te atraerá hacia sí, para que yo pueda anhelarte aún más fervientemente, a Él, que es la fuente de todo amor”. Su voz se ahogó en…

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Lágrimas mientras apoyaba su cabeza en su pecho—“entonces tu esposa no murmurará, sino que esperará en silencio y con paciencia hasta poder seguirte”. Apoyada en su pecho, lloró suavemente, abrazándolo fuertemente para que no fuera arrancado de ella.

“Querida esposa”, respondió él con dulzura, y su voz maravillosamente musical tembló por la emoción más sagrada, “aceptaremos todo lo que Dios envíe… fieles a la cruz… tú y yo, querida mujer de noble corazón. No llores, mi paloma. Ser fieles a la cruz no significa solo ser pacientes, sino también ser fuertes. ¿Acaso el soldado no va valientemente a la muerte por un rey terrenal? ¿No debería yo arriesgar mi vida con alegría por mi Dios?”

“Sí, esposo mío, tienes razón. Seré fuerte. Ve, entonces, santo guerrero, a la batalla por el ideal y ponerte a disposición de tus valientes compañeros de lucha”. Retiró lentamente sus brazos de su cuello, como si se despidiera con renuencia.

El alcalde se acercó decididamente. “Nosotros, gente de Ammergau, debemos someternos a este celo sagrado. ¡Esta es realmente una grandeza capaz de vencer a la muerte! Quien vea el efecto de nuestra humilde obra en almas como la tuya no puede dudar de que el poder que produce tales milagros no proviene de los hombres, sino de un Dios. Pero como Él es un Dios de amor, no aceptará tu sacrificio. Freyer no debe asumir un papel que podría costarle la vida. Encontraremos a otro Cristus y así nos arreglaremos por ahora”.

Freyer fijó tristemente la vista en el suelo. “Ahora, la corona realmente ha caído de mi cabeza. Dios ya no me acepta… estoy excluido de la obra sagrada”.

El alcalde tomó a su esposa en sus brazos: “Que ahora sea tu tarea proteger esta alma y guiarla hasta su destino… ¡Eso también es una obra sagrada!”

“Sí, y amén”, dijo Freyer.

* * *

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La excondesa y la antigua monja de Christus, ambas despojadas de su dignidad temporal, confirmaron sus palabras, alcanzando en la humildad una verdadera dignidad. Freyer se recuperó bajo el cuidado de su amada esposa, y aprovecharon el tiempo que se les concedió para llevar una vida llena de trabajo, sacrificio y gratitud hacia Dios.

“Me preguntas, querido amigo”, escribió la condesa un año después al duque de Barnheim, “si puedes ayudarme de alguna manera. Te agradezco tu leal amistad, pero debo rechazar tu noble oferta. La satisfacción no depende de lo que tenemos, sino de lo que necesitamos, y yo ya lo tengo, pues mis necesidades son pocas. Esto se debe a que he recibido bendiciones que antes nunca tuve y que me hacen independiente de todo lo demás. Por mucho que Dios me haya quitado, me ha dado a cambio tres regalos preciados: el desdén por las vanidades del mundo, el aprecio por los pequeños placeres de la vida y el reconocimiento del verdadero valor de los seres humanos. Ni siquiera soy tan pobre como tú imaginas. Mi fiel Martin, que nunca me dejará, me ayudó a cubrir mis necesidades más básicas. Después, los Wildenau accedieron a entregar mis pertenencias personales, joyas, vestidos y obras de arte; su valor fue suficiente para pagarle a Martin por la pequeña casa que había comprado para mí y para que mi esposo pudiera abrir una tienda donde vender esculturas en madera, de modo que no tuviera que depender de otros. Cuando trabaja con diligencia —lo cual hace con gran esfuerzo, a pesar de su delicada salud— podemos vivir sin preocupaciones, aunque, claro está, de forma muy sencilla. Sé cuántos de mis antiguos conocidos se estremecerían ante la idea de tal existencia prosaica. A ellos diría que he aprendido a no buscar la poesía en la vida, sino a crearla allí. Sí, dile al mundo burlón que la condesa Wildenau vive gracias al trabajo de su esposo y no se avergüenza de ello. ¡Amigo mío! Derrochar una fortuna por amor a una mujer no es nada; pero trabajar año tras año, con incansable fidelidad y sacrificio, para ganar el pan diario de una esposa con el sudor de su frente, sí que es algo. ¿Sabes qué significa para una mujer tener que deberle su vida diaria a su amado esposo? ¡Es una felicidad indescriptible! Tú, mi amigo, me habrías dado un principado, y yo lo habría aceptado como mi merecido tributo, sin sentirte especialmente agradecida… Pero la mano que trabaja por mí la beso cada noche con profundo agradecimiento”.

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“¡Así que no llores por mí! Cásate con la encantadora y adorable princesa Amalie de la que escribiste; y si alguna vez vienes con tu joven esposa a las cercanías de la pequeña casa rodeada de abetos susurrantes, a la sombra del Kofel, estaré sinceramente feliz de darte la bienvenida.

“Adiós. Que seas tan feliz, mi noble amigo, como te mereces, y déjame a mí mi pobreza y mi riqueza. Como ves, el fantasma se ha convertido en realidad: el ideal se ha alcanzado.

“Tu vieja amiga,

“Magdalena Freyer.”

Cuando el duque recibió esta carta, su ayuda de cámara lo vio, por primera vez en su vida, llorar amargamente.”

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CONCLUSIÓN.
DE LA ILUSIÓN A LA VERDAD.

Durante diez años Dios le concedió a la esposa amorosa la vida de su esposo; parecía como si este se hubiera recuperado por completo. Finalmente llegó el día en que Dios la reclamó de nuevo. Por tercera vez, la comunidad ofreció a Freyer el papel de Cristo. Seguía siendo un hombre apuesto y, a pesar de sus cuarenta y ocho años, tan esbelto como en su juventud; mientras que su expresión espiritual, casta y elevada, lo convertía más que nunca en un representante ideal de Cristo. Dios le otorgó la plenitud de la perfección de su destino, y este se completó tal como él había anhelado. No en una cama de enfermo, sucumbiendo a una enfermedad prolongada, sino en lo alto de la cruz, como vencedor del dolor y de la muerte. Dios le había concedido la gracia de completar finalmente esa tarea; esta vez resistió hasta la actuación final. Luego, cuando lo bajaron de la cruz por última vez, bajo las hojas caídas y entre la primera nieve del final del otoño, ya no despertó. En la cruz, su noble corazón dejó de latir; entró en la paz de Aquel a quien personificaba: pasó de la ilusión a la verdad, de la copia al prototipo.

Nunca murió un mortal de forma más feliz; nunca se posó en el rostro de un cadáver una sonrisa más hermosa de satisfacción.

“¡Está hecho! Has hecho, a tu manera, lo que tu modelo hizo en la Suya; has sellado con tu muerte la sagrada lección del amor, ¡mi esposo!”, dijo la mujer pálida mientras le daba el último beso en los labios.

La apariencia se había convertido en realidad, y María Magdalena lloraba junto al cadáver de su Redentor.

Al tercer día después de la crucifixión, cuando el verdadero Cristo resucitó, llevaron a Freyer a su tumba.

Pero, como el fénix de sus cenizas, ese día el verdadero Cristo resucitó del humilde sepulcro para los arrepentidos.

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“¿Cuándo te aparecerás ante mí en el jardín de primavera, Amor Redentor?”, había preguntado ella una vez. Ahora estaba… en el jardín de otoño, junto a la tumba de toda felicidad.

Cuando el ataúd fue bajado y los portadores se acercaron a la viuda, agotada y abatida, el alcalde preguntó: “¿Dónde piensa vivir ahora, señora?”

“¿Dónde, si no aquí, en Ammergau? Aquí, donde sus pasos han trazado para mí el camino hacia Dios. ¡Oh, mi Getsemaní!”

“Pero”, dijo el pastor, “¿pretende exiliarse para siempre en este tranquilo pueblo? ¿No desea volver a su propio círculo y al mundo de la cultura? Seguramente ya ha expiado lo suficiente.”

“¿Expiar? No, reverendo, no he expiado nada. Pues la mayor felicidad no es expiación alguna; la expiación comienza ahora”. Se volvió hacia el Cristo que colgaba en la pared de la iglesia, no lejos de la tumba, y extendiendo los brazos hacia Él murmuró: “Ahora no tengo nada más que a Ti. Tú has vencido… la idea del cristianismo; tu poder es eterno”.

La nube de lágrimas pendía pesadamente sobre Ammergau, cayendo de vez en cuando en finas lluvias.

Cayó la noche. A través de las ventanas iluminadas de la planta baja de una pequeña casa, rodeada de pinos susurrantes, se podían ver a dos mujeres: María y Magdalena. Esta última estaba arrodillada frente a la “Madre”, cuyas manos entrelazadas descansaban sobre su cabeza como consuelo y bendición.

Las lámparas de las casas de techo bajo del pueblo se encendieron poco a poco. Los campesinos volvieron a sentarse en sus camisas raídas en los bancos de los tallistas, trabajando, sacrificándose y soportando su carga de pobreza y humildad, orgullosos de saber que cada diez años volvería a producirse aquel momento en el que se quitaría el yugo y se pondría púrpura sobre sus hombros; aquel momento en el que, entre ellos, se volvería a realizar el milagro que se extendería victoriosamente por un mundo arrepentido; aquel momento que traería paz y expiación a la humanidad cansada y desesperada… en la cruz.

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NOTAS AL PIE:

Nota al pie 1: “Fragmentos de un taller alemán”. Volumen I. “Ensayos sobre la ciencia de la religión”.

Nota al pie 2: Un plato hecho de harina y agua frito en manteca caliente, pero tan blando que es necesario servirlo y comerlo con una cuchara.

Nota al pie 3: Una obra teatral. Hamerling es más conocido en América como el autor de su famoso novela “Aspasia”.

Nota al pie 4: Parte de estos versos de Caedmon fueron traducidos al inglés moderno por Robert Spence Watson.

Nota al pie 5: Frey es el dios de la paz. Cuando perdió su significado mitológico, se convirtió en un epíteto de honor para los príncipes y se encuentra frecuentemente aplicado a nuestro Señor y Dios Padre.

FIN.

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*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DE PROJECT GUTENBERG SOBRE LA CRUZ: UN
ROMANCE DE LA PASIÓN EN OBERAMMERGAU ***

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incluyendo equipos obsoletos. Muchas donaciones pequeñas (de 1 a 5.000 dólares) son especialmente importantes para mantener el estatus de exención fiscal ante el IRS.

La Fundación se compromete a cumplir con las leyes que regulan las organizaciones benéficas y las donaciones caritativas en los 50 estados de los Estados Unidos. Los requisitos de cumplimiento no son uniformes y se necesita un esfuerzo considerable, mucha documentación y numerosas tarifas para satisfacerlos y mantenerse al día con ellos. No solicitamos donaciones en lugares donde no hayamos recibido una confirmación por escrito de cumplimiento. Para ENVIAR DONACIONES o determinar el estado de cumplimiento en cualquier estado en particular, visite www.gutenberg.org/donate.

Aunque no podemos ni solicitamos contribuciones de estados donde no hemos cumplido con los requisitos de solicitud, no conocemos ninguna prohibición contra aceptar donaciones no solicitadas de donantes de dichos estados que se pongan en contacto con nosotros ofreciendo donar.

Se aceptan con gratitud las donaciones internacionales, pero no podemos hacer ninguna declaración respecto al tratamiento fiscal de las donaciones recibidas desde fuera de los Estados Unidos. Las leyes estadounidenses solas ya sobrecargan a nuestro reducido personal.

Consulte las páginas web de Project Gutenberg para conocer los métodos y direcciones de donación actuales. Las donaciones también se aceptan de otras maneras, como cheques, pagos en línea y donaciones con tarjeta de crédito. Para donar, visite: www.gutenberg.org/donate.

Sección 5. Información general sobre Project Gutenberg y las obras electrónicas

El profesor Michael S. Hart fue el creador del concepto de Project Gutenberg: una biblioteca de obras electrónicas que pudieran compartirse libremente con cualquiera. Durante cuarenta años, produjo y distribuyó libros electrónicos de Project Gutenberg con el apoyo de una red reducida de voluntarios.

Los libros electrónicos de Project Gutenberg a menudo se crean a partir de varias ediciones impresas, todas ellas confirmadas como no protegidas por derechos de autor en los Estados Unidos, a menos que…

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Se incluye una nota de derechos de autor. Por lo tanto, no necesariamente mantenemos los libros electrónicos en conformidad con ninguna edición impresa en particular.

La mayoría de las personas comienzan en nuestro sitio web, que cuenta con la principal herramienta de búsqueda de PG: www.gutenberg.org.

Este sitio web incluye información sobre el Proyecto Gutenberg, como cómo hacer donaciones a la Fundación del Archivo Literario del Proyecto Gutenberg, cómo ayudar a crear nuestros nuevos libros electrónicos y cómo suscribirse a nuestro boletín electrónico para estar al tanto de los nuevos libros electrónicos.

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